martes, 22 de agosto de 2017

Entrevista a Juan Castillo, sobrino nieto de Wilfredo Lam

Por Gabriel Cartaya

Hace unos días recibí un correo electrónico de Juan Castillo, en el que me anunciaba sobre su próxima visita a Estados Unidos, para inaugurar una exposición con obras del más universal de los pintores cubanos: Wifredo Lam.
Sabía que Castillo es sobrino nieto del autor de “La Jungla”, pues la última vez que nos vimos, a mediados de la década de 1990, fui a saludarlo al Centro Cultural que lleva el nombre del distinguido artista, en La Habana Vieja y, claro, hablamos sobre este tema. Pero no conocía que era dueño de una importante colección de dibujos de su famoso ­ascendiente, la que se ha presentado en diversos países y que ahora, por primera vez, va a ser exhibida en Estados Unidos.
Aprecié en la noticia una ­buena razón  para invitarle a  que me respondiera un cuestionario, no sólo para asomarnos a uno de los más destacados pintores hispanoamericanos de todos los tiempos, sino también como un oportuno homenaje al artista cuya desaparición física se produjo un 15 de septiembre, hace casi 35 años. A su vez, pudiera ser el anuncio de la disposición de Castillo a presentar en Tampa esa rica colección   de Wifredo Lam, a la que no hemos accedido.
El próximo 30 de agosto vas a presentar un grupo de dibujos del pintor Wifredo Lam en LUAG Main Gallery, Zoellner Arts Center,  Pensilvania. ¿Qué significa para ti ser el propietario de una colección de obras de arte de esa magnitud?
Para mí, ha sido siempre un gran honor y una enorme responsabilidad liderar esta colección de obras de Wifredo Lam. Viene de esas circunstancias que surgen en la vida de manera inesperada, ante las cuales uno debe asumir posiciones de principios. En consecuencia con ello, durante más de veinte años hemos promovido la vida y obra del pintor cubano Wifredo Lam, especialmente exponiendo estas obras.
¿Qué lazos te unen a Wifredo Lam?
Wifredo fue mi tío abuelo,  hermano de mi abuela Eloisa. Ella fue quien lo crió, pues era de sus hermanas mayores, entre ocho hermanos de los que Wifredo era el menor. El hijo único de Eloisa, Juan, nació seis años después que Wifredo, en la misma casa de Sagua la Grande, en la provincia de Santa Clara. Siendo esos dos niños los únicos varones,  crecieron como hermanos, durante muchos años bajo el mismo techo. Juan era mi padre, Juan Castillo.  Con el  decursar de los años, no obstante haber transcurrido la vida de Lam fundamentalmente fuera de Cuba, siempre mantuvo estrecha comunicación con su familia cubana y en particular con mi padre.
¿Tienes recuerdos personales de Lam?
Muchos. Mi infancia y adolescencia las viví en el interior del país. Visitaba La Habana durante las vacaciones de verano y mi mayor agrado era visitar la casa estudio de Wifredo, situada en aquel entonces frente a la pista de aviación del campamento militar  “Columbia”,  enclavado en el municipio de Marianao. Ver despegar y aterrizar los aviones desde la azotea de esa casa era, de niño, mi más agradable atracción. Mi tía abuela Agustina, hermana de Wifredo,  a la que yo acompañaba en cada ocasión durante las vacaciones de verano, era la encargada de preparar y llevar cada dos días la comida a los perros y gatos de Wifredo y Helena, que se encontraban generalmente fuera del país.
Para llegar a la azotea, debía atravesar toda la casa,  cuyas paredes estaban llenas de grandes lienzos. Allí había obras importantes, como “Belial, emperador de las moscas”. Había diversas esculturas de máscaras, cabezas reducidas y hachas de piedras africanas, que impregnaban un olor muy peculiar y un ambiente de fantasía embrujada a aquel lugar. Al recorrer su  interior me erizaba de pies a cabeza y me impresionaba mucho cada vez que lo hacía. Estos recuerdos me han acompañado a lo largo de mi vida, así como los pocos encuentros familiares que de niño presencié entre Wifredo y mis padres.
Wifredo Lam felicita a Alicia Alonso, en París, por la presentación de Giselle.
Al centro, aparece Juan Castillo. Fotografía de Osvaldo Salas, 1966.
Ya siendo adulto conversé con él en varias ocasiones, una de ellas en París. En 1966, en ocasión del Salón de Mayo en La Habana, cuando ya él estaba convaleciente de su hemiplejía, tuvimos la última reunión ­familiar en casa de mis padres, en 1981. Desde siempre fue el paradigma de la familia.
¿Hay referencias familiares en los dibujos de la colección que atesoras?
Los dibujos de la colección que poseo eran parte de los fondos del propio archivo de Wifredo. A principios de 1958, cuando decide no continuar manteniendo su casa estudio, dejó estas obras a la familia. Era un excelente retratista. De las décadas de 1920 y 1930 hay varios autoretratos y un dibujo de su padre, Lam Yam. En los años cuarenta, son famosos sus retratos de H.H., inspirados en su  segunda esposa, Helena Holzer. Fuera de las obras mencionadas, no conozco otra de su vasta creación que se refiera a algún familiar.
Tu ascendencia, que es la de Lam, es una mezcla de sangre china,  africana, española y tal vez amerindia. ¿Considera la crítica que el reflejo de esa mezcla es la influencia más poderosa en la obra de Lam?
¡Absolutamente, sí!, Mi ascendencia, que es la de Lam, como dices, es un sello inconfundible del mestizaje, como lo es la cubanía. En la obra de Lam, a través de su propia iconografía, de finales de los años 30 y a partir de los 40, se refleja su visión del hombre y la naturaleza, en medio de los conflictos históricos, políticos y sociales de la época. En todo ese proceso, a mi juicio,  influyó también su interacción con Picasso. Me atrevo a decir que como ningún otro artista reflejó, de una manera muy original, la imagen  de esa mezcla. La obra cumbre de Lam, “La Jungla”, que se exhibe en el Museo de Arte Metropolitano de New York (MOMA), es la expresión más fehaciente de esta afirmación. Sobre ella, expresó el afamado escritor y crítico de arte francés Alain Jouffroy: “Fue el primer manifiesto plástico del tercer ­mundo”.
La colección de dibujos que vas a presentar en Pensilvania corresponde a una etapa en que Wifredo Lam vivió en Cuba, entre 1940 y 1955, un período de intensa creación para el pintor,  al que corresponde  “La Jungla”  (1943),  la serie “Canaima” (1945-1947) y “Umbral”, (1950), por solo citar algunas. ¿Hasta dónde influyó temáticamente la cultura cubana en la realización de los dibujos que presentas en esta exhibición?
Hay que decir que la explosión creativa de Wifredo se produce a su regreso a Cuba en 1941. Es a lo largo de los años 40 que realiza sus más importantes obras. Me contaron mis hermanas y mi prima Ana, que vivieron junto a él en  la casa de Panorama #42 y después en la avenida 8va.,  que trabajaba infatigablemente, dibujando y pintando primero sobre papel y cartulina,  y después cuando pudo contar con lienzo, utilizando ese soporte. Las obras de esta muestra de pequeño formato que se exhibirán en LUAG, son fundamentalmente creaciones, en las que presenta dibujos usando tinta china y colores para darle forma a sus extraordinarias plasmaciones.  Muchas de estas obras muestran una iconografía que sirvió de base a Lam a modo de bocetos para proyectar las figuras que aparecen en las obras mayores que realiza en esa etapa. Entre estas, a diferencia de las mencionadas, debo distinguir por su singularidad la denominada “Animal de cuatro Patas”, pues es la única obra con un amplio texto de Wifredo, relacionada con la situación política de Cuba en el momento que la realiza y la figura central no se repite en obras posteriores.
       La edición en español del libro de poemas Cuaderno de un retorno al país natal, de Aimé Césaire (1943), presentado en Cuba por Lydia Cabrera, incluye dibujos realizados por Wifredo Lam, ¿hay alguno de ellos en tu colección?
       No, aunque la colección sí tiene varias obras que sirvieron para ilustrar publicaciones de la época de otros artistas amigos. Sin embargo, hay algunas piezas de nuestra colección que reflejan en su iconografía gran similitud con las que sirvieron para ilustrar el poemario de Aimé Cesaire. A propósito, en el año 2002 celebramos el Centenario del nacimiento de Wifredo Lam, y tuvimos el privilegio de llevar a Martinica nuestra colección con 70 piezas, estando aún con vida Aimé Cesaire, quien nos visitó y disfrutó de la exposi­ción, contándonos anécdotas personales de su primer en­cuentro con Helena y Wifredo, cuando arribaron a esa isla en 1941.
      ¿Qué divulgación internacio­nal ha tenido la colección de dibujos que vas a presentar?
      Esta muestra de dibujos forma parte de nuestra Co­lección, que cuenta con 70 piezas. En su totalidad fue expuesta en la Sede del Con­sejo Regional de Martinica, en 2002, con motivo del Centena­rio de Wifredo Lam. Se presen­tó con el título “Wifredo Lam, testimonios de intimidad”. Además, ha tenido la siguien­te itinerancia internacional:
En España: Wifredo Lam. Cartografía íntima, Madrid, Círculo de Bellas Artes / La Coruña, Ayto. de A Coruña, Kiosko Alfonso / Tenerife, Cír­culo de Bellas Artes / Cuenca, Fundación Antonio Pérez / Santillana del Mar, Sede de Exposiciones del Palacio Caja Cantabria, 2003 / Salaman­ca, Fundación Salamanca, Ciudad de Cultura, Sede de Exposiciones Santo Domingo, 2004 / Alcalá de Henares, Sede Instituto Cervantes Al­calá de Henares.
También hemos presentado esta exposición en Berlín, Bruselas, Génova, Estocolmo, Bucarest y junto con obras del Museo de Bellas Artes de Cuba en el Museo Arte Mo­derno de Monterrey, México, en el 2008. Y ahora la presen­taremos, por primera vez, en Estados Unidos.
       Sabemos que la obra de Lam incursiona en diferentes cam­pos de la plástica –pintura, dibujo, grabado, escultura, litografía, mural–. Pero no co­nozco de su poesía. Por eso me llamó la atención saber que en la apertura de la exposición vas a leer un poema suyo. ¿Es inédito? Me gustaría publicar ese poema en La Gaceta.
    Que yo conozca sólo existe un poema de Lam, al que te refieres. Te lo enviaré próxi­mamente.
     Hace poco tiempo, se incau­taron en España varias obras atribuidas a Wifredo Lam que eran falsas. Se dijo que los cua­dros falsificados, localizados en colecciones privadas, procedían de Cuba. En el esclarecimiento de la verdad participó Eskil Lam, hijo del artista. ¿Hubo contactos de las autoridades española con el centro Cultural Wilfredo Lam, de Cuba, a favor de la investigación?
     No tengo conocimiento, no creo haya sido necesario. Tengo relaciones frecuentes con los hijos de Lam, en par­ticular con Eskil Lam que es el encargado de la SDO de W.Lam (Sociedad de Defensa de la Obra de Wifredo Lam) y dirige y ad­ministra todo lo relacionado con el derecho de autor (co­pyright) de su obra.
     Los falsifi­adores que hay en diver­sos países , generalmente toman como base las obras que reflejan una iconogra­fía y fecha en su firma que las enmarcan como supues­tamente he ­chas en Cuba, algunas pue­den haber sido c o n f e c c i o n a ­das aquí. Son por tanto de la época mejor valorada de su creación. Las autoridades del Registro de Bienes Culturales del MIN­CULT y aduanales cubanas han ocupado decenas de pie­zas falsas atribuidas a Lam y a otros artistas.
       Espero que en Tampa, donde hay tanta cercanía con Cuba, se exhiba en algún momento la colección de dibujos de Wifre­do Lam, ¿te parece bien?
      Para la familia cubana de Wifredo Lam y para mí, en particular, sería un gran honor mostrar nuestras obras en Tampa. Espero y deseo pueda concretarse.

