Mostrando entradas con la etiqueta Tampa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Tampa. Mostrar todas las entradas

jueves, 8 de junio de 2017

Sobre las visitas de Martí a Tampa: las razones de Emiliano Salcines

Cuando en 1999 vine a Tampa por primera vez, in­vitado por la Universidad del Sur de la Florida a impartir una conferencia sobre José Martí, hablé a un grupo de profesores y estudiantes so­bre las 11 visitas conocidas del Apóstol cubano a la Flori­da, desde su arribo a Tampa el 25 de noviembre de 1891, hasta su presencia en Fer­nandina en enero de 1895. En esas 11 ocasiones, estuvo en Tampa más de una vez. En un momento de la charla, un profesor pidió la palabra para decir que un notable aboga­do de la ciudad, apasionado de la historia, sostenía que Martí había estado en Tampa por lo menos 20 veces. Creo que en aquel momento no mencionó su nombre, pero unos años más tarde, ya resi­diendo yo en esta maravillosa ciudad, quiso la vida darme el privilegio de la amistad con el prestigioso letrado, Emiliano Salcines, conocido y respeta­do por tres generaciones de tampeños.

De der. a izg. Emiliano Salcines, Patrick Manteiga, Eusebio Leal y Gabriel Cartaya

Es natural que el tema José Martí haya estado presente en las diversas pláticas que hemos sostenido. Cuando fi­nalmente he leído un extenso artículo que Salcines publicó en La Gaceta, en su edición del 27 de junio del año 1997, titulado “Las 20 visitas do­cumentadas de José Martí a Tampa”, he comprendido que, en la diferencia numéri­ca con que ambos hemos se­guido la presencia de Martí en esta ciudad, la mejor razón es la de Emiliano Salcines.

Hace un tiempo publiqué un artículo en este mismo perió­dico, donde men­cioné la cifra de 17 visitas. Tuve en cuenta, esencialmente, las propias confe­siones conocidas de Martí, otras fuentes primarias y la cronología que el investiga­dor cubano Ibra­hín Hidalgo ha ido actuali­zando durante años, a partir de una acuciosa investiga­ción. A pesar de que incluí las llegadas breves a Tampa cuando regresaba de Cayo Hueso, no consideré algunas por no encontrar mención a ellas en ningún documento.
  
Pero Salcines me ha co­mentado, con una lógica irrebatible, que el viaje del Cayo a Nueva York, a fines del siglo XIX, requería de dos boletos obligados: el pri­mero para el barco que lle­gaba al puerto tampeño y el segundo en ferrocarril para seguir hasta Nueva York. Sólo unos años más tarde, Flagger llegó en tren hasta el sur, a través de los cayos. Con la sexta visita me que­daban dudas, porque, aun­que Hidalgo señala el 7 de noviembre como su salida de Nueva York, debió hacer­lo dos o tres días antes, de los que no hay pruebas rela­cionadas con otra labor suya que lo hiciera imposible. Sa­bemos que se requerían algo más de dos días en ferrocarril de Nueva York a Tampa y 18 horas más en barco para arribar al Cayo, de manera que era im­posible completar la travesía entre el 7 y el 9.

Cuando en mayo de 1893 está regresando de Cayo Hue­so, tampoco se menciona que llegara a Tampa, lo que es inobjetable con el mismo razo­namiento, aunque su última señal en Cayo Hueso pertene­ce al 16 y al 20 su estancia en Nueva York, lo que hace posi­ble su presencia en las calles tampeñas al menos por un día. Lo mismo ocurre con la visita de octubre de 1892, que sólo se considera su presencia en esta ciudad cuando está yendo para el cayo del sur el 3 de octubre, pero se obvia su llegada al regresar, que debió ser el 6 o el 7, porque el 8 se encuentra en Jacksonville, ya camino hacia el norte.
     De manera que a mi cifra de 17, sumándole dos en que regresa del Cayo y otra en ida hacia él, no apuntadas en la documentación conocida, pero justificadas con el cono­cimiento de las vías de trans­porte utilizadas en su tiempo para estas travesías, se jus­tifica el número 20 que ha sido apuntado por Emiliano Salcines.

Y como el encanto de la eterna indagación nos re­serva siempre una sorpresa, una mirada detenida otra vez en nuestro viajero, nos regala una visita número 21: porque si el 5 de septiem­bre de 1893 salió de Nueva York y el 8 lo están recibien­do en Cayo Hueso, hay que sumar esta presencia de Martí a la querida ciudad del “con todos y para el bien de todos”. En­tonces ésta la ano­tamos como número 13 y corremos las siguientes hasta el número 21, favoreciendo a la intuición con que Salcines ha venido sospechando que había algu­na visita más a las anotadas en su excelente artículo.
  
Creo en la verdad del co­razón y con ella, acompaña­da a la lucidez de su pensa­miento, ha mirado Emiliano Salcines la presencia de José Martí en Tampa, una ciudad en la que quiere y es querido y donde también él ha prota­gonizado, como jurista, pro­fesor e historiador, páginas que engrandecen la huella hispana –mejor, la presencia humana— desde esta por­ción del universo. De ma­nera que el artículo de Salci­nes, aparecido en La Gaceta tampeña el 27 de junio de 1997, lo tomamos como una contribución valiosa para se­guir los pasos del gran ame­ricano por nuestra ciudad y damos gracias sinceras a su autor.
Publicado en La Gaceta, el 5 de septiembre de 2014


