jueves, 18 de enero de 2018

Una conversación con Juan Padrón comienza por Elpidio Valdés

Por Gabriel Cartaya

  Hace unos días estuvo en Tampa, en su primera visita a la ciudad, el cineasta cubano Juan Padrón, a quien debemos la larga existencia del personaje de dibujos animados Elpidio Valdés, ese protagonista de ficción que, en revistas, televisión y cine –en cortos y largometrajes– ha devenido símbolo del triunfo de los mambises sobre el ejército colonial español en la Guerra de Independencia de Cuba. Aunque en esta columna reseñamos la presencia de Padrón en los lugares históricos de Ybor City, le propuse una entrevista para, desde su voz, conocer más acerca de su obra cinematográfica.
  ¿Qué proyectos tenías cuando, siendo muy joven, entregas a la revista Pionero tu primer muñequito de Elpidio Valdés?´
Uh, era un crío, 23 añitos. Los demás dibujantes me decían Padroncito, pues empecé a los 16. En esa época, mi objetivo era lograr guiones para dibujos animados que me permitieran trabajar como colaborador del ICAIC. Antes había hecho Animación en el estudio de la TV.
Juan Padrón, frente al Parque "Amigos
de José  Martí", Ybor City, Tampa

  Ahora, que has cumplido 70, ¿qué significa para ti Elpidio Valdés?
  Es un proyecto que me hace sentir orgulloso por haber ganado el cariño del público de varias generaciones de compatriotas. Siempre me frustró no haber podido hacer más cosas con el personaje. En tantos años de existencia, no se ha hecho casi nada en la comercialización del personaje. No hay juguetes de Elpidio Valdés. Espero que eso lo pueda realizar en los próximos años con la ayuda de mis hijos.
  En el discurso cubano de la década de 1970 –que es cuando llega a la pantalla el dibujo animado más famoso del país–, alcanzó mucho auge el estudio de las guerras de independencia, especialmente desde el discurso de Fidel Castro en la Demajagua, el 10 de octubre de 1968. ¿Influyó este hecho en la aparición de Elpidio y, a su vez, contribuyó a su triunfo?
  Recuerdo que se reeditaron muchos libros sobre las luchas por la independencia. La librerías ofertaban títulos nuevos cada mes, y me hice de una gran colección. Otros libros los compré en la URSS, en una librería de Leningrado que tenía libros en diferentes idiomas por centavos, digo, kopeks.
  Me sorprendió lo poco que sabía del tema. Caballos y rifles, para mí, eran tiroteos entre indios y cowboys, no había visto nada de mambises. Lo que me motivó a dibujar a Elpidio fueron los diarios de campaña de varios mambises, especialmente el del coronel Piedra Martel. Por ahí empezó mi deseo de saber todo acerca de los inmortales mambises, los que le partieron el espinazo al ejército colonial español. Lo del triunfo, creo, es porque se divertían con las películas.
  En la larga vida de Elpidio Valdés, en la que han participado realizadores, músicos, narradores, etc., aunque todos imprescindibles, ¿qué contribuciones le han enriquecido más?
  Los actores que ponían las voces. Hicieron un trabajo formidable. Actores como Toni González, Frank González, Manuel Marín, Irela Bravo, Teresita Rúa, y muchos otros. Eran tan buenos en Elpidio Valdés, que hacía que yo tratara de lucirme escribiendo los diálogos.  Durante las grabaciones improvisábamos o experimentábamos entonaciones, distintas voces… Eran capaces de hacer ocho voces de distintos personajes en un mismo proyecto, y no se notaba que eran tan pocos. Es una suerte tener artistas como ellos. Una vez grabé en España y tuve que usar siete actores para siete personajes. En Cuba habría usado a Frank o a Marín, y ya.
  ¿Cómo esperas celebrar, y que celebre Cuba,  el cincuenta aniversario de Elpidio Valdés en la pantalla cubana?
  Espero tener una temporada nueva de Elpidio Valdés. A ver si llego allí con energía. Si no, pasarlo a los jóvenes realizadores de animados.
  Creo que la serie  Quinoscopio pudo haberse llamado Padronquinoscopio o Quinopadronoscopio. En fin, ¿hasta dónde llegó tu participación en esa obra compartida con el argentino Joaquín Lavado?
  Fue un trabajo donde nos divertimos mucho. Discutíamos cada detalle de los chistes, que eran páginas publicadas en el diario El Clarín, de Buenos ­Aires. Era adaptarlos a cine y dice Quino que aprendió nuevas cosas al trabajar para ­Animación. Por mi parte, creo que haber desarmado los dibujos de Quino para animarlos,  me enseñó muchas cosas sobre las poses de los personajes, el dibujo de las manos, la limpieza de la puesta en escena. Fue un privilegio trabajar con Quino.
  En 1992, a los 500 años de la llegada de Cristóbal Colón a América, vas a España con un corto donde el Almirante se encuentra con Mafalda. ¿Qué repercusiones tuvo esa presentación?
  Era un guion de Quino. Fue para inaugurar una muestra sobre Mafalda en Madrid. Los españoles se rieron mucho, pues Mafalda era una indita que le ofrecía frutas al Almirante. Agradecido, Colón chasqueaba los dedos y le regalaba a Mafalda… un plato de sopa.
  ¿Cómo se ha evaluado tu obra cinematográfica en la crítica nacional e internacional?
  Creo que bien. Elpidio Valdés fue elegido por los niños como su héroe, los críticos cubanos han destacado las películas de Elpidio Valdés como los mejores animados cubanos en distintos años. “Vampiros en La Habana” está entre las 100 mejores obras del cine iberoamericano del siglo XX (con el número 50, y el único film animado) y está en la colección de cine del MoMA.
  En tu larga relación con el Instituto Cubano de Arte y Cinematografía (el poderoso ICAIC para los cineastas cubanos), ¿cuáles han sido los momentos más difíciles?
  Creo que un pleito sobre el patrimonio de personajes usados en mis películas, y que al final gané.
  El prestigio ganado por Elpidio Valdés en el pueblo cubano, ¿ha contribuido de alguna manera a la libertad de creación artística de su autor?
 
