jueves, 13 de febrero de 2020

El recuerdo de una habitación (cuento)

  El hombre es el recuerdo de una habitación, dijo el doctor Carlo Fell y en una tarde de ron palabrero me pareció mejor que lo del bípedo implume del griego, porque la ubicación en el ascenso biológico fue remitida a la compleja combinación cerebro-corazón, donde no puede caber gato por liebre si un sofista te muestra un pájaro encuero, con la ocurrencia de que ese es el hombre de Platón. Yo, atrapando el concepto, intenté despejar la abstracción abriendo rumbos al filosofar y dios sabe cuántas tesis etílicas habríamos armado, si al canto no hubiera estado el profesor Valentín Gutiérrez. Pero estaba allí, decidor, con su alegría contaminante y más que al tratadismo, se inclinó a la confirmación existencial. Dígame, doctor, ¿usted tiene una prueba para tan atrevida sentencia?, ¿no estará sobredimensionando la experiencia de un cuarto?
  La interrogante dio en el clavo. ¿Era su secreto lo que quería contar el doctor Carlo Fell?, ¿o la circunstancia lo atrapó al descubierto, creándole por primera vez la atmósfera de destapar un viejo recuerdo? Porque quedó pensativo, como desembrujando la aparición más sobrecogedora de un sueño que despertaba en la realidad. Y todavía, por la agudeza con que aquietó algún tabú, al decir en voz baja: de todos modos, la santa ya está en el cielo. Entonces cobró fuerzas para contarlo.
  Su nombre era Gregoria. Llegó a Manzanillo con treinta y un años de estreno, en una de las primaveras más milagrosas del milenio. Tal vez, por eso,  en muchas tardes aparece hasta en el agua de tomar. Nada es mejor, para una conquista de mujer, que un aguacero prolongado. Yo me echaba a la lluvia desde que reventaba la primera nube y ese día habría seguido hasta la última gota, si mis ojos no se hubieran encandilado con el relámpago de aquella diosa. Ella apenas se había humedecido, porque el cántaro de agua la encontró en un atrio vacío. Parecía una gacela acorralada, con el cuello estirado y la mirada temerosa, pidiéndole al cielo que escampara.  Salté a su lado, con las palabras ¡qué aguacero!, en el lugar donde albergaba ¡qué mujer!
“La tormenta” (1880). Pierre Auguste Cot
  Tres horas después, cuando la lluvia de palabras había sobrevivido a la del agua y  sabía una parte de su vida, caminamos, salpicándonos en los charcos de la calle, yo ansioso, nerviosa ella, a la habitación 322 del hotel Casa Blanca. Llevo tres días hospedada, dijo, con el argumento de estar cerrando la compra de una casa en la ciudad. Desde el zaguán, yo venía admirándola, deteniéndome en su estatura mediana, delgada, en la piel arisblanca, en los ojos de mar y el pelo largo tendido a pocos centímetros de las nalgas redondas, dibujadas hasta la adivinación detrás de la tela negra del vestido; en la redondez de los muslos, las curvas del pubis, los senos de punta detenidos por el sujetador, la boca grande, toda Gregoria, que fui envolviendo de palabras, miradas, ganas,  mientras ella abría más pedazos de su camino:  que venía de la costa,  por la orilla del mar, donde diez años atrás se había casado con amor; que el flechazo de entonces tuvo la fuerza de desviarle la vocación, renunciando a una escuela normalista donde se  habría hecho maestra. Pero yo, más que en el sentido de las palabras iba fijándome en la horma jugosa de su boca, cuando ella  atajó mi primer impulso en la escalera hacia la habitación.
  El desenfado con que cerró la puerta no supe acoplarlo con la confesión aún caliente: en mi alma ha existido un solo hombre y lo traigo conmigo. Contuve la agudeza ¿y en tu cuerpo?, pues la evaluaba con el machismo de la tierra, por alcanzarme un aguacero  –largo, verdad– para rendirla. El final de la confesión resultó más inquietante, pues en lo de traerlo consigo flotaba un peligro inminente, cuando el adulterio se espantaba a machetazos. Desmandé, al vuelo, mi deje natural a lo hipotético: lo había traído a la ciudad y aprovechando una ausencia temporal, me colaba en el lecho.  Alea jacta est, me animé y ya iba a aflojar el pantalón, por la espina del poco tiempo, cuando cerró mi gesto y abrió, sin miedos, la ventana del balcón, respirando un chorro de aire húmedo, con cuya fuerza dijo: Dios sabe cuánto lo quise. Levanté la hipótesis errada y permanecí acechante, mirándola embelesada, con sus ojos no atentos a la tarde en fuga, ni a mis ojos buscándola,  sino a la mesa del cuarto donde tenía un neceser cuadrangular y un búcaro de príncipes negros.
  Bloqueándola con la mirada,  armé la segunda conjetura:  lo traigo conmigo remitía su presencia al espacio del alma, con lo que quedaba  desechado el posible adulterio. Disipado el riesgo de los triángulos, respiré hondo, alabando el campo abierto a la posesión, sin peligros cuando nos perdiéramos en la cama, donde llegamos con la luz del anochecer.
  Ningún ser nacido ha definido las palabras exactas que definen el tempo feliz. Fue aquella habitación,  el summun  del acoplamiento, el espasmo de la penetración, el intercambio de la posesión. No voy a  contar la sensación de verla desnudarse con mis manos, perdiéndonos en la boca del cielo, ovillada a mi cuerpo al tenderla en el reino de la sábana blanca. Todos los nervios, sangre, músculos, células y poros de los cuerpos sumados, hechos órgano penetrante y penetrado, engarzados en el delirio de venirse arriba, de venirse abajo, con las palabras, escalofríos, temblores, suspiros, mordeduras, mugidos, torcedura, ternezas y estiramientos del derramamiento desbravador.
  Cuando la respiración volvió a su lugar, percibí el primer ataque de ese brujo inapresable que se llama amor. Lo adiviné cuando las yemas de mis dedos rebasaron la ruta tibia de su espalda, queriéndola absolutamente para mí. ¿Será únicamente mía?  ¿Alguien más podría dibujarla? Sin cachazas para la duda, desaté el nudo de la garganta: ¿Por que dijiste, amor, que al hombre de tu vida lo traes contigo? Me miró compasiva,  se oprimió los ojos con la punta de los dedos, como exorcizando la visión de un espíritu en la madrugada. Entonces los fijó otra vez en la mesita del cuarto, donde un rayo de luna semejaba el capricho de una forma humana en la tapa del neceser. Entonces dijo, muy despacio: ¿Ves ese cofre sobre la mesa, forrado de tela gris?  Es mi marido. Murió hace tres años y no quise dejarlo en el cementerio de allá. Y, como al fin presiento que no me iré de esta ciudad, en cuanto amanezca lo llevo al Campo Santo, a que descanse en paz.
  *Tomado de mi libro De ceca en meca. Editorial Betania, Madrid, España, 2010. Si desea obtener un ejemplar, puede conectarse con el autor (gcartaya@lagacetanewspaper.com).

