viernes, 16 de octubre de 2026

Mari Claudia García habla de la exposición “Raíces en tránsito: 30 artistas de la diáspora cubana”

 Recientemente, visité en Madrid la galería Carabanchel, donde me llamó la atención la exposición “Raíces en tránsito: 30 artistas de la diáspora cubana”, que reúne a creadores que viven en España, Latinoamérica y Estados Unidos.

Allí conversé con artistas incluidos en la muestra, entre ellos el cineasta Jimit Ramírez. También con el pintor amigo  Alejandro Campins, cuya presencia obedecía al deseo mutuo de vernos. Ante la muestra, me comuniqué con la curadora, la artista plástica y educadora multidisciplinaria Mari Claudia García, cubana radicada en Nueva York, quien accedió con toda gentileza a una entrevista para esta publicación tampeña.

Mari Claudia García

¿Cómo surgió la idea y se hizo realidad la exposición “Raíces en tránsito: 30 artistas de la diáspora cubana”?

La idea de Raíces en tránsito nació de la necesidad de crear un punto de encuentro para las tres cohortes del Programa de Becas de Resiliencia para Artistas Cubanos Migrantes de Artists at Risk Connection ( ARC). Comencé el trabajo curatorial a inicios de enero de este año, dialogando directamente con cada artista sobre los proyectos desarrollados durante sus estancias, evaluando las posibilidades de exhibición –especialmente para las obras aún en fase de producción y las obras que no tienen una naturaleza visual como la literatura– y trazando conexiones conceptuales, formales y espaciales entre las distintas propuestas. A partir de esto, estructuré el marco curatorial de la exposición en torno a la resiliencia entendida como un proceso de reconfiguración, y a las relaciones entre memoria, resistencia, identidad y reconstrucción.

En una segunda fase, junto a la directora ejecutiva de ARC, Julie Trébault, seleccionamos una galería en el barrio madrileño de Carabanchel. Poco después sumamos al equipo a la becaria Solveig Font como asistente curatorial para que nos apoyara con la curaduría y la producción in situ.

Luego se realizaron todas las coordinaciones prácticas, la búsqueda de equipos y otros recursos necesarios. Ya en el proceso de instalación, resulta fundamental destacar la colaboración de muchos de los artistas del proyecto radicados en Madrid, quienes se involucraron activamente en un proceso de montaje intenso y de gran diversidad técnica: desde murales realizados en sala ­–como los de María Esther Lemus Cordero y Hamlet Lavastida Cordoví– hasta experiencias interactivas de realidad virtual que requirieron conocimientos tecnológicos especializados, como la de Yimit Ramírez González, y el montaje de equipos para la reproducción de filmes, videoarte, animación 3D y piezas sonoras.

¿Qué significa para ti, como curadora de la exposición, la propuesta de un espacio que reúne a un grupo diverso de artistas cubanos cuya realización se ha visto forzada a expresarse fuera de su país?

Ha sido un proceso de profunda transformación personal y profesional. En el plano afectivo, resultó complejo asimilar las historias de censura o represión y posterior exilio forzado que atravesaron muchos de los artistas. No tenía detalles de todas ellas. Sin embargo, presenciar la constancia y la inquebrantable vocación de estos creadores para seguir produciendo frente a esas experiencias y a los desafíos de la migración ha sido profundamente estimulante. Es revelador constatar cómo sus búsquedas han evolucionado y ganado tanto en madurez estética como en distancia crítica. También sentí una gran responsabilidad al presentar el trabajo de aquellos artistas que, por limitaciones migratorias, no pudieron asistir a la exposición. Como artista, entiendo la importancia de que una obra sea presentada respetando la intención con la que fue concebida y que las ideas del creador puedan comunicarse fidedignamente. Por eso participé directamente en el proceso de producción y montaje, tomando muchas decisiones en el espacio mismo.

Desde el inicio, concebí la galería como un espacio de encuentro que trascendiera el marco expositivo tradicional y potenciara las relaciones. Por ello, junto a ARC organizamos un programa público orientado al diálogo entre los becarios de Madrid, la comunidad de creadores cubanos residentes en la ciudad y el ámbito cultural y vecinal de Carabanchel. En última instancia, nuestro propósito era ampliar la conversación sobre la libertad de creación y visibilizar los procesos de censura y desplazamiento que han llevado a estos artistas a producir desde la diáspora una realidad que el público general no siempre conoce en detalle; a la vez, ofrecer una perspectiva multidisciplinar que incluyera el trabajo tanto de artistas visuales como de cineastas, músicos, escritores y gestores culturales ahora en la diáspora.

 Me dio mucha satisfacción encontrarme en Madrid con tantos colegas que han emigrado y que han ido, poco a poco, creando una comunidad artística cubana activa en la ciudad.

Entre los mensajes de la ­exhibición tiene fuerza la siguiente idea: la memoria no es un archivo estático. ¿Cómo se manifiesta en la exposición?