jueves, 19 de marzo de 2015

Entrevista a Emiliano Salcines

Por Gabriel Cartaya 

Aunque Salcines, en Tampa, no necesita presentación, pues es conocido y querido por todos, me permito cumplir la formalidad de un breve proemio: Emiliano Salcines es jurista, historiador, profesor. Fue Fiscal Federal y Estatal durante muchos años. Ha sido distinguido con diversos premios por universidades, colegios de abogados y por la Ciudad de Tampa. Fue nombrado Caballero por el Rey Juan Carlos, de España, y ha sido invitado más de una vez a la Casa Blanca por el Presidente de Estados Unidos. Es un extraordinario conocedor, divulgador y defensor de la Historia de Tampa. Por estas y otras muchas razones, quise saber sobre su ­aleccionadora historia y él, con su amabilidad característica,  respondió a estas preguntas.
Salcines, su niñez y juventud se desarrollaron en esta ciudad de Tampa que tanto usted ama. ¿Cómo recuerda esa etapa de su vida?
Nací en Tampa, hijo de inmigrantes españoles.  Mis padres vinieron de España, vía Cuba, y se conocieron en esta ciudad. Tampa era una ciudad bilingüe, donde el español era muy dominante. Yo nací en el Hospital del Centro Asturiano y me crié en West Tampa que era, como Ybor, una ciudad tabacalera. Es el lugar donde  transcurre mi niñez y donde vivo todavía.
¿Qué peso tenía la cultura hispana en ese entorno?
La cultura hispana era muy importante aquí desde antes de iniciarse el siglo XX. Había periódicos en español y también teatro, música, funciones, zarzuelas, orquestas, así que la cultura hispana tiene unas raíces muy largas en Tampa.
    Creo que la primera función que se presentó fue en el año 1887, en un lugar que los cubanos conocen bien, porque fue el sitio donde José Martí dio sus discursos famosos. Y en ese pequeño teatro se empezaron a presentar funciones, hasta bufos cubanos, antes de que empezara el siglo XX.
Hábleme de los recuerdos escolares.
Bueno, recuerdo mi niñez, particularmente a las monjas salesianas. Yo estudié en un colegio católico, el San José, de West Tampa. De ahí pasé a un colegio público y más tarde a una academia militar llamada Riverside, en Gainesville, Georgia, donde hice el Bachillerato. Después seguí a la universidad; me matriculé en la Facultad de Derecho. 
¿Que le  hizo optar por la carrera de Abogado?
Esa decisión la hice cuando todavía era muy joven. Yo me ganaba unas pesetas los sábados, como limpiabotas. Un día, un señor que se está limpiando los zapatos me dice:  “Salcines,  tú debes estudiar para abogado”. Y me fui interesando. Hasta visité un tribunal siendo muy pequeño, porque ya me hacía ideas de que no iba a quedarme con la tienda de ropas de mi padre. Yo quería ser abogado y  desde una edad muy temprana me estaba enfocando en esa carrera.
¿Los mejores recuerdos de la universidad?
Muy buenos recuerdos y muy buenos profesores. Me hice mejor estudiante en la universidad. Ya entonces los libros me fascinaban; leía mucho y tenía un padre que también leía bastante. Teníamos unas conversaciones  profundas acerca de distintos temas. A mi padre le gustaba mucho la historia y la geografía. Tengo una memoria muy especial de la época de la Segunda Guerra Mundial. Realizaban ejercicios por la noche, por si acaso los japoneses o los alemanes nos tiraban algunas bombas. Había  unos simulacros y teníamos que apagar todas las luces en la ciudad. Entonces mi padre nos acostaba, a mí y a mi hermano, que era más pequeño, y nos entretenía durante esas horas de oscuridad, preguntándonos cuál era la capital de España, de México, de Cuba y así...de varios países.
A pesar de recibir toda la educación en inglés,  no ha perdido el acento español, por cierto, muy distinguido en usted. ¿A  qué lo atribuye?
Bueno, es gracias a mis padres que insistían en que, aunque en la escuela hablara  inglés, en la casa había que hablar el español. Ellos insistían en que debía hablar bien el español. Si yo decía zapatos,  con ese, mi padre me decía: No,  hijo,  se dice zapatos (pronunciando bien la zeta).  A veces yo le decía: Papá, los muchachos se van a reir de mí. Y él respondía: Aprenda usted a hablar bien el español, que algún día, con esos dos idiomas,  a usted se le van a abrir muchas puertas. Y tenía toda la razón y todos los días le doy gracias a mis padres por la enseñanza de su cultura y de su lengua.
En la práctica como jurista, usted ascendió hasta el cargo de Fiscal del Estado de Florida,   ¿Cómo valora esa etapa de su vida?
Le diré que estoy muy agradecido del pueblo de Tampa. No solamente de la colonia latina, sino de toda la comunidad, pues me dio el privilegio de reelegirme en muchas ocasiones. Fui elegido el Fiscal del Estado en cuatro períodos distintos, es decir, 16 años como el Fiscal electo en este distrito de Hillsborough. Cuando me nombran para ser Magistrado del Tribunal de Apelaciones, mi nombre aparecía también en las elecciones. Y el público votó siempre a mi favor. Estoy muy agradecido del privilegio  de que a un hijo de inmigrantes se le abrieran esas puertas.
¿Cuáles fueron los momentos más dificiles en su labor como jurista?
Bueno,  yo he tenido decisiones muy difíciles, incluso cuando hay que pedir la pena de muerte a un individuo que ha cometido un homicidio espantoso. Esos son casos difíciles y he tenido varios de ellos.
También cuando he tenido que enfrentarme a la discriminación, porque en un tiempo aquí la segregación racial dominaba. Yo tomé la decisión de nombrar al primer Juez Auxiliar de la Fiscalía, de procedencia afroamericana. Eso no fue bien recibido, particularmente dentro del Colegio de Abogados. Yo le abro la puerta y le doy la oportunidad a ese joven destacado. Por cierto, hoy la Corte del Condado lleva su nombre: George  Edgecomb Hillsborough County.
También, más tarde, nombré a la primera mujer que fue Fiscal en el condado de Hillsborough. Ella no sólo hizo una labor extraordinaria, sino que con los años se convirtió en Presidenta de todos los abogados y jueces del Estado de Florida. Me refiero a  Gwenn Young.
En otra ocasión ayudé a un abogado que era impedido físico y realizaba su labor en silla de ruedas. En esa época no existían facilidades en las aceras y en los baños para personas de ese tipo de condiciones físicas. Fueron momentos difíciles para tomar esas decisiones, para que otros comenzaran a mirar que todos los seres humanos  merecen las mismas oportunidades.
Salcines, en 1979, usted fue nombrado Caballero por el Rey Juan Carlos, de España. Hábleme sobre esa experiencia tan excepcional en su vida.

Emiliano Salcines saluda al Presidente Bill Clinton en la Casa Blanca. Al fondo, los Reyes de España 

