viernes, 13 de octubre de 2017

Héroes en el tren de Tampa a Ocala

Por Gabriel Cartaya

  Fue una de las conversaciones  más animadas que se oyeron en uno de los coches del tren que viajaba de Tampa a Ocala, el 21 de julio de 1892. Seguramente, la mayoría de los pasajeros no sospechaba que aquellos cuatro hombres  tenían una relevancia que se encajaría en la Historia, tanto por lo que ya habían hecho, como por el proyecto que animaban en aquel momento.
      A primera vista, se confundían con los viajeros comunes, vestidos con humildad, a no ser para quien se acercara al fuego de sus ojos, cuando no podían contener el brillo de la palabra que, en voz baja, iban intercambiando en el tren.  Pero más allá del físico y la vestimenta,  algo sobresalía en la personalidad de cada uno de ellos. El mayor de todos era un hombre que se acercaba a los sesenta años, de piel blanca, delgado, con el pelo lacio bien peinado y dividido por una raya casi imperceptible hacia el lado izquierdo. En la conversación, siempre en idioma español, se adivinaba a un hombre culto,  de múltiples lecturas, lo que pudieron confirmar los pasajeros más cercanos cuando alguien dijo que era José Dolores Poyo, muy conocido en Cayo Hueso. Otro recordó haberlo visto en la silla alta de lector de tabaquería, cuando Martínez Ybor inauguró en Tampa su fábrica de tabacos –El Príncipe de Gales–, de ladrillos rojos. Y claro, sabía que fue el fundador del primer periódico en español que tuvo la ciudad –el Yara–, que publicaba desde tiempo atrás en Cayo Hueso, donde lo siguió cultivando al regresar a aquel nido de cubanos.
   Rumbo a Ocala, a pesar de intervenir con frases inteligentes, Poyo iba más atento a sus compañeros, especialmente al de menor edad, al más pequeño de estatura. Carlos compartía con él un asiento ubicado de espaldas al maquinista y, más que hablar, escuchaba atentamente la palabra apasionada del viajero de enfrente y miraba hacia los otros dos, como calibrando su aprobación. Desde la primera vez que lo vio, Poyo supo que no era de origen cubano. Una tarde le contó en El Cayo que había nacido en Polonia, donde lo inscribieron como Karol Rolow-Mialowski. Pero era tan cubano como el que más, con el nombre de Carlos Roloff, General del Ejército Libertador. Llevaba una barba negra, abundante, como equilibrando la escasez de cabellera.
José Dolores Poyo, Carlos Roloff,
Serafín Sánchez y José Martí
  Sentados de frente, hacia el destino del tren, iban los otros dos hombres, atentos a la conversación gracias a que los primeros pudieron invertir el asiento duple. El más alto de ellos era Serafín, maestro y militar, dos profesiones que en pocos como en él podían concordar. En realidad, de vocación, estudios y ejercicio era maestro, desde su ­primera juventud espirituana, en el centro de la isla de Cuba, pero la patria le impuso el rol castrense, en las filas del Ejercito Libertador, donde llegó a General. De manera que en el coche del tren que corría de Tampa a Ocala esa mañana de verano,  iban dos generales vestidos de civil, sin que lo adivinaran los pasajeros.
   Pero más que entre ellos, que podrían irse contando las batallas tremendas en que participaron durante la Guerra Grande, los dos generales y el periodista habanero se inclinaban a oír las palabras que brotaban del más joven de todos, entonces con 39 años.  En él, de rostro pálido, ojos avellanados y cuerpo pequeño y delgado,  sobresalía la frente ancha, el mostacho grande que le camuflaba la boca, y, esencialmente, el verbo apasionado.
   Pero en el tren, los tres compañeros de José Julián Martí Pérez, como fue bautizado en la Iglesia del Santo Ángel Custodio de La Habana, iban menos atentos  a la riqueza expresiva que a la profundidad con que describía los pasos a dar –que estaban dando–, no sólo para unir los elementos dispersos de la nacionalidad cuajante en un movimiento libertador de su país, sino para fundar desde la raíz una república “con todos y para el bien de todos”, como dijo aquel hombre meses atrás en el Liceo Cubano de Ybor City. A eso iban a Ocala,  a seguir reuniendo los clubes revolucionarios, a continuar recabando el esfuerzo de todos,  como harían a continuación en Jacksonville y en cuanto lugar viviera un grupo de sus compatriotas.
   Cerca de ellos, en el asiento de al lado, iba un joven cubano atento a los cuatro pasajeros, esforzándose en no perder una sola palabra. Mientras el tren se acercaba a Ocala y el sol al  mediodía, asentía al oír las palabras agudas de Poyo, las frases concisas de Roloff, la voz confirmadora de Serafín,   y las palabras como de luz, ¡qué palabras!, del más conversador de los cuatro.
   Al verlos desmontarse en la primera estación de Ocala,  decidió bajarse del tren y seguirlos, pues adivinó en un párrafo que una concentración de cubanos los esperaba. Entró detrás de ellos a una sala concurrida y se apuntó sin pensarlo, para contribuir a la Patria que aquellos cuatro hombres venían dibujando en el tren.
                                                       Publicado en La Geceta, el 13 de octubre, 2017.


