lunes, 10 de octubre de 2016

Yahima Hernández y el buen ejemplo de una familia de inmigrantes

Por Gabriel Cartaya

 Yahima Hernández, con apenas 40 años, es una abogada reconocida en el área central de la Florida, consagrada a la compleja especialidad de inmigración. Está atenta, cada día,  a la última hendija de luz con que las leyes estadounidenses cobijen al inmigrante que llega a esta nación.  Es miembro de la Asociación de Abogados del condado de Hillsborough y de la Asociación Americana de Abogados de Inmigración, con licencia para ejercer en los cincuenta estados que conforman los Estados Unidos.
La joven abogada, después de horas de oficina, asistencia a la Corte de Justicia, entrevistas, investigación y todo el cúmulo de trabajo propio de esta profesión,  encuentra tiempo para atender de forma voluntaria diversos asuntos de la comunidad, mermando las horas de descanso para asistir a eventos que muestran y enriquecen la fuerte presencia de nuestra cultura en la bahía de Tampa, así como asistiendo a personas cuyos ingresos le impiden acceder a un abogado. La presencia de su nombre entre los      elegidos  como   Orgullo Hispano por la Herencia Hispana de Tampa, en 2016,  –en la modalidad de desarrollo cívico–, es una muestra del reconocimiento que ha ganado en esta ciudad.
Yahima Hernández (la niña a la derecha)
junto a su familia, al llegar a EE.UU.
 Alcanzar un título de abogado en una Universidad de Estados Unidos ha estado, generalmente, en manos de quienes han llegado a la enseñanza superior amparados en el estatus económico heredado. Los hijos de médicos, abogados, ingenieros, profesores, grandes empresarios y profesionales de altos ingresos, acceden con frecuencia a esta ocupación. Sin embargo, el mérito de quienes, como la abogada Hernández, matricularon en esta especialidad sin contar con más recursos que la vocación, el talento, la firmeza de carácter y una buena dosis de sueños, es infinitamente mayor. Llegó a este país en 1995, con 20 años y 6 miembros de su familia que incluían cuatro generaciones de cubanos: una bisabuela, dos abuelos, los padres y una hermana. Entre todos, al desmontarse de un avión en el aeropuerto de Louisville, en Kentucky, encontraron 12 dólares en los bolsillos, estrenando el país m más rico del mundo con un respaldo económico de 1.70 por cada uno.
 Veinte años más tarde, en una tarde de domingo, en la comodidad de su hermosa casa de Riverview y tras descorchar una botella de vino al lado de sus admirables padres, les pido que me cuenten acerca de los primeros días en Estados Unidos. Las anécdotas se suceden, completando detalles, en su voz, en la de Pedro y Rosa –los padres–  y entre risas que se cortan con breves comentarios que hacemos todos.
Recuerdan que nadie les estaba esperando en el aeropuerto, pues llegaron 4 horas después de lo previsto a un lugar muy lejos de su Remedios. En medio de la noche y sin asomos de desconsuelo, dos personas se les acercan, preguntando si eran una familia cubana. –“Somos nosotros”–, dijo la abuela, sin inquirir a quiénes buscaban ni quiénes eran. Montaron con ellos en dos carros que fueron a detenerse en un campamento de refugiados.  Allí permanecieron pocos días, entre cientos de cubanos y miembros de otras nacionalidades, pues aunque nadie quería irse a un barrio que consideraban conflictivo, ellos aceptaron el primer techo privado que se le presentó a la familia.
 –Teníamos 3 sillas, había que esperar que uno se parara para otro sentarse– dice Yahima. –Pero como los tres más viejos tenían prioridad, nosotros casi siempre estábamos de pie– aclara Rosa.
–Yo recuerdo que después encontramos un sofá en la calle–  recuerda Pedro. Entonces, entre los tres, completan la historia surealista de lo que pudiéramos llamar “el sofá de Louisville”, artefacto que, aunque sin cojines,  era más cómodo que el piso.
 A los pocos días,  invitaron a la casa a otro cubano que conocieron en el mercado. El hombre se quedó asombrado con el sofá, y sólo con la confesión pudieron entender su encanto: –¿Dónde lo encontaron?– preguntó, y agregó, sin esperar la respuesta: –No me lo van a creer, yo tengo los cojines. Los recogí en la calle y al regresar a los diez minutos por el sofá, no quedaba ni el rastro–. Todos se quedaron con la boca abierta, hasta que el visitante dijo, casi con desconsuelo: –No se preocupen, yo se los voy a traer, total, ustedes tienen lo principal–.  Ninguno entendió bien si ‘lo principal’ a que se refería aquel buen hombre era al sofá, o a la familia unida que emprendía una nueva vida con tanto entusiasmo.
 Así empezó la familia Hernádez en Estados Unidos. Enseguida empezaron a trabajar, con todo el empeño, la honradez y la alegría que traen en la sangre desde sus antepasados. A los 8 meses de llegar compraron su primera casa, para asombro de todos. Yahima entró a la universidad y las horas que un estudiante requiere para la biblioteca las tuvo que emplear en trabajar para una cafetería. Pero a los cuatro años se graduó con honores, alcanzando una Licenciatura en Psicología en la Universidad de Louisville.
Yahima Hernádez (la tercera desde la derecha),
 entre sus padres, su hijo y otros familiares
 Sin embargo, la vocación la llamó a las Ciencias Jurídicas y, trasladada con su familia a la Florida,  las puertas del Colegio de Derecho de la Universidad Stenson se abrieron a su inteligencia. En ella, no sólo completó todos los créditos para graduarse de abogada, sino que fue galardonada con el Premio William F. Blews por sus notables servicios a la comunidad.
 Ya con la Licencia  para ejercer en la Corte Suprema de la Florida, se inclinó hacia las leyes relacionadas con la inmigración, especialidad a la que ha dedicado sus últimos años y en la que ha alcanzado prestigio profesional y consideración.
 En 2011 creó su propia firma de abogados –Law Offices of Hernandez & Smith, P.A.–, la  que comparte con su amiga Christine Smith, otra maravillosa abogada. Conversar con ella, como con sus padres, es siempre un premio, porque entre el exquisito humor se desgrana una agradable sonrisa, una palabra de aliento, una enseñanza que alimenta la confianza en  los valores universales del ser humano.

