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jueves, 13 de septiembre de 2018

Gabino Gutiérrez, el primer constructor de Ybor City


En el marco de celebración del segundo centenario de Vicente Martínez Ybor (1818-2018) –entre cuyos actos se destacó el celebrado en el Museo de Ybor City el pasado 7 de septiembre–,  es oportuno recordar a los grandes paladines que le acompañaron en la obra de crear una ciudad nueva, en la que no sólo se destaca el vigor económico que le imprimió la industria tabacalera, sino la fundación de escuelas, mercados, hospitales, iglesias, teatros y  toda la superestructura que  requiere un núcleo urbano moderno.
En ese empeño, un reconocimiento hay que hacer a quien tuvo el privilegio de medir, diseñar, encuadrar y decidir el rumbo de sus calles y edificaciones. En lo que iba a ser Ybor City, ese mérito corresponde a Gabino Gutiérrez, un español,  hijo de Cantabria, que es el primero en indicar a su amigo Vicente que existía un espléndido lugar en Florida donde trasladar su fábrica de tabacos.
Un día de 1885 llega Gabino a Cayo Hueso, frustrado por no haber encontrado alrededor de la bahía de Tampa las bendiciones que para el cultivo de la guayaba esperaba, según le había dicho su amigo Bernardino Gargol, quien dirigía en Nueva York una empresa dedicada a la producción de jalea y dulces de esa exquisita fruta. Antes de regresar a Nueva York, lugar en que vivía, decidió visitar al cercano Cayo Hueso, donde, entre otros amigos, residía Martínez Ybor.
En ese tiempo  el ingeniero civil Gabino Gutiérrez tenía 36 años. Nació en 1849  en San Vicente de Barquera, en las cercanías del Mar Cantábrico,  pero al hacerse joven, como tantos de su generación española, atravesó el Atlántico y desembarcó en la más grande de las Antillas, todavía fiel a la corona española.
 En Cuba vivió poco tiempo, pues al estallar la Guerra de los Diez Años, él entonces con 20, se embarca hacia Nueva York. Es allí donde completa sus estudios y se convierte en ingeniero civil, además de corredor e importador de productos españoles, lo que lo conecta a la amistad con Gargol.
Cuando llega Gabino a saludar a su amigo Vicente en Cayo Hueso, quiso el azar que allí estuviera también Ignacio Haya, otro español que tenía su fábrica de tabacos en Nueva York. Ambos industriales ­estaban buscando opciones para relocalizar sus fábricas, azotadas entonces por movimientos huelguísticos y, en el caso del dueño del Príncipe de Gales, también a riesgo de incendios en sus edificios de madera.
Por eso los dos industriales oyeron con tanta atención lo que les contó el joven santanderino: que alrededor de la ­bahía de Tampa había visto áreas  de tierras hermosas, que hasta allí estaba llegando el ferrocarril gracias a la obra de Henry Plant, quien estaba, a su vez, creando la infraestructura del puerto donde sería muy cómodo y rápido viajar desde Cuba y el Cayo, pero que, además, había una temperatura muy agradable –un clima como el de Cuba, dijo–, sin los crudos inviernos del norte y que, seguramente, era el lugar ideal para la fabricación de tabacos.
El entusiasmo que Gabino prendió en Martínez Ybor y en Haya fue tanto, que enseguida se embarcaron hacia la ­imponente bahía, donde llegaron acompañados del entusiasta ingeniero.
Una vez compradas las primeras tierras en Tampa, en octubre de 1885, comenzó la fiebre de la edificación. Naturalmente, al ingeniero civil le correspondió el trazado de las primeras calles, decidiéndose  porque éstas fueran de norte a sur y las avenidas de este a oeste.
Así comenzó Ibor City, donde Gabino Gutiérrez también construyó su casa y trajo a vivir a su familia, participando del fulgor inicial de la ciudad que él comenzó a construir. Aquí tuvo a su hijo Gavino y a sus hijas Aurora y Petronila.
Hacia la década de 1890, la población de Tampa creció considerablemente, gracias a la atracción de mano de obra para la industria tabacalera. Entre sus nuevos pobladores, cientos procedían de España, lo que determinó la necesidad de un cónsul de ese país en la ciudad. A Gabino Gutiérrez le correspondió, también, ser el primer representante diplomático de su país de origen en la ciudad floridana más resplandeciente de su tiempo.
Gabino Gutiérrez es una de las grandes personalidades que vivió en Ybor City a fines del siglo XIX. Su residencia estuvo en 1603 Este y 7.ª Avenida y en  parte de su propiedad se fundó el Centro Español. En este lugar vivió sus mejores años, sus triunfos y alegrías.
Con 69 años, al sentir amenazada su salud, la nostalgia lo hizo regresar a la tierra de la niñez. Un año después, en 1919, cerró los ojos en el San Vicente de la Barquera que lo vio nacer, pero casi cien años después Tampa lo recuerda, porque de ella aquel padre fundador es también un Hijo.