 En realidad, la Animación cubana es cine de autor. Haces lo que quieres, siempre que no te vayas del presupuesto. Me he tomado años sabáticos para trabajar en España realizando mis chistes sobre cine para el Canal Plus España, o para escribir novelas de aventuras y luego ilustrarlas (algo muy divertido y estimulante) o dirigiendo video clips. En México trabajé storyboards para el oso Yogui, Wally Gator y otros personajes de Hanna y Barbera. Pero sí, ayuda la fama de Elpidio Valdés.
  En el marco del reciente  incremento de los intercambios culturales entre Estados Unidos y Cuba,  alguien hizo el chiste de que Elpidio Valdés había pedido visa para venir a ver a Mickey Mouse. Si la sugerencia fuera trasladable a la realidad, ¿cuál sería la mejor hazaña que podrían hacer en común?
  En los tiempos de Elpidio, no hacía falta visa. Ahora no la conseguiría para ver a Mickey, creo que tendría que ser al revés, Mickey sería quien visitara Cuba. Mickey es atemporal, lo mismo es caballero medieval que cosmonauta. Así que podría ser uno de aquellos estadounidenses que lucharon por la independencia de Cuba, ayudar a Elpidio –por ejemplo– con un cañón neumático de dinamita, terror de los blocaos españoles. Y luego Elpidio ayudarlo a él. Pero no sigo, no sea que la Disney esté oyendo.
  Como sabes, la relación de Tampa con Cuba es muy profunda, no sólo por el significado de esta ciudad en la obra de Martí y en todo el independentismo cubano, sino por su trascendencia hasta hoy. ¿Qué ha significado para ti visitarla? 
  Fue muy emocionante sentarme en los escalones donde Martí posó para aquella famosa foto (autotipias también les decían). Me ha picado el bicho y me gustaría volver con tiempo suficiente para documentarme más. Elpidio por Ybor City, vigilado por agentes del general Resóplez… un tema para un buen cómic, o un animado.
  Publicado en La Gaceta, el 19 de enero, 2018



