jueves, 27 de abril de 2023

Juan de Miralles, un español entre los padres fundadores de Estados Unidos

 El 30 de abril de 1780, murió Juan de Miralles y Trayllon en Nueva Jersey, Estados Unidos. Ahora, a 243 años de su desaparición física, hablamos de él. ¿Quién fue aquel valiente español que trascendió su tiempo para permanecer en la memoria agradecida?

Miralles nació en Alicante en 1713 y, como tantos españoles, se embarcó a Cuba en plena juventud. En la década de 1740 se había convertido en un próspero comerciante, especialmente ocupado en el comercio desde La Habana con las Trece Colonias de Norteamérica. En esa actividad se encontraba cuando se inició la Guerra  de  Independencia de Estados unidos, en la que se inserta prestando valiosos servicios a las fuerzas libertadoras comandadas por George Washington.


Los primeros servicios prestados por Miralles a los independentistas norteamericanos se relacionan con el frente de inteligencia, formando un servicio secreto que ofrecía información a los sublevados contra la corona británica.  Su labor comercial entre La Habana, Nueva Orleans, Florida, Filadelfia, Nueva York y Boston   le permitieron formar un servicio secreto que se extendía a todos los dominios británicos en el Caribe.

 La importante colaboración de Miralles al movimiento independentista le llevó a relacionarse con Washington, convirtiéndose no solo en un eficiente colaborador suyo,  sino también en un verdadero amigo de quien sería el primer presidente de Estados Unidos.  Sus grandes contribuciones  no se limitaron a los servicios de inteligencia, sino también a facilitar  abastecimientos a las tropas insurrectas, haciéndoles llegar o gestionándoles municiones,  medicinas y vestimenta, las que se enviaban fundamentalmente a través de la ciudad española de Nueva Orleáns.

En la labor de Miralles se expresaba también el apoyo de España a la independencia estadounidense, como se  aprecia con su nombramiento, en 1778, como representante y observador en Estados Unidos de la Corte borbónica entonces regida por Carlos III.

Se considera que el apoyo económico gestionado por Miralles a la causa de la independencia de este país, con ayuda de comerciantes cubanos y españoles, sobrepasa los 300 millones de dólares. Cuando, en medio del conflicto armado, España declara finalmente  la guerra a Inglaterra,  el 3 de septiembre de 1879, Miralles se dirige a la localidad de Morristown, en Nueva Jersey, donde entonces radicaba George Washington. Allí llegó enfermo, dañando el mal tiempo  sus pulmones cansados. Fue atendido con esmero por la propia esposa de Washington y su médico, pero nada pudo impedir que una pulmonía detuviera su corazón la tarde fría del 30 de abril de 1780.

Al heroico español se le ofreció un funeral militar donde participaron  grandes líderes de aquella gesta.  En camino a la tumba que le fue destinada –al lado de la iglesia de Morristown–, el féretro fue cargado por oficiales en uniforme, con los honores que se le rinde a un héroe de la patria.  George Washington, emocionado expresó: “Con el mayor placer hice todo lo que un amigo podría hacer por él durante su enfermedad. Debe ser de algún consuelo a sus familiares saber que en este país se le estimaba universalmente y del mismo modo será lamentada su muerte”.

Con sobrada razón, el historiador  Salvador Larrúa Guedes, al escribir un libro sobre el insigne español que contribuye a su (re)conocimiento, lo tituló Juan de Miralles: biografía de un padre fundador de los Estados Unidos. El autor cubano le hace justicia, porque así debe inscribirse su nombre en la pléyade de los libertadores, como un padre, un fundador.

viernes, 14 de abril de 2023

Abraham Lincoln, un mensaje a los 158 años de su muerte

 En los últimos años, se ha producido en Estados Unidos una polarización desmedida entre los dos partidos que históricamente han gobernado la política de una nación considerada el ejemplo mundial de la democracia.

Hoy, para muchos, el partido al que pertenecen y defienden acríticamente está por encima de los intereses del país secularmente bipartidista. Para ciertos demócratas el fulgor estadounidense proviene de su ejecutoria, actitud que se repite en el bando republicano. Sin embargo, en la evolución del país hay ejemplos positivos y negativos en ambas administraciones, bien con un presidente esclarecido que ha jugado un papel relevante o un estadista mediocre cuyo nombre apenas se recuerda.

Si nos fijamos en el siglo XX, apreciamos la sabiduría con que el presidente demócrata Franklin Delano Roosevelt condujo el gobierno, primero en la recuperación de una economía devastada por la profunda crisis iniciada en la década de 1920 y luego en el curso de la Segunda Guerra Mundial. Asimismo, sentimos respeto por el papel del republicano Ronald Reagan, con visibles logros económicos durante su presidencia. Podríamos mencionar diversos liderazgos que desde uno u otro partido han empujado el país hacia adelante, nacional e internacionalmente.


Sin embargo, este 14 de abril, fecha en que hace 158 fue asesinado el presidente Abraham Lincoln, preferimos recordar su figura porque, siendo republicano, permanece en la memoria y respeto de toda la nación, más allá del partido al que se esté afiliado. Asimismo, porque el ejemplo de aquel extraordinario político puede contribuir a entender que el deber de quienes ocupan cargos en el gobierno es defender la nación –no el partido o una figura– por encima de cualquier otra consideración.

Nunca el país estuvo tan dividido como en medio de la Guerra Civil (1861-1865), cuando le correspondió a Lincoln la presidencia de Estados Unidos. Si bien el centro del conflicto estuvo entre los que defendían la abolición de la esclavitud frente a quienes se empeñaban en mantenerla, diversas contradicciones e intereses se manifestaron en ella, discutiéndose incluso el tipo de gobierno que debía prevalecer (confederado o no) y el cumplimiento de una Declaración de Independencia, cuyos postulados de libertad y derechos ciudadanos se contradecían con la existencia de la esclavitud.