Yo me supongo que su Majestad tuvo en cuenta que yo era un político que sobresalía por  recordar las raíces hispanas. Lo hacía con discursos lo mismo en español que en inglés. Todavía a muchos les sorprendía oir que no eran los ingleses los primeros en llegar  a lo que es hoy Estados Unidos. Entonces yo les explicaba: los españoles  fueron los primeros en llegar a este territorio, ellos hicieron las primeras leyes, los primeros colegios,  los primeros hospitales. A la sazón, yo había sido electo Presidente de todos los Fiscales en el Estado de la Florida y había llegado a ser Vicepresidente de todos los fiscales de Estados Unidos. Todas esas cosas, creo yo, en algún momento se le presentaron a Su Majestad y me escogió para otorgarme la Condecoración de la Cruz de Isabel la Católica.
    Fue todo muy hermoso, vino el Embajador de España, con el Pergamino y la Medalla, muy bonita. Se presentó aquí en Tampa, en el edificio del Centro Asturiano. Posteriormente tuve el gran privilegio de estar invitado a España, a La Zarzuela. Y cada vez que él ha venido a Florida siempre recibo una invitación de Su Majestad, para ir a Pensacola,  o San Agustín, o Miami. Donde quiera que él esté me extiende una invitación para acompañarle, por ser miembro de la Orden de Isabel la Católica.
Se que Emiliano Salcines ha frecuentado la Casa Blanca y ha compartido la mesa con el Presidente de  Estados Unidos. ¿Qué han significado esos momentos para usted? 
Lo considero como algo muy especial en mi vida, que distintos presidentes de mi país me invitaran a la Casa Blanca. Pero la más especial de todas fue cuando el Presidente Clinton y su esposa  nos invitaron a mi esposa y a mí para una comida de gala, la cena de Estado que se le daba al Rey Juan Carlos y a su esposa la Reina Sofía. Fue una cosa extraordinaria estar compartiendo con su Majestad, el Presidente de  Estados Unidos y otros altos funcionarios.  La cena se sirvió en un salón donde, desde muchacho, yo había visto al Presidente hablar a la nación, donde está la hermosa pintura de Abrahan Lincoln. Durante esa cena, pensé: un muchacho de West Tampa está aquí sentado con el Presidente de los Estados Unidos y con el Rey de España. Dios ha sido muy bueno conmigo.
Emiliano Salcines ha sido profesor y varias universidades le han distinguido con premios por su labor. Creo que sus conferencias y publicaciones dirigidas a la docencia han contribuido a los estudios jurídicos de este país. Podría hablarme sobre esta importante labor.
Bueno, eso ocurrió cuando yo estaba despuntando con mi actividad en la Asociación Nacional de Fiscales de Distrito. Un día, un catedrático muy famoso de la Facultad de Derecho en la Universidad de Northwestern, en Chicago, me dijo: Yo quisiera que usted impartiera clases en los cursos que anualmente ofrecemos en Chicago para los fiscales. Le dije que sí y me pasé 35 veranos viajando por una semana a ese estado, preparando a los profesionales que hoy son los fiscales electos, jueces, magistrados o senadores. Entonces, la Facultad de Derecho en Stetson –que actualmente tiene una sede aquí en Tampa–  me pidió que fuera  Profesor Adjunto y he tenido el privilegio de representar a Stetson en conferencias que he dado en España, Argentina, Colombia y México.
Usted es autor de un Manual para estudiantes de Derecho, ¿no es así?
Sí, es un libro que escribí para ayudar a que el abogado, el letrado que entra a una Sala Judicial, se oriente en cómo presentar las pruebas, tanto de los testigos normales como de los científicos forenses. A su vez, que pueda presentar bien  las pruebas que existen, de forma que cuando los Tribunales de Apelación lo requieran no se presenten problemas con esas pruebas.  Ese libro se sigue usando en muchos estados de la Unión, muchos fiscales aún entran en la sala con ese libro, para guiarse en la presentación de huellas digitales, ejemplares de sangre, de balística, o cualquier prueba forense.
Usted siempre ha estado vinculado al trabajo con la comunidad hispana de Tampa. En 1993 fue nombrado  el Hombre Hispano del Año. ¿Como aprecia esta labor?
Yo nunca me he separado de la comunidad latina de Tampa. Aquí usamos más el término latino que el de hispano, porque tenemos una mezcla de españoles, italianos e hispanoamericanos. Muchos italianos se casaron con mujeres hispanas y viceversa, lo que ha fusionado a las dos procedencias étnicas. Entonces, para no excluir, en Tampa preferimos decir latinos y no hispanos, aunque en los últimos 25 o 30 años la palabra hispano se ha comenzado a utilizar más.
Pero, en fin, yo siempre he estado muy vinculado a la comunidad nuestra. He estado activo en las comunidades regionales, en el teatro hispano,  en musicales, recitales, en todo lo que tenga que ver con la cultura hispana, que siempre me ha fascinado. En la Universidad del Sur de la Florida, y en otras instituciones, he dado muchas conferencias acerca de la presencia hispana en los Estados Unidos.
Es dentro de esa ­integración con la comunidad que se inserta una especie de tertulia sabatina que usted comparte con un grupo de amigos, ­reuniéndose en un restaurante a desayunar y conversar...
En realidad eso empezó con 4 o 5 amigos: “Oye, vamos a tomarnos un café”. Y nos íbamos al 4 de julio, a Arena Plaza, o  al Gallo de Oro. Más de 20 años estuvimos reuniéndonos en El Gallo de Oro y ahora nos hemos trasladado a El Arco Iris, en la calle Habana. Los temas de esa tertulia no tienen una agenda prefijada; lo mismo uno habla de lo que se está leyendo en el periódico del día, que de un acontecimiento que acaba de ocurrir en la Conchinchina. Se habla de literatura, geografía, de cualquier tema. Eso te estimula la mente y siempre aprendes algo nuevo. Yo siempre salgo enriquecido de esas tertulias. Y ahora también nos reunimos los domingos por la mañana; es el grupito que nos vemos en La Oriental, en la calle Columbus. A unos les gusta la historia antigua, a otros la contemporánea, a otros la poesía, pero siempre es muy interesante.
Es evidente su pasión por la historia. ¿No tiene previsto escribir un libro sobre la historia de la ciudad?
Bueno, a mi me lo han propuesto en muchas ocasiones. Y siempre digo:  Lo voy a hacer. Pero no he comenzado a recopilar los muchos estudios que tengo, con temas variados sobre lo que es la rica historia latina de Tampa. Algunos amigos  han escrito libros muy bien documentados sobre la historia de esta población. Y si Dios quiere, y me da la luz,  algún día podré escribir un libro sobre esta fenomenal ciudad que ha sido acogedora de tantos latinos durante más de 150 años.
¿Sobre la familia?
Soy hijo de españoles y me he casado con una chica de apellido Fernández. Ella nació en Tampa, hija de cubano y tampeña y nieta de españoles. De ese matrimonio, que ha cumplido 55 años, tenemos dos hijas: una es Doctora en Química y vive en Tampa; la otra es Licenciada en Óptica y vive en San Antonio, Texas. Tengo dos nietos universitarios: el mayor de ellos está en su primer año de Medicina en Philadephia y la nieta está cursando el segundo año en la Universidad de ­Oregón.
¿Cuáles son sus  distracciones preferidas?
Me gusta muchísimo la música. Ella ha sido parte de mi vida, desde el momento en que yo podía oír los cantares que me hacían mis padres en la cuna; así que la música ha sido para mí muy importante.  Me apasiona mucho el teatro. Y me gusta, como usted ha dicho, la historia; es lo que más me fascina.  Y gracias a Dios que me dio buena retentiva y puedo recordar cosas que tal vez a otros se le olvidan. Así es con la música: yo recuerdo las canciones que escuché de muchacho. También me ha gustado mucho el cine, desde pequeño yo veía películas y conocía a todos los artistas famosos de la cinematografía mexicana, argentina, cubana, española. Recuerdo a los artistas famosos de los años 40, 50 y principios de los 60, porque veía sus películas, repetía frases que decían y poesías que recitaban.
Entonces, visitaba mucho a La Habana con mis padres, a quienes les gustaba mucho la zarzuela y la cabalgata española. Por eso llegué a aprenderme las canciones que disfrutaba en un teatro famoso de La Habana, el Teatro Martí. Muchos artistas venían desde La Habana a Tampa y traían sus espectáculos, que se presentaban en el Círculo Cubano, en el Centro Asturiano o en el Centro Español de West Tampa.  Siempre había cultura, incluso en el círculo de los afrocubanos, en el Club Martí-Maceo. Siempre había cultura, música, teatro... Es lo que me ha fascinado siempre y me ha ayudado mucho.
¿Hay costumbres, manías, hábitos, de los que usted no se ha querido (o podido) desprender?
Le diré que, como soy graduado de una academia militar, aprendí a limpiar y tener bien preparado el fusil. Lo sigo haciendo para ir de cacería con los amigos. Una vez al año nos damos una escapada al monte, a la caza mayor.
Tengo la costumbre de estar siempre involucrado con la comunidad. La manía de ayudar... porque lo que he llegado a ser, es porque otros me ayudaron. Porque mientras tú estas subiendo los escalones, hay que tomar un momento y mirar atrás, para darle la mano al que viene subiendo después de ti, para ayudarlo a que suba también. Es como se hace comunidad, para dejarla mejor de lo que la encontramos.
¿Algún deseo por cumplir?
Ah, muchos deseos... y pido a  Dios una larga vida para hacer todo lo que me falta por hacer. Me gusta mucho viajar y tengo todavía una lista de países donde quisiera ir. Aprendo mucho, pues comienzo a estudiar el lugar antes de visitarlo.
¿Es Emiliano Salcines un  hombre optimista?
Yo he nacido optimista. He sido siempre del Club Optimista de West Tampa. Veo el futuro con optimismo. Me crece esa inspiración cuando voy a distintas universidades a dar charlas. Cuando percibo el ánimo de los estudiantes, veo que el futuro de este país está en buenas manos.
¿Algún mensaje?
La educación es lo más importante que un padre puede legar a sus hijos. El dinero lo puedes perder, el banco puede irse a bancarrota, pero lo que tú tienes en la mente, lo que tú has aprendido, eso nadie te lo va a quitar.
Tener fe en que Tampa, los Estados Unidos y la humanidad, van a vivir en un futuro mejor.
Gracias, Salcines, por el privilegio de poder transmitir en “La Gaceta” el mensaje que viene de una vida ejemplar. Y rogamos a Dios que  sea una vida centenaria.

