lunes, 19 de septiembre de 2022

Adiós al pintor cubano Cosme Proenza

    Acaba de morir en Cuba, atacado por el coronavirus a sus 74 años, el gran pintor holguinero Cosme Proenza, uno de los artistas plásticos cubanos más sobresalientes de nuestro tiempo. Al preferir vivir en el espacio provinciano en que nació, restringió la publicidad que hubiera podido alcanzar su prodigiosa obra en La Habana, París o Nueva York, pero no disminuyó la riqueza del arte con que expresó su sensible cosmovisión.


   Leí la noticia en la red social que la regó en el mundo, el popular Facebook, donde es posible percibir, a la vez, el impacto causado entre sus polifacéticos navegantes. Tomo, al instante, las primeras opiniones que saltan a la vista:

   -Rufino Pavón: “Ha muerto Cosme Proenza y no es justo darle el fin a su vida. El, como todos los que cumplen con la vida, pasan a ser inmortales. Junto a Carlín, Alejandro Fonseca, Delfín Prat y muchos más de nuestra generación, ha hecho una casa en la eternidad para los que apostamos al amor y la paz creando obras imperecederas que trascienden la vida temporal que se nos ha regalado.  En verdad queríamos tenerlo más tiempo con nosotros. Pero con el tiempo consumido bastó para dejar huellas profundas en nuestras vidas. Hasta luego, Cosme.

   -Alexis Pantoja: Falleció el maestro Cosme Proenza. Mi maestro y padre, al que debo toda mi formación como artista plástico. Falleció el maestro de toda una generación. Descanse en paz. Está en la gloria junto a los grandes del arte cubano y universal. ¡Buen viaje, maestro!

   -Ana Natacha González Garcia: Holguín llora. Ha muerto el maestro. ¡Luz eterna a tu bella alma!

   -Anette Rodríguez: La cultura cubana ha perdido a un pionero del posmodernismo en la Isla, y al más virtuoso y prolífero as del pincel que ha tenido. De la talla de Lam… y más allá, hasta de Goya… y Picasso… ya lo dirá el tiempo, como sucede en la historia de los grandes maestros incomprendidos en su época, yo he perdido más… he perdido a un gran amigo.

   Después encontré la noticia regada por todos los medios de difusión cubanos, oficialistas e independientes. En todos los casos, sobresale el respeto hacia el artista, el aprecio a su obra, una actitud que expresa el valor del arte por encima de las ideologías y los oportunismos políticos, agrandando la figura de quien prefirió embellecer la percepción del mundo desde un compromiso estético coherente y elevado.

San Cristóbal, óleo sobre tela, creado por Cosme Prohenza en 1898 y regalado
al Papa Juan Pablo II en ocasión de su visita a La Habana

   Cosme llegó a la vida en la campiña de Tacajó, cerca de Holguín, en el año 1948. Con vocación hacia las artes plásticas, se alejó del terruño natal sólo para alcanzar la formación académica que requería, la que encontró en la Escuela Nacional de Arte, en La Habana, y, después, en el Instituto de Bellas Artes, en Kiev. Se formó –o, más bien, se perfeccionó– como pintor, dibujante, ilustrador, grabador y muralista. Entonces regresó a su Holguín, pero no sólo a un taller personal de creación, sino a desarrollar, con la misma pasión, una amplia labor como docente e investigador.

   La obra del artista holguinero es conocida en todos los continentes. En más de 60 exposiciones personales y colectivas y diversos murales, sintetizó muchos códigos de la herencia del arte universal, incorporando elementos de su imaginación para recrear ambientes mitológicos, naturales y humanos desde una nueva dimensión de lo bello y lo eterno. Así lo apreciamos en sus series Manipulaciones, Boscomanías, Los dioses escuchan, Mujer con sombrero,  Variaciones sobre temas de Matisse y otras, donde lo simbólico y lo mítico se conjugan con la realidad (re)creada por el artista.

   Pero esta esquela no pretenden acercarse a la crítica que atiende a la obra del pintor que brilló tanto en el arte figurativo como abstracto, sino sólo expresar desde Tampa la pena por la pérdida física del artista cubano.

