viernes, 23 de octubre de 2026

En Zaragoza, recordar a José Martí

 Mientras caminamos en Zaragoza por la calle Manifestación –me acompañan mi amigo Arsenio Peña y mi hijo José Gabriel–, la vista se fija en edificaciones de múltiples estilos que marcan el paso de muchos siglos de historia. Pero las palabras se prenden a la imagen de un joven cubano que, apenas con 20 años, llegó a esta ciudad hace 153 años y dejó en ella el destello de luz que enriqueció la historia de cada lugar en el que estuvo. Como si aquel hombre, de darse tanto, no terminara nunca de dar. Por eso nos detenemos en la casa marcada con el nro. 13, donde entonces estuvo la pensión Don Félix, quien dio hospedaje a dos estudiantes universitarios que dijeron llamarse José Martí Pérez y Fermín Valdés Domínguez. El primer nombre sigue allí, en una tarja que le eterniza:  “José Martí Pérez, Héroe Nacional de Cuba (1853-1895), quien vivió en esta casa entre 1873 y 1874 y murió en combate por la independencia de su patria el 19 de mayo de 1895”. Encima de la inscripción, tallados en madera, hay unos versos suyos que leemos en alta voz: 

Para Aragón, en España

 tengo yo en mi corazón

un lugar todo Aragón

franco, fiero, fiel, sin saña.

Tarja en homenaje a José Martí, quien fue huésped de esta casa.

¿Qué lo llevó hasta allí tan joven, a tanta distancia de su hogar? A los 16 años lo encarcelaron por defender el derecho de su patria a ser libre. De la prisión, al destierro. Llegó a Madrid en 1871, con 18 años, pobre y enfermo. Matriculó en la Universidad, trabajó para pagar sus estudios, incluidos los de la terminación del bachillerato. De allí pasó, en abril de 1873, a esta ciudad donde le resultaba más barato vivir y favorecía a su quebrantada salud. En menos de dos años (de mayo de 1873 a noviembre de 1875), terminó en la Universidad de Zaragoza las carreras de Derecho y Filosofía y Letras, si bien no pudo adquirir el título por carecer de los 240 reales que costaba expedirlos.

Lo comentamos entre anécdotas, preguntas, imaginación. Arsenio se había preparado para mi visita y no solo nos brindó hospedaje, alimentos y vinos aragoneses en su acogedor apartamento, sino que, conociendo mi dedicación martiana, había impreso varias páginas y fotografías sobre la presencia del héroe en esta ciudad. A modo de divertimento, quiso impresionarme con una composición fotográfica asistida con inteligencia artificial, en la que el Apóstol cubano descansa su mano izquierda sobre mi hombro, como si yo fuera Fermín, el amigo que le acompañó durante sus días aragoneses.

Con Arsenio Peña, en una calle de Zaragoza

Entre sonrisas aprobatorias, me sentí tan amigo de Arsenio como debió entonces sentirse Martí con Domínguez, afirmando el valor de la amistad per sécula seculorum. Entonces nos figuramos a los dos jóvenes antillanos caminar por estas aceras, en un atardecer en que el poeta le dice a su amigo: me gusta esa muchacha asomada en el balcón. Fermín también la mira, entiende y se adelanta, para que su amigo deleite sus ojos ante los de ella, tan sorprendida como él. ¿Fue realmente Blanca Montalvo el primer amor a profundidad? Cómo no creerle, si él mismo dijo que en Aragón “rompió su corola, la poca flor de mi vida”. ¿Cómo fue burlada la vigilancia familiar? Solo ellos lo supieron, abrazados en una de estas calles angostas donde ella se le entregó a oscuras, antes de que sus padres la obligaran a casarse con algún militar o viudo adinerado. Hay indicios atendibles, porque en unas cartas a su Pepe que se conservan, la muchacha se queja de presión paterna hacia este peligro y expresa que prefiere morir antes de llegar a un matrimonio sin amor. En la última, se duele de llevar dos meses sin recibir carta suya desde México y duda “de aquel cariño que decías me tenías y que yo creí”. Al final se despide con amor: “Adiós, Pepe del alma, no te olvides de tu  Blanencha”.

Fotografía de José Martí y Fermín Valdés Domínguez (primer plano),
de 1873, año en que ambos llegaron a Zaragoza.