sábado, 28 de febrero de 2015

Fernando Figueredo: el primer alcalde de West Tampa

Por Gabriel Cartaya

     Para los hispanos que vi­vieron en West Tampa a fi­nales del siglo XIX, debió ser común oír hablar, ver en una esquina, o conversar con un hombre hispano de unos 50 años, cuya aureola resplan­decía a su alrededor cuando en las calles se detenía a cada momento, para escuchar el latido que guardaba cada ha­bitante de la naciente plaza urbana. No era solo por la ga­llardía de su estampa criolla, la sapiencia del verbo o el ca­lor de su mano, sino también por el destello legendario que traía consigo. Era Fernan­do Figueredo Socarrás, cuyo nombre, a más de un siglo de distancia, viene cómodo a la memoria, cuando se piensa en los días fundacionales de unas calles adoquinadas que guardan tanta historia.
    West Tampa, conocida pri­mero como Pino City, fue una extensión inmediata hacia el oeste de Ybot City, al otro lado del puente, como efecto del vigor tabacalero alcanzado en los últimos años de la década de 1880. Ahí están todavía los edificios de ladrillos de fuego, orientados de este a oeste, que son vivos testigos del ardor y esperanzas con que nuestros abuelos construyeron la ciu­dad donde vivimos.
    En cuatro o cinco años se levantaron las casas de vi­vir, las fábricas, comercios, escuelas, iglesias, y West Tampa fue tomando el rostro propio que aún la distingue, con calles amplias, portales, aceras. Precozmente crecida, mereció gobierno propio y en junio de1895 tuvo elecciones para su primer Alcalde. En votación libre, sus habitantes decidieron que el cargo co­rrespondiera al bayamés Fer­nando Figueredo Socarrás. Quiso negarse con la explica­ción de que no armonizaba su labor por la independencia de Cuba, con un cargo político en un país que tenía relaciones diplomáticas con España. El Gobernador de la Florida, el demócrata Henry L. Mitchel, le respondió que su labor por la patria natal daba honra al Alcalde de West Tampa.
    ¿Quién era este cubano que recién llegado a West Tampa se convierte en su primer Alcalde? Es larga su historia y el más exigente es­fuerzo de síntesis no podría condensarla en un par de cuartillas. Nació en Cama­güey en 1846, pero por origen y primera formación es baya­més. Completa sus estudios preuniversitarios en La Ha­bana y matricula en la Es­cuela de Ingeniería de Troy, en una Universidad de Nueva York. Entre sus amigos de allí aparece curiosamente Teddy Roosevelt, quien lo llamaba “Figue”, en la confianza grata de la amistad. Está casi al gra­duarse en 1868, con 22 años, cuando el padre le escribe desde Bayamo diciéndole que Carlos Manuel de Céspedes se ha levantado en armas con­tra España. Ha comenzado la Guerra de Independencia de su país y no tiene que pensar­lo. Llega a Bayamo y se incor­pora a la lucha armada.
Debió ser grande el im­pacto que causó en los líderes de aquella epopeya, porque muy pron­to se convirtió en el Ayudante y Secreta­rio de Céspedes, pri­mer Presidente de la República en Armas. Desde entonces, es­tuvo en las princi­pales acciones de la Guerra de los Diez Años y termina como Secretario del Gene­ral Antonio Maceo. Su nombre aparece al lado del de Maceo en la honrosa Protes­ta de Baraguá, donde los cubanos se ne­garon a una paz sin independencia. Con la Paz del Zanjón, el Teniente Coronel Fernando Figueredo tuvo que salir a vivir en el exilio, prime­ro en Santo Domin­go, después en Cayo Hueso y finalmente en Tampa.
    Cuando Figueredo llega a Tampa, ya es ciudadano ame­ricano y ha participado en Cayo Hueso en la vida política de este país. En 1885 fue ele­gido a la Cámara de Represen­tantes por la Florida, siendo el primer cubano en alcanzar ese cargo electoral. También fue superintendente de escuelas por el condado de Monroe, al que correspondían los cayos del sur de la península.
     La fecha en que Fernando Fi­gueredo comienza a radicar en Tampa, corresponde al mes de abril de 1894. Para entonces Fer­nández O´Halloran, que radicaba en Cayo Hueso, ha adquirido la fábrica de tabacos que dos años antes había inaugurado del Pino en esta parte de la ciudad, siendo la primera de varias que en esa década propiciaban el nacimiento y primer esplendor de un nuevo pueblo tampeño.
Para impulsar en West Tampa la producción de puros con mano de obra segura, O´Halloran es seguido por decenas de familias cubanas, entre ellas la de Figue­redo, contratado como tenedor de libros para la firma del distingui­do industrial.
    Emiliano Salcines, que es ca­paz de oír en el tiempo el soplo trascendente del paso del hombre por la vida, me ha acompañado el pasado domingo a mirar en West Tampa la conservación de aquellos edificios, mostrándome con el índice y un caudal de pa­labras la presencia de tanta histo­ria viva. Miramos donde estuvo la casa de Fernando Figueredo, en su tiempo marcada como 404 Main Street y hoy, penosamente, un solar yermo con la yerba cre­cida; nos detuvimos a admirar el edificio construido hace algo más de ciento diez años, hoy biblioteca pública (en 2312 W Union St.), de cuyo interior salió el tabaco clan­destino destinado a Juan Gualber­to Gómez, que ocultaba la orden de alzamiento, en febrero de 1895, para que estallara la guerra por la independencia de Cuba.
    La casa de Fernando, en Cayo Hueso, había sido de visita obligatoria para José Martí, desde su primera lle­gada en diciembre de 1891. La felicidad de aquel hogar debió causar una honda im­presión en el Apóstol, quien le dice en una de sus prime­ras cartas: “El amor lo premió a usted y le da ese aire de rey con que publica sin querer la hermosura de su hogar”. Ya en Tampa Figueredo, Martí viene dos veces más a la ciu­dad y seguramente pudo visi­tarle, en la carrera de atar los últimos cabos para desatar la guerra. Su hijo Bernardo, to­davía mozalbete, le acompa­ñó mucho en esos días, entre Cayo Hueso y Tampa, e inclu­so hasta Nueva York. Lo que no podía entonces presentir el hombre iluminado es que, cuatro años después y a tres de su muerte en combate, su pobre madre, anciana y en­ferma, sería recibida en esta casita tampeña por su amigo Figueredo.
    El patricio bayamés sólo vivió alrededor de 4 años y medio en este pueblo y de ellos uno (1895-1896), como su primer alcalde, pero dejó una huella perdurable, como ocurre con los hombres pri­vilegiados de la historia. Cuando comienza la guerra en Cuba, el 24 de febrero de 1895, Fernando pide su lugar para tomar las armas, pero no es complacido, porque es en ese momento uno de los dirigentes más necesarios en el exterior.
    En septiembre de 1895 fue creado el Gobierno de la Re­pública en Armas y se nom­bró a Tomás Estrada Palma como su Delegado en el Exte­rior. Éste designó a Figueredo como su representan­te en Tampa. Es impresionante la labor que realizó entre 1895 y 1898. Se ha considera­do que asciende a 750 mil dólares la suma recaudada por sus manos en apoyo a la guerra.
Terminada la guerra en Cuba, en 1898, Figue­redo regresó a su patria, como mi­les de cubanos. Ocupó altos car­gos en Cuba desde llegar: en 1902 se crea la república y lo nombran Director Gene­ral de Comunicaciones y en 1912 asumió la presidencia de la Academia de Historia de Cuba.
Su libro, La Revolución de Yara, es hasta hoy una de las fuentes principales para el es­tudio de la guerra del 68. Mar­tí llegó a leer páginas inéditas de esta obra y quiso publicar­lo, según consta en su carta del 25 de febrero de 1894: “Me prometo publicarlo en dos tomos y hacer una edición dedicada a la revolución que programamos”. Finalmente, el libro fue publicado en 1902 y hasta hoy ha tenido varias ediciones.
    Murió a los 83 años, en La Habana, en 1929, rodeado de su familia, de hermanos masones y de muchos com­pañeros de hacer y escribir la historia. Tal vez más nunca volvió a caminar por las calles de West Tampa, pero debió llegarle, hasta el último día, el rumor de su crecimiento y seguramente una brisa cálida de gratitud, porque la segun­da generación tampeña escu­chaba de labios de sus mayo­res su propia historia: la de los fundadores de su ciudad.
Muchas generaciones han pasado, pero si el latido de aquellos hombres nos acom­paña en la obra actual, po­dremos contar con su aliento para hoy y para mañana.
    Si caminas por la acera iz­quierda de la calle Main, de Howard hacia Armenia, de­tente un instante frente a la hierba fresca de ese solar va­cío, donde tal vez escuches, en el ruido del tiempo, como una voz de padre. Es la sen­sación indescifrable de haber identificado la energía etérea que brota de los sitios sagra­dos: esta vez el lugar donde vivió Fernando Figueredo, el primer Alcalde.
Citas: José Martí. Epistolario en V tomos, preparado por Salvador García Pascual. Editorial de Cien­cias Sociales. La Habana, 1993.

