jueves, 13 de septiembre de 2018

Gabino Gutiérrez, el primer constructor de Ybor City


En el marco de celebración del segundo centenario de Vicente Martínez Ybor (1818-2018) –entre cuyos actos se destacó el celebrado en el Museo de Ybor City el pasado 7 de septiembre–,  es oportuno recordar a los grandes paladines que le acompañaron en la obra de crear una ciudad nueva, en la que no sólo se destaca el vigor económico que le imprimió la industria tabacalera, sino la fundación de escuelas, mercados, hospitales, iglesias, teatros y  toda la superestructura que  requiere un núcleo urbano moderno.
En ese empeño, un reconocimiento hay que hacer a quien tuvo el privilegio de medir, diseñar, encuadrar y decidir el rumbo de sus calles y edificaciones. En lo que iba a ser Ybor City, ese mérito corresponde a Gabino Gutiérrez, un español,  hijo de Cantabria, que es el primero en indicar a su amigo Vicente que existía un espléndido lugar en Florida donde trasladar su fábrica de tabacos.
Un día de 1885 llega Gabino a Cayo Hueso, frustrado por no haber encontrado alrededor de la bahía de Tampa las bendiciones que para el cultivo de la guayaba esperaba, según le había dicho su amigo Bernardino Gargol, quien dirigía en Nueva York una empresa dedicada a la producción de jalea y dulces de esa exquisita fruta. Antes de regresar a Nueva York, lugar en que vivía, decidió visitar al cercano Cayo Hueso, donde, entre otros amigos, residía Martínez Ybor.
En ese tiempo  el ingeniero civil Gabino Gutiérrez tenía 36 años. Nació en 1849  en San Vicente de Barquera, en las cercanías del Mar Cantábrico,  pero al hacerse joven, como tantos de su generación española, atravesó el Atlántico y desembarcó en la más grande de las Antillas, todavía fiel a la corona española.
 En Cuba vivió poco tiempo, pues al estallar la Guerra de los Diez Años, él entonces con 20, se embarca hacia Nueva York. Es allí donde completa sus estudios y se convierte en ingeniero civil, además de corredor e importador de productos españoles, lo que lo conecta a la amistad con Gargol.
Cuando llega Gabino a saludar a su amigo Vicente en Cayo Hueso, quiso el azar que allí estuviera también Ignacio Haya, otro español que tenía su fábrica de tabacos en Nueva York. Ambos industriales ­estaban buscando opciones para relocalizar sus fábricas, azotadas entonces por movimientos huelguísticos y, en el caso del dueño del Príncipe de Gales, también a riesgo de incendios en sus edificios de madera.
Por eso los dos industriales oyeron con tanta atención lo que les contó el joven santanderino: que alrededor de la ­bahía de Tampa había visto áreas  de tierras hermosas, que hasta allí estaba llegando el ferrocarril gracias a la obra de Henry Plant, quien estaba, a su vez, creando la infraestructura del puerto donde sería muy cómodo y rápido viajar desde Cuba y el Cayo, pero que, además, había una temperatura muy agradable –un clima como el de Cuba, dijo–, sin los crudos inviernos del norte y que, seguramente, era el lugar ideal para la fabricación de tabacos.
El entusiasmo que Gabino prendió en Martínez Ybor y en Haya fue tanto, que enseguida se embarcaron hacia la ­imponente bahía, donde llegaron acompañados del entusiasta ingeniero.
Una vez compradas las primeras tierras en Tampa, en octubre de 1885, comenzó la fiebre de la edificación. Naturalmente, al ingeniero civil le correspondió el trazado de las primeras calles, decidiéndose  porque éstas fueran de norte a sur y las avenidas de este a oeste.
Así comenzó Ibor City, donde Gabino Gutiérrez también construyó su casa y trajo a vivir a su familia, participando del fulgor inicial de la ciudad que él comenzó a construir. Aquí tuvo a su hijo Gavino y a sus hijas Aurora y Petronila.
Hacia la década de 1890, la población de Tampa creció considerablemente, gracias a la atracción de mano de obra para la industria tabacalera. Entre sus nuevos pobladores, cientos procedían de España, lo que determinó la necesidad de un cónsul de ese país en la ciudad. A Gabino Gutiérrez le correspondió, también, ser el primer representante diplomático de su país de origen en la ciudad floridana más resplandeciente de su tiempo.
Gabino Gutiérrez es una de las grandes personalidades que vivió en Ybor City a fines del siglo XIX. Su residencia estuvo en 1603 Este y 7.ª Avenida y en  parte de su propiedad se fundó el Centro Español. En este lugar vivió sus mejores años, sus triunfos y alegrías.
Con 69 años, al sentir amenazada su salud, la nostalgia lo hizo regresar a la tierra de la niñez. Un año después, en 1919, cerró los ojos en el San Vicente de la Barquera que lo vio nacer, pero casi cien años después Tampa lo recuerda, porque de ella aquel padre fundador es también un Hijo.