Cuando Abraham Lincoln   prometió que libraría a todos los territorios estadounidenses de la esclavitud, siete estados esclavistas del sur se separaron y formaron una nueva nación –los Estados Confederados de América–, pero el Presidente se negó a reconocer la legitimidad de la secesión. Ello costó cuatro años de sangrientas batallas y la muerte de unos 700 mil estadounidenses, pero fue abolida la indignante legislación que permitía que unos hombres fueran esclavos de otros y se mantuvo el tipo de gobierno que ha logrado que el país se llame Estados Unidos. En la imagen de Abraham Lincoln, que de leñador se convirtió en abogado y después en el 16.° Presidente de Estados Unidos, se identifican los rostros anónimos de los que murieron defendiendo sus ideas, en el concepto más amplio de la libertad y la democracia.

El 9 de abril de 1865, las tropas confederadas del general Rober E. Lee se rindieron en Virginia a las del general Ulises Grant, subordinado a Lincoln, con lo que se abría el camino al fin de la Guerra Civil y a la proclamación del fin de la esclavitud.

El Presidente estuvo feliz con la noticia y cinco días después decidió ir al teatro Ford junto a su esposa, Mary Todd, a disfrutar de la obra Our American Cousin, de Tom Taylor. Sin embargo,  un hombre malvado  que prefería ver como esclavos a los descendientes de África (un tal  John Wilkes Booth, análogo a los racistas de todos los tiempos), representando el odio de sus equivalentes,  entró a la sala teatral y, por la  espalda –como hacen los cobardes y traidores–, disparó un revólver al digno cráneo de 66 años que albergó el sueño cumplido de abolir la esclavitud para que todos los ciudadanos fueran libres.

Pero en el ejemplar Presidente de Estados Unidos seguimos viendo, más que a un republicano o un demócrata, el modelo supremo de un político que puso a la nación, con todos sus ciudadanos, por encima de los intereses personales o partidistas. Con su obra abrió un camino luminoso –aunque doloroso, como todo parto– para el futuro democrático de la nación.

Cuentan que hacia 1832 un religioso llamado José Smith tuvo la revelación de que se acercaba un cruento conflicto armado entre el norte y el sur de Estados Unidos. La profecía fue cumplida 30 años después. Ahora, alarmados ante las amenazas de grupos extremistas que claman por un líder providencial, algunos han dicho que podría estallar otra guerra civil. No lo creo, son otros los tiempos y los Nostradamus de hoy prefieren pronosticar un futuro de paz y armonía en el planeta, impulsados con el brillo de hombres como ­Abraham ­Lincoln.

 

 

lunes, 3 de abril de 2023

José Martí, el 24 de marzo de 1895: Voy con la justicia

 Como ya todas las cosas parecían arregladas para salir, José Martí puede estrenar un nuevo traje, sencillo y limpio como él, para que lo acompañe en la naturaleza que lo aguarda. Nunca se ocupó mucho de su vestimenta, pero en el último tiempo, con su continuo viajar, se le había deteriorado demasiado la escasa que tenía. El exceso de gastos de indumentaria lo creyó una de las superficialidades mayores de la vanidad humana. Dijo alguna vez que la mucha tienda significaba poca alma y que el que lleva mucho por dentro, necesita poco por fuera. Bastante tenía él por dentro, pero, de todos modos, era imprescindible llevar  algo por fuera,  se dejó guiar de los pasos de Máximo Gómez a las puertas de una sastrería.

En el camino hacia ella, tal vez cayera en cuenta de lo pobre que iba: los zapatos   fueron remendados hace unos días en Santiago de los Caballeros, el saco que trae se ha ido decolorando y el sombrero de castor es de los más baratos. Para el viaje reciente a Cabo Haitiano llevó una capa de Gómez, más para ampararse del frío que de la lluvia y también del General “unos pantalones muy cariñosos y ya amados”.    En  el camino, un médico cubano  –Salcedo–, “porque me oye decir que vengo con los pantalones deshechos, me trae los mejores suyos, de dril fino azul, con un remiendo honroso”. Hacía  dos  semanas  que  Gómez, pensando en el posible viaje a la capital, se lo había presentado  así: “Allá va Martí, con su cabeza desgreñada, sus pantalones raídos, pero con su corazón fuerte y entero”. 

Gómez debió decirle que pensara un poco en su persona y que hiciera una buena selección del modelo, aunque las telas fueran  modestas. El sastre, Ramón Almonte, les abrió las puertas con una mirada avivada por el presentimiento de que iba a coser un traje para la historia americana.  El color escogido fue un azul fuerte, tanto para el pantalón como para la chamarreta. Almonte, conversando, anota las medidas. Para el saco, 76 cm de largo, 45 de hombro y  82 la manga, por fuera. El pantalón, 80 de cintura, 102 de largo.  Hasta que, al fin, logra liberarse de la cinta para estrenar un traje nuevo este tercer domingo de marzo.

Ya estaban al partir. Él y Gómez han comprado la goleta “Mary” a John Poloney y éste se ha comprometido a contratar al capitán y  contramaestre que les acompañarán hasta Cuba esa semana  que comienza. El plan fracasaría por la alta suma de dinero que se les exige; pero este domingo están firmemente convencidos de que en un par de días estarán en el mar. Por eso, Martí escribe el texto capital que llamamos El Manifiesto de Montecristi y tantas cartas de organización y despedida.

El texto programático debió estarse escribiendo, o pensándose este domingo. Al día siguiente lo firman los dos grandes dirigentes, sin alteraciones y con armonía. En carta a Gonzalo de Quesada, fechada tres días después, el Maestro señala: “Del Manifiesto, complacerá a ustedes saber que luego de escrito  no ocurrió en él un solo cambio; y que sus ideas envuelven a la vez (...) el concepto actual del General Gómez, y el del Delegado”. En esta misma carta, informa a Quesada que a través de la palabra vidi –puesta en un cablegrama del 26 para él– lo está remitiendo a este documento. Por otro lado, entre aquel domingo y el miércoles, hay reproducciones  del material, por cuanto a Gonzalo se le envía una copia el día 28, con el encargo de hacerle una  urgente impresión, mientras otra  se  hará  en Santo Domingo.