martes, 31 de diciembre de 2019

¡Feliz 2020 a todos!


     Probablemente el vocablo más reiterado durante la Navidad y advenimiento de un nuevo año sea el sustantivo abstracto felicidad, sea en singular, plural u otra de sus variantes gramaticales (feliz, felicitar, felices, felicitación).
     Para la academia de la Lengua Española esa voz indica el “estado de ánimo que se complace en la posesión de un bien”, sin especificar si el mismo es de índole material o espiritual, seguramente porque el nivel de satisfacción adquirido a que remite el “mataburros” corresponde a la naturaleza de cada quien. La Academia agrega otras acepciones como experimentar gusto, contento, satisfacción, suerte, gozo, identificadas con la sensación de felicidad, aunque tampoco define su temporalidad.
     Es evidente que el alcance de una meta deseada produce en el ser humano una especie de regocijo que se identifica con la felicidad, especialmente cuando el objetivo cumplido tiene un relieve personal y mejor si conlleva un alcance colectivo.
Jan Havicksz. La familia feliz
     A pesar de estas digresiones generales, en la conceptualización de una palabra que en su origen latín se pronunciaba felicitās-ātis,  según la asunción de cada quien hay tantas variantes como personas. Para algunos la felicidad no existe, sino solamente momentos felices. Otros tocan el extremo de no reconocer siquiera la posibilidad de esos instantes.
     De la multiplicidad de opiniones, han surgido refranes para avalarlas. “La felicidad es como un eco, contesta pero no viene a nosotros”, dicen algunos, incapaces de aprehenderla. Otros, más cuidadosos, han comparado a la felicidad con los relojes, al creer que “los menos complicados, son los que menos se estropean”.
     Aunque no hay sabios con poder suficiente para determinar si existe o no la felicidad, es oportuno oír la voz de figuras relevantes del pensamiento universal, al pronunciarse sobre esta condición. La sagacidad de Aristóteles fue grande al afirmar, hace más de 23 siglos,  que “sólo hay felicidad donde hay virtud y esfuerzo serio, pues la vida no es un juego”. Benjamin Franklin entró al siglo XIX entendiendo que  “La felicidad humana generalmente no se logra con grandes golpes de suerte, que pueden ocurrir pocas veces, sino con pequeñas cosas que ocurren todos los días”.
     Filósofo al fin, Jean Paul Sartre sintetizó esta cualidad con un inteligente juego de palabras: “Felicidad no es hacer lo que uno quiere sino querer lo que uno hace”. Parece que Voltaire no tenía claro dónde encontrarla, pero sabía que existía, por lo que la comparó con aquellos borrachos que no encuentran su casa, “sabiendo que tienen una”. Albert Camus fue más perspicaz, al hacerla depender de uno mismo: “Puede que lo que hacemos no traiga siempre la felicidad, pero si no hacemos nada, no habrá felicidad”.
     Con todo, me quedo con la profundidad insustituible de los poetas y grandes escritores. “Ayudar al que lo necesita no sólo es parte del deber, sino de la felicidad”, nos advirtió José Martí, quien también identificó el ser feliz con la apropiación cultural y el ejercicio de la libertad del individuo. Gabriel García Márquez, con la belleza poética de su prosa y buceo insondable del ser humano, comprendió que “no hay medicina que cure lo que no cura la felicidad”.
     No existen recomendaciones para ser feliz, pero si  me fuera dable sugerir algún atajo que nos acercara a ella, no dudaría en afirmar que en las relaciones interpersonales positivas descansa su fuente de mejor caudal. Sé que algunos han alcanzado el capital monetario que se propusieron, sin conseguir la armonía dentro del hogar; que otros han subido al carro del poder político sin la sinceridad de un amigo, que aquel llegó al estrellato farandulero sin un verdadero amor y, al final, dinero, poder y fama se desvanecieron, sin legar algo trascendente siquiera a la familia y la amistad.
   Sé, y agregaría a la sugerencia, que en la lectura de un poema, en la arena y el sol, en la noche profunda y el silencio, en la bulla del gentío, en la espuma de una cerveza, en la risa y la meditación, en la mano extendida y el abrazo, abunda la felicidad.
   Felicidades a todos en el veinte veinte que ya está con nosotros y en el que, obrando bien, se hace espacio a la dicha.