lunes, 27 de agosto de 2018

La Casa Oliva: un edificio histórico convertido en hogar


En los próximos días,  el hermoso edificio de Ybor City que  se identifica con el nombre de Oliva, comenzará a vivir una nueva etapa de su larga y hermosa historia, al inaugurarse como un complejo de confortables apartamentos donde podrán vivir 38 familias.
Situado en la esquina noreste de la Calle 19, al lado de la ancha Avenida Palm,  se yergue de norte a sur  con amplios ventanales rectangulares que enriquecen la entrada de la luz y el aire, como si la razón, que en otra época sirvió al reguardo de las hojas de tabaco, se propusiera hoy favorecer la vista y los pulmones de quienes comiencen a habitarlos.
Cuando, hace 130 años, los hermanos Evaristo y Robert Monné decidieron construir este edificio para fundar una fábrica de tabacos, sabían que con su obra contribuían al crecimiento de una ciudad que apenas estaba naciendo y cuyo levantamiento enriquecía el paisaje arquitectónico, laboral y humano con que Ybor City se hizo visible en el mundo. 

Ahora, que por primera vez el inmueble adquiere su condición de vivienda, a partir de la obra de urbanización, remozamiento y conservación que su principal inversionista, Ariel Quintela, le ha dado,  vale la pena asomarse a su historia, cuya pertenencia pueden asumir con orgullo no sólo sus nuevos residentes, sino todos los visitantes que se detengan ante su pabellón.
La edificación fue diseñada y construida, en 1888,  por C.E. Purcell, cuyo nombre vemos en otras obras de la época, como la fábrica de ladrillos de Vicente Martínez Ybor, concluida ese mismo año. De manera que es una de las fundacionales de una ciudad que en una década iba a contar con cientos de fábricas de tabaco, para hacerse famosa en la elaboración de puros con hojas traídas desde Cuba.
La fábrica  de los hermanos Monnet –que elaboraba el sello de tabacos “El Recurso”–, fue una de las más grandes en la década de 1890 en Tampa. Contaba con unos 45 mil pies cuadrados al inaugurarse y le fueron instaladas 1200 mesas de trabajo, por lo que cientos de operarios, en su mayoría cubanos, encontraron trabajo allí. Por esta razón, desde que a finales de 1891 José Martí comenzó a visitar la ciudad, en su arduo trabajo por la independencia de su país, entre los lugares que visitaba se encontraba este edificio. Aunque debió asistir varias veces a sus salas, a conversar con los operarios y alentar su cohesión en aras de una Cuba libre, hay por lo menos tres referencias escritas sobre estas visitas.  Una es el 13 de diciembre de 1892, cuando después de llegar a las fábricas de Martínez Ybor y a la de Emilio Pons (en 1702 y 5ª. Ave.) , llegó a la de Monné, donde pronunció un discurso en español y en inglés, lo que indica la presencia de ambas culturas en el lugar.
 En la Cronología sobre José Martí publicada por el investigador cubano Ibrahín Hidalgo, también se apunta la presencia de Martí en la fábrica de Monné el 22 de febrero de 1893, día en que también asiste a la de Pons, a la de Ellinger y a la de McFarland, así como a la de Martínez Ybor, la que mayor cantidad de cubanos concentraba.
El 25 de mayo de 1894, acompañado por Francisco Gómez Toro –el hijo del General Máximo Gómez–, volvió el Apóstol cubano a visitar este lugar lleno de historia.
Hacia 1899 el edificio pasa a otra propiedad, cuando lo adquiere la Compañía Manufacturera Cubana, que lo posee hasta 1902. A partir de esa fecha y hasta 1921, corresponde a José Lovera y Compañía, quien dio fama a la lujosa vitola “La flor de Lovera”. En la década de 1920 este edificio pasa por dos propietarios más, Cigar Company of Nordace (1924 a 1925) y Marcelino Pérez y Cia, que lo va a tener hasta 1941. Después estuvo en manos de López, Álvarez y Cia, parece ser que hasta iniciada la década de 1960, época en que también se les contrataba para la fabricación de la marca Swann.
A pesar de las diferentes firmas que operaron en este edificio en la fabricación  de tabacos, es el nombre de Oliva quien le distingue, seguramente por el tiempo que estuvo bajo la firma de su apellido, una de las más prestigiosas y permanentes en esta industria.  Entre 1980 y 1999 estuvo aquí la sede de Oliva Tobacco Co., hasta mudarse  a la calle Armenia.
Claro que llamar “Casa ­Oliva” al edificio que ahora comienza  a ser de apartamentos, no es sólo porque durante muchos años perteneciera a esta firma, sino también como homenaje a una estirpe de industriales del tabaco que ha contribuido durante más de ocho décadas al desarrollo de la ciudad de Tampa.
Ángel Oliva, de origen ­cubano, fue el fundador, en 1934, de esa compañía que conserva su apellido. En un momento en que decaía la industria que le dio tanta riqueza a Tampa, el nuevo industrial vino a imprimirle el aliento que  hacia la terecera década del siglo XX requería.    
Ángel Oliva, procedente de Cuba,  fundó en 1934 la firma  Oliva Tobacco Co., la que empezó a operar en la calle Franklin y en las últimas décadas radica en West Tampa, pero fue en este edificio donde radicó las últimas dos décadas del siglo XX.
El inmueble ha quedado registrado con su apellido, que ahora se mantiene en su nueva condición de vivienda, seguramente porque la historia que ha tenido y que sigue incrementando, es un símbolo de las relaciones entre Tampa y Cuba, no sólo porque albergó a  miles de trabajadores procedentes de la Isla, recibió a hombres ejemplares como José Martí y enriqueció su memoria con la firma del Sr. Ángel Oliva, cuyo nombre recibió una calle cercana al edificio, para honrarle como uno de los benefactores de la ciudad.