   Desde La Gaceta, decimos adiós al artista Cosme Proenza, deseando que la  hermosa luz que derramó en sus cuadros le acompañe infinitamente y que goce de paz  su espíritu que sigue acompañando a quienes aman el arte, que es una hermosa manera de amar la vida.

viernes, 9 de septiembre de 2022

El poeta cubano José Ángel Buesa, en su 112 aniversario

 Seguramente todavía viven en Tampa muchas personas que recuerdan el nombre del poeta cubano José Ángel Buesa y no dudo que muchos puedan recitar algunos de sus versos leídos u oídos hace más de seis décadas. Y es que poemas como el del “renunciamiento” y el de la “despedida”, estuvieron entre los más leídos en Hispanoamérica a mediados del siglo XX. Tal vez, sólo Pablo Neruda con los 20 poemas de amor y una canción desesperada logró superarlos en popularidad en aquellos años. Sin embargo, el poeta chileno alcanzó el premio Nobel de Literatura y el cubano, desconocido por la crítica literaria y alejado de su país después del triunfo de la Revolución Cubana, fue quedando en el olvido.

Es verdad que el declarado sentimentalismo en los poemas de amor de Buesa y la aparente sencillez de su construcción le ganaron el calificativo de cursi a los ojos de la crítica literaria marcada de academicismo, pero ello no puede ocultar que fue el poeta romántico más leído de su tiempo en Cuba y que sus versos acompañaron a miles de enamorados cuyos verdaderos sentimientos de amor se expresaron a través de su lírica. Ello es suficiente para que ahora recordemos al poeta nacido en Cruces, Las Villas, el 2 de septiembre de 1912 y quien viviera hasta el 12 de agosto de 1982, cuando murió en República Dominicana, a los 70 años.

José Ángel Buesa (1910-1982)

Se fue de Cuba el mismo año en que fue declarado el carácter socialista de la Revolución, en 1961, y aunque siguió escribiendo poesía, se dedicó fundamentalmente a la enseñanza, especialmente en su tiempo dominicano, pues allí fue catedrático de Literatura en la Universidad Nacional Pedro Enríquez Ureña.

Pero fue en su país natal donde alcanzó la mayor fama a que un poeta pueda aspirar, que es saber que sus poemas se recitan día a día, se aprenden de memoria y se convierten en declaraciones permanentes de amor de toda una generación. Con ello y gracias a las ediciones y reediciones permanentes de sus poemarios –señaladamente Oasis, libro publicado por primera vez en La Habana, en 1943 y reeditado más de veinte veces– el poeta villaclareño consiguió lo que pocos consiguen en este oficio: vivir de sus libros. También ejerció el periodismo, escribió obras de teatro y novelas radiales, pero sus cerca de 20 libros de poesía fueron su principal fuente de ingresos.

A partir de 1961, a nivel oficial fue prácticamente borrado de Cuba, aunque sus poemas siguieron en las voces del pueblo. No fue hasta la primera década del siglo XXI que volvió a publicarse a Buesa en Cuba, gracias a la gestión de Carilda Oliver Labra que hizo una selección de sus poemas y gestionó su publicación. Después, el crítico cubano Virgilio López Lemus preparó una selección de sus versos que tituló Nadie sabe por qué, publicada por la Editorial Letras Cubanas en 2011. En el prólogo, Lemus sostuvo que “cuando se le acusó de cursi y se llegó a decir que no pasaba de versificador fácil, se cometían, más que errores, injusticias, porque Buesa representaba en su poesía la sensibilidad de un sector de la población cubana, sus modos de aprehender y expresar el amor, de ser sentimental, de manifestar elementos emotivos de su identidad”.

Asimismo, el poeta y profesor de origen cubano Gustavo Perez-Firmat, reconoció que en la poesía de Buesa “se oculta una práctica de escritura mucho más complicada de lo que se ha pensado (…) Su logro, su hallazgo, es haber sabido crear una amplia comunidad de lectores mediante la expresión de lo que él llamó ‘emociones compartibles’, en un lenguaje llano que no está exento de artificios, de arte” (Cuban Studies, Universidad de Pittsburgh, Volumen 38, 2007).

¿Como no reconocer en José Ángel Buesa a un poeta para todos los tiempos, si el amor al que cantó es un sentimiento universal y eterno? Si la poesía, más allá de conocimiento es comunicación, ¿qué poeta cubano la ha alcanzado a mayor nivel en el tema amoroso? Bien dijo otro gran poeta cubano, Eliseo Diego, cuando recordó que la poesía, realmente lo es, cuando termina por ser de todos.

Poema de la despedida

Te digo adiós, y acaso te quiero todavía.

Quizá no he de olvidarte, pero te digo adiós.

No sé si me quisiste... No sé si te quería...

O tal vez nos quisimos demasiado los dos.

 

Este cariño triste, y apasionado, y loco,

me lo sembré en el alma para quererte a ti.