Publicado en La Gaceta, 11 y 18 de agosto, 2017

viernes, 4 de agosto de 2017

Alberto Sicilia: el lenguaje de la poesía

Alberto Sicilia es un poeta cubano que hace tres años vino a radicar en Tampa, una ciudad que entre los múltiples vínculos con Cuba incluye los líricos, pues significativos bardos cubanos han vivido o visitado esta ciudad. Entre ­ellos, ­primero hay que mencionar a José Martí, quien nos dejó imágenes poéticas tan hermosas como aquella con que concluyó uno de sus discursos: “Rompió de pronto el sol sobre un claro del bosque, y allí, al centelleo de la luz súbita, vi por sobre la yerba amarillenta erguirse, en torno al tronco negro de los pinos caídos, los racimos gozosos de los pinos nuevos”. De Tampa retornaba el poeta Bonifacio Byrne a Cuba cuando escribió: “Al volver de distante ribera/ con el alma enlutada y sombría/ afanoso busqué mi bandera/ y otra he visto además de la mía”.  Aquí han vivido decenas de poetas cubanos y entre los que hoy reciben a las musas al anclar en su hermosa bahía está Alberto Sicilia, quien seguramente las atiende con devoción.
 El poeta entró a la ciudad con varios libros suyos publicados, después de adquirir premios importantes y atención favorable de la crítica, tanto en Cuba como en otros países del continente. Llegó desde los caminos de Cabaiguán, en el centro de la Isla, donde manejaba un camión verde que parecía más un taller literario rodante que un carro de pasajeros, pero dejemos que él sea quien nos cuente.
 ¿Eliges  a Tampa para vivir o los tantos amigos cabaiguanenses influyeron en tu decisión de radicarte aquí?
 Tampa siempre ha sido un sitio muy cercano a los cubanos, desde pequeño escuchaba las historias de los viejos tabaqueros de Cabaiguán. Fui creciendo en el conocimiento y el amor a la figura de Martí. Mi bisabuela paterna, Doña Evarista, fue mensajera de los mambises y, aunque la recuerdo en cama de muy avanzada edad, supo trasmitir a sus descendientes esa historia real que sólo saben contar los participantes. Antes de saber que llegaría a esta hermosa bahía la había mencionado en mis poemas. Luego mi mejor amigo, Evelio Piñeiro, emigró a Tampa con su esposa y dos hijos y antes de marchar me dijo: Alberto, cuando quieras, habrá un lugar para ti allá. En cada visita reafirmaba su intención de recibirme con el mismo afecto de siempre. Unos años después llegué a Tampa y en la primera oportunidad visité Ybor City, los lugares que consagró el Apóstol.
 Tu primer libro, El camión verde, fue publicado por la Editorial Letras Cubanas en 1994. ¿Qué significó para ti esa especie de reconocimiento nacional a tu naciente obra, en una de las editoriales más importantes del país?
Alberto Sicilia, conocido en Cuba como 'El poeta del camión verde'

