viernes, 23 de febrero de 2018

El busto de Ossian Bingley Hart en Tampa Riverwalk

Una imagen esculpida en bronce detiene al caminante que disfruta el recorrido por Tampa River Walk, ese espacio de Tampa pródigamente bendecido con el estuario del río Hillsborough: es el busto que rinde homenaje a Ossian Bingley Hart.
En las palabras cinceladas en la base donde descansa su figura, se plasman los momentos más relevantes de su biografía.
Pero como el cuerpo del pedestal obliga a muy apretada síntesis, inquirimos en el universo amplio de Internet, ese archivo-biblioteca global donde parece caber toda la escritura de la humanidad. Con el nombre en el buscador de Google, múltiples referencias nos van informando sobre el primer   Gobernador del Estado de Florida que nació en su territorio. Llegó a la vida  en Jacksonville, el 17 de enero de 1821, el mismo año en que España perdió la península floridana.
Los padres –Isaiah Hart y Nancy Nelson– le nombraron Ossian. El progenitor fue uno de los fundadores de esa ciudad floridana y un rico dueño de plantaciones esclavistas. Sin embargo, desde que el vástago comenzó a crecer, sus sentimientos se inclinaron en contra de la esclavitud.
Apenas rebasada la adolescencia, participó como soldado en la Segunda Guerra Seminola, la que culminó a principios de la década de 1840. Aunque entonces alcanzó grados militares, no siguió una carrera castrense, prefiriendo ir a la Universidad, a la que accedió por talento propio y fortuna económica familiar.
En 1843, ya abogado y recién casado con Catherine Smith Campbell, se establece en  Fort Pierce, al sureste de Florida.  Allí lo eligen para miembro de la Junta de Comisionados del condado de St. Lucie  y su representante en la primera Sesión Legislativa de Florida, en 1845, año en que ésta se convierte en el número 27 de los estados incorporados a la Unión.
Desde aquella Asamblea Legislativa, la voz del abogado Ossian B. Hart es sobresaliente. En una de las leyes que patrocina se aprecia un lejano antecedente de las luchas por los derechos de la mujer: la “Ley de propiedad de mujeres casadas”, mediante la cual se propuso asegurar la herencia privada de una mujer y su derecho a recibir el pago de los deudores de su esposo.
A fines de la década de 1840, se establece en Cayo Hueso, entonces la ciudad más grande de Florida. Allí, en el ambiente previo a la Guerra Civil, la esclavitud no tenía el rigor que mostraba en el resto del estado y los conflictos raciales eran más débiles, un clima que se atemperó a la sensibilidad del matrimonio Ossian-Smith.
En 1849, Ossian es electo al cargo de Fiscal del Distrito Judicial Sur, el que abarcaba desde la porción central de Florida hasta Cayo Hueso. Entonces, su presencia en Tampa es constante. Es llamativo un caso en el que defiende a un esclavo llamado Adam, al que logra salvar de la ejecución, aunque fue asesinado en la cárcel en el curso de la apelación.
La presencia de Ossian B. Hart en Tampa fue de notable importancia para la ciudad, no sólo como abogado o Fiscal del Distrito, sino también como empresario. Fue uno de los primeros promotores de que  el ferrocarril se extendiera de Jacksonville a Tampa, aunque no llegó a verlo realizado.
A fines de la década de 1850, cuando esta ciudad no llegaba a los mil habitantes, Ossian y su esposa vivieron en la esquina noreste de Pierce y la vía que hoy es Kennedy Boulevard, relativamente cerca del lugar donde ahora ha sido erigida su imagen.
En su vida política, se alineó con el Partido Republicano. En 1860 defendió la nominación de Abraham Lincoln para la presidencia de la Nación. Al iniciarse la Guerra Civil, se inclinó al bando que proponía la abolición de la esclavitud, incluso cuando el gobierno de su estado defendía una posición contraria.
Durante los años que duró el conflicto bélico, Ossian se mantuvo entre Tampa y Jacksonville. Su padre murió al estallar la guerra, dejando una  plantación de más de dos mil acres sostenida con mano de obra esclava.
En abril de 1865 concluyó la guerra y en octubre se realizaron elecciones para los cargos gubernamentales. En un clima muy tenso entre los bandos que se enfrentaron en la conflagración armada, el antiesclavista Hart perdió en Hillsborough su aspiración a la legislatura. A fines de ese año se radicó en Jacksonville, donde empezó una ardua labor en el llamado “Buró de Freedman”, ocupado en la reinserción de los antiguos esclavos a la vida de hombres libres. Dos años después, fue nombrado ­Presidente del ­Partido Republicano en  Florida. En 1868, no llegó a ser Senador de Estados Unidos porque la legislatura estatal le cerró el paso,  pero recibió uno de los tres escaños en la Corte Suprema estatal.
En las elecciones de 1872 quedó probada la popularidad alcanzada por Ossian B. Hart en esta región. La decimotercera enmienda de la Constitución de Estados Unidos, aprobada el 31 de enero de 1865, había abolido la esclavitud y todos los hombres libres tuvieron derecho al voto. ¿Y por quién iban a votar las masas negras de Florida sino por el hombre que, habiendo nacido en una plantación esclavista, combatió desde joven el oprobio de ese sistema y, en contra de las mayorías blancas sureñas, simpatizó con el norte liberador?  Peter W. ­Bryant, un lider afroamericano del condado de Hillsborough, nominó a Hart en la Convención Estatal Republicana y cuando el nombre llegó a las masas, gritaron enerdecidas a su favor.
En las elecciones de 1872 Hart se convirtió en el décimo Gobernador del Estado de Florida, siendo el primero nacido en este territorio. En su discurso inaugural, habló de proponer a hombres diligentes y honestos para las funciones públicas. Sabiéndole esas cualidades, propuso al afroamericano Jonathan Clarkson Gibbs para desempeñar el cargo de Superintendente de Instrucción Pública del Estado, siendo el primer hombre de su raza en ocupar esa alta responsabilidad.  En su discurso a la Legislatura de 1874 puso el acento en la educación gratuita sin distingos raciales y en la protección a los ciudadanos, en un momento donde los afroamericanos recién salidos de la esclavitud iniciaban su inserción en la vida libre.
Lamentablemente, comenzó a ejercer como Gobernador con la salud quebrantada y sólo pudo cumplir el mandato algo más de un año. El 18 de marzo de 1874 se apagó su vida, pero legó un ejemplo de consagración a las causas sociales y políticas más avanzadas de su tiempo. Asimismo, dejó huellas en Tampa de su paso por la ciudad, tan profundas como para ser elegido, a casi un siglo y medio de su muerte, para que su arquetipo nos  siga acompañando desde el busto de bronce en el sendero de Tampa River Walk.