jueves, 5 de octubre de 2017

Las armas de fuego son para matar


Por Gabriel Cartaya

  Las armas de fuego son para matar. Puede decirse también que sirven para defenderse, pero eso no le suprime la anterior condición. Suponiendo un momento en que alguien pueda atentar contra ti con un cuchillo o una pistola, un arma similar a la del atacante pudiera salvarte la vida, siempre que tengas la reacción, rapidez y serenidad de adelantarte al agresor.
  No desconozco el beneficio de portar un arma como defensa, sino las razones que determinan la necesidad de defenderse del prójimo.
    Unas horas antes de despertarme con la noticia terrible de la balacera que, en Las Vegas, terminó con la vida de 59 personas, más de 500  heridos y decenas de familias destrozadas, tuve una conversación con mi hijo José Gabriel, de 21 años, que me preocupó bastante. Venía de una gasolinera, a las diez de la noche, donde un hombre le bloqueó la puerta del carro y acercó su rostro a la cara de mi hijo con una mueca agresiva. José lo apartó con fuerza, entró al carro y se fue. Pero me comentó que no era mala la idea de poseer un arma, porque aquel homeless (así lo calificó) pudo haberlo  agredido con un cuchillo u otro tipo de armamento. Cuando yo razoné contra las armas de fuego, él sostuvo que, por lo menos, sería bueno tener un dispositivo de electrochoque a la mano como prevención.
   Pero no basta. ¿Quién sabe cuántos de los asistentes al concierto de música country en las Vegas tenían un arma en la guantera de su coche? O aún de haberla tenido consigo, ¿hubieran podido evitar el fuego que se desató contra ellos? ¿No sería preferible evitar que las personas tuvieran armas?
   Las armas cumplen una función de defensa únicamente donde hay personas que están armadas. Si nadie las llevara consigo, ¿de quién te ibas a defender con ellas?
   Leí en uno de los tantos comentarios que han inundado la prensa desde el amanecer del lunes que “Nevada tiene una de las leyes sobre armas más laxas de Estados Unidos. Los usuarios pueden portar un arma y no tienen que estar registrados como propietarios. El estado no prohíbe los rifles de asalto, que son armas de fuego automáticas o semiautomáticas, y no hay límites para comprar munición”.
   ¡Qué barbaridad! ¿Quién es entonces culpable de un crimen como el de Las Vegas? Stephen Paddock es sólo el nombre de quien pudo subir al piso 32 de un hotel con un arsenal de armamentos. ¿Quién le vendió las armas?  Hasta familiares suyos se han preguntado cómo pudo pasar esto, lo que indica que era visto como un hombre normal. Pero ser normal, o parecerlo,  ¿es suficiente para que en una tienda te vendan un poderoso fusil de asalto? ¿Para qué alguien necesita una ametralladora, a no ser que vaya para la guerra? ¿Contra quién se va a defender dentro de la ciudad? Porque ni a los leones es lícito atacar con tan mortífera arma, aún si en la selva eres atacado por uno de ellos, pues hace tiempo se sabe que con disparar un dardo anestesiante es suficiente.
En los últimos días estamos asistiendo a una escalada peligrosa del conflicto entre Corea del Norte y Estados Unidos. El centro de la contradicción es la naturaleza de las armas, que a nivel global constituyen parigual amenaza que tener un vecino psicópata con un fusil. Una amiga, amante de la literatura y profesora en la Universidad del Sur de la Florida, tuvo que mudarse de Riverview porque su vecino salió con una escopeta a gritarle que sus gatos le estaban molestando. Es el mismo tono de voz con que el líder norcoreano ruge que  explotará una bomba de hidrógeno en el Océano Pacífico y el Mandatario estaounidense responde que va a destruir un país donde viven más de 25 millones de seres humanos.
   El remedio no es que Estados Unidos se mude a otro planeta –como hizo mi amiga–, sino entender que la guerra nos destruiría a todos y, por tanto, lo más inteligente es la diplomacia disuasoria, la que debe encabezar el más inteligente, incorporando en el contrario temporal la confianza de que  no va a ser atacado, premisa para desviarle la justificación de armarse.  Claro que para desear que tu vecino no se acorace, no debes pavonearte blindado frente al patio de su casa.
   El crimen de Las Vegas debería conmover a quienes pueden decidir modificar la ley que ampara la tenencia de armas de fuego. Un dato podría serles revelador: en lo que va de este año, el sitio Gun Violence registra la impresionante cifra de 272 tiroteos masivos en Estados Unidos, lo que le otorga el título mundial en esta lid. De no ser exacta, no andaría muy lejos, o, por lo menos, más lejos parece la ley que contribuya a alejar las armas de manos civiles, como las que provocaron el  crimen terrible que acabamos de sufrir en Las Vegas.
  Una bomba atómica no es más peligrosa que un fusil de asalto. La ráfaga puede matar a diez y la explosión nuclear a un millón, pero la condición criminal conlleva la misma culpabilidad. Donde se mata a un hombre, se elimina la expresión de mundo que se resume en él. El hombre del hotel Mandalay Bay, con su privilegio de andar armado entre la población apacible, destruyó en 59 personas a una porción irrepetible de la humanidad.