 Era una etapa muy difícil. El libro llevaba un tiempo en la editorial pero la escasez alejaba el momento de su publicación. Los textos de El camión Verde son poemas de adolescencia y primera juventud. Son poemas de una insana rebeldía. Letras Cubanas aprovecha un intercambio con intelectuales de Argentina para rendir tributo a Martí y publicar una colección bajo el título de “Los pinos nuevos”, en alusión al importante discurso de Martí en Tampa. Todo es muy simbólico y los poetas de ese momento estábamos abriendo una brecha en la madeja de cerrojos del panorama literario cubano. Ese reconocimiento y el hecho de que apareciera bajo la aprobación de Eliseo Diego, Fina García Marruz y Roberto Fernández Retamar fue definitivo en mi vida. De alguna manera era la fusión de mi dos actividades por muchos años, conducir un camión por las carreteras de Cuba y escribir la experiencia que encarnaba. Un ansia de libertad en cada espacio entrevisto.
 Otros libros tuyos –A favor de la roca, de 1998; Viajando al sur, 2006, y Miniatura con abismo, 2009– tienen años de distancia entre uno y otro. ¿Hay lapsos de tiempo sin escribir o sólo de publicar?  Creo que ya corresponde otro libro, ¿está preparado?
 Hay mucha poesía escrita pero más poesia vivida, tiempo vivo en poesía. A veces he dicho que tengo un enorme respeto por la palabra, creo que es el mayor contaminante del presente y que puede ser salvadora en un momento como el silencio lo es. El poema preciso es el que nace espontáneo del asombro o de la sombra, se hace luz y es verbo. Puede encarnar. De Cuba vinieron unas libras de poemas en mi equipaje, por suerte no pagué por ellas al llegar y esperan junto a los irreverentes ‘bills’ para ser atendidos por su creador.
  En una presentación a tu libro Miniatura con abismo (2009), señaló Racso Pérez ­Morejón que se trata de “un libro sólido, profundo, ontológico si se quiere, referencial”.  Mirando el profundo lirismo reflexivo que habita en tus poemas, ¿puedo agregar el calificativo filosófico a ese significativo sumario?
 Tanto como la historia, la filosofia es un tema que me apasiona. En distintas etapas de mi vida he sido Sócrates, Confucio, Pitágoras, Félix Varela, sintiendo y trasmitiendo sus ideas a las personas que se acercaban a mis charlas de talleres literarios en Cuba. Creo, con poca fortuna en esta fe, que el conocimiento y la sabiduría pueden cambiar el destino de un pueblo, de la humanidad entera. Reconozco que Salomón necesitó más que eso para consolidar su reino. Hoy siento, como dije en algún poema de juventud, que el poder es oscuro y se pierde en el tiempo de las deudas. Doy gracias a Erza Pound por concederme luz sobre ese aspecto.
 ¿Qué rasgos dominantes encuentras en la poesía cubana de tu generación, que ya en la década de los ochenta se comienza a alejar del coloquialismo, con acento épico, que vivió el decenio precedente?
  Aunque nos encontrábamos dispersos por todo el país se comenzaron a desarrollar eventos de literatura en distintas provincias, pudimos entrar en contacto con  generaciones o grupos generacionales, para decirlo con propiedad, que tenían otra visión. Dos antologías marcan un paso importante, Usted es la culpable y Retrato de Grupo. Un poeta cierra la primera y luego aparece en la segunda (Sigfredo Ariel).
 Este detalle es significativo, muchos de los textos publicados allí se identifican con la poética de la generación de Orígenes y constituyen la antítesis del discurso de la mayoría de los poetas de la generación del 50. Alternativamente, estaban los muchachos del Puente y por supuesto toda una obra vedada para nosotros que se escribía en la diáspora. Era una poesía que se distinguía por su acercamiento a la crítica de la sociedad pero soslayaba el enfoque directo, en muchos casos llegó a convertirse en el panfleto al revés y, en algunos poetas, el hermetismo heredado de Orígenes, del surrealismo y de los poetas malditos que plagaban el discurso de veladas resonancias.
 El hecho de que los jóvenes poetas cubanos de la década de 1990 se rencuentren con Lezama Lima y Virgilio Piñera, ¿crees que influyó en los nuevos cánones de la expresión poética?
 Como te explicaba, y es una visión muy personal y acaso apasionada, muchos de nosotros entramos en contacto con esas fuentes. En un momento llegó a existir una línea divisoria que mimetizaba las diferencias entre esos dos grandes maestros. Por una parte la imagen lezamiana, llena de azarosas reminiscencias culturales y por la otra el descarnado, visceral verbo de Virgilio. De esa mezcla sólo podían salir –en su momento y luego del consabido reposo–, ya en el sedimento de la gracia, algunas de las voces más ­destacadas de la poesía ­cubana actual.
 En la poesía cubana –la que se escribe dentro y fuera de la Isla– ,  a pesar de que el corpus poético contiene los más diversos estilos, estética y focalidad temática, algo es común en sus grandes exponentes: el imaginario de patria, que desde un Heredia o Gertrudis Gómez de Avellaneda hasta hoy, está latente en sus poetas. ¿Es que esa honda subjetividad habita mejor en la poesía?
 En la poesía subyace lo imperecedero y lo perecedero, lo imperfecto y lo perfectible, ha sido desde tiempos remotos y en diferentes formas la expresión épica de los pueblos. Desde los Cantares hasta un pareado popular representa el imaginario ­colectivo desde la intuición poética de su creador. Es también un diálogo con el yo que simboliza el cuestionamiento de la existencia ante lo desconocido, en ese trance hace énfasis en el espacio y el tiempo de su génesis y forma valores característicos de nacionalidades y épocas. Llegar a reducir ese conocimiento y, sobre todo, convertir en arte mayor ese sentir colectivo es sólo  patrimonio de los poetas. Recuerda que, cuando convoca esas deidades, una buena novela es también un gran poema.
 En Cuba, desde sus orígenes como nación, la poesía es una asunción del alma colectiva, de lo que llamamos cubanidad. Heredia, la Avellaneda, Milanés, el Cucalambé, Martí, Lezama, Piñera, entre otros, llegaron de manera estelar a reafirmar el sentimiento de patria, unos bajo la honda opresión del destierro y otros, como el viajero inmóvil, en el dolor de las esencias de una singularidad, el llamado ajiaco de razas que conforman la personalidad del cubano. La poesía ha representado en los últimos decenios, por razones obvias, una columna de fuego que si fuéramos capaces de atender serviría de guía en el desierto gnoseológico de la Isla. A partir de la década del 80 del pasado siglo se retomaron en el país las voces que parecían apagarse con el advenimiento del realismo socialista y se hizo una relectura del acervo poético de la nación. Muchos de los poetas que participamos de ese renacer debimos transitar el camino de nuestros ilustres antecesores, guiar nuestros pasos a un auto-exilio o mascullar nuestras disonancias con la maldita circunstancia del agua por todas partes, como diría Virgilio.
 ¿Qué ha significado Tampa para el poeta Alberto Sicilia?
 En Tampa he tenido un rencuentro con Alberto Sicilia. Guardo una petición de pasaporte con fecha de 1966 y una foto mía, con apenas 9 meses. La familia no pudo emigrar porque mi hermano estaba cercano a la edad militar y luego por la prisión de mi padre. Este sujeto que está frente al espejo me dice que es incompleto y pusilánime, que podía haber dado más de sí para tener serenidad en su yo… por un momento duda y se ilumina, sopesa los espacios ocupados, el tiempo compartido y se siente feliz. Tampa es una ciudad bella, aquel se ha rencontrado con un hijo, con viejos amigos, el otro y yo hemos encontrado nuevas amistades. Aun nos llena el ferviente deseo de trasformarlo todo. Me apasiona la historia de Tampa, tan vinculada a la de Cuba, de la que tú, Gabriel, tanto conoces y que tan bien la sabes contar. Me apasiona ese descubrimiento de las raíces de Ybor City y el beneficio que aporta a las generaciones presentes y futuras el rescate de ellas. Escucho con admiración el recuento de la vida de aquellos hombres que en condiciones bien difíciles fundaron un proyecto sin menoscabo de las individualidades, sino con el apego a los valores de la decencia y la honestidad. En Tampa espero que crezca mi hija pequeña y quisiera trasmitirle este legado, pero ansío más reiterar mis encuentros con la Cuba de mi imaginación, un lugar iluminado por la belleza del verbo.
 Hace unos días, cuando me comentabas la entrevista que publiqué en este espacio con Rafael Martínez Ybor, me preguntaste y, a la vez, te preguntabas: ¿Por qué no se crea una Fundación Martínez Ybor en Tampa? ¿Podrías extender la idea a los lectores de La Gaceta?
 Tienes razón, tu entrevista a Rafael Martínez Ybor, biznieto del fundador de un pueblo que lleva su apellido, provocó en mí reflexiones sobre el rescate de la historia y la forma de aunar esfuerzos para realizar diferentes proyectos encaminados a la utilidad pública, sobre todo a los emigrantes hispanoamericanos y sus descendientes. La idea de una Fundación Martínez-Ybor, que propicie el intercambio entre los pueblos, agrupe los proyectos más destacados de la comunidad y genere eventos y premios como ferias del libro, concursos,  etc., a la vez que se preocupe por el entorno arquitectónico, la biodiversidad, entre otros aspectos. También pudiera contribuir a encaminar una idea que recientemente ha presentado la Dra. Diana Arufe en las redes sociales: que Ybor City sea reconocida por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad.
 Sé que tu expresión poética se viste, esencialmente, del verso libre. Pero también has escrito sonetos, décimas y  otros géneros clásicos. Por ello quiero terminar con una solicitud, aunque comprendo que a la poesía no se le provoca, ¿una décima a Tampa?
Con los versos de Martí
el mar besa la floresta
Y trae esa brisa fiesta
de calma a mi frenesí.
Los lamentos del cemí
aun se escuchan en la 
                        rampa
de mi corazón. Acampa
en el exilio la herida,
desde mi Cuba querida
a la bahía de Tampa.













