jueves, 25 de mayo de 2023

El dramático sepelio de José Martí

 El hondo dramatismo que acompañó a José Martí en su corta vida, le siguió persiguiendo en los primeros días de su muerte, hasta el instante en que, ocho días después, su cadáver encontró reposo en una tumba sencilla del cementerio Santa Efigenia, en Santiago de Cuba.

En las primeras horas de la tarde del 19 de mayo, cayó  en Dos Ríos de su caballo Baconao, cuando tres balas  alcanzaron su cuerpo. Dos de ellas fueron fatales: una le rompió el tórax y otra, entrando por la garganta, le cruzó la boca y salió por el labio superior. Por ello, resulta poco creíble la declaración del cubano Antonio Oliva de haberle rematado, esperando un premio del gobierno español. Más atendible es la afirmación que hicieron los capitanes españoles Fernando Iglesias y Antonio Serra, participantes en aquella fatídica escaramuza militar, al afirmar que el Apóstol cubano recibió los disparos encima de su montura, declaración publicada el 23 de mayo de 1895 por los periódicos La Discusión y El Diario de la Marina.

Fotografia tomada al cadáver de José Martí el 27 de mayo de 1895,
antes de su entierro en el cementerio Santa Efigenia, en Santiago de Cuba

Puede ser que Oliva, quien servía de práctico a la tropa del coronel José Jiménez Sandoval, fuera uno de los primeros en arribar a la tierra donde aún estaba caliente la sangre de Martí, junto al primer grupo de soldados que, al identificar el rostro del caído, comenzaron a recoger sus pertenencias. Entonces llegó el Coronel que comandaba la tropa y, ante la significación del hecho –el cadáver pertenecía a quien llamaban Presidente–, decidió salir a marcha forzada con aquel trofeo, antes de que las fuerzas cubanas intentaran recuperarlo.

Para ello, el primer paso fue amarrar el cadáver sobre un caballo, con las piernas a un lado y el rostro ensangrentado hacia el otro, para huir en la tarde ennegrecida de nubes, tanto de una posible embestida mambisa como del inminente aguacero. Ya de noche, después que la lluvia lavó las heridas abiertas en el cuerpo del mártir, llegó la tropa al poblado de Remanganaguas. Mientras los oficiales y soldados españoles dormían unas horas, protegidos por la debida guardia, el difunto continuó amarrado al caballo. En la mañana del día 20, antes de proseguir la marcha, le enterraron junto a un soldado español caído en el mismo combate, sin consideración alguna, en la tierra pelada.

Entonces, la tropa de Sandoval se dirigió a Santiago de Cuba e informó al alto mando todo lo acontecido. Sin embargo, el capitán general de la Isla, Arsenio Martínez Campos, quien se dirigió de inmediato a la capital oriental, no aprobó aquel entierro sin reunir todos los datos probatorios acerca de la muerte del principal líder político de los independentistas cubanos. Por ello, envió hasta Remanganaguas otra tropa, bajo el mando del coronel Manuel Michelena, acompañado del médico forense Pablo de Valencia y Forns, quien debía exhumar los restos de Martí. Se hizo el día 23 y el médico escribió un informe con todos los detalles de la fisonomía del Apóstol, emitiendo un dictamen profesional sobre su identidad y fallecimiento.

Para el traslado del cadáver hacia Santiago de Cuba, se pidió a un carpintero de la zona construir un ataúd de madera. Pude conocer los testimonios de ese hombre llamado Jaime Sánchez por su biznieto del mismo nombre, uno de mis amigos tempranamente fallecido. Este escribió un extenso artículo con todas las grabaciones que hizo a su antecesor, bajo el título “Yo extraje el cadáver de José Martí”. En una parte del testimonio, Sánchez declara: “Serían más o menos las cuatro de la tarde de ese día 23, y nunca podré olvidar aquellas imágenes, ni tampoco el mal olor de la carne putrefacta ya. Estábamos presentes el doctor Valencia, su ayudante y yo; extrajimos los cadáveres de Martí y el sargento enterrado en la misma fosa, estando el Apóstol al fondo. Tendimos el cadáver de Martí encima de unas tablas al aire libre. Gran impacto tuve al ver con mis propios ojos las heridas de balas con sangre coagulada en el pecho, las piernas y cuello”. Cuentan que una anciana se acercó al rostro extinto y exclamó: “Parece Cristo”.