viernes, 12 de enero de 2018

Conversación entre un poeta cubano y un ávido lector estadounidense

En una reciente charla con el poeta Alberto Sicilia –vino incluído– me contó de sus reiteradas conversaciones con un jubilado estadounidense en quien encontró, además de la sabiduría acumulada por los años –donde incorpora vivencias de su participación en la guerra de Viet Nam–, un interlocutor literario cuyas lecturas le parecieron abundantes y  aprehendidas con la agudeza de un lector crítico e inteligente. Convinimos, entonces, en lo oportuno de transmitir en esta columna una vivencia que, por su contenido, resulta edificante. 
(Entrevista de Alberto
Sicilia a Dare Summers)
     Dare Summers es un hombre esbelto, que no aparenta los días vividos en la tierra, cuando ha llegado a los 75 años. El azar nos pone cara a cara una cálida mañana del 2017,  cuando él solicita los servicios de mi  pequeña  compañía  familiar para la limpieza de su apartamento. De un golpe observé a un hombre muy educado e intuyo en él una sólida formación cultural. Sus hábitos son moderados, casi podría decir ascéticos. A pesar de la insuficiencia de mi comunicación en idioma inglés, cada sábado entablamos una conversación donde los temas oscilan de la familia a la Guerra de Viet Nam, donde él participó, deteniéndonos en las innumerables lecturas de nuestras vidas. Por momentos,  Dare me dice algunas frases en español, y así, con lentitud, vamos ensamblando un coloquio matizado de referencias interculturales. En la medida que pasan las semanas el diálogo va fluyendo y mi amigo Dare me recibe con nuevos detalles sobre sus preferencias literarias. Sobre su mesa de trabajo, cada sábado, una hoja escrita por él en perfecto español me motiva a esta aventura, al admirar la pasión por los libros en este estadounidense tenaz y luchador. Voy anotando el cuestionario, entusiasmado con su aceptación a responderlo.
   Usted me ha dicho que no es del estado de la Florida y que al mudarse una enorme biblioteca quedó atrás. Seguramente comenzó a leer desde muy joven. Por favor, cuénteme sobre usted y acerca de sus primeras experiencias con los libros.
   Nací en Opelousas, en el suroeste de Louisiana, y crecí en Nueva Orleans. Mi padre era director de funeraria y mi madre ama de casa. Había cinco hijos, de los que yo era el segundo más joven. Mis padres eran lectores ávidos y esto se nos transmitió. Uno puede ingresar a otro mundo, si se quiere, a través de la literatura. En mi juventud, me gustaron un par de clásicos griegos de Homero, junto a una multitud de libros de historia. Naturalmente, cuando era joven, hice frecuentes viajes a la biblioteca y saqué libros.
  En el sur, muchos de nosotros nos interesábamos en la Guerra Civil –la Guerra entre los Estados del Norte y el Sur– así que mis selecciones de lectura reflejaban la de otros jóvenes interesados en ese conflicto que tuvo lugar entre 1861 y 1865. Mis antepasados lucharon por el Norte y el Sur. Mi padre nació en 1903 y murió en 1969. Estuvo en el ejército en la década de 1920 y habló con veteranos de las guerras indias en el oeste de los Estados Unidos y con personas que conocieron a George Armstrong Custer. Él y su comando inmediato perecieron en junio de 1876 en “The Little Bighorn”.
  Por lo tanto, he leído mucho sobre ese graduado de West Point. No sólo eso. Cuando me trasladé al valle del Mid Hudson, después de huir del huracán Katrina en 2005, trabajé para West Point Tours y atendí visitas de turistas a la Academia Militar de los Estados Unidos y como parte de la gira mostraba a todos la tumba de Custer. ¿Te lo puedes imaginar, Alberto? ¿Este veterano de la Armada de 1961 a 1965 dando giras relacionadas con el Ejército?
  Mis dos hijas fueron las primeras gemelas del estado de Louisiana en obtener sus comisiones en West Point. Mis tres hijas fueron y son prolíficas lectoras. Realizaban visitas frecuentes a las bibliotecas. Puedo imaginarme a las chicas cuánto disfrutaban en esas salas, desarrollando sus mentes con la lectura.
  Me retiré de la industria farmacéutica, donde fuí representante de ventas por muchos años. Mi trabajo conectaba a los clientes con médicos, farmacias y hospitales.
  ¿Cuáles fueron sus selecciones de lecturas?
  Pero mis mayores recompensas vienen de la literatura, gracias a lecturas ilimitadas. A lo largo de los años, mis selecciones de lectura han sido George Orwell, Ayn Rand, Evelyn Waugh, literatura victoriana alta y media, Edgar Allan Poe, Ernest Hemingway, ­Flannery O’Conner, Frank Norris, O’Henry, Oscar Wilde, George Bernard Shaw, las hermanas Bronte, William Manchester, Virginia Woolf, Kate Chopin.  Esto es sólo la punta del iceberg. Uno puede leer mucho durante 75 años. Shakespeare, H.G. Wells, los escritores realistas, los escritores naturalistas, Emily Dickinson y James Joyce. Hablando de este último, leo cada palabra de Ulises. No lo entendí. No creo que Joyce lo haya entendido. No creo que Dios lo entienda. En cualquier caso, obtienes la imagen. En este momento estoy leyendo un libro titulado Bouncing Back. Se trata de prisioneros de guerra en Vietnam del Norte y cuenta cómo hicieron frente a una situación terrible.
  Veo que conoce el idioma español, puede hablarlo y escribirlo. ¿Cómo lo ha logrado?
  Desde que me mudé a ­Valrico, en julio de 2016, me he hecho amigo de varias personas con raíces cubanas. Me agradan todos. Hace muchos años, cuando mis tres hijas eran pequeñas, las alenté a tomar un idioma extranjero. Yo prefería el español y ellas hicieron lo mismo. Mis gemelas lo estudiaron por ocho años. La hija menor vive en Austin, Texas, y lo practica de forma rutinaria.
  ¿Qué sensación le produce la lectura?
  La sensación que siento cuando no puedo parar de leer un libro, es similar a la que tuve cuando corría largas distancias en maratones y conseguía el nivel más alto con la producción de endorfinas. Pero a medida que aumentaba la distancia, la acumulación de ácido láctico cobraba un precio en mi cuerpo estresado. No es así con los libros, que los disfruto como viajar.  En este momento no estoy viajando,  pero en los últimos tres años he ido a Budapest, Viena, Praga, Dresde, Cracovia, Riga y Tallin. Sepa esto: ¡La gente en Europa Central y Europa del Este lee libros a lo grande! Me recuerda cómo era América cuando era pequeño. Leer libros y escribir cartas nos transportan a una especie de época dorada de comprensión y comunicación. Teníamos (y tenemos) una gran ventaja con los comunicadores electrónicos de hoy. Recuerde, los amantes de la literatura mejoran con la edad. Siempre tienes algo que esperar (libros fascinantes). No alcanzas el pico a una edad temprana y luego la pierdes. Entonces ... lees y escribes. Una carta a la vez. Una palabra a la vez. Una oración a la vez. Un párrafo a la vez. Una página a la vez ... transmitiendo lo que has leído. Los beneficios para todos son inmensos.
   Me comentó de su predilección por la obra de Emily D y también por la obra poética de Edgar Allan Poe. También hablamos de Ezra Poud y su enorme importancia en la formación de otros escritores como T S Eliot y el propio Joyce. Se dice que la poesía es una pasión de juventud, yo no lo creo así. ¿Leyó usted mucha poesía? ¿Cómo ha cambiado, con los años,  su apreciacion al leerla?
    Con los años, supongo que he leído una buena cantidad de poesía. Me gusta Emily Dickinson porque no se parecía a ningún otro poeta ni antes ni después. Su estilo era independiente. Ella no siguió las reglas. No entiendo mucho  sus poemas. No entiendo a ­Kandinsky, pero me gusta su arte abstracto. Edgar Allan Poe dio vida a las historias de detectives junto con su espléndida poesía. “Annabel Lee” se destaca, junto con “The Raven”. Sé poco sobre Ezra Pound, excepto que probablemente influenció a muchos lectores. Era una figura controvertida, similar a tantas en la literatura. El Ulises de James Joyce, aunque considerado por muchos como la mejor obra de todos los tiempos, deja  al lector exhausto. 
  ¿Que puede usted decirle a las nuevas generaciones sobre su experiencia personal?
No hay consejos aquí para los jóvenes, sino una sugerencia de que lean lo que quieran leer.

  Seguiré hablando de literatura con el amigo Dare Summers, porque en él se confirma un credo en el que coincido con el autor de esta columna: casi siempre, un apasionado lector es un buen ser humano.
 Publicado en La Gaceta, el 12 de enero, 2018

jueves, 4 de enero de 2018

Victoriano Manteiga, su busto de bronce en Tampa Riverwalk

El 19 de junio de 1914 el barco Olivette, procedente de La Habana, atracó en el puerto de  Tampa, como venía haciendo desde hacía un cuarto de siglo. En él habían viajado José Martí, Tomás Estrada Palma y un sinnúmero de figuras que trascendieron a su tiempo. Ahora, un joven cubano de 19 años, alto, delgado, de piel blanca bronceada con el sol del Caribe, está entre los pasajeros que desembarcan en el muelle, apurados para internarse en las calles que se abren donde termina la ancha bahía. El joven, sin saberlo entonces, estaba destinado a inscribir su nombre en la historia de la ciudad, aunque nadie lo conocía cuando entró a una casa de huéspedes –en los altos de la tintorería El Encanto– a pedir una habitación. –¿Su nombre, por favor?, le preguntaron.
 –Victoriano Manteiga, respondió.
     Al día siguiente, cuando ya había  recorrido  las  calles  de Ybor City y apenas le alcanzaba el dinero para una noche más de hospedaje, se detuvo en la fábrica de tabacos Morgan Cigar, cuyo edificio de ladrillos rojos, de tres pisos,  se alzaba imponente en la calle Howard, en West Tampa. Su porte elegante y buena dicción le abrieron enseguida una plaza de lector en aquel local.
  Al mes siguiente comenzó la Primera Guerra Mundial, cuyo estallido, evolución y desenlace estuvo en la voz del joven cubano, no sólo como transmisor de las noticias que traían los periódicos, sino aportando su análisis alrededor de un acontecimiento que implicó también a Estados Unidos y cuya divulgación requería explicar a sus ciudadanos las razones para el tránsito de la neutralidad a la intervención por parte de su gobierno.
Busto en homenaje a Victoriano Manteiga, ubicado en
Benefical Drive y Channelside, Tampa