jueves, 26 de diciembre de 2019

Conversación con el antropólogo mexicano Andrés Latapí Escalante


Esta semana nos visita en Tampa Andrés Latapí Escalante, profesor de Antropología Médica en la Universidad Nacional Autónoma de México. El profesor Lapatí tiene una larga experiencia en la enseñanza y aprendizaje de la Antropología Aplicada en su país y ha realizado investigaciones y publicaciones relevantes sobre las comunidades campesinas e indígenas mexicanas.
    Asimismo, el académico mexicano cultiva una vertiente posmoderna de esta ciencia, relacionada con una nueva mirada a las obras de arte desde la perspectiva antropológica, lo que ha determinado su interés en la creación pictórica y escultórica del artista Carlos Arturo Camargo Vilardy. Al expresarle nuestro interés en una entrevista para esta columna, accedió con gentileza a nuestro deseo.
En La Gaceta, conversando con Lapatí y Camargo

¿Qué le motivó a visitar Tampa?
Me he dedicado a la difusión cultural durante muchos años. Un día un amigo pintor me invitó a una de sus exposiciones. Al presenciarla, quise ver lo que el pintor no había podido decir. Entonces, en el momento en que empezaban a salir los personajes del creador, comencé a darles otra vida. Ese trabajo le gustó mucho a los pintores. Entonces me propuse venir a Tampa, pues tenía conocimiento de la obra del pintor Carlos Arturo Camargo Vilardy y me propongo darle otra interpretación, desde la perspectiva antropológica, de lo que a partir de sus cuadros sucede en Tampa, o en su Barranquilla colombiana. Esa perspectiva cultural nos ayuda a sentir la misma esencia del arte.
¿Es una tendencia nueva dentro de la Antropología?
Sí, es una tendencia posmodernista de la Antropología, a la que algunos llaman antropología de ficción. Es considerada como ontología, desde la perspectiva de cómo se ven las cosas desde la mirada del otro. O sea, nosotros analizamos cómo vemos nosotros a  las comunidades indígenas y sobre cómo ellas nos ven a nosotros. Hacemos una especie de síntesis sobre cuáles son los puntos de convergencia y de divergencia en esa relación.
¿Qué experiencias de trabajo tiene usted con las comunidades indígenas de México?
Conozco todo mi país. Conozco prácticamente todos los grupos. He trabajado mucho con las comunidades de Oaxaca, con los zapotecos, con los grupos de matlazincas.
¿Algunos de esos grupos se expresan únicamente en sus lenguas nativas?
La mayoría de esos grupos ya tienen conocimiento del español, aunque muchas de esas comunidades conservan sus lenguas originarias, como los otomís, por ejemplo.
¿En qué parte de México?
En el centro. El grupo más grande es el de los nahuas. Hablan su lengua nativa y son alrededor de 2 millones, así es que mira su dimensión. También hablan sus lenguas propias los zapotecos y los mixtecos.
Como antropólogos, nuestra responsabilidad es ofrecer la parte conceptual sobre cómo nos entendemos, cómo entendemos al otro. Nos enfocamos en nuestros grupos indígenas, que son 69. Para cualquier clasificación, lo primero es saber cómo hablan, piensan y sienten,  las organizaciones sociales que tienen la herencia, la relación familiar, el matrimonio.
¿Qué objetivo central se plantean al estudiar las comunidades indígenas?
Ahora es un reto importante entender a los grupos indígenas y su manera de pensar. Por ejemplo, comprender cómo piensan en el tema sobre el uso del agua y sus rituales  de sacralización alrededor de ella. El agua es un problema muy serio, de agotamiento, contaminación y de cambio de fuentes. Hoy existe una preocupación que genera lo que se conoce como estrés hídrico, que se extiende a varias regiones del mundo.
¿Cómo afecta la violencia a las comunidades campesinas e indígenas?
Hay mucha presión determinada por la enorme desigualdad. No hay oportunidades para muchas comunidades. A los antropólogos nos corresponde contribuir a abrir espacios culturales  y de todo género en ellas, lo que disminuiría la violencia.
¿Y la violencia sobre la mujer?
Sí, hay una terrible violencia sobre la mujer y ha sido difícil erradicarla. Todavía prevalecen muchas conductas de machismo e intolerancia. En estamentos de la sociedad se cree todavía que la mujer debe trabajar en la casa, en la cocina, no en la calle. Pero yo creo que la sociedad va cambiando, tomando conciencia y la nueva generación será más justa, también con la mujer. Ahora mismo,  yo tengo más alumnas que alumnos, tenemos directoras, lo que es muy prometedor.
En la cancionística tradicional mexicana, especialmente en los corridos, hemos visto esa expresión de violencia y machismo…
Claro, los cantares siempre han expresado lo que está sucediendo en una sociedad, es una forma de comunicar lo que está ocurriendo. Entonces, la gente se entera por las canciones, especialmente en la radio donde no se lee mucho y prevalece la oralidad, de lo que está ocurriendo. Pero también tenemos extraordinarias canciones de amor y del ser amistoso y solidario de los mexicanos.
¿Existen programas con apoyo estatal e institucional encaminados a la solución de esos problemas?
No los suficientes como quisiéramos. Está el Instituto Nacional Indigenista y de Antropología, pero no tiene la fuerza necesaria para incidir en todas las comunidades. En el país somos hoy cuatro mil antropólogos, distribuidos en más de diez universidades, especialmente dedicados a la antropología académica.
¿Cuál es su campo de investigación en la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Autónoma de México?
Hacemos antropología vinculada a la salud humana, sobre las diferentes formas de entender la salud, desde los mitos alrededor de ella, hasta el autocuidado o el uso de las plantas medicinales. Es entender el concepto que tenemos sobre el ser humano. Los médicos tienen un concepto relacionado con el funcionamiento del cuerpo, mientras los antropólogos nos preocupamos por la evolución del mismo, su historia, su sicología, actitud, comportamiento, en fin, su historia. Podemos apreciar los cambios del cuerpo cuando es sometido a una situación diferente y observamos como la cultura se relaciona con la salud.
Cómo antropólogo, ¿cómo  aprecia la situación política de México en la actualidad, cuando el presidente Manuel López Obrador habla de ampliación de los programas sociales?
Bueno, México es un país con muchas contradicciones.  Ahora hay una coyuntura muy interesante para el trabajo del antropólogo y es, primero, observar cómo se están dando los cambios. Creo que se están abriendo oportunidades que pueden influir en cambios estructurales. Todavía no se aprecian financiamientos que influyan en las comunidades, pero se están creando condiciones que podrían facilitarlos.
¿Cómo ve el futuro de la humanidad ante tantos desafíos?
Es difícil, pero lo veo con esperanza. Yo creo que las nuevas generaciones tienen la voz para los cambios estructurales necesarios. Tengo esperanzas porque veo a los jóvenes con mucha capacidad para enfrentar los nuevos retos. Hoy las comunicaciones han logrado que todos nos veamos la cara diariamente y eso tiene que dar un resultado positivo.
Volvamos a la razón de su visita a Tampa. ¿Cómo aprecia la obra del pintor y escultor Carlos Camargo?
La obra de Carlos tiene mucha soltura y, sobre todo, hay algo en ella que me atrae: esa relación entre el vacío en sus dibujos, en  sus mares y peces, da la impresión de que la pintura se está creando a sí misma. Tiene un gran manejo del color, de la parte figurativa y expresiva. La levedad del círculo de los equilibristas da la impresión de que podemos mantenernos en el vacío del que nunca nos caemos. Nos está diciendo como artista, lo que él quiere que veamos.
Me propongo publicar un folleto con una visión antropológica sobre la obra de Camargo, con una interpretación cultural de la ficción. Me entusiasma lo que hizo Ray Bradbury desde el género fantástico, desde la ciencia ficción. Yo creo que la antropología puede tener esa capacidad de ver hacia adelante, como la ficción de Bradbury, sintiendo que es el arte el que nos permite avanzar, vislumbrar y construir el futuro.
¿Qué le ha parecido Tampa?
Primera vez que vengo y me encanta. He hecho estudios sobre el Golfo de México y desde que vi la bahía de Tampa en los mapas de los cartógrafos españoles, me pareció extraordinaria. Ahora estoy disfrutando lo que más me gusta que es su gente. De Ybor City, me parece extraordinario el proyecto de reconstrucción que están desarrollando y el intento de recuperar su estética original.
                                     Publicado en La Gaceta, Tampa, 27 de diciembre, 2019.