jueves, 8 de septiembre de 2016

Conversar en Tampa con el cineasta cubano Juan Carlos Cremata

Por Gabriel Cartaya

Juan Carlos Cremata Mal­berti es un nombre impres­cindible en el cine cubano de nuestro tiempo. Aunque con el filme “Nada”, de 2001, alcanzó premios que lo llevaron a la notoriedad, vino a ser “Viva Cuba”, primer filme cubano en alcanzar un premio Cannes, quien lo anotó con tinta sólida en la pléyade privilegiada de los cineastas de la Isla.
      Con seis películas rodadas, decenas de premios en diversos continentes y en plena madurez creativa, Cremata ha elegido recientemente a la ciudad de Tampa para vivir. Desde cono­cerlo personalmente y hablar sobre cine, Cuba, Tampa y pro­yectos de trabajo, le propongo una entrevista a la que accede con agrado.
       Aunque ya habías dirigido otros filmes, es “Viva Cuba”, del 2005, la que te sitúa en la cús­pide del cine cubano, convirtién­dote en un director reconocido a nivel internacional. ¿Qué signifi­có –y significa– “Viva Cuba” en tu creación cinematográfica?
     “Viva Cuba” fue como una iluminación. Al seguir mis ins­tintos. No sé bien por qué siem­pre agradezco al cielo haberla concebido. Yo había estudiado mucho – incluso, antes de reali­zar mi primera película titulada  “Nada” - al cine cubano anterior a mi propuesta. Y descubrí que aunque se habían hecho muchos proyectos para niños, nunca hubo una película con ellos como protagonistas de un largometraje. Era un proyecto pionero en muchas vertientes. Un road-movie por toda la isla, con tecnología digital, que la alejaba del contexto cuasi habanero-centrista del resto de las películas cubanas. Y viaja a lo largo de todo el país.
       Yo había renunciado al Insti­tuto Cubano de Arte e Industria Cinematográfica (ICAIC). Y en un enojo, me propuse hacer algo de lo que el ICAIC se arre­pintiera por no haber hecho. Y fue lo primero que logramos, con el excelente guión coescri­to con mi amigo de siempre, Manolito Rodríguez, porque “Viva Cuba” no es una película del ICAIC. Se hizo con el con­curso de la Casa Productora de Telenovelas de la Televisión Cubana en coproducción con QUAD Productions de Francia y DDC de Estados Unidos. Sin embargo, se convirtió en el primer filme cubano con niños como protagonistas.
Juan Carlos Cremata visita
La Gaceta. Fotografía de
Manuel Portales
      Luego la bendijo el premio “Grand Prix Ecrans Junior”, en el Festival Internacional de Cannes del 2006. Y la colocó como la primera película cuba­na que obtuvo un premio en el que es considerado el Festival más importante de cine del mundo. Yo había estado en Cannes dos años antes, con “Nada”, mi primer filme, en la “Quinzaine des Realisateurs”. ¡Pero si a eso sumas que luego se desató un aluvión de pre­mios e invitaciones a festivales! La lista de distinciones suman la cifra récord de 46 galardones entre nacionales e internacio­nales. “Viva Cuba” es aún la película más premiada en la historia de la cinematografía cubana.
      Pero, curiosamente, y más allá de su cubanía intrínseca, “Viva Cuba” es, en realidad, una producción francesa, fi­nanciada con fondos norteame­ricanos. Fue vendida en casi todo el mundo. Y representa al mismo tiempo una carta de presentación de nuestro país natal. Aunque te confieso que nada se equipara a la sonri­sa de los niños al verla. O de aquellos más creciditos que se resisten todavía a dejar de serlo. No imaginas la maravilla que es entrar a un cine y ver a muchos niños recitando los textos de tu película.
      “Viva Cuba” me dio a cono­cer más al mundo. Y me dio la posibilidad maravillosa de conocer mucho más mundo también. Es un “raro” filme fa­miliar. Los niños y los adultos disfrutan por igual. Y eso hace que más gente se aficione y el rango o espectro de público sea mayor. Fue emocionante mos­trarla en la India, ante casi mil personas en Calcuta. Además, fue un proyecto familiar en otro sentido, en tanto se realizó con el concurso de casi toda mi familia de sangre. Mi madre la codirigió. Un hermano actúa. Mi primo Guillermo Ramírez Malberti fue el director de arte. Y mi otro primo, Amaury, su hermano, compuso parte de la música. Tengo recuerdos muy lindos de las experiencias que aún hoy me ofrece esa tierna, dulce y linda película. Aquí en Estados Unidos se ha visto bas­tante, y hasta hay quién ha visto “Viva Cuba” y se ha motivado a visitar la isla.
       Antes de ese filme paradig­mático, que rompió con el esque­ma de que para hacer una gran película en Cuba había que con­tar con el ICAIC, habías rodado otras cintas y alcanzado premios en Cuba y en otros países. Há­blame de Juan Carlos Cremata antes de “Viva Cuba”.
      Bueno, a ver, desde que tengo uso de razón, sé que pro­vengo de una familia muy artís­tica. Mi madre es coreógrafa y directora de televisión. Mi padre era un actor innato. Mis tíos de infancia fueron actores muy fa­mosos y reconocidos. Imagínate que yo nací, prácticamente, en un estudio de televisión. Y luego trabajé un tiempo en ella. Es de­cir, desde muy chiquito, nada de lo artístico me es ajeno. Luego de haber transitado como actor en la televisión desde pequeño, recorrí el extenso camino del artista aficionado, hasta que me gradué en el Instituto Superior de Arte, en la especialidad de Teatrología-Dramaturgia, como crítico de ballet. En realidad nunca lo ejercí. Hice televisión como actor, guionista y direc­tor, ya de joven. Y además, en 1991, me gradué con la Primera Generación de la Escuela Inter­nacional de Cine y Televisión (EICTV) de San Antonio de los Baños, que es el proyecto más importante de la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano (FLC) y que fuera comandada, hasta su fallecimiento, por el Premio Nobel de Literatura Ga­briel García Márquez.
       Bueno, pues yo al termi­nar esa, aún hoy, importante escuela, hice una tesis en 35 mm, dibujada a mano, cuadro a cuadro, por la cual me invitaron a más de una decena de festi­vales en Europa, que me llevó a enseñar Teoría de la Edición Cinematográfica, durante dos años en la Universidad Pública de Buenos Aires, Argentina. Además, ya había trabajado en algunas producciones en Chile, Ecuador y México. Y había ex­perimentado largas e intensas estancias de vida en varios países del mundo. Todo eso me hizo obtener una Beca Guggen­heim en Nueva York en el año 1996, donde, también, esa tesis de la escuela titulada “Oscuros rinocerontes enjaulados (muy a la moda)” pasó a integrar los fondos del Archivo del Museo de Arte Moderno (MOMA).
Luego de vivir un año en esa ciudad maravillosa que es Man­hattan, decidí regresar a Cuba. Y después de algunos tropiezos pero mucho empeño, logré hacer “Nada”, mi primera película. Y bueno… después vino todo lo demás. Junto con “Viva Cuba” nació mi proyecto “El Ingenio”, con el que quiero asumir todo lo que pueda hacer en teatro y en cine. Soy yo mismo. He hecho mucho cine. Y mucho teatro.
        En el 2006 empezamos una intensa carrera durante diez años consecutivos, con diferen­tes puestas en escena y éxitos de público y atención de la crítica. He podido hacer sueños reali­dad. Y es que yo no me canso de soñar. Por lo tanto, creo. Consi­dero que crear es la manera más linda de vivir.
       Sobre tu filme “El Premio Flaco”, estrenado en La Haba­na durante el Festival de Cine Latinoamericano de 2008, tú has confesado que expresa “la importancia de agarrarse a lo es­piritual en lugar de lo material”. ¿Se relaciona esta expresión con la voluntad de hacer cine a pesar de las carencias materiales que enfrenta la producción cinema­tográfica en Cuba o trasciende este contenido?
Juan Carlos Cremata en Tampa.
 Fotografía de Manuel Portales