  El joven Manteiga, que comienza a hacerse visible en Tampa durante los años de aquella primera conflagración mundial, había asistido en sus primeros años a otro clima bélico, pues no había cumplido cuatro meses de nacido cuando estalló en su país la Guerra de Independencia,  a cuya preparación, desarrollo y culminación tanto contribuyeron los cubanos que le antecedieron en aquel asiento de lector que a él le correspondió ocupar dos décadas después. 
  Antes de terminar la Primera Guerra Mundial, otro acontecimiento requirió la voz de Manteiga en la silla de lector: la Revolución de Octubre, en 1917,  de la que emerge Vladimir Ilich Lenin como guía del proletariado ruso, cuando todavía no se ha producido el Pacto de Versalles con que finaliza  la guerra de las potencias capitalistas, reordenando las fronteras en un nuevo reparto del mundo.
  Para esa época, Manteiga regresa a Cuba, al lado de sus padres, Patricio y Ramona de los Ríos. Pero la atracción de Tampa fue poderosa en él, acrecentada por su amor a Ofelia Pedrazas, de origen cubano como él, con la que se casó al regresar de Cuba, en octubre de 1918, para fundar su nueva familia y a cuyo lado va a inaugurar la empresa que lo consagra en la historia de esta ciudad: el periódico La Gaceta, que aparece en 1922.
  La Gaceta estaba llamada a ser la gran obra de Victoriano Manteiga. De alguna manera, daba continuidad a la prensa hispana que desde la década de 1880 fue publicada en Tampa, iniciada con el periódico Yara, traído por José Dolores Poyo desde Cayo Hueso. Después, Ramón Rivero fundó El Crítico de Ybor City y la Revista de la Florida, sobresalientes entre las diversas publicaciones hispanas de esta ciudad. Seguramente Victoriano, admirador de esa historia ligada a su país de origen, sintió el impulso de continuarla, alineado a las causas más progresistas de su tiempo.
  En la fundación de La Gaceta merece recordarse al Dr. José Luis Avellanal, cuyo financiamiento inicial contribuyó a que el proyecto se hiciera realidad. La salida del nuevo periódico tampeño, en idioma español en sus primeras décadas,  se afirmó en la comunidad por la calidad de sus escritos –sobresaliendo la columna escrita por su fundador “Chungas y no chungas”–, la sagacidad de su contenido, profundidad de sus valoraciones críticas en torno a la realidad local, nacional e internacional y un humor salpicado de cubanía.
  Junto a la obra social que representaba el periódico, en su deber de informar y educar, Victoriano Manteiga construyó su vida familiar. En la década de 1920 le nacieron cuatro hijos al matrimonio –Rolando, Victoriano, Claudette y Ramona– y el primero de ellos, que adoptaría el nombre de Roland, seguiría el camino editorial de su padre, al frente de la publicación desde 1961 hasta morir en  1998, cuando ya La Gaceta había incluído en sus páginas el idioma inglés y el italiano, para representar a las tres culturas que más influyeron en la identidad de Ybor City. Así ha llegado a nuestro tiempo, hoy bajo la dirección del nieto de Victoriano, Patrick Manteiga, cuando se acerca el centenario de su fundación.
  Victoriano Manteiga, quien vivió hasta 1982, tuvo una vida ejemplar. Desde el trabajo al que consagró su vida, las páginas de La Gaceta constituyen el mejor registro de su pensamiento y acción. Adentrarse hoy en ellas, es encontrar la historia viva de la ciudad que lo adoptó como hijo, pero también la de su patria original, de tantas confluencias una y otra. Es impresionante apreciar en las páginas de este periódico la permanencia de los acontecimientos que ocurren en Cuba en la lucha frente a Machado a principios de la década de 1930, y la atención con que el periodista tampeño se adentra en ellos, al lado de los intereses del pueblo cubano. Así ocurrió en el devenir posterior, hasta el propio 1959.
  Victoriano no sólo participó en los asuntos cubanos desde su publicación, sino también en múltiples acciones. Sus relaciones con los principales políticos cubanos fue constante y comprometida. Así lo demuestra su amistad con Eduardo Chibás y su atención a Fidel Castro, cuando éste visita Tampa en 1955. Manteiga es elegido para dirigir el Movimiento 26 de Julio en  la ciudad, en apoyo a la lucha armada contra el gobierno de Fulgencio Batista, en el camino de una revolución martiana y democrática que no contenía un pronunciamiento socialista. Por ello, es desacertado el calificativo de comunista para ubicar la filiación de quienes apoyaron al M-26-7.
  El pensamiento y acción de Manteiga se entiende desde la perspectiva humanista que encierra el quehacer progresista de su tiempo. Estuvo al lado de los españoles que defendieron la República frente a la agresión franquista. Existen en los archivos de La Gaceta documentos que muestran el agradecimiento de los milicianos a quien les defendía desde sus páginas en Tampa. Asimismo, las columnas de su periódico dieron aliento a la lucha contra el fascismo durante la Segunda Guerra Mundial, en cuyo desenlace experimentó el orgullo ciudadano junto al sobresalto de padre, en los días en que su hijo Roland combatía en el Pacífico en las filas del ejército de su país.
  Un hombre como él, respetado en la comunidad tampeña, sin miedo a defender las ideas en que creyó, tuvo que enfrentar muchas veces a quienes se aliaban en los bandos contrarios. Alguna vez tuvo que sacar su revólver para defenderse, pero las amenazas no lo apartaron de lo que consideró su deber.