jueves, 21 de noviembre de 2019

Despedida a David A. Straz Jr.


El pasado lunes, 18 de noviembre, la población de Tampa recibió una triste noticia, cuando diferentes medios de comunicación anunciaron la muerte de un relevante hijo adoptivo de la ciudad, el conocido filántropo David A. Straz Jr.
Su apellido, grabado en la alta fachada del edificio que ocupa el centro de artes escénicas más grande de la localidad, lo hace permanentemente visible a los miles de tampeños y visitantes que pasan por el imponente lugar.
En los meses pasados, también el nombre de David Straz estuvo en cientos de carteles distribuidos por Tampa, porque el ejemplar ciudadano fue aspirante al cargo de Alcalde de la ciudad y resultó ser el segundo candidato más apoyado por la población electoral. Straz habría sido un eficaz conductor político de nuestra ciudad.
En todas las noticias que han registrado el inesperado óbito de Straz, a los 77 años de fecunda existencia, la palabra filántropo acompaña los titulares, como indicando un rasgo de su personalidad muy distintivo. En el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española se sintetiza la filantropía como “amor al género humano”, reconociendo en quienes lo practican su servicio a la comunidad. Es lo que se corresponde con la vida y la obra del hombre que ahora culmina su trayectoria física en la tierra y la sensibilidad del pueblo lo ha captado con el merecido calificativo.
Aunque no nació en Tampa, David Straz Jr. la sintió su ciudad y en las últimas cuatro décadas contribuyó extraordinariamente a su florecimiento material, cultural y espiritual. Por ello su nombre queda, no sólo en el centro de artes escénicas que lleva su nombre en gratitud a la elevada donación financiera que hizo a su favor, sino también en el Straz Hall, una residencia de la Universidad de Tampa, en el Centro de cuidado de manatíes David A. Straz Jr., situado en el  Lowry Park, así como toda contribución, incluyendo la de una sonrisa, que hizo en vida para la felicidad de los demás.
Conocí personalmente a David Straz Jr. en las afueras de la sala Morsani del Straz Center, cuando me lo presentó Albert Fox. En ese instante, terminábamos de disfrutar una obra presentada magistralmente por la Compañía del Ballet Nacional de Cuba y acudíamos al brindis dedicado al flamante elenco artístico. Todos sabíamos, entonces, que la presencia de esa alta muestra del arte cubano fue disfrutada porque David Straz Jr. lo hizo posible. Unos meses atrás había estado en La Habana, animado con el avance de las relaciones entre los dos países que estaba impulsando el entonces presidente Barack Obama. Straz invitó a  Alicia Alonso y, aunque la mejor encarnación de Giselle no pudo asistir porque, a su avanzada edad, la salud ya no la acompañaba, tuvimos en Tampa su compañía danzaria. Cuando le di la mano, sentí en la suya el calor de un hombre bueno, no la de un millonario.
El hombre que a los 25 años de edad compró un banco en Wisconsin para iniciar su carrera en los negocios, fue el mismo que en 2009 donó varios millones para el  Centro de Artes Escénicas de la bahía de Tampa. El mismo hombre que a los 75 años quiso ser Alcalde de la ciudad, no para vivir de ella sino para servirla, acaba de morir. Pero Straz vivirá eternamente entre los hijos agradecidos de esta ciudad que hizo suya y en las múltiples huellas, materiales y espirituales, que nos ha legado.  ¡Gloria eterna al benemérito David Straz Jr.!