jueves, 20 de julio de 2017

La visita de Rafael Martínez Ybor

Un señor de edad avanzada entra con paso firme a la oficina de La Gaceta donde trabajo. Como ha anunciado la visita, sé que es Rafael Martínez Ybor, biznieto de quien, al fundar el pueblo donde nos reunimos, le otorgó su apellido.
Me extiende la mano y adivino en ella la sinceridad y nobleza que encontró José Martí en su bisabuelo, cuando lo calificó de “anciano de rostro bondadoso”, calificativo que se corresponde con la primera impresión que recibo de su descendiente.
Desde las primeras ­palabras, el clima adquiere una familiaridad que se distancia del toque de solemnidad que requiere un primer diálogo con alguien que, además de la respetabilidad de su larga vida, adquiere un matiz especial por su cercanía con la figura histórica más emblemática de Ybor City. Mi siguiente percepción, que le confieso, fue atribuirle menos años de los que tiene, lo que me había figurado por la nitidez de su voz en la línea telefónica.
-Aparenta unos setenta- le digo.
-Pues no, tengo 88 años.
-Pues muy bien ­conservados –agrego– haciendo una rápida alusión a mi padre, quien, con 99 años –le comento– nos sorprendía con la solidez de su palabra. De alguna manera, es un referente animador, aunque innecesario, pues el Martínez Ybor que está frente a mí parece heredar la energía de su antecesor, quien tenía 68 años cuando puso el primer ladrillo en lo que iba a ser Ybor City.
El autor y Rafael Martínez Ybor
Aunque la amena charla, extendida al oído atento de mi compañero Leonardo Venta, Rafael quiso inclinarla hacia los antepasados gloriosos de su familia, insistí a intervalos en su propia historia. Por eso supe que nació en Cuba, en 1929, pero que con apenas cinco años acompañó a sus padres a Nueva Orleáns, donde el abuelo –también Rafael e hijo menor de don Vicente- fue designado Cónsul del gobierno cubano en la década de 1930. Poco después se mudaron a Tampa, atraídos por la pertinencia de su apellido con el barrio más fulgurante de la ciudad floridana, pero hubo que seguir los pasos del abuelo, al requerirse sus servicios en Miami, en 1944.
Al iniciar la década siguiente y ya inmerso en el ambiente bancario del que haría su profesión de toda la vida, Rafael regresa al país de origen, encontrando trabajo en  The Trust Company of Cuba. Viviendo en el Vedado, fue testigo de las convulsiones políticas que devinieron en la toma del poder revolucionario, en 1959. Ese mismo año, mientras comenzaban las confiscaciones de la propiedad privada, las refriegas clasistas y el enfrentamiento con Estados Unidos,  Rafael encontró la felicidad del matrimonio, al casarse para siempre con Cecilia, esposa que, gracias a Dios, aún le acompaña.
Con la intervención del banco para el que trabajaba como profesional bilingüe, el descendiente de Vicente Martínez Ybor optó por atender la reclamación de su padre y vino a vivir a Estados Unidos. Nueva Orléans fue el primer destino y allí trabajó durante 17 años. Sin embargo, la atracción de Tampa fue demasiado fuerte y al fin vino  a radicarse en ella, mostrando ser un hijo digno de la ciudad, un heredero legítimo de la estirpe del fundador de Ybor City.
Claro que estas observaciones biográficas de Rafael emergieron intercaladas entre los párrafos largos en que me habló del bisabuelo valenciano, de su llegada a Cuba con apenas 14 años, del espíritu emprendedor que lo llevó a fundar la fábrica de tabacos “El Príncipe de Gales” en la década de 1850,  de los triunfos internacionales alcanzados enseguida con ese sello de habanos, del primer y segundo matrimonio del ­bisabuelo, con los que sumó 13 hijos. Hablamos de cómo salió don Vicente de Cuba, al ser vigilado por sus simpatías con los ­mambises, de sus logros en la empresa tabacalera en Cayo Hueso, de la llegada a Tampa y sobre la fundación de Ybor City. Me contó anécdotas de la familia Martínez Ybor, de las simpatías y apoyo de sus ancestros a la independencia cubana, momento en que recordamos las palabras de admiración que José Martí le dedicó.
No es menor la admiración reflejada por Rafael hacia su bisabuela Mercedes de las Revillas, mujer que apoyó la causa cubana con fervor permanente. Muchos soldados que salieron de Tampa a combatir por la libertad de la Isla amada, dejaron testimonios de las atenciones recibidas en la casa familiar de Martínez Ybor, donde Mercedes les despidió como una madre. Es natural que con tanto apego  a su tierra original, ella decidiera regresar a Cuba, ya viuda, para que las últimas imágenes que alegraran su mirada fueran las de La Habana, donde está su tumba. 
Naturalmente, cuando la prudencia del tiempo contuvo el diálogo, mi deseo fue pedirle un nuevo encuentro, porque es fértil la historia que Rafael Martínez Ybor conserva con celo familiar y muy grande el servicio que presta al patrimonio de la ciudad. Pero en la asunción consciente de ese beneficio para  la presente y futuras generaciones, las instituciones del lugar deben tener mayor compromiso. La imagen de don Vicente y un grupo de  industriales, ingenieros, profesionales y obreros –juntos hombres y mujeres, negros y blancos, religiosos y ateos, de lenguas y culturas diversas– debe ser mucho más que unas palabras con destino turístico alrededor de una estatua o sitio histórico;  puede ser el ejemplo aleccionador que contribuya a que el que mundo en que vivimos y que hemos de legar, sea realmente mejor.
Casi al despedirnos, pregunto a Rafael si no ha vuelto a La Habana.
-No, me dice con cierta nostalgia, tal vez buscando en el recuerdo de 56 años atrás la majestad que no quiere desterrar de su memoria: las hermosas edificaciones neoclásicas y eclécticas de el  Vedado, frente a las cuales él y Cecilia se juraron amor en el encanto de la juventud.  
Lo entendí mejor cuando, cinco días después, me escribió desde su casa:
“En agosto 4, 2017, serán 56 años que nos fuimos de Cuba (…) cuando se enteraron que mi padre, que vivía en New Orleáns, estaba tramitando la visa para sacarnos a Cecilia y a mí de Cuba (…) un día se presentaron tres milicianos con sus metralletas y nos confiscaron nuestro nuevo condo con todo lo que había adentro (…) Nos fuimos a vivir con los padres de Cecilia, allí estuvimos un año hasta que, por fin, salimos de Cuba. A los pocos años se murió el padre de Cecilia y el gobierno cubano no le autorizó visa para ir al entierro”.
Le puse la mano sobre el hombro, con toda comprensión, deseando que la salud le acompañe por muchos años más y, de paso,  que un milagro pudiera redimir al Vedado que él guarda incólume en su memoria.