  Así fue Victoriano Manteiga, un hombre que legó a Tampa, y desde ella a la humanidad, un ejemplo íntegro de servicio a la comunidad, a la verdad y la justicia. Por ello, es justo que su efigie de bronce esté entre las que se alzan en Tampa Riverwalk, para recordación y enseñanza.
Publicado en La Gaceta, el 5 de enero, 2018.

sábado, 30 de diciembre de 2017

Juan Padrón, el ­creador de Elpidio Valdés, nos visita en Tampa

Por Gabriel Cartaya
  No a todos los cubanos les resulta familiar el nombre de Juan Padrón. Pero si dices Elpidio Valdés donde te oiga un hijo de la Mayor de las Antillas,  especialmente si ha vivido en ella en las últimos cuatro décadas, inmediatamente emerge la imagen del dibujo animado con el rostro del mambisito que protagonizó las más increíbles aventuras en la guerra por la independencia de Cuba. Porque, en este caso, como ocurre con un Sherlock Holmes más famoso que Arthur Conan Doyle, el protagonista de ficción se hizo más popular que su creador.
  En los últimos años, por los homenajes recibidos, entrevistas y reseñas aparecidas en diversas publicaciones, se ha hecho más familiar su nombre, aun cuando ha estado en los créditos de los cortos y películas que han desfilado  por las pantallas de cine y televisión por más de cuarenta años.


  El viernes de la semana pasada, cuando llegó a Tampa por primera vez, acompañado de su esposa Alberta y su hijo Ian –también cineasta– tuve el placer de acompañarle en un recorrido por los sitios históricos de Ybor City, donde se inició la organización de la gesta armada que él recreó con tanta sensibilidad y humor en su muñequito mambí. Por un momento, al verlo en la escalinata donde José Martí se tomó la fotografía rodeado de tabaqueros y de importantes figuras del independentismo cubano, creí ver en su rostro sonriente y bonachón al propio Elpidio, al término de una de sus increíbles proezas en la manigua cubana.
  Cuando me refiero a que el nombre de Elpidio se identifica con más prontitud que el de su autor, excluyo el mundo del arte y especialmente su ámbito cinematográfico, donde el nombre de Juan Padrón es sumamente conocido y respetado, no sólo en los límites de la Isla sino también en muchos países. A ese nivel de reconocimiento ha llegado por la excelencia de sus dibujos animados y su extensa obra como ilustrador,  historietista, guionista y director de cine.
Padrón nació en la provincia cubana de Matanzas,  en 1947, se graduó de Licenciatura en Historia del Arte en la Universidad de La Habana y, aunque ya había publicado sus primeros dibujos en diversas revistas y periódicos de la Isla, fue la creación de Elpidio Valdés ­­–aparece por primera vez en la revista Pionero, en 1970–, quien le  consagraría como el autor de uno de los personajes de ficción más queridos del pueblo cubano.
  Del papel, el simpático muñequito saltó a la pantalla, cuando a mediados de la década de 1970 Padrón se convierte en director de dibujos animados del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográfico (ICAIC). El primer animado inspirado en el astuto mambí fue exhibido en 1974, al que Padrón llamó “Una aventura de Elpidio Valdés”. Desde entonces, no sé cuántas sagas fueron apareciendo –Clarín mambí, Elpidio Valdés encuentra a Palmiche, Elpidio Valdés y Palmiche contra los lanceros, y tantas– para deleite del espectador de todas las edades.
  En 1979, ya Elpidio ocupa la pantalla grande en un largometraje, para 70 minutos de entusiasmo. Pero el cineasta no se limita a su personaje más famoso. En 1985 dirige “Vampiros en La Habana”, en cuya ficción dos bandas de vampiros –Capa Nostra, en Estados Unidos, y Grupo Vampiro, en Europa– luchan por una fórmula que les inmunice del sol. Mereció diversos premios, en Cuba, Latinoamérica y Europa y estuvo elegido entre los mejores 30 filmes de animación por el Consejo Cultural del Instituto de Cine. A su vez, el inagotable creador de dibujos animados da vida a “Filminuto”, que surge en 1980. Poco después, a dúo con el dibujante argentino Joaquín Lavado (Quino), dieron a conocer la serie que denominaron “Quinoscopio”.
  Asimismo, Juan Padrón ha enriquecido el personaje de “Mafalda”, concebido por su amigo argentino. En la exposición “El mundo de Mafalda”, realizada en España en el V Centenario de la llegada de Colón a América, el genial cubano hacedor de historietas presentó un corto donde el Gran Almirante, al llegar a tierra americana, se encuentra con Mafalda.  El enorme éxito de aquella presentación motivó al rioplatense a llevar su personaje a la pantalla, logrando que la TV Autónoma de Cataluña y otras dos televisoras españolas se interesaran en el proyecto, para producir 104 cortos animados de Mafalda que contaron con la dirección de Juan Padrón y la música del pianista cubano José María Vitier.
  En la extensa creación artística de Juan Padrón, de excelencia reconocida por la crítica, hay muchas obras más, por las que ha merecido múltiples galardones, entre ellos el Premio Nacional de Cine de Cuba en 2008, ocho premios Coral del Festival de Cine Latinoamericano.

    Ojalá en la ciudad de Tampa  se presente una exposición personal suya y podamos contar con su presencia en una edición del Festival de Cine Gasparilla, que viene creciendo en esta ciudad. Quién sabe si a Juan Padrón se le ocurra que a la extensa lista de expediciones que salieron de Tampa para la Guerra de Independencia en Cuba se le sume una más, conducida victoriosamente por Elpidio Valdés.