También las cartas fechadas el 25 de marzo debieron andarle cortejando todo este domingo. Unas, breves,  tenían que ver con el trajinar del momento, como la escrita a Dellundé para que enviara a Montecristi, con el mismo portador –Camilo Borrero–, las últimas noticias llegadas de Cuba por esa vía.; al Brigadier  Rafael Rodríguez, encargándole de una importante misión relacionada con otra expedición posible; a Gonzalo y Benjamín, a quienes ya viene uniendo en su epistolario, dos cartas el mismo día: En una, toda la oración la hace una voz: “partimos”. Y después lo principal, a lo que va: “contribuir a ordenar la guerra de manera que lleve adentro sin traba la república”.  En la otra, la táctica con que deben actuar y una especie de revista a todo lo que se está haciendo: a lo de Costa Rica, desde donde acaso Flor, y Maceo con él, hayan salido.  Lo de Serafín, lo de Collazo, lo de Enrique Rodríguez. Y al final, todo el papel que les corresponde a los revolucionarios del exterior, para con los compatriotas que ya están en el escenario de la guerra. Después de lo inmediatamente cubano, medita en el alcance americano de esta obra, que si bien lo ha reflejado en el Manifiesto, lo amplía en carta a Federico Henríquez y Carvajal, tan excelso pensador como amigo suyo. Le habla de los complejos problemas que influyeron en las imperfecciones de la independencia de nuestros pueblos y le expresa su convicción de que las Antillas libres salvarán la independencia de nuestra América.

 Esta misión trae él a cuestas, aunque ande a rastras, con el corazón roto. En una frase para el amigo Henríquez, está el mandato de unidad con que convoca a todos: “Hagamos por sobre la mar, a sangre y a cariño, lo que por el fondo de la mar hace la cordillera de fuego andino”.    Después ordena en el corazón las despedidas más íntimas de su ser: “Madre mía: hoy 25 de marzo, en vísperas de un largo viaje, estoy pensando en Ud”.  Todavía sueña con ver un día a toda la familia a su alrededor, contentos de él. Y el adiós a las niñas, a María y a Carmita, porque ya está al partir a un largo viaje. Y tal vez allá, donde no puedan llegar las cartas, tendrá que conformarse con las noticias que de ellas puedan darle el sol y las estrellas.

Tomado de mi libro Domingos de tanta luz, disponible en Amazon o directamente con el autor escribiendo a cartayalopez@gmail.com.

miércoles, 29 de marzo de 2023

Sotero Figueroa, tan puertorriqueño como cubano

 Cuando se habla de la contribución de Puerto Rico al proceso independentista cubano en el siglo XIX, generalmente se piensa en algunas figuras que ocuparon altos cargos en el Ejército Libertador, como es el caso del general Juan Rius Rivera, el coronel  Guillermo Fernández Mascaró o el teniente coronel Modesto Tirado, por solo mencionar algunos de los más de 300 boricuas que se incorporaron a las tropas que peleaban por la libertad de Cuba.

Sin embargo, esta vez quiero referirme al periodista puertorriqueño Sotero Figueroa, quien no fue miembro de las fuerzas armadas libertadoras, pero desde Nueva York apoyó la organización del  estallido armado en Cuba bajo la conducción de José Martí, de quien fue amigo  y uno de sus más cercanos colaboradores.

Figueroa llegó a la gran urbe estadounidense en 1889, con 38 años de edad, siendo ya una figura reconocida de las luchas puertorriqueñas frente al despotismo de la metrópoli española. Nació en Ponce,  pobre y con piel mulata por su ascendencia afroamericana. Ya joven, aprendió el oficio de tipógrafo, profesión que le abrió el camino al periodismo, desde el que manifestó sus opiniones políticas a favor de cambios en el régimen de dominación española en Puerto Rico. En 1887, su nombre aparece entre los fundadores del Partido Autonomista de su  país, creyendo –como el autonomismo cubano–  que esta vía podría facilitar reformas socioeconómicas y políticas a favor de la Isla.


En 1888, escribió una obra titulada Ensayo biográfico de los que más han contribuido al progreso de Puerto Rico, de gran importancia hasta nuestra fecha para el estudio de diversas figuras que marcaron momentos significativos de la historia de su pais. Sin embargo, después de su llegada a Nueva York  se entrega a la lucha por la solución independentista que en la gran urbe estadounidense están planteando juntos cubanos y puertorriquenos. En ese movimiento, del que es José Martí el guía supremo desde la fundacion del Partido Revolucionario Cubano (PRC), Sotero ocupa  un lugar cimero, al lado del Apóstol cubano. Desde estas filas, en 1892, fue uno de los principales organizadores del Club Borinquen, el primero de varios clubes puertorriqueños que fueron integrándose al PRC, en cuyos  estatutos se incluía fomentar la independencia de la isla hermana.

Desde ese momento, Figueroa está al lado de los principales líderes del partido martiano y aunque prestó servicios importantes en toda su actuación,  es en el marco editorial donde más sobresalieron sus aportes. Desde sus primeros tiempos en Nueva York fundó la Imprenta América, donde se publicaron importantes periódicos  –El Americano y  El Porvenir, entre otros–, pero vino a ser la edición del periódico Patria, fundado por Martí el 10 de abril de 1892, donde su colaboración al proyecto independentista antillano cobró mayor relieve histórico.   Es precisamente en Patria donde Figueroa publicó su ensayo “La verdad de la historia”, donde ubica las aspiraciones emancipadoras del pueblo puertorriqueño  en el marco de la unidad antillana.

La labor de Figueroa como editor e impresor de Patria le ofrece un sitial de honor al lado de José Martí, quien lo consideró un verdadero amigo. Hay muchas cartas del cubano al ilustre puertorriqueño, pero hay dos que quiero citar.