                                                   Publicado en La Gaceta, 6 de octubre, 2017.

jueves, 28 de septiembre de 2017

Gonzalo de Quesada y Aróstegui

  Por Gabriel Cartaya

Cuando Gonzalo de Quesada y Aróstegui se desmontó en el andén de Ybor City, el 2 de febrero de 1895, era un joven abogado que apenas había  cumplido 27 años de edad. Sin embargo, traía consigo la más alta responsabilidad con el destino de la independencia de Cuba, pues se le había confiado la misión de trasladar en un bolsillo la Orden de Alzamiento que, firmada en Nueva York por José Martí, debía   hacerse llegar a La Habana en absoluto secreto, para que Juan Gualberto Gómez coordinara en toda la Isla el inicio de la contienda armada contra el colonialismo español.
     ¿Qué méritos tenía aquel joven cubano para merecer tanta confianza y hasta dónde fue fiel al Maestro que le consideró su discípulo predilecto? Trataré de asomarme, en la limitación de unos párrafos, a la vida fecunda de un hombre que sólo vivió 47 años y a quien debemos, entre muchos aportes,   el  haberse consagrado a publicar os primeros quince tomos de las Obras Completas de José Martí.
  Nació en La Habana, el 15 de diciembre de 1868, a sólo  dos meses de iniciarse la Guerra Grande y cuando la capital cubana se estremecía entre los simpatizantes del independentismo –como el aula donde entonces Martí, con 15 años, recibía las enseñanzas de Rafael María de Mendive– y quienes se alineaban con el poder peninsular. En aquel ambiente, los padres de Gonzalo, oriundos de Camagüey,  deciden trasladar la familia a Nueva York, donde crece y se educa quien sería, más que un discípulo, un hijo espiritual del Apóstol cubano.
  Las primeras noticias del acercamiento entre estas dos figuras históricas remiten al 10 de octubre 1889, cuando en el Hardman Hall de Nueva York el joven estudiante de Derecho es llamado a pronunciar unas palabras dedicadas a Cuba, en la misma tribuna donde ese día Martí pronuncia un vibrante discurso patriótico. A partir de ese instante, el vínculo entre el Maestro y el naciente discípulo sería ininterrumpido.
  Considero que la fortaleza de esta relación nace inmersa en el acontecimiento continental que más hondamente preocupó a Martí en aquella fecha: La Primera Conferencia Panamericana de Washington, en la que el agudo político cubano vio la intención de Estados Unidos de extender su dominio sobre la región y el peligro de que en ella se abordara una posible anexión de Cuba. En aquellas circunstancias, cuando Martí accede al acontecimiento a través de la prensa y a partir de esa información escribía su opinión para periódicos como La Nación,  debió serle importante que su nuevo amigo estuviera participando como secretario de Roque Sáenz Peña, el representante plenipotenciario de Argentina en el cónclave.
  Es de esa época la primera carta conocida de Martí a Gonzalo, en la que le pregunta: ¿Pues no se ha venido hablando en el paseo, entre los mismos delegados,  de la posibilidad y conveniencia de anexar a Cuba  a los Estados Unidos? Para todo hay ciegos, y cada empleo tiene en el mundo su hombre. Pero el Sr. Saenz Peña sabe pensar por sí, y es de tierra independiente y decorosa (…) Trabájele bien, que este noviciado le va a ser a Ud, muy provechoso”.
  En la carta siguiente ya hay más confianza, pues en la anterior aún temía ‘violentar su opinión’. “Me es muy valioso lo que me dice y  he de agradecer mucho que me tenga al tanto de cuantas opiniones sobre Cuba lleguen a su noticia, salvo las que por su carácter privado, y de la delegación de Ud., no le pertenezcan”.  Finalmente, le dice: “He leído su carta con júbilo de padre”, lo que nos indica el avance afectivo del vínculo entre ellos.
 Con esa identificación, ya se permitía darle consejos hasta en lo personal: “Piense como piensa, observe mucho, calle más, elija buena compañera, y será a la vez bueno y feliz”.
 Como sabemos, las páginas que escribió Martí sobre el evento continental donde está participando Gonzalo, son las que con más lucidez advirtieron a los países que él llamó Nuestra América sobre el contenido más profundo de las propuestas que se le hacían desde Washington (Véase “La Conferencia de Washington”, en  Obras Completas de José Martí, tomo 6, pág. 33). La identificación del joven abogado con la interpretación del Maestro debió influir poderosamente en la estimación y cariño que desde entonces le prodigó. Muy poco tiempo después, cuando Martí renuncia a todas sus responsabilidades para consagrarse a la creación del Partido Revolucionario Cubano, a partir de su primera visita a Tampa en noviembre de 1891, Gonzalo le va a seguir incondicionalmente. Es significativo que, aunque a los cargos más altos de aquella organización política se accedía mediante elecciones anuales de la membresía, la responsabilidad de Secretario fue designada por Martí y fue puesta en manos de Quesada, que entonces tenía 23 años.
   En la intensa y fructífera labor desarrollada por el Partido Revolucionario Cubano (PRC) entre 1892 y 1895, Gonzalo de Quesada jugó un papel destacadísimo que aún no ha sido suficientemente evaluado. Ello se aprecia en la intensa comunicación entre el Delegado y el Secretario, quien recibió en ese tiempo 88 cartas conocidas firmadas por Martí, si incluimos ocho donde le acompaña como destinatario Benjamín Guerra, entonces Tesorero de ese órgano político que preparó y dirigió el inicio de la guerra por la independencia de Cuba.
       Rastrear la labor de Gonzalo en ese epistolario es un esfuerzo requerido de la investigación para justipreciar los merecimientos de esa figura histórica, cuya atención se ha fijado mayormente en su esfuerzo para reunir la papelería de su Maestro e iniciar la edición de sus Obras Completas. A ese camino van estos apuntes previos, si bien nacen del asomo a la visita que hace Gonzalo a Tampa, no sólo con el documento secreto destinado a La Habana, sino también con misivas importantes para los fieles cubanos que vivían en esta ciudad.
