viernes, 28 de abril de 2017

Dos libros del profesor Matt A. Casado

Por Gabriel Cartaya

  La semana pasada, el historiador Matt A. Casado me hizo llegar sus dos últimos libros publicados: California hispana: descubrimiento, colonización y anexión por los Estados Unidos y La guerra hispano-estadounidense de 1898: versión norteamericana de la contienda. En ambos casos, son textos de algo más de doscientas páginas, con una exquisita presentación, cuyos títulos llaman la atención sobre dos temas que se insertan en las relaciones e impacto de Estados Unidos con la hispanidad. El interés en ese vínculo histórico y cultural, descrito con agudeza, tal vez subsista en la propia condición del autor, español de origen y radicado en Estados Unidos durante cuatro décadas, donde se desempeña como  Profesor  Emérito en la  Universidad del Norte de Arizona.

  California hispana es un estudio que parte desde el propio descubrimiento de esa región por los españoles, cuando en 1542 Juan Rodríguez Cabrillo entra en la bahía de San Diego y Monterrey. De esa fecha hasta que  el vasto territorio pasa a ser un estado más de la Unión Americana, en 1850, hay  tres siglos de historia que son  atendidos por la mirada inquisitiva del profesor Casado, que permite captar la propuesta que el autor nos indica en el pórtico de su libro:  “la epopeya del pueblo hispano en Alta California”.
  El libro de Casado sobre la era española de California ofrece múltiples beneficios al lector, tanto al historiador que requiere de una confiable base documental y bibliográfica, bien manejada por el autor;  al geógrafo en la ubicación de un extenso territorio que se fue demarcando entre México y Estados Unidos;  a los estudiosos de las misiones religiosas en América, especialmente la  presencia de jesuitas y franciscanos; a los etnógrafos, antropólogos, señaladamente en el impacto de la cultura europea en las comunidades autóctonas y aportando a la antroponimia los nombres anteriores a los que hoy designan a diversos pueblos de ese estado. Pero el libro no sólo beneficia al estudioso de estas disciplinas, pues se abre, con un lenguaje claro y accesible a todos los que se interesan en la historia de la formación de  los Estados Unidos, en la riqueza aportada por la cultura hispana  a esta nación, en el conocimiento de la compleja hibridez con que, violenta o pacíficamente,  se han entremezclado en esta región las culturas creadoras de la California actual.
  El segundo libro que el generoso autor me hizo llegar en el mismo sobre –con una portada donde el título me ayuda a identificar al acorazado Infanta María Teresa–, es La Guerra hispano-estadounidense de 1898: versión norteamericana de la contienda, también es significativo. En algo más de 230 páginas, Casado profundiza en los antecedentes que determinaron la intervención de Estados Unidos en la Guerra de Independencia de Cuba, dando lugar al conflicto que algunos llaman Guerra hispano-cubano-americana, otros Guerra hispano-americana y a la que el autor nombra con el título señalado.
  Casado ofrece una cronología inicial en su libro que permite ubicarse en  cada momento determinante de los acontecimientos previos y hasta el desenlace del conflicto, que él sitúa entre el 24 de febrero de 1895, con el inicio de la guerra de independencia en Cuba, hasta el 10 de diciembre de 1898, cuando culmina el conflicto sin presencia cubana a la hora de los acuerdos entre potencias imperiales, aunque agrega dos fechas que se salen de la promesa del título: el inicio de la guerra estadounidense contra los rebeldes filipinos, el 4 de febrero de 1899 y la muerte del presidente McKinley, asesinado el 14 de septiembre de 1901.
 
Cuando nos estamos acercando al 120 aniversario de los acontecimientos que se narran en este libro, el profesor Casado ha hecho un aporte parcial a su entendimiento, al exponer  el movimiento de las tropas estadounidenses y españolas, –centradamente navales– en los hechos que llevaron a la rendición de España y la toma de sus últimas posesiones en América por Estados Unidos.
  Casi no existen referencias en el libro a la presencia del Ejército Libertador de Cuba en el marco de estos acontecimientos, la fuerza independentista que estaba ganando la guerra cuando se produce la intervención de Estados Unidos. En la cronología sólo se apunta la batalla de las Guásimas, sin reflejarse todo el impacto de la expedición de los mambises hacia occidente. Si no otros momentos de la actuación de los libertadores cubanos en el acto de la rendición de España,  debió destacarse por lo menos la actitud del Mayor General Máximo Gómez ante el desenlace de la guerra, o el apoyo del Mayor General Calixto García a las fuerzas interventoras en su empuje por tierra para la toma de Santiago, incluída la humillante postura de la dirección estadounidense al escamotearle su participación a la hora de recibir la ciudad liberada. En el epígrafe “Avance del ejercito Americano sobre Santiago” se menciona que “El general rebelde Castillo participó con sus tropas” (pag. 150) sin escribirse su nombre completo (Demetrio Castillo Duany) y de Calixto García que “se ordenó a García avanzar por el camino del Caney” (pag. 156).
  Probablemente, la bibliografía con que contó el autor influyó en la escasa presencia cubana en los acontecimientos narrados. En las 26 fuentes señaladas, no sólo está ausente la autoría cubana, sino también la española.
  Con las carencias que toda obra de esta naturaleza alberga, esta vez más en lo factual que en lo analítico, el libro de Casado se suma a la extensa bibliografía con que se ha expuesto, desde diversas posiciones teóricas e ideológicas, el acontecimiento que inauguró la expansión de Estados Unidos por las Antillas. De todos modos, el autor nos promete en el prefacio entregarnos una descripción donde  se “narra la epopeya” , lo que consigue con una escritura muy digna de nuestro idioma.