jueves, 15 de febrero de 2018

Entrevista a Hugo Coya, ­autor del libro "Los secretos de Elvira"

Por Gabriel Cartaya
  La semana pasada, publicamos en esta columna una reseña sobre Elvira de la Fuente Martínez, mujer que desempeñó un papel  prominente en el servicio de espionaje inglés durante la Segunda Guerra Mundial. En esas líneas se hizo referencia al escritor peruano Hugo Coya, por ser el autor del libro Los secretos de Elvira, donde encontramos la apasionante biografía de la biznieta de Vicente Martínez Ybor –fundador de Ybor City–, escrita con un rigor histórico de tan alto nivel como su calidad literaria.
     Al informarnos sobre el intelectual peruano, supimos que hasta hace sólo unas semanas fue Presidente del Instituto Nacional de Radio y Televisión de su país. Periodista de una amplia y respetada trayectoria dentro y fuera de su país, fue uno de los fundadores de CNN en español, en Atlanta, en 1993. Ha sido productor general de Red Global, América Televisión y otras cadenas televisivas y ejerció  la  presidencia  de  la Editora Perú. Sus artículos periodísticos aparecen en diferentes publicaciones americanas y europeas. Es profesor de Periodismo Televisivo en la Pontificia Universidad Católica del Perú y ha impartido cursos de Periodismo Literario en la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas.
Ha publicado los libros Estación final (2010), Polvo en el viento: esplendores y miserias de un narcotraficante (2011), El periodista y la televisión (2014), Los secretos de Elvira (2014), Genaro (2015) y Memorias del futuro (2017). 
  Al leer el libro Los secretos de Elvira –cuya protagonista se vincula a Tampa por la línea sanguínea de Martínez Ybor–, envié a su autor unas preguntas que me respondió con prontitud y suma gentileza,  contenido que ahora comparto con los lectores de esta columna.
  Tu libro Los secretos de Elvira se lee como una novela, pero está basado en hechos reales. ¿Cómo llegaste a la figura de Elvira de la Fuente Martínez, la protagonista de esta obra donde se juntan tan bien historia y literatura?

La historia de esta mujer, en realidad, se parece más a una novela que a la vida real por su apasionante y rica biografía. Mucha gente, al leer mi libro, me lo dice porque hay diálogos, escenas, descripciones. Era una mujer cosmopolita, muy avanzada para su época. Libre de ataduras en un mundo tan distinto al actual que, quizás, por ello sorprende tanto y fascina. Mi primer contacto con su historia ocurrió en el 2005 cuando estaba haciendo la investigación para mi libro Estación final acerca de los peruanos que murieron en los campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, los datos eran parciales y sólo se conocía una de las falsas identidades que empleó: Elvira Chaudior. En esa época, hice algunas búsquedas, pero hallé muy poco.  
Hugo Coya, presentando Los secretos de Elvira
  ¿Llegó a tener ciudadanía peruana o se le atribuye por ser hija del peruano Edmundo de la Fuente? ¿Tuvo ella otros vínculos con tu país?
  Era una autentica ciudadana del mundo ya que, al ser heredera de la fortuna de familias ricas de Cuba y el Perú en aquella época, pasaba mucho tiempo viajando por diferentes lugares. Tenía la ciudadanía peruana por su padre, quien era el encargado de negocios de la embajada en París durante la guerra. A su madre también la valoraba mucho y se enorgullecía de sus raíces cubanas y españolas. Su madre y su abuelo ayudaron a numerosos cubanos pobres que emigraron a Estados Unidos, principalmente en el sur de la Florida y Nueva York. Estuvo varias veces en Perú, pero pasó la mayor parte de su vida en Europa: Londres, París, la Costa Azul francesa, Madrid, etc.
  ¿Cómo fue el proceso de investigación que te permitió adentrarte en la vida real de una figura que, en el torbellino de acontecimientos, lugares y actitudes en que se desarrolló, parece de ficción?
  Fue una investigación que llevó casi tres años. Viajé a lugares como Londres, Madrid, París, Miami, Tampa, Nueva York. Recorrí bibliotecas, hurgué en archivos, etc. Con estos elementos, pude recrear varios aspectos de su vida porque ella mantenía un diario personal donde anotaba sus memorias. Además, como murió en 1996, entrevisté a sus familiares y varias personas que la conocieron. También tuve acceso a su expediente completo y a documentos desclasificados del servicio de inteligencia británico.
  Cómo evalúas la contribución de Elvira de la Fuente en  los acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial donde participó?
  No se le ha dado el verdadero sitial ni el reconocimiento que merece por el extraordinario papel que cumplió en la Segunda Guerra Mundial. Arriesgó su vida numerosas veces porque, si los nazis la descubrían, hubieran ordenado su muerte sin contemplaciones.
   Tuvo un papel decisivo para salvar Londres y sus habitantes de un ataque inminente con armas químicas. En 1943, les dio información falsa a los nazis diciendo que los británicos ya sabían del plan y que, en caso de que atacaran, los británicos contraatacarían con armas mucho más letales a Berlín. Lo cierto es que, en ese momento, los británicos no contaban con armas de ese tipo.