viernes, 14 de julio de 2017

El sabio cubano Don Fernando Ortiz

Por Gabriel Cartaya

 El 16 de julio de 1881 nació en La Habana Fernando Ortiz Fernández, más bien, Don Fernnado Ortiz, como se le cita con deferencia por su prolífica obra. Basta con anotar su nombre en un buscador de Internet para encontrar múltiples referencias bio-­bibliográficas suyas, o asistir a una biblioteca académica y solicitar alguno de sus múltiples títulos, entre los que aparece Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar, El engaño de las razas, o Una pelea cubana contra los demonios, por sólo citar tres de ellos.
   Una razón para esta breve reseña es haber publicado una carta de Fernando Ortiz a Victoriano Manteiga del año 1933, donde expresaba su amistad y agradecimiento al fundador de La Gaceta, por todo lo que había colaborado  con Cuba en la heroica lucha antimachadista desde su publicación, en la que el prestigioso jurista estaba comprometido. Sin embargo, algunos lectores de esta columna me han preguntado acerca de la  identidad del autor epistolar con cuyo nombre también se honró a Manteiga.
 Quiso la casualidad que la aludida motivación coincidiera con el aniversario del natalicio de Ortiz, con una razón más para recordarle y/o presentarle a nuestros lectores inquisitivos. En la historia de la Mayor de las Antillas, es Fernando Ortiz el antropólogo, etnólogo, arqueólogo, lingüista, geógrafo, historiador, folklorista y musicólogo que más aportes conjuntos ha realizado en el conocimiento de sus raíces histórico-culturales, especialmente afrocubanas, de tanta influencia en la conformación de la cultura que define a la nación.

 Aunque Ortiz nació en La Habana, en un momento complejo en que los rasgos sociales de la nacionalidad cubana están madurando junto al mismo proceso violento de conquista de la independencia política, sus estudios los realiza fuera del país, los primarios en Menorca (Islas Baleares), donde se gradúa de Bachiller en 1895. Aunque ese mismo año comenzó los estudios de Leyes en la Universidad de La Habana, fue a continuarlos en España, asistiendo a universidades en Barcelona y Madrid, donde obtuvo el título de Doctor en Derecho. A principios del siglo XX está en Italia, especializándose en Criminología, al lado del prestigioso criminalista César Lambroso, en cuya revista Archivio di Antropologia Criminale, Psichiatria e Medicina Legale, publica sus primeros trabajos.
En 1906, cuando ya ha representado a la República de Cuba en misiones diplomáticas en varias ciudades europeas, se establece como Abogado Fiscal de la Audiencia de La Habana. En 1909, obtiene una plaza de profesor en la Facultad de Derecho Público de la Universidad de La Habana, impartiendo durante varios años las asignaturas de Derecho Constitucional y Economía Política, a la vez de obtener la Cátedra de Etnografía.
 Junto a su obra docente, desarrolla una amplia labor investigativa. En 1906 ha dado a conocer su libro Los negros brujos, que constituyó su primer acercamiento etnológico relacionado con la formación de la nacionalidad cubana y en el que, como ha apuntado el historiador Jorge Ibarra: “Al adoptar el método comparativo, propio de la etnología, para estudiar la sociedad cubana, se convertía en el fundador de la etnología afroamericana”. (Ver “La herencia científica de Fernando Ortiz”, Revista Iberoamericana, Vol. LVI, no.152-153, julio-diciembre 1990)
 A partir de esa fecha, las publicaciones de Ortiz son continuas en revistas y libros, con un discurso científico donde establece los componentes en que se produce el cuajo (el ajiaco, diría él) de la cubanía.  Como es imposible destacar aquí la amplitud de su teoría y el alcance universal que contiene, me limito a señalar algunas obras suyas en relación con el campo disciplinario donde sus aportes son permanentes. En 1940, en su obra fundacional, Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar, introduce el concepto de transculturación, considerado por Bronislaw Maniloswski como uno de sus mayores aportes a la antropología cultural.
En el campo de la arqueología, sus estudios de los aborígenes cubanos los publicó en Historia de la arqueología indocubana (1923) y Las nuevas orientaciones de la prehistoria cubana (1925). Sus estudios étnicos se destacan desde una perspectiva histórica en  Los negros esclavos (1916);  filológica, en Glosario de afronegrismos (1924);  etnográfica y folklórica, en La africanía de la música folklórica de Cuba (1952) y los bailes y teatro de los negros en el Folklore de Cuba (1953). Como musicólogo, hay una obra suya monumental, en cinco tomos, publicada en 1952 con el título Los instrumentos de la música afrocubana, que constituye un tesoro para el estudio de este tema.
 Los aportes de Ortiz a las ciencias sociales y su servicio a los estudios americanistas, parten de una indagación que se separó de las tendencias eurocentristas. En ese camino, se alejó de las posiciones racistas que intentan explicar la superoridad de unas razas sobre otras.  Su obra de 1944, El engaño de las razas, es un ejemplo imprescindible. En ella, el autor condena todo tipo de discriminación motivada por el color de la piel y se ampara en pruebas científicas para explicar los derechos de todos los hombres a ser tratados con la misma dignidad.
 El trabajo incansable de Ortiz también se refleja en la enorme cantidad de revistas que fundó y en las que participó: director de la famosa revista Bimestre Cubana, hasta 1959, fundó las revistas  Archivos del Folklore Cubano, en 1924,  la Revista Surco, en 1931, la Revista Ultra, publicada entre 1936 y 1947, a la vez que colaboraba con importantes revistas cubanas y extranjeras como Bohemia, Archivos Venezolanos de Folklore, El Diluvio (de Barcelona),  La Nova Catalunya, The Hispanic American Historical Review (de Carolina del Norte, EE.UU.), entre otras.  Asimismo, fue director de la Sociedad Económica de Amigos del País –1923 a 1932–, miembro de la Academia de la Historia, integrante de la Cámara de Representantes de Cuba, desde 1917 hasta 1927 y elaboró el Proyecto de Código Criminal Cubano, con un programa de reformas legislativas y administrativas muy avanzado para su época. Representó a Cuba como delegado oficial en numerosos congresos internacionales de índole científica y académica y tuvo amistad con destacados intelectuales y artistas de su tiempo como Juan Ramón Jiménez,  Wifredo Lam, Alejo Carpentier, María Zambrano y Fernando de los Ríos.
 Un hombre de esa estatura intelectual y científica, de hondas preocupaciones por la sociedad de su tiempo, cuya sapiencia consagró con éxito al desentrañamiento de las raíces que nos explican, un día recorrió las calles de Tampa  y en ellas seguramente sintió mucho de cubano. Y en las líneas que le escribió a Victoriano Manteiga, director de un periódico que Ortiz mucho estimó, le agradece y brinda amistad.
Publicado en La Gaceta, el 14 de julio, 2017.



jueves, 29 de junio de 2017

La Gaceta, 95 años con Cuba


Cuando Victoriano Manteiga fundó, en el Ybor City de 1922, un periódico hispano al que bautizó con el nombre de La Gaceta, seguramente no alcanzó a imaginar que 95 años después su publicación gozaría de buena salud, en manos del nieto a quien contribuyó a formar y cuyo nombre –Patrick–  guarda una sutil asociación con el de patria, a la que tanto el abuelo alentó en su magna obra.
En el momento del 95 cumpleaños de La Gaceta –la más antigua publicación en español de la Florida que vive aún–, me detengo en uno de sus ángulos permanentes: la atención ­detallada a los acontecimientos que proceden de la isla de Cuba. Puede decirse, sin exageración, que este periódico tampeño es un registro de la ­historia de Cuba  durante casi cien años.
La enorme presencia cubana en La Gaceta se adhiere al origen de su fundador y al compromiso constante, de hondo sentimiento patriótico, con que asumió hasta el final de su vida a la tierra que lo vio nacer. Entre 1893 y1982  discurre la existencia fructífera de un hombre inteligente, decidido, valiente, quien puso la palabra y la acción en absoluta correspondencia con las causas de su tiempo que consideró progresivas para la humanidad.