En aquella epístola triste aparece el nombre de Simón, un cubano negro que era sirviente en la casa de Don Félix y al que Martí muchos años después recuerda en el periódico Patria.  Quién sabe hasta dónde fue cómplice de sus citas de amor este cubano negro que también limpiaba zapatos en la plaza de la Independencia. Pero el Apóstol realza su figura en un artículo de 20 años después, porque defendió heroicamente la República cuando el general Pavía disolvió a la fuerza las Cortes y abrió el camino a la restauración de los monarcas borbones. Martí, que fue testigo de la resistencia zaragozana aquel 4 de enero de 1874, grabó en su mente al afrocubano que fue de los últimos en rendirse: “no hubo trabuco más valiente en la plaza del Mercado que el negro Simón”, recordó, fijándolo en la historia sin apellido.

De eso hablamos al caminar, disminuida la noche con el fulgor de la iluminación eléctrica, por esas calles del casco viejo de Zaragoza que caminó el estudiante veinteañero, inquieto con temas académicos, filosóficos (particularmente krausistas), patrióticos, familiares y de primeros amores. Arsenio conoce bien la ruta y nos lleva hasta el teatro donde ya coordinó para que su visitante pueda acercarse al palco número 13. Es que allí se sentó Martí alguna vez, me dice, contento de saber. ¿Qué pudo ver allí?, pregunto. Pues seguramente Los alcaldes de Aragón y a actores del prestigio de Leopoldo Burón, entonces muy aplaudido.


Seguimos por la Calle de la Independencia hasta el Mercado Central y nos detenemos en la calle Coso, frente al lugar donde se publicaba el Diario de Avisos de Zaragoza, en el que Martí seguía noticias  de Cuba y al que envió algún artículo suyo. Nos detenemos en la Plaza de La Magdalena, frente a la Universidad de Zaragoza, buscando en cada piedra gastada por el tiempo alguna huella con el tamaño de sus pies. Hay mucho en la ciudad de cultura romana, árabe, ibérica; hay mucho de literatura y de historia imposible de abarcar en una breve visita, pero también hay en ella mucho de Martí y preferimos abarcar con la mirada sus sitios preferidos.

Existe el libro  Martí en Zaragoza, de Manuel García Guatas y La España de José Martí, del mismo autor. Asimismo, aparecen varios artículos sobre este tema al alcance de internet. En las Obras Completas del héroe cubano, a pesar de ser tan escasas sus cartas escritas en esta ciudad, hay versos y varios testimonios, entre los que elijo el siguiente: “Cuando termino mis clases en la Universidad, me gusta pasear por la plaza del Mercado y llegar a la animada calle Platerías. Y ahí, no muy lejos de las ruinas romanas vivíamos como en familia. Mis días en la Pensión Don Félix fueron los más felices de mi vida estudiantil”.

Al regresar al apartamento de Arsenio, ya entrada la noche, miramos por la ventana y aparece, casi en su patio, las ruinas del teatro Caesaraugusta, de la época de Tiberio y Claudio en el siglo I. Mi hijo se admira de que mi amigo tenga el privilegio de vivir al lado de ese tesoro antiguo y estuve tentado de identificarlo con las ruinas que mencionó Martí. Pero renuncié a ello cuando nuestro anfitrión afirmó que este hallazgo es de 1972. Quién sabe, digo, si nuestro iluminado era capaz de ver hasta debajo de la tierra. En ese caso, dijo Arsenio, merecemos abrir otra botella de Jerez. Por la memoria de Martí, dije yo. Por la amistad, dijo él, cuando Yeyé, Aylicet, José y yo levantamos la copa zaragozana.

Ruinas de un anfiteatro romano en Zaragoza

Deleitando el cáliz,  recordé a Cicerón: “Los hombres se asemejan al vino: el tiempo agria a los malos y mejora a los buenos”, como quien quien nos acoge. El momento era propicio para unir el nombre con el tema elegido por Martí para la graduación de Filosofía y Letras en este lugar:  “La oratoria política y forense entre los romanos. Cicerón como su más alta expresión, los discursos examinados con arreglo a sus obras de Retórica”. Ha llamado la atención el hecho de que, en la mochila que llegó a Playitas en la espalda del líder, iba el libro Vida de Cicerón, a pesar de la rígida selección que debió hacer para su carga. En el texto romano iba una frase que tal vez descubrió en Zaragoza: “Los hombres se asemejan a los dioses cuando hacen el bien a la humanidad”.

La noche es alta y hermosa y desde el balcón miramos  a la gente disfrutarla. En Zaragoza nos quedan diversas maravillas por ver, pero en las que visitamos nos enamoramos de la ciudad. Hay que dormir unas horas, para al día siguiente seguir a Madrid.

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