jueves, 26 de febrero de 2015

El último cumpleaños de José Martí

Por Gabriel Cartaya 

El lunes, 28 de enero de 1895, fue el último cumplea­ños de José Martí. Ese día cumplió 42 años y casi cua­tro meses después murió en el combate de Dos Ríos, en el oriente cubano. Entonces es­taba al despedirse para siem­pre de la ciudad de Nueva York.
En las circunstancias que rodearon esa fecha, es eviden­te que no estaba para fiestas. Vivía sus últimos días neo­yorquinos envuelto en una absoluta clandestinidad. Dos semanas atrás habían sido detenidas en el puerto flori­dano de Fernandina las 3 em­barcaciones que, cargadas de hombres y armamentos, de­bieron salir para Cuba a reini­ciar la guerra.
            Ocurrido el desastre, Mar­tí tuvo que regresar a Nueva York y llevaba dos semanas en esta ciudad, sin poder acercarse a la casa de Car­men Miyares, donde tenía su cuarto. Sabía que la agencia de detectives Pinkerton pa­gaba muy bien a sus agentes para seguirle el rastro, pues a pesar de la vista gorda de las autoridades estadounidenses hacia la actividad de los pa­triotas cubanos, la evidencia de tantas armas en la malo­grada expedición, violaba los tratados de neutralidad esta­blecidos con España.
Cuando llegó a la estación de ferrocarril de Nueva York procedente de Jacksonville, a Martí le buscaron protección en la casa del Dr. Ramón Mi­randa, situada en el número 349 de la Calle 46 Oeste. Mi­randa era el suegro de Gonzalo de Quesada y también médico y amigo de Martí. En su ho­gar desarrolló una febril labor de reorganización del plan para el estallido de la gue­rra en Cuba y escribió múl­tiples cartas, enviadas a Tampa, Cayo Hueso, Costa Rica, a Cuba, a todos los lugares donde se extendía el Partido Revolucionario Cubano.
Pero la mayor ansiedad de esos días fue esperar la respuesta de Juan Gual­berto Gómez, informando sobre las condiciones en la isla para el estallido de la guerra, requisito impres­cindible para cursar la or­den de alzamiento.En esas circunstancias amaneció el 28 de enero de 1895. Pero Nueva York era el “amor de ciudad grande”, como él la llamara en un poema. Aquí había vivido los 15 años más fecundos de su vida, desde su onomástico número 27 en 1880, acabado de llegar, hasta este último, casi al partir. Aquí pronunció inflamados discur­sos y escribió letras brillantes, de las que habla en otra página el sensible martiano Leonardo Venta, con fina agudeza.
Nueva York es la ciudad donde ha traído a quienes más ama, a que le acompañen: a Carmen, su esposa, con el hijo, las tres veces que intentó estabilizar su matrimonio, has­ta perderla definitivamente en 1891; a su padre, durante un año con él; a su madre, en el invierno de 1887.
En este lugar fue Cónsul de Argentina, Uruguay y Pa­raguay, representando a los pueblos de Nuestra América –concepto suyo– en importan­tes eventos continentales. Es la ciudad donde ocupa la presi­dencia de la Sociedad Literaria Hispanoamericana.
Carlos Ripoll, investigador de la obra martiana y seguidor de sus huellas en la moderna urbe, ha dicho: “No tuvo la ciu­dad de Nueva York en el siglo XIX cronista más ilustre y hon­rado que José Martí. Ni quizás toda la nación americana. Y hasta puede afirmarse que nin­gún extranjero dio nunca, en idioma alguno, una visión tan amplia y acertada como la que ofreció Martí”.Vicente Echerri, otro espe­cialista en el Apóstol cubano ha escrito: “Martí es el más neoyorquino de todos los pró­ceres de América y de todos los grandes escritores de habla hispana. Él fue también el gran cronista de esta ciudad”.
Restaurante Delmónico, donde Martí fue a comer
el día de su último cumpleaños.
El 28 de enero de 1895 había renunciado a todas las visiones de la ciudad crecien­te, a sus letras, responsabili­dades y afectos, ocultándose en la casa amiga hasta el mo­mento de partir. Pero no pudo renunciar a la tentación de una última mirada a las calles neo­yorkinas, cuando sus amigos le pidieron que, con toda discre­ción, les acompañara esa no­che de cumpleaños al Restau­rante Delmónico, en la Quinta Avenida y la Calle 26. 
Ellos sabían, presentían tal vez, que no volverían a tenerlo a su lado y quisieron sentarse a una buena mesa para de­searle felicidades y distraerlo un poco de las profundas pre­ocupaciones con que había su­frido las últimas dos semanas. En un lugar muy reservado del restaurante, le estuvieron protegiendo de cualquier cu­rioso, dos amigos al frente y uno a cada lado suyo, dicha que correspondió al Dr. Ra­món Luis Miranda, su sobrino Luis Rodolfo, su cuñado Gus­tavo Govín y su yerno Gonzalo de Quesada, de manera que la confianza se redujo a ese pequeño grupo familiar. Segu­ramente una botella de buen Chianti, tan del gusto del ho­menajeado, fue abierta para pronunciar un brindis silen­cioso por el gran hombre que estaba al despedirse.
Al día siguiente firmó, junto a Enrique Collazo y Mayía Rodríguez, la Or­den de Alzamiento. Gon­zalo de Quesada viajaría el sábado ulterior para Tampa, a ocultar el do­cumento en el tabaco que saldrá para Cuba.
Quién sabe si aquel refugio fue violado una vez más y si en alguna de esas últimas noches neo­yorkinas caminó hasta la Calle 57 Oeste, buscando el número 424. Allí podría abrazar a Carmen y sus hijas, dando a las niñas un beso paternal y prometien­do a la mujer que se cuidaría para volver a verla. Y una vez más mirar su cuarto, sus li­bros, sus papeles, sus escasas prendas de los últimos años. Pero el instinto no ha sido nunca una fuente probatoria, por muy humano que resulte preguntarle. De todos modos, es atractivo relacionar esta po­sibilidad con la carta que tres días después, desde el mar, hace a María Mantilla, apun­tando un “dolor de tu último beso”, que da la sensación de una despedida reciente.
Lo cierto es que la última no­che de Nueva York estuvo has­ta la madrugada escribiendo todas las cartas que saldrían –con fecha 30 de enero– hacia los destinatarios de su con­fianza. Entre ellas, claro, están las cartas para sus amigos de Tampa: Paulina Pedroso, Ra­món Rivero, Fernando Figuere­do. En la mañana helada de ese día, un coche cerrado lo espe­raba en la esquina de la calle. Gonzalo lo acompañó hasta el muelle, lo abrazó y lo vio subir resuelto al vapor Athos, donde lo esperaban Collazo, Mayía Rodríguez y Manuel Mantilla, quienes lo acompañarían hasta Santo Domingo.