La inserción de Manteiga en el corazón de Ybor City se produce cuando aún la ciudad florecía en torno a las fábricas de tabaco que le dieron esplendor desde finales del siglo XIX, en un ambiente donde cubanos, españoles e italianos marcaron el sello identitario más visible de la pujante comunidad. Él llegó en 1914, en el despuntar de la juventud, con lecturas suficientes para ascender al asiento del lector de tabaquería, donde antes escalaron Dolores Poyo, Ramón Rivero, Bonifacio Byrne y tantos hombres ilustres. Todavía vivían muchos de los que oyeron en el Liceo Cubano los discursos de José Martí y miembros de la primera generación de la república cubana.
Victoriano Manteiga
Los primeros años de Victoriano en Tampa coincidieron con el estallido y terminación de la Primera Guerra Mundial. En 1922, a cuatro años del conflicto bélico, cuando las voces humanistas más profundas del universo comienzan a divulgar los horrores de la guerra con la intención de evitar su repetición, Manteiga decide fundar La Gaceta, que sería una voz más de ese empeño  humanista. Entonces, en Cuba, donde el periodista fija primero su atención, el gobierno estaba en manos de Alfredo Zayas, expresión de los “generales y doctores” que el escritor Carlos Loveira identificara con el caudillismo criollo en que derivó la soñada república nacida en 1902. Desde los primeros números, La Gaceta se ocupó de informar, día a día, todo el acontecer político, económico, social, cultural, deportivo, acaecido en la Isla, con tal abundancia que parecía una extensión  de las publicaciones realizadas en ella.
Así, desde las primeras páginas estuvieron reflejados en ella  los acontecimientos históricos que a partir de la década de 1920 jalonaron el curso de la nación. Al ser imposible en este espacio hacer siquiera un registro sintético de esa presencia, quiero detenerme en uno de sus momentos definitorios: la caída del gobierno de Gerardo Machado, a partir del levantamiento popular contra su dictadura.
He revisado en los últimos días algunos números de La Gaceta correspondientes a días anteriores y posteriores al 12 de agosto de 1933, fecha en que Gerardo Machado abandona el poder y el país, empujado por una huelga general obrera, la oposición creciente de partidos políticos, las luchas estudiantiles y, ­finalmente, el retiro del apoyo de Estados Unidos. El 1.º de julio de 1933, Manteiga escribe en su columna diaria ‘Chungas y no chungas’:   “Los amigos del general  Machado dicen que éste se haya dispuesto a aceptar todas las condiciones que el embajador Welles le imponga, pero a cambio de que se le deje en la presidencia hasta 1935”. Es el momento, anterior a su caída, cuando el embajador estadounidense, Summer  Welles, mediaba entre el gobierno y la oposición en un último intento por resolver la crisis.
La reacción del periodista tampeño, en plena coincidencia con los latidos del pueblo cubano, apunta: “Una cosa no admitirá la oposición y no puede ser admitida: que Machado continúe ‘desgobernando’ hasta 1935.”
En la edición del 6 de julio, unas notas reflejan la sagacidad con que Manteiga advirtió el peligro de una atmósfera donde los ajustes de cuentas personales podrían derivar –como derivaron–  en ajusticiamientos por mano propia, pidiendo que la justicia no fuera mezclada con el crimen. A su vez, indicaba el camino democrático que requería el país:  “Hay que gobernar para todos los cubanos, y arrancar la semilla de la tiranía, distribuyendo la democracia que tanta falta hace, la genuina democracia”.
El 10 de agosto, Manteiga está informando en los cintillos de su Diario, a la par de los periódicos cubanos: “Machado declaró la Ley marcial en Cuba (...) La huelga general se mantiene en toda la isla”, y explicando “…la vigorosa protesta de los trabajadores, abrumados por la miseria y las iniquidades del machadato”.
El 11 de agosto, cuando escribe que ya “…Welles notificó al déspota, indicándole que para bien del pueblo debía ausentarse, nombrando un nuevo secretario de estado,  el Dr. Carlos Manuel de Céspedes”, el periodista, a tono con el fino humor de sus ‘Chungas y no chungas’, se vuelve más irónico: “El ‘gallo’, que pronto cesará de cacarear, tiene que marcharse”.
Ocurrió en las horas siguiente y el 12 los lectores  de La Gaceta pudieron leer en las calles de Tampa: “Ha caído cubierto de fango, y en su desesperación tratando de entregar el gobierno a los soldados americanos, no a un presidente provisional cubano. El ‘animal’ se ha marchado y que Dios le perdone todas la atrocidades de su régimen de violencia”.
El 16 de agosto, Manteiga dio a conocer en su columna una carta que había dirigido al presidente Franklin D. ­Roosevelt en los días previos a la dictadura machadista, en la que describía la situación por la que estaba pasando Cuba y la necesidad de que su gobierno mediara en su solución. “Si usted le pide al presidente de Cuba que devuelva a los cubanos los derechos que les ha arrebatado, el Gral. Machado renunciará y Usted habrá prestado otro servicio a la justa causa de miles de hombres que son acosados por la Dictadura”, le dice en uno de sus párrafos.
Como se hace evidente en las diferentes citas elegidas, la condición informativa del periodista se mezcla con el sentimiento del patriota cubano que siempre fue Victoriano Manteiga. Por ello, a los 95 años de la fundación de La Gaceta, sea el primer homenaje para su insigne fundador.
II
Un ángulo interesante de las intensas relaciones de La Gaceta con Cuba se relaciona con el nivel de cercanía que su fundador, Victoriano Manteiga, desarrolló con personalidades relevantes de la historia de la Isla.  Su intercambio epistolar o conversacional con Eduardo Chibás, Ramón Grau San Martín, Fidel Castro y otras figuras que jugaron roles descollantes en la política cubana a partir de la década de 1920, son pruebas inequívocas de la implicación permanente del periodista de Tampa en las causas cubanas.
Hurgando en las páginas viejas de una publicación que llega a los 95 años con toda vitalidad, encuentro una prueba más de los estrechos vínculos de Victoriano con cubanos ilustres. Esta vez, me refiero a sus lazos con  Fernando Ortiz, el sabio cubano de mayor universalidad en el campo de las Ciencias Sociales, quien como antropólogo, etnólogo, jurista, historiador, geógrafo, arqueólogo, periodista, editor, creó una obra imperecedera. Tantos aportes hizo Ortiz a la cultura cubana, al conocimiento de sus raíces, sincretismos y composición nacional, que se le ha visto como un segundo descubridor de la Isla, un término más exacto que el otorgado a Cristóbal Colón.