jueves, 20 de julio de 2017

La visita de Rafael Martínez Ybor

Un señor de edad avanzada entra con paso firme a la oficina de La Gaceta donde trabajo. Como ha anunciado la visita, sé que es Rafael Martínez Ybor, biznieto de quien, al fundar el pueblo donde nos reunimos, le otorgó su apellido.
Me extiende la mano y adivino en ella la sinceridad y nobleza que encontró José Martí en su bisabuelo, cuando lo calificó de “anciano de rostro bondadoso”, calificativo que se corresponde con la primera impresión que recibo de su descendiente.
Desde las primeras ­palabras, el clima adquiere una familiaridad que se distancia del toque de solemnidad que requiere un primer diálogo con alguien que, además de la respetabilidad de su larga vida, adquiere un matiz especial por su cercanía con la figura histórica más emblemática de Ybor City. Mi siguiente percepción, que le confieso, fue atribuirle menos años de los que tiene, lo que me había figurado por la nitidez de su voz en la línea telefónica.
-Aparenta unos setenta- le digo.
-Pues no, tengo 88 años.
-Pues muy bien ­conservados –agrego– haciendo una rápida alusión a mi padre, quien, con 99 años –le comento– nos sorprendía con la solidez de su palabra. De alguna manera, es un referente animador, aunque innecesario, pues el Martínez Ybor que está frente a mí parece heredar la energía de su antecesor, quien tenía 68 años cuando puso el primer ladrillo en lo que iba a ser Ybor City.
El autor y Rafael Martínez Ybor
Aunque la amena charla, extendida al oído atento de mi compañero Leonardo Venta, Rafael quiso inclinarla hacia los antepasados gloriosos de su familia, insistí a intervalos en su propia historia. Por eso supe que nació en Cuba, en 1929, pero que con apenas cinco años acompañó a sus padres a Nueva Orleáns, donde el abuelo –también Rafael e hijo menor de don Vicente- fue designado Cónsul del gobierno cubano en la década de 1930. Poco después se mudaron a Tampa, atraídos por la pertinencia de su apellido con el barrio más fulgurante de la ciudad floridana, pero hubo que seguir los pasos del abuelo, al requerirse sus servicios en Miami, en 1944.
Al iniciar la década siguiente y ya inmerso en el ambiente bancario del que haría su profesión de toda la vida, Rafael regresa al país de origen, encontrando trabajo en  The Trust Company of Cuba. Viviendo en el Vedado, fue testigo de las convulsiones políticas que devinieron en la toma del poder revolucionario, en 1959. Ese mismo año, mientras comenzaban las confiscaciones de la propiedad privada, las refriegas clasistas y el enfrentamiento con Estados Unidos,  Rafael encontró la felicidad del matrimonio, al casarse para siempre con Cecilia, esposa que, gracias a Dios, aún le acompaña.
Con la intervención del banco para el que trabajaba como profesional bilingüe, el descendiente de Vicente Martínez Ybor optó por atender la reclamación de su padre y vino a vivir a Estados Unidos. Nueva Orléans fue el primer destino y allí trabajó durante 17 años. Sin embargo, la atracción de Tampa fue demasiado fuerte y al fin vino  a radicarse en ella, mostrando ser un hijo digno de la ciudad, un heredero legítimo de la estirpe del fundador de Ybor City.
Claro que estas observaciones biográficas de Rafael emergieron intercaladas entre los párrafos largos en que me habló del bisabuelo valenciano, de su llegada a Cuba con apenas 14 años, del espíritu emprendedor que lo llevó a fundar la fábrica de tabacos “El Príncipe de Gales” en la década de 1850,  de los triunfos internacionales alcanzados enseguida con ese sello de habanos, del primer y segundo matrimonio del ­bisabuelo, con los que sumó 13 hijos. Hablamos de cómo salió don Vicente de Cuba, al ser vigilado por sus simpatías con los ­mambises, de sus logros en la empresa tabacalera en Cayo Hueso, de la llegada a Tampa y sobre la fundación de Ybor City. Me contó anécdotas de la familia Martínez Ybor, de las simpatías y apoyo de sus ancestros a la independencia cubana, momento en que recordamos las palabras de admiración que José Martí le dedicó.
No es menor la admiración reflejada por Rafael hacia su bisabuela Mercedes de las Revillas, mujer que apoyó la causa cubana con fervor permanente. Muchos soldados que salieron de Tampa a combatir por la libertad de la Isla amada, dejaron testimonios de las atenciones recibidas en la casa familiar de Martínez Ybor, donde Mercedes les despidió como una madre. Es natural que con tanto apego  a su tierra original, ella decidiera regresar a Cuba, ya viuda, para que las últimas imágenes que alegraran su mirada fueran las de La Habana, donde está su tumba. 
Naturalmente, cuando la prudencia del tiempo contuvo el diálogo, mi deseo fue pedirle un nuevo encuentro, porque es fértil la historia que Rafael Martínez Ybor conserva con celo familiar y muy grande el servicio que presta al patrimonio de la ciudad. Pero en la asunción consciente de ese beneficio para  la presente y futuras generaciones, las instituciones del lugar deben tener mayor compromiso. La imagen de don Vicente y un grupo de  industriales, ingenieros, profesionales y obreros –juntos hombres y mujeres, negros y blancos, religiosos y ateos, de lenguas y culturas diversas– debe ser mucho más que unas palabras con destino turístico alrededor de una estatua o sitio histórico;  puede ser el ejemplo aleccionador que contribuya a que el que mundo en que vivimos y que hemos de legar, sea realmente mejor.
Casi al despedirnos, pregunto a Rafael si no ha vuelto a La Habana.
-No, me dice con cierta nostalgia, tal vez buscando en el recuerdo de 56 años atrás la majestad que no quiere desterrar de su memoria: las hermosas edificaciones neoclásicas y eclécticas de el  Vedado, frente a las cuales él y Cecilia se juraron amor en el encanto de la juventud.  
Lo entendí mejor cuando, cinco días después, me escribió desde su casa:
“En agosto 4, 2017, serán 56 años que nos fuimos de Cuba (…) cuando se enteraron que mi padre, que vivía en New Orleáns, estaba tramitando la visa para sacarnos a Cecilia y a mí de Cuba (…) un día se presentaron tres milicianos con sus metralletas y nos confiscaron nuestro nuevo condo con todo lo que había adentro (…) Nos fuimos a vivir con los padres de Cecilia, allí estuvimos un año hasta que, por fin, salimos de Cuba. A los pocos años se murió el padre de Cecilia y el gobierno cubano no le autorizó visa para ir al entierro”.
Le puse la mano sobre el hombro, con toda comprensión, deseando que la salud le acompañe por muchos años más y, de paso,  que un milagro pudiera redimir al Vedado que él guarda incólume en su memoria.