jueves, 21 de diciembre de 2017

José Lorenzo Fuentes, uno de los grandes escritores cubanos, acaba de morir

  Allá, donde habitan José Lezama Lima, Guillermo Cabrera Infante y Alejo Carpentier, a esa constelación etérea de escritores cubanos del siglo XX, llega ahora José Lorenzo Fuentes, al despedirse del mundo en que habitó. Murió en Miami el pasado lunes, 18 de diciembre, con 89 años de edad, en paz con su espíritu elevado y creador.
     Conocí a José Lorenzo personalmente hace unos cinco años. Conversamos largamente, mientras compartíamos una cena y buen vino con mis amigos Ángel Velázquez y Ángel Lago, en la casa de mi hijo Ernesto. A pesar de tener entonces sus 84 años, lo recuerdo en toda su lucidez, contándonos anécdotas de su vida, de su amistad con Lezama, de su tiempo en la diáspora, de su obra literaria. Nosotros, calmando la facundia, callamos todo lo posible para oírlo a él,  conscientes del privilegio que nos regalaba su presencia. Entonces, yo estaba preparando el número 7 de la revista Surco Sur y le pedí unas páginas suyas. Me entregó el cuento “El hombre verde”, que vino a enriquecer la publicación.
José Lorenzo Fuentes conversa con Gabriel García Márquez
  Hoy, cuando en diversos sitios de Internet encuentro la noticia del fallecimiento de José Lorenzo Fuentes, aparto la página recién concluida para estas Líneas de la memoria, buscando los momentos más sobresalientes del periodista, ensayista y escritor,  para sumar este espacio al homenaje que merece quien fue considerado por Gabriel García Márquez como “un grande escritor de nuestro tiempo”,  por Cabrera Infante “un novelista considerable” y en quien Manuel Díaz Martínez  vio  “un autor de una insoslayable obra narrativa, en la que destaca su colección de cuentos Después de la gaviota, uno de los libros más célebres y valorados de la literatura cubana del siglo XX”.
  José Lorenzo comenzó a escribir donde nació, en la ciudad de Santa Clara, al centro de Cuba. Él ha contado que uno de sus primeros escritos lo enseñó al poeta Emilio Ballagas, quien le dijo: “Excelente, siga escribiendo”, motivo suficiente para  no dejar de escribir más nunca. Siendo muy joven llegó a La Habana y comenzó a colaborar con las revistas Carteles, Bohemia y otras relevantes publicaciones cubanas. Enseguida, en 1952, en uno de los más prestigiosos concursos literarios del país, en cuyo jurado estaban Fernando Ortiz, Juan Marinello y Jorge ­Mañach,  ganó el premio de cuento con “El lindero”.
  Así empezó la obra literaria de Fuentes, considerado  desde la década de 1950 por José Lezama Lima, Cabrera Infante, Lino Novás Calvo y los grandes escritores cubanos de ese tiempo, como una promesa de las letras cubanas. Desde esa época, comienza a desempeñarse en las dos variantes escriturales que le acompañarían toda la vida: el periodismo y la literatura.
  Su primera novela, Viento de enero –Premio Nacional de Novela, en 1967–, recibió una favorable opinión de Lezama Lima, quien advirtió: “Ahora la novela se vuelve americana porque todo concurre a dos líneas trazadas en un esclarecimiento universal. Y en esa línea está trabajada y lograda la novela Viento de Enero”. Después de otras obras, en 1968 aparece su emblemático libro Después de la gaviota, un clásico imprescindible de la cuentística nacional, que llamó la atención a Jorge Edwards  por su “fantasía auténtica y manejo del lenguaje”.
  Inmerso en las profundas transformaciones que se produjeron en Cuba  con la Revolución de 1959, José Lorenzo es un participante activo de ellas, como lo fueron la gran mayoría de los intelectuales. En una entrevista que concedió a la revista Otro lunes, él sintetizó este proceso: “Mi vida ha estado sembrada de acontecimientos complejos y a veces contradictorios, propios de una persona de índole aventurera. Como la gran mayoría de los jóvenes de mi generación, aunque sin militar en ningún partido político, estuve guiado por las ideas revolucionarias, participé junto al Che en la batalla de Santa Clara y durante casi dos años me desempeñé como periodista personal de Fidel Castro, pero también sufrí el presidio político y finalmente tuve que salir al exilio”.
  Así, en pocas líneas, asistimos al profundo drama que acompañó a  diversos escritores y artistas que no se sumaron incondicionalmente al proyecto ideológico de la Revolución Cubana y que tuvo en el llamado Caso Padilla, en 1971, un momento definitorio de la intelectualidad internacional con la Revolución Cubana.
  Heberto Padilla escribió sobre el autor que acaba de morir en Miami: “José Lorenzo Fuentes ocupa un lugar de excepción en la literatura cubana. Siento por su obra una gran admiración”. A la larga, uno y otro fueron condenados por asumir una posición ideológica y política discordante con la directriz impuesta por la dirección revolucionaria y se vieron obligados a abandonar el país propio, sin desamor a él.
  José Lorenzo Fuentes escribió varios libros, entre los que se destacan:   El sol, ese enemigo, 1963; Viento de enero, 1967; La piedra de María Ramos, 1986; Brígida pudo soñar, 1987; Los ojos del papel, 1990;  Las vidas de Arelys, 2011; El cementerio de las botellas, 2012; Hierba nocturna, 2014 y Mandala, 2015. En el año 2009 publicó el libro Cinco grandes, con las entrevistas que hizo a Julio Cortázar, Cundo Bermúdez, Gabriel García Márquez, Alfonso Grosso y Wifredo Lam.
  En los últimos años, Fuentes escribió mucho sobre temas relacionados con la parasicología, la alquimia y el misticismo. Con una fuerte influencia del budismo, publicó el libro Meditación, que ha sido traducido al inglés, ruso, checo, portugués e hindú.
  Le vejez le alcanzó, y le venció, fuera de Cuba. Con todo, nunca olvidó a su patria. Cuando  los periodistas  Elizabeth Mirabal y Carlos Velazco le preguntaron, ¿cómo consuela la tristeza que impone la lejanía?, respondió: “Durante años he combatido la nostalgia con la esperanza repetida de que algún día se me haga posible regresar a mi país”.
  Ya no regresará físicamente, pero el espíritu de José Lorenzo Fuentes tendrá un lugar en Santa Clara, en la Isla toda, y cada vez que alguien lea uno de sus cuentos, novelas o crónicas –y seguramente el número de lectores irá creciendo al reencontrarse con la legítima cubanía del autor– le llamará a su lado, el lado humano que está más allá de cualquier temporalidad ideológica de factura política.