El día 24, el ataúd con el cuerpo del Maestro –excepto el corazón y las vísceras que fueron devueltos a la primera tumba– fue amarrado a un mulo, en el que la tropa de Michelena inicia su traslado hacia Santiago de Cuba. La noche del 24 descansaron cerca de Palma Soriano y la del 25 en San Luis, desde donde continuaron el 26 en un convoy ferroviario fuertemente custodiado. Ese día, al oscurecer, llegaron a la capital oriental.  Durante la noche y con la mayor discreción, le trasladaron a la necrópolis de la ciudad y sobre una parihuela, en el centro de la capilla, depositaron sus restos mortales.

Los familiares y amigos de Martí no estuvieron presentes, pero sus restos fueron tratados con respeto por las autoridades españolas. El propio Sandoval dijo unas palabras de duelo y merece destacarse la actitud de los militares ibéricos Juan Salcedo, comandante general de Oriente, y  Jorge Garrich, gobernador militar de la plaza, quienes pagaron los gastos del entierro. Así, el 27 de mayo de 1895 encontró descanso, en el nicho 134 de la galería sur del cementerio Santa Efigenia, el cuerpo inánime del hombre que en el Liceo Cubano de Ybor City invitara a los cubanos a conquistar una patria “con todos y para el bien de todos”.

 

 

 

viernes, 19 de mayo de 2023

Con Tony Jannus, el primer vuelo de avión sobre la bahía de Tampa

 Si en cualquier calle de la bahía de Tampa se le preguntara a alguien por Tony Jannus, seguramente contestaría que no lo conoce. Pero si acudimos al ducho Google, cada vez más requerido, este nos ­informará que “fue uno de los primeros pilotos estadounidenses cuyas hazañas aéreas fueron ampliamente publicitadas en el período de aviación anterior a la Primera Guerra Mundial”. Con ello, ubicamos su oficio y época y, si seguimos leyendo, nos enteramos de las muchas hazañas que aquel pionero de la aviación realizó.

A la derecha, el piloto Antony Jannus y a su lado el exalcalde
 de Sain Petersburg, Abram C. Phiel. 

Sin embargo, la motivación para estas líneas viene de la implicación de la bahía de Tampa en la historia primigenia de la aviación,  medio de transporte que en un poco más de cien años, en un proceso  continuo de modernización, permite que millones de personas viajen cada día por el espacio aéreo, de ciudad en ciudad, de continente en continente.

Por eso recurrimos a los datos biográficos de Janus, porque a él correspondió, el  1.° de enero de 1914, transportar al primer pasajero aéreo de la historia. Se trataba de que Abram C. Pheil, exalcalde de Saint Petersburg, quien, mediante la adquisición  de un boleto exclusivo,  subió a un aeroplano  en su ciudad para sobrevolar 35 kilómetros de la ancha bahía y aterrizar feliz en una pista de Tampa.  A su lado, el piloto Tony Jannus sonrió, sabiendo que su nombre, como el del   pequeño hidroavión diseñado por Thomas Benoist y construido en Saint Louis, Missouri, entraban en la historia de la aviación. 

Antony H. Jannus

El 17 de diciembre de 1903, fue el primer vuelo tripulado, cuando los hermanos Wilbur y Orville Wright hicieron volar  un vehículo de motor que pesaba más que el aire. El 25 de julio de 1909, el piloto Louis Bleriot atravesó el Canal de la Mancha, pero el primer vuelo comercial del mundo correspondió al espacio que une a las dos hermosas ciudades de  la bahía de Tampa. El boleto privilegiado, donde solo cabía un pasajero, debió ser tan codiciado como el que obtuvo el acompañante de Jeff Bezos para viajar al espacio a bordo del Blue Origin. Es verdad que la subasta para el asiento disponible al lado del dueño de Amazón comenzó por 8 millones de dólares, mientras terminó en 400 la que ganó el alcalde petersburgués, aunque esos 4 dígitos eran entonces una millonada.

Aquel jueves, día de Año Nuevo, al aeródromo de Saint Petersburg acudió una multitud de más de tres mil personas que, entre vítores y aplausos, se emocionaron al ver elevarse a aquel pájaro de hierro que transportaba al prestigioso exalcalde,  a cuya posteridad sirvió más la epopeya aérea que la propia labor en la alcaldía que dirigió entre 1912 y 1913.