La memoria actúa como uno de los hilos conductores tanto en las obras individuales como en la propuesta curatorial. Por un lado, existe un marcado interés en los artistas por registrar y sistematizar vivencias en la Isla. Esta preocupación se manifiesta, de distintas maneras, en varias obras de la exposición. Un ejemplo de ello es la investigación Museo de la Disidencia en Cuba de Yanelys Núñez, en colaboración con Luis Manuel Otero Alcántara (iniciada en 2016), la cual articula un archivo expandido para documentar prácticas culturales de disenso en Cuba mediante talleres, exposiciones virtuales y repositorios abiertos. También puedo mencionar el trabajo de Sandra Ceballos, donde la memoria de mujeres y niñas víctimas de feminicidio en Cuba se articula a través de la pintura y la escultura blanda, a partir de relatos, imágenes y materiales vinculados a sus historias, convirtiendo sus ausencias en un espacio de reflexión y remembranza.

Por otro lado, la muestra cuestiona la noción de la memoria como un territorio fijo o monolítico. Me interesaba plantear que el archivo histórico no solo se compone de los relatos oficiales o dominantes, sino también de las subalternidades, y que la memoria sobre Cuba también puede construirse y contarse desde la experiencia de la diáspora, como ocurre, por ejemplo, en la obra literaria de Carlos Manuel Álvarez. En “Raíces en tránsito...”, la memoria se manifiesta así como un organismo vivo: un espacio en permanente construcción que puede ser revisitado, interpelado y reconstruido a través de múltiples miradas. Esta idea también se expresa en la museografía, que, más que guiar al espectador de forma didáctica, presenta un campo de relaciones entre las piezas, entrelazando pasado, presente y futuro.

Tengo entendido que los 30 artistas que exponen son parte de una beca destinada a apoyar su obra. De ser así, ¿cómo se obtienen esos fondos y qué grado de compromiso se establece con los beneficiados?


El Programa de Becas de Resilencia de ARC ha respaldado hasta el momento a 30 creadores cubanos en el exilio y la diáspora. La beca no se limita al apoyo financiero para la realización de una obra o iniciativa concreta; busca brindar herramientas de desarrollo profesional, visibilizar la producción de los artistas en el ámbito global, facilitar alianzas estratégicas y consolidar el tejido comunitario del arte cubano en la diáspora. Como Coordinadora del Programa de Becas en su tercera edición, estuve encargada de diseñarlo y de acompañar a los becarios en el desarrollo de sus proyectos.
 

Los fondos se otorgan mediante una convocatoria abierta y un proceso de selección competitivo. 

Aunque apareces como curadora de esta exposición en Madrid, eres una artista formada en La Habana y, como tantos, hoy desarrollas tu obra en el extranjero. ¿Qué ha significado la diáspora para ti?

Mi formación y desarrollo profesional primario son como artista visual, aunque de forma paralela he cultivado la docencia y la práctica curatorial desde Cuba. Inicié mi carrera allí, pero con el tiempo sentí la necesidad de buscar nuevos horizontes académicos y creativos fuera del país. Esa inquietud coincidió con un período de fuerte confrontación en la escena artística, marcado por la resistencia contra el Decreto 349 —que institucionalizó el control estatal sobre la producción artística— y por la histórica jornada del 27 de noviembre de 2020 (27N) frente al Ministerio de Cultura, donde cientos de creadores e intelectuales exigimos el respeto a la libertad de expresión y el fin de la represión a los artistas independientes.

Ese escenario me condujo a Estados Unidos para realizar una Maestría en Bellas Artes en Rhode Island School of Design (RISD). Tuve el privilegio de acceder al ecosistema artístico de otro país desde mi condición de estudiante, con una estructura institucional que me permitió iniciar ese proceso de adaptación y aprender en la marcha. Aunque esto es muy diferente de lo que implica migrar sin una plataforma de apoyo inicial, al graduarme me enfrenté al desafío de continuar produciendo en un contexto cultural totalmente ajeno en términos de lenguaje y dinámicas de trabajo, financiamiento y circuitos de validación. Esta experiencia amplió mis referentes teóricos y mis capacidades técnicas, y me enseñó el valor de la resiliencia y la importancia fundamental de construir una nueva comunidad.

La diáspora también ha supuesto una evolución personal. Inevitablemente, me he enfrentado a cuestionamientos sobre la pertenencia, la identidad y los vínculos afectivos. Hay una sensación de pérdida, pero también una necesidad de ampliar las formas de mirar, cuestionar aquello que damos por conocido y expandir los horizontes. He aprendido que pertenecer a un lugar no depende únicamente de estar físicamente en él, y que la distancia incluso puede enriquecer la manera en que entendemos nuestra propia historia y nuestro lugar en el mundo.

Háblame de tu obra: ¿dónde la realizas, la expones, la cuidas?

Cuento con un estudio permanente en New Jersey, espacio que alterno con estancias de investigación y producción en distintas residencias artísticas. En 2024, trabajé y produje durante seis meses en The Elizabeth Foundation for the Arts en Nueva York, como parte de la residencia SHIFT. Este año he participado en dos programas importantes igualmente en Nueva York: Sculpture Space, más enfocado en la fabricación, y Residency Unlimited, un poco más orientado al desarrollo profesional y la mediación curatorial. Ambas plataformas me han permitido entrar en diálogo con creadores y profesionales del arte de todo el mundo e instituciones locales cuyo trabajo admiro.