viernes, 15 de diciembre de 2017

Elizabeth Dortch Barnard


   Hoy, es común que en cualquiera de las más de 40 mil oficinas de correos que existen en Estados Unidos,   seas recibido por una mujer. Pero cuando, a principios del siglo XX, la joven Elizabeth Dorth Barnard  se presentó a  la dirección del Departamento de Correos de Tampa a solicitar trabajo, la respuesta del ejecutivo que la atendió fue tajante: allí no había ocupación para mujeres.
  En una época en que no era posible el voto de la mujer para elegir a los gobernantes, el mismo hecho de aspirar a la última posición de aquel departamento era un atrevimiento. Pero Elizabeth era una mujer tan atrevida como insistente y en 1907 logró que la admitieran para un puesto de taquígrafa. Tenía entonces 26 años, dos hijos y, siendo tan joven, ya cargaba con el infortunio de la viudez.    
Aunque nació en Bradenton, se mudó a Tampa al contraer matrimonio con Ulysses Barnard, en 1899, noticia que apareció en el Manatee River Journal, el 28 de  septiembre de ese año: “El sábado 23, al mediodía, el reverendo IS Patterson ofició la boda del Sr. UG Barnard y la señorita Lizzie Dortch, quienes  se unieron en matrimonio (…) sus numerosos amigos les desean mucha felicidad en su nueva relación en la vida. Ellos abordaron el barco a vapor en Manatee, y están pasando el resto de la luna de miel en Tampa. El Sr. Barnard es el segundo oficial en el barco de vapor de Plant Line Olivette, que necesitará una residencia en Port Tampa City”¹.

  Es muy probable que Lizzie ­­­–como llamaban a Elizabeth–  oyera mencionar en aquellos días el nombre de  Mabel ­Williams. Recién había culminado la guerra en Cuba y en su último capítulo el puerto de Tampa –y el Olivette en que trabajaba su esposo– habían desempeñado un rol de primer nivel en los viajes de ida y vuelta de los soldados que participaron en ella. Seguramente la Oficina de Correos de Port Tampa nunca estuvo tan activa como en aquellos días e, increíblemente, una mujer, Mabel, estuvo a la vanguardia de los servicios prestados al país por ese departamento. Probablemente ese recuerdo  impulsó a Lizzie a insistir en aquel empleo, aunque le reiteraran que era para varones.
De hecho, los orígenes y siglos de existencia de esa noble profesión estuvieron en manos de los hombres. Tal vez en los inicios, mucho más en los pies, pues había que correr largas distancias para llevar el mensaje, de hablado a escrito, a las distancias menos imaginadas. De allí surgió la voz correo, derivada del acto de correr a cumplir una misión en la que, muchas veces, iba la vida. De los pies humanos pasó a los equinos, a los famosos caballos de posta, pero al entrar Elizabeth en la profesión ya las cartas viajaban en trenes o barcos, a decenas de kilómetros por hora.
  En las primeras décadas del siglo XX, cuando resultaba difícil para una mujer acceder a un puesto laboral que a principios del siglo XX estaba en manos de  los hombres, es admirable apreciar como Lizzie pudo convertirse  en directora del Departamento de Correos de Tampa, no sólo a pesar de su condición femenina, sino también compitiendo con eficaces ejecutivos que debían ambicionar esa posición federal, con el agregado atractivo de ser bien pagada. Se ha mencionado que durante el tiempo en que ocupó ese cargo, Elizabeth fue la mujer mejor remunerada en el sistema de correos de toda la nación.
Durante diez años, ella  se mantuvo en esa ocupación, en el marco de un crecimiento dinámico de ese sector, animado con el auge que estuvo experimentando en ese tiempo la ciudad. Ella recibió el departamento con 19 carteros y lo entregó con un total de 113,  con 16 nuevas oficinas postales creadas en ese tiempo.
  No fue el azar quien determinó la inserción del nombre de Elizabeth Barnard en la historia de Tampa. Fue su fortaleza de ánimo, capacidad de sacrificio, perseverancia,  carácter y talento, quienes le permitieron salir airosa ante el deber primario de criar sola a sus hijos y desempeñar un cargo de primera importancia en la comunidad. Horas de estudio y trabajo, como cuando asistía al Tampa Business College, días de continuo esfuerzo en  el aprendizaje  y la enseñanza, hicieron de ella una mujer adelantada a su tiempo y un ejemplo para todas las generaciones siguientes,  para nuestro tiempo y el por venir.
  No hay mucha información relacionada con su actividad posterior a 1933, año en que termina su liderazgo en el sistema de correos de Tampa. Vivió hasta los 79 años y valdría la pena buscar testimonios de su labor hasta 1960, cuando murió en la ciudad de Jacksonville. De todos modos, el ejemplo que nos lega en su papel de primera mujer al frente del Departamento de Correos de Tampa, es suficiente para que su busto en bronce haya sido incluido entre quienes, desde ese altar patrimonial, transmiten a quienes pasean por Tampa River Walk – y desde ellos a todos– el espíritu de los que hacen crecer el entorno en que viven.
  Citas:

  1. https://www.findagrave.com/memorial/26039404.
Publicado en La Gaceta, 15 de diciembre, 2017