No sé si te amé mucho... no sé si te amé poco;

pero sí sé que nunca volveré a amar así.

 

Me queda tu sonrisa dormida en mi recuerdo,

y el corazón me dice que no te olvidaré;

pero, al quedarme solo, sabiendo que te pierdo,

tal vez empiezo a amarte como jamás te amé.

 

Te digo adiós, y acaso, con esta despedida,

mi más hermoso sueño muere dentro de mí...

Pero te digo adiós, para toda la vida,

aunque toda la vida siga pensando en ti.

 

 

 

 

viernes, 2 de septiembre de 2022

Eduardo Márceles ­Daconte: de Aracataca al mundo (entrevista)

 Conversar con alguien de Aracataca nos lleva a recordar a Gabriel García Márquez, pues el famoso narrador colombiano inscribió en el universo al mítico lugar donde nació. Máxime, si el aludido es también escritor, fue amigo del Gabo y tiene familiares cuyos nombres aparecen entre los protagonistas eternizados en las novelas del Premio Nobel, por lo que es difícil que no aflore en el diálogo esa conexión enriquecedora. Nos referimos a Eduardo Márceles Daconte, quien ha recorrido el mundo como investigador, escritor, profesor, periodista, crítico de arte..., y ha preferido conocer antes de narrar, investigar antes de escribir, vivir antes de contar. Márceles ha residido en diversos lugares de Asia, Europa y América, dejando testimonio escrito de tan asombroso peregrinaje.

Sus libros como crítico de arte han hecho aportes sustanciales al conocimiento de las artes plásticas en el Caribe y una biografía suya sobre la cantante cubana Celia Cruz contiene todo el azúcar que la Reina de la salsa le imprimió. Ahora, viene a Tampa con otro libro que llama la atención: 16 danzas emblemáticas en el Carnaval de Barranquilla, un nuevo aporte suyo a la cultura hispanoamericana. Le pedimos una entrevista y en su respuesta generosa agrega la amistad.

Próximamente presentarás en Tampa tu libro 16 danzas emblemáticas en el Carnaval de Barranquilla, uno de los estudios pioneros sobre las manifestaciones del patrimonio oral e inmaterial del folclor caribeño. ¿Cómo nació esta obra que está despertando tanto interés en el público y la crítica?

La idea se originó en la invitación que recibí de una institución académica de República Dominicana para participar en el simposio denominado Música, identidad y cultura con el subtítulo de Folklore musical y danzario en el Caribe que tuvo lugar en Santiago de los Caballeros (Cibao), en abril de 2013. Entonces escribí una ponencia basada en las danzas tradicionales que conocía desde niño en el Carnaval de Barranquilla. Una vez terminé de leer y explicar cada una de esas danzas, algunas personas se acercaron a conversar y me dijeron que hubiera sido más ilustrativa si hubiera llevado más imágenes y, mejor aún, un documental para conocer mejor la coreografía, el vestuario y la música de esas danzas. Ahí comencé a entretener la idea del libro y de la película documental que está ya editada, sólo falta agregar algunos detalles y corregir unos pasajes para estrenarla ahora que vaya a Miami y Tampa.

A mi regreso a Puerto Colombia, decidí solicitar una credencial de investigador a la Casa del Carnaval para ingresar a los desfiles y presentaciones escénicas de las danzas, así pude durante 4 años tomar más de 4 mil fotografías mientras investigaba en la historia, la coreografía y la música de cada danza. Fue un trabajo agotador pero divertido, entrevisté a los músicos, directores e integrantes de las danzas, viajé a los pueblos y barrios de Barranquilla donde se originan y ensayan, leí una docena de libros sobre sus características generales para escribir sobre esta fiesta popular, fue una experiencia reveladora porque, así como yo, la mayoría de los colombianos, incluso barranquilleros, desconocen el rico contenido folclórico que caracteriza cada danza. 

Por eso el libro ha tenido una acogida fenomenal tanto en Colombia como en otros países, en Alemania, por ejemplo, han adquirido, sólo en Stuttgart, más de 200 ejemplares y en Nueva York me han encargado alrededor de 120. Debo agregar aquí que no obstante la cantidad de información bibliográfica y cinematográfica sobre el carnaval, no había un libro o documental específico que enfocara de manera individual y detallada, tanto en textos como en imágenes (el libro tiene 377 fotografías a color), la trayectoria y características de estas danzas patrimoniales del Caribe colombiano.