jueves, 6 de abril de 2017

Il Volo en Tampa por segunda vez

 Por Gabriel Cartaya

El pasado jueves, la Sala Morzani del Straz Center, en Tampa, llenó sus 2610 butacas con un público que con gran entusiasmo recibió por segunda vez a tres jóvenes cantantes que se han convertido en ídolos de la ciudad, como lo son a nivel internacional.
 Con aplausos prolongados fueron recibidos el barítono Gianluca Ginoble y los tenores Ignazio Boschetto y  Piero Barone, a quienes todo el mundo conoce como Il Volo, lo que en nuestro idioma se traduce como El vuelo.
    El público estadounidense conoce a este trío casi desde su aparición, en 2009, pues su primer album “Il Volo” fue grabado entre Los Ángeles, Roma y Londres. Sus temas “O sole mio”, “Il Mondo”, “Un amore cosi grande” y otros de factura latinoamericana como “El reloj”, de Roberto Cantoral, han sido repetidamente aplaudidos en decenas de escenarios del mundo y al llegar a Tampa, por segunda vez, encontraron un apasionado auditorio que coreó y ovacionó sus interpretaciones.

 Por eso, cuando iniciaron el espectáculo con la canción “Nessum dorma”, que por su impacto es casi siempre un número de finalizar, ellos pudieron sentirse, a su vez,  amados por la concurrencia de esta ciudad.
 Una razón especial para la identificación de Tampa con Il Volo, más allá de la excelencia de sus interpretaciones, procede del triángulo idiomático de sus letras, frente a un público en cuyas raíces el inglés, el español y el italiano se mezclaron desde el siglo XIX, como pudo constatarse en la presencia de asistentes de estas tres procedencias en el Straz Center, aplaudiendo canciones en cada uno de estos idiomas.
El concierto ofrecido por Il Volo en Tampa, el pasado 30 de marzo, es parte de la gira mundial que realizan en homenaje a los tres grandes tenores –Luciano Pavarotti, José Carrera y Plácido Domingo–  y que incluye a 15 ciudades estadounidenses, entre las que Tampa ha tenido la dicha de ser elegida. En estos conciertos incluyen canciones del disco que dedicaron a esos míticos antecesores suyos y que nombraron “Notte magica: a tribute to the  three tenors”, que recientemente ocupó el primer lugar en la lista de música clásica de Billboard.
 Los jóvenes tenores de Il Volo, que han expresado desde nacer honda admiración por Pavarotti, Carreras y Domingo, han logrado un nivel de interpretación digna de esas figuras que le sirvieron de inspiración, como pudo apreciarlo el público tampeño una vez más. En ello, es justo decirlo, jugó un papel significativo el acompañamiento musical, a cargo de una orquesta que ejecutó a la perfección cada ritmo requerido por las voces de los jóvenes cantantes.
 Para acrecentar la alegría entre una y otra interpretación musical, los jóvenes artistas mantuvieron un diálogo animado con el público, con anécdotas, chistes y frases que, entre risas y aplausos, consiguieron una noche delirante vestida de buena música, maravillosas canciones y mensajes positivos.
 Al final, los organizadores del espectáculo propiciaron un diálogo más íntimo entre los cantantes virtuosos y parte de la audiencia, para entre fotos y palabras dejar grabado en el recuerdo de los asistentes una noche de verdadero arte. A su vez, para que Gianluca, Ignazio y  Piero, reunidos en Il Volo, escucharan decir, en italiano, español e inglés, que en Tampa siempre les esperamos.



lunes, 20 de marzo de 2017

El último jarrete (cuento)