  Otro hecho importantísimo para el triunfo de los aliados fue su papel en el Día D. Engañó a los nazis sobre el lugar donde se iba a producir el desembarco que se concretó el 6 de junio 1944 en las playas francesas de Normandía. Había convenido con los alemanes en enviar un telegrama en clave al Banco Espíritu Santo de Lisboa, solicitando un dinero para supuestos pagos a su dentista. El monto correspondería a las coordenadas del presunto lugar del desembarco. Los alemanes creyeron en sus informaciones, movilizaron la mayor parte de sus tropas a ese lugar y los aliados llegaron por otro sitio.  
  En la cultura peruana, donde su fuerte acento católico ve muy mal la unión matrimonial de personas del mismo sexo, ¿cómo se recibió un libro donde la relación amorosa de la protagonista en sus últimos años es otra mujer? ¿O prevaleció la mirada hacia una especie de heroína que contribuyó a la derrota del fascismo?
  No cabe duda de que se trata de una persona polémica, muy controversial. Sin embargo, el libro ha sido un éxito de ventas en el Perú. Ha recibido muy buenas críticas. Es cierto, algunos sectores conservadores se mostraron escandalizados por las revelaciones, tomando en cuenta su condición de bisexual. Sin embargo, en general, el público peruano y de otros países ha recibido la historia muy bien. Con cierta frecuencia, recibo correos de personas que acabaron de leer el libro y lo elogian. Muchos de esos  correos  son de mujeres fascinadas con la vida de esta mujer de raíces peruanas, cubanas y españolas y que fue tan importante para la historia contemporánea.
  En una entrevista para El Comercio, declaraste que “sobre Elvira hay muchísimas más historias, pero no las incluyo porque no las pude confirmar”. ¿Quisieras compartir alguna de ellas con La Gaceta?
  Ella no es la clásica heroína de la Segunda Guerra Mundial. No, al menos, en la forma que Hollywood y el cine, nos la presentan tradicionalmente. Le gustaba la buena vida, la buena comida, las fiestas, la diversión, en un momento en que muchas personas se sentían satisfechas apenas con sobrevivir. Frecuentaba los bares y cabarés. Fue protagonista de numerosos escándalos por su carácter vehemente, ajeno a las hipocresías y a los formalismos. Numerosas veces fue expulsada de reuniones donde asistía la realeza británica por no haberse contenido y decir lo que realmente pensaba. Algunas veces llegó a agredir a más de uno porque no podía contenerse ante una agresión verbal. Cada cierto tiempo, sus vecinos la denunciaban por las fiestas escandalosas que realizaba en su apartamento en Londres y que se prolongaban varios días.
 Sus noches eran largas para una vida que se temía fuese corta. Su filosofía era que había que pasarla bien si la muerte podía llegar en cualquier momento, y llevó ese pensamiento al extremo. 
 Como sabes, los antepasados maternos de Elvira tienen mucho que ver con la ciudad de Tampa. Ella es biznieta de Vicente Martínez Ybor, el fundador del actual barrio de Ybor City, que se convirtió en la capital mundial del tabaco entre los límites del siglo XIX y XX. Cuando, en tu libro, veo a Elvira en los principales salones de París, o en Londres, recuerdo que su bisabuelo llamó “El Príncipe de Gales” a su marca más famosa de tabacos, en honor al Príncipe Eduardo, quien tuvo un ­romance con una joven de la familia de Ybor y fue Rey de Inglaterra (Eduardo V) cuando Elvira vivía. ¿Tendría alguna conexión la vida de Elvira en París con estos antecedentes familiares? ¿O fue el rango diplomático de su padre quien la inserta en la élite social parisiense?
 Creo que todos sus antecedentes familiares fueron determinantes para convertirse en lo que después ella fue. ¿Por qué una mujer millonaria, guapa, políglota, decide convertirse en una doble agente y ayudar a los británicos en su lucha contra los nazis?  ¿Por qué correr el riesgo de morir a mano de los alemanes, si la descubrían? A mi entender influyeron mucho sus padres y abuelos, que tenían ideas libertarias, democráticas y a favor de los derechos humanos. Ser heredera de dos familias ricas de Cuba y el Perú le otorgaba acceso a los círculos más exclusivos de la élite europea. Estaba rodeada de aristócratas, reyes, princesas, autoridades, altos funcionarios, empresarios. Ella podía tener conocimiento de primera mano de información secreta y nadie lo dudaría. Eso fue usado por los aliados para darle datos falsos que se los entregaba a los nazis sin que ellos desconfiaran.
 Finalmente, ¿qué mensajes a nuestro tiempo emergen de Los secretos de Elvira?
La Segunda Guerra Mundial marcó la vida de demasiadas personas, familias y países. El mundo que conocemos ahora se gestó, de alguna manera, en este terrible y vibrante período de la historia de la humanidad. Millones de personas murieron, ocurrió el holocausto, pueblos enteros desaparecieron o surgieron, las fronteras se modificaron, hubo grandes olas migratorias, se construyeron y emplearon numerosas armas de destrucción masiva, se hicieron numerosos descubrimientos científicos. Si queremos entender mejor nuestro mundo, conocer más acerca de la Segunda Guerra Mundial, nos puede ayudar.
Publicado en La Gaceta, en 9 y 16 de febrero, 2018