 La primera de esas cartas –he excluido otras 17 correspondientes al período anterior al nacimiento del PRC– pertenece al 16 de enero de 1892 y nos ofrece una muestra de la familiaridad entre ellos. Entonces la novia de Quesada –Angelina Miranda– sale de viaje a La Habana y él se apresura a enviarle, con un regalo, “a la linda viajera, a la viajerita querida y a su buena y tierna madre, un saludo que les aquiete la mar”.   
  Aunque en cartas anteriores se aprecia la cercanía de Gonzalo a la obra fundacional –tanto del PRC como del periódico Patria–  es en la carta del 9 de mayo de 1892 donde Martí le implica en las más altas responsabilidades del cuerpo político acabado de fundar, al proponerle el único cargo de la dirección máxima que no fue sometido a elecciones. En la misiva de esa fecha le dice: “La Secretaría de esta Delegación sólo pudiera recaer en quien como Ud., se consagra con entusiasmo y pureza al trabajo de fundar en la patria dolorosa un pueblo durable”.  Con esa apreciación,   quien ya ha sido electo Delegado le escribe: “Vengo a rogar a Ud.  que me acompañe y ayude, como encargado de la Secretaría, en la tarea de mantener unidas, y de robustecer,  las fuerzas necesarias para completar la obra iniciada por nuestros padres de Yara el 10 de octubre”. 
  Gonzalo no lo defraudó y su colaboración fue constante en aquellos años. Trabajó mucho en el cuidado y eficiencia del periódico Patria, donde uno de sus primeros artículos fue “El delegado y el Tesorero del Partido” (9 de julio de 1892), en el que incluye una fotografía de Martí al lado de Benjamín Guerra.
 Por la imposibilidad de rastrear todas las cartas de Martí a Gonzalo en ese tiempo, voy a detenerme en las que fueron escritas desde Tampa.  La primera de ellas es del 18 de julio de 1892. “Gonzalo: En Tampa, rematando. Enfermo. Nos lleva el Mayor de la ciudad a pasear.  Iré a Ocala (…) Aquí grandezas…”, leemos.  Se refiere a la invitación que le fue hecha –junto a Carlos Roloff, Serafín Sánchez y José Dolores Poyo– por Herman Glogowski, entonces alcalde de la ciudad, para que visitaran juntos los lugares más significativos de este lugar, gesto en el que apreciamos que el impacto del líder cubano desbordaba los límites de la emigración de su país. Esa noche no pudo hablar en la velada político literaria que se desarrolló en el Liceo Cubano, pues la garganta apenas le permitía pronunciar palabra.
  Tres días después, le envía un telegrama desde desde Ybor City, con la noticia de un “mitin espléndido” al aire libre, en el que participaron muchos españoles con “discursos fervientes declarando ayuda independencia”.
 Hay otra carta a Gonzalo, fechada en Tampa el 14 de diciembre de 1893, donde expresa su satisfacción por la comunidad cubana de este lugar: “¡Qué aclamaciones la de estos hombres, al hacer espontáneamente su nuevo sacrificio! Apreté la organización, la dejo ensanchada: extiendo el esfuerzo por toda la ciudad (…) Y desde que llegué, ni un momento de respiro: los clubs, las juntas privada, los talleres, que me parecen templos…”.  Toda esta información nutría a  Gonzalo para los escritos que debían salir en el periódico Patria. Al final de esa carta, le dice: “Aquí, cuánta hermosura”.
  En varias cartas de 1894, tanto desde Tampa, Cayo Hueso u otras direcciones desde donde ese año la labor infatigable de Martí amarraba todos los hilos preparatorios para la independencia de Cuba, se evidencia la confianza de Martí en la labor de su Secretario, especialmente en el desempeño del periódico Patria.
  Cuando en enero de 1895 fracasa el llamado Plan de Fernandina, al ser apresados los barcos en que debían trasladarse a Cuba los líderes de la revolución para dar inicio a la guerra independentista, y Martí tuvo que ocultarse de la persecución del espionaje español, probablemente  fue Gonzalo de Quesada la figura más cercana y útil. Desde que salió de Jacksonville, el 14 de enero –donde tuvo el primer escondite en el Hotel Travellers con nombre falso- hacia Nueva York, donde lo recibe Gonzalo y lo lleva a vivir a casa de sus suegros, el Dr. Ramón Miranda y la Sra. Luciana Govín (349 W. 46th St),  estuvo en plena clandestinidad hasta su salida definitiva de Estados Unidos. En esas dos últimas semanas en Nueva York, desde donde firmó el día 29 de ese mes la Orden de Alzamiento, Gonzalo, que entonces vivía con sus suegros,  estuvo a su lado.
  Martí previó viajar a Tampa y Cayo Hueso para hacer llegar a la Isla el mensaje clandestino que autorizaba el inicio de la guerra. Pero los requerimientos de la labor clandestina lo obligaron a salir de Nueva York a Santo Domingo. Entonces la persona de más confianza que encontró para sustituirlo en el viaje a este estado fue Gonzalo de Quesada, a quien entregó la hoja secreta que debía entrar a Cuba.
       Gonzalo llegó a Tampa el viernes, 1.° de febrero de 1895, mientras Martí estaba arribando a Fortune Island en su viaje hacia el Caribe. Era la primera vez que el Secretario del Partido Revolucionario Cubano (PRC) llegaba a esta ciudad, pero traía en sus bolsillos varias cartas de recomendación del Delegado, para que lo recibieran y lo quisieran como si fuera él.  A Fernando Figueredo: “Gonzalo va en mi lugar (…) Rodéemelo y vea qué bella alma”. A Ramón Rivero: “Gonzalo y ustedes serán enseguida mi solo corazón”. A Paulina y Ruperto Pedroso: “Allá les va otro hermano (…) Sólo horas estará en Tampa, la primera vez, mímenlo (…) El va a un servicio glorioso”.  El servicio glorioso, además de recabar fondos para el levantamiento inminente en Cuba, era buscar el modo de hacer llegar a Juan Gualberto Gómez, a Cuba, la Orden de Alzamiento. A las pocas horas de llegar a Ybor City, Fernando Figueredo caminaba junto a  Quesada por una calle de West Tampa, hacia la fábrica de tabacos de O’Halloran. Allí, en lo profundo de las hojas torcidas, fue envuelto el mensaje.