viernes, 2 de junio de 2017

Momentos de un diálogo con Ariel Quintela, un paladín en el renacer de Ybor City

 “Queremos crear un mundo nuevo”, me dijo Ariel Quintela, en un momento de la grata conversación que sostuvimos la semana pasada, a sólo unos metros de donde, hace más de 125 años, José Martí dijo –en su primer discurso de Tampa– que había encontrado una comunidad “con las manos puestas en la faena de fundar”. Fundar, entonces aludía a la creación de una república libre, democrática y próspera, desde un sitio donde cientos de familias cubanas estaban gestando un  pueblo nuevo –el pueblo de Ybor City–, junto a españoles, italianos,  estadounidenses y personas de otras procedencias.
 Más de un siglo y cuarto después, cuando el tiempo   ha   deteriorado las edificaciones que
vieron florecer a Ybor City entre finales del siglo XIX y principios del XX, la ciudad ha encontrado un apasionado constructor que no sólo sueña con recuperar aquel esplendor arquitectónico, sino que ha puesto manos a la obra para  conseguirlo. Es Ariel Quintela, de origen cubano y habitante de esta ciudad, tan enamorado de su pasado histórico como de la obra de conservación que se empeña en legar al futuro.
 He visto a Quintela con un manojo de fotografías, croquis y mapas en la mano, explicando  a quienes le rodean el origen  de algunos edificios importantes de  Ybor City –los que ha  adquirido junto a Darryl ­Shaw–, señalando el deterioro en que los ha recibido,  la historia que guardan y los pasos de  su recuperación. Es evidente el entusiasmo con que el urbanista, al hablar sobre sus proyectos, imagina estos espacios convertidos en oficinas, restaurantes y, esencialmente, poblados con nuevas familias.  
 ¿Con qué antecedentes te has entregado a una obra de esa envergadura?, quise saber, cuando, haciendo un breve espacio en su ocupada agenda laboral, me recibió en una de sus salas de trabajo.
 Yo no sé si uno nace con eso. Desde pequeño veía a mi padre atareado con materiales de construcción. Me empezó a gustar ese mundo de edificar. Cuando tenía algo más de 20 años, compré una propiedad –con la ayuda de mi padre, claro– . Allí fabricamos 8 apartamentos y dos casas. Entonces no sabía mucho de eso y dependía de los contratistas. Pero comencé a fijarme en todo el proceso de la construcción y notaba que muchas veces las cosas no se hacían como a mi me gustaba. Siendo así, decidí adquirir mi licencia para, en vez de buscar a contratistas, dirigir yo las obras. Así empecé, comprando solares,  comprando edificios pequeños para renovarlos. Como ya había creado mi propia oficina, comencé a buscar a los obreros, los que seguían mis instrucciones en toda la obra de edificación.