En cuanto a la exhibición de mi trabajo, en los últimos años he presentado mis piezas principalmente en galerías y organizaciones sin fines de lucro en Estados Unidos comprometidas con el arte de vocación social y política. Durante el último año he estado más enfocada en la producción de nuevas obras y en el trabajo curatorial y de gestión de programas. 

De forma paralela, mantengo una búsqueda constante de posibilidades de crecimiento profesional, desde programas académicos y de formación hasta oportunidades de financiamiento, residencias y exposición. Este proceso requiere tiempo y energía, ya que implica investigar convocatorias, desarrollar propuestas específicas y competitivas y presentar solicitudes de manera continua, a veces con plazos que se solapan, pero considero que es fundamental para un artista mantenerse involucrado en este tipo de iniciativas, que además de contribuir al desarrollo de la carrera permiten establecer nuevas conexiones.

Siendo una artista joven, ya tu obra forma parte de colecciones importantes, como la del Museum of Fine Arts, Boston, y de Cisneros Fontanals Art Foundation en Miami. ¿Cómo miras hacia el futuro artístico y también pedagógico de tu trabajo?

Tengo experiencia pedagógica en Cuba desde muy joven. Mientras enseñaba en el ISA, cursé una Maestría en Procesos Formativos de la Enseñanza de las Artes, una etapa que amplió enormemente mi curiosidad y transformó mi manera de entender la enseñanza y el aprendizaje en el contexto creativo, con sus particularidades.

Años después, tuve la oportunidad de diseñar una clase y enseñarla en RISD, una experiencia que disfruté mucho y que me hizo pensar en la posibilidad de volver a la docencia universitaria en algún momento. Sin embargo, para mí la dimensión pedagógica no se limita al contexto académico; también se extiende a la curaduría, a los talleres y a la gestión de programas de acompañamiento profesional, como el desarrollado dentro de ARC.
 

De cara al futuro de mi carrera artística, me interesa mucho el modelo de las becas, especialmente aquellas que permiten contar con un período de tiempo y unas condiciones favorables para desarrollar nuevas ideas sin que estas tengan que responder inmediatamente a un resultado de producción. Valoro especialmente la posibilidad de dedicar un período de tiempo a la experimentación, la reflexión y el desarrollo de ideas, algo que resulta difícil mantener con la misma profundidad dentro de las propias dinámicas de trabajo cotidiano. También me interesa la posibilidad de establecer un diálogo continuo con otros artistas y profesionales, algo que este formato favorece. Considero que, en esta práctica, disponer de ese espacio para profundizar, establecer conexiones y permitir que las ideas evolucionen puede ser especialmente poderoso y nutritivo. Al mismo tiempo, quiero continuar ampliando la presencia de mi trabajo en contextos institucionales y presentar mi obra ante públicos y comunidades más amplias y diversas.

¿Cómo sueñas el futuro de tu país de origen?

Sueño para Cuba un futuro abierto, diverso y conciliador, donde todas las voces encuentren canales sanos de convivencia y podamos relacionarnos con mayor respeto, generosidad, gentileza. Aspiro a un entorno donde el pensamiento no sea criminalizado, donde exista una verdadera pluralidad y aprendamos a dialogar desde el disenso, convirtiéndolo en una parte natural de nuestra vida colectiva. Imagino también una sociedad capaz de sanar sus traumas históricos, donde las familias no continúen divididas por el exilio y las heridas del pasado puedan procesarse sin seguir reproduciendo fracturas.

Sueño con que podamos dejar atrás la constante lógica de la supervivencia para avanzar hacia un desarrollo político, social y material próspero, fundamentado en la equidad y la justicia. Quisiera un país donde los jóvenes no se vean forzados a emigrar masivamente en busca de un futuro digno, los ancianos reciban la protección y los cuidados que merecen.

Deseo que los derechos fundamentales de expresión, prensa, reunión, religión, asociación, protesta y creación artística sean plenamente respetados, respaldados por instituciones públicas sólidas y autónomas bajo un marco jurídico humanista.

Aspiro a un sistema en el que no existan presos políticos ni discriminación por motivos raciales, de género, orientación sexual o ideológicos, y donde todos estemos verdaderamente amparados por la ley.

En el ámbito cultural, imagino un ecosistema con diversos modelos de sostenibilidad económica e independencia para los creadores, donde la expresión artística se desarrolle libre de censura y restricciones. Aspiro a un país donde se lea más, donde la educación y el acceso al conocimiento ocupen un lugar central, y donde se rescaten y preserven las tradiciones que nos definen como nación. Quisiera que la cultura y el patrimonio sean reconocidos como ejes fundamentales del desarrollo, y que se cuide y proteja decididamente el entorno natural y sus recursos.

Me imagino, además, una Cuba más conectada y abierta al mundo, capaz de relacionarse con otras sociedades sin perder su singularidad: un país que pueda mirar hacia afuera con curiosidad y, al mismo tiempo, reconocerse a sí mismo con mayor claridad.

Muchas gracias.

 

 

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