viernes, 10 de agosto de 2018

Ceremonia de graduación en la Universidad del Sur de la Florida


En la mañana del sábado pasado, 4 de agosto de 2018, tuve la enorme satisfacción de asistir a la ceremonia de graduación realizada en la Universidad del Sur de la Florida (USF), donde 850 estudiantes de diversas especialidades se reunieron en la espacioso instalación que ha sido hogar de sus equipos de baloncesto y voleibol, para recibir el ansiado diploma que acredita a cada uno de ellos con un título universitario.
No asistí al emotivo encuentro en nombre de la prensa, ni esgrimí credenciales de periodista para acercarme a la tarima a indagar por los detalles del evento, sino como padre de uno de los graduados. Con ello, disfruté desde mi asiento la panorámica total del acto, liberando la mente de cualquier compromiso que desviara el cauce natural de la emoción.
  La primera impresión que me sorprendió justificó el contratiempo para llegar, calibrando la masividad del encuentro: filas extensas de conductores pugnando por alcanzar la flecha en verde hacia la izquierda –en la intersección de las calles Fowler y Leroy Collins–, para llegar a tiempo a la convocatoria. Alcanzado un  sitio de parqueo casi de milagro, caminamos hacia la dirección indicada entre filas de personas que sonreían continuamente al privilegio de estar allí.

  Finalmente, llegué a uno de los diez mil quinientos asientos de la instalación, en el  tercer piso, junto a mi esposa, un hijo, una nieta, una nuera y una sobrina sentimental, es decir, mi familia. Si uso el posesivo –mi familia– es porque el núcleo duro de este reportaje lo quiero dirigir al significado que para la célula básica de la sociedad humana reviste un acto de esta naturaleza.
  Para llegar a la cita no anoté el edificio con su reciente nombre –Yuenling Center– sino Sun Dome, como todos le dicen aún. Ello me remitió involuntariamente al domus de los romanos, como si la asociación de palabras pudiera explicarme el peso de la familia en la celebración, recordando que para aquella civilización antigua este nombre no sólo identificaba un modelo de casa, pues incluía el patrimonio familiar y su implicación hereditaria. Ahora,  el amplio coliseo donde más de 800 estudiantes se alinearon en  tres bloques, luciendo el uniforme de graduados,  estaba escoltado por un ruedo de tres pisos donde miles de familiares contenían las  ansias esperando el pronunciamiento de su apellido. En el instante en que ese anhelo se convierte en realidad, mientras el joven recibe el certificado, el estallido del aplauso identifica la esquina donde está su familia, en cuyas voces y gestualidad se adivina la multiculturalidad que nos distingue y engrandece.
  Al pasear la vista por el enorme redondel, donde la alegría es uniforme, llama la atención la diversidad étnica y cultural congregada, como prueba de que alcanzaban un título universitario no sólo estadounidenses de diversa composición étnica, sino muchos procedentes de África, Hispanoamérica, Asia, Europa, en quienes, más allá del estatus social y económico, determinó la titulación el esfuerzo y talento con que se propusieron alcanzar esa meta.
  Sin negar las ventajas de quienes tienen un respaldo económico familiar más alto a la hora de matricularse en la universidad, quiero expresar la vivencia personal que me permite afirmar que las universidades en este país están abiertas a quienes se propongan llegar a ellas. El hijo, a quien fui  a acompañar en su graduación, pertenece a una familia inmigrante cuyos ingresos son limitados. Sin embargo, solicitó financiamiento  que le facilitó ir matriculando las asignaturas requeridas para la especialidad de Sicología, favorecidos semestre tras semestre con las buenas notas presentadas, lo que le ha permitido graduarse sin deudas. De hecho, durante los años en que ha asistido a la universidad, ha combinado el estudio y el trabajo para satisfacer sus necesidades. Sin una exigencia doctrinal detrás que le proclamara las ventajas de esta compaginación, el valor formativo de su experiencia es el mejor aval al mundo profesional que ha  de recorrer.
  Está bien que de la casa de familia, donde comienza la educación, vengan  los padres a la Casa de Altos Estudios, donde culminaron sus hijos el aprendizaje académico, a celebrar juntos la hermosa conquista que beneficia a  la sociedad.
  Con experiencias diferentes, tan ricas como sus procedencias, gustos, propósitos, en todo ese abanico cultural que tiene de común  el latido humano, esos centenares de estudiantes que ahora se graduaron en la Universidad del Sur de la Florida –como los miles que egresaron en otras– enriquecen a la persona, a la familia y hacen mejor el mundo en que vivimos.
  ¡Felicidades, magníficos jóvenes, por su graduación!