 ¿Siempre en Tampa?
 Sí, desde hace más de 25 años estoy construyendo en este lugar.
 ¿Y cómo nació la idea de invertir en edificios viejos de Ybor City?
 ¡Ybor City es un mundo tan diferente y tan hermoso!  Tú miras estos edificios viejos y piensas en quienes vivieron aquí, en quienes estuvieron en este lugar. En tal caso, uno sueña con volverlos a ver como fueron. Esa fue la primera motivación para comenzar a adquirir edificios vinculados a la historia de Ybor City.
 Una motivación importante es la historia, las personalidades que estuvieron aquí, no sólo José Martí, sino todos los que le ayudaron. Por eso los edificios van a recibir el nombre de esas  figuras históricas.
 ¿De qué edificios se trata?
 Uno de los edificios, que pronto vamos a ­inaugurar, tendrá el nombre de “Martí”.   Será un hermoso inmueble, de 130 mil pies cuadrados, con 128 apartamentos para familias y 8 mil pies cuadrados para espacio comercial. Es en la entrada a Ybor City por la Séptima Avenida.
 También está la “Casa Pedroso”, que se llamará así por Ruperto y Paulina Pedroso, en cuya casa se hospedó Martí. Tendrá 7500 pies de espacio comercial y 33 apartamentos para vivienda familiar.
Al lado estará el edificio “Bomberos”, en el mismo lugar donde estuvo la primera unidad de bomberos de Ybor City. Tenemos las fotografías del edificio primario y vamos a recuperar su sello original. Cuando lo terminemos, va a lucir como cuando lo fabricaron, a fines de la década de 1880.
 Otro edificio llevará el nombre de Fernando Figueredo Socarrás, ¿verdad?
 Correcto. Va a ser aquí, al lado de donde está la Casa Martí-Maceo. Lo hemos bautizado como edificio “Socarrás”, pues Fernando fue uno de los que más ayudó a Martí, aquí en Tampa.  Tendrá 18 mil pies dedicados a área comercial y 21 apartamentos.
 ¿Otros proyectos?
 Bueno, está el edificio “Oliva”, de 38 apartamentos, ya está en proceso su construcción. Tendrá 30 mil pies cuadrados en total. En esa obra mantendremos la fachada arquitectónica de la antigua fábrica de tabaco Oliva.
 Estará la “Casa Buchman”, cuyo primer piso tendrá 6 mil pies cuadrados de espacio comercial y habrá 8 apartamentos en el segundo piso.
 Muy pronto se va a terminar el edificio “Don Vicente”, con cuyo apelativo se honra a Martínez Ybor,  quien le dio nombre a este pueblo.  En este edificio, situado en la calle 14, estuvieron las oficinas de Martínez Ybor. Al frente estaba su fábrica, en cuya escalera de entrada se tomó la fotografía de Martí. El mes que viene queda inaugurado.
 También tenemos un edificio que recibirá el nombre de “Juan Gualberto Gómez”,  a quien Martí le envió la Orden de Alzamiento para iniciar la Guerra de Independencia en la Isla. Este será de 21 apartamentos y el primer piso se destinará a un restaurante.
 Queremos crear un mundo nuevo. Un edificio no es importante, ni dos, ni diez edificios –dice Quintela– .  Lo importante es ver a muchas familias viviendo aquí, familias de todas las edades, de todas las culturas, ver que se vuelve a poblar Ybor City y que la ciudad recupera el esplendor que tuvo en otro tiempo. Eso es lo importante.
 La conversación con Quintela se extendió a otros temas relacionados con la historia de Ybor City, con anécdotas sobre las figuras que él ha privilegiado para que sus nombres identifiquen estos espacios.
 Al final, miro al rostro del tenaz urbanista, en el que adivino sinceridad. Entonces, uso una broma para decir lo que pienso sin lastimar la evidente sencillez –verdadera grandeza– de un hombre que llegó a Tampa siendo un niño de diez años y hoy, dado su talento y voluntad,  hace inversiones millonarias que enriquecen a la ciudad: en Ybor City –le digo–, un edificio del futuro podría llamarse Ariel Quintela, en honor a quien le devolvió el esplendor a esta ciudad.
 Sonríe y le doy la mano, hasta una nueva conversación.
Publicado en La Gaceta, el 2 de junio, 2017