martes, 6 de febrero de 2018

Elvira de la Fuente Martínez (Una audaz espía de la II Guerra Mundial era biznieta de Vicente Martínez Ybor)

Hace unos días, buscando las motivaciones que pudo tener Vicente Martínez Ybor para nombrar “El Príncipe de Gales” a una  de sus marcas de tabaco, las múltiples referencias bibliográficas me llevaron a un nombre que desconocía: Elvira de la Fuente Martínez, una mujer que jugó un papel sobresaliente en la Segunda Guerra Mundial y cuya contribución al desembarco de las tropas aliadas por Normandía fue reconocido por Inglaterra, potencia a la que servía en su cuerpo de espionaje.
  En una investigación que ya me había traído varias sorpresas, la mayor fue encontrar que la audaz doble espía –pues sirviendo al Reino Unido logró hacerse captar por él espionaje alemán– era biznieta de Vicente Martínez Ybor, por lo que tenía un vínculo ancestral con la ciudad de    Tampa.
     La primera alusión a Elvira la encuentro en un libro publicado en Perú, en 2014, con el título Los secretos de Elvira, donde su autor, Hugo Coya, exalta su figura como la de una peruana que hizo una contribución relevante al triunfo sobre el fascismo. Con las facilidades tecnológicas de nuestro tiempo, adquiero el libro digital en Amazon. A su vez, encuentro el email del autor, le escribo y enseguida estamos en comunicación.
  Aunque el libro de Coya ahonda en la apasionante biografía de Elvira, en el plano familiar la mayor información corresponde a la línea paterna, pues es hija de un importante diplomático peruano, Edmundo de la Fuente, quien contrae matrimonio en París con Dolores Martínez (Lola) en el año 1910.
Elvira de la Fuente Martínez
  El autor ubica la ascendencia materna de su protagonista en una familia que hizo fortuna en la industria del tabaco en Tampa y Cayo Hueso, mencionando a la figura de Vicente Martínez Ybor. Es exhaustiva la investigación seguida por el escritor peruano, cuyo interés primario fue destacar el papel jugado en la Segunda Guerra Mundial por una mujer que emergió a la luz pública hace pocos años, cuando el gobierno inglés desclasificó documentos sobre sus redes de espionaje durante ese tiempo.  En ellos, Elvira aparece con los  apellidos de la Fuente Chaudoir y nacionalidad peruana, inspirando al autor a una rigurosa búsqueda en fuentes escritas y orales.
  Al iniciarse la terrible conflagración bélica y las tropas hitlerianas ocupar la capital francesa, Elvira, quien mantenía el apellido de casada por su matrimonio con  el belga Jean Chaudoir, de quien se había divorciado, se fue a Londres con una amiga, donde siguió la vida de casinos, salones de alcurnia, lujos y pasiones, llamando la atención por la belleza y altiva defensa de su individualidad.
 En esas circunstancias, un alto agente del espionaje inglés, atraído por esas cualidades, vio en ella a un agente perfecto para el servicio que entonces requería el Reino Unido para enfrentar el peligro inminente de la agresión alemana. No se equivocó. Fue captada por Claude Dansey, jefe adjunto del Servicio de Inteligencia Secreto (MI6) y experto en reclutar agentes, quien le ofreció un generoso sueldo por sus servicios como espía al servicio de los intereses británicos. Con el nombre de Bronx, o Cyril, la enviaron a Francia, con el objetivo de dejarse captar por el espionaje alemán, lo que hizo a la perfección, jugando un papel de doble agente que le permitió desinformar al mando hitleriano.
  Hay por lo menos dos acontecimientos en los que  fue vital el trabajo de Elvira: desviar un posible ataque químico alemán sobre Londres, haciendo creer a los germanos que la capital inglesa respondería con un arma química superior, en realidad inexistente, pero que contuvo el intento hitleriano.
  En segundo lugar, hubo un hecho que resultó decisivo en el ­desembarco de las tropas aliadas por Normandía y que es conocido como el Día D. Hay un libro interesante sobre ese acontecimiento, del escritor francés Ben Macintyre –La historia secreta del Día D, subtitulado La verdad sobre los superespías   que engañaron a Hitler (2012)– donde el autor destaca el nombre de Elvira Chaudoir entre los cinco espías que lograron hacer creer al mando alemán que el esperado desembarco de los aliados se produciría por otro lugar. El propio Hitler llegó a  estar convencido de que sería por el Paso de Calais,  en el noreste francés, guiado por los informes  de los espías. El autor antes aludido afirmó en el prólogo a su libro: “Los espías del Día D no eran guerreros tradicionales. Ninguno llevaba armas, y sin embargo los soldados que sí las llevaban tenían con los espías una enorme e inconsciente deuda cuando asaltaron las playas de Normandía en junio de 1944”.
  Terminada la Segunda Guerra Mundial, los padres de Elvira se radicaron en España. La madre, Dolores Martínez Ybor, fue una de las hijas de Eduardo, fruto del primer matrimonio de Don Vicente con Bernarda Learas.  Junto con el padre, Eduardo fundó en Cayo Hueso “Ybor and Company” y después  radicó en Nueva York, atendiendo allí la expansión de la empresa.
  En ese tiempo nació Dolores, en Nueva York, en 1881.  Su padre murió en 1892, cuatro años antes que Don Vicente. Siendo joven, se fue a vivir a Francia, cuando la fortuna de la familia había disminuído y algunos de sus miembros  regresaron a Cuba,  finalizada la Guerra de Independencia.  En París conoció a Edmundo de la Fuente, diplomático peruano de muy buena posición económica. Del matrimonio nacieron dos hijas, Elvira y Dolores (Lolita).  Dolores murió en España, en 1957.
  Elvira, quien había perdido con la guerra el brillo de la juventud y la posición económica que le había permitido disfrutar de un París que, como dijo ­Hemingway, “era una fiesta”,   se fue a vivir, desconocida y sin riquezas, a una casa frente al mar, en un pequeño pueblo del sur de Francia llamado Beaulieu-sur-Mer. Allí abrió una tienda para vender objetos de regalos y encontró, en una mujer mucho más joven, la compañía de sus últimos años. Murió el 26 de enero de1995,  sin dejar descendencia.
  Esta mujer, atrevida, valiente, dispuesta a ser feliz por encima de los patrones que la familia y la sociedad de su tiempo imponían, debió oír más de una vez a la madre hablar de los tiempos gloriosos en que el abuelo levantó una fortuna en un pueblo de Florida al que legó su nombre: Ybor City. Ese orgullo de sangre debió acompañarla en los días difíciles de la guerra, cuando su vida dependió de hacerse creer. Y, ya en la paz,  al recordar que había incluido su nombre en el empeño más grande que en su tiempo tuvo la humanidad: derrocar al fascismo.




jueves, 18 de enero de 2018

Una conversación con Juan Padrón comienza por Elpidio Valdés

Por Gabriel Cartaya

  Hace unos días estuvo en Tampa, en su primera visita a la ciudad, el cineasta cubano Juan Padrón, a quien debemos la larga existencia del personaje de dibujos animados Elpidio Valdés, ese protagonista de ficción que, en revistas, televisión y cine –en cortos y largometrajes– ha devenido símbolo del triunfo de los mambises sobre el ejército colonial español en la Guerra de Independencia de Cuba. Aunque en esta columna reseñamos la presencia de Padrón en los lugares históricos de Ybor City, le propuse una entrevista para, desde su voz, conocer más acerca de su obra cinematográfica.
  ¿Qué proyectos tenías cuando, siendo muy joven, entregas a la revista Pionero tu primer muñequito de Elpidio Valdés?´
Uh, era un crío, 23 añitos. Los demás dibujantes me decían Padroncito, pues empecé a los 16. En esa época, mi objetivo era lograr guiones para dibujos animados que me permitieran trabajar como colaborador del ICAIC. Antes había hecho Animación en el estudio de la TV.
Juan Padrón, frente al Parque "Amigos
de José  Martí", Ybor City, Tampa