viernes, 20 de julio de 2018

Cuba en el centenario de la ciudad de Tampa


Por Gabriel Cartaya

  En 1955, la ciudad de Tampa celebró su primer centenario, pues fue fundada el 15 de diciembre de 1855, cuando la Asamblea Estatal de Florida aprobó la existencia de su Ayuntamiento, donde a Joseph B. Lancaster le correspondió ser el primer alcalde. Si en el momento fundacional contaba con poco más de mil habitantes, cien años después era una floreciente ciudad, con una rica historia construida, junto a los estadounidenses,  con presencia cubana, española, italiana y de otras procedencias étnico-culturales, representativas de una población cercana a  150 mil personas.
     De aquella población, unas 60 mil tenían raíces cubanas, por lo que las costumbres y tradiciones de ese país se mantuvieron vivas. Ello explica que en la organización de la Feria del Progreso con que Tampa rindió homenaje  a su primer siglo –entre otros actos conmemorativos–, la presencia cubana fuera tan destacada. A aquel evento, que se desarrolló entre el 1.° y el 16 de julio de 1955, destacados artistas cubanos vinieron a enriquecer ese espacio con sus obras.
 Recordar a algunos de ellos, contribuye a dar significado al vínculo histórico entre Cuba y Tampa.  La escultora Lilia Jilma Madera Valiente, considerada entre las expresiones más elegantes del neoclásico cubano, incluyó en su vasto currículo haber expuesto en la Feria del Progreso tampeña. Ella es la autora del famoso Cristo de La Habana –de 24 metros de altura–, del busto a José Martí ubicado en el Pico Turquino y relieves exquisitos sobre Miguel de Cervantes, Willian Shakespeare, Carlos Finlay y otras figuras.
  El destacado escultor Julio Fuentes Pino, mención  de honor en el  XXX Salón de Artes Plásticas del Círculo de Bellas Artes, La Habana, en 1948, fue otro artista cubano que viajó a Tampa  a celebrar su centenario. Asimismo, lo hizo  Raúl Milián Pons, uno de los pintores relacionados con el Grupo Orígenes,  presidido por José Lezama Lima, y quien realizó importantes exposiciones en Venecia, Sao Paulo, el Museo de Arte Moderno de Nueva York y en otros centros culturales.
  Una exposición colectiva que contó con obras de Eberto Escobedo Lazo, Juan Balco López, Julio Fuentes Pino, Juan López Conde, Juan Miguel Rodríguez de la Cruz y otros, se presentó en el salón de Tampa con el nombre “Pintura, escultura y artes aplicadas en Cuba”, durante toda la Feria del Progreso.
  En la revista Bohemia –que se vendía en las calles de Tampa cada viernes, a la misma hora en que llegaba a ciudades cubanas–, un artículo escrito por Herminio Portell Vilá daba a conocer que la presencia cubana en la Feria del Progreso de Tampa, con esta emotivas palabras:
 “Las industrias cubanas van a estar representadas en la Feria del Progreso, de Tampa, gracias a los esfuerzos de la Sociedad Colombista Panamericana y de la Co­misión Cubana Organizadora del Centenario de Tampa. Cuba también enviará colecciones de libros, de cuadros, de esculturas, de mú­sica grabada e impresa, de perió­dicos, de fotografías, de películas descriptivas, de documentos histó­ricos, etc, para llegar al corazón de los tampeños, los más cubanos de todos los norteamericanos, y demostrarles como les quieren y les recuerdan sus hermanos del otro lado del Estrecho de la Flori­da, que hace más de cuatrocientos años, cuando ni siquiera había Jamestown ni Plymouth, ya habían enviado a la bahía de Tampa a Gómez Suárez de Figueroa y a otros cubanos de la primera gene­ración de criollos que hubo en esta Isla”.
 En aquel ambiente preparatorio de las fiestas con que Tampa esperaba la celebración de su centenario, Bohemia también reeditó, el 26 de junio de 1955, un artículo titulado “Tampa”, publicado  en 1897 por Carlos Trelles en la revista Cuba y América, fundada y dirigida por Raymundo Cabrera. Es un testimonio insuperable de la vida cubana en Ybor City y West Tampa a fines del siglo XIX, cuando no había concluido la Guerra de Independencia, acontecimiento que se vivía en estas calles con la misma intensidad que en la Isla de Cuba. 
 Estos artículos de Bohemia y la enorme presencia cubana en la celebración del primer centenario de la constitución oficial de la ciudad de Tampa, especialmente en su Feria del Progreso, muestran la cercanía histórica que nos une y que seguimos cimentando. Seguramente, cuando en 2055 se celebre el 200 aniversario tampeño, el progreso que exhiba la ciudad será también celebración cubana y de todas las culturas que se han juntado en su realización.