jueves, 2 de junio de 2016

Miguel ­Barbarrosa, el médico de José ­Martí en Tampa

Por Gabriel Cartaya

No se sabe mucho sobre el Dr. Miguel Barbarrosa y Márquez, médico cubano que vivió en Ybor City a finales del siglo XIX, durante los años gloriosos en que, en medio del propio crecimiento de este barrio y el de West Tampa, se estuvieron realizando los más grandes esfuerzos por la independencia de Cuba. Decenas de nombres afloran al pensar en aquella época heroica. Cuando se mira en el tiempo hacia este espacio poblado de cubanos, españoles, italianos, estadounidenses,  entregados al completamiento de la independencia americana, el respeto se vuelve admiración.
Y si en alguna conversación ocasional emerge el nombre de José Martí y se recuerdan sus pasos fecundos por las calles de Tampa, inevitablemente se menciona a Carbonell, a Rivero, a Figueredo, a Ruperto y Paulina Pedroso. Muchas veces, el diálogo se enriquece con anécdotas que pasaron de generación en generación y hoy están cuidadas en la escritura. Una de las más repetidas relata el momento en que alguien atentó contra la vida de Martí. Entonces, casi siempre se habla de Paulina, por el desvelo con que ella y su esposo Ruperto  Pedroso le cuidaron en su casa, donde le dieron hospedaje seguro. En medio de esta anécdota, a veces aparece el nombre del médico que le atendió. Así es cuando asiste Emiliano Salcines a la conversación, o alguien que, como él, se apasiona con las huellas de la historia. Allí se recuerda a Barbarrosa, el galeno que atendió a Martí en Ybor City cuando le brindaron una copa de vino que contenía veneno.  
Su nombre era Miguel y, al igual que Martí, nació en La Habana, hacia 1849. En su ciudad natal se graduó de Bachiller en el Instituto de Segunda Enseñanza, donde debió coincidir con alguno de los estudiantes de medicina asesinados en 1871. Al terminar este nivel de estudios se trasladó a Estados Unidos, donde se graduó de doctor en Medicina y Cirugía. Después se mudó a Francia, residiendo un tiempo en París, lugar en que ejerció su profesión.
De París regresó a La Habana, pero volvió a tomar el camino de la emigración, eligiendo a Tampa como destino. Debió ser hacia 1890 que el Dr. Barbarrosa se instala en Ybor City, donde viven algunos miles de cubanos y ya hay decenas de profesionales prestando sus servicios en una comunidad que crece con rapidez. 
Es por la pluma atenta de Martí que conocemos algunos detalles sobre Barbarrosa, por quien llegó a sentir una sincera amistad.
 Considero que Barbarrosa debió conocer a Martí desde la primera visita de éste a la ciudad, en noviembre de 1891. Unos días antes de sufrir el intento de envenenamiento –incidente ocurrido el 16 de diciembre de 1892– le ha escrito desde Cayo Hueso. La carta está fechada el 12 de noviembre de 1892 y le expresa:
“Acaso mi amigo Barbarrosa, y el alma exquisita y ferviente de su compañera, hayan sido injustos, por falta de cartas de agradecimiento, con el viajero cuyas ansias y soledades ha alegrado más de una vez, y muchas veces,  el recuerdo del entusiasmo, de la ternura, de la lealtad, y del amor que he visto en su casa. Se habrán engañado, y allá voy a decírselo, con el cuerpo a medio deshacer, pero con más patria, con un beso en la frente pa. el niño y en la frente pa. la compañera, y con el corazón agradecido y hermano de,  su J. Martí”.
Hay cuatro cartas de Martí a Barbarrosa, que no aparecieron en las diversas ediciones de sus Obras Completas, pero fueron incluidas en el Epistolario que durante años de paciente búsqueda y estudio preparó Luis  García Pascual  y la Editorial de Ciencias Sociales publicó en La Habana, en 1993.  En esas cartas conocemos el hogar de Barbarrosa, a su esposa y pequeño hijo –René–, así como el cariño con que recibían al sensible amigo cuando llegaba de Nueva York o  regresaba de Cayo Hueso.
La segunda carta a Barbarrosa Martí la envía desde Nueva York. Su médico en la gran urbe es el Dr. Miranda, a quien le dio a conocer lo ocurrido en Tampa y le mostró el tratamiento médico prescripto. En esta carta le cuenta con orgullo a Barbarrosa que Miranda “aprobó absolutamente y con gran elogio, toda la medicación de Ud., que continúa él aquí; por cierto que no quiso irse sin su dirección”.
Con suma delicadeza, le cuenta que, aunque sigue convaleciente, ha mejorado. “Yo, ya al trabajo, entre el sofá y la silla: la mente se me ha vuelto a enflorar, de toda la virtud que he visto por ese mar azul, y en lo que toca a Ud. parte mayor: estoy,  por lo que hace a mente, echando chispas, pero le prometo no salir al frío hasta que tenga cuerpo”.
Delicadeza de amigo y de paciente, porque en la virtud encontrada por “ese mar azul”, Barbarrosa tiene “parte mayor”, y debió aconsejarle con mucha fuerza el cuidado de sus pulmones maltrechos, para despertarle la promesa de no salir al frío.
Casa de Ruperto y Paulina Pedroso -Ybor City, Tampa-,
donde el Dr. Barbarrosa atendió a José Martí
La tercera carta es del 18 de febrero de 1893 y la escribe desde Fernandina, de donde seguirá hacia Tampa. “Yo me callaba la sorpresa, pero quiero darme el gusto de saber que los he hecho pensar en mí desde hoy, antes de que me vean, camino del Cayo…”. Se queja porque no lleva consigo un carrito de juego a René,  una siempreviva a la madre y un libro al amigo, y con fino humor se disculpa: “Recíbame mal, si lo merezco, y crea que no tiene amigo más tierno, ni cliente más inútil, que su,                                                                                                                                José Martí”.
La última carta conocida de Martí a Barbarrosa la escribe en Nueva York, el 9 de mayo de 1894, en medio de su incesante ajetreo. En ella le confiesa que lo considera parte de su “íntima familia, de aquella en que sólo entran las almas de absoluta limpieza y desinterés”.
Es una lástima que el epistolario martiano no se haya completado con las cartas que él recibía. Cuánto nos servirían esas epístolas que le fueron escritas para entender la estimación que le rodeó. Las de Barbarrosa deberían estar entre ellas, porque mucho debieron significar a Martí para que le confesara: “De sus cartas sí le he de decir que me fueron un premio muy dulce, en días en que,   con todo el poder de mi humildad y mi moderación echaba acaso las bases de esa cara república de Cuba”.
Si sólo supiéramos del Dr. Miguel Barbarrosa por haber sido destinatario de unas cartas sinceras y hermosas del Apóstol, sería  suficiente para recordarle. Pero cuando apreciamos que contribuyó a su cuidado físico y espiritual y mereció ser visto por Martí como de su familia, comprendemos que esas cualidades debieron corresponderse con una atencióm exquisita, como médico y ciudadano, a la comunidad de Ybor City a fines del siglo XIX. Entonces, en la lista de médicos distinguidos que pasaron por esta ciudad, debe inscribirse también el del Dr. Miguel Barbarrosa. 




 







jueves, 7 de mayo de 2015

Paulina Pedroso, "muy señora en su alma"