Cuando terminé de escribir el primer borrador, escribí el guion para el documental. Recuerda que mientras tomaba las fotografías, de manera simultánea, también filmaba, pero me di cuenta a tiempo que era imposible hacer las dos cosas a la vez, entonces contraté a camarógrafos y después a un editor que hizo un magnífico trabajo. En todo este trabajó me acompañó mi esposa, la artista visual Nubia Medina, sin cuyo apoyo logístico y moral, hubiera sido imposible llevar a feliz término esta iniciativa. Por último, como quiera que he vivido largos trechos de mi vida en EE.UU. y Europa, decidí traducirlo al inglés, un trabajo dispendioso que me llevó a hacerlo más accesible y didáctico para cualquier público de aquí o allende nuestras fronteras.

El escritor colombiano, profesor, crítico de arte, ensayista, editor y otros quehaceres, que ahora recibimos en Tampa por primera vez, ha sido llamado “un trotamundos de la cultura”, ¿a qué debemos tan sugerente nombramiento?

Pues bien, te cuento que he sido un andariego toda mi vida. Salí de Barranquilla con una beca para New York University, donde me gradué en 1970 con un B.A. en humanidades y concentración en economía y ciencia política. Luego ingresé a la Universidad de California en Berkeley para una maestría en Estudios de América Latina con énfasis en historia cultural de la región. Para mi tesis atravesé en una vieja camioneta Volkswagen, durante 6 meses, todo México y Centro América hasta llegar a Colombia donde vendí el vehículo, regresé a Berkeley donde tenía unos amigos asiáticos que me introdujeron en el estudio de religiones orientales tales como el hinduismo, el islamismo, el budismo y otras más, entonces me entusiasmé por el budismo, esa religión que se nutre de las enseñanzas de Buda que no es un dios, sino un ser humano que enseña el camino a la perfección espiritual. Con este bagaje inicial me fui en un largo recorrido por Japón, Hong Kong, Tailandia y Malasia hasta tomar un barco en Singapur que me llevó a Madrás en el sur de India y de ahí pasé a un monasterio en Sri Lanka como monje budista por 6 meses.

Luego viajé por India visitando ashrams y comunidades hinduistas, viví un tiempo en Goa, Benares y Cachemira, atravesé toda Asia Central en tren, bus, camello y elefante hasta llegar a Estambul, de ahí pasé a Grecia donde quería repasar el conocimiento heredado de los clásicos, en especial la mitología griega, por un tiempo viví en el sur de Creta a donde fui tras los pasos del laberinto del Minotauro, Ariadna, Perseo, Dédalo y su hijo Ícaro, también de mi admirado escritor griego Nikos Kazantzakis, viví en una comuna de jipis que habitaban unas cuevas arriba de una playa del mar Mediterráneo. Después de visitar la tierra de mis antepasados, inmigrantes italianos procedentes de Scalea, en la región calabresa, que se radicaron en Aracataca, un pueblo bananero en las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta, me fui a España.

En Barcelona me desempeñé como traductor de inglés-español para algunas editoriales, regresé a Colombia en 1975 para dedicarme a la literatura, el periodismo cultural y la docencia académica en la Universidad Javeriana de Bogotá, hasta que un estudiante llegado de China a hacer una especialización en la obra de García Márquez me entrevistó para sus tesis de grado y terminó invitándome a enseñar historia cultural de América Latina y asesor del diccionario chino-español. Nos fuimos a la Universidad de Estudios Internacionales de Shanghai en febrero de 1986 con mi esposa y nuestra primera hija Anneli, de sólo 3 años. En vacaciones recorrimos el país desde Beijing hasta Lhasa, capital de Tibet.

Cuando estaba a punto de cumplirse el contrato, me llegó una invitación de la decana de humanidades de Miami-Dade College como Distinguished Visiting Professor para dar conferencias sobre aspectos diversos de la cultura artística de América Latina, incluyendo algunas inquietudes sobre China y su polémica política acerca de las modernizaciones de Deng Xioping, el hijo único y sus consecuencias sociales, la herencia de Mao, el arte tradicional y la literatura contemporánea china.

Cuando estábamos listos para regresar a Colombia, fuimos a pasar la Navidad en NY, 1989, allí conocí un grupo de amigos que querían abrir una galería de arte en Soho y me ofrecieron dirigirla. A pesar de no tener experiencia en ese campo acepté el reto, nos vinimos a NY y durante un año dirigí la galería que se especializaba en artistas de América Latina con énfasis en el Caribe. Cuando la galería cerró, trabajé primero como intérprete en las cortes del seguro social de NY, después como curador de artes visuales en el Queens Museum of Art, hasta que abrieron HOY, un diario en español respaldado por uno de esos grandes conglomerados editoriales del país. Allí me desempeñé como periodista cultural y director de la revista cultural VIDA-HOY, que circulaba como un inserto todos los viernes.