Por Gabriel Cartaya

La desazón con que ­Esperanza respondió al Doctor Loumié cuando éste le preguntó si podía guisarle “aunque sea una caldosa” estaba muy acreditada. ¿Acaso él no recordaba que dos días atrás había re-ga-la-do las provisiones que ella guardó en el congelador? El plural fue una ilusión exagerada de una suegra que debía arreglárselas cada día para que su hija y él, por muy buen médico que sea, más los tres hijos que trajeron al mundo en tiempos de tanta escasés, no se fueran a la cama con depresión estomacal, concepto creado por ella para completar un diagnóstico a medio camino de Su Eminencia, como dijo entonces al facultativo del hogar.
Su primer impulso fue acompañado con un adagio de reproche: el que da lo que tiene, a pedir se atiene. Pero cuando él insistió, agregando que dos colegas estaban al llegar con una botella de ron,  ella sonrió, al darse cuenta de que su yerno se estaba despidiendo de los amigos, tal vez para siempre, porque en los próximos días iría de visita a Estados Unidos y aunque no lo había dicho a nadie, ella estaba segura que el ida y vuelta del pasaje se cumpliría a la mitad.
   Ante el gesto inicial de Esperanza, el Dr. Loumé recordó por primera vez el refrán ”Dichoso Adán que no tuvo suegra”–, oído a su padre, pero no le dio tiempo a expresarlo, contenido el injusto pensamiento con la  aparición de una sonrisa maternal en la que se dibujaron los primeros asomos del manjar.  Sólo entonces se permitió responderle y lo hizo desgranando, como ella, las sílabas esenciales: Yo no he re-ga-la-do nada, mi vieja, sólo he pres-ta-do el hueso protegido por usted.
  Era el último fragmento del puerco criado en el apartamento de tercer piso, sacrificado 15 días atrás para celebrar la noticia feliz: la Oficina de Intereses de Estados Unidos en Cuba le aprobó la visa. Le habían invitado a un congreso de ortopedia en una Universidad de California, donde ofrecería una charla sobre traumatismos de la columna, a partir de los resultados de su mejor investigación. Por suerte la petición, aunque con demasiada lentitud por parte del Ministerio de Salud, le fue concedida tras un largo proceso de investigación alrededor de su comportamiento ideológico. Después vino la gestión de la dichosa visa y cuando finalmente salió, casi a empellones, de la oficina estadounidense en El Vedado, de un golpe comprendió que no habría más cargadera de sancochos,  pues al cerdo de su granja, ya que no a la granja misma, le había llegado la hora.
  No viene al caso evocar la mesa atestada de carne, los chicharrones, los suculentos bistecs a plato lleno, el ­fricasé con toda una paleta, sino el último jarrete, que es el que está en cuestión.  Lo vio entrar al caldero para un ajiaco, acompañando plátanos, boniatos, yuca y la mitad de una malanga reservada para un puré de la bebita, asaltado del pensamiento egoísta de que nadie le disputaría chuparse el hueso postrero de un puerco que le causó tanto desvelo. Por un instante y para reafirmar su derecho, pensó en el atardecer que se vio arrodillado en una cuneta, a la vista de gente pendenciera, disputándole a un perro callejero residuos de comida.
  ¿Cómo, entonces, no iba a poder disfrutar hasta el último hueso de un cochino cuyo comportamiento doméstico desbordó la imaginación orwelliana? Entonces ocurrió lo inesperado, que lo cuento a ver si entienden de una vez lo que fue en mi país el período especial. Cuando cada quien empujó hacia adelante su plato, ya sin la más mínima partícula del exquisito ajiaco, el Dr Loumé comenzó a deslizar con toda calma su mano derecha hacia el hueso que reposaba en el fondo de la fuente, adelantando con la imaginación el sabor  de los zumos escondidos en sus caprichosas oquedades. A su índice y pulgar, hechos tenaza, le faltaban dos pulgadas para llegar a la presa cuando, inesperadamente, su querida y siempre bien ponderada suegra levantó la fuente, con seis palabras, incluido un barbarismo, que le hicieron trizas su ilusión: Ese güeso todavía da una sopa.
  Dicho y hecho. La fuente desapareció en un santiamén. El pobre Loumé sólo atinó a la interjección desolada ¡qué Esperanza!, cuando la vio envolver el último fragmento de su chancho en un nailon gris que fue a dar al fondo del congelador. Quién sabe si fue por vengarse de la madre política, o porque el corazón se le encogió, pero cuando  oyó decir al vecino octogenario que con una cucharada de caldo sería feliz, no lo pensó dos veces para decirle: Te prestaré un hueso, eso sí, me lo tienes que devolver y que eso quede entre nosotros. Total, se tranquilizó, si con una hervidita más no se va a gastar.

  Ahora,  al mirar a su suegra devanándose los sesos para complacerle, el Dr. ­Loumé salió, casi a escondidas,  hacia la casa del vecino con un ruego jovial: Por favor, devuélvame el sustancioso, es que tengo una visita, ¿sabe?, le dijo, como si necesitara aclaración.
                                 Gabriel Cartaya
                          Tampa, 3 de marzo, 2017
 Publicado en La Gaceta, 17 de marzo, 2017.