La primera, del 12 de diciembre de 1890, porque es entre poetas. El entonces presidente de la Sociedad Literaria Hispanoamericana en Nueva York, le  escribe al puertorriqueño: “Mi amigo y  mi poeta, de seguro nos juntamos mañana y le he dicho a los pocos que se han de reunir que usted llevará versos nuevos en el bolsillo”. La otra, fechada en octubre de 1893, ofrece la profunda reflexión política que comparten: “Valgámonos a tiempo de toda nuestra virtud, para levantar, en el crucero del mundo, una república sin despotismo y sin castas”.

Después de la muerte de Martí, Figueroa se mantuvo como editor de Patria. Después de terminada la guerra, cuando Puerto Rico transita de la dependencia española a la estadounidense y en Cuba se abre el camino  al establecimiento de una pronta República, Figueroa decide vivir en la mayor de las Antillas. Fue recibido con beneplácito en el país al que tanto aportó y al crearse la Gaceta Oficial de la República fue designado su  director. Además de su trabajo en este medio, dio a conocer sus escritos en diferentes periódicos, los que tal vez un día puedan agruparse en un libro que reúna su obra. También publicó poemas y artículos dedicados a su país de origen, muchos de los cuales aparecieron en  la revista  semanal Puerto Rico Ilustrado, entre 1911 y 1915.

El 5 de octubre de 1923, a los 72 años de fructífera existencia, se extinguió la vida de Sotero Figueroa en La Habana. Sus restos descansan en la necrópolis de la ciudad, donde otros puertorriqueños también sienten la paz que envuelve el espíritu de las dos islas allegadas.

 

 

viernes, 17 de marzo de 2023

Cuba y Puerto Rico son...

 Cuando se habla de la relación entrañable entre Cuba y Puerto Rico, casi siempre se recuerdan los versos Cuba y Puerto Rico son/ de un pájaro las dos alas. Los octosílabos felices fueron escritos por una mujer que nació en Puerto Rico y murió en Cuba, por lo que, en ella, las dos islas amadas sostuvieron espiritualmente el vuelo hacia lo alto de su creación.

La poetisa Dolores Rodríguez de Astudillo y Ponce de León está inscrita entre las principales figuras de la literatura puertorriqueña. El apellido Tió vino de su esposo, porque el suyo materno –Ponce de León–, viene desde el conquistador español que en 1508 llegó por primera vez a la isla que llamó San Juan de Puerto Rico. Ella nació en San Germán, el 14 de septiembre de 1843. A los 20 años se casó con Bonocio Tió Segarra, con quien tuvo dos hijas. Pero lo que hizo trascendente a Lola fue su inclusión en las letras, vida cultural y política de su patria desde  la juventud. Su oposición declarada al gobierno español que dominaba la Isla determinó que fuera desterrada más de una vez. La primera fue a Venezuela y la segunda a Cuba, donde vivió la primera vez entre 1889 y 1895, año en que tuvo que marcharse al declarar su entusiasmo con el reinicio de la Guerra de Independencia.

Se trasladó a Nueva York, donde se insertó en el apoyo a la revolución independentista cubana y puertorriqueña, como había establecido José Martí desde la creación de un partido que también concebía la liberación de la patria natal de Lola Tió. Allí la nombraron Presidenta Honoraria del Club Rius Rivera, nombre de un comandante puertorriqueño que peleaba en la Guerra de Independencia de la mayor de las Antillas. Asimismo, entre 1895 y 1898 fue secretaria del Club Caridad, enfocado en el socorro a los combatientes cubanos y que, a su vez, fue un firme apoyo en la organización de la Cruz Roja.

En 1899, ya terminado el conflicto bélico, la poetisa regresó a La Habana, donde fue nombrada Inspectora de Escuelas Públicas.

En las primeras décadas del siglo XX, la puertorriqueña fue una figura importante en la vida cultural cubana. En 1910, la nombraron miembro de la Academia de Artes y Letras de Cuba. En 1915, visitó su Isla del Encanto, donde se le prodigó tan entusiasta recibimiento que muchos lo consideraron un acontecimiento nacional. Pero regresó a La Habana, a ese segundo país que en su corazón estaba junto a Puerto Rico. En 1924 enfermó y murió el 10 de noviembre de ese año. Su cuerpo fue enterrado en el cementerio Colón, en la capital cubana, donde  descansan sus restos.

En la obra literaria de Lola Tió, la presencia de Cuba fue muy temprana, como lo muetra su poema “La borinqueña”, dedicado al momento en que casi coinciden los dos levantamientos independentistas: el de Lares en Puerto Rico –el 23 de septiembre de 1868–,  y el de La Demajagua en Cuba, el 10 de octubre de ese año.  Su bello poema canta: “Bellísima Borinquen /a Cuba hay que seguir”.

Pero es el poema “A Cuba”, el más famoso de Tió, tal vez más conocido que ella misma, pues muchos de los que lo citan no lo  identifican con su nombre. Lo dio a conocer en 1895, al recitarlo en el Teatro Tacón de La Habana. De hecho, el poder colonial percibió el mensaje (reciben flores o balas, sobre el mismo corazón), por  lo que tuvo que abandonar la Isla.

           A Cuba

¡Cuba, Cuba, a tu ribera

llego triste y desolada,

al dejar la patria amada

donde vi la luz primera!

¡Sacude el ala ligera

la radiante inspiración,

responde mi corazón

en nobles afectos ricos,

la hija de Puerto Rico

lanza al viento su canción!

 

¡Mas las nieblas del olvido

no han de empañar los reflejos

del hogar que miro lejos

tras de los mares perdido!

 ¡Otro aquí vengo a formar

y ya no podré olvidar

que el alma llena de anhelo,

encuentra bajo este cielo

aire y luz para cantar!