En una nota que apenas se propone presentar un intercambio epistolar entre Fernando Ortiz y Victoriano Manteiga, sólo quiero señalar que el intelectual cubano era ya una de las figuras más descollantes del ambiente científico y cultural de la Isla y sus publicaciones  llamaban la atención en Europa y Estados Unidos, cuando conoció al periodista tampeño. Ortiz, comprometido con la lucha antimachadista, vivió exiliado en Washington entre 1931 y 1933, desde donde jugó un papel importante en el derrocamiento de aquella dictadura. En ese ambiente se origina la relación entre Ortiz y Manteiga y las cartas que presentamos son un reflejo del aprecio que sintió el uno por el otro.
Fernando Ortiz
Las misivas fueron publicadas en La Gaceta, el 23 de agosto de 1933, en la sección “Chungas y no chungas” y esta es la segunda vez que se dan a conocer. En esa fecha, Ortiz estaba viajando en barco hacia La Habana, donde se celebraba la huída del tirano Machado. Al darlas a conocer en su periódico, Victoriano ­escribió: “El Dr. Ortiz es una personalidad cumbre en la nueva era republicana y deseamos al noble amigo un regreso feliz”.
Fragmentos de  la carta de Victoriano Manteiga a Fernando Ortiz
Don Fernando: algunos caudillos deseaban la intervención, pero conseguimos evitarla; algunos políticos deseaban ver a los soldados americanos en las calles de La Habana, mas logramos impedirlo, con la decisiva cooperación del Presidente Roosevelt; algunos caudillos prometían para engañar, con la esperanza de que el gobierno de Washington interviniera.
(…)
Ahora, en la República sin tiranía, usted volverá a sus labores, si el pueblo no lo llama a ocupar un alto puesto o el gobierno,  y este periodista tampeño que iniciara su protesta al día siguiente del asesinato de Armando André y la mantuviera hasta la caída del tirano, continuará escribiendo, sin esperar recompensa de Cuba.
(…)
Tampoco usted pide nada por sus afanes y por sus importantes servicios.
Hemos servido a la causa de la libertad y lo hemos hecho como nativos de Cuba y como ciudadanos.
(…)
Para las nuevas luchas que surjan, en honor de Cuba, cuente con nosotros. 
Carta de Fernando Ortiz a Victoriano Manteiga
Washington, agosto 21, 1933
Sr. Victoriano Manteiga
Tampa
Querido amigo:
Unas líneas de despedida. El jueves saldré para Cuba, volviendo por Key West, por donde vine a este Washington, hace unos tres años, a socavar el baluarte de la barbarie que nos envilecía, aquí donde tantas eran las  influencias poderosas coadyuvantes. Me voy para Cuba satisfecho de haber visto la vía por donde nuestro pueblo podrá recuperar plenamente su soberanía, burlada lustro tras lustro por una liga de cubanos y extranjeros, todos unos a explotarnos y traernos a miseria y deshonor. Y crea que me veo muy obligado con usted, que sin conocerme, me acompañó desde su diario, dándome públicamente su apoyo y consejo. He leído ayer su recuerdo. Gracias. Si no fuera apremiante mi regreso a Cuba, no podría disculparme el no llegarme a Tampa para estrechar su manos. Pero ya nos veremos un día… Y no necesitarán colaboraciones, que volverán a juntarnos.
En La Habana me tendrá pronto, en O’Reilly 8, como un abogado vuelto a sus papeles después del “pleito grande”; o en L y 27, Vedado, como un “encuevado” entre librajos y cosas de la tierra, Donde quiera me encuentre, tendrá estas manos abiertas el noble amigo,
Suyo, devoto
     Fernando Ortiz.
Habría que seguir rastreando en las páginas de La Gaceta, para saber si en los años siguientes, en los que Manteiga se mantuvo atento a Cuba,  llegaron a darse la mano estos dos grandes hombres.



jueves, 8 de junio de 2017

Sobre las visitas de Martí a Tampa: las razones de Emiliano Salcines

Cuando en 1999 vine a Tampa por primera vez, in­vitado por la Universidad del Sur de la Florida a impartir una conferencia sobre José Martí, hablé a un grupo de profesores y estudiantes so­bre las 11 visitas conocidas del Apóstol cubano a la Flori­da, desde su arribo a Tampa el 25 de noviembre de 1891, hasta su presencia en Fer­nandina en enero de 1895. En esas 11 ocasiones, estuvo en Tampa más de una vez. En un momento de la charla, un profesor pidió la palabra para decir que un notable aboga­do de la ciudad, apasionado de la historia, sostenía que Martí había estado en Tampa por lo menos 20 veces. Creo que en aquel momento no mencionó su nombre, pero unos años más tarde, ya resi­diendo yo en esta maravillosa ciudad, quiso la vida darme el privilegio de la amistad con el prestigioso letrado, Emiliano Salcines, conocido y respeta­do por tres generaciones de tampeños.

De der. a izg. Emiliano Salcines, Patrick Manteiga, Eusebio Leal y Gabriel Cartaya

Es natural que el tema José Martí haya estado presente en las diversas pláticas que hemos sostenido. Cuando fi­nalmente he leído un extenso artículo que Salcines publicó en La Gaceta, en su edición del 27 de junio del año 1997, titulado “Las 20 visitas do­cumentadas de José Martí a Tampa”, he comprendido que, en la diferencia numéri­ca con que ambos hemos se­guido la presencia de Martí en esta ciudad, la mejor razón es la de Emiliano Salcines.

Hace un tiempo publiqué un artículo en este mismo perió­dico, donde men­cioné la cifra de 17 visitas. Tuve en cuenta, esencialmente, las propias confe­siones conocidas de Martí, otras fuentes primarias y la cronología que el investiga­dor cubano Ibra­hín Hidalgo ha ido actuali­zando durante años, a partir de una acuciosa investiga­ción. A pesar de que incluí las llegadas breves a Tampa cuando regresaba de Cayo Hueso, no consideré algunas por no encontrar mención a ellas en ningún documento.
  
Pero Salcines me ha co­mentado, con una lógica irrebatible, que el viaje del Cayo a Nueva York, a fines del siglo XIX, requería de dos boletos obligados: el pri­mero para el barco que lle­gaba al puerto tampeño y el segundo en ferrocarril para seguir hasta Nueva York. Sólo unos años más tarde, Flagger llegó en tren hasta el sur, a través de los cayos. Con la sexta visita me que­daban dudas, porque, aun­que Hidalgo señala el 7 de noviembre como su salida de Nueva York, debió hacer­lo dos o tres días antes, de los que no hay pruebas rela­cionadas con otra labor suya que lo hiciera imposible. Sa­bemos que se requerían algo más de dos días en ferrocarril de Nueva York a Tampa y 18 horas más en barco para arribar al Cayo, de manera que era im­posible completar la travesía entre el 7 y el 9.

Cuando en mayo de 1893 está regresando de Cayo Hue­so, tampoco se menciona que llegara a Tampa, lo que es inobjetable con el mismo razo­namiento, aunque su última señal en Cayo Hueso pertene­ce al 16 y al 20 su estancia en Nueva York, lo que hace posi­ble su presencia en las calles tampeñas al menos por un día. Lo mismo ocurre con la visita de octubre de 1892, que sólo se considera su presencia en esta ciudad cuando está yendo para el cayo del sur el 3 de octubre, pero se obvia su llegada al regresar, que debió ser el 6 o el 7, porque el 8 se encuentra en Jacksonville, ya camino hacia el norte.
     De manera que a mi cifra de 17, sumándole dos en que regresa del Cayo y otra en ida hacia él, no apuntadas en la documentación conocida, pero justificadas con el cono­cimiento de las vías de trans­porte utilizadas en su tiempo para estas travesías, se jus­tifica el número 20 que ha sido apuntado por Emiliano Salcines.

Y como el encanto de la eterna indagación nos re­serva siempre una sorpresa, una mirada detenida otra vez en nuestro viajero, nos regala una visita número 21: porque si el 5 de septiem­bre de 1893 salió de Nueva York y el 8 lo están recibien­do en Cayo Hueso, hay que sumar esta presencia de Martí a la querida ciudad del “con todos y para el bien de todos”. En­tonces ésta la ano­tamos como número 13 y corremos las siguientes hasta el número 21, favoreciendo a la intuición con que Salcines ha venido sospechando que había algu­na visita más a las anotadas en su excelente artículo.
  