De los dos hombres implicados en la histórica acción, es bueno destacar que Antony Habersack Jannus fue un valioso pionero de la aviación procedente de Washington, D.C. En 1910, con 21 años y siendo mecánico de motores de barco, se entusiasmó al saber de los primeros aeroplanos. En 1911,  fue el primer piloto en volar el Lord Baltimore II, un avión anfibio construido en esa ciudad. Desde entonces, fue piloto de prueba del constructor Thomas W. Benoist, en St. Louis,  firma del avión que hizo el vuelo sobre la bahía de Tampa. Después de aquel suceso histórico, Jannus  comenzó a trabajar con el fabricante de hidroaviones Glenn Curtiss, quien lo llevó a Rusia a entrenar pilotos. Allí falleció, en 1916, al caer el avión del heroico estadounidense en las aguas del mar Negro.

Pero otras aguas, las de la bahía de Tampa, rinden homenaje al piloto que inauguró sobre ellas la aviación comercial. Existe una réplica de su avión en el Museo de Historia de Saint Petersburg y otra en un área del Aeropuerto Internacional de esa ciudad. Asimismo, se instauró desde 1964 el premio Tony Jannus Distinguished Aviation Society. Y en una amplia sala de conciertos al aire libre, muy cerca de donde ocurrió el célebre vuelo, las voces extendidas al espacio aeronáutico elevan el nombre de Jannus al concierto inmortal de la vida.

 

 


viernes, 12 de mayo de 2023

Feliz Día de las Madres

 Madre hay una en el mundo, dice la voz popular, sintetizando la sabiduría milenaria que guarda la memoria de la humanidad. Para cada uno, la mujer a quien debe la vida es la mejor madre del mundo, única vez que el calificativo se desviste de egolatría por la fuerza del corazón.

Múltiples refranes aluden a la madre como máxima expresión de la grandeza humana, hasta el extremo de concederle una exclusividad que relega al padre a un inmediato segundo plano. Uno de ellos se le atribuye a Lao Tse, considerado desde la antigüedad padre del pensamiento chino. Para el filósofo oriental “el padre y el hijo son dos. La madre y el hijo son uno”, remitiendo a la inseparabilidad del sentimiento que les enlaza.

Aunque en el acto de la procreación intervienen el hombre y la mujer –padre y madre–, la relevancia materna se aviva porque de su vientre venimos, a lo que se suma la ternura natural de la lactancia, el infinito amor de su mirada, el femenil arrullo y la sonrisa única al abrazar a la criatura que, como una diosa, ampara entre sus brazos. En ese gesto inigualable de los labios maternos debió pensar León Tolstoi para afirmar: “El niño reconoce a la Madre por la sonrisa”. Madre, así, con mayúscula, asumiendo el nombre propio que a cada hijo corresponde.

Juana Enedina López Quesada, mujer que,
 plena de amor, me trajo al mundo.

La gratitud hacia la madre alcanza a toda la existencia, no solo a la niñez en que es su primera protectora. A diferencia del reino animal, en que el instinto guía el cuidado del hijo hasta que puede valerse por sí mismo, en los seres humanos el celo materno nos acompaña mientras viva la mujer que nos trajo a la luz. Así lo sintió Abraham Lincoln, quien confesó: “Todo lo que soy, o espero ser, se lo debo a la angelical solicitud de mi madre”, mujer que falleció mucho antes de él convertirse en presidente de Estados Unidos.

El cariño hacia la madre hace exclusivo el concepto de hermosura. “Mi madre fue la mujer más bella que conocí”, escribió Jacinto Benavente, el dramaturgo y poeta español que obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1922. En la evaluación, nunca desmedida, no intercede el color de la piel, los rasgos del semblante u otros atributos de la fisonomía, sino esa mirada desde el corazón que siempre ofrece el más fiel e imperecedero amor. Por ello, cada persona lleva su propia verdad cuando repite la frase de Benavente.