viernes, 15 de noviembre de 2019

La Habana cumple 500 años


Esta semana se está celebrando el 500 aniversario de la fundación de La Habana, una de las más míticas y hermosas ciudades que surgieron en América con la conquista española del Nuevo Mundo.
A los festejos asisten los Reyes de España, como un símbolo de lo mejor que incorporó la nación europea a la capital de la mayor de las Antillas, que se expresa en la cultura, el idioma y la idiosincracia como uno de los elementos principales de la cubanía. Ello, y no los conflictos que enfrentaron a los dos países a fines del siglo XIX, ni los que pudieran existir entre modelos políticos distintos, es lo trascendente.
.
Desde esta columna, nos sumamos a la celebración publicando algunos poemas dedicados a La Habana, porque nada como la poesía expresa la sensibilidad con que la ciudad queda en quienes la conocen, la sienten, la viven.
Muchos opinan que el primer poema conocido que se dedicó a la capital cubana fue escrito por José Martín Félix de Arrate y Acosta (1701-1765). Arrate, quien nació en esa ciudad, está considerado uno de los primeros historiadores de la Isla, por su obra Llave del Nuevo Mundo. Antemural de las Indias Occidentales, escrito a mediados del siglo XVIII, cuando era Regidor perpetuo del Ayuntamiento de La Habana. Su poema es el siguiente:
Aquí suelto la pluma ¡oh patria amada
noble Habana, ciudad esclarecida!
pues si harto bien volaba presumida,
ya es justo se retire avergonzada.
Si a delinearte, patria venerada,
se alentó de mi pulso mal regida,
poco hace en retirarse ya corrida,
cuando es tanto dejarte mal copiada.
Más si aun así ha logrado desairarte,
pues si tanto hijo tuyo sabio y fuerte
en las palestras de Minerva y Marte
te acreditan y exaltan, bien se advierte
que donde han sido tantos a ilustrarte,
no he de bastar yo solo a oscurecerte.
Gabriel de la Concepción Valdés "Plácido" (1809-1844), uno de los poetas más importantes del Romanticismo en Cuba, enamorado de su ciudad natal, le dedicó el bello poema al que llamó “La Habana”:
    Mirad La Habana allí color de nieve,
gentil indiana de estructura fina,
Dominando una fuente cristalina,
Sentada en trono de alabastro breve.
Jamás murmura de su suerte aleve,
Ni se lamenta al sol que la fascina,
Ni la cruda intemperie la extermina,
Ni la furiosa tempestad la mueve.
¡Oh, beldad!, es mayor tu sufrimiento
Que este tenaz y dilatado muro
Que circunda tu hermoso pavimento;
Empero tú eres toda mármol puro,
Sin alma, sin calor, sin sentimiento,
Hecha a los golpes con el hierro duro.
Claro que cientos de poetas han dedicado conmovidos versos a La Habana. Hemos visto una muestra del siglo XVIII y otra del XIX. En el siglo XX, uno de los más grandes poetas nacidos en esa bella ciudad,  José Lezama Lima,  dedicó muchas páginas a ella. El poema que elegimos para sumarlo a esta celebración, él lo nombró “Bahía de La Habana”:
Al pie de las murallas
el aire tartamudo
desliza sus sirenas,
plata mansa sin hoy
mana sus lunares
entre lunas cansadas
sin balcones. ¿Qué será,
qué será? bajo el arco
y pestañas, la tarde,
-codorniz de ceilán-
rompe en flechas sus co
lores.
Descuidas las islas
pie ligero y concha reciente,
de sonrisas y flautas,
sobre faldas tan lindas
pasajeros con cintas
y mañanas redondas!
verdinegros incógnitos
los celos de la noche
¿qué será, qué será?
el alfiler del rocío
redobles del aire tierno,
se extingue en ay, ay, ay, ay.
La sorpresa de la rosa en el
agua,
vida entre vidas,
la rechazan las olas
con heridas sin gritos.
Las estrellas se mecen
al compás que no existe
del agua amanecida,
y así puede mecer
a los niños de Arabia,
con heridas y gritos.
Y loca entre balcones
la tarde recurvando,
empina entre algodones
su voz que ni se escucha
perdida entre latidos:
¿qué será, qué será?