Cuando, al día siguiente, Gonzalo entregó en Cayo Hueso varios tabacos a Duque de Estrada para entregarlos en La Habana a  Juan Gualberto Gómez, le indicó a cuál de ellos no se le podría dar candela en ningún caso.
José Dolores Poyo, uno de los líderes más respetados del Cayo, lee la carta que le envía Martí: “Gonzalo de Quesada es mi carta (…) ¿A qué va Gonzalo?  A que retumbe en Cuba, la nueva declaración de nuestra fe”.   En lenguaje clandestino, nada más claro. Y una presentación del hombre que entrega la misiva:  “Gonzalo (…)  me ha dado siempre, y hoy más que nunca,  en estos días de deber y de honor,  pruebas de las más raras virtudes, modestia, lealtad, entusiasmo,  desinterés, abnegación. Quiéralo sin miedo”.
En uno de los discursos que Gonzalo pronunció en Cayo Hueso,  respondió a un descreído:  “¿Qué dónde están las armas? Las armas están en la conciencia de cada uno de nosotros”. Los aplausos, entonces, emularon a los que en aquella tribuna había recibido su Maestro.
Desde el día en que Martí y Quesada se vieron por última vez –el 30 de enero de 1895, en que ambos salen de Nueva York, uno para Santo Domingo y otro para Florida–  hay varias cartas más entre ellos, casi todas relacionadas con el esfuerzo independentista que les consume. Pero hay una en la que quiero llamar finalmente la atención, pues se trata del testamento literario del gran escritor, periodista, orador, maestro, poeta, político,  confiado  a su discípulo e hijo espiritual. La carta, que  está fechada en Montecristi, el 1.° de abril de 1895,  es “una guía para un poco de mis papeles”.  En la propuesta, sugiere alrededor de seis tomos, pidiéndole que sólo publique “lo durable y esencial”.
Hoy, cuando se está publicando la Edición Crítica de las Obras Completas de José Martí, concebida en más de 40 voluminosos tomos, agradecemos a Gonzalo de Quesada y Aróstegui su  visión de que todo lo escrito por Martí sea “durable y esencial”. Por ello cuidó cada página con tanta devoción. 
Después de la muerte del Apóstol, el discípulo quiso incorporarse a la guerra, pero no se le permitió, pues su papel en la Secretaría del Partido y en el periódico Patria requería su presencia en Nueva York, donde era más útil a la independencia cubana.
Desde la salida de Martí de Nueva York hasta la elección de Tomás Estrada Palma –julio de 1895–, Gonzalo asumió altos cargos en el PRC. En enero de 1897, el Consejo de Gobierno de la República en Armas lo nombró su Encargado de Negocios en Estados Unidos, desde cuya posición contribuyó a que el  legislador Wilkinson Call presentara la primera moción al Congreso estadounidense para el reconocimiento de la lucha independentista cubana.
En 1898, fue nombrado Delegado a la Asamblea de Santa Cruz por el Sexto Cuerpo del Ejército Libertador, labor que apenas pudo cumplir por mantener sus responsabilidades con la República en Armas en el extranjero. Al concluir la guerra regresa a la Isla y se une a los esfuerzos por la creación de la República. En 1900 asiste a la Exposición Universal de París, en representación de Cuba, aun cuando la Perla de las Antillas no tiene un gobierno propio.
Es electo a la Constituyente de 1901, la que redacta la primera Constitución para la nación cubana.  Al nacer la República, el 20 de mayo de 1902, con el gobierno presidido por Estrada Palma, Gonzalo es nombrado embajador en Washington. Desempeña un importante papel en decisivas discusiones sobre la soberanía del territorio nacional, especialmente en relación con la pertenencia de Isla de Pinos a Cuba, lo que se logra tras arduas discusiones frente a la pretensión estadounidense a ese territorio,  hasta lograr la firma del acuerdo que incluye su nombre: Tratado Hay-Quesada.
Gonzalo, que había participado en la Primera Conferencia Panamericana de Washington como miembro de la delegación argentina (1889), asistió a la tercera en representación de la República de Cuba-Río de Janeiro, 1906, y a la cuarta, en Buenos Aires, 1910. Asimismo, asistió a la Conferencia Internacional de la Paz, realizada en La Haya, en 1907.
En medio de las complejas circunstancias en que se debaten las primeras décadas de la república cubana, donde caudillismo, oportunismo, injerencismo, fraude y corrupción socavan el ideario de república con que Martí movilizó las fuerzas mejores de la cubanía en aras de alcanzarla, Gonzalo se dedicó a reunir toda la escritura de su Maestro y al publicarla, con recursos propios, dio a las generaciones venideras las mejores armas para que buscaran el proyecto que no pudo lograrse durante su tiempo.
    En 1910, cuando el gobierno de José Miguel Gómez sucede al segundo período de ocupación de Estados Unidos en Cuba (1906-1909), Quesada es designado embajador de su país en Alemania. Desde allá, además de cumplir con su misión diplomática, siguió juntando cuanta carta, artículo, poesía, discurso, cuanto papel martiano le era enviado desde todos los lugares donde llegó la pluma del más universal de los cubanos. Estaba trabajando en el tomo 15 cuando los pulmones dejaron de acompañarle. Lejos de la patria que ayudó a liberar, seguramente le consoló saber que su hijo –Gonzalo de Quesada Miranda–  continuaría publicando las tantas páginas martianas que él no alcanzó a juntar.  El 9 de enero de 1915, en Berlín, dejó de latir su caluroso corazón, con sólo 47 años de edad