viernes, 29 de junio de 2018

El poeta Rafael Alcides pasó a la eternidad


El poeta Rafael Alcides abandonó la vida el pasado 19 de junio. Había llegado a ella 85 años atrás, en el barrio de Barrancas –muy cercano al mío- a un paso de las primeras estribaciones de la Sierra Maestra. Aquel pequeño poblado del oriente cubano, partido al medio por una línea de concreto que hace vía a los viajeros entre Manzanillo y Bayamo, fue la antesala del ataque de Carlos Manuel de Céspedes a su ciudad natal, para convertirla, con el himno a su nombre hecho nacional, en la primera ciudad libre de Cuba.
  En el olor a mangos,  ­guayabas y ciruelas, frutas tan abundantes en Barrancas, combinado con la diversidad de la floresta y las aguas de un río, absorbió Alcides los primeros  motivos de su poesía. A su vera cursó los primeros grados, pero el barrio se le hizo pequeño para sus sueños de estudio y creación literaria y se fue a terminar el bachillerato, iniciado en Holguín, a la capital del país.
  La década de 1950, mientras en Cuba se producen los acontecimientos políticos trascendentes que culminaron en el triunfo insurreccional de 1959, Alcides está completando su formación y visión del mundo. Entre 1955 y 1961 transita por México, Estados Unidos, Argentina, Chile, Uruguay y Venezuela. Entre esos viajes, en Cuba es productor y director de programas de radio, a la vez que escribe poesía y prosa. Sin predilección por el terreno político, asiste a los primeros años de la Revolución con el entusiasmo que caracterizó a la mayor parte de su generación. Colabora en las instituciones culturales, especialmente con las más cercanas a su oficio de escritor. En 1965 obtiene mención en el Concurso Casa de las Américas con su novela Contracastro, aunque no es publicada.
  A fines de la década de 1960, aunque no está implicado en el llamado Caso Padilla, ni en otros del denominado Quinquenio Gris, cuando se llevó al extremo la interpretación del mensaje de Fidel Castro “Dentro de la Revolución todo; contra la Revolución, nada” y los comisarios políticos empezaron a buscar enemigos en cualquier verbo que pecara de ambigüedad ideológica,  el poeta prefirió alejarse de un entorno editorial que entonces no coincidía con la libertad de creación que animaba al artista. Él lo explicó con una frase: “La vida me ha enseñado que de repente el oleaje de los días te cambia el programa”.
  Hasta entonces, había publicado los libros de poesía Himnos de montaña (1961), Gitana (1962) y La pata de palo (1967).  A partir de entonces y hasta 1983, escribió copiosamente, pero dejó de publicar en Cuba, viviendo una especie de insilio, como a él le gustó llamar a esa marginación en la que se sintió flotar y que prefirió al discurso ­institucional complaciente.
 El escritor eligió, como apuntó Ernesto Santana en un artículo que le dedicó al saber su muerte, “un arte de vivir como poética”, pero en su credo íntimo frente al proceso político a cuya evolución asiste desde el prisma de su pensamiento crítico, ve con tristeza  “un país donde el porvenir ya pasó”.
 Con todo, cuando a fines de la década de 1980 baten aires renovadores envueltos en las palabras glásnost  o perestroika, regresa a las editoriales cubanas. Letras Cubanas le publicó en 1983 el libro de poemas Agradecido como un perro y lo reeditó en 1990. En 1989, aparecieron Y se mueren, y vuelven, y se mueren y, también de poesía, Noche en el recuerdo. Fue como un despertar y la nueva generación de poetas cubanos encontraron en él a un maestro, increíblemente dentro de ellos y desconocido.
 Pero el maestro, a pesar de publicaciones y premios, no resultó dócil al reclamo oficialista y siguió libre en sus versos. En un recital de poesía leyó:  “Todos los de acá/ somos exiliados. Todos. / Los que se fueron / y los que se quedaron./ Y no hay, no hay palabras en la lengua/  ni películas en el mundo/ para hacer la acusación: /millones de seres mutilados/ intercambiando besos, recuerdos y suspiros/ por encima del mar”.
 En la difícil década de 1990, Rafael Alcides se volvió a aislar, se volvió a insiliar. Rompió el silencio en 2009,  visitando España, donde publicó un libro, después de años sin entregar nada a editoriales. Regresó a Cuba, aunque su lenguaje, según confesó, “no era amable con el gobierno”.
 Después de aquel viaje a España, donde se admiró su obra, le publicaron otros libros  en aquel país: Libreta de viaje, 1962-2000, El anillo de Ciro, Un cuento de hadas que acaba mal y Memorias del porvenir. También vieron la luz los poemarios Conversaciones con Dios y GMT.
 A pesar de su lenguaje crítico frente a determinadas acciones gubernamentales, especialmente en torno a la llamada libertad de expresión, Alcides nunca quiso vivir en otra tierra que no fuera la suya. Allí escribió su hermosa poesía y su prosa, una obra que vivirá dentro y fuera de Cuba y crecerá, pues por encima de los vaivenes de la política, la legitimidad del arte la defiende.
    Las cenizas de su cuerpo, como quiso el poeta, se esparcen en el Barrancas donde nació, flotando entre el olor a mangos, guayabas y ciruelas, junto al rumor de la lluvia que entre los árboles canta el poema auténtico de su vida, mientras su espíritu se eleva en paz a la eternidad.