viernes, 10 de marzo de 2017

Palabras sobre Juan Arnao, en el 116 aniversario de su muerte

Por Gabriel Cartaya

  El cubano Juan Arnao Alfonso tenía más de 80 años cuando estalló la Guerra de Independencia de 1895 en su país. Entonces vivía en Tampa, donde se incorporó con toda la energía que le quedaba a la obra del Partido Revolucionario Cubano (PRC) y a cuantas actividades se realizaron en esta ciudad para desatar y hacer triunfar el último estallido  libertador en Hispanoamérica. Según nos cuenta Wenceslao Gálvez y del Monte, escritor que fue amigo suyo en esta ciudad, Arnao propuso más de una vez que lo incluyeran entre quienes salían para el campo armado. “Y cuando algún íntimo le hace alusión a que estaría en el Gobierno al lado del Marqués de Santa Lucía, se irrita y contesta con inusitada vivacidad: –¿Acaso se me ha olvidado  disparar  un  fusil?”.  Con ello quería enfatizar que su disposición era marchar al combate, no acompañar al Presidente del Gobierno Civil, Salvador Cisneros Betancourt, rodeado de secretarios alejados de la pólvora y el machete.
  Esa capacidad para la acción, combinada con el intelectual inteligente que escribió páginas significativas, se manifestó desde la primera juventud en el hombre que llegó a Tampa con una amplia barba de patriarca, en la década de 1890. Nació en el tiempo de las primeras guerras por la independencia americana, en el lejano 1812, en Limonar, provincia de Matanzas, Cuba, en un hogar  español.  Su padre catalán era ingeniero y le adivinó  al hijo su inclinación por la letras, la ilustración, los libros, tal vez sin sospechar  que encontraría en ellos el derecho a la rebeldía contra la opresión.
  El matancero se hizo hombre en un ambiente donde la oposición al coloniaje se expresaba a través de conspiraciones contra el gobierno español en la Isla. Una de ellas fue la  llamada “Conspiración de la Escalera”, en 1844, que costó la vida al poeta Plácido, siendo inocente. A fines de esa década, Arnao se incorporó a la conspiración que llamaron “Mina de la Rosa Cubana”, dentro del proyecto dirigido por el venezolano Narciso López, quien se proponía la anexión de Cuba a Estados Unidos.  Fracasó la expedición del militar venezolano, quien llegó a la Isla haciendo flotar por primera vez la bandera cubana. En un enfrentamiento con fuerzas españolas, Juan Arnao fue herido y hecho prisionero. En febrero de 1851 obtuvo el indulto, dado por el capitán general José de la Concha.

  Me reencuentro con la figura de Arnao en el marco de la Guerra de los Diez Años, cuando ya ha realizado estudios en Europa y regresado a Cuba. Se incorpora al levantamiento armado, pero muy pronto es detenido y expulsado del país.
  De Nueva York sale hacia Cuba en la segunda expedición naval de Domingo Goicuría, en octubre de 1869. Junto a él viajan Juan Clemente Zenea y Ramón Roa, figuras célebres en la historia de Cuba. No es objeto de estas líneas recordar las múltiples peripecias por las que fracasó esta expedición compuesta por alrededor de 500 hombres y un enorme cargamento de armas y municiones. Después  de varios contratiempos es descubierta por autoridades inglesas de Nassau y  los expedicionarios quedaron a la deriva en Cedar Key, al sur de Bahamas.
  En los años siguientes y en el período conocido como “Tregua Fecunda”, Juan Arnao continuó apoyando el proceso independentista cubano, a la vez que ejercía como abogado de profesión y alimentaba su vocación por la escritura y la historia. En la década de 1880 reside en Nueva York, donde comparte la labor patriótica con Cirilo Villaverde, Salvador Cisneros Betancourt, Manuel de la Cruz y el joven José Martí. En agosto de 1883 es elegido Presidente del Comité Revolucionario Cubano en esa ciudad, cargo que ocupa hasta 1885.
  En esta década Arnao ­escribió una obra valiosa que, lamentablemente, apenas se menciona. Me refiero al libro Páginas para la historia política de la isla de Cuba, de casi 300 páginas, de sumo valor informativo y testimonial. Hay una breve carta de Martí a Arnao, escrita en Nueva York en enero de 1895, donde le dice que va a referirle a un amigo que desea adquirir esta obra: “Mi Sr. Don Juan, un buen cubano, el Sr. Magín ­Coroneau, viene a preguntarme dónde puede comprar un ejemplar de sus Páginas para la historia. Lo ha leído prestado, y quiere conservarlo. Yo pongo a Usted estas líneas para complacer a este buen amigo, cuyas señas son:  159 W. 61 St. Cuídeseme, y mande a su  J. Martí.
  Parece ser que para esta fecha ya Juan Arnao está viviendo en Tampa, probablemente en West Tampa, donde lo encuentra Wenceslao Gálvez cuando llega a la ciudad en 1897, contando que oye sus discursos revolucionarios en el Céspedes Hall. “En el Céspedes Hall hay fiestas todos los domingos y en ellas toma parte principal, indistintamente, desde D. Juan Arnao hasta las niñas más pequeñas”.
  Hay otros libros de Arnao, probablemente escritos en Tampa, como Cuba, su presente y porvenir. Fue abogado, poeta, escritor, pero por encima de todo se sintió un patriota cubano. Regresó a su tierra al terminarse la guerra, en 1898. Murió en la ciudad de Guanabacoa, el 6 de marzo de 1901, con 89 años de edad. Murió pobre, sin pedir nada a cambio de más de 50 años de sacrificios y riesgos porque la patria en que nació fuera libre, cuando faltaba un año para la fundación de una república que ni siquiera fue la de sus sueños.
  Pero el hombre es su obra, si obra bien. Arnao obró bien y desde Tampa, a 116 años de su muerte, se le consagran  estas líneas de homenaje.