Toda esa experiencia de mis viajes e investigaciones los he puesto al servicio de divulgar y promover las artes visuales, el teatro, la literatura y la cinematografía de América Latina y el Caribe en cada uno de los sitios donde he vivido, de ahí ese título que mencionas de “trotamundos de la cultura” que llevo con mucho orgullo porque me ha costado, además del inmenso kilometraje, el trabajo de investigar, reflexionar, escribir y enseñar sobre esos fascinantes temas. 

Eres oriundo de Aracataca, ese pequeño pueblo del Magdalena colombiano universalizado por Gabriel García Márquez. ¿Qué relaciones tuviste con el Nobel de Literatura de tu país?

Gabriel García Márquez y Eduardo Márceles
Daconte. La Habana, 1981.
Sí, nací en Aracataca, hijo de Imperia Daconte y Carlos Márceles Orellano. Mi mamá era hija de inmigrantes italianos y mi papá desciende de indígenas Mokaná, a orillas del mar Caribe. Mis padres me trajeron a Barranquilla aún niño para estudiar, crecí con mis abuelos paternos porque además era el único nieto. A pesar de que conocía a Gabo por su literatura, había leído primero su novela La mala hora y luego sus cuentos en Barranquilla, pero nunca había experimentado la emoción que sentí cuando leí Cien años de soledad cuando era estudiante en NYU, porque de inmediato reconocí el área geográfica donde se desarrolla la novela.

Lo conocí en persona en el lobby del Hotel Havana Riviera en 1981, cuando Casa de las Américas me invitó a participar en el Encuentro de intelectuales y artistas de América Latina como miembro de una numerosa comitiva. Al día siguiente de llegar, bajé temprano a caminar por el malecón cuando lo vi conversando con el recepcionista, me aproximé, lo saludé, pero cuando escuchó mi nombre, me preguntó si era de la familia Daconte de Aracataca, asentí y él lanzó un grito que asustó a los que estaban por ahí cerca: “Ahora sí se jodió esta vaina, dos cataqueros en La Habana”. Entonces, me señaló un sofá y estuvimos conversando un tiempo largo. Allí fue cuando me reveló que el admiraba y quería mucho a mi abuelo Antonio Daconte porque siempre fue amable y generoso con él y su familia.

Mi abuelo era dueño de una tienda bien surtida con todo tipo de mercancía, incluso importada de Italia, pero más aún del cine del pueblo. Me dijo que mi abuelo lo dejaba entrar gratis a él y a su abuelo, el coronel Nicolás Ricardo Márquez, porque nunca tenían para pagar las entradas, eran pobres de solemnidad como sucede con el protagonista de su novela El coronel no tiene quien le escriba. En señal de gratitud, me dijo que se le ocurrió hacerle un homenaje con el nombre del italiano que llega a Macondo pero el personaje se le fue “volviendo marica”, después corrigió, era un tanto afeminado, entonces lo cambió por Pietro Crespi, un afinador de pianos que él conoció en Barranquilla, pensaba él que mi familia se sentiría ofendida de ver el nombre del patriarca familiar en esas condiciones. A partir de esa fecha nos hicimos amigos.

Son muchas las anécdotas con Gabo, cuando le pregunté por qué había utilizado el nombre de mi tía Elena “Nena” Daconte para la protagonista de “El rastro de tu sangre en la nieve”, me contestó que él había estado enamorado de ella cuando estudiaba en la Escuela Montessori de Aracataca. “Era una niña hermosa con una cabellera rubia que reía y jugaba mucho con todos”, me comentó, recordando que después el padre se lo llevó a estudiar a Barranquilla, pero nunca la olvidó, por eso cuando escribía ese cuento en Barcelona en 1974, le vino su nombre como un relámpago. 