      Bueno es que en “El Premio flaco”, que es para algunos cubanos “su película favorita”, ja, ja, eso incluso, se convir­tió en la propia filosofía de la realización del filme. No había recursos. Y se pudo hacer todo eso, con muy poco. De hecho no pude asumir movimientos de cámara. Porque no había pre­supuesto para su alquiler. Y se hizo en coproducción con Gua­temala, un país más pobre cine­matográficamente que Cuba . Lo que defiende esa película es que “se puede ser carente de bolsillo, pero no se debe ser miserable de alma”. Hay quien nada tiene y lo da todo. Hay quien tenien­do de todo, se ha quedado sin nada dentro. Muchos latinos se identifican con la película. Hacer cine es para cualquiera un lujo, pero para los cubanos es una necesidad, porque es la manera de mantener viva la memoria de estos tiempos nuestros para el futuro, aunque estemos ha­blando del pasado. ¿Cómo van a saber nuestros hijos o nietos cómo éramos? Por eso hay que crecerse. A veces las dificultades materiales te dictan el camino para ser ingenioso y creativo.
      “El Premio Flaco” fue el pro­yecto que durante más tiempo soñé. Incluso, hasta antes de soñar con ser cineasta. Por eso abandoné todo otro proyecto, ante el fallecimiento repentino de su autor (amigo) Héctor Quintero. Y decidí asumir la definitiva versión al cine de su obra más importante, “Contigo pan y cebolla”, que se estrenó en enero del año pasado, co­mercialmente, en los cines que aún quedan en el país. Luego de su estreno, para nuestro dolor, también falleció su protagonis­ta Alina Rodríguez, una de las actrices más queridas y respeta­das por el pueblo de Cuba. ¡Que ambos estén en la gloria!
     En la década de 1990, la más cruda del llamado período especial, estuviste algún tiempo viviendo fuera de Cuba, incluido Nueva York. Sin embargo, tras el enorme aprendizaje y disfrute que debió significar para ti ese periplo extranjero y seguramente para sorpresa de algunos, regresas a La Habana. ¿Qué razones determinaron esa decisión?
       En esa época pensaba que, salvo experiencias aisladas como las de León Ichaso y Orlando Jiménez Leal, o Néstor Almendros, el cine cubano sólo podía hacerse en Cuba. Y quería volver, precisamente, para entregar a mi pueblo todo lo que había aprendido en el camino o viviendo lejos de allá, donde tengo amigos, algo de familia y una hija a la que adoro con todo mi ser. Pero,  sobre todo, regresé con la intención, declaradamente artística, de abrir las mentes de mis coterráneos a concepciones y maneras, si no originales, al menos distintas de hacer, sentir y pensar. Mi vocación fue, es, y seguirá siendo: expandir horizontes mentales. Abrir puertas al conocimiento, al aprendizaje, a la comprensión, al respeto y a la tolerancia Tuve suerte. Y a golpe de “surfeo” con las dificultades, combinado con talento y talento y  empeño, realicé “Nada”, mi primera película. Luego vino “Viva Cuba”, a la que siguió “El premio flaco”.Después vino “Chamaco”, tres cortos de la serie “Crematorio” y por último “Contigo pan y cebolla”. Ah, y durante todo ese tiempo, acompañado de una decena de puestas teatrales con éxito permanente de público y bastante resonancia de la crítica.
    Ahora los tiempos han cambiado y el concepto de cine cubano ha evolucionado. Y tiene que seguir cambiando, pues ya no es sólo cine cubano el que hace el ICAIC, ni siquiera el que se realiza, gracias a la Virgen de la Caridad del Cobre y todos los santos o esfuerzos del mundo, fuera de la mal llamada hoy “industria cinematográfica cubana”, que se ha convertido en un triste edificio que concentra más burócratas que artistas.
    Cine cubano es también el que hace cualquier cubano que viva en cualquier rincón del mundo. Para colmo, puedo afirmarte que he visto cine cubano, en cineastas como Carlos Marcovich, de México, Laurent Cantet, de Francia, el mallorquín Agustí Villaronga o los catalanes Carles Bosh y Josep María Domenech con el documental “Balseros”, entre otros, que muy bien pueden ser también perfectamente catalogados como ejemplos de cine cubano. Yo soy de los que cree que cubano es más que un apego a una tierra en concreto, una atadura razonable y sentimental a una cultura común que nos identifica.
    En los últimos años, el ICAIC ha ido perdiendo el monopolio de la producción cinematográfica en Cuba, en la medida en que el cine independiente ha alcanzado más protagonismo. ¿Cómo evalúas esta tendencia?
    En este momento me interesa mucho más ser distribuido por el “paquete” –que es una alternativa popular al control sobre el Internet en Cuba– que estrenar en los pocos y lamentables cines que quedan en pie, o tambaleándose, en el país. Me interesa que mi obra se siga conociendo y darla a conocer a través de las redes sociales, encontrar vías alternativas de distribución que la tecnología parece ofrecer cada día más. En Cuba, como en todos lados, se está dando un fenómeno interesante y es que ahora todo el mundo puede filmar lo que sea, hasta con un celular. A veces vemos cosas que antes no veíamos y ni siquiera sabíamos que podían existir. Digamos que el protagonismo se ha esparcido, difuminado, derramado, pulverizado. Y, en fin, democratizado cada vez más, gracias a la tecnología. Por eso cada vez es más difícil controlar la explosión de visiones distintas sobre un mismo hecho, proyecto, proceso o supuesta verdad. Existen tantas lecturas como espectadores y cada espectador tiene una historia que puede contar. Eso producirá, sin lugar a dudas, un público diferente, por la expansión intelectual que supone. Aunque, por supuesto, no está ajena al riesgo que supone cierta banalización y la mediocridad acechante, las que parecen acechar con saña los tiempos que corren.
    Pienso que el componente económico, más que el nivel profesional, ha sido una razón esencial en que el cine cubano actual haya buscado el recurso de las coproducciones con otros países. ¿Crees que la mirada desde el extranjero a la realidad cubana, latente en la mayor parte de los filmes de y sobre Cuba, es fiel a la cultura que intenta transmitir?
    Chico, la palabra extranjero me saca de quicio. Es tan déspota, cruel, racista y limitada, que trato de eliminarla de mi vocabulario. Hoy insisto en que primero se es humano y luego, de cualquier nacionalidad que sea, la visión externa de un fenómeno, ayuda siempre a su comprensión por todo el mundo. Y este es un universo urgido de entendimientos, necesitado de tolerancias, carente de convivencia y pletórico de culturas. Lo diverso es lo que nos hace auténticos. Pero lo común es lo que nos distingue e identifica como seres humanos iguales, parecidos y/o diferentes. Así que agradezco, la mayor parte de las veces, sobre todo cuando lo adornan las buenas intenciones, la visión de cineastas no nacidos en Cuba. Lo más triste es que en nuestra propia isla se promueva la filmación de mega filmes, usando a la realidad como pura escenografía. Y no se apoye más, contradictoriamente, al cine independiente cubano, que ofrece sin dudas una versión más cercana a lo que realmente sucede allá. 
    Hoy, las coproducciones casi siempre traen intereses comerciales y a veces ha primado en ellas una mirada ajena, fría y distante. Pero cuando se mira con el corazón y la razón más plena, el resultado siempre se agradece. Ver, por ejemplo, la última película de Rolando Díaz me ha expandido aún más el concepto de la universalidad de lo cubano. Rolando es un cineasta cubanísimo, que aborda en su última entrega un tema no cubano. Y lo hace con esa carga de cubanidad suya tan honda, intrínseca y tremenda, al tiempo que desde una universalidad sin límites, sin fronteras y sencillamente liberada. Es como una bomba, una explosión de sentimientos, ritmo, cadencia y manera de ver las cosas. Pienso que todo es un proceso donde se impondrá esa mirada única que ofrece el alma y la mente de nuestra nación. Esa es su cultura, y a la vez, el acervo del mundo.
    ¿Cuál es, en tu opinión, la mejor película cubana de todos los tiempos y si ella coincide con el mejor director?