viernes, 24 de febrero de 2017

Tampa en el 24 de febrero cubano

  Por Gabriel Cartaya

Al amanecer el 24 de febrero de 1895, estalló en Cuba por tercera vez la Guerra de Independencia, como un esfuerzo supremo de liberar a la Isla de la dominación de España, después de casi cuatro siglos de coloniaje. Fue el tercer gran intento de obtener por medio de las armas la liberación del país, el primero de los cuales –el 10 de octubre de 1868–  desató una cruenta guerra que duró diez largos años. El segundo levantamiento, conocido como La Guerra Chiquita, que se extendió de 1879 a 1880, fue un intento inmediato de reiniciar la lucha interrumpida con la Paz del Zanjón, pero no pudo imponerse por estar latentes en ella las mismas causas que determinaron la firma de un pacto sin independencia.
      Los principales dirigentes de aquel proceso –devenidos héroes en el campo de batalla, como Máximo Gómez, Antonio Maceo, Calixto García y otros- encabezaron desde  el exterior diversos proyectos para el reinicio de la guerra en la década de 1880, pero ninguno logró vertebrar un movimiento que contara con la diversidad de factores que expresaban la incipiente nacionalidad cubana, a saber: vieja y nueva generación, civiles y militares, diversidad de componentes raciales, intereses de clases, ideologías y otros. Cuando en 1884 el joven Martí, viviendo en Nueva York, renuncia al plan de alzamiento que están dirigiendo Gómez y Maceo, le confiesa a los grandes guías, en una frase, la razón más honda de su fracaso: “Un pueblo no se funda, General, como se manda un  campamento”.
  Sólo cuando, ante tantos empeños frustrados por hacer  a Cuba un país libre, José Martí asume la dirección del movimiento revolucionario de su país, se encontró el camino en el que confluyeron los diversos y dispersos sectores del independentismo cubano. Ello condujo al estallido armado del 24 de febrero de 1895 y, con ello, a la guerra que puso término a la larga dominación de España sobre la Isla.
Soldados voluntarios entrenándose en Tampa para
ir a la guerra de independencia de Cuba
   La historia es larga y cargada de acontecimientos heroicos, pero esta vez sólo voy a detenerme en los momentos cruciales que permiten afirmar que fue Tampa el primer eslabón en hacer posible cumplir el sueño  de la independencia cubana.
  Durante la primera década de 1880, Nueva York fue el principal centro donde se concentraron miles de emigrados cubanos  –tanto trabajadores manuales como intelectuales– y donde la prédica revolucionaria encontró un foco de permanente actividad. José Martí, desde llegar en 1880, estuvo muy activo dentro de este movimiento, en el que llegó a ocupar altas responsabilidades. Sus discursos, como el de otros líderes, mantenía vivo el latido patriótico de sus coterráneos.
  Cayo Hueso fue también un temprano enclave de la emigración revolucionaria cubana, pero ni en estas dos plazas, ni en otras de Centroamérica y el Caribe donde se desplazaron cientos de cubanos, se había conseguido su unificación al iniciar la década de 1890.
  En los últimos años de aquella década nació Ybor City, extendida a West Tampa, lugares al que llegaron cientos de familias cubanas. La producción fabril del tabaco fue la atracción laboral, pero junto a las fábricas surgieron escuelas, teatros y una vida cultural donde confluyó, en las mismas calles y salas, una masa poblacional emigrada que siendo de distintas posiciones sociales, raciales, religiosas o culturales, les ­reunía el sentimiento común hacia la patria lejana. En ese marco afloró con fuerza su independentismo, cuya voz se reunió en los clubes, liceos y teatros.