Liceo Cubano de Ybor City: el lugar del discurso


Por Gabriel Cartaya

En los últimos días, varias personas me han preguntado por el lugar donde José Martí pronunció el brillante discurso “Con todos y para el bien de todos”, el 26 de noviembre de 1891, en su primera visita a Tampa.  Generalmente, quienes interrogan  especifican haber recibido una información imprecisa y no siempre coincidente.
    Casi todos los que visitan a Ybor City, especialmente los cubanos, quieren conocer los lugares que se relacionan con la presencia  de José Martí en ella. Al detenerse frente al Círculo Cubano, en la esquina de Palm Avenue y la calle 14 (República de Cuba), algunos, al contemplar el busto del Apóstol,  identifican el sitio como el lugar donde se produjo la impactante disertación.
    La historicidad de la famosa escalinata de hierro procede de la fotografía donde  José Martí aparece rodeado de muchos pobladores de Ybor City. Seguramente, desde este lugar habló varias veces, en sus múltiples visitas a la fábrica de Martínez Ybor, pero lamentablemente no se conservan esos discursos. Si contamos con los textos “Con todos y para el bien de todos” y “Los Pinos Nuevos”, es gracias a la trascripción taquigráfica realizada por Francisco María González, quien vino de Cayo Hueso para ese propósito.
En realidad, los dos discursos fueron  pronunciados en El Liceo Cubano: el 26 de  noviembre, invitado por el Club Ignacio Agramonte, y el 27, en el acto que organizó la Liga Patriótica Cubana por el 20 aniversario del fusilamiento de los estudiantes de Medicina. Es una afirmación conocida y creo que la confusión se produce cuando se  identifica al Liceo con el Círculo Cubano. El vínculo mental entre los dos lugares fue enriquecido con una anécdota: según han contado testigos, estando Martí rodeado de muchos compatriotas en el Liceo Cubano, abrió los brazos y dijo: Esto no es un liceo, esto es un círculo, un círculo de cubanos.
Liceo Cubano de Ybor City
En realidad, desde el nacimiento de Ybor City en 1886, comenzaron a aparecer distintas organizaciones de cubanos, esencialmente de motivación patriótica. En 1890, los dirigentes más visibles en la comunidad, guiados por Ramón Rivero, convocaron a crear un espacio al que pudieran asistir las diversas agrupaciones. Así nació el Liceo Cubano, que quedó constituído en marzo de ese año, bajo la presidencia de Gonzalo Pérez de Guzmán.
    El local que albergó al Liceo Cubano fue el edificio de madera que Martínez Ybor había donado a los trabajadores. Fue la primera edificación que mandó a levantar el industrial y que utilizó para almacenamiento y despalillado del tabaco, mientras inauguraba la fábrica de ladrillos de la calle 14. Al Liceo se integraron varias agrupaciones de cubanos, atraídos por la idea de contribuir a la independencia de Cuba.
Es a este lugar, situado en la 7.ª  Avenida, entre las calles 12 y 13, donde llega José Martí la noche del 26 de noviembre de 1895, a decirle a un público impresionado: “Yo quiero que la ley primera de la república sea el culto de cada cubano a la dignidad plena del hombre”. Por primera vez un líder explicaba para qué era la guerra y la razón de la independencia, nunca un fin en sí mismas, sino un medio para fundar una república democrática, “con todos y para el bien de todos”.
¿Qué pasó después con el Liceo y por qué se identifica con el Círculo Cubano? Realmente este organismo desapareció al terminar la Guerra de Independencia. Después de proclamarse la paz, Tomás Estrada Palma, como Delegado del Partido Revolucionario Cubano, llamó a la disolución de los órganos representantivos del independentismo cubano. “Los Clubs, los Cuerpos de Consejo y las Agencias en el exterior, ya no tienen razón de ser”, dice una parte del comunicado que hizo llegar a todos los lugares.
Curiosamente, es en Tampa donde se hace más resistencia a la orden de disolver esas organizaciones. La Delegación de esta ciudad hace constar en un acta que “mientras no sea constituida la República forjada en la mente del Apóstol José Martí, los que fueron afiliados del Partido no podrían entregarse al descanso”.
Pronto se extrañó a aquellos clubes, a las reuniones públicas, a espacios de recreo social y ayuda mutua, y comenzaron a crearse nuevamente. Pero entonces prevalecieron, penosamente, determinadas normas y leyes que afloraban en la sociedad del entorno, en un espacio impactado por la mentalidad racial del Sur de los Estados Unidos, donde los afroamericanos vivían separados de los blancos y creaban sus  propias asociaciones. La historiadora y profesorea universitaria Maura Barrios, en su ensayo “José Martí se topa con Jim Crow: cubanos en el sur”, ha valorado este fenómeno con mucha agudeza.
En aquellas circunstancias se empiezan a crear asociaciones que de alguna manera copian los modelos raciales que le rodean. Así, el 10 de octubre de 1899 se funda el Club Nacional Cubano, en la calle 14, destinado a miembros de la raza blanca. Allí nombraron a Pepillo Rivero como su primer Presidente. Tres años más tarde, con la presidencia de Eladio Paula, comienza a llamarse Círculo Cubano. Es el lugar donde sigue hoy, aunque el edificio actual fue construido en 1917, para sustituir al que fue destruido por un incendio.
A su vez, comienzan a producirse reuniones entre cubanos de la raza negra, quienes deciden crear en 1900 una asociación, a la que llamaron “Librepensadores de Maceo”.   José Isabel Ramos fue el primer Presidente y Ruperto Pedroso una de las figuras que más influyó en su fundación. Más tarde comenzaron a nombrarla “Librepensadores de Martí y Maceo”, una paradoja evidente porque se juntan bajo la imagen de un hombre que procede de la raza blanca y otro de la raza negra, ambos defensores de la igualdad racial. Más tarde el nombre fue derivando al que ocupa en nuestro tiempo -Sociedad Martí Maceo-, y por suerte, hoy sin miramientos al color de la piel.
Curiosamente, el edificio  original de la 7.ª Avenida, donde estuvo el Liceo Cubano, también despareció por la voracidad de las llamas. Y aunque recordar las palabras luminosas de Martí frente a la escalinata de la Calle 14, o donde estuvo la casa de Paulina Pedroso en la 8.ª Avenida,  es enteramente legítimo, sería bueno que una placa conmemorativa fuera situada en el edificio actual de la 7.ª Avenida, para que los pinos nuevos de todos los tiempos puedan leer, en “Con todos y para el bien de todos”, el ideal de patria que por más de un siglo llevamos dentro.