 

¿Cómo no darme calor

la hermosa tierra de Tula,

donde al horizonte azula

y da a los campos color?

¿Cómo no encontrar amor,

para colmar el poeta

las ansias de su alma inquieta,

aquí, donde esplende el arte

y en abundancia reparte

las tintas de su paleta?

 

¡Nieble pléyade cubana

que entre sombras centellea!

¡Dulce musa de Zenea,

flor que se agotó temprana!

Tras de la estela lejana

mi inspiración adivina,

la figura de Cortina

que con acento vibrante

dice a tu patria: ¡Adelante!

¡No te detengas! ¡Camina!

 

Yo no me siento extranjera:

bajo este cielo cubano

cada ser es un hermano

que en mi corazón impera.

Si el cariño por do quiera

voy encontrando a mi paso,

¿Puedo imaginar acaso

que el sol no me dé en ofrenda,

un rayo de luz que encienda

los celajes de mi ocaso?

 

¡Vuestros dioses tutelares

han de ser también los míos!

Vuestras palmas, vuestros ríos

repetirán mis cantares…

Culto rindo a estos hogares

donde ni estorba ni aterra

el duro brazo que cierra

del hombre los horizontes…

¡Yo cantaré en estos montes

como cantaba en mi tierra!

 

Cuba y Puerto Rico son

de un pájaro las dos alas,

reciben flores o balas

sobre el mismo corazón…

¡Que mucho si en la ilusión

que mil tintes arrebola,

sueña la musa de Lola

con ferviente fantasía,

de esta tierra y de la mía

hacer una patria sola!

 

¡Le basta al ave una rama

para formar blando lecho;

bajo su rústico techo

es dichosa porque ama!

¡Todo el que en amor se inflama

calma en breve su hondo anhelo;

y yo plegando mi vuelo,

como el ave en la enramada,

canto feliz, Cuba amada,

tu mar, tu campo y tu cielo!

 


lunes, 27 de febrero de 2023

Conversación con el poeta Javier Campos

 No siempre las ciudades se benefician con el aumento de sus políticos, pero siempre se enriquecen cuando se les suman poetas. Por ello, los aires de la bahía de Tampa se han favorecido con la mudanza a Spring Hill del poeta Javier Campos, nacido en Chile, único país de América que cuenta con dos premios Nobel de Literatura, gracias a la grandeza de su poesía. Si Gabriela Mistral y Pablo Neruda prestigiaron su país a partir de sus versos, ahora Campos reafirma con la excelsitud de los suyos el hondo legado lírico de sus orígenes.

Antes de conversar con él, ya sabía que el escritor es profesor universitario jubilado, ha publicado varios libros en los géneros de poesía, novela, cuentos y ensayo y ha merecido diversos premios por sus letras. Asimismo, ha sido un excelente traductor al español de la obra del prestigioso poeta ruso Yevgueni Yevtushenko, de quien fue un buen amigo. Pero este introito necesario se limita a solo algunos elementos de presentación, para que sea Javier quien, al responder brevemente a nuestras interrogantes, nos hable un poco de su obra. 

¿Qué motivos impulsaron al escritor, profesor y ensayista chileno Javier Campos a mudarse a un pequeño poblado floridano llamado Spring Hill?

Fue el jubilarme de la universidad en Connecticut donde enseñaba. Podría haber seguido enseñando más tiempo, pero la pandemia motivó querer cambiar de vida. Enseñar vía online fue también motivo del cambio. Además, quería un clima cálido y más sol cada día.

Confieso que aprendí sobre la historia del tango gracias a tu libro El tango en el Río de La Plata, publicado en Buenos Aires en 2019. ¿Cómo llegó el chileno a una historia profundamente argentina?

Es una historia que, en cierta manera, y ficticiamente, está narrada en mi novela El bailador de tango (Casasola, Washington, 2018). Hace mucho tiempo deseaba aprender a bailar tango (yo ya bailaba música caribeña antes) pero el tango es otra cosa. Debes tomar clases para poder bailarlo porque el tango es un cuerpo con cuatro piernas. Es un baile caminado de dos personas abrazadas al compás de una música generalmente nostálgica. Por allí empecé a entrar en su historia, en el mundo de baile de bailarines, cantores y orquestas de tango. Además, ser académico me estimuló el deseo de saber más y querer investigar esa manifestación cultural popular que solo nace en El Río de la Plata, especialmente en Buenos Aires, Rosario y Montevideo. Los orígenes están bien explicados en ese libro que mencionas El tango en el Río de la Plata. Conversaciones con Osvaldo Natucci.  Estando en Buenos Aires, tomando clases de tango, conocí a un erudito autodidacta que tenía una información impresionante sobre el tango. Fue Osvaldo Natucci. Le propuse que todo eso que él sabía lo hiciéramos un libro. Él estuvo de acuerdo porque antes le había ofrecido una periodista hacer aquello, pero no se pudo. Entonces tuvimos una conversación que grabamos por 12 horas durante varios días en su casa de Buenos Aires. Todo eso lo transcribí, pero tuve que pasar dos veranos investigando para justificar todo eso que decía Osvaldo. Fue un trabajo doble: transcribir y a su vez hacer una investigación académica en bibliotecas, también en librerías de libros usados en Buenos Aires. Finalmente, tuve la suerte que el manuscrito fuera aceptado por una de las conocidas editoriales de BA, Corregidor, que también se ha especializado en publicaciones sobre el tango. Esto es en forma muy sintética mi respuesta a tu pregunta. Y es cierto, soy el primer chileno que escribió una historia del tango y publicado el libro en el mismísimo Buenos Aires.

Recibo en mi casa, con una copa de vino, al poeta Javier Campos

¿Cómo viviste en tu país, siendo ya un joven con inquietudes literarias, el tránsito entre el gobierno izquierdista de Salvador Allende y la dictadura militar de Augusto Pinochet?