    Mira, sería demasiado injusto con todos mis gustos decirte el nombre de una única película o de un sólo director. Porque todas las películas y todos los directores han dejado una huella, más grande o más pequeña, en mí. Me es imposible ponerme a escoger una película entre tantas, muchas. Y no sólo cubanas, sino en la historia entera de la cinematografía mundial. Lo mismo me sucede con los directores. Disfruto tanto del cine silente (que en verdad era solamente mudo) como de todas las escuelas documentales, las películas de todas partes del mundo, los estrenos comerciales, los musicales, el cine experimental, los cortometrajes, las series de televisión, los video-clips, los espectáculos filmados, etc. Casi nada de lo visual me es ajeno y, por el contrario, se me torna vital, esencial, casi como respirar. Así que te dejo en esa. Todo el cine y el arte me interesan. En el arte, en mi opinión, son injustas, banales, irracionales y hasta absurdas las competencias. Nada es igual a otra cosa. Y me considero un defensor acérrimo de la diferencia.
     ¿Estás de acuerdo conmigo en que después de “Fresa y Chocolate”, las dos películas de mayor impacto del cine cubano son “Conducta”, de Ernesto Daranas y “Viva Cuba”?
    Bueno, eso lo dices tú y  yo no tengo porque estar en desacuerdo. Ni te voy a llevar la contraria. Pero hay muchas películas y directores cubanos que han marcado pauta también. Cada una a su manera y en su tiempo, todas han sido importantes, hasta las que están por venir. Y han conformado puntos de vista distintos, pero auténticos, en nuestra manera de ser. Otras películas y directores que tú no mencionas han tenido impacto en otros lugares y en otros momentos. Y todas han tocado a decenas, cientos y miles de espectadores. He estado tentado de mencionarte títulos, más clásicos o más recientes, pero no quiero correr el riesgo de ser injusto al olvidar tantos artistas y obras importantes en nuestra cultura. Estoy seguro que están aún por arribar otros ejemplos de películas memorables. Creo en la gente joven que está haciendo cine en Cuba y fuera de ella también.
        ¿Quieres hablarme de los logros alcanzados con tu grupo de teatro “El Ingenio” y de los avatares de la obra “El Rey ha muerto”?
   “El Ingenio” surgió con “Viva Cuba” como productora independiente. Por ese entonces comencé mis dos primeros tanteos con el teatro profesional: “Las viejas putas” y “Frigidaire de Copi”, que fueron amparados, para mi honra y muy amablemente, por el teatro “El Público”, que aún dirige el Premio Nacional de Teatro Carlos Díaz Alfonso.
    Pero ya al tercer año, y con la tercera puesta en escena de “El malentendido”, de Albert Camus, nos independizamos para consolidarnos como una referencia artística concreta. Así es que surge “El Ingenio”, como grupo de teatro. Pero era, más bien, un grupo de artistas que se reunían en torno a mí, para distintos proyectos en cine o teatro. Porque, en esencia, “El Ingenio” soy yo, con mis ideas y la manera que persigo de ingeniarme la posibilidad de convertir ciertos sueños en realidad.
   Transitamos por una decena de puestas, estilos y funciones que nos consolidaron como un referente importante dentro del ámbito escénico en La Habana. Fue un proyecto irreverente, iconoclasta, experimental, anárquico, contestatario, muy divertido, a veces duro, pero la mayoría memorable y, en mi opinión, demasiado conflictivo para las autoridades culturales de la isla.
  Por ende, muy atractivo para un público que fue creciendo cada vez más y repletando cada una de las funciones de cada temporada en los espectáculos que hicimos. Fue todo un suceso y estuvo  a punto de cumplir 10 años, cuando sucedió la desafortunada censura de la puesta en escena de “El Rey se muere”, de Eugene Ionesco, del que sólo nos dejaron hacer dos funciones. Me acusaron de estarme burlando de Fidel Castro, a lo que siempre respondí que cada uno lee lo que quiere leer en el arte, con lo que se puso en evidencia la lectura oculta de los propios censores.
El autor, conversando con Juan Carlos Cremata.
Fotografía de Manuel Portales
   Siempre he pensado que la censura hace más daño al censor que al censurado, porque trasluce el miedo a que se digan ciertas cosas y la inseguridad de un sistema, arbitrado anacrónicamente por una “seguridad” del estado. Y la arbitrariedad de una injusticia arcaica, fascista y anacrónica por medieval, no detuvo ni acalló mi denuncia pública. Creo que tuve el derecho de gritar y decir a los cuatro vientos lo que pienso. Cualquier censura es aborrecible. Y sobre todo es intrínsecamente opuesta a la expresión artística, que es por naturaleza y por esencia libre. Me prohibieron hacer teatro y decidieron desintegrar “El Ingenio”.
    Los cineastas, por otro lado, se pronunciaron en contra de tamaño atropello. Entonces quedó claro, para mí, que se me había decretado ya la muerte en vida.
  Pude, de todas formas, probar fuerzas antes de salir de Cuba y filmé un cortometraje (una cuarta historia de la serie “Crematorio”). Además, con la ayuda financiera de la Real Embajada de Noruega en Cuba, y en sólo 8 días, con un presupuesto de únicamente 5 mil dólares, filmar un largometraje titulado “Semen”, basado en la obra de Yunior García, un joven dramaturgo cubano. Filmar una película es sólo el 20% de todo proceso cinematográfico. Luego queda un 80% de trabajo con la postproducción. Cargo conmigo todo lo filmado, debidamente sincronizado. Y espero tener la ocasión de editar y post-producir esos filmes, para darlas a conocer al mundo, y a Cuba, por supuesto. Anhelo lograrlo lo antes posible.
    Has decidido recientemente radicarte en Tampa. ¿Por qué la elección de esta ciudad y qué sueños inmediatos tienes desde ella?
   Tampa nunca estuvo en mis planes, te lo confieso. Es una elección que me regaló la vida. Aquí vive mi excuñada, Yoha, que es casi como mi hermana. Y viven mis sobrinas, que me ofrecieron alojamiento en su casa, donde inicio esta nueva etapa de vida norteamericana. Y como yo hace mucho tiempo aprendí a vivir con intensidad lo que me quede, trato siempre de aprender y de avanzar. En el camino, he descubierto que aquí vivieron dos grandes intelectuales cubanos: el esencial José Martí y el gran compositor y pianista Ernesto Lecuona.
    Es una ciudad bellísima, en la que ojalá pueda encontrar un espacio, pues me siento orgulloso de vivir hoy en ella. La recorro todo lo que puedo, en bicicleta, y la aprendo a vivir un poco más cada día. Pero, sobre todo, la siento, porque la vivo a diario. Ojalá pueda sentar base aquí. Aunque yo, como artista, nunca me cortaría las alas, porque lo que amo es el vuelo. Tampa, sin embargo, es un buen nido. Por lo menos, hasta ahora, ha sido refugio, amparo, cuidado, amistades y muchas esperanzas. Ya veremos donde puedo colocar y hacer valer mis sueños. Y yo soy un soñador al que le gusta mucho insertarse en el “sueño americano”, sobre el soporte y la base de mis raíces, claro.
     Hace años, ideo una película sobre la etapa que Martí estuvo por aquí. Un proyecto que titulé: “La leyenda de las niñas de Tampa”. Es alrededor de un grupo de niñas y sus distintas historias, en la empresa de obtener financiamiento para entregarle, a través del Apóstol de Cuba, a la causa de la lucha independista. Pero una película de época requiere de mucho financiamiento. Y yo apenas estoy empezando a vivir en este sitio, acostumbrándome a él y buscando la forma de hacer realidad mis proyectos y delirios.
    Tampoco me gustaría abandonar mi carrera teatral. Creo que Tampa necesita y merece, además de su belleza, una mejor apuesta por todo lo cultural. Eso engrandece a todas las ciudades importantes. Por ello, podría aún venir mucha más gente a visitarla. Yo le ofrezco a esta ciudad tan hermosa todo mi saber y acervo cultural. Y el universo infinito de todo mi talento en pos de hacerla aún más bella, vivible y memorable. Aquí he sido muy feliz. Y espero seguirlo siendo en cualquier lado. Primero, sintiéndome ser humano. Y luego, entonces, orgulloso de ser cubano.