También, una vez que me invitó a almorzar a su casa de Cartagena, cuando escribía El amor en los tiempos del cólera, me preguntó por la familia, le dije que por esos días había muerto mi tío Galileo Daconte. Se puso triste, dijo que había sido su mejor amigo de infancia; luego, cuando leí la novela, encontré que le hizo un homenaje como dueño de un cine de Cartagena ubicado en las ruinas de un antiguo convento de las clarisas. También, como asesor de la Editorial La Oveja Negra, recomendó publicar mi libro Los perros de Benares y otros retablos peregrinos (Colección de Literatura Colombiana), la mayoría de cuyos relatos suceden en India, Afganistán y El Líbano, durante una de las guerras en el Medio Oriente. Tiempo después me pidió prestado el nombre de peregrinos para su próximo libro de cuentos, y así fue, cuando salió su libro Doce cuentos peregrinos (1992) encontré que había cumplido su solicitud. Hace algún tiempo publiqué en el diario El Espectador, de Bogotá, una crónica donde cuento todas estas historias titulado “La familia Daconte en la obra de García Márquez” que se puede leer en Internet en la página del diario bogotano.

Tu obra ¡Azúcar!: La biografía de Celia Cruz, es tal vez uno de tus libros más vendidos. ¿Has seguido escribiendo sobre la cubana conocida como La Reina de la Salsa?

Para mí, ha sido uno de los proyectos editoriales que más he querido, para empezar desde muy joven mis padres eran fanáticos de la Sonora Matancera que escuchaban en onda corta de Radio Progreso en La Habana, yo me sé casi todas las canciones de Celia, me encantan, así que cuando ella murió en julio de 2003, estuve por casualidad en una fiesta de cumpleaños en ­Manhattan donde me encontré con una agente literaria chilena de nombre Leyla Ahuile. Lloramos y lamentamos su ausencia, le dije que me gustaría algún día escribir la biografía de la Reina de la Salsa, el lunes siguiente me llamó por teléfono para decirme –¡vaya sorpresa!- que una importante editorial de NY estaba buscando un autor para escribir su biografía y me la estaba ofreciendo.

Yo me asusté, me corrió una gota de sudor frío por la columna vertebral, le pedí un tiempo, era demasiada responsabilidad, me dijo claro que sí, te doy 10 minutos porque es urgente. Lo pensé un momento, la volví a llamar y le dije que sí. Entonces comenzó un periplo que me llevó a Miami, México, Barranquilla, La Habana hasta que completé la investigación básica. Terminé de escribir la versión final seis meses después, me dieron un tiempo más y se lanzó en el auditorio de NYU, donde asistieron muchos de los músicos y cantantes que la habían acompañado durante su trayectoria musical.

En Miami organizaron una protesta contra el libro cuando se organizó la presentación en el Instituto Cervantes porque menciono la canción que ella dedicó a la Revolución Cubana en 1959/1960 titulada “Guajiro ya llegó tu día”, grabada en Radio Progreso, canción que encontré por azar durante mi investigación, escuchando viejas interpretaciones en emisoras habaneras. Decían que era una calumnia e injuria, un invento intolerable, hasta Pedro Knight y Omer Pardillo me amenazaron con una demanda millonaria, pero envié la grabación en casetes a algunas emisoras y cuando la escucharon, cesaron las amenazas porque era evidente la voz de Celia y la música de la Sonora Matancera. Era, además, el inicio de la transformación revolucionaria y todo el mundo en Cuba estaba optimista, contento, con los cambios que se veían, de manera especial la familia de Celia que era pobre y pasando dificultades sin cuento. Según la editorial Reed Press, del libro se vendieron en español 100 mil y en inglés también 100 mil ejemplares. Estuvo varias semanas entre los libros más vendidos en EE.UU. en las listas del diario The NY Times.

Desde hace como siete años firmé un contrato con una empresa cinematográfica para hacer una película basada en esa biografía, pero se demoró, llegó la pandemia del Covid y sólo ahora parece que están resucitando el proyecto pero es lento y complicado, ya van como tres versiones del guion; yo escribí uno, pero todos han sufrido por diferentes razones, ahora contrataron a Celia María Cody, sobrina de Celia, para que revise su fase final.

Has realizado significativos aportes al conocimiento de las artes plásticas en el Caribe, especialmente con tus libros Recursos de la imaginación, Las Artes visuales del Caribe colombiano, ¿sigues enriqueciendo esas obras para futuras reediciones?

Sí, yo siempre estoy escribiendo reseñas y ensayos sobre la plástica, no sólo de Colombia, a veces me solicitan ensayos artistas de otros países de América Latina y de Estados Unidos. Como curador he organizado exposiciones en EE.UU., ciudades de Colombia, Caracas, Abu Dhabi en Emiratos Árabes Unidos y una vez llevé una exposición de artistas colombianos a Arco, la feria de arte de Madrid (España). Esos libros que mencionas reúnen mi trabajo de investigador de la plástica nacional durante décadas con muchas reproducciones fotográficas de las obras de los artistas mencionados. Se han hecho dos ediciones ya agotadas y aquí siguen preguntando por esos libros.