Yo tengo muchas formas de recordar a mi madre, la mujer más hermosa del mundo. Hay diversos gestos suyos que con frecuencia ocupan mi mente, entre ellos su acento único al achicar mi nombre, o su risa para celebrarme cualquier ocurrencia. Pero hay una frase suya, siempre en diminutivo, que constantemente viene a mi memoria, arropada en su rostro bondadoso. Es una expresión asociada a los alimentos, fuera en el desayuno, el almuerzo, la comida o una simple merienda. Ella siempre se detenía un momento a mi lado –o ante mis tres hermanos, claro– para inquirir “¿otro poquito?”.

Cuando éramos muy pequeños no nos percatábamos de que ese “otro poquito” disminuía excesivamente su propia ración de alimento, como no entendíamos que prefiriera un ala del pollo y, en casos extremos, hasta una patica. Después, cuando crecimos y no podía engañarnos, inventó lo de estar muy llena o, incluso, que le hacía daño algún comestible que, inmediatamente, nos miraba ingerir con delicia. ¿Quién sabe cuántas veces se privó de alimentos que le gustaban para que los hijos pudieran disfrutarlos? ¡Cómo no decir, entonces, que fue la mejor madre del mundo!

Cuando somos hombres, no siempre hablamos bastante de nuestra madre. A veces hablamos más de una novia, de una mujer que amamos, o de una hija. Pero mi amigo Leonardo Venta me habla más de su madre que de ninguna otra mujer.  Por eso quiero recordar, con su permiso, una anécdota que me relatara conmovido. Llevaba muchos años sin verla cuando logró traerla de visita a Estados Unidos. Fueron unos días como de fiesta, mirándola y mimándola como a una novia. El día en que ella regresó a Cuba, iba vestida como una princesa cuando él la miró perderse en el aeropuerto, sin atinar a mantener en las manos el enorme equipaje con los regalos que llevaba a la familia. El hijo, sin poder acompañarla al rebasar el espacio exclusivo de los viajeros, o guiarla, o besarla otra vez, se quedó solo, infinitamente solo, y, mirándola por última vez, volvió a llorar. 

 

 

 

 

jueves, 27 de abril de 2023

Juan de Miralles, un español entre los padres fundadores de Estados Unidos

 El 30 de abril de 1780, murió Juan de Miralles y Trayllon en Nueva Jersey, Estados Unidos. Ahora, a 243 años de su desaparición física, hablamos de él. ¿Quién fue aquel valiente español que trascendió su tiempo para permanecer en la memoria agradecida?

Miralles nació en Alicante en 1713 y, como tantos españoles, se embarcó a Cuba en plena juventud. En la década de 1740 se había convertido en un próspero comerciante, especialmente ocupado en el comercio desde La Habana con las Trece Colonias de Norteamérica. En esa actividad se encontraba cuando se inició la Guerra  de  Independencia de Estados unidos, en la que se inserta prestando valiosos servicios a las fuerzas libertadoras comandadas por George Washington.


Los primeros servicios prestados por Miralles a los independentistas norteamericanos se relacionan con el frente de inteligencia, formando un servicio secreto que ofrecía información a los sublevados contra la corona británica.  Su labor comercial entre La Habana, Nueva Orleans, Florida, Filadelfia, Nueva York y Boston   le permitieron formar un servicio secreto que se extendía a todos los dominios británicos en el Caribe.

 La importante colaboración de Miralles al movimiento independentista le llevó a relacionarse con Washington, convirtiéndose no solo en un eficiente colaborador suyo,  sino también en un verdadero amigo de quien sería el primer presidente de Estados Unidos.  Sus grandes contribuciones  no se limitaron a los servicios de inteligencia, sino también a facilitar  abastecimientos a las tropas insurrectas, haciéndoles llegar o gestionándoles municiones,  medicinas y vestimenta, las que se enviaban fundamentalmente a través de la ciudad española de Nueva Orleáns.

En la labor de Miralles se expresaba también el apoyo de España a la independencia estadounidense, como se  aprecia con su nombramiento, en 1778, como representante y observador en Estados Unidos de la Corte borbónica entonces regida por Carlos III.

Se considera que el apoyo económico gestionado por Miralles a la causa de la independencia de este país, con ayuda de comerciantes cubanos y españoles, sobrepasa los 300 millones de dólares. Cuando, en medio del conflicto armado, España declara finalmente  la guerra a Inglaterra,  el 3 de septiembre de 1879, Miralles se dirige a la localidad de Morristown, en Nueva Jersey, donde entonces radicaba George Washington. Allí llegó enfermo, dañando el mal tiempo  sus pulmones cansados. Fue atendido con esmero por la propia esposa de Washington y su médico, pero nada pudo impedir que una pulmonía detuviera su corazón la tarde fría del 30 de abril de 1780.