  Cuando uno de esos clubes, el Ignacio Agramonte, invitó a José Martí a venir a Tampa y éste llegó, el 26 de noviembre de 1891, sintió, y dijo: “Aquí todo está hecho”. Después del discurso que conocemos con el nombre “Con todos y para el bien de todos”, también todo estaba dicho. En él identificaron los hombres, las mujeres, los miembros de todas las razas y clases, los de mayor y menor cultura, el pueblo todo, la patria que anhelaban y no habían logrado explicarse. Por esa patria, por esa libertad y república definidas, estaban dispuestos a morir.
  Al ver a aquel conglomerado de cubanos que le siguieron al Liceo, que le oyeron en la fábricas de tabaco y que le saludaron en las calles de Ybor City y West Tampa, Martí escribió enseguida las “Resoluciones de Tampa”, para que fuera este el primer pueblo en aprobar la  página inicial del Partido Revolucionario Cubano (PRC), a través del cual todos iban a preparar el estallido de la guerra rápida  –hasta humana podría decirse, si pudiera serlo alguna–  para llegar a la patria que comenzó a ser el mejor símbolo del imaginario cubano.
  Fue titánica la obra iniciada en Tampa y extendida enseguida a Cayo Hueso (donde a los pocos días se firman las Bases y Estatutos del PRC), a Nueva York, a varias ciudades de Estados Unidos,  países del continente, a Cuba en estricta clandestinidad, y se construyen todos los amarres para que tres expediciones simultáneas, cargadas de hombres, armas, municiones y otros recursos y con los grandes líderes del mambisado al frente, desembarcaran en distintos puntos de la Isla y desataran la guerra necesaria y relampagueante que iluminara la libertad.
Pero todo se perdió en un instante casual, cuando fueron detenidas las embarcaciones que debían salir hacia el 12 de enero de 1895 del puerto de ­Fernandina, en Florida. Martí, que debía salir en uno de esos barcos, pudo burlar el  asedio a que estaba sometido. Se escondió en Nueva York dos semanas, en casa del Dr. Ramón Miranda. Allí se reunió, el 29 de enero, con los oficiales mambises Enrique Collazo y Mayía Rodríguez y decidieron que el alzamiento en Cuba debía producirse como estaba planificado, aunque ya no  coincidiría con la llegada de las tres expediciones y de los grandes jefes.
  La orden de alzamiento es enviada de inmediato a Tampa con Gonzalo de Quesada. Este se reúne con Fernando Figueredo y deciden esconder el documento clandestino en un tabaco que tuercen en la fábrica de O’ Halloran. Al día siguiente está en un bolsillo de Miguel Angel Duque de Estrada, quien lo entrega en La Habana a Juan Gualberto Gómez.  Con la orden en la mano, Juan Gualberto corre la voz a los líderes de las distintas regiones de Cuba.
  El 24 de febrero se cumple la orden y comienza la guerra, pero  la mayoría de los levantamientos fueron sofocados enseguida. El de Bayate, cerca de Manzanillo, guiado por el General Bartolomé Masó fue el más victorioso y encendió la guerra en Oriente, dando tiempo a que llegaran Maceo, Máximo Gómez  y el mismo Martí.
  En el momento de más ­ansiedad, cuando se perdió el proyecto de las expediciones en Fernandina, por el que las emigraciones habían reunido tanto dinero durante más de tres años, José Martí volvió a pensar en Tampa. Antes de salir para Santo Domingo a reunirse con Gómez y junto a él desembarcar en Cuba, le entregó a Gonzalo varias cartas para sus amigos de esta ciudad: a Ramón Rivero, Paulina y Ruperto Pedroso, Fernando Figueredo, escritas cuando se va a echar a la mar. A Rivero le dice: “Yo no puedo esperar, Cuba no puede”. A Figueredo: “Tallo en la roca y en la mar mi caballo nuevo”. Y a Paulina y Ruperto, las palabras desesperadas que tal vez más le conmovieron:  “Si es preciso, háganlo todo, den la casa”, porque él está “levantando la patria a manos puras”.  Cuánta grandeza en Tampa, en todos los que hicieron posible el 24 de febrero cubano y donde Paulina y Ruperto le habían confesado a su organizador que, si era necesario, empeñarían la casa de vivir para que Cuba fuera libre.  