Entrevista publicada en La Gaceta, Tampa, en 26 de agosto, 
2 y 9 de septiembre, 2016



jueves, 25 de agosto de 2016

El Dr. José A. Mijares, a los 96 años de plena lucidez

Por Gabriel Cartaya

 Cuando la semana pasada Andy Celeiro me dijo que el fundador del Hospital de Town and Country era un médico de origen cubano, de más de 90 años, y que era recordado por muchas personas en Tampa por la generosidad con que atendía a pacientes que no tenían dinero para pagar una consulta, quise saber su nombre y una manera de llegar a él. Al instante, Celeiro oprimió un número en su teléfono y coordinó con un familiar del doctor para que yo pudiera visitarle.
 Dos días después, acompañado de mi hijo Pedro Gabriel, que gusta de ayudarne con la cámara, toqué en la puerta del Dr. José A. Mijares y una hija suya me dio la bienvenida. Estaba sentado frente a una mesa llena de libros y papeles, con una sonrisa en los labios y una mirada atenta al visitante, en la que descubrí el brillo de su inteligencia.
 Ya sabía que, además de su consagración a la Medicina, había dedicado mucho tiempo a escribir. Sin embargo, no sospechaba que hubiera elaborado una obra de más de mil páginas sobre la Revolución Francesa, un tema tan alejado de la profesión que desempeñó toda su vida. De manera que, apartando el breve cuestionario que concebí para una entrevista y recordando el comentario que me hizo el  respetado Sr. Celeiro sobre la atención gratuita prestada por el Dr. Mijares a personas que sólo podían pagar con la gratitud,  comencé preguntándole:
 ¿Qué ha disfrutado más, el ejercicio de la Medicina o la publicación de libros de Historia?
 –La Medicina, claro–, respondió sin pensarlo.
    Entonces, me cuenta que se graduó en la Universidad de La Habana, en 1943. Al recibir el título tenía 23 años acabados de cumplir, pues nació en Santa Clara en septiembre de 1920. En ese momento, cuando el presidente constitucional de Cuba era Fulgencio Batista, la atmósfera internacional estaba ensombrecida con la Segunda Guerra Mundial. Desde el año 1941, Estados Unidos había entrado  en  el conflicto bélico, declarando la guerra a  la Alemania nazi,  acto que secundó la República de Cuba. El joven médico Mijares se incorpora a la lucha contra el fascismo, prestando servicios como cirujano a bordo de barcos cubanos que hacían operaciones de vigilancia, en apoyo a la Marina de Guerra estadounidense.
 Volvió a servir a Estados Unidos en medio de la Guerra de Corea, en 1951, lo que recuerda con toda lucidez.
 -Sí, trabajé en el Hospital Naval de Portsmouth, en Virginia, donde trasladaban soldados que habían sido heridos en la guerra con Corea.
Alrededor de su mesa llena de papeles, converso con el Dr. Mijares
  Como médico militar, escaló hasta la posición de Comandante, en la Marina de Guerra de su país. Me sorprende cuando me cuenta que fue él quien diseñó los planos para la construcción del Hospital Militar de La Habana,  donde fue cirujano, con la misma intensidad que me sorprendió ver el libro suyo La Revolución Francesa. Pero es que Mijares es un hombre de una inquietud, voluntad e inteligencia sorprendentes.
 En un momento en que, hablando de su profesión, yo pronuncio la palabra médico, él precisa al instante: -Médico cirujano. Entonces me habla de la la incontable cantidad de operaciones que salieron del bisturí manejado por sus manos. En algún momento, no estuvo satisfecho con  el instrumento que le alcanzaban  y  su cerebro no descansó hasta  crear el que requería.
 –Se llama “Mijares Allis Forceps”–, confiesa, explicándome que la motivación que lo llevó a crear la abrazadora quirúrgicafue la necesidad de encontrar una herramienta que no causara el más mínimo daño a los órganos del paciente.
–¿Se usa todavía?–, le pregunto. 
–Claro-, me dice, con una sonrisa de satisfacción.
El Dr. Mijares vivió en Cuba hasta 1959. Hasta el año anterior fue Jefe de Cirugía de un hospital habanero, pero el rumbo del “gobierno comunista” lo apartó del país. Cuando le pregunto las razones de elegir este sitio para vivir, me dice:   –Unos amigos me trajeron a Tampa y me ha gustado mucho este lugar.
 Le digo que fue una suerte para Tampa y él sonríe con humildad. Pero lo dicen los hechos. En 1966, adquiere la Licencia del Estado de la Florida para ejercer como médico y en 1970 es certificado por el Consejo de Cirugía de Estados Unidos.  Y hoy todo el que pasa frente al Hospital de Town and Country, mira la placa que distingue a sus fundadores, encabezada por José A. Mijares MD, acompañado de Mercedes M. Miranda, MD, Antonio J. Senra, MD y Robert  G. Sherrill, Jr. MD., con una distinction: “Gracias al esfuerzo, tenacidad y perseverancia del Dr. José A. Mijares fue creado este hospital”.
 Su desempeño como médico en Tampa fue extenso y eficaz, ejerciendo en el Hospital Saint Joseph, en el Tampa General Hospital y especialmente en el creado por él.
 Ha sido miembro de  asociaciones importantes relacionadas con su profesión, como el Colegio Americano de Cirujanos,  la Asociación Americana de Medicina y la Asociación Militar de Cirujanos de Estados Unidos, entre otras.
 De la Medicina pasamos a la Historia. ¿Por qué el interés en la Revolución Francesa?
 Toma el grueso libro en sus manos y me dice, mostrándome el subtítulo: –Porque fue la primera revolución comunista. Entonces  me explica sus criterios sobre ese sistema, cuya práctica en los países  donde ha sido ensayado, incluída Cuba, no comparte.
  Me regala un ejemplar y su hija Ada, solícita, le acerca una pluma, donde escribe mi nombre con una  precisión privilegiada para su edad, con una palabra de afecto que agradezco. Cuando escribo esta letras, ya he tenido tiempo de leer unas cuantas páginas, admirando la coherencia descriptiva de la obra, atenta a detalles aparentemente nimios sobre el acontecimiento más trillado de los tiempos modernos.
 Como para colmar mi asombro, al verme hojear La Revolución Francesa, me dice:
 –Estoy terminando el tomo número dos.