Al heroico español se le ofreció un funeral militar donde participaron  grandes líderes de aquella gesta.  En camino a la tumba que le fue destinada –al lado de la iglesia de Morristown–, el féretro fue cargado por oficiales en uniforme, con los honores que se le rinde a un héroe de la patria.  George Washington, emocionado expresó: “Con el mayor placer hice todo lo que un amigo podría hacer por él durante su enfermedad. Debe ser de algún consuelo a sus familiares saber que en este país se le estimaba universalmente y del mismo modo será lamentada su muerte”.

Con sobrada razón, el historiador  Salvador Larrúa Guedes, al escribir un libro sobre el insigne español que contribuye a su (re)conocimiento, lo tituló Juan de Miralles: biografía de un padre fundador de los Estados Unidos. El autor cubano le hace justicia, porque así debe inscribirse su nombre en la pléyade de los libertadores, como un padre, un fundador.

viernes, 14 de abril de 2023

Abraham Lincoln, un mensaje a los 158 años de su muerte

 En los últimos años, se ha producido en Estados Unidos una polarización desmedida entre los dos partidos que históricamente han gobernado la política de una nación considerada el ejemplo mundial de la democracia.

Hoy, para muchos, el partido al que pertenecen y defienden acríticamente está por encima de los intereses del país secularmente bipartidista. Para ciertos demócratas el fulgor estadounidense proviene de su ejecutoria, actitud que se repite en el bando republicano. Sin embargo, en la evolución del país hay ejemplos positivos y negativos en ambas administraciones, bien con un presidente esclarecido que ha jugado un papel relevante o un estadista mediocre cuyo nombre apenas se recuerda.

Si nos fijamos en el siglo XX, apreciamos la sabiduría con que el presidente demócrata Franklin Delano Roosevelt condujo el gobierno, primero en la recuperación de una economía devastada por la profunda crisis iniciada en la década de 1920 y luego en el curso de la Segunda Guerra Mundial. Asimismo, sentimos respeto por el papel del republicano Ronald Reagan, con visibles logros económicos durante su presidencia. Podríamos mencionar diversos liderazgos que desde uno u otro partido han empujado el país hacia adelante, nacional e internacionalmente.


Sin embargo, este 14 de abril, fecha en que hace 158 fue asesinado el presidente Abraham Lincoln, preferimos recordar su figura porque, siendo republicano, permanece en la memoria y respeto de toda la nación, más allá del partido al que se esté afiliado. Asimismo, porque el ejemplo de aquel extraordinario político puede contribuir a entender que el deber de quienes ocupan cargos en el gobierno es defender la nación –no el partido o una figura– por encima de cualquier otra consideración.

Nunca el país estuvo tan dividido como en medio de la Guerra Civil (1861-1865), cuando le correspondió a Lincoln la presidencia de Estados Unidos. Si bien el centro del conflicto estuvo entre los que defendían la abolición de la esclavitud frente a quienes se empeñaban en mantenerla, diversas contradicciones e intereses se manifestaron en ella, discutiéndose incluso el tipo de gobierno que debía prevalecer (confederado o no) y el cumplimiento de una Declaración de Independencia, cuyos postulados de libertad y derechos ciudadanos se contradecían con la existencia de la esclavitud.

Cuando Abraham Lincoln   prometió que libraría a todos los territorios estadounidenses de la esclavitud, siete estados esclavistas del sur se separaron y formaron una nueva nación –los Estados Confederados de América–, pero el Presidente se negó a reconocer la legitimidad de la secesión. Ello costó cuatro años de sangrientas batallas y la muerte de unos 700 mil estadounidenses, pero fue abolida la indignante legislación que permitía que unos hombres fueran esclavos de otros y se mantuvo el tipo de gobierno que ha logrado que el país se llame Estados Unidos. En la imagen de Abraham Lincoln, que de leñador se convirtió en abogado y después en el 16.° Presidente de Estados Unidos, se identifican los rostros anónimos de los que murieron defendiendo sus ideas, en el concepto más amplio de la libertad y la democracia.