José Martí: la fotografía de Tampa

Por Gabriel Cartaya


Miles de veces se ha publicado la fotografía donde aparece José Martí entre un grupo de emigrados cubanos, en Ybor City, Tampa. Cada vez que un artículo, ensayo o libro ha requerido una imagen que ilustre el paso del héroe americano por esta ciudad, o incluso su tiempo en Estados Unidos, se ha acudido a ella. Si el tema se ha concentrado en su simpatía por los obreros, por las fuerzas trabajadoras, se ha incluído este retrato y generalmente al pie se ha indicado que el Apóstol está rodeado de tabaqueros.
Y siempre que se habla de los vínculos históricos entre Tampa y Cuba, la página más emotiva, la dedicada a exhaltar las visitas y los discursos del líder apasionante, está recreada con ese grupo que se detuvo en la escalinata de la fábrica de tabacos de Martínez Ybor, a tomar un daguerrotipo para la historia Hoy la escalinata se ha multiplicado en miles de fotografías, pues más de cinco generaciones, al visitar el lugar, han querido rendir homenaje al instante que la hizo famosa, oprimiendo el obturador de su cámara para dejar constancia de su paso por el lugar. Pero el objetivo de este breve comentario es ofrecer algunas precisiones que puedan ampliar el conocimiento que tenemos sobre la histórica fotografía y a su vez invitar a que, si alguien tiene un nuevo detalle, nos lo haga saber.
¿Y dónde mejor que en Tampa para asomarse a la totalidad de esa imagen? ¿Quién sabe si en ella está presente el ­bisabuelo, o tatarabuelo, de alguien que aún vive  entre nosotros? Lamentablemente, en el momento de la primera impresión, no se consignaron los nombres de todos los presentes y sólo conocemos el que corresponde a figuras muy destacadas.  
Después de Martí, que posa de pie, en el centro, en el último escalón, la figura que más sobresale es la del General espirituano Serafín Sánchez, el tercero a la derecha del Apóstol y cuya elegante personalidad se destaca en el entorno. Al parecer, el que está a la izquierda de Serafín es José Dolores Poyo y entre éste y Martí, un paso hacia atrás, el joven Eligio Carbonell, quienes constituían una especie de Presidencia de la ­reunión, por los cargos que ocupaban en la dirección del recién creado Partido Revolucionario Cubano. También existe referencia documentada sobre la presencia de Esteban Candau en la fotografía, pero no conozco otra imagen suya que ayude a la identificación. Candau era Presidente de la Liga Patriótica Cubana y ocupó diversos cargos en la vertebración del Partido, entro otros el de Presidente del Club “Cubanos Independientes”. Lo que sí me llama la atención es que no esté en la fotografía el General Carlos Roloff, quien estuvo acompañando a Martí en esos días.
La referencia más antigua que conozco sobre esta fotografía corresponde a la revista “Cuba y América”, Volumen IV, núm. 87, La Habana, 1900. Esa publicación  nos ofrece tres detalles importantes: menciona los cuatro nombres citados y nos  informa que el fotógrafo fue el cubano José María Aguirre. Creí que podría tratarse del general del mismo nombre, quien murió en la guerra en 1896, pero todo parece indicar que que estaba en Cuba en ese tiempo. Un tercer dato ofrecido por la publicación de 1900 es la fecha del retrato, ubicándolo en 1893, información que se repite en todas las fuentes consultadas.
Sin embargo, opino que corresponde a 1892, basándome en el siguiente argumento. He mirado detenidamente todas las visitas que hizo Martí a Tampa en 1893, los días que se detuvo en ella, los recorridos en la ciudad y las salidas a Cayo Hueso, Ocala, Jacksonville. En ninguna de ellas le está acompañando Serafín Sánchez, quien vive desde el año anterior en Cayo Hueso, después de abandonar el largo exilio en Dominicana y haber pasado unos días en Nueva York.
Sin embargo, en julio de 1892 sí están juntos en Ybor City los cinco hombres que se identifican en la fotografía: José Martí, Serafín Sánchez, José Dolores Poyo, Eligio Carbonell y Esteban Candau. El 16 de julio llegan al puerto de Tampa, procedentes del Cayo, Martí, Serafín, Roloff y Dolores Poyo. Fueron cinco días de mucho fervor y utilidad.  El 17, por el día, visitan varios clubes y por la noche Martí pronunció un discurso en el Liceo Cubano.  Al día siguiente, el Alcalde Herman Glogowski les invita a recorrer lugares significativos de la ciudad. El 19 y 20 continúan visitando fábricas, clubes revolucionarios, cuerpos de consejo, uniendo voluntades. El 21, a las cinco de la mañana, Martí sigue para Ocala, acompañado por Serafín, Roloff y Poyo. En alguno de esos cinco días, durante una visita a la fábrica de Martínez Ybor, José María Aguirre debió tomar el retrato que se hizo inmortal.
La fotografía que nos ocupa también fue utilizada para un acercamiento a la estatura física de Martí, mediante un estudio comparativo entre los escalones de hierro y su ubicación, concluyendo que medía aproximadamente 167.5 centímetros (5.49 pies, 65.94 pulgadas), con un rango de error estimado entre 5 y 10 milímetros.
Es común que los visitantes al lugar pregunten si esa  escalinata de hierro es la original. Indagando sobre ello y alertado por un comentario que hace un tiempo me hizo Emiliano Salcines, encuentro la siguiente información: Según el documento oficial FL-270, del “Historic American Buildings Survey”, de 1973, la superficie de los escalones fue trasladada a Cuba después de la Guerra de Independencia. Y en el libro A Guide to Historic Tampa, Steve Rajtar afirma que el pequeño techo y las columnas originales también fueron llevadas a la isla. Pero la escalera de hierro es la misma que iluminó la fotografía tampeña del Apóstol.                        A veces nos preguntamos por qué es tan escasa la iconografía martiana, que sólo alcanza a 42 fotografías conocidas. Creo que es una prueba más de su humildad. Una anécdota de la tradición oral así lo refleja. Cuando en Cayo Hueso, en 1894,  Antonio J. Estévez le hizo el retrato donde aparece al lado de su amigo Fermín Valdés Domínguez, le sugirió al líder que no dejara de tomarse fotografías cuando llegara a Cuba. La respuesta de José Martí fue impresionante: “Allá no vamos a retratarnos, sino a morir”.