  Ahora, que has cumplido 70, ¿qué significa para ti Elpidio Valdés?
  Es un proyecto que me hace sentir orgulloso por haber ganado el cariño del público de varias generaciones de compatriotas. Siempre me frustró no haber podido hacer más cosas con el personaje. En tantos años de existencia, no se ha hecho casi nada en la comercialización del personaje. No hay juguetes de Elpidio Valdés. Espero que eso lo pueda realizar en los próximos años con la ayuda de mis hijos.
  En el discurso cubano de la década de 1970 –que es cuando llega a la pantalla el dibujo animado más famoso del país–, alcanzó mucho auge el estudio de las guerras de independencia, especialmente desde el discurso de Fidel Castro en la Demajagua, el 10 de octubre de 1968. ¿Influyó este hecho en la aparición de Elpidio y, a su vez, contribuyó a su triunfo?
  Recuerdo que se reeditaron muchos libros sobre las luchas por la independencia. La librerías ofertaban títulos nuevos cada mes, y me hice de una gran colección. Otros libros los compré en la URSS, en una librería de Leningrado que tenía libros en diferentes idiomas por centavos, digo, kopeks.
  Me sorprendió lo poco que sabía del tema. Caballos y rifles, para mí, eran tiroteos entre indios y cowboys, no había visto nada de mambises. Lo que me motivó a dibujar a Elpidio fueron los diarios de campaña de varios mambises, especialmente el del coronel Piedra Martel. Por ahí empezó mi deseo de saber todo acerca de los inmortales mambises, los que le partieron el espinazo al ejército colonial español. Lo del triunfo, creo, es porque se divertían con las películas.
  En la larga vida de Elpidio Valdés, en la que han participado realizadores, músicos, narradores, etc., aunque todos imprescindibles, ¿qué contribuciones le han enriquecido más?
  Los actores que ponían las voces. Hicieron un trabajo formidable. Actores como Toni González, Frank González, Manuel Marín, Irela Bravo, Teresita Rúa, y muchos otros. Eran tan buenos en Elpidio Valdés, que hacía que yo tratara de lucirme escribiendo los diálogos.  Durante las grabaciones improvisábamos o experimentábamos entonaciones, distintas voces… Eran capaces de hacer ocho voces de distintos personajes en un mismo proyecto, y no se notaba que eran tan pocos. Es una suerte tener artistas como ellos. Una vez grabé en España y tuve que usar siete actores para siete personajes. En Cuba habría usado a Frank o a Marín, y ya.
  ¿Cómo esperas celebrar, y que celebre Cuba,  el cincuenta aniversario de Elpidio Valdés en la pantalla cubana?
  Espero tener una temporada nueva de Elpidio Valdés. A ver si llego allí con energía. Si no, pasarlo a los jóvenes realizadores de animados.
  Creo que la serie  Quinoscopio pudo haberse llamado Padronquinoscopio o Quinopadronoscopio. En fin, ¿hasta dónde llegó tu participación en esa obra compartida con el argentino Joaquín Lavado?
  Fue un trabajo donde nos divertimos mucho. Discutíamos cada detalle de los chistes, que eran páginas publicadas en el diario El Clarín, de Buenos ­Aires. Era adaptarlos a cine y dice Quino que aprendió nuevas cosas al trabajar para ­Animación. Por mi parte, creo que haber desarmado los dibujos de Quino para animarlos,  me enseñó muchas cosas sobre las poses de los personajes, el dibujo de las manos, la limpieza de la puesta en escena. Fue un privilegio trabajar con Quino.
  En 1992, a los 500 años de la llegada de Cristóbal Colón a América, vas a España con un corto donde el Almirante se encuentra con Mafalda. ¿Qué repercusiones tuvo esa presentación?
  Era un guion de Quino. Fue para inaugurar una muestra sobre Mafalda en Madrid. Los españoles se rieron mucho, pues Mafalda era una indita que le ofrecía frutas al Almirante. Agradecido, Colón chasqueaba los dedos y le regalaba a Mafalda… un plato de sopa.
  ¿Cómo se ha evaluado tu obra cinematográfica en la crítica nacional e internacional?
  Creo que bien. Elpidio Valdés fue elegido por los niños como su héroe, los críticos cubanos han destacado las películas de Elpidio Valdés como los mejores animados cubanos en distintos años. “Vampiros en La Habana” está entre las 100 mejores obras del cine iberoamericano del siglo XX (con el número 50, y el único film animado) y está en la colección de cine del MoMA.
  En tu larga relación con el Instituto Cubano de Arte y Cinematografía (el poderoso ICAIC para los cineastas cubanos), ¿cuáles han sido los momentos más difíciles?
  Creo que un pleito sobre el patrimonio de personajes usados en mis películas, y que al final gané.
  El prestigio ganado por Elpidio Valdés en el pueblo cubano, ¿ha contribuido de alguna manera a la libertad de creación artística de su autor?
 
 En realidad, la Animación cubana es cine de autor. Haces lo que quieres, siempre que no te vayas del presupuesto. Me he tomado años sabáticos para trabajar en España realizando mis chistes sobre cine para el Canal Plus España, o para escribir novelas de aventuras y luego ilustrarlas (algo muy divertido y estimulante) o dirigiendo video clips. En México trabajé storyboards para el oso Yogui, Wally Gator y otros personajes de Hanna y Barbera. Pero sí, ayuda la fama de Elpidio Valdés.
  En el marco del reciente  incremento de los intercambios culturales entre Estados Unidos y Cuba,  alguien hizo el chiste de que Elpidio Valdés había pedido visa para venir a ver a Mickey Mouse. Si la sugerencia fuera trasladable a la realidad, ¿cuál sería la mejor hazaña que podrían hacer en común?
  En los tiempos de Elpidio, no hacía falta visa. Ahora no la conseguiría para ver a Mickey, creo que tendría que ser al revés, Mickey sería quien visitara Cuba. Mickey es atemporal, lo mismo es caballero medieval que cosmonauta. Así que podría ser uno de aquellos estadounidenses que lucharon por la independencia de Cuba, ayudar a Elpidio –por ejemplo– con un cañón neumático de dinamita, terror de los blocaos españoles. Y luego Elpidio ayudarlo a él. Pero no sigo, no sea que la Disney esté oyendo.
  Como sabes, la relación de Tampa con Cuba es muy profunda, no sólo por el significado de esta ciudad en la obra de Martí y en todo el independentismo cubano, sino por su trascendencia hasta hoy. ¿Qué ha significado para ti visitarla? 
  Fue muy emocionante sentarme en los escalones donde Martí posó para aquella famosa foto (autotipias también les decían). Me ha picado el bicho y me gustaría volver con tiempo suficiente para documentarme más. Elpidio por Ybor City, vigilado por agentes del general Resóplez… un tema para un buen cómic, o un animado.
  Publicado en La Gaceta, el 19 de enero, 2018