El 9 de abril de 1865, las tropas confederadas del general Rober E. Lee se rindieron en Virginia a las del general Ulises Grant, subordinado a Lincoln, con lo que se abría el camino al fin de la Guerra Civil y a la proclamación del fin de la esclavitud.

El Presidente estuvo feliz con la noticia y cinco días después decidió ir al teatro Ford junto a su esposa, Mary Todd, a disfrutar de la obra Our American Cousin, de Tom Taylor. Sin embargo,  un hombre malvado  que prefería ver como esclavos a los descendientes de África (un tal  John Wilkes Booth, análogo a los racistas de todos los tiempos), representando el odio de sus equivalentes,  entró a la sala teatral y, por la  espalda –como hacen los cobardes y traidores–, disparó un revólver al digno cráneo de 66 años que albergó el sueño cumplido de abolir la esclavitud para que todos los ciudadanos fueran libres.

Pero en el ejemplar Presidente de Estados Unidos seguimos viendo, más que a un republicano o un demócrata, el modelo supremo de un político que puso a la nación, con todos sus ciudadanos, por encima de los intereses personales o partidistas. Con su obra abrió un camino luminoso –aunque doloroso, como todo parto– para el futuro democrático de la nación.

Cuentan que hacia 1832 un religioso llamado José Smith tuvo la revelación de que se acercaba un cruento conflicto armado entre el norte y el sur de Estados Unidos. La profecía fue cumplida 30 años después. Ahora, alarmados ante las amenazas de grupos extremistas que claman por un líder providencial, algunos han dicho que podría estallar otra guerra civil. No lo creo, son otros los tiempos y los Nostradamus de hoy prefieren pronosticar un futuro de paz y armonía en el planeta, impulsados con el brillo de hombres como ­Abraham ­Lincoln.

 

 

lunes, 3 de abril de 2023

José Martí, el 24 de marzo de 1895: Voy con la justicia

 Como ya todas las cosas parecían arregladas para salir, José Martí puede estrenar un nuevo traje, sencillo y limpio como él, para que lo acompañe en la naturaleza que lo aguarda. Nunca se ocupó mucho de su vestimenta, pero en el último tiempo, con su continuo viajar, se le había deteriorado demasiado la escasa que tenía. El exceso de gastos de indumentaria lo creyó una de las superficialidades mayores de la vanidad humana. Dijo alguna vez que la mucha tienda significaba poca alma y que el que lleva mucho por dentro, necesita poco por fuera. Bastante tenía él por dentro, pero, de todos modos, era imprescindible llevar  algo por fuera,  se dejó guiar de los pasos de Máximo Gómez a las puertas de una sastrería.

En el camino hacia ella, tal vez cayera en cuenta de lo pobre que iba: los zapatos   fueron remendados hace unos días en Santiago de los Caballeros, el saco que trae se ha ido decolorando y el sombrero de castor es de los más baratos. Para el viaje reciente a Cabo Haitiano llevó una capa de Gómez, más para ampararse del frío que de la lluvia y también del General “unos pantalones muy cariñosos y ya amados”.    En  el camino, un médico cubano  –Salcedo–, “porque me oye decir que vengo con los pantalones deshechos, me trae los mejores suyos, de dril fino azul, con un remiendo honroso”. Hacía  dos  semanas  que  Gómez, pensando en el posible viaje a la capital, se lo había presentado  así: “Allá va Martí, con su cabeza desgreñada, sus pantalones raídos, pero con su corazón fuerte y entero”. 

Gómez debió decirle que pensara un poco en su persona y que hiciera una buena selección del modelo, aunque las telas fueran  modestas. El sastre, Ramón Almonte, les abrió las puertas con una mirada avivada por el presentimiento de que iba a coser un traje para la historia americana.  El color escogido fue un azul fuerte, tanto para el pantalón como para la chamarreta. Almonte, conversando, anota las medidas. Para el saco, 76 cm de largo, 45 de hombro y  82 la manga, por fuera. El pantalón, 80 de cintura, 102 de largo.  Hasta que, al fin, logra liberarse de la cinta para estrenar un traje nuevo este tercer domingo de marzo.