lunes, 25 de junio de 2018

Máximo Gómez, dominicano y cubano


  El pasado 17 de junio se cumplió el 113 aniversario de la muerte de Máximo Gómez, el hombre que por más tiempo, resultados y suerte, combatió por la independencia de Cuba y, probablemente, el que menos pidió a cambio de más de 30 años destinados a completar la gesta libertaria americana. Ningún cubano ocupó un cargo tan alto en las guerras que entre 1868 y 1898 se desarrollaron en la Isla para emanciparse de España, como el ocupado por el dominicano a quien se le distinguió y se le recuerda con un grado militar especial que solamente él ha ostentado: Generalísimo.
En los días difíciles que siguieron al alzamiento de La Demajagua, donde Carlos Manuel de Céspedes inició la  larga Guerra de los Diez Años, un campesino dominicano radicado a algunos kilómetros de Bayamo se presentó a las tropas insurgentes para alistarse. Iba a cumplir en esos días 32 años.
  Eran los primeros días de la guerra y una fuerte columna española se dirigía hacia Bayamo. Cuando apenas habían armas para detenerla, el joven dominicano propuso el uso del machete. Con un grupo de hombres se emboscó en Pinos de Baire y cayeron encima de la tropa española gritando “Viva Cuba Libre”, con tal sorpresa y atrevimiento que hicieron retroceder a la columna consternada. Enseguida Gómez fue ascendido a General y, al morir Donato Mármol en 1870, pasó al mando de la División de Oriente.
  Allí, sus discípulos en el arte de la guerra fueron Antonio y José Maceo, Flor Crombet, Guillermón Moncada y toda la legión de leones que protagonizó las hazañas más grandes en los rudos combates de la Guerra Grande. En aquellos años, Gómez estuvo al mando de  todas las tropas cubanas, en Oriente, Camagüey y Las Villas. Ningún líder ocupó una jerarquía más alta en el Ejército Libertador cubano que  aquel hijo de Baní, nacido el 18 de noviembre de 1836.
  Al terminar la guerra con el Pacto del Zanjón (1878), sale al destierro con la familia que fue creando en la guerra, al casarse con Bernarda Toro “Manana”.
El General que había librado las batallas más grandes de la guerra, salió en absoluta pobreza de Cuba. Vivió en Jamaica, Honduras, Costa Rica y, finalmente, se radicó en su país. En la década de 1880, participó en varios planes para reiniciar la guerra por la independencia de Cuba. Pero todos fracasaron, esencialmente por la falta de unidad, que vino a lograrse con la creación del Partido Revolucionario Cubano (PRC), fundado por José Martí en 1892.
  Martí sabía que atraer a los jefes militares a su proyecto político era la tarea más importante y difícil. En septiembre de 1892, decide visitar a Gómez en su propia casa. Viaja a Montecristi y va a saludarlo a su finca de trabajo, cerca de Montecristi. Lo invita a encabezar el ramo militar del PRC y le dice: “No tengo más remuneración que ofrecerle que el placer del sacrificio y la ingratitud probable de los hombres”.