viernes, 1 de septiembre de 2017

La educación como arma contra el terrorismo

Por Gabriel Cartaya

  Cuando se acerca el 11 de septiembre, a 16 años del atentado terrorista más grande de la historia contemporánea –alrededor de 3 mil muertos y 6 mil heridos– , vale la pena pensar en las múltiples y complejas causas que determinaron un crimen de esa magnitud y, esencialmente, razonar alrededor de las vías más seguras para evitar a la humanidad el dolor provocado por la irracionalidad del comportamiento homicida.
  Se han escrito –y se seguirán escribiendo– miles de páginas para explicar los sucesos de las Torres Gemelas y cada año el universo mira con espanto las escenas del impacto de los aviones que –llenos de hombres, mujeres, niños–  fueron lanzados contra los edificios donde miles de personas inofensivas se encontraban. En un instante, pasajeros y ocupantes de los emblemáticos pabellones fueron envueltos en el fuego, el humo, el hierro y el concreto, a consecuencia del acto bárbaro de sólo un puñado de jóvenes seducidos por la red yihadista Al-Qaeda.
    Suman cientos las investigaciones que intentan explicar la génesis, constitución y filosofía de grupos de islamistas radicales, los motivos religiosos del enfrentamiento entre civilizaciones, el  pretendido ajuste de cuentas con la cristiandad por la barbarie de la Santa Inquisición en la Edad Media,  la ambición de sectores extremistas que se dicen musulmanes y sueñan con la reconquista del califato andaluz. Otros estudiosos consideran las causas económicas que han determinado la presencia militar estadounidense en el Medio Oriente, especialmente a partir de la Guerra del Golfo (1990-1991). Algunos, incluso, han destacado el apoyo de Estados Unidos a la aparición de grupos –como el propio Al-Qaeda de Bin Laden– que después se convirtieron en sus enemigos.
  En realidad, hay toda una madeja de teorías para intentar explicar el acto del 11 de septiembre –repetido en menor escala con una frecuencia dramática en Europa y otros lugares del mundo hasta el día de hoy– , pero son muy escasos los que buscan en los sistemas de educación –incluso religiosa– las causas profundas de aquel evento salvaje y las propuestas para la formación de una persona cuya sensibilidad no sólo lo aparte de un arma agresiva, sino que se conmueva ante el dolor que sufra un ser humano en cualquier esquina de un mundo que ahora, al acortarse las distancias con la tecnología, muchos llaman aldea global.
  Al mirar los rostros de los jóvenes implicados en actos terroristas, incluidos los de quienes han sido abatidos cuando aparece la noticia, la primera reacción es de satisfacción y casi tranquilidad ante la muerte de quienes fueron autores de una masacre humana. Es una lógica respuesta, a pesar de entender que la muerte del asesino no aminora el dolor de quienes por él perdieron a un ser querido.
  La venganza, desde siempre, aumenta el dolor, en tanto se extiende a familias que no dejan de ser inocentes cuando uno de sus miembros perturbados comete un crimen. No propongo impasibilidad frente al culpable que debe ser castigado, sino ir a las raíces que provocaron el daño. Y en esa raíz, en gran medida, está la pedagogía, tanto la que corresponde a la escuela, a la familia, como a todas las esferas sociales.
  Sin más remedios, al terrorista armado de hoy hay que aniquilarlo con las armas, porque ya constituye, física y mentalmente, un peligro inminente. Pero en evitar el posible terrorista de mañana, a los padres, maestros y sociedad corresponde el rol de formar los valores  que impidan a un joven ser seducido a una conducta antihumana. Sólo a través de la educación y desde los instrumentos que posee para influir en el perfil de la  personalidad, se puede fortalecer en el ser humano la vocación natural  a desear una larga vida feliz.