viernes, 10 de febrero de 2017

Unas preguntas al Gobernador de Florida

Por Gabriel Cartaya

Me gustaría preguntarle al gobernador de Florida, Rick  Scott, si alguna vez ha hecho una declaración sobre el comportamiento de los derechos humanos en México, en Centroamérica o en otro país que no sea Cuba. Sería bueno saber cuál fue su ­reacción cuando supo que en Iguala habían  desaparecido 43 estudiantes, posiblemente asesinados; o cuando, casi diariamente, aparecen noticias relacionadas con brutales crímenes en el vecino país, conectados con los carteles de la droga y en los que con alguna frecuencia aparecen agentes gubernamentales implicados.
  Sería interesante investigar la reacción de Rick Scott ante los miles de niños hambrientos en Centroamérica y de jóvenes que se acercan a la frontera de Estados Unidos huyendo de la violencia, el crimen, la falta de oportunidades y la impotencia (o indiferencia) de sus gobiernos ante su desesperación. Me gustaría saber si alguna vez propuso el recorte de fondos estatales para algún tipo de negocio que implicara a alguno de los gobiernos de esos países, con el argumento incontestable de que a la vista de todos están las múltiples cifras diarias de las víctimas del derecho a la salud, a la educación, a la vida.
       Desconozco si el gobernador Scott  alguna vez ha  expresado que no pondrá sus pies al sur del Río Bravo mientras aparezcan mujeres maltratadas, golpedas hasta la saciedad, incluso asesinadas en las calles –como el caso de Ciudad Juárez, que hirió hace pocos años la sensibilidad universal–  y donde estructuras de gobierno, a veces, han estado más atentas al  enriquecimiento personal que a extirpar el maltrato de género que cuesta la tranquilidad y hasta la vida de tantas personas inocentes.
   Ahora, el gobernador de Florida ha dicho que no habrá fondos del presupuesto estatal para algún tipo de negocios que involucre a la isla de Cuba, preocupado por la  violación de los derechos humanos en ese país. Estaba una delegación cubana en territorio floridano, para suscribir acuerdos relacionados con la colaboración portuaria, cuando Scott, refiriéndose a los fondos que este año facilitará el Estado a ese destino económico,  hizo público que “el dinero no puede ser asignado a proyectos de infraestructura que resulten en la expansión del comercio con la dictadura cubana, a causa de sus continuas violaciones de los derechos humanos”. Casi con las plumas listas para firmar acuerdos con los visitantes cubanos, autoridades de los puertos de Palm Beach y Everglades, se apresuraron a guardar en sus gavetas los papeles de entendimiento.
   Además de confesar que no transitará calles cubanas mientras no se cumplan todos los derechos humanos, parece que Scott tampoco pisará una tierra donde esté ausente una verdadera  democracia, por lo que imagino viajará poco. Así se desprende de las palabras que a Martí Noticias dijo Jeri Bustamante, secretaria de prensa de la gobernación, al preguntársele si Scott atendería una invitación informal que sugirió una visitante cubana. “Hasta que haya libertad y democracia en Cuba el gobernador Scott no prevé trabajar con la dictadura castrista”, dijo Bustamante.
   ¿Se ha preguntado Scott a quién afecta más la interrupción de una posible apertura de negocios y relaciones ­amplias entre Florida y Cuba? ¿Ha preguntado el Gobernador a los cientos de miles de cubanos que viven en su Estado –miles de ellos electores– si prefieren acercarse o alejarse a su familiares que viven en la Isla? ¿Ha pensado el Sr. Scott en el pueblo de Cuba, el pueblo de a pie que ha sufrido carencias económicas que no es capaz de calibrar quien vive lejos de ellas, en uno y otro lugar? Ese pueblo que, a pesar de sus limitaciones democráticas y necesidad de mayores libertades expresivas e inclusivas, no ve en sus noticieros nacionales –por muy parcializados que sean– las cifras de asesinatos que recoge diariamente la television mexicana. Los datos oficiales del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP)  arrojan que, de enero a noviembre de 2016, se produjeron 18 mil 915 casos de homicidio dolosos, once de los cuales correspondieron a asesinatos de periodistas. ¿Ha pedido el gobernador ­Scott que se retire algún tipo de colaboración con el Gobierno de algún estado mexicano? ¿O no pertenece a la categoría de los derechos humanos asegurar a todos los niños que los padres retornen vivos al hogar?
   Se sabe que el  Gobernador de la Florida aspira en 2018 a obtener un asiento de Senador en el Capitolio de Washington y que toda campaña electoral requiere de grandes sumas de dinero. Los cubanos que en Florida más pueden aportar, en téminos monetarios, se desgajaron del país de origen hace más de medio siglo y allí apenas tienen familiares y amigos. Pero la mayoría de la población cubana emigrada en esta maravillosa península –la de más peso en el verdadero sentido democrático–  quiere olvidar las tensiones que sólo han beneficiado a políticos cuyo lenguaje de amenazas, odios y venganzas, ha contribuido a mantener el poder adquirido y, de paso,  lanzar las culpas a la otra orilla, mientras el pueblo ha asistido a la fractura creciente de la familia y los sueños.
   Ojalá y Rick Scott –seguramente un hombre bueno, familiar y jovial– pueda  un día pasearse  por las calles de La Habana, mirar a su gente en su día a día, a las mujeres sonrientes, a los hombres extendiendo la mano, y por encima de los presupuestos a que obliga el compromiso político, responder a sí mismo estas complicadas interrogantes a las que no  creo sea insensible.