Como narrador, tu novela El umbral de fuego se asoma al tema del inmigrante colombiano en Estados Unidos. ¿Qué lectura pueden hacer hoy de ella todos los inmigrantes?

Es una novela de la diáspora colombiana que recoge las experiencias de personas que conocí en Miami y NY y la mía personal, aunque no es una novela autobiográfica. Son más bien las aventuras y vicisitudes de un inmigrante ilegal que después de un largo peregrinaje llega a Miami y por casualidad se encuentra con amigos que viven del narcotráfico, sin papeles ni trabajo, se enreda en ese negocio, viaja a NY y allí se dedica al tráfico local como jíbaro o sea la persona más abajo de la estructura narcotraficante, pero es más que nada la vida íntima, social, erótica de un personaje en circunstancias extraordinarias.

La novela ha corrido con suerte porque la edición se agotó, aunque me quedan algunos ejemplares que llevaré a Florida ahora que vamos. El personaje se llama Lorenzo Centeno, un bogotano que huye de las necesidades económicas, comienza en Bogotá durante el gobierno de César Turbay Ayala (1978-1982), es una obra que se puede leer de una sola sentada. Hay un director de cine colombiano que me ha solicitado sentarnos a conversar sobre la posibilidad de llevarla al cine, pero aún no nos hemos puesto de acuerdo.

Volviendo al libro que presentarás en Tampa a principios de septiembre. ¿Hasta dónde esta obra puede ser un modelo para el estudio de otros carnavales caribeños en cuyos pueblos el elemento afroamericano es un componente importante de su sincretismo? 

Sí, es cierto, el libro abre las puertas a proyectos similares en el área del Caribe y otras regiones de América Latina y de manera especial en el Caribe donde se celebran los carnavales, como República Dominicana o la celebración de Vejigantes en Ponce (Puerto Rico), también en Brasil o Bolivia y, en general, las islas del Caribe. No sé si Cuba porque allí el carnaval ha perdido mucho brillo, yo estuve en uno de ellos como jurado de literatura testimonial del premio Casa de las Américas, pero extrañé el esplendor que me han dicho tenía décadas atrás.

Por supuesto, el elemento africano es fundamental en estas danzas, por ejemplo, la Danza de Congos, como indica su nombre, ubica su génesis en la época colonial en Cartagena de Indias entre esclavos que celebraban sus fiestas dedicadas a las deidades africanas; la Danza Son de Negro es la respuesta festiva de los esclavos en los palenques contra sus amos, es una danza de burla que ridiculizaba con muecas y gestos, alguna veces grotescos, la opresión española, aunque también las hay ecológicas como la Danza de Coyongos que nació un 11 de noviembre de 1811, cuando se celebraba la independencia de Cartagena, en la ciudad de Mompox y es una mímica de las aves zancudas que habitan en las márgenes de los ríos caribeños, así sucesivamente, aunque el elemento indígena también está presente en algunas danzas, así como el ingenio y creatividad de artistas populares del mestizaje rural y urbano en barrios periféricos de Barranquilla. Ya las conocerán todas durante la presentación en la Universidad de Tampa.

Mil gracias, Gabriel, tus preguntas me han hecho recordar muchas cosas que tenía extraviadas en el archivo de mi memoria.

viernes, 26 de agosto de 2022

Eduardo Chibás, un amigo de Victoriano Manteiga

 Emiliano Salcines, que siempre está atento a los avisos de Clío, me llamó por teléfono para recordarme que el pasado 16 de agosto se cumplieron 71 años de la muerte de Eduardo Chibás. Conversamos brevemente sobre la presencia del líder cubano en Tampa y de la amistad que sostuvo con Victoriano Manteiga, por lo que recordar a ambos en el centenario de La Gaceta es un homenaje a dos hombres que se insertan en la rica historia de esta hermosa ciudad.

Probablemente, nadie ha realizado una evaluación más alta de Chibás que la sostenida en múltiples ocasiones por Victoriano, quien vio en la limpia figura del cubano al continuador más fiel de José Martí. Tenía 22 años cuando vino a Tampa por primera vez, en 1929, siendo un estudiante universitario enrolado en la lucha contra el gobierno de Gerardo Machado. Entonces conoció a Manteiga, un coterráneo suyo que había fundado siete años atrás el periódico La Gaceta y coincidía con él en la necesidad de enfrentar un gobierno que en Cuba amenazaba las libertades democráticas a que todo pueblo tiene derecho.