viernes, 8 de diciembre de 2017

Frank Scozzari Adamo

  En la entrada a Tampa desde  su ancha bahía, donde el estuario del río Hillsborough se abre como una avenida natural, el panorama se ha ido enriqueciendo con efigies talladas que representan a las personalidades que más han contribuido a su crecimiento material y espiritual. 
  A ello ha contribuido, junto a la administración de la ciudad,  la organización sin fines de lucro “Amigos de Riverwalk”, en alusión al sendero peatonal que se extiende en ese bello lugar, como un extenso paseo que, además de admirar el imponente horizonte, rinde honor a diversas figuras esculpidas en bronce para integrarse al entorno como ejemplos permanentes.
Frank Scozzari Adamo
    Así, en el Paseo Tampa’s Riverwalk, 30 esculturas informan al visitante sobre  los héroes venerados de la ciudad. A la imagen de Henry B. Plant, Vicente Martínez Ybor y otros, se suman ahora seis nuevos rostros, develados el pasado 1.° de diciembre frente al Centro de Convenciones, en un acto breve y emotivo, en que el Alcalde  de la ciudad, Bob Buckhorn, junto a  Steve  A. Anderson, presidente de Friends of the Riverwalk, develaron el busto en bronce de Frank Adamo,  Elizabeth D. Barnard, Ossian B. Hart,  Victoriano Manteiga, Benjamin Mays y  Stephen M. Sparkman, quienes expresan, como destacó el Alcalde en su breve discurso, no sólo la grandeza de su obra, sino también la diversidad étnica y cultural que caracteriza la fisonomía tampeña.
  Como es imposible en una reseña resumir las seis biografías,  prefiero dedicar a cada uno de ellos el espacio de esta columna,  aun cuando este compromiso no sea de aparición continua. Para ello, la primera de las seis glosas se fija en Francisco (Frank) Scozzari Adamo.
  Adamo fue uno de los primeros hijos italianos de Ybor City, pues nace en enero de 1893, de ascendencia siciliana, cuando diversos correligionarios de su padre comienzan a integrarse al poblado recién fundado. Como hijo de Giuseppe Scozzari y María Leto, lo razonable es que fueran esos sus apellidos, pero en algún momento incorporó el que vino a tomar notoriedad.
  Como era común en el barrio de Ybor City, compuesto esencialmente por familias de emigrantes pobres,  la mayor parte de los nacidos aquí a fines del siglo XIX comenzaron a trabajar casi niños. Así lo hizo Frank y en edad escolar consumía una parte de su tiempo laborando en fábricas de tabaco. Pero vino al mundo con la gracia de la inteligencia y la voluntad. A los 17 años viajó  Chicago y allí, trabajando y estudiando a la vez, culmina la enseñanza secundaria y matricula en el prestigioso Rush Medical Institute, donde obtiene el diploma de médico, en 1919, a los nueve años de salir de Tampa. Entonces regresó, con orgullo y disposición de servicio, a la ciudad que lo vio nacer.
  Enseguida, el joven médico  sobresalió y en 1932 lo nombran Director del Centro Asturiano. Cinco años después es Director Médico del condado de Hillsborough y más adelante lo eligen a la presidencia de la Asociación Médica de este lugar.
  Sin embargo, sus ascensos y reconocimientos más publicados se relacionan con sus acciones  en el campo militar. Se inscribió voluntariamente en las Reservas del Ejército desde 1923. En 1940, cuando había comenzado la Segunda Guerra Mundial,  Adamo es llamado a las filas militares con el grado de Teniente Coronel. Cuando, en diciembre de 1941, a las pocas horas del ataque japonés a Pearl Harbor, Estados Unidos entra en la guerra, el médico tampeño  ya está en Filipinas, junto a las primeras tropas antifascistas de la nación.
  Las fuerzas japonesas invadieron a Filipinas el 25 de diciembre de 1941, cuando Adamo trabajaba en el Hospital General Stemberg, en Manila. Sobrevivió a los bombardeos  y pudo sumarse a los sobrevivientes que fueron evacuados a Bataan, perteneciente al grupo de islas denominadas Luzón.  Fueron días de constantes ataques japoneses, con cientos de víctimas diariamente, donde los médicos llegaron a hacer transfusiones con su propia sangre, en un hospital internado en el bosque. En abril de 1942 volvieron a ser evacuados a dispensarios subterráneos, donde nuestro médico siguió salvando vidas. Hay muchos testimonios sobre su participación en aquellas circunstancias y siempre se le señala como un ejemplo de valor y entrega a su misión. Uno de ellos aparece en las Memorias de William N. Donovan –también médico estadounidense,  radicado en aquel lugar con el grado de Capitán– quien refiere algunas anécdotas sobre las excepcionales cualidades profesionales y humanas de nuestro héroe.
  A Adamo le correspondió trabajar, en los años más cruentos de la guerra, en aquella isla filipina de Luzón, donde iban a parar cientos  de prisioneros de guerra, a quienes había que tratar no sólo las heridas de guerra, sino también la profunda desnutrición y epidemias como la malaria y el beriberi. El tampeño recordaría que en aquellos días su peso corporal bajó hasta las 95 libras.
  Cuando, a finales de 1944, la aviación estadounidense comenzó a apoderarse de aquel espacio asiático, la desnutrición amenazaba con aniquilar a los pacientes del Dr. Adamo y, seguramente, a él mismo. En febrero de 1945, las fuerzas japonesas se retiran del territorio filipino y, faltando solo unos pocos meses para la rendición de Alemania y Japón,  el audaz hijo de Ybor City había cumplido ejemplarmente su misión de médico estadounidense en campaña, ganando la hora ansiada del regreso. Durante todo aquel tiempo, la esposa de Frank, los hijos y el resto de la familia, apenas habían tenido noticias suyas. Por ello, la felicidad en todos se hizo indescriptible cuando, el 27 de abril de 1945,  entra triunfal a Tampa el médico soldado, luciendo sus condecoraciones militares, entre ellas la Legión del Mérito.
   Terminada la guerra, con las historias que recordaría toda su vida, el Dr. Adamo se reintegró a su profesión, a su familia, a su ciudad. Para el Hospital del Centro Asturiano fue su “médico más popular”, según una encuesta de 1960. Estuvo trabajando hasta los 80 años. Murió en 1988, muy cerca del lugar donde, 95 años antes, llegó a la vida. Y a escasa distancia, también, de donde comienza esa enorme vía que se extiende hasta Brandon, repitiendo, en cada intersección, el nombre que legó a la posteridad: Adamo. Ahora, junto a los otros bustos de bronce, en el Centro de Convenciones de Tampa, el ilustre tampeño de ascendencia italiana sigue entre nosotros.

  Nota. La fuente principal utilizada es la biografía publicada por “Friends of the River Walk”, en:  https://thetampariverwalk.com/francisco-frank-scozzari-adamo/
Publicado en La Geceta, 8 de diciembre, 2017.