viernes, 27 de enero de 2017

Pete Seeger y la Guantanamera

  Por Gabriel Cartaya

Esta edición de La Gaceta ve la luz en el marco de significativos aniversarios: el nacimiento de Wolfang Amadeus Mozart, el 27 de enero de  1756; la muerte del escritor estadounidense Jerome David Salinger, el 27 de enero de 2010 y del cantante neoyorkino Pete Seeger, en ese día de 2014. A su vez, el 28 de enero conmemoramos el nacimiento de José Martí y se cumple un año más de la muerte, en 1928, del escritor español Vicente Blasco Ibáñez.
Joseíto Fernández y Pete Seeger, en La Habana
  Aunque los cinco nombres mencionados son extremadamente ­relevantes, quiero detenerme en el empalme de dos de ­ellos, que se juntan en la universalización de unos versos convertidos en canción. Se trata de los Versos ­Sencillos escritos por José Martí, internacionalizados por Pete Seeger en el ritmo de “La Guantanamera”.
   No es interés de estas líneas desentrañar el origen de esta melodía, ni su ­camino hasta llegar a los oídos de Seeger.
  El propio Joseíto Fernández, a quien más se identifica con su creación, ofreció diferentes versiones sobre su autoría, señalada en la década de 1930.
     Pero algunos historiadores guantanameros la ubican en la década anterior, atribuyéndola a Herminio García Wilson, quien la ­habría dado a conocer como una guajira en festejos populares de esa región.
  Por su parte, Alejo Carpentier, en su libro La música en Cuba, expresa: “Hace poco una estación de radio de La Habana obtuvo un gran éxito de popularidad con una canción de buen corte campesino, titulada ‘La guantanamera’, que había sido traída a la capital por auténticos cantadores orientales”. Otros, sin embargo, la remontan al siglo XIX, entre los ritmos montunos ­orientales y consideran que Joseíto Fernández, el compositor español Julián Orbón y el propio Segger son sólo sus grandes promotores.
  Joseíto Fernández comenzó a darle popularidad nacional a través de la radio, en un programa de la CMQ, enriquecién-dola con sus improvisaciones durante muchos años, hasta convertirse en el  rostro de la canción. En la década de 1950 Orbón, quien residía entonces en La Habana, le incorporó algunos versos de José Martí a la pegajosa canción, por la significación de los mismos en el marco del centenario del natalicio del Apóstol de Cuba.
 También hay diversas versiones acerca del momento en que Seeger hace suya “La Guantanamera”. Algunos dicen que el autor de “Where Have all the Flowers Gone” oyó la versión de Orbón al músico cubano Héctor Angulo, quien hacia 1962 se encontraba de visita en Nueva York. Otros opinan que habría escuchado su melodía en un campamento de verano en Cuba y se le pegó el estribillo “guantanamera, guajira guantanamera”, considerándola un componente del folklor de la isla y junto a Angulo la montó con los versos de Martí, como una autoría conjunta.
  Lo cierto es que en un concierto ofrecido por Pete Seeger en el teatro Carnegie Hall,  el 8 de junio de 1963, el cantante hizo delirar al público al cerrar la noche con el ritmo de “La Guantanamera”, intercalando, entre otras,  la cuarteta martiana “Yo soy un hombre sincero, de donde crece la palma/ y antes de morirme quiero/ echar mis versos del alma”.
  La canción comenzó a volar por el mundo, mientras en Cuba Joseíto Fernández comenzó a reclamar su autoría.  Grandes todos, se pusieron de acuerdo y Seeger fue a La Habana, en 1971, a darle la mano a Fernández y ­reconocerle paternidad en una obra musical que tenía registrada como propia. Entre brindis, ­concluyeron que a Joseíto se debía el parto de la canción, a Orbón la incorporación de  los versos martianos y a Seeger  su mundialización.  
  Muy cerca del escenario donde Seeger estrenó la “Guantanamera” con los versos de Martí, estaban los ­teatros donde el cubano pronunció varios discursos inflamados de patriotismo, pero, más significativo aún, fue en ese entorno ­neoyorquino donde nacieron los octosílabos, durante “aquel invierno de angustia, en que por ignorancia, o por fe fanática, o por miedo, o por cortesía, se reunieron en Washington, bajo el águila temible, los pueblos hispanoamericanos”.  Fueron esos versos,  escritos  cuando lo “echó  el médico al monte”, donde “corrían arroyos”,  los que Seeger cantó con voz ronca y erres enredadas, para darle la vuelta al mundo acompañados de la imagen del poeta que nació en La Habana el 28 de enero de 1853.
  Proponiéndoselo o no, Seeger contribuyó, más que muchos libros y charlas,  a divulgar no sólo una emblemática pieza musical cubana, sino también la figura luminosa del poeta hispanoamericano. El cantor comprometido con los sueños de su pueblo –de todos los pueblos–, quien había nacido el 3 de mayo de 1919 –el mes en que muere Martí– cerró los labios de cantar el 27 de enero de 2014, mes natal del autor de los Versos Sencillos.
  Cuando, en 1994, el presidente Clinton le concedió a Seeger la Medalla Nacional de las Artes por su contribución a la cultura norteamericana, el cantante fue presentado como “un archivo vivo de la música americana y de su conciencia, un testamento del poder de la canción y la cultura”.
  Recordarlo en Líneas de la memoria junto a Mozart, Salinger, Blasco Ibáñez y Martí, con quienes comparte esta efemérides del 27 y 28 de ­enero, es traerle con ellos  a que nos sigan iluminando con su ejemplo,  cuando, otra vez, “por la ignorancia, o por fe fanática, o por miedo, o por cortesía” pudieran reunirse en la Casa Blanca políticos hispanoamericanos incapaces de percibir que el “águila temible”, como en 1889,  pudiera querer apretar “los pabellones todos de la América”, como alertó el cubano universal en el prólogo a los versos que cantó Seeger con tanta emoción.