Recientemente, visité en Madrid la galería Carabanchel, donde me llamó la atención la exposición “Raíces en tránsito: 30 artistas de la diáspora cubana”, que reúne a creadores que viven en España, Latinoamérica y Estados Unidos.
Allí conversé con artistas incluidos en la muestra, entre
ellos el cineasta Jimit Ramírez. También con el pintor amigo Alejandro Campins, cuya presencia obedecía al
deseo mutuo de vernos. Ante la muestra, me comuniqué con la curadora, la
artista plástica y educadora multidisciplinaria Mari Claudia García, cubana
radicada en Nueva York, quien accedió con toda gentileza a una entrevista para
esta publicación tampeña.
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| Mari Claudia García |
La idea de Raíces en tránsito nació de la necesidad de crear
un punto de encuentro para las tres cohortes del Programa de Becas de
Resiliencia para Artistas Cubanos Migrantes de Artists at Risk Connection ( ARC).
Comencé el trabajo curatorial a inicios de enero de este año, dialogando
directamente con cada artista sobre los proyectos desarrollados durante sus
estancias, evaluando las posibilidades de exhibición –especialmente para las
obras aún en fase de producción y las obras que no tienen una naturaleza visual
como la literatura– y trazando conexiones conceptuales, formales y espaciales
entre las distintas propuestas. A partir de esto, estructuré el marco
curatorial de la exposición en torno a la resiliencia entendida como un proceso
de reconfiguración, y a las relaciones entre memoria, resistencia, identidad y
reconstrucción.
En una segunda fase, junto a la directora ejecutiva de ARC,
Julie Trébault, seleccionamos una galería en el barrio madrileño de
Carabanchel. Poco después sumamos al equipo a la becaria Solveig Font como
asistente curatorial para que nos apoyara con la curaduría y la producción in
situ.
Luego se realizaron todas las coordinaciones prácticas, la
búsqueda de equipos y otros recursos necesarios. Ya en el proceso de
instalación, resulta fundamental destacar la colaboración de muchos de los
artistas del proyecto radicados en Madrid, quienes se involucraron activamente
en un proceso de montaje intenso y de gran diversidad técnica: desde murales
realizados en sala –como los de María Esther Lemus Cordero y Hamlet Lavastida
Cordoví– hasta experiencias interactivas de realidad virtual que requirieron
conocimientos tecnológicos especializados, como la de Yimit Ramírez González, y
el montaje de equipos para la reproducción de filmes, videoarte, animación 3D y
piezas sonoras.
¿Qué significa para ti, como curadora de la exposición,
la propuesta de un espacio que reúne a un grupo diverso de artistas cubanos
cuya realización se ha visto forzada a expresarse fuera de su país?
Ha sido un proceso de profunda transformación personal y profesional. En el plano afectivo, resultó complejo asimilar las historias de censura o represión y posterior exilio forzado que atravesaron muchos de los artistas. No tenía detalles de todas ellas. Sin embargo, presenciar la constancia y la inquebrantable vocación de estos creadores para seguir produciendo frente a esas experiencias y a los desafíos de la migración ha sido profundamente estimulante. Es revelador constatar cómo sus búsquedas han evolucionado y ganado tanto en madurez estética como en distancia crítica. También sentí una gran responsabilidad al presentar el trabajo de aquellos artistas que, por limitaciones migratorias, no pudieron asistir a la exposición. Como artista, entiendo la importancia de que una obra sea presentada respetando la intención con la que fue concebida y que las ideas del creador puedan comunicarse fidedignamente. Por eso participé directamente en el proceso de producción y montaje, tomando muchas decisiones en el espacio mismo.
Desde el inicio, concebí la galería como un espacio de
encuentro que trascendiera el marco expositivo tradicional y potenciara las
relaciones. Por ello, junto a ARC organizamos un programa público orientado al
diálogo entre los becarios de Madrid, la comunidad de creadores cubanos
residentes en la ciudad y el ámbito cultural y vecinal de Carabanchel. En
última instancia, nuestro propósito era ampliar la conversación sobre la
libertad de creación y visibilizar los procesos de censura y desplazamiento que
han llevado a estos artistas a producir desde la diáspora una realidad que el
público general no siempre conoce en detalle; a la vez, ofrecer una perspectiva
multidisciplinar que incluyera el trabajo tanto de artistas visuales como de
cineastas, músicos, escritores y gestores culturales ahora en la diáspora.
Me dio mucha
satisfacción encontrarme en Madrid con tantos colegas que han emigrado y que
han ido, poco a poco, creando una comunidad artística cubana activa en la
ciudad.
Entre los mensajes de la exhibición tiene fuerza la
siguiente idea: la memoria no es un archivo estático. ¿Cómo se manifiesta en la
exposición?