Entonces vuelvo a mirar la mesa repleta de papeles, libros,  anotaciones, y reverencio la grandeza del hombre que a los  96 años, desborda un optimismo al que me sumo, sugiriéndole que escriba las memorias de su extensa y extraordinaria vida.
Publicado en La Gaceta, 19 de agosto, 2016

viernes, 19 de agosto de 2016

El amor al terruño en el libro Puerto Real del Manzanillo

Por Gabriel Cartaya

  Quien no sienta amor por la tierra donde nació, tal vez nunca  logre amar al lugar donde le lleve el destino, porque el espacio del alma que afirma en la niñez la riqueza del entorno primigenio se cultiva en el hogar congénito y desde el barrio de la infancia se abre a lo universal.
 El libro Puerto Real del Manzanillo, de José Miguel Remón Varela,  me confirma esta creencia, pues el autor que evoca en sus páginas la ciudad en que vino al mundo, no vive en ella desde los 13 años. Sin embargo, cruza en las páginas por sus calles, esquinas, edificaciones, parques, malecón, clubes, como si nunca hubiera estado lejos del paisaje donde tuvo sus primeros asombros,  juegos y amigos. Mucho ha de querer a su familia y a la ciudad de Tampa, donde vive, quien a los 36 años de distancia de los recuerdos que narra ha dedicado tan amoroso y desinteresado empeño en plasmar la riqueza de esa ciudad cubana enclavada en el Golfo del Guacanayabo.      
 El libro, claro está,  contiene un significado especial para los habitantes y descendientes de ese lugar, vivan hoy donde vivan. Esta preciosa obra, enriquecida con 170 postales a color sobre un excelente papel cromado, desborda el interés legítimo de quienes son manzanilleros, porque ese mensaje de amor al terruño original emerge como un referente sentimental al sitio de cada quien, simbolizado en un espacio íntimo que se asume como pueblo de la niñez.
 El autor de Puerto Real de Manzanillo, sin requerir las herramientas metodológicas del historiador, ha incursionado en los momentos más relevantes de los anales de la ciudad, consultando acríticamente una amplia bibliografía, sin la pretensión de una monografía académica,  sino con el interés en situar los acontecimientos que dieron origen y evolución a una ciudad que en las primeras cinco décadas del siglo XX se convirtió en un modelo singular de florecimiento cultural, a pesar de su distancia física de la urbe cosmopolita del país. Asomarse a la riqueza del Grupo Literario de Manzanilo y a la relevancia continental de la revista Orto, dan fe de ello.   
El autor junto a su libro
 La actividad del puerto manzanillero, el desarrollo del comercio y la industria local, el fulgor de sus calles, el eclecticismo arquitectónico, la belleza de sus parques  –especialmente la emblemática glorieta en el Parque Central–, sus parroquias, hoteles, estatuas, litoral, y tantas personas célebres o simplemente cercanas al autor, dan testimonio en este precioso libro, tanto en la escritura como en sus fotografías históricas, del esplendor que alcanzó Manzanilo en la etapa republicana de una isla que pudiera pluralizar el nominativo de Perla del Caribe, pues una de las que la componen –la ciudad del autor– es bien llamada Perla del Guacanayabo.
 Desde lo autoral-personal, emergen los juegos de la infancia, el embrujo ante el campo y el mar, y desde esos recuerdos el libro se abre hacia el tejido social que se expresa en la escuela, en el carnaval, en la vuelta al parque donde ellos y ellas estrenan la adolescencia caminando en sentido inverso para facilitar una mirada, una sonrisa, una ivitación a sentarse en uno de sus bancos, donde nació el amor de tantos. Desde esta focalidad, el comportamiento humano de la ciudad va alcanzando una dimensión ecuménica.
 Naturalmente, Remón Varela ha visitado Manzanillo en los últimos tiempos. Ha indagado en los archivos, conversado con sus historiadores y poetas, con sus pintores y músicos, con la gente del pueblo, y ha percibido con enorme sensibilidad el murmullo que nace del alma de una ciudad que no olvida el esplendor de su belle époque: la ansiedad de recuperar el color y embellecimiento del tiempo en que Benny Moré cantó a su esplendor: Noche de luna de Manzanillo, brillo de plata sobre la mar…
 Es verdad que entonces había ricos y pobres, como puede apreciarse en los censos de la época. Hoy son menos los ricos, pero los pobres se han multiplicado alrededor de los edificios depauperados, cuyo deterioro provoca lástima cuando se compara con el fulgor que muestran en las postales de este libro.
 El autor se propuso “contribuir a rescatar del olvido al Manzanillo de nuestros ancestros”, como dice en el prólogo, lo que logra sobradamente al llamar la atención sobre el pasado floreciente de la ciudad,  sin  convocar tanto al raciocinio que explique las causas de la decadencia, como a la emoción de los sentimientos que impulsen su restauración, para que Manzanillo recupere la belleza que la convirtió en Perla del Guacanayabo.