Creo en la verdad del co­razón y con ella, acompaña­da a la lucidez de su pensa­miento, ha mirado Emiliano Salcines la presencia de José Martí en Tampa, una ciudad en la que quiere y es querido y donde también él ha prota­gonizado, como jurista, pro­fesor e historiador, páginas que engrandecen la huella hispana –mejor, la presencia humana— desde esta por­ción del universo. De ma­nera que el artículo de Salci­nes, aparecido en La Gaceta tampeña el 27 de junio de 1997, lo tomamos como una contribución valiosa para se­guir los pasos del gran ame­ricano por nuestra ciudad y damos gracias sinceras a su autor.
Publicado en La Gaceta, el 5 de septiembre de 2014


viernes, 2 de junio de 2017

Momentos de un diálogo con Ariel Quintela, un paladín en el renacer de Ybor City

 “Queremos crear un mundo nuevo”, me dijo Ariel Quintela, en un momento de la grata conversación que sostuvimos la semana pasada, a sólo unos metros de donde, hace más de 125 años, José Martí dijo –en su primer discurso de Tampa– que había encontrado una comunidad “con las manos puestas en la faena de fundar”. Fundar, entonces aludía a la creación de una república libre, democrática y próspera, desde un sitio donde cientos de familias cubanas estaban gestando un  pueblo nuevo –el pueblo de Ybor City–, junto a españoles, italianos,  estadounidenses y personas de otras procedencias.
 Más de un siglo y cuarto después, cuando el tiempo   ha   deteriorado las edificaciones que
vieron florecer a Ybor City entre finales del siglo XIX y principios del XX, la ciudad ha encontrado un apasionado constructor que no sólo sueña con recuperar aquel esplendor arquitectónico, sino que ha puesto manos a la obra para  conseguirlo. Es Ariel Quintela, de origen cubano y habitante de esta ciudad, tan enamorado de su pasado histórico como de la obra de conservación que se empeña en legar al futuro.
 He visto a Quintela con un manojo de fotografías, croquis y mapas en la mano, explicando  a quienes le rodean el origen  de algunos edificios importantes de  Ybor City –los que ha  adquirido junto a Darryl ­Shaw–, señalando el deterioro en que los ha recibido,  la historia que guardan y los pasos de  su recuperación. Es evidente el entusiasmo con que el urbanista, al hablar sobre sus proyectos, imagina estos espacios convertidos en oficinas, restaurantes y, esencialmente, poblados con nuevas familias.  
 ¿Con qué antecedentes te has entregado a una obra de esa envergadura?, quise saber, cuando, haciendo un breve espacio en su ocupada agenda laboral, me recibió en una de sus salas de trabajo.
 Yo no sé si uno nace con eso. Desde pequeño veía a mi padre atareado con materiales de construcción. Me empezó a gustar ese mundo de edificar. Cuando tenía algo más de 20 años, compré una propiedad –con la ayuda de mi padre, claro– . Allí fabricamos 8 apartamentos y dos casas. Entonces no sabía mucho de eso y dependía de los contratistas. Pero comencé a fijarme en todo el proceso de la construcción y notaba que muchas veces las cosas no se hacían como a mi me gustaba. Siendo así, decidí adquirir mi licencia para, en vez de buscar a contratistas, dirigir yo las obras. Así empecé, comprando solares,  comprando edificios pequeños para renovarlos. Como ya había creado mi propia oficina, comencé a buscar a los obreros, los que seguían mis instrucciones en toda la obra de edificación.

 ¿Siempre en Tampa?
 Sí, desde hace más de 25 años estoy construyendo en este lugar.
 ¿Y cómo nació la idea de invertir en edificios viejos de Ybor City?
 ¡Ybor City es un mundo tan diferente y tan hermoso!  Tú miras estos edificios viejos y piensas en quienes vivieron aquí, en quienes estuvieron en este lugar. En tal caso, uno sueña con volverlos a ver como fueron. Esa fue la primera motivación para comenzar a adquirir edificios vinculados a la historia de Ybor City.
 Una motivación importante es la historia, las personalidades que estuvieron aquí, no sólo José Martí, sino todos los que le ayudaron. Por eso los edificios van a recibir el nombre de esas  figuras históricas.
 ¿De qué edificios se trata?
 Uno de los edificios, que pronto vamos a ­inaugurar, tendrá el nombre de “Martí”.   Será un hermoso inmueble, de 130 mil pies cuadrados, con 128 apartamentos para familias y 8 mil pies cuadrados para espacio comercial. Es en la entrada a Ybor City por la Séptima Avenida.
 También está la “Casa Pedroso”, que se llamará así por Ruperto y Paulina Pedroso, en cuya casa se hospedó Martí. Tendrá 7500 pies de espacio comercial y 33 apartamentos para vivienda familiar.
Al lado estará el edificio “Bomberos”, en el mismo lugar donde estuvo la primera unidad de bomberos de Ybor City. Tenemos las fotografías del edificio primario y vamos a recuperar su sello original. Cuando lo terminemos, va a lucir como cuando lo fabricaron, a fines de la década de 1880.
 Otro edificio llevará el nombre de Fernando Figueredo Socarrás, ¿verdad?
 Correcto. Va a ser aquí, al lado de donde está la Casa Martí-Maceo. Lo hemos bautizado como edificio “Socarrás”, pues Fernando fue uno de los que más ayudó a Martí, aquí en Tampa.  Tendrá 18 mil pies dedicados a área comercial y 21 apartamentos.
 ¿Otros proyectos?
 Bueno, está el edificio “Oliva”, de 38 apartamentos, ya está en proceso su construcción. Tendrá 30 mil pies cuadrados en total. En esa obra mantendremos la fachada arquitectónica de la antigua fábrica de tabaco Oliva.
 Estará la “Casa Buchman”, cuyo primer piso tendrá 6 mil pies cuadrados de espacio comercial y habrá 8 apartamentos en el segundo piso.
 Muy pronto se va a terminar el edificio “Don Vicente”, con cuyo apelativo se honra a Martínez Ybor,  quien le dio nombre a este pueblo.  En este edificio, situado en la calle 14, estuvieron las oficinas de Martínez Ybor. Al frente estaba su fábrica, en cuya escalera de entrada se tomó la fotografía de Martí. El mes que viene queda inaugurado.
 También tenemos un edificio que recibirá el nombre de “Juan Gualberto Gómez”,  a quien Martí le envió la Orden de Alzamiento para iniciar la Guerra de Independencia en la Isla. Este será de 21 apartamentos y el primer piso se destinará a un restaurante.
 Queremos crear un mundo nuevo. Un edificio no es importante, ni dos, ni diez edificios –dice Quintela– .  Lo importante es ver a muchas familias viviendo aquí, familias de todas las edades, de todas las culturas, ver que se vuelve a poblar Ybor City y que la ciudad recupera el esplendor que tuvo en otro tiempo. Eso es lo importante.
 La conversación con Quintela se extendió a otros temas relacionados con la historia de Ybor City, con anécdotas sobre las figuras que él ha privilegiado para que sus nombres identifiquen estos espacios.
 Al final, miro al rostro del tenaz urbanista, en el que adivino sinceridad. Entonces, uso una broma para decir lo que pienso sin lastimar la evidente sencillez –verdadera grandeza– de un hombre que llegó a Tampa siendo un niño de diez años y hoy, dado su talento y voluntad,  hace inversiones millonarias que enriquecen a la ciudad: en Ybor City –le digo–, un edificio del futuro podría llamarse Ariel Quintela, en honor a quien le devolvió el esplendor a esta ciudad.
 Sonríe y le doy la mano, hasta una nueva conversación.
Publicado en La Gaceta, el 2 de junio, 2017