viernes, 12 de enero de 2018

Conversación entre un poeta cubano y un ávido lector estadounidense

En una reciente charla con el poeta Alberto Sicilia –vino incluído– me contó de sus reiteradas conversaciones con un jubilado estadounidense en quien encontró, además de la sabiduría acumulada por los años –donde incorpora vivencias de su participación en la guerra de Viet Nam–, un interlocutor literario cuyas lecturas le parecieron abundantes y  aprehendidas con la agudeza de un lector crítico e inteligente. Convinimos, entonces, en lo oportuno de transmitir en esta columna una vivencia que, por su contenido, resulta edificante. 
(Entrevista de Alberto
Sicilia a Dare Summers)
     Dare Summers es un hombre esbelto, que no aparenta los días vividos en la tierra, cuando ha llegado a los 75 años. El azar nos pone cara a cara una cálida mañana del 2017,  cuando él solicita los servicios de mi  pequeña  compañía  familiar para la limpieza de su apartamento. De un golpe observé a un hombre muy educado e intuyo en él una sólida formación cultural. Sus hábitos son moderados, casi podría decir ascéticos. A pesar de la insuficiencia de mi comunicación en idioma inglés, cada sábado entablamos una conversación donde los temas oscilan de la familia a la Guerra de Viet Nam, donde él participó, deteniéndonos en las innumerables lecturas de nuestras vidas. Por momentos,  Dare me dice algunas frases en español, y así, con lentitud, vamos ensamblando un coloquio matizado de referencias interculturales. En la medida que pasan las semanas el diálogo va fluyendo y mi amigo Dare me recibe con nuevos detalles sobre sus preferencias literarias. Sobre su mesa de trabajo, cada sábado, una hoja escrita por él en perfecto español me motiva a esta aventura, al admirar la pasión por los libros en este estadounidense tenaz y luchador. Voy anotando el cuestionario, entusiasmado con su aceptación a responderlo.
   Usted me ha dicho que no es del estado de la Florida y que al mudarse una enorme biblioteca quedó atrás. Seguramente comenzó a leer desde muy joven. Por favor, cuénteme sobre usted y acerca de sus primeras experiencias con los libros.
   Nací en Opelousas, en el suroeste de Louisiana, y crecí en Nueva Orleans. Mi padre era director de funeraria y mi madre ama de casa. Había cinco hijos, de los que yo era el segundo más joven. Mis padres eran lectores ávidos y esto se nos transmitió. Uno puede ingresar a otro mundo, si se quiere, a través de la literatura. En mi juventud, me gustaron un par de clásicos griegos de Homero, junto a una multitud de libros de historia. Naturalmente, cuando era joven, hice frecuentes viajes a la biblioteca y saqué libros.
  En el sur, muchos de nosotros nos interesábamos en la Guerra Civil –la Guerra entre los Estados del Norte y el Sur– así que mis selecciones de lectura reflejaban la de otros jóvenes interesados en ese conflicto que tuvo lugar entre 1861 y 1865. Mis antepasados lucharon por el Norte y el Sur. Mi padre nació en 1903 y murió en 1969. Estuvo en el ejército en la década de 1920 y habló con veteranos de las guerras indias en el oeste de los Estados Unidos y con personas que conocieron a George Armstrong Custer. Él y su comando inmediato perecieron en junio de 1876 en “The Little Bighorn”.
  Por lo tanto, he leído mucho sobre ese graduado de West Point. No sólo eso. Cuando me trasladé al valle del Mid Hudson, después de huir del huracán Katrina en 2005, trabajé para West Point Tours y atendí visitas de turistas a la Academia Militar de los Estados Unidos y como parte de la gira mostraba a todos la tumba de Custer. ¿Te lo puedes imaginar, Alberto? ¿Este veterano de la Armada de 1961 a 1965 dando giras relacionadas con el Ejército?
  Mis dos hijas fueron las primeras gemelas del estado de Louisiana en obtener sus comisiones en West Point. Mis tres hijas fueron y son prolíficas lectoras. Realizaban visitas frecuentes a las bibliotecas. Puedo imaginarme a las chicas cuánto disfrutaban en esas salas, desarrollando sus mentes con la lectura.
  Me retiré de la industria farmacéutica, donde fuí representante de ventas por muchos años. Mi trabajo conectaba a los clientes con médicos, farmacias y hospitales.
  ¿Cuáles fueron sus selecciones de lecturas?
  Pero mis mayores recompensas vienen de la literatura, gracias a lecturas ilimitadas. A lo largo de los años, mis selecciones de lectura han sido George Orwell, Ayn Rand, Evelyn Waugh, literatura victoriana alta y media, Edgar Allan Poe, Ernest Hemingway, ­Flannery O’Conner, Frank Norris, O’Henry, Oscar Wilde, George Bernard Shaw, las hermanas Bronte, William Manchester, Virginia Woolf, Kate Chopin.  Esto es sólo la punta del iceberg. Uno puede leer mucho durante 75 años. Shakespeare, H.G. Wells, los escritores realistas, los escritores naturalistas, Emily Dickinson y James Joyce. Hablando de este último, leo cada palabra de Ulises. No lo entendí. No creo que Joyce lo haya entendido. No creo que Dios lo entienda. En cualquier caso, obtienes la imagen. En este momento estoy leyendo un libro titulado Bouncing Back. Se trata de prisioneros de guerra en Vietnam del Norte y cuenta cómo hicieron frente a una situación terrible.
  Veo que conoce el idioma español, puede hablarlo y escribirlo. ¿Cómo lo ha logrado?
  Desde que me mudé a ­Valrico, en julio de 2016, me he hecho amigo de varias personas con raíces cubanas. Me agradan todos. Hace muchos años, cuando mis tres hijas eran pequeñas, las alenté a tomar un idioma extranjero. Yo prefería el español y ellas hicieron lo mismo. Mis gemelas lo estudiaron por ocho años. La hija menor vive en Austin, Texas, y lo practica de forma rutinaria.
  ¿Qué sensación le produce la lectura?
  La sensación que siento cuando no puedo parar de leer un libro, es similar a la que tuve cuando corría largas distancias en maratones y conseguía el nivel más alto con la producción de endorfinas. Pero a medida que aumentaba la distancia, la acumulación de ácido láctico cobraba un precio en mi cuerpo estresado. No es así con los libros, que los disfruto como viajar.  En este momento no estoy viajando,  pero en los últimos tres años he ido a Budapest, Viena, Praga, Dresde, Cracovia, Riga y Tallin. Sepa esto: ¡La gente en Europa Central y Europa del Este lee libros a lo grande! Me recuerda cómo era América cuando era pequeño. Leer libros y escribir cartas nos transportan a una especie de época dorada de comprensión y comunicación. Teníamos (y tenemos) una gran ventaja con los comunicadores electrónicos de hoy. Recuerde, los amantes de la literatura mejoran con la edad. Siempre tienes algo que esperar (libros fascinantes). No alcanzas el pico a una edad temprana y luego la pierdes. Entonces ... lees y escribes. Una carta a la vez. Una palabra a la vez. Una oración a la vez. Un párrafo a la vez. Una página a la vez ... transmitiendo lo que has leído. Los beneficios para todos son inmensos.
   Me comentó de su predilección por la obra de Emily D y también por la obra poética de Edgar Allan Poe. También hablamos de Ezra Poud y su enorme importancia en la formación de otros escritores como T S Eliot y el propio Joyce. Se dice que la poesía es una pasión de juventud, yo no lo creo así. ¿Leyó usted mucha poesía? ¿Cómo ha cambiado, con los años,  su apreciacion al leerla?
    Con los años, supongo que he leído una buena cantidad de poesía. Me gusta Emily Dickinson porque no se parecía a ningún otro poeta ni antes ni después. Su estilo era independiente. Ella no siguió las reglas. No entiendo mucho  sus poemas. No entiendo a ­Kandinsky, pero me gusta su arte abstracto. Edgar Allan Poe dio vida a las historias de detectives junto con su espléndida poesía. “Annabel Lee” se destaca, junto con “The Raven”. Sé poco sobre Ezra Pound, excepto que probablemente influenció a muchos lectores. Era una figura controvertida, similar a tantas en la literatura. El Ulises de James Joyce, aunque considerado por muchos como la mejor obra de todos los tiempos, deja  al lector exhausto. 
  ¿Que puede usted decirle a las nuevas generaciones sobre su experiencia personal?
No hay consejos aquí para los jóvenes, sino una sugerencia de que lean lo que quieran leer.