Ya estaban al partir. Él y Gómez han comprado la goleta “Mary” a John Poloney y éste se ha comprometido a contratar al capitán y  contramaestre que les acompañarán hasta Cuba esa semana  que comienza. El plan fracasaría por la alta suma de dinero que se les exige; pero este domingo están firmemente convencidos de que en un par de días estarán en el mar. Por eso, Martí escribe el texto capital que llamamos El Manifiesto de Montecristi y tantas cartas de organización y despedida.

El texto programático debió estarse escribiendo, o pensándose este domingo. Al día siguiente lo firman los dos grandes dirigentes, sin alteraciones y con armonía. En carta a Gonzalo de Quesada, fechada tres días después, el Maestro señala: “Del Manifiesto, complacerá a ustedes saber que luego de escrito  no ocurrió en él un solo cambio; y que sus ideas envuelven a la vez (...) el concepto actual del General Gómez, y el del Delegado”. En esta misma carta, informa a Quesada que a través de la palabra vidi –puesta en un cablegrama del 26 para él– lo está remitiendo a este documento. Por otro lado, entre aquel domingo y el miércoles, hay reproducciones  del material, por cuanto a Gonzalo se le envía una copia el día 28, con el encargo de hacerle una  urgente impresión, mientras otra  se  hará  en Santo Domingo.

También las cartas fechadas el 25 de marzo debieron andarle cortejando todo este domingo. Unas, breves,  tenían que ver con el trajinar del momento, como la escrita a Dellundé para que enviara a Montecristi, con el mismo portador –Camilo Borrero–, las últimas noticias llegadas de Cuba por esa vía.; al Brigadier  Rafael Rodríguez, encargándole de una importante misión relacionada con otra expedición posible; a Gonzalo y Benjamín, a quienes ya viene uniendo en su epistolario, dos cartas el mismo día: En una, toda la oración la hace una voz: “partimos”. Y después lo principal, a lo que va: “contribuir a ordenar la guerra de manera que lleve adentro sin traba la república”.  En la otra, la táctica con que deben actuar y una especie de revista a todo lo que se está haciendo: a lo de Costa Rica, desde donde acaso Flor, y Maceo con él, hayan salido.  Lo de Serafín, lo de Collazo, lo de Enrique Rodríguez. Y al final, todo el papel que les corresponde a los revolucionarios del exterior, para con los compatriotas que ya están en el escenario de la guerra. Después de lo inmediatamente cubano, medita en el alcance americano de esta obra, que si bien lo ha reflejado en el Manifiesto, lo amplía en carta a Federico Henríquez y Carvajal, tan excelso pensador como amigo suyo. Le habla de los complejos problemas que influyeron en las imperfecciones de la independencia de nuestros pueblos y le expresa su convicción de que las Antillas libres salvarán la independencia de nuestra América.

 Esta misión trae él a cuestas, aunque ande a rastras, con el corazón roto. En una frase para el amigo Henríquez, está el mandato de unidad con que convoca a todos: “Hagamos por sobre la mar, a sangre y a cariño, lo que por el fondo de la mar hace la cordillera de fuego andino”.    Después ordena en el corazón las despedidas más íntimas de su ser: “Madre mía: hoy 25 de marzo, en vísperas de un largo viaje, estoy pensando en Ud”.  Todavía sueña con ver un día a toda la familia a su alrededor, contentos de él. Y el adiós a las niñas, a María y a Carmita, porque ya está al partir a un largo viaje. Y tal vez allá, donde no puedan llegar las cartas, tendrá que conformarse con las noticias que de ellas puedan darle el sol y las estrellas.

Tomado de mi libro Domingos de tanta luz, disponible en Amazon o directamente con el autor escribiendo a cartayalopez@gmail.com.

miércoles, 29 de marzo de 2023

Sotero Figueroa, tan puertorriqueño como cubano

 Cuando se habla de la contribución de Puerto Rico al proceso independentista cubano en el siglo XIX, generalmente se piensa en algunas figuras que ocuparon altos cargos en el Ejército Libertador, como es el caso del general Juan Rius Rivera, el coronel  Guillermo Fernández Mascaró o el teniente coronel Modesto Tirado, por solo mencionar algunos de los más de 300 boricuas que se incorporaron a las tropas que peleaban por la libertad de Cuba.