Por Gabriel Cartaya

Es difícil detenerse en el “Parque Amigos de José Martí”, en Ybor City, sin pensar en un matrimonio de emigrados cubanos, de raza negra, que levantaron su casa en este lugar y dieron en ella amoroso hospedaje al Apóstol cubano. Ellos, Ruperto Pedroso y Paulina Hernández (más conocida con el apellido del esposo), legaron sus nombres a la posteridad. La razón es que ambos fueron muy activos en la comunidad cubana asentada en Ibor City a finales del siglo XIX y estuvieron muy vinculados al paso y obra de José Martí en esta ciudad.
      No se por qué elección caprichosa de la historia, Paulina ha absorbido casi toda la atención de los cronistas que se han asomado a este momento de la vida de Martí, disminuyendo la figura del esposo, quien sólo se menciona como complemento de la biografía de ella. Paulina ha merecido diversos artículos y un libro con un título privilegiado –La madre negra de José Martí–, con cuya lógica bien podría ser Ruperto  el padre negro del héroe, si se tiene en cuenta que ambos contribuyeron por igual con las atenciones que en su casa recibió el líder cubano.
      De todos modos, algunos cariños filiales encontró Martí en el camino de su vida, que le aliviaron la distancia de sus padres legítimos. Creo que acercar a Paulina al título de madre viene más del impulso fascinado en mostrar la postura antiracista del Maestro, que con la atención maternal directa que pudo expresarle una mujer que era 14 años mayor que él y lo vio sólo unos días.
      Claro que a la nominación contribuyó ella misma, al confesar que Martí le había obsequiado una fotografía, en cuya dedicatoria estaba escrito: “A mi madre negra”, afirmación que cobró fuerza en el registro de veneración martiana desde prenderse en la portada de un libro.
      Desde mi criterio, tanto Paulina como Ruperto merecen un mismo sitial en la historia y ser recordados cada vez que alguien se acerca al “Parque Amigos de Martí”. La primera razón nos la da el mismo Martí, al dejarnos dicho la confianza y afecto que tomó al matrimonio: “Ni a Paulina ni a Ruperto los recuerdo nunca sin que sienta una sonrisa en el corazón”.
      Hay otras referencias de Martí a Paulina y Ruperto, en notas que les escribe cuando alguien muy cercano a él viaja a Tampa en labores del Partido Revolucionario Cubano. Cuando va Fermín Valdés Domínguez, le pide a ella: “Prepárale la cama y quiérelo mucho. Él te lleva la música. Y dime que quiere a alguien más que a ti. Tu amigo, J. Martí”.
     Pero la más conmovedora es la carta que les hace después del fracaso de Fernandina, cuando la guerra está al comenzar y se requiere recuperar los recursos perdidos. Es una carta enviada con Gonzalo de Quesada, en la que se adivina toda su desesperación: “Yo, Uds. lo saben, estoy levantando la Patria a manos puras (…) Si es preciso, háganlo todo, den la casa. No me pregunten. Un hombre como yo, no habla sin razón este lenguaje”.
Ellos complacieron a Martí e hipotecaron la casa, un ejemplo de sacrificio extremo, sólo posible por la convicción que en ellos despertó la palabra de aquel hombre en quien miraron un Apóstol.
     Gracias a la historiadora cubana Josefina Toledo conocemos muchos datos de la procedencia y obra de Paulina Pedroso, pues dedicó años a la investigación para su libro La madre negra de José Martí. Por ella sabemos que nació de padres esclavos en Consolación del Sur, provincia de Pinar del Río. Hernández es el apellido recibido de los dueños esclavistas. A finales de la década de 1970 emigra a Cayo Hueso, donde se casa con Ruperto, negro como ella y también procedente de Cuba.
Cuando comienza el auge de las fábricas de tabaco en Ybor City, el matrimonio se traslada para Tampa y con ahorros que había hecho Ruperto en un restaurante que montó con mil sacrificios, construyó la casa de madera en la Séptima Avenida, entre las calles 13 y 14, con algunos cuartos para huéspedes.
La casa de los Pedroso en Ybor City
     Tanto Ruperto como Paulina se incorporan a las actividades patrióticas de los cubanos en Ybor City y al conocer al líder cubano, en noviembre de 1891, se entusiasman con su discurso, identificados con el ideal de patria que él promueve.
      Cuando Martí se hospeda en casa de los Pedroso, el 16 de diciembre de 1892, un matancero de la raza negra  llamado Valentín Castro Córdova, acompañado de un hombre blanco, le brinda una copa de vino Mariani. Ante el sabor  extraño y el deseo de vomitar, llamaron al médico Barbarrosa y comprendieron que fue un intento de asesinato por envenenamiento. En aquellas circunstancias, la atención y cuidados prodigados por Paulina y Ruperto a Martí, alcanzaron la magnitud del tratamiento a un hijo.
    En los años preparatorios de la guerra por la independencia de Cuba, Paulina y Ruperto estuvieron entre los más fervientes contribuyentes a esa causa y sufrieron, como tantos cubanos, con la tragedia de Dos Ríos. Se conservan unas palabras escritas por Paulina en el primer aniversario de la muerte de su mejor huésped: “Martí, / Te quise como madre, te reverencio como cubana, / Tú fuiste bueno: a ti deberá Cuba su Independencia”.
     Al terminar la guerra a la que tanto ayudaron, no corrieron a Cuba a pedir algo a cambio de su gran sacrificio. Continuaron su vida en Ybor City con toda humildad y recuperaron su hogar. El nombre de Ruperto aparece en la fundación de la Sociedad Martí-Maceo, cuando afloran posiciones raciales de agrupación que se alejaban de los postulados martianos por los que habían luchado.
     Después hay pocos datos sobre ellos. No se conoce con exactitud la fecha en que regresaron a su país raigal. He encontrado en las Actas de la Cámara de Representantes de Cuba, correspondientes a febrero de 1905, una referencia a Paulina Pedroso. Es una “Proposición de Ley para auxiliar a la amiga del gran José Martí, a la Señora Paulina Pedroso”.  En la discusión que se produce alrededor de la propuesta, un delegado pide “socorrer a esa infeliz señora” que está viviendo en la pobreza. Se decide pedir un informe al Cónsul de Cuba en Tampa para verificar su estado. En una sesión siguiente se da lectura al “Dictamen de la Comisión de Presupuesto al Proyecto de Ley, concediendo un crédito de 3.000 para la señora Paulina Pedroso”.  Es curioso que en esa sesión se negó una solicitud hecha a favor de la viuda del general Flor Crombet y otra hacia familiares de Martí.
     Después de esa fecha, las referencias que aparecen de Paulina son las de su muerte. Tal vez regresó a Cuba con su esposo antes de terminarse la primera década del siglo XX. Seguramente los enfrentamientos raciales de 1912, donde tal vez el propio Ruperto fue una víctima, debieron dañarle profundamente.
     La mujer que hipotecó su casa en Ybor City a favor de una patria “con todos y para el bien de todos”, vivió sus últimos días en la pobreza, casi ciega y enferma, en un pequeño apartamento de la calle Corrales, en La Habana. Cerró los ojos a los 74 años, el 21 de mayo de 1913, a dos días del aniversario de la muerte de Martí. El diario La Discusión dio la noticia, informando que se depositaba en la tumba con una banderita  cubana y el retrato de Martí,  regalados a ella en Tampa por el querido  Maestro.
     A más de un siglo de distancia, cuando nos acercamos al sitial histórico donde estuvo su casa, la sentimos flotar envuelta en la bandera cubana, “negra de color y muy señora en su alma”.