  Seguiré hablando de literatura con el amigo Dare Summers, porque en él se confirma un credo en el que coincido con el autor de esta columna: casi siempre, un apasionado lector es un buen ser humano.
 Publicado en La Gaceta, el 12 de enero, 2018

jueves, 4 de enero de 2018

Victoriano Manteiga, su busto de bronce en Tampa Riverwalk

El 19 de junio de 1914 el barco Olivette, procedente de La Habana, atracó en el puerto de  Tampa, como venía haciendo desde hacía un cuarto de siglo. En él habían viajado José Martí, Tomás Estrada Palma y un sinnúmero de figuras que trascendieron a su tiempo. Ahora, un joven cubano de 19 años, alto, delgado, de piel blanca bronceada con el sol del Caribe, está entre los pasajeros que desembarcan en el muelle, apurados para internarse en las calles que se abren donde termina la ancha bahía. El joven, sin saberlo entonces, estaba destinado a inscribir su nombre en la historia de la ciudad, aunque nadie lo conocía cuando entró a una casa de huéspedes –en los altos de la tintorería El Encanto– a pedir una habitación. –¿Su nombre, por favor?, le preguntaron.
 –Victoriano Manteiga, respondió.
     Al día siguiente, cuando ya había  recorrido  las  calles  de Ybor City y apenas le alcanzaba el dinero para una noche más de hospedaje, se detuvo en la fábrica de tabacos Morgan Cigar, cuyo edificio de ladrillos rojos, de tres pisos,  se alzaba imponente en la calle Howard, en West Tampa. Su porte elegante y buena dicción le abrieron enseguida una plaza de lector en aquel local.
  Al mes siguiente comenzó la Primera Guerra Mundial, cuyo estallido, evolución y desenlace estuvo en la voz del joven cubano, no sólo como transmisor de las noticias que traían los periódicos, sino aportando su análisis alrededor de un acontecimiento que implicó también a Estados Unidos y cuya divulgación requería explicar a sus ciudadanos las razones para el tránsito de la neutralidad a la intervención por parte de su gobierno.
Busto en homenaje a Victoriano Manteiga, ubicado en
Benefical Drive y Channelside, Tampa

  El joven Manteiga, que comienza a hacerse visible en Tampa durante los años de aquella primera conflagración mundial, había asistido en sus primeros años a otro clima bélico, pues no había cumplido cuatro meses de nacido cuando estalló en su país la Guerra de Independencia,  a cuya preparación, desarrollo y culminación tanto contribuyeron los cubanos que le antecedieron en aquel asiento de lector que a él le correspondió ocupar dos décadas después. 
  Antes de terminar la Primera Guerra Mundial, otro acontecimiento requirió la voz de Manteiga en la silla de lector: la Revolución de Octubre, en 1917,  de la que emerge Vladimir Ilich Lenin como guía del proletariado ruso, cuando todavía no se ha producido el Pacto de Versalles con que finaliza  la guerra de las potencias capitalistas, reordenando las fronteras en un nuevo reparto del mundo.
  Para esa época, Manteiga regresa a Cuba, al lado de sus padres, Patricio y Ramona de los Ríos. Pero la atracción de Tampa fue poderosa en él, acrecentada por su amor a Ofelia Pedrazas, de origen cubano como él, con la que se casó al regresar de Cuba, en octubre de 1918, para fundar su nueva familia y a cuyo lado va a inaugurar la empresa que lo consagra en la historia de esta ciudad: el periódico La Gaceta, que aparece en 1922.
  La Gaceta estaba llamada a ser la gran obra de Victoriano Manteiga. De alguna manera, daba continuidad a la prensa hispana que desde la década de 1880 fue publicada en Tampa, iniciada con el periódico Yara, traído por José Dolores Poyo desde Cayo Hueso. Después, Ramón Rivero fundó El Crítico de Ybor City y la Revista de la Florida, sobresalientes entre las diversas publicaciones hispanas de esta ciudad. Seguramente Victoriano, admirador de esa historia ligada a su país de origen, sintió el impulso de continuarla, alineado a las causas más progresistas de su tiempo.
  En la fundación de La Gaceta merece recordarse al Dr. José Luis Avellanal, cuyo financiamiento inicial contribuyó a que el proyecto se hiciera realidad. La salida del nuevo periódico tampeño, en idioma español en sus primeras décadas,  se afirmó en la comunidad por la calidad de sus escritos –sobresaliendo la columna escrita por su fundador “Chungas y no chungas”–, la sagacidad de su contenido, profundidad de sus valoraciones críticas en torno a la realidad local, nacional e internacional y un humor salpicado de cubanía.
  Junto a la obra social que representaba el periódico, en su deber de informar y educar, Victoriano Manteiga construyó su vida familiar. En la década de 1920 le nacieron cuatro hijos al matrimonio –Rolando, Victoriano, Claudette y Ramona– y el primero de ellos, que adoptaría el nombre de Roland, seguiría el camino editorial de su padre, al frente de la publicación desde 1961 hasta morir en  1998, cuando ya La Gaceta había incluído en sus páginas el idioma inglés y el italiano, para representar a las tres culturas que más influyeron en la identidad de Ybor City. Así ha llegado a nuestro tiempo, hoy bajo la dirección del nieto de Victoriano, Patrick Manteiga, cuando se acerca el centenario de su fundación.
  Victoriano Manteiga, quien vivió hasta 1982, tuvo una vida ejemplar. Desde el trabajo al que consagró su vida, las páginas de La Gaceta constituyen el mejor registro de su pensamiento y acción. Adentrarse hoy en ellas, es encontrar la historia viva de la ciudad que lo adoptó como hijo, pero también la de su patria original, de tantas confluencias una y otra. Es impresionante apreciar en las páginas de este periódico la permanencia de los acontecimientos que ocurren en Cuba en la lucha frente a Machado a principios de la década de 1930, y la atención con que el periodista tampeño se adentra en ellos, al lado de los intereses del pueblo cubano. Así ocurrió en el devenir posterior, hasta el propio 1959.
  Victoriano no sólo participó en los asuntos cubanos desde su publicación, sino también en múltiples acciones. Sus relaciones con los principales políticos cubanos fue constante y comprometida. Así lo demuestra su amistad con Eduardo Chibás y su atención a Fidel Castro, cuando éste visita Tampa en 1955. Manteiga es elegido para dirigir el Movimiento 26 de Julio en  la ciudad, en apoyo a la lucha armada contra el gobierno de Fulgencio Batista, en el camino de una revolución martiana y democrática que no contenía un pronunciamiento socialista. Por ello, es desacertado el calificativo de comunista para ubicar la filiación de quienes apoyaron al M-26-7.
  El pensamiento y acción de Manteiga se entiende desde la perspectiva humanista que encierra el quehacer progresista de su tiempo. Estuvo al lado de los españoles que defendieron la República frente a la agresión franquista. Existen en los archivos de La Gaceta documentos que muestran el agradecimiento de los milicianos a quien les defendía desde sus páginas en Tampa. Asimismo, las columnas de su periódico dieron aliento a la lucha contra el fascismo durante la Segunda Guerra Mundial, en cuyo desenlace experimentó el orgullo ciudadano junto al sobresalto de padre, en los días en que su hijo Roland combatía en el Pacífico en las filas del ejército de su país.
  Un hombre como él, respetado en la comunidad tampeña, sin miedo a defender las ideas en que creyó, tuvo que enfrentar muchas veces a quienes se aliaban en los bandos contrarios. Alguna vez tuvo que sacar su revólver para defenderse, pero las amenazas no lo apartaron de lo que consideró su deber.