viernes, 5 de agosto de 2016

Conversación con la cantante Alina Izquierdo y el músico Dennis Torres

Por Gabriel Cartaya
  Alina Izquierdo y Dennis Torres son dos músicos cubanos muy familiares en Tampa. En los casi tres años que viven entre nosotros, miles de personas han aplaudido la voz maravillosa de la cantante y el acompañamiento instrumental de su esposo, disfrutando de una propuesta artística balanceada entre diversos géneros musicales. Lo mejor de la música cubana –folklórica, son, bolero, salsa,  rumba– junto a ritmos latinoamericanos y también estadounidenses, se  enriquece desde la prodigiosa y versátil garganta de Alina, cuando el sonido de la tumba, el bongó, el timbal u otro instrumento –incluso el piano-, en las manos de Dennis, se suma a una voz de registros tan armoniosos como sorprendentes.
      Saber que el músico, compositor, arreglista y productor Dennis es graduado de batería y  percusión de la escuela de arte “Ignacio Cervantes”, en La Habana, donde también fue profesor y que Alina educó la innata voz de intérprete al lado de grandes músicos cubanos, como Pablo Milanés, junto a la manera sencilla –cualidad que corresponde a la verdadera grandeza- con que desde Tampa proponen al mundo su creación musical, incluido su último disco, es razón suficiente para motivarnos a solicitarles una entrevista, a la que accedieron con gentileza.
En los últimos años, miles de personas en Tampa han disfrutado de la música y la voz con que ustedes animan diferentes espacios. ¿Qué razones les animaron a elegir esta ciudad para vivir, cuando se hubieran podido radicar en Nueva York, Miami u otra gran ciudad de Estados Unidos? 
Alina: Tampa es una ciudad preciosa, con un potencial enorme. Aquí está mi familia de crianza y muchos amigos que formaron parte de mi infancia y mi juventud. Por  tanto, tengo la parte familiar y afectiva cerca. Un artista lo es sin importar el lugar donde vive, lo es donde quiera que esté. Yo estoy muy contenta de estar en esta ciudad, que es también parte insoslayable de nuestra historia y tradición cubana. A la Gran Manzana y a otras ciudades importantes desde el punto de vista artístico,  como Las Vegas,  iremos próximamente a actuar. Eso está dentro de nuestros planes y pienso que en cualquier parte de Estados Unidos hay grandes oportunidades.
  Dennis: Elegir a Tampa para vivir es algo que vamos a agradecer toda la vida a la familia de crianza de Alina. Aquí ya tenemos amigos y muchas personas que nos quieren.
 Alina, en Cuba te hiciste muy popular desde que, en el año 1992, triunfaste en el concurso de la OTIS (Organización de Televisión Iberoamericana), con la hermosa  canción “Para el nuevo año”, que fue aplaudida por todo el país y es recordada hasta hoy. ¿Qué caminos se te abrieron a partir de esa fecha?
Evidentemente, ser parte de un concurso tan importante, como es el de la organización de televisión iberoamericana, que específicamente ese año fue en Cuba, resultó una gran oportunidad. Aunque, por el grado de politización reinante en la Isla, no fue fácil para mí lanzar una canción nueva, esperanzadora, y con un estilo muy revolucionario para la época.
Pero Cuba en ese momento representaba más que nunca un bastión artístico y un bastión de resistencia artística, porque desgraciadamente también en nuestro país no habían casas discográficas extranjeras  y los músicos cubanos, siendo de los mejores del mundo, estaban muy marginados. Esta canción surgió también en un momento histórico muy importante, donde sufríamos la carencia de todo, desde alimentos hasta medicinas. ­
   Evidentemente, si hubiera llegado al concurso en España, pienso que “otro gallo cantaría”,  como decimos nosotros los cubanos y hubiera puesto el nombre de Cuba a un altísimo nivel, junto al de otros artistas que se dieron a conocer a partir de la OTI,  como es el caso de Julio Iglesias y el gran José José.  Pero bueno, soy alguien que no se conforma y que lucha siempre y el talento, como digo en mi programa de televisión, siempre se impone. Aquí estoy  comenzando una nueva etapa de mi vida, y de mi vida artística en los Estados Unidos, un país al cual amo y defiendo, pues estoy muy agradecida por todas las oportunidades que me está dando. El sacrificio se ve plasmado en la obra que uno hace, como esta reciente grabación de un disco con la producción de Dennis Torres, tan extraordinario músico como productor.
Dennis,  eres hijo del músico cubano Juan Pablo Torres,  reconocido mundialmente como uno de los grandes intérpretes del jazz.  ¿Hasta dónde esa jerarquía ha influido en tu obra?
   Mi papá siempre está presente en cada momento, en cada obra de la música, de mi profesión. Es una responsabilidad muy grande. Juan Pablo Torres fue catalogado entre los cinco mejores trombonistas del mundo. El trombón es un instrumento deficitario, a diferencia de la trompeta. Cuando se habla de trompetistas,  se reconoce a  Arturo Sandoval, Dizzy  Gillespie, Winston Marsalis, Maina Ferguson y otros, pero del trombón no se habla mucho. Mi papá trabajó con músicos de la talla de Astor Piazzola, George Benson, Pino Daniele, Steve Gadd, Marcello Mastroianni, Tito Puente, Celia Cruz, Paquito de Rivera, Arturo Sandoval, Chucho Valdés, Benny Moré, Gato Barbieri y muchos más. Siento mucho orgullo de él.
    En Cuba, mi padre fundó “Estrellas de Areíto”, catalogado como el primer “Buena Vista Social Club” del mundo, dónde reunió a las figuras más importantes de la música cubana. Él creó un instrumento y un método para estudiar el trombón y debido a su prematura desaparición física no se pudo dar a conocer en el mundo. Fue un músico autodidacta y a los 11 años ya tocaba el trombón en la banda de música de Puerto Padre, en la actual provincial de Las Tunas. Es el lugar donde yo nací, también un orgullo, pues allí nacieron grandes deportistas como Teofilo Stevenson y artistas como Emiliano Salvador,  entre otros.
  ¿Cómo se produjo la unión entre el excelente instrumentista y la maravillosa cantante?
  Alina: Nos conocimos en La Habana por casualidad,  gracias al maestro Juan Pablo Torres, el padre de Dennis. Primero fue una llamada telefónica y después fuimos a un ensayo. Allí nos conocimos personalmente y pienso que fue amor a primera vista. Debo decir que Dennis ha sido toda mi vida: mi dirección, mi maestro, mi compañero, mi amigo, y, por supuesto, el amor de mi vida
  Dennis: Sí, mi papá fue el responsable de nuestra feliz unión. Le daré gracias toda la vida. Un día me llamó por teléfono y dijo:  Denis, te voy a pasar aquí a una muchacha muy bonita, con una voz increíble, ella va a empezar a trabajar con nosotros y la conocerás. Cuando la vi por primera vez, desde ese momento me enamoré de ella para toda la vida.