Es una respuesta que llevaría horas conversarla, como te pasaría a ti mismo si tuvieras que explicar tu viaje desde tu Cuba a vivir en este país. Pero aquí va en forma muy sintética mi experiencia.

Para empezar, a mí, como a miles de jóvenes en América Latina, me tocó vivir la década de los 60, 70, 80, que fueron décadas muy conflictivas en el plano histórico, político, social. Los que creímos que la Revolución cubana sería la respuesta a las desigualdades en el continente. Vivimos gobiernos de derecha, supimos la presencia norteamericana en las economías latinoamericanas, las propuestas populistas, la llegada de dictaduras militares en el Cono Sur, las guerrillas centroamericanas, la caída de casi todo el socialismo real, la llegada de la globalización y con ella el mundo digital. Todo eso lo viví como miles de jóvenes desde los 15 años más o menos. Todos esos cambios fueron en cierta medida experiencias que están de alguna manera en el escritor/a de nuestro continente. O sea, yo sigo pensando que fui un pasajero que cruzó todas esas experiencias. Y lo mío no es único, yo represento a miles de artistas que vivieron lo mismo. Pasar de un gobierno de tres años que quería hacer una revolución a la “chilena”, decía Allende, a una dictadura militar represiva que quería aplastar el comunismo. Era “una guerra fría” que estaba vigente, asunto que muchos de nosotros, jóvenes idealistas en ese entonces, no entendíamos muy bien. Existió mucho el voluntarismo juvenil, y yo me incluyo, de que los países de América Latina en ese entonces debían seguir el ejemplo de una sociedad ideal o utópica que se estaba construyendo en Cuba. Pero la historia dijo otra cosa.

¿Te sientes parte de la diáspora intelectual chilena que no regresó al país después de restablecerse la democracia?

Creo que sí, porque fui parte de escritores y escritoras que vivíamos fuera y estábamos en contra de la dictadura militar. Pero no me considero un exiliado sino uno que como miles salió de su país porque no había posibilidades de crecer profesionalmente, especialmente los que nos dedicamos a las humanidades. No fui un perseguido político en mi país ni estuve preso ni fui torturado como miles que sí pasaron por situaciones horribles sólo por ser dirigentes políticos o acusados de querer llevar el país “al comunismo”, como decía Pinochet. No regresé a Chile luego de la restauración de la democracia porque ya me había doctorado aquí en EE.UU. y había conseguido trabajo de profesor en universidades de este país y porque no había lugar inmediato en universidades chilenas para los que enseñábamos literatura.

¿Qué ha significado Estados Unidos para tu vida profesional?

Debo decir y lo he dicho públicamente que este país me dio la oportunidad de estudiar en una universidad (la Universidad de Minnesota) y lograr un título de doctor que habría sido imposible en mi país bajo la dictadura. Este país fue generoso conmigo. Me ofreció becas, me dio la oportunidad a través de sus universidades de poder investigar, viajar a conferencias en distintos países. Me ofreció computadoras para escribir mis poemas y trabajos académicos, papel para imprimir esos trabajos, ayuda para publicar algún libro. Llegué   a este  país  con 40  dólares  en el bolsillo y una maleta de plástico barata con pocas cosas y algunos libros. La Universidad de Minnesota me envió los boletos de avión a Chile porque no tenía dinero y luego yo pagué esos pasajes de a poco, mes a mes. Se puede decir mucho de EE. UU., pero que las oportunidades te las da este país sí son reales. Además, la libertad de opinión y escribir lo que quieras, y puedes criticar a este gobierno también. Eso lo experimenté en mis trabajos en la universidad, en los cursos que ofrecí. Jamás ninguna universidad me censuró ni lo que publicaba ni menos los contenidos y libros y ensayos que debían leer mis estudiantes en mis cursos. Hay académicos y escritores/as, artistas latinoamericanos a los que jamás han reconocido cuánto este país les ayudó a ser lo que son académica o artísticamente.

Aunque has publicado novelas como Los saltimbanquis, El bailador de tango y La isla del fin del mundo, libros de cuentos y varios ensayos, la mayor parte de tus volúmenes atesoran poemas, género en que has merecido diversos lauros, como Premio Internacional “Juan Rulfo” de Radio Francia Internacional. ¿Cómo te salva la poesía?

Eso pensaba hace unos días. Y concluía que ­escribir poesía me ayuda a vivir sin estrés ni hacerme la vida ­complicada. Creo que la poesía me mantiene en un estado por lo general de paz interna. Pero debo aclarar qué entiendo por poesía. Para mí es ver la “otra realidad” qué hay detrás de las cosas y situaciones humanas. Es estar siempre en ese estado contemplativo porque lo que observo me lleva a otras cosas a través de conexiones que hace mi imaginación. Una vez dijo Picasso que el pasaría buen tiempo mirando volar a unas moscas. Yo hago mía esa frase del pintor. Para alguien que vea a una persona pasarse el tiempo mirando a unos gatos dormir panza arriba puede ser una pérdida de tiempo realmente o que uno puede ser medio tonto. Ese estado de contemplación es la materia prima de lo que he escrito en poesía. Y también en narrativa, yo creo. Una vez dijo Neruda que a él le gustaba “pajarear”. Otra manera de expresar lo mismo que dijo Picasso. El artista en general es contemplativo y de allí se desarrolla su imaginario y saldrá algo que se llama poesía, novela, cuento, cuadro, escultura, por ejemplo. Aunque, como dijo Octavio Paz, no todo producto artístico es necesariamente una obra de arte.

Tu traducción de la obra de Yevgueni Yevtushenko, fue una gran contribución al conocimiento de la creación  del poeta, cineasta y profesor ruso en diversos países. Además de la amistad, que es el mayor beneficio, ¿qué te aportó trabajar con sus textos?