  Cuando en los medios –que deberían contener más espacios educativos que mercantilistas–  haya mas imágenes de amor que de violencia; cuando en las pantallas de televisión, cine, teléfonos, tabletas, veamos más imágenes de confraternidad humana que de guerras, sangre y muerte;  cuando en los video juegos de niños y adolescentes aparezcan más abrazos y solidaridad entre los personajes ficticios que gritos, amenazas y disparos,  habrá menos jóvenes dispuestos a ingresar en un grupo terrorista que los conmina a matar a mansalva a quienes no son sus enemigos; habrá menos adolescentes con perturbaciones mentales, predispuestos a reproducir en la vida real los crímenes practicados en sus video-juegos.
  He meditado en estas cosas al leer la carta de una maestra del pueblo de Ripoll, cerca de Barcelona,  apenada con los sucesos terroristas de hace solo unos días en esa ciudad española. Ella conocía a los jovencitos que cometieron los crímenes, habían pasado por su escuela, los había visto crecer, reír, enamorarse, soñar con el futuro y, de repente, aparecieron como terroristas. La maestra no pensó en que eran seres demoníacos maldecibles, con lo que hubiera salvado su responsabilidad como educadora, sino, con enorme tristeza, en que algo debió faltar en su labor.
  Me permito citar, in extenso,  unos fragmentos aislados de la carta de la maestra, que se identificó sólo como Raquel:
  “Estos niños eran como todos los niños. Como mis hijos, eran niños de Ripoll. ¿Qué estamos haciendo mal? Hay que detener esto. Tenemos que hacer algo. Y yo que creía que lo estaba haciendo bien, que había contribuido con mi granito de arena.
  Me duele que hayan sido ellos (...) no he dejado de llorar desde el primer día y sé que nunca podré dejar de hacerlo.  Sé que estos días la balanza y el apoyo se decanta hacia las víctimas, hacia los hijos perdidos, las familias destrozadas, la ciudad de duelo. Pero permitidme contaros y enseñaros la otra cara de la moneda, la que no sale en los periódicos, la que no llora en público, la que en silencio contiene las lágrimas porque parece que esté mal visto llorar por ellos.
  Permitidme deciros cómo eran ellos, o al menos los niños que yo conocí”. 
  En la carta, la maestra cuenta que aquellos muchachos en la escuela eran normales y piensa que pudieron ser pilotos, maestros, médicos o colaboradores de una ONG y se pregunta:
  “¿Qué les ha pasado? ¿En qué momento...? ¿Qué estamos haciendo para que pasen estas cosas? Erais tan jóvenes, tan llenos de vida, teníais toda una vida por delante ... y mil sueños por cumplir”.
  La maestra se niega, en lo más profundo de su ser,  a aceptar una realidad terrible para todos los fallecidos y sus familiares, víctimas y victimarios. Y termina sugiriendo que este hecho no sea “una historia más”.  Para ello, su propuesta es clara: “Educando en la no violencia, transmitiendo el no odio, la igualdad. Educando en las escuelas, en los espacios abiertos, en las familias, a nuestros hijos...”.
  Al mencionar el nombre de los culpables, víctimas también, –Moha, Moussa, Youssef, Omar, Younes,  Houssa–, no se percibe odio sino dolor, aún al juzgarlos: “Los actos que habéis cometido no tienen explicación y no son lícitos. La guerra, la ira, el odio no llevan a ninguna parte. Nunca, en nombre de nadie. Ni por nadie. Ni dioses, ni banderas, ni religión”.
  Jóvenes eran también los terroristas del 11 de septiembre y casi todos los que siguen siendo captados por el islamismo radical –que no es la esencia musulmana– para cometer actos criminales en cualquier lugar del mundo. ¿Cómo entender la irracionalidad de que alguien, con todo el futuro por delante, con el sueño de una profesión, matrimonio, hijos, amigos, pueda renunciar a la vida, acabando con la de otros, en nombre de una ideología enfermiza contraria al derecho de vivir y ser feliz? 
  Con la fuerza que juntan el amor y la enseñanza, encontrar el instante confuso en que el cerebro de nuestro hijo, alumno, o adolescente cercano pudiera ser susceptible de ser captado por una idea fanática, supersticiosa o extremista, y  atraerle a una conducta positiva, sería el arma más poderosa –tal vez la única–  de acabar con el terrorismo sobre la tierra.
                                                                                        Publicado en La Gaceta, 1.º de septiembre, 2017.