Sin embargo, esta vez quiero referirme al periodista puertorriqueño Sotero Figueroa, quien no fue miembro de las fuerzas armadas libertadoras, pero desde Nueva York apoyó la organización del  estallido armado en Cuba bajo la conducción de José Martí, de quien fue amigo  y uno de sus más cercanos colaboradores.

Figueroa llegó a la gran urbe estadounidense en 1889, con 38 años de edad, siendo ya una figura reconocida de las luchas puertorriqueñas frente al despotismo de la metrópoli española. Nació en Ponce,  pobre y con piel mulata por su ascendencia afroamericana. Ya joven, aprendió el oficio de tipógrafo, profesión que le abrió el camino al periodismo, desde el que manifestó sus opiniones políticas a favor de cambios en el régimen de dominación española en Puerto Rico. En 1887, su nombre aparece entre los fundadores del Partido Autonomista de su  país, creyendo –como el autonomismo cubano–  que esta vía podría facilitar reformas socioeconómicas y políticas a favor de la Isla.


En 1888, escribió una obra titulada Ensayo biográfico de los que más han contribuido al progreso de Puerto Rico, de gran importancia hasta nuestra fecha para el estudio de diversas figuras que marcaron momentos significativos de la historia de su pais. Sin embargo, después de su llegada a Nueva York  se entrega a la lucha por la solución independentista que en la gran urbe estadounidense están planteando juntos cubanos y puertorriquenos. En ese movimiento, del que es José Martí el guía supremo desde la fundacion del Partido Revolucionario Cubano (PRC), Sotero ocupa  un lugar cimero, al lado del Apóstol cubano. Desde estas filas, en 1892, fue uno de los principales organizadores del Club Borinquen, el primero de varios clubes puertorriqueños que fueron integrándose al PRC, en cuyos  estatutos se incluía fomentar la independencia de la isla hermana.

Desde ese momento, Figueroa está al lado de los principales líderes del partido martiano y aunque prestó servicios importantes en toda su actuación,  es en el marco editorial donde más sobresalieron sus aportes. Desde sus primeros tiempos en Nueva York fundó la Imprenta América, donde se publicaron importantes periódicos  –El Americano y  El Porvenir, entre otros–, pero vino a ser la edición del periódico Patria, fundado por Martí el 10 de abril de 1892, donde su colaboración al proyecto independentista antillano cobró mayor relieve histórico.   Es precisamente en Patria donde Figueroa publicó su ensayo “La verdad de la historia”, donde ubica las aspiraciones emancipadoras del pueblo puertorriqueño  en el marco de la unidad antillana.

La labor de Figueroa como editor e impresor de Patria le ofrece un sitial de honor al lado de José Martí, quien lo consideró un verdadero amigo. Hay muchas cartas del cubano al ilustre puertorriqueño, pero hay dos que quiero citar.

La primera, del 12 de diciembre de 1890, porque es entre poetas. El entonces presidente de la Sociedad Literaria Hispanoamericana en Nueva York, le  escribe al puertorriqueño: “Mi amigo y  mi poeta, de seguro nos juntamos mañana y le he dicho a los pocos que se han de reunir que usted llevará versos nuevos en el bolsillo”. La otra, fechada en octubre de 1893, ofrece la profunda reflexión política que comparten: “Valgámonos a tiempo de toda nuestra virtud, para levantar, en el crucero del mundo, una república sin despotismo y sin castas”.

Después de la muerte de Martí, Figueroa se mantuvo como editor de Patria. Después de terminada la guerra, cuando Puerto Rico transita de la dependencia española a la estadounidense y en Cuba se abre el camino  al establecimiento de una pronta República, Figueroa decide vivir en la mayor de las Antillas. Fue recibido con beneplácito en el país al que tanto aportó y al crearse la Gaceta Oficial de la República fue designado su  director. Además de su trabajo en este medio, dio a conocer sus escritos en diferentes periódicos, los que tal vez un día puedan agruparse en un libro que reúna su obra. También publicó poemas y artículos dedicados a su país de origen, muchos de los cuales aparecieron en  la revista  semanal Puerto Rico Ilustrado, entre 1911 y 1915.

El 5 de octubre de 1923, a los 72 años de fructífera existencia, se extinguió la vida de Sotero Figueroa en La Habana. Sus restos descansan en la necrópolis de la ciudad, donde otros puertorriqueños también sienten la paz que envuelve el espíritu de las dos islas allegadas.