Yo a los 16 años leí a ­Yevtushenko en un diario del partido comunista chileno, El siglo. Publicaron varios poemas. Justo una vez llegó Neruda con un joven poeta ruso a mi pueblo en el sur de Chile. Y ese poeta era el gran ­Yevgeny Yevtushenko. Y desde entonces lo leía donde pudiera encontrarlo. 40 años después en un encuentro internacional de poesía en Guatemala me dicen que está invitado el poeta Yevtushenko. No podía creerlo. Y allí nos hicimos amigos en cosa de unas horas. Era porque yo era chileno y él había sido gran amigo de Neruda y Salvador Allende. Ese mismo día me dijo: Javier, ¿te atreves a traducir al español un poema que tengo en inglés que se publicó en un libro y que quiero leer aquí en este festival en Guatemala? Yo dije inmediatamente, puedo intentarlo. Y él dijo, vamos inmediatamente a trabajar la traducción en mi hotel. Allí partimos y luego de 2 horas quedó traducido el poema que se llama en español “Libros robados”. Un poema para mí muy hermoso que forma parte de las 6 ediciones en diferentes países que luego hicimos juntos de cerca de 48 poemas traducidos por mí desde el inglés al español. Traducción que hicimos juntos pues él leía muy bien español. Fuimos amigos por 10 años hasta su muerte en 2017. Creo que fue una de las grandes amistades que tuve, y nada menos que con ese inmenso poeta querido por toda Rusia. Conversamos mucho en 10 años, aprendí mucho de lo que fue la URSS, estuve en su casa en Rusia, me atendió allí como a un hermano. Viajamos juntos a Chile, España, Cuba, Colombia, Rusia, Nicaragua.  Es algo único traducir la obra de un gran poeta trabajando con él. Creo se puede captar más el imaginario del poeta. Porque cuando estábamos trabajando de repente me comenzaba a relatar una historia conectada al poema, de allí pasaba a hablarme de su madre que tocaba el piano. O a contar unos chistes que le contaba su tío sobre Stalin. Debo decir que conservaba una memoria impresionante para su edad. Sentí mucho su muerte como si fuera un padre que nunca tuve.

En tu último libro Las sombras del amor (2022) los poemas Vieja fotografía, Nosotros los de entonces, En medio del viaje de nuestra vida y otros, ¿la nostalgia oprime al poeta, o el poeta doma la nostalgia?

Yo creo y eso está en muchos artistas, escritores/as, pintores, etc. que, a cierta edad, cuando ya sabemos que nos queda poca llama de vida, el tema del paso del tiempo viene a ser un tema en muchas obras. Así que en eso sigo esa nostalgia milenaria porque es parte de nuestra condición humana. Quizás esa situación se dé más en el artista hombre que en la artista mujer. En el poema “Nosotros los de entonces” quizá el tema no sea original, pero creo el tratamiento puede ser diferente. Es el sueño de una generación que quiso la vida utópica pero no fue posible. Y que nuevas generaciones seguirán quizás insistiendo en buscar esa vida utópica. Es una condición humana que arranca desde los comienzos de la humanidad yo creo. Los versos finales dejan abierta la posibilidad que sigamos buscando la vida sin problemas. Me acuerdo y releo ese gran poema de “Coplas por la muerte de su padre” de Jorge Manrique. Y también la bella película “El artista y la modelo” del director español Fernando Trueba. El paso implacable del tiempo.

¿Con qué mundo sueña el poeta y profesor en los atardeceres de Spring Hill?

Solo te digo que después de vivir con tanta nieve en los inviernos de Minnesota, Ohio, West Virginia, Connecticut, Nueva York, los cielos azules por casi 12 meses del año, y mucha luz y sol, estar en el noroeste de la Florida es un paraíso que nunca pensé iba a vivir. Y al lado del inmenso Golfo de México, que tanta historia tiene del Nuevo Mundo y del mundo precolombino, no puedo pedir más. Es un lugar hermoso para leer y seguir imaginando. Es cierto que al final de nuestras vidas, muchos buscan algún lugar de la naturaleza para contemplar ese misterio que es el mar, los ríos, los bosques, las montañas. 


viernes, 3 de febrero de 2023

Recordar al padre de José Martí en el 136 aniversario de su muerte

 Este 2 de febrero se cumplen 136 años de la muerte de un hombre inscrito  con agradecimiento en la historia, por haber sido el padre de uno de los seres “más puros de la raza humana”, según palabras de la poeta chilena Gabriela Mistral. Sin embargo, aunque siempre se recuerda cada 28 de enero el natalicio del hijo –José Julián Martí Pérez– no se menciona la efemérides del progenitor. Se ha escrito más de la madre, Leonor Pérez Cabrera, que de aquel buen español nacido en Valencia el 31 de octubre de 1815.

Como curiosidad para los tampeños, puede observarse que el padre de Martí nació en el lugar donde casi tres años después llegó al mundo Vicente Martínez Ybor. De aquellos dos valencianos, a uno le correspondió ser fundador de Ybor City y al otro engendrar a quien, en esta ciudad,  inició la unificación de los cubanos en aras de un proyecto que hiciera libre a su patria.

Cuando Martí abrazó a Martínez Ybor en su fábrica de tabacos, mirando sus cabellos blancos, seguramente recordó  a su padre, fallecido lejos de él casi un lustro atrás y cuyo dolor expresara a su amigo Fermín Valdéz Domínguez con palabras conmovedoras: “Mi padre acaba de morir, y gran parte de mí con él. Tú no sabes cómo llegué a quererlo luego que conocí, bajo su humilde exterior, toda la entereza y hermosura de su alma”.

Mariano de los Santos Martí Navarro

Mariano de los Santos fue hijo de Vicente Martí  Guillot y  Manuela Navarro Beltrán, un matrimonio de españoles pobres, trabajadores y honrados. No se sabe mucho sobre sus primeros años, aunque algunos historiadores sostienen que aprendió el oficio de sastre y cordelero, como su padre. De joven ingresó en el Cuerpo de Artillería de Valencia y en 1850 lo destinaron a La Habana como sargento primero en La Cabaña.