jueves, 24 de agosto de 2017

Un poema de Wifredo Lam

       En la conversación que sostuve con Juan Castillo, el sobrino nieto de Wifredo Lam que atesora una parte de su obra –como vimos en la entrevista publicada en los dos últimos números de La Gaceta–, me habló del único poema conocido del pintor. Ante mi interés en leerlo, tuvo la gentileza de enviármelo.
      Ahora lo comparto con los lectores de esta columna, pues contribuye a conocer más al extraordinario artista cubano y universal.
Nuevo mundo
Luz
al grito que lanzara
el vigía a la una de la madrugada,
una noche de octubre de 1492
responde la voz de Cristóbal Colon:
“Es tierra”
La tierra es maravillosa,
Perpetua viajadora dentro
de un espacio sin límites.
Brotado de los cuatro puntos cardinales,
el hombre se vuelca
hacia el Nuevo Mundo,
cuando Cuba se transforma
en la encrucijada
donde se reúnen todos los bergantes,
amos, proveedores
de esclavas y esclavos.
Mientras se va despoblando
el continente africano,
la España castellana
envía a sus segundones,
sus judíos y sus árabes
–Isabel la Católica expulsa a todos
los convertidos y vacía las prisiones–
para poblar el Nuevo Mundo.
Para que así conquisten su libertad:
libertad de domesticar a los salvajes
y explotarlos hasta la muerte.
Sed de oro, voluntad de potencia
y de independencia.
Más tarde llegaron los demás:
Catalanes, Gallegos… y,
finalmente los Chinos.
Estos son los antepasados
que reclama Wifredo Lam y,
más que nadie,
representa él la herencia
de la convulsión del hombre y de la tierra.
El Nuevo Mundo.
La tierra de Cuba,
durante tanto tiempo aislada
en medio del mar de Caribes,

un mar infestado de tiburones
piratas, esclavos, y rebeldes de toda clase.
En la familia,
se cuenta (por supuesto del lado africano)
que sus antepasados
eran de los más granados:
brujos y reyes. Pero él
primero que afirmó su personalidad,
según memoria de hombre,
fue José Castilla,
denominado Mano Cortada.
Nacido en Las Villas,
en el pueblo de los Remedios,
este mulato, terrateniente
defendió severamente
la dignidad de su vida;
católico por elección
le engañó un europeo,
un español, naturalmente,
que lo llevó ante la justicia
y le hizo perder la causa ante
el tribunal civil, cuando esta había
sido ganada ante el tribunal de la Inquisición.
Furioso por no habérsele hecho justicia,
golpeó a su enemigo con un puñetazo
tan violento que le mató.
El mismo tribunal de la Inquisición
que le había absuelto la primera vez
le condenó entonces,
pero por el último crimen. Se le embargó
la hacienda, la cual sirvió
para crear una plaza y edificar
una iglesia en Los Remedios,
que debía denominarse
la Iglesia de Cristo.
La mayor crueldad del tribunal
consistió en mandar que se le
cortara la mano derecha
por lo que se apodó José Mano Cortada
pero sublevado, huyó tras lo cual,
convertido en cimarrón,
nadie pudo decir que fue del mismo.
Su mestizaje, por el lado español,
databa de la casa llamada
Cabeza de Vaca, de Castilla.
Emigrado de la tierra donde nació
Lam Yam llegará, tras largo viaje,
A San Francisco, California, a México,
y tras México, a Cuba.
Ocurría ello durante
La segunda mitad del siglo XIX.
Con él traía
la memoria de toda clase de paisajes
–siberianos, mongoles, tártaros–:
el drama de Asia y del mar de China.
En sus ojos, salía el sol
de una isla convulsa
que luchaba por la libertad.
Estos fueron sus antepasados quienes,
en complejas circunstancias históricas
se mezclaron para elevar
el grado animal a la temperatura
del drama social universal.
En la mirada eterna del sol,
el flujo y el reflujo de las migraciones
bajo el trópico de Cáncer.
Una mañana de verano,
pletórica de calor y de ruidos
Wifredo
se despierta más tarde que de costumbre
aunque se queda en la cama,
fija la mirada;
De la cocina viene el rumor de palabras
indistintas:
es la familia que está tomando el desayuno.
Del techo
le cae sobre el rostro la negrísima
silueta de un ave con
la cabeza colgando:
un murciélago que está durmiendo
su sueño diario
Para mí, dice, esa figura tenía dos cabezas
En el campo, en la calle, en el jardín,
en el cielo, reina tirano el sol.
No le resiste ningún obstáculo:
no le detiene ni la ventana echada
ni la puerta cerrada de la casa de madera
y se proyectan los rayos de luz,
trocando la habitación
en una linterna mágica,
invirtiendo todas las imágenes que surgen
y desaparecen con la misma
rapidez en la pared y el techo de la alcoba de mi madre.
















Todas esas sombras chinescas
que se devoran unas a otras:
un caballo que pasa, hombres,
una carreta y su rueda forman
un círculo móvil.
De la calle llega el ruido
de todo lo que pasa,
invertido, a la habitación;
un ruido infernal.
Por vez primera,
siento el vértigo de la soledad,
la distancia entre los objetos,
y mi medida.
En este pequeño espacio,
experimento por primera
vez la zozobra de no ser sino
una cosa entre las cosas,
una presencia muda frente
a objetos sin nombre.
Ocurre esto en 1907.
Aquel día fue para mí
el comienzo
del sentimiento del paso de los días,
de una vinculación en la memoria
y de un tiempo que no se detiene.
En aquella habitación
cuyo armario abierto deja ver,
como un hombre decapitado,
los trajes de mi padre,
en su luna se reflejaba
la magia de
las imágenes móviles,
mi propia imagen
y la del murciélago despierto
al vuelo oscilante,
en busca de su sombra.
De esa mañana de 1907,
de la presencia de aquella ave
asustada,
data el primer momento
de mi conciencia de estar aquí.

Publicado en La Gaceta, 8 de agosto, 2017.