sábado, 28 de febrero de 2015

Fernando Figueredo: el primer alcalde de West Tampa

Por Gabriel Cartaya

     Para los hispanos que vi­vieron en West Tampa a fi­nales del siglo XIX, debió ser común oír hablar, ver en una esquina, o conversar con un hombre hispano de unos 50 años, cuya aureola resplan­decía a su alrededor cuando en las calles se detenía a cada momento, para escuchar el latido que guardaba cada ha­bitante de la naciente plaza urbana. No era solo por la ga­llardía de su estampa criolla, la sapiencia del verbo o el ca­lor de su mano, sino también por el destello legendario que traía consigo. Era Fernan­do Figueredo Socarrás, cuyo nombre, a más de un siglo de distancia, viene cómodo a la memoria, cuando se piensa en los días fundacionales de unas calles adoquinadas que guardan tanta historia.
    West Tampa, conocida pri­mero como Pino City, fue una extensión inmediata hacia el oeste de Ybot City, al otro lado del puente, como efecto del vigor tabacalero alcanzado en los últimos años de la década de 1880. Ahí están todavía los edificios de ladrillos de fuego, orientados de este a oeste, que son vivos testigos del ardor y esperanzas con que nuestros abuelos construyeron la ciu­dad donde vivimos.
    En cuatro o cinco años se levantaron las casas de vi­vir, las fábricas, comercios, escuelas, iglesias, y West Tampa fue tomando el rostro propio que aún la distingue, con calles amplias, portales, aceras. Precozmente crecida, mereció gobierno propio y en junio de1895 tuvo elecciones para su primer Alcalde. En votación libre, sus habitantes decidieron que el cargo co­rrespondiera al bayamés Fer­nando Figueredo Socarrás. Quiso negarse con la explica­ción de que no armonizaba su labor por la independencia de Cuba, con un cargo político en un país que tenía relaciones diplomáticas con España. El Gobernador de la Florida, el demócrata Henry L. Mitchel, le respondió que su labor por la patria natal daba honra al Alcalde de West Tampa.
    ¿Quién era este cubano que recién llegado a West Tampa se convierte en su primer Alcalde? Es larga su historia y el más exigente es­fuerzo de síntesis no podría condensarla en un par de cuartillas. Nació en Cama­güey en 1846, pero por origen y primera formación es baya­més. Completa sus estudios preuniversitarios en La Ha­bana y matricula en la Es­cuela de Ingeniería de Troy, en una Universidad de Nueva York. Entre sus amigos de allí aparece curiosamente Teddy Roosevelt, quien lo llamaba “Figue”, en la confianza grata de la amistad. Está casi al gra­duarse en 1868, con 22 años, cuando el padre le escribe desde Bayamo diciéndole que Carlos Manuel de Céspedes se ha levantado en armas con­tra España. Ha comenzado la Guerra de Independencia de su país y no tiene que pensar­lo. Llega a Bayamo y se incor­pora a la lucha armada.
Debió ser grande el im­pacto que causó en los líderes de aquella epopeya, porque muy pron­to se convirtió en el Ayudante y Secreta­rio de Céspedes, pri­mer Presidente de la República en Armas. Desde entonces, es­tuvo en las princi­pales acciones de la Guerra de los Diez Años y termina como Secretario del Gene­ral Antonio Maceo. Su nombre aparece al lado del de Maceo en la honrosa Protes­ta de Baraguá, donde los cubanos se ne­garon a una paz sin independencia. Con la Paz del Zanjón, el Teniente Coronel Fernando Figueredo tuvo que salir a vivir en el exilio, prime­ro en Santo Domin­go, después en Cayo Hueso y finalmente en Tampa.
    Cuando Figueredo llega a Tampa, ya es ciudadano ame­ricano y ha participado en Cayo Hueso en la vida política de este país. En 1885 fue ele­gido a la Cámara de Represen­tantes por la Florida, siendo el primer cubano en alcanzar ese cargo electoral. También fue superintendente de escuelas por el condado de Monroe, al que correspondían los cayos del sur de la península.
     La fecha en que Fernando Fi­gueredo comienza a radicar en Tampa, corresponde al mes de abril de 1894. Para entonces Fer­nández O´Halloran, que radicaba en Cayo Hueso, ha adquirido la fábrica de tabacos que dos años antes había inaugurado del Pino en esta parte de la ciudad, siendo la primera de varias que en esa década propiciaban el nacimiento y primer esplendor de un nuevo pueblo tampeño.
Para impulsar en West Tampa la producción de puros con mano de obra segura, O´Halloran es seguido por decenas de familias cubanas, entre ellas la de Figue­redo, contratado como tenedor de libros para la firma del distingui­do industrial.