viernes, 1 de noviembre de 2019

Daína Chaviano, el encanto de sus enigmas


  Aunque durante estos días la escritora Daína Chaviano ha estado inmersa en múltiples actividades –entrevistas, presentación de libros, coloquios–, accedió con mucha gentileza a responder unas preguntas para La Gaceta, que se publican cuando su última novela, Los hijos de la Diosa Huracán, está llamando la atención de los lectores y la crítica especializada en todo el mundo hispanohablante.
     Es imposible, en la brevedad de este espacio, extenderse en la presentación de una autora que está  considerada entre las más altas exponentes de la literatura de ficción de nuestro tiempo. A ese peldaño la ha llevado su exquisita escritura. Su novela La isla de los amores infinitos (2006), publicada en 26 idiomas, es hasta hoy la novela cubana más traducida de todos los tiempos; El hombre, la hembra y el hambre recibió en España el pretigioso premio Azorín de novela en 1998; esa misma obra es parte de la trilogía –con Gata encerrada (2001) y La isla de los amores infinitos– que, según la crítica literaria, refleja mejor el comportamiento psíquico y espiritual de los cubanos.   
  Bendecida por distinguidos premios en diversos lugares del mundo, Daína es la única escritora cubana que aparece con una entrada individual en la prestigiosa Enciclopedia Británica de ciencia ficción,  preparada por John Clute y Peter Nicholls.
  Ahora, con Los hijos de la Diosa Huracán (Grijalbo, 2019) la escritora está dando a conocer su obra más ambiciosa, novelando en 736 páginas cinco siglos de imaginería, realidad, mitos, sueños y esperanzas que laten desde el ser taíno hasta las dos orillas de la cubanidad actual. Pero, sepamos más de Daína por ella misma.

  Mientras la mayoría de los escritores cubanos de nuestro tiempo buscan en el entorno social e histórico las fuentes de su creación literaria, tu obra nace de profundos buceos mágicos y mitológicos. ¿Hasta dónde hay en esta elección una conciencia de universalización que se desmarca de lo fronterizo nacional que la modernidad impuso?

  No creo que se trate de una búsqueda consciente de lo universal. Es parte de mi personalidad. Cuando escribo, soy simplemente un ser humano que no se limita a una época, a un lugar o a un país. Siempre fui un espíritu muy independiente, muy libre. Fue así como me criaron y educaron mis padres. Nunca me dejé arrastrar por fanatismos o espejismos nacionalistas. Soy deudora de muchas culturas. La espiritualidad y la naturaleza humana son más importantes para mí que cualquier frontera geográfica.
  Dicho lo anterior, quien haya leído mis novelas sabe que Cuba siempre ha estado presente en ellas. Lo que ocurre es que abordo cada historia de modo muy diferente a la mirada puramente realista de otros coterráneos. La situación social o política del país nunca es el meollo de mis tramas. Más bien me interesa lo que provoca esa realidad circundante en la psiquis de los personajes. Quiero mostrar cómo sobreviven, cómo burlan las prohibiciones, cómo sortean los obstáculos, cómo se oponen a las restricciones; y todo eso, sin usar la violencia física, acudiendo a la astucia, a la intuición, e incluso a la percepción extrasensorial, porque son las mismas herramientas que usé en la isla para sobrevivir emocional y espiritualmente. Incluso hoy reflejan cómo siento y percibo la vida.

  En todos los escritores –que naturalmente empiezan siendo lectores– hay influencias, más o menos marcadas, de quienes le precedieron. ¿A quiénes crees deberle más en la aparición y construcción de lo que hoy es tu propio estilo y ­personalidad literaria?

  En primer lugar, a Ray ­Bradbury. Y aunque parezca raro para alguien que nació en Cuba: Shakespeare. Fueron las dos figuras literarias que me llevaron a cursar Licenciatura en Lengua Inglesa en la Universidad de La Habana. Los había leído cientos de veces en español, copié páginas enteras de sus textos que podía recitar de memoria, y luego quise leerlos en su idioma original. Cuando pude hacerlo, estudié sus estilos, sus puntos de vista, el modo en que lograban determinados efectos en mí como lectora. Fueron mis maestros literarios.
  Otro autor, aunque no de ficción, que me marcó fue Sigmund Freud. Leí sus Obras Completas cuando tenía 15 años. Sus análisis sobre figuras como Moisés o Leonardo da Vinci, y sus estudios sobre las neurosis y la histeria, me llevaron a explorar las causas psicológicas de lo que somos, como individuos. Sus teorías cambiaron para siempre mi percepción sobre la psicología humana y, en especial, sobre la relación entre conciencia e inconsciente.
  También me marcaron autores como Milán Kundera, Margaret Atwood, Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa, Iván Efrémov, Anaïs Nin, Edgar A. Poe, Mika Waltari, y obras de la antigüedad clásica como La Epopeya de Gilgamesh, la literatura y los mitos grecorromanos, y las leyendas del ciclo artúrico.