La memoria actúa como uno de los hilos conductores tanto en
las obras individuales como en la propuesta curatorial. Por un lado, existe un
marcado interés en los artistas por registrar y sistematizar vivencias en la
Isla. Esta preocupación se manifiesta, de distintas maneras, en varias obras de
la exposición. Un ejemplo de ello es la investigación Museo de la Disidencia en
Cuba de Yanelys Núñez, en colaboración con Luis Manuel Otero Alcántara
(iniciada en 2016), la cual articula un archivo expandido para documentar
prácticas culturales de disenso en Cuba mediante talleres, exposiciones
virtuales y repositorios abiertos. También puedo mencionar el trabajo de Sandra
Ceballos, donde la memoria de mujeres y niñas víctimas de feminicidio en Cuba
se articula a través de la pintura y la escultura blanda, a partir de relatos,
imágenes y materiales vinculados a sus historias, convirtiendo sus ausencias en
un espacio de reflexión y remembranza.
Por otro lado, la muestra cuestiona la noción de la memoria
como un territorio fijo o monolítico. Me interesaba plantear que el archivo
histórico no solo se compone de los relatos oficiales o dominantes, sino
también de las subalternidades, y que la memoria sobre Cuba también puede
construirse y contarse desde la experiencia de la diáspora, como ocurre, por
ejemplo, en la obra literaria de Carlos Manuel Álvarez. En “Raíces en
tránsito...”, la memoria se manifiesta así como un organismo vivo: un espacio
en permanente construcción que puede ser revisitado, interpelado y reconstruido
a través de múltiples miradas. Esta idea también se expresa en la museografía,
que, más que guiar al espectador de forma didáctica, presenta un campo de
relaciones entre las piezas, entrelazando pasado, presente y futuro.
Tengo entendido que los 30 artistas que exponen son parte
de una beca destinada a apoyar su obra. De ser así, ¿cómo se obtienen esos
fondos y qué grado de compromiso se establece con los beneficiados?
Los fondos se otorgan mediante una convocatoria abierta y un
proceso de selección competitivo.
Aunque apareces como curadora de esta exposición en
Madrid, eres una artista formada en La Habana y, como tantos, hoy desarrollas
tu obra en el extranjero. ¿Qué ha significado la diáspora para ti?
Mi formación y desarrollo profesional primario son como
artista visual, aunque de forma paralela he cultivado la docencia y la práctica
curatorial desde Cuba. Inicié mi carrera allí, pero con el tiempo sentí la
necesidad de buscar nuevos horizontes académicos y creativos fuera del país.
Esa inquietud coincidió con un período de fuerte confrontación en la escena
artística, marcado por la resistencia contra el Decreto 349 —que
institucionalizó el control estatal sobre la producción artística— y por la
histórica jornada del 27 de noviembre de 2020 (27N) frente al Ministerio de
Cultura, donde cientos de creadores e intelectuales exigimos el respeto a la
libertad de expresión y el fin de la represión a los artistas independientes.
Ese escenario me condujo a Estados Unidos para realizar una
Maestría en Bellas Artes en Rhode Island School of Design (RISD). Tuve el
privilegio de acceder al ecosistema artístico de otro país desde mi condición
de estudiante, con una estructura institucional que me permitió iniciar ese
proceso de adaptación y aprender en la marcha. Aunque esto es muy diferente de
lo que implica migrar sin una plataforma de apoyo inicial, al graduarme me
enfrenté al desafío de continuar produciendo en un contexto cultural totalmente
ajeno en términos de lenguaje y dinámicas de trabajo, financiamiento y
circuitos de validación. Esta experiencia amplió mis referentes teóricos y mis
capacidades técnicas, y me enseñó el valor de la resiliencia y la importancia
fundamental de construir una nueva comunidad.
La diáspora también ha supuesto una evolución personal.
Inevitablemente, me he enfrentado a cuestionamientos sobre la pertenencia, la
identidad y los vínculos afectivos. Hay una sensación de pérdida, pero también
una necesidad de ampliar las formas de mirar, cuestionar aquello que damos por
conocido y expandir los horizontes. He aprendido que pertenecer a un lugar no
depende únicamente de estar físicamente en él, y que la distancia incluso puede
enriquecer la manera en que entendemos nuestra propia historia y nuestro lugar
en el mundo.
Háblame de tu obra: ¿dónde la realizas, la expones, la
cuidas?
Cuento con un estudio permanente en New Jersey, espacio que
alterno con estancias de investigación y producción en distintas residencias
artísticas. En 2024, trabajé y produje durante seis meses en The Elizabeth
Foundation for the Arts en Nueva York, como parte de la residencia SHIFT. Este
año he participado en dos programas importantes igualmente en Nueva York:
Sculpture Space, más enfocado en la fabricación, y Residency Unlimited, un poco
más orientado al desarrollo profesional y la mediación curatorial. Ambas
plataformas me han permitido entrar en diálogo con creadores y profesionales
del arte de todo el mundo e instituciones locales cuyo trabajo admiro.
En cuanto a la exhibición de mi trabajo, en los últimos años
he presentado mis piezas principalmente en galerías y organizaciones sin fines
de lucro en Estados Unidos comprometidas con el arte de vocación social y
política. Durante el último año he estado más enfocada en la producción de
nuevas obras y en el trabajo curatorial y de gestión de programas.