  Así fue Victoriano Manteiga, un hombre que legó a Tampa, y desde ella a la humanidad, un ejemplo íntegro de servicio a la comunidad, a la verdad y la justicia. Por ello, es justo que su efigie de bronce esté entre las que se alzan en Tampa Riverwalk, para recordación y enseñanza.
Publicado en La Gaceta, el 5 de enero, 2018.

sábado, 30 de diciembre de 2017

Juan Padrón, el ­creador de Elpidio Valdés, nos visita en Tampa

Por Gabriel Cartaya
  No a todos los cubanos les resulta familiar el nombre de Juan Padrón. Pero si dices Elpidio Valdés donde te oiga un hijo de la Mayor de las Antillas,  especialmente si ha vivido en ella en las últimos cuatro décadas, inmediatamente emerge la imagen del dibujo animado con el rostro del mambisito que protagonizó las más increíbles aventuras en la guerra por la independencia de Cuba. Porque, en este caso, como ocurre con un Sherlock Holmes más famoso que Arthur Conan Doyle, el protagonista de ficción se hizo más popular que su creador.
  En los últimos años, por los homenajes recibidos, entrevistas y reseñas aparecidas en diversas publicaciones, se ha hecho más familiar su nombre, aun cuando ha estado en los créditos de los cortos y películas que han desfilado  por las pantallas de cine y televisión por más de cuarenta años.


  El viernes de la semana pasada, cuando llegó a Tampa por primera vez, acompañado de su esposa Alberta y su hijo Ian –también cineasta– tuve el placer de acompañarle en un recorrido por los sitios históricos de Ybor City, donde se inició la organización de la gesta armada que él recreó con tanta sensibilidad y humor en su muñequito mambí. Por un momento, al verlo en la escalinata donde José Martí se tomó la fotografía rodeado de tabaqueros y de importantes figuras del independentismo cubano, creí ver en su rostro sonriente y bonachón al propio Elpidio, al término de una de sus increíbles proezas en la manigua cubana.
  Cuando me refiero a que el nombre de Elpidio se identifica con más prontitud que el de su autor, excluyo el mundo del arte y especialmente su ámbito cinematográfico, donde el nombre de Juan Padrón es sumamente conocido y respetado, no sólo en los límites de la Isla sino también en muchos países. A ese nivel de reconocimiento ha llegado por la excelencia de sus dibujos animados y su extensa obra como ilustrador,  historietista, guionista y director de cine.
Padrón nació en la provincia cubana de Matanzas,  en 1947, se graduó de Licenciatura en Historia del Arte en la Universidad de La Habana y, aunque ya había publicado sus primeros dibujos en diversas revistas y periódicos de la Isla, fue la creación de Elpidio Valdés ­­–aparece por primera vez en la revista Pionero, en 1970–, quien le  consagraría como el autor de uno de los personajes de ficción más queridos del pueblo cubano.
  Del papel, el simpático muñequito saltó a la pantalla, cuando a mediados de la década de 1970 Padrón se convierte en director de dibujos animados del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográfico (ICAIC). El primer animado inspirado en el astuto mambí fue exhibido en 1974, al que Padrón llamó “Una aventura de Elpidio Valdés”. Desde entonces, no sé cuántas sagas fueron apareciendo –Clarín mambí, Elpidio Valdés encuentra a Palmiche, Elpidio Valdés y Palmiche contra los lanceros, y tantas– para deleite del espectador de todas las edades.
  En 1979, ya Elpidio ocupa la pantalla grande en un largometraje, para 70 minutos de entusiasmo. Pero el cineasta no se limita a su personaje más famoso. En 1985 dirige “Vampiros en La Habana”, en cuya ficción dos bandas de vampiros –Capa Nostra, en Estados Unidos, y Grupo Vampiro, en Europa– luchan por una fórmula que les inmunice del sol. Mereció diversos premios, en Cuba, Latinoamérica y Europa y estuvo elegido entre los mejores 30 filmes de animación por el Consejo Cultural del Instituto de Cine. A su vez, el inagotable creador de dibujos animados da vida a “Filminuto”, que surge en 1980. Poco después, a dúo con el dibujante argentino Joaquín Lavado (Quino), dieron a conocer la serie que denominaron “Quinoscopio”.
  Asimismo, Juan Padrón ha enriquecido el personaje de “Mafalda”, concebido por su amigo argentino. En la exposición “El mundo de Mafalda”, realizada en España en el V Centenario de la llegada de Colón a América, el genial cubano hacedor de historietas presentó un corto donde el Gran Almirante, al llegar a tierra americana, se encuentra con Mafalda.  El enorme éxito de aquella presentación motivó al rioplatense a llevar su personaje a la pantalla, logrando que la TV Autónoma de Cataluña y otras dos televisoras españolas se interesaran en el proyecto, para producir 104 cortos animados de Mafalda que contaron con la dirección de Juan Padrón y la música del pianista cubano José María Vitier.
  En la extensa creación artística de Juan Padrón, de excelencia reconocida por la crítica, hay muchas obras más, por las que ha merecido múltiples galardones, entre ellos el Premio Nacional de Cine de Cuba en 2008, ocho premios Coral del Festival de Cine Latinoamericano.

    Ojalá en la ciudad de Tampa  se presente una exposición personal suya y podamos contar con su presencia en una edición del Festival de Cine Gasparilla, que viene creciendo en esta ciudad. Quién sabe si a Juan Padrón se le ocurra que a la extensa lista de expediciones que salieron de Tampa para la Guerra de Independencia en Cuba se le sume una más, conducida victoriosamente por Elpidio Valdés.