  Entre Los mundos que amo (1979) y Los hijos de la Diosa Huracán (2019) hay cuarenta años pródigos de escritura, donde poemas, cuentos, novelas, publicados en diferentes idiomas y regiones del mundo, han dado a conocer a la notable escritora que eres. ¿Cuánto trabajo, voluntad, renuncias y pasión hay en la mujer que ha elaborado una obra de esta envergadura?

  Escribir un solo libro requiere una gran dosis de trabajo y voluntad. Imagínate hacerlo una y otra vez. Y si se trata de novelas relacionadas con la historia, la mitología y la arqueología, que requieren de mucha investigación, es una labor de hormiga. Todo eso me ha llevado a renunciar a muchas cosas: fiestas, cenas, viajes… No es que no tenga vida social, pero cuando me encuentro trabajando en un proyecto complicado, siempre priorizo el libro. 
  
¿Cuánto hay de ti en las novelas que escribes?

Cada escritor posee una filosofía personal y unos valores que refleja en sus obras. Hasta los personajes que manifiestan conceptos contrarios a esas creencias revelan mucho de un autor. Pero no acostumbro a usar mi propia biografía, ni la ajena, para hacer ficción. Prefiero trabajar con personajes inventados. Desarrollo historias y caracteres ficticios que me permiten decir lo que pienso. Y cuando he usado ­vivencias autobiográficas, casi siempre pertenecen al terreno de lo paranormal.

  Con Los hijos de la Diosa Huracán vuelves a Cuba, a cinco siglos de su historia, desde la cultura taína a nuestro tiempo, donde el hechizo, la magia, el mito, la música, el asombro, el misterio, los sueños, se adentran en el ser que somos. ¿Hasta dónde regresas a la isla profunda en la recreación de su historia?

  La idea de escribir esa novela partió del deseo de explorar la prehistoria cubana y de ahondar en ciertos episodios escamoteados o deformados, porque creo que si queremos aprender quiénes somos, necesitamos conocer a fondo nuestra historia real.
  La imagen de Guabancex, la diosa taína del caos y de los huracanes, es símbolo de los ramalazos sociales que han azotado la isla desde sus orígenes. Pero ese símbolo tiene su contrapartida en su hermana Iguanaboína, la diosa del buen tiempo. Ambas encuentran su equilibro en Atabey, la madre universal de los taínos, sincretizada más tarde en la Virgen de la Caridad del Cobre, la santa patrona de Cuba. Las coincidencias entre Atabey y la actual Virgen son demasiadas para ser casuales. En la novela toda esa simbología enmarca los misterios de la trama. En otras palabras, los elementos geográficos y climáticos –representados por esa trinidad de diosas taínas– encarnan las pautas de una tragedia socio-política recurrente que pudiera revertirse si escucháramos la voz equilibrada de Atabey.
  La novela se mueve entre dos extremos temporales que cubren cinco siglos, desde el pasado indígena hasta un futuro cercano, para imaginar uno de los posibles caminos que pudiera tomar Cuba. Fue un ejercicio de optimismo, de “wishful thinking”, porque traté de concebir una vía democrática y pacífica a un conflicto que ya dura más de 60 años. ¿Es poco probable que ocurra de ese modo? Quizás. Pero creo que los escritores estamos en la obligación de mostrar la posibilidad de la utopía. No podemos construir algo si primero no lo visualizamos. Si sólo imaginamos futuros oscuros y distópicos, nunca podremos abrir la viabilidad de otro mejor.

  ¿Te sientes identificada cuando te dicen escritora cubana?

  Es un asunto complejo para mí. No siempre me reconozco como una autora netamente cubana. Cargo con demasiadas influencias de otras culturas. Además, he vivido tanto tiempo en EE.UU. como en Cuba. Sin embargo, siempre llevaré conmigo esos recuerdos de infancia, adolescencia y juventud en la isla. Y aunque mis novelas carguen con fantasmas, duendes o dioses de muchas latitudes, tengo días en los que me identifico como escritora cubana… aunque eso sí, una escritora cubana bastante rara.

  Los hijos de la Diosa Huracán se presenta en la Feria del Libro de Miami, el sábado 23 de noviembre, a las 4:15 p.m. (Edificio 8, Piso 5, Salón 8503).
Publicado en La Gaceta, Tampa, el 1.° de novoembre, 20019.

viernes, 18 de octubre de 2019

Miguel Coyula presenta su documental “Nadie” en la bahía de Tampa

     El cineasta cubano Miguel Coyula (La Habana, 1977), estará por primera vez en nuestra ciudad este fin de semana. Ha sido invitado a participar en el Festival de Cine Latino de la bahía de Tampa, que por segundo año se celabra en Saint Petersburg, gracias a la perseverancia de Linda Freedman Ramírez, su entusiasta fundadora.
Coyula viene a presentarnos su documental “Nadie”, nacido de las muchas horas de conversación que sostuvo con el extraordinario poeta cubano  Rafael Alcides,  quien, por su posición crítica hacia la Revolución Cubana estuvo aislado dentro del país, aunque nunca quiso abandonarlo. Alcides murió en La Habana en 2018 pero pudo disfrutar, al final de su vida, del premio a la Mejor Película concedido a “Nadie” en República Dominicana en 2017.
El director de este filme, de forma independiente y prácticamente casera, sin compromisos ni financiamientos con instituciones cubanas o extranjeras, ha escrito, filmado y dirigido varias obras, entre las que se destaca “Memorias del desarrollo” (2010), en la que propone  una  segunda parte de la famosa “Memorias del subdesarrollo” (1968) del emblemático Tomás Gutiérrez Alea. Su opera prima, “Cucarachas rojas” (2003),  ha obtenido varios premios en Festivales Internacionales. Al saber que “Nadie” estaba incluido en el programa de este festival, le comuniqué a Coyula el deseo de hacerle unas preguntas para La Gaceta, a lo que accedió amablemente.
Miguel Coyula, junto a Rafael Alcides, reciben el premio a Mejor Documental
en el X Festival de Cine Global Dominicano, en 2017.