En la capital cubana conoció a la joven canaria Leonor Pérez y, el 7 de febrero de 1852, contrajeron matrimonio. El 28 de enero de 1853 recibe a su primer hijo, nombrado José Julián y en los años siguientes nacen siete hembras. Mientras crece la prole, Mariano se desempeña como artillero, después policía celador de barrio, luego capitán de partido, aunque entre uno y otro empleo padeció de temporadas dsempleado y penurias en el hogar. En uno de esos momentos viajó a España (1857) con la esposa embarazada y tres hijos –en Valencia nace María del Carmen–, pero no encuentra acomodo y regresa a La Habana.

Hay al menos dos momentos en que viajan solos el padre y el hijo: los días que, en 1862, se acompañan en Hanábana (Matanzas) y cuando viajan a Belice en 1863.

Cuando Pepe venció los primeros grados escolares, Mariano lo inclinó a un trabajo de dependiente que permitiera un ingreso más a la familia pobre. Fue una suerte que Rafael María de Mendive, admirando las cualidades de su alumno, convenciera al padre para que le permitiera seguir a la segunda enseñanza, cuyos costos él cubriría. En ese colegio, el San Pablo, estaba Martí cuando estalló en el oriente cubano la Guerra de los Diez Años. El adolescente  saludó en un poema inflamado su simpatía con la rebeldía de la Isla, mientras su padre intentaba en vano frenar el entusiasmo evidente en el hijo.  Al año siguiente, se lo encarcelan por infidencia y lo ve partir, con 16 años, con entereza de hombre hacia su destino.

Hasta entonces, el hombre de carácter firme, hosco a veces, recio ante el hijo que quiso educar sin asomo de debilidades, había sido él. Temeroso a que la más mínima delicadeza dañara el temple de hombre en que quiso educarlo, se privó de las ternezas con que pudo mimarlo. Ahora, sin embargo, el hombre fuerte era el hijo, como probó en la cárcel donde fue a verlo. La escena, descrita por Martí en El Presidio político en Cuba, no puede ser más estremecedora: “Y ¡qué día tan amargo aquel en que logró verme, y yo procuraba ocultarle las grietas de mi cuerpo, y él colocarme unas almohadillas de mi madre para evitar el roce de los grillos, y vio, al fin, un día después de haberme visto paseando en los salones de la cárcel, aquellas aberturas purulentas, aquellos miembros estrujados, aquella mezcla de sangre y polvo, de materia y fango, sobre que me hacían apoyar el cuerpo, y correr, y correr! ¡Día amarguísimo aquel! Prendido a aquella masa informe me miraba con espanto, envolvía a hurtadillas el vendaje, me volvía a mirar, y al fin, estrechando febrilmente la pierna triturada, ¡rompió a llorar! Sus lágrimas caían sobre mis llagas; yo luchaba por secar su llanto; sollozos desgarradores anudaban su voz, y en esto sonó la hora del trabajo, y un brazo rudo me arrancó de allí, y él quedó de rodillas en la tierra mojada con mi sangre, y a mí me empujaba el palo hacia el montón de cajones que nos esperaba ya para seis horas. ¡Día amarguísimo aquel!”.

Hasta esa fecha, José no había descubierto la enorme ternura del padre y no la olvidaría nunca más. Por gestiones de él y de su madre, la condena de seis años fue rebajada a seis meses, aunque condicionada al destierro. Se va a España y cuando regresa a América en 1875, en México lo estaban esperando Mariano, Leonor y sus hermanas. Había tristeza en el hogar, porque acababa de fallecer su hermana Ana. Otras dos habían fallecido pequeñas (Dolores y María del Pilar). Es él quien presenta a Manuel Mercado al hijo que llega con dos títulos universitarios de España.

 El joven Martí se abre camino en el país azteca y los padres regresan a La Habana. Mariano vuelve a verlo en 1879, cuando el hijo regresa a la Isla, ya casado y con la mujer embarazada. Esto le hace creer que se dedicará a la familia. Se equivoca. Se mezcla enseguida en una conspiración que intenta reiniciar la guerra en Cuba, es detenido y deportado otra vez a España. En 1880, llega a EE.UU. y, exceptuando unos seis meses en Venezuela ese mismo año, vive en este país hasta enero de 1895.

Si el padre  llevaba al hijo de viaje cuando éste era un niño, de hombre es el hijo quien lleva al padre a que le acompañe. Así, vemos a Mariano llegar a Nueva York con 68 años, en junio de 1883. Estuvo al lado de su ­primogénito durante un año y debió ­admirar el valor con que ­seguía entregado a la causa de la ­independencia de su país, ocupando altas responsabilidades en ese empeño. También pudo estar en el cuarto cumpleaños de su nieto Pepito y apreciar el prestigio de su hijo como escritor.

No volvió a ver al hijo amado. Al regresar a Cuba, el 18 de junio de 1884, fue a vivir con su hija Amelia, porque las relaciones con Leonor no andaban bien. Hay una hermosa carta de Martí a su hermana, donde le dice: “Ese anciano es una magnífica figura. Endúlcenle la vida. Sonrían de sus vejeces. Él nunca ha sido viejo para amar”. Cuando José García, el esposo de Amelia, dio al hijo ausente la noticia de la muerte del padre, éste le respondió desde Nueva York, como a un hermano:  

“¡No he podido pagar a mi padre mi deuda en la vida! Ya ¿dónde se la podré pagar? No es que haya muerto lo que me entristece, sino que haya muerto antes de que yo pudiera pregonar la hermosura silenciosa de su carácter, y darle pruebas públicas y grandes de mi veneración y de mi cariño. Pero ¿qué falta le hice, si lo tenía a Vd.? Juntos, José, Vd. y yo, iremos a visitarlo algún día”.

Pero el hijo no pudo cumplir la promesa que hiciera al cuñado de ir juntos un día a su tumba, pues la muerte lo alcanzó en Dos Ríos, sin poder volver a su Habana.