viernes, 19 de diciembre de 2014

Eduardo Manrara, “el titán financiero de Tampa”

           
Por Gabriel Cartaya

Al caminar por las calles de Ybor City, esencialmente por la calle Séptima, se percibe el fulgor de una ciudad centenaria cuya historia nos llama a su recuerdo en cada esquina. Tanto lugareños como turistas mencionan, a su paso, el nombre cuyo apellido se fundió para siempre con este lugar.  A su vez, otros nombres van resultando obligatorios en el recorrido por sus calles, entre ellos el de José Martí.  Pero pocas veces se logra oir el nombre de Eduardo Manrara, a no ser cuando se entra al museo y se distingue su imagen al lado de Martínez Ybor y otros tres fundadores. Sin embargo, Manrara fue un hombre decisivo en el nacimiento de este hermoso pueblo y de gran influencia en el desarrollo de la ciudad de Tampa.

Probablemente, el silencio injusto alrededor de su figura, tenga relación con el hecho de no haber sido una figura visible en el proyecto revolucionario cubano o en el rumbo de la política de la ciudad.

Eduardo Manrara procede de Camagüey, Cuba, donde realizó sus primeros estudios. Sus dotes para las matemáticas lo inclinaron al trabajo bancario, donde demostró grandes habilidades para las finanzas. Por esta orientación, llegó a ser el principal aliado de Vicente Martínez Ybor, español que se convirtió en los inicios de la segunda mitad del siglo XIX en uno de los grandes propietarios de fábricas de tabaco en La Habana.

Eduardo Manrara
Hacia 1872 y con 30 años de edad – en medio de la Guerra Grande –,  Manrara se encontraba trabajando en un banco en La Habana, cuando entró Martínez Ybor a realizar una operación bancaria.  Según una anécdota que me ha contado Wallace Reyes, Manrara pasó la vista por la enorme cantidad de números alineados en los papeles del cliente y le dijo: Las cuentas están mal y los errores van en contra suya. En la inmediata verificación, la razón estaba de parte del empleado del banco.

A la semana siguiente, Ybor lo citó a su oficina y fue al grano: Le ofrezco cien veces lo que le paga el banco, para que trabaje conmigo. Más nunca se separaron y cuando en 1896 el viejo español estaba al borde de la muerte, le enseñó al amigo sus últimos números, correspondientes a su testamento. Manrara miró impávido la cifra: el 75 por ciento de la fortuna amasada en la producción de tabacos, se destinaba a su nombre. Quiso protestar y el moribundo explicó la razón: Esto se ha hecho gracias a ti y sólo en tus manos se conservará lo que nos ha costado toda una vida.

La historia que los unía era larga. Cuando a Martínez Ybor le estaban vigilando por simpatías hacia la causa cubana,  fue Manrara quien le sugirió el camino de Cayo Hueso y quien lo acompañó al irse de Cuba. En todo el proceso de adquisición de inmbuebles y montaje de las fábricas en el Cayo, en la ­selección de los trabajadores, en la organización de la producción y comercialización, y esencialmente en todo el control financiero, la presencia del cubano fue decisiva.

Cuando el negocio de Martínez Ybor se extendió a Nueva York, Manrara se ocupó de su control, por lo que tenía que hacer constantes viajes a ella. Por esa razón, se desmontó varias veces en el puerto de Tampa, para tomar el barco a una ciudad o el tren a la otra. De manera que, antes que Ybor, conocía el encanto alrededor de esta bahía y su opinión fue importante en la decisión de trasladar la fabricación de tabacos a ella.
Naturalmente, estuvo al lado de Ybor en el primer viaje a Tampa y juntos negociaron los terrenos, levantaron los almacenes, la fábrica “El Príncipe de Gales”, las casas de los trabajadores y toda la obra realizada para la existencia de una comunidad de tabaqueros que se convirtió en una floreciente ciudad.

Manrara también contribuyó grandemente a la modernizacion de la ciudad. A él correspondió la incorporación del primer medio de transporte sin tracción animal, al encargar a Nueva York un automóvil de vapor. Cuenta Emilio del Río en su libro Yo fuí uno de los fundadores de Ybor City, que resultó difícil arrancar aquel carro, pues nadie conocía su funcionamiento: “Entonces Alfredo Fernández se puso a trabajar en él, logró ponerlo en movimiento y lo manejó”. Era bien complicado porque se requería encender un mechero y calendar el agua hasta que saliera el vapor. Dice Del Río que Manrara “sudaba la gota gorda cada vez que lo sacaba a la calle”, pero inauguró el camino del automóvil en Tampa.

Valdría la pena investigar todo el aporte que hizo aquel enérgico industrial cubano, no sólo por el peso que tuvo en toda la obra presidida por Vicente Martínez Ybor, sino también en el acelerado crecimiento económico, arquitectónico y cultural de la ciudad de Tampa. Al morir, en 1896, el gran amigo, a cuyo negocio consagró su vida, continuó  incrementando la fortuna heredada y a principios del siglo XX se dice que era el hispano más acaudalado en Estados Unidos, contabilizando unos 40 millones de dólares.

El 2 de mayo de 1912, con 70 años de edad, dejó de existir físicamente el cubano-tampeño Eduardo Manrara. La muerte lo alcanzó en Gotham, Nueva York, acompañado de una familia creada con amor: la esposa, una hija y cuatro hijos. Al desaparecer “el titán financiero de Tampa”, como alguien le había nombrado con justicia, comenzaría a declinar la empresa que aquel hombre había hecho florecer. Pero quedaba, para la historia, todo el símbolo que encierra cada ladrillo rojo, moldeando la imagen de los grandes fundadores que edificaron la urbanización donde vivimos y amamos. Con esos sentimientos, deberíamos fundar en la ciudad que tanto le debe, un parque, una biblioteca, algún lugar con el nombre de Eduardo Manrara. Para que al explicar  a alguien cómo un hombre logró con su trabajo honrado llegar a ser quien fue, eduquemos con un buen ejemplo.