¿Qué te motivó a filmar el documental “Nadie”?

Realmente la película comenzó por accidente, quería tener a Alcides en cámara. Tenerlo registrado, no tenía la menor idea de lo que haría al principio. Hice una entrevista inicial de 4 horas y al final me hace el cuento de la prostituta convertida en maestra que me dio luces de cómo podría ser la historia de la Revolución. Al principio hice una serie web de 7 capítulos muy cortos sobre temas relacionados con Cuba en los últimos 60 años. Y después seguimos filmando el largometraje.

Cuando comenzaste a trabajar con Rafael Alcides, ¿te propusiste plasmar la historia personal del poeta o te llevó a él la intuición de que el documental replantearía una versión crítica de la historia de Cuba?

Sí, a mí lo que siempre me ha interesado de Alcides es su honestidad, que a menudo le causó aislamiento también con una parte de la disidencia. Para mí la película es una historia de amor y decepción entre dos hombres y una mujer. Los dos hombre son Rafael Alcides y Fidel Castro y la mujer es la revolución. Hay elementos de la vida de Alcides, pero hay que armarlos para tener una idea de su biografía. Algo que por cierto a él tampoco le interesaba. Él decía: “No quiero loas a mi obra”. A él le interesaba hablar como ciudadano, desde el civismo. Por supuesto hay muchas anécdotas personales en las que es inevitable descubrir a Alcides como ser humano.

¿Hasta dónde “Nadie” expresa la compleja mirada del cubano actual hacia la Revolución?

Yo creo que hay muchas contradicciones que uno siempre debe buscar. Si no lo haces corres el riesgo de que la obra se vuelva propaganda. Alcides fue muy honesto hasta en sus dudas. Era una persona con un gran humanismo, y fue un romántico hasta el final, incluso dentro de su decepción. Eso le confiere una dimensión trágica como personaje.
¿Te parece que  “el secreto de Pedro Utset” a que alude el poeta justifica el amor a “la vieja novia”?
Creo que en la juventud se forman los principios de vida de la mayoría de las personas, son muy pocos los que admiten que se equivocaron y menos los que deciden cambiar el rumbo de su vida después  de cierta edad. Alcides es una excepción. Siempre me llamó la atención que Alcides, aunque detestaba a Fidel Castro, siempre se siguió considerando socialista –no comunista, hay una diferencia–.

Alcides no alcanzó en vida el estatus de restitución que tuvieron otros intelectuales que él menciona, como es el caso de Antón Arrufat, César López y otros. ¿Se propuso el documental salvarlo del olvido?

Sí, era también un propósito, por eso en el segmento sobre la belleza quería que se pudiera apreciar algo sobre su sensibilidad. En un principio había mas poemas de Alcides (a él no le gustaba leerlos). Pero decidí utilizar sólo uno, al final, para que tuviera un impacto mayor.
“La belleza estremece”, expresa Rafael Alcides en un momento de  la filmación. Y es la belleza un logro de este documental que se percibe en la palabra, la actuación, la imagen, la luz, el mensaje. ¿Cómo equilibras el contenido artístico y la hondura de pensamiento en la realización cinematográfica?
Creo que la gran belleza del documental es Alcides, por eso quise tenerlo la mayor parte del tiempo en cámara y que los elementos de ficción y animación se sucedieran delante y detrás de él para crear un fluir de su conciencia mientras editaba las 40 horas de entrevistas. Es mi primer documental (si descuento un ejercicio de la EICTV), pero a mí no me interesan los géneros en estado puro. La hibridez es muy importante para mí.

Sé que “Nadie” alcanzó el premio a Mejor Documental en el X Festival de Cine Global Dominicano, en 2017. ¿Qué significó para ti?

Lo que más me alegró es que Alcides hubiera estado allí para recibir el premio conmigo.

¿Cómo se recibió en Cuba el documental “Nadie”?

Un intento de proyección en un espacio privado fue reprimido por la seguridad del estado y la policía. En cuanto a los críticos cubanos, la película no existe. No se ha escrito ni para bien ni para mal. Las únicas críticas existen fuera de la Isla.

Háblame de tu historia como cineasta, especialmente de la obra “Memorias del desarrollo”, por suponer un desafío tan grande realizar una segunda parte de la gran película de Tomás Gutiérrez Alea.

Siempre he sido un poco irresponsable, como no me muevo en la industria, no considero lo que hago como una carrera sino una obsesión por volcar mi subconsciente en la pantalla, sin preocuparme cómo reaccionan los demás, ser independiente en contenido y forma. Creo en un cine incómodo. Es el que me ha marcado y es el que me interesa como creador.

¿Cómo acogiste la invitación al segundo Festival de Cine Latino de la bahía de Tampa?

Ha sido una muy buena oportunidad para poder compartir la película con la población de Tampa y generar debate alredor de ella.

Gracias, muchas gracias.
  Publicado en el periódico La Gaceta, el 18 de octubre, 2019.