De forma paralela, mantengo una búsqueda constante de
posibilidades de crecimiento profesional, desde programas académicos y de
formación hasta oportunidades de financiamiento, residencias y exposición. Este
proceso requiere tiempo y energía, ya que implica investigar convocatorias,
desarrollar propuestas específicas y competitivas y presentar solicitudes de
manera continua, a veces con plazos que se solapan, pero considero que es
fundamental para un artista mantenerse involucrado en este tipo de iniciativas,
que además de contribuir al desarrollo de la carrera permiten establecer nuevas
conexiones.
Siendo una artista joven, ya tu obra forma parte de colecciones importantes, como la del Museum of Fine Arts, Boston, y de Cisneros Fontanals Art Foundation en Miami. ¿Cómo miras hacia el futuro artístico y también pedagógico de tu trabajo?
Tengo experiencia pedagógica en Cuba desde muy joven. Mientras enseñaba en el ISA, cursé una Maestría en Procesos Formativos de la Enseñanza de las Artes, una etapa que amplió enormemente mi curiosidad y transformó mi manera de entender la enseñanza y el aprendizaje en el contexto creativo, con sus particularidades.Años después, tuve la oportunidad de diseñar una clase y enseñarla en RISD, una experiencia que disfruté mucho y que me hizo pensar en la posibilidad de volver a la docencia universitaria en algún momento. Sin embargo, para mí la dimensión pedagógica no se limita al contexto académico; también se extiende a la curaduría, a los talleres y a la gestión de programas de acompañamiento profesional, como el desarrollado dentro de ARC.
De cara al futuro de mi carrera artística, me interesa mucho
el modelo de las becas, especialmente aquellas que permiten contar con un
período de tiempo y unas condiciones favorables para desarrollar nuevas ideas
sin que estas tengan que responder inmediatamente a un resultado de producción.
Valoro especialmente la posibilidad de dedicar un período de tiempo a la
experimentación, la reflexión y el desarrollo de ideas, algo que resulta
difícil mantener con la misma profundidad dentro de las propias dinámicas de
trabajo cotidiano. También me interesa la posibilidad de establecer un diálogo
continuo con otros artistas y profesionales, algo que este formato favorece.
Considero que, en esta práctica, disponer de ese espacio para profundizar,
establecer conexiones y permitir que las ideas evolucionen puede ser
especialmente poderoso y nutritivo. Al mismo tiempo, quiero continuar ampliando
la presencia de mi trabajo en contextos institucionales y presentar mi obra
ante públicos y comunidades más amplias y diversas.
¿Cómo sueñas el futuro de tu país de origen?
Sueño para Cuba un futuro abierto, diverso y conciliador,
donde todas las voces encuentren canales sanos de convivencia y podamos
relacionarnos con mayor respeto, generosidad, gentileza. Aspiro a un entorno
donde el pensamiento no sea criminalizado, donde exista una verdadera
pluralidad y aprendamos a dialogar desde el disenso, convirtiéndolo en una
parte natural de nuestra vida colectiva. Imagino también una sociedad capaz de
sanar sus traumas históricos, donde las familias no continúen divididas por el
exilio y las heridas del pasado puedan procesarse sin seguir reproduciendo
fracturas.
Sueño con que podamos dejar atrás la constante lógica de la
supervivencia para avanzar hacia un desarrollo político, social y material
próspero, fundamentado en la equidad y la justicia. Quisiera un país donde los
jóvenes no se vean forzados a emigrar masivamente en busca de un futuro digno,
los ancianos reciban la protección y los cuidados que merecen.
Deseo que los derechos fundamentales de expresión, prensa,
reunión, religión, asociación, protesta y creación artística sean plenamente
respetados, respaldados por instituciones públicas sólidas y autónomas bajo un
marco jurídico humanista.
Aspiro a un sistema en el que no existan presos políticos ni
discriminación por motivos raciales, de género, orientación sexual o
ideológicos, y donde todos estemos verdaderamente amparados por la ley.
En el ámbito cultural, imagino un ecosistema con diversos
modelos de sostenibilidad económica e independencia para los creadores, donde
la expresión artística se desarrolle libre de censura y restricciones. Aspiro a
un país donde se lea más, donde la educación y el acceso al conocimiento ocupen
un lugar central, y donde se rescaten y preserven las tradiciones que nos
definen como nación. Quisiera que la cultura y el patrimonio sean reconocidos
como ejes fundamentales del desarrollo, y que se cuide y proteja decididamente
el entorno natural y sus recursos.
Me imagino, además, una Cuba más conectada y abierta al
mundo, capaz de relacionarse con otras sociedades sin perder su singularidad:
un país que pueda mirar hacia afuera con curiosidad y, al mismo tiempo,
reconocerse a sí mismo con mayor claridad.
Muchas gracias.



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