    Emiliano Salcines, que es ca­paz de oír en el tiempo el soplo trascendente del paso del hombre por la vida, me ha acompañado el pasado domingo a mirar en West Tampa la conservación de aquellos edificios, mostrándome con el índice y un caudal de pa­labras la presencia de tanta histo­ria viva. Miramos donde estuvo la casa de Fernando Figueredo, en su tiempo marcada como 404 Main Street y hoy, penosamente, un solar yermo con la yerba cre­cida; nos detuvimos a admirar el edificio construido hace algo más de ciento diez años, hoy biblioteca pública (en 2312 W Union St.), de cuyo interior salió el tabaco clan­destino destinado a Juan Gualber­to Gómez, que ocultaba la orden de alzamiento, en febrero de 1895, para que estallara la guerra por la independencia de Cuba.
    La casa de Fernando, en Cayo Hueso, había sido de visita obligatoria para José Martí, desde su primera lle­gada en diciembre de 1891. La felicidad de aquel hogar debió causar una honda im­presión en el Apóstol, quien le dice en una de sus prime­ras cartas: “El amor lo premió a usted y le da ese aire de rey con que publica sin querer la hermosura de su hogar”. Ya en Tampa Figueredo, Martí viene dos veces más a la ciu­dad y seguramente pudo visi­tarle, en la carrera de atar los últimos cabos para desatar la guerra. Su hijo Bernardo, to­davía mozalbete, le acompa­ñó mucho en esos días, entre Cayo Hueso y Tampa, e inclu­so hasta Nueva York. Lo que no podía entonces presentir el hombre iluminado es que, cuatro años después y a tres de su muerte en combate, su pobre madre, anciana y en­ferma, sería recibida en esta casita tampeña por su amigo Figueredo.
    El patricio bayamés sólo vivió alrededor de 4 años y medio en este pueblo y de ellos uno (1895-1896), como su primer alcalde, pero dejó una huella perdurable, como ocurre con los hombres pri­vilegiados de la historia. Cuando comienza la guerra en Cuba, el 24 de febrero de 1895, Fernando pide su lugar para tomar las armas, pero no es complacido, porque es en ese momento uno de los dirigentes más necesarios en el exterior.
    En septiembre de 1895 fue creado el Gobierno de la Re­pública en Armas y se nom­bró a Tomás Estrada Palma como su Delegado en el Exte­rior. Éste designó a Figueredo como su representan­te en Tampa. Es impresionante la labor que realizó entre 1895 y 1898. Se ha considera­do que asciende a 750 mil dólares la suma recaudada por sus manos en apoyo a la guerra.
Terminada la guerra en Cuba, en 1898, Figue­redo regresó a su patria, como mi­les de cubanos. Ocupó altos car­gos en Cuba desde llegar: en 1902 se crea la república y lo nombran Director Gene­ral de Comunicaciones y en 1912 asumió la presidencia de la Academia de Historia de Cuba.
Su libro, La Revolución de Yara, es hasta hoy una de las fuentes principales para el es­tudio de la guerra del 68. Mar­tí llegó a leer páginas inéditas de esta obra y quiso publicar­lo, según consta en su carta del 25 de febrero de 1894: “Me prometo publicarlo en dos tomos y hacer una edición dedicada a la revolución que programamos”. Finalmente, el libro fue publicado en 1902 y hasta hoy ha tenido varias ediciones.
    Murió a los 83 años, en La Habana, en 1929, rodeado de su familia, de hermanos masones y de muchos com­pañeros de hacer y escribir la historia. Tal vez más nunca volvió a caminar por las calles de West Tampa, pero debió llegarle, hasta el último día, el rumor de su crecimiento y seguramente una brisa cálida de gratitud, porque la segun­da generación tampeña escu­chaba de labios de sus mayo­res su propia historia: la de los fundadores de su ciudad.
Muchas generaciones han pasado, pero si el latido de aquellos hombres nos acom­paña en la obra actual, po­dremos contar con su aliento para hoy y para mañana.
    Si caminas por la acera iz­quierda de la calle Main, de Howard hacia Armenia, de­tente un instante frente a la hierba fresca de ese solar va­cío, donde tal vez escuches, en el ruido del tiempo, como una voz de padre. Es la sen­sación indescifrable de haber identificado la energía etérea que brota de los sitios sagra­dos: esta vez el lugar donde vivió Fernando Figueredo, el primer Alcalde.
Citas: José Martí. Epistolario en V tomos, preparado por Salvador García Pascual. Editorial de Cien­cias Sociales. La Habana, 1993.