  Gómez aceptó. Cuando todo estuvo preparado para iniciar la guerra,  Martí sale otra vez hacia la casa de Gómez. Allí está cuando se produce el alzamiento del 24 de febrero y juntos se desesperan buscando una vía para llegar al oriente cubano. El 25 de marzo firman el Manifiesto de Montecristi y el 11 de abril desembarcan en Playitas de Cajobabo, cerca de Guantánamo.
Durante toda la guerra, entre 1895 y 1898, Gómez ocupó, por elección, el cargo de General en Jefe del Ejército Libertador, o Generalísimo, como le llamaron. Ocupando el cargo supremo, en cada batalla era un soldado más y nadie pudo apartarlo de los lugares de máximo peligro. Ese valor y ejemplo permanente,  junto a su capacidad táctica y estratégica de dirigir la guerra y hasta el azar de apartar las balas, lo convirtieron en el más grande de los soldados por la independencia de Cuba.
  Al terminarse la guerra en 1898 y tres años después elaborarse la Constitución con que nacería la República de Cuba –al término de la ocupación de Estados Unidos– a Gómez le propusieron la candidatura a la presidencia del país. Se negó rotundamente y apoyó la candidatura de Tomás Estrada Palma.
  En sus últimos años, Gómez pudo sentir la  admiración de la muchedumbre, que le aclamaba a cada paso.  Vivió en la Quinta de los Molinos y después en una casa de la concurrida calle Galiano. A principios de junio de 1905, hace su último recorrido por la Isla. Fue a Santiago de Cuba con su esposa y las hijas Clemencia y Margarita. En la ciudad oriental les esperaba Maxito, otro de sus hijos. Al lado de Manana, hijos y nietos, en las calles santiagueras recibió constantes muestras de admiración y cariño. Allí se le agudiza un dolor que venía sintiendo en la mano derecha –algunos dicen que de tanto saludar– y  regresa a La Habana.
  Se divulga la noticia de que el General está regresando enfermo de Santiago de Cuba. En las terminales el pueblo se desborda a saludarlo. Algunos oficiales amigos suben al tren para acompañarle, como hizo en Matanzas el general Emilio Núñez, uno de sus más grandes amigos. También lo hizo Domingo Mendes Capote, entonces presidente del Senado. El gobierno alquila una residencia en el Vedado para atenderle, en la esquina de la calle 5.ª y D, pero la fiebre persiste y el médico diagnostica un absceso hepático. Hacia mediados de junio está grave. Sabe que va a morir. “Se va tu amigo”, le dice a Emilio Nuñez.  El 17 de junio, se despide de su esposa y los hijos. Al atardecer llega el Presidente, a quien él, en mejores tiempos, decía Tomasito. Pero ya el Generalísimo está inconsciente. Familiares, generales, ministros y amigos están en silencio, cuando sale el doctor José Pareda y murmura el dolor: Ha muerto el General.  
  En medio del duelo nacional, el cadáver es trasladado al imponente edificio del Palacio de Gobierno, que un día fue de los Capitanes Generales. Allí se le rindieron los honores que recibe un Presidente de la República. Después, las banderas de Santo Domingo y Cuba cubrieron el féretro hasta el Cemenerio de Colón, en el sepelio más multitudinario, espontáneo y conmovedor que se haya visto en la Isla de Cuba.