  Ustedes vivieron muchos años en Italia, donde  cosecharon triunfos que se extendieron más allá de las frontreras de ese país. ¿Cómo valoran esa etapa en su historia personal y profesional?
  Alina: Realmente fue una etapa muy importante de nuestras vidas. Imponerse en Europa no es nada fácil porque los europeos, y sobre todo los italianos, tienen una norma muy exigente para difundir a los artistas. Hay artistas millonarios, de mucho éxito, que aquí en Estados Unidos no se conocen, como es el caso del gran Pino Danielle, con quien el maestro Juan Pablo Torres tuvo la oportunidad de compartir muchas veces escenarios muy importantes. Sin embargo, nos abrimos paso, Dennis como compositor para música de Mediaset y de la RAI (Radio Televisión Italiana) y como músico de la orquesta de los hermanos La Bionda y del maestro Augusto Martelli. En mi caso,  tuve éxito como participante en programas estelares de la radio y televisión italianas, con presentadores de la talla de Paulo Limiti. También realicé un vídeo virtual, un regalo de la RAI, con la cantante más importante de todos los tiempos de Italia que es la gran Mina.
  Pero como somos personas que no nos conformamos, vinimos a Estados Unidos, a buscar otros espacios, cantar en nuestra lengua, expresar nuestras raíces y defender los valores de la tierra que nos vio nacer. Como este es un país heterogéneo, formado por muchas razas, por muchas culturas, pues bueno,  aquí estamos intentándolo de nuevo y es muy bonito porque no te cansas, no te sientes viejo ni aburrido, nos renovamos siempre, como una espiral que no se detiene.
  ¿Desde cuándo están en Estados Unidos y cómo evalúan este tiempo?
Alina: Bueno, dentro de poco serán tres años y realmente valoramos este tiempo como muy positivo, porque ha sido  muy  fructífero.  En dos años hemos hecho tantísimo y éste es sólo el inicio, así que esperamos conquistar otros escenarios. Estamos ya conquistando Miami y esperamos conquistar otros escenarios tan importante como Las Vegas, New York y también llegar a otros países de América Latina, como Colombia, Panamá, Puerto Rico y otros. Por ejemplo,  un evento muy importante que vamos  a hacer próximamente es un concierto en Ybor City, el 18 de septiembre, acompañando a Tony Succar en la celebración de la Herencia Hispana.
  Dennis: Ya hace más de dos años que estamos aquí en Estados Unidos y realmente creo que hemos avanzado mucho. Hemos logrado espacios de presentación en muchos lugares de la ciudad. La  experiencia de vivir ya en otro país y continente, sin venír directamente desde Cuba,  nos enseña que no podemos perder tiempo.  Ya aquí nos hemos dado a conocer, actuamos sistemáticamente en diversos lugares, tenemos un programa de televisión y acaba de aparecer nuestro tercer disco, aquí en Tampa. Y lo más importante, nos hemos ganado el cariño y respeto de los tampeños.
  ¿Alina, qué significó para ti, cuando apenas comenzabas a darte a conocer, unir tu voz a la de Pablo Milanés, uno de los músicos cubanos más grandes de todos los tiempos?
  Fue un gran honor y un gran orgullo para mí trabajar con Pablo Milanés, quien a los pocos días de mi premio en la OTI me llamó a la casa, para pedirme que formara parte de la escudería de artistas que estaban en la fundación que él había creado, la fundación “Pablo Milanés”.
  Trabajar con él me abrió muchas puertas, no sólo en Cuba, sino también en muchos países de América Latina y Europa. Sin dudas, Pablo es un mito de la poesía y la canción, de la música cubana. Para mí es uno de los cantantes más importantes de nuestro país, un cantante extraordinario.
  He oído varios calificativos para evaluar la extraordinaria voz de Alina Izquierdo y me parece muy bien el de “La voz de diamante de Cuba”, aunque yo la extendería a “Voz Latina de Diamante”, por la diversidad de géneros musicales de esta cultura que cultivas. ¿Cómo te sientes con esta consideración?
  Alina:  Me siento muy orgullosa y muy honrada. Espero que continué siendo así, porque latinos somos todos y el término latino es más universal, es más grande. Estoy realmente muy satisfecha, muy contenta, muy orgullosa de que pueda ser así.
  Dennis: “La voz latina de diamante” está muy bien. Pienso que en mi país, al igual que con otros artistas, con Alina el Ministerio de Cultura perdió un gran potencial. Considero que con el potencial que ella tiene debieron trabajar y hacer un lanzamiento a nivel mundial,  como por ejemplo se hizo aquí con la salsa de nuestra Reina, Celia Cruz.
  ¿Qué significó para ustedes lanzar el disco “Sólo por la música”?
  Alina: Fue un disco de jazz muy bonito y debido a la muerte prematura del maestro Juan Pablo Torres,  pienso que también quedó un recuerdo hermoso, por compartirlo con él,  con el rey del timbal Tito Puente, con Giovanni Hidalgo, uno de los percusionistas más grandes del mundo y con Chucho Valdés, también uno de los pianistas más importantes del mundo, con tantísimas nominaciones y premios Grammy. También estuvieron en el disco Ed Calle, Héctor Martignon, y, por qué no decirlo, el joven músico Dennis Torres, excelente percusionista, compositor y arreglista
  Dennis: Sólo por la música el disco fue la realización de un sueño, compartir con músicos tan importante como Tito Puente, Giovanni Hidalgo, Chucho Valdés, Juan Pablo Torres, entre otros, fue un sueño hecho realidad.
  Recientemente dieron a conocer el tercer disco de su producción, con el título prometedor de “Un poquito más”. ¿Qué satisfacciones han tenido con esta nueva realización?
  Alina: Muchas satisfacciones, sobre todo con la promoción que estamos dándole en Miami. En la radio de allí ha tenido mucha aceptación y tenemos previsto que el sencillo “Un poquito más” lo vamos a presentar a los “Grammy” del próximo año, así que esperen muchas sorpresas con este disco.
  Dennis: Con la producción “Un poquito más” estamos muy contentos, por los resultados obtenidos y por la participación de músicos tan importantes como Ramón Sánchez Audinot, Tito de Gracia, Pedro Jesús, Kevin Pagán, Edwin Lebron, Tony Alicea y muchos más. Todos son músicos importantes y es otro sueño hecho realidad. Teníamos muchos deseos de grabar un disco de salsa y ya es una realidad.  Tiene mucha calidad, a la que me he acostumbrado trabajando con Alina.
  ¿Qué proyectos tienen en mente para el futuro próximo?
  Alina: Bueno, ya estamos inmersos en nuestra nueva producción discográfica y tenemos varios conciertos en Miami. El 18 de septiembre se realizará el lanzamiento de la producción discografica “Un poquito más” en Ybor City, en el evento de la Herencia Hispana. Para esa ocasión, tenemos como invitado especial  a Tony Succar con su orquesta. Así que les invitamos a ese concierto.
Gracias, Alina y Dennis. Y les deseamos mucha suerte.

   Publicado en La Gaceta, el 29 de julio y el 5 de agosto de 2016.