viernes, 15 de junio de 2018

Ramón Fernández y el primer tabaco tampeño


La memoria conserva un sitio endeleble al embrujo de la primera vez, por mínima que haya sido su presencia en el curso de la vida. Si bien, el primer amor se lleva las palmas en la subjetividad de ese resguardo, también lo alcanza el primer maestro, la primera casa, el primer trabajo. El mito de Prometeo es eterno en la primera vez del fuego, como a  Louis Le Prince le corresponde ese lugar en la historia del cine o a Gagarin en la conquista del espacio.
     Cuando se habla del esplendor que alcanzó Tampa con la producción de tabacos, fomentando una industria que determinó su crecimiento  económico y demográfico en las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX, recordamos a Vicente Martínez Ybor, a cuyo apellido debemos el nombre de uno de los espacios más acogedores de la ciudad. Es menos común hablar sobre Ignacio Haya, uno de los industriales que acompañó a Don Vicente desde las primeras visitas a Tampa y quien, junto a él, compró los primeros terrenos para iniciar la construcción de sus fábricas de tabaco y las casas donde iban a vivir.
  A la hora de construir, Haya optó por el edificio de madera,  mientras Martínez eligió el ladrillo. Ello, entre otras razones,  influyó en que su firma, compartida con Serafín Sánchez, fuera la primera en recibir la documentación legal del estado para empezar a producir. El 13 de abril de 1886 se recibió el primer tabaco salido de las manos de un fabricante radicado en Tampa. A quien le correspondió la dicha de torcerlo fue a Ramón Fernández, a cuya memoria se destinan estas líneas.
  El tabaquero tenía 42 años cuando puso en las manos del dueño el primer producto de una empresa que pronto llegaría a producir  miles de tabacos al día. Había nacido en enero de 1844 en el norte de la península ibérica, en un pueblo de Asturias llamado Avilés. Los pocos apuntes que se conservan sobré él, refieren que llegó a La Habana en 1865, como hacían tantos españoles de su tiempo que veían en el Nuevo Mundo una oportunidad casi encantada de riqueza. En un país donde la producción de tabacos era una de las ramas principales de la economía, adornada con el sello de ser los mejores del mundo, Ramón Fernández encontró inmediata ocupación.
  En 1871, cuando la guerra independentista en Cuba implicaba a todos los estratos de la sociedad, Fernández salió hacia Estados Unidos, ­radicándose en Nueva York. Allí conoció a Serafín Sánchez, quien compartía con Ignacio Haya la propiedad de la fábrica de tabacos “La Flor de Sánchez y Haya”. Al llegar con la experiencia adquirida en Cuba, no le fue difícil ser aceptado en la fábrica neoyorkina de sus paisanos.  En muy poco tiempo, su habilidad en el torcido y seriedad, le hicieron ganar  el respeto de los dueños  y compañeros, estableciéndose como uno de los operarios de confianza de esa firma.
  Cuando Haya visitó Cayo Hueso en 1885  y le oye decir a su amigo Martínez Ybor que está pensando en Tampa para trasladar su fábrica de tabacos, él también estaba considerando una relocalización de la suya en Nueva York. Se ponen de acuerdo y comparten ese proyecto, por lo que entran a Ybor City como sus insignesfundadores.
  Con ellos llega Fernández, uno de sus mejores operarios. Está registrada la fecha del 10 de marzo de 1886, como el día en que el asturiano de Avilés llega a Tampa por primera vez. Al mes siguiente está todo listo en la fábrica levantada en la 7.ª Avenida y la Calle 15 para empezar la producción. Ese día, los primeros torcedores se sientan en sus mesas, cuando ya escogedores y despalilladores han servido las tripas para empezar el torcido. Como ya indicamos, fue Ramón Fernández quien tuvo el privilegiado de entregar el primer ejemplar de La Flor de Sánchez y Haya, como símbolo del triunfo operado aquel martes de Pascua Florida.
  Ramón Fernández vino a Tampa con su esposa, a radicar en Ybor City definitivamente. Trabajó con Sánchez y Haya muchos años y en 1902 decidió ­inaugurar su propia fábrica, mereciendo la ayuda de los empresarios para los que tanto trabajó. A su firma la llamó “La Flor de Ramón Fernández”, tal vez para no despegarse de las dos primeras palabras con que vio brotar el primer tabaco de sus manos en esta ciudad.
  Con su firma, Fernández tuvo gran éxito por casi una década y su Flor entró al mercado con gran aprobación de los más distinguidos fumadores. En 1910, una larga huelga afectó financieramente a su empresa. En 1912 decidió clausurarla y al año siguiente vendió los derechos de su marca a Celestino Vega.
  El torcedor del primer tabaco en Tampa murió el 12 de septiembre de 1912, en su hogar de Ybor City. Es bueno que cuando se mencione la historia del tabaco en Tampa, recordando todo lo que significó en su historia, junto a las grandes figuras que lo potenciaron –Vicente Martínez Ybor, Ignacio Haya, Eduardo Manrara, Gabino Gutiérrez, Serafín Sánchez y tantos– se recuerde también al asturiano Ramón Fernández, no sólo por su protagonismo en “la primera vez” que un tabaco tampeño entró al mundo, sino como emblema de todos los que le acompañaron en una obra imperecedera que hizo florecer nuestra ciudad.