El 21 de octubre de 1950, Chibás pronunció un discurso en el parque Cuscaden,
 de Tampa. Vestido de blanco, vemos a Victoriano Manteiga, organizador del acto.

La amistad nacida en aquellos días de 1929 duró para siempre y cuando, en 1950,  volvió a Tampa el fundador del Partido Ortodoxo encontró el abrazo de Victoriano y su apoyo incondicional a una ardua lucha encaminada a que la isla donde ambos nacieron tuviera un gobierno que pudiera cumplir el sueño martiano de una Cuba “con todos y para el bien de todos”.

Las fechas de nacimiento y muerte de Eduardo René Chibás y Ribas se conmemoran juntas, pues el 16 de agosto de 1951, al día siguiente de haber cumplido 44 años, murió a consecuencia de un disparo en la ingle que 11 días antes él mismo se hizo mientras pronunciaba un discurso por la radio, obsesionado con la idea de que ese fuera “el último aldabonazo” contra la corrupción imperante. Se había consagrado a esa epopeya desde la adolescencia, con una capacidad de liderazgo que provocó fuera encarcelado en 1931 y exiliado al año siguiente.

A la caída de Machado regresó a Cuba y formó parte del gobierno de Grau San Martín, el fundador del Partido  que llevó el nombre del creado por José Martí (Partido Revolucionario Cubano), al que se agregó el vocablo Auténtico con el que es más conocido. Chibás creyó en esa fuerza política, de la que se separó al ver que en el poder (1944-1952) no sólo no cumplió sus promesas, sino que intensificó la corrupción político-administrativa que venía padeciendo el país.

Al romper con el Autenticismo, Chibás fundó el Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo), el 15 de mayo de 1947. A partir de esa fecha, comenzó una frenética batalla contra la corrupción imperante en el gobierno, especialmente desde que Carlos Prío asumiera el poder en 1948. A su vez, creció el prestigio de su partido, convertido en la fuerza política que seguramente habría ganado las elecciones presidenciales de 1952, si un golpe de estado no las hubiese interrumpido.

Chibás, a pesar de sus pocos años de vida, tuvo una intensa participación en la política cubana: fue delegado a la Asamblea Constituyente de 1940, representante a la Cámara y senador de la República. Acusó sistemáticamente a figuras que desde el gobierno cometieron actos de corrupción. Pero no pudo probar la denuncia que hizo contra Aureliano Sánchez Arango, entonces ministro de Educación y en medio de un enardecido discurso radial se disparó en el abdomen, en el afán de mostrar su sinceridad.

Fuera de Cuba, no hubo un lugar en que se aclamara a Chibás con el fervor que se hizo en Tampa, donde con tanto amor se aplaudió a José Martí. Si el Apóstol encontró en esta ciudad amigos del calibre del cubano  Néstor Leonelo Carbonell, Chibás lo tuvo en el también cubano Victoriano Manteiga, como si la historia se repitiera en esa nueva generación. Cuando, en octubre 1950, aquel patriota ejemplar volvió a Tampa, recorrió emocionado los sitios martianos de Ybor City, habló frente al busto del Maestro en el Círculo Cubano y pronunció un enardecido discurso en el parque Cuscaden, en el que dijo, según nos contó Victoriano en el primer aniversario de su inmolación: “Si alguna vez no cumplo las promesas hechas a mi pueblo, con este revólver, que perteneciera al Apóstol Martí, me mataré”.

En varias ocasiones el insigne fundador de La Gaceta escribió sobre el héroe cubano, y quien, como Martí,  “estaba siempre dispuesto para la lucha y el sacrificio en bien de Cuba y la humanidad”.

El 5 de septiembre de 1952, Victoriano recordó en su columna Chungas y no chungas: “Cuando Chibás enarboló la bandera de ‘Vergüenza contra dinero’, en defensa del pueblo y contra los ladrones, nos colocamos a su lado con el cariño y desinterés de siempre. Hace dos años vino a visitarnos y aquí dijo: Los ortodoxos vigorizamos en Tampa nuestra fuerza espiritual”.

Recordarlo ahora desde La Gaceta, donde tantas veces se escribió su nombre, es un tributo tampeño a su memoria y a la de su amigo Victoriano Manteiga.

viernes, 22 de julio de 2022

Edward Hopper, un pintor de la vida estadounidense

 Las efemérides nos prestan el permanente servicio de despertarnos la memoria para que cumplamos el deber de rendir homenaje a quienes realizaron una obra que trascendió su época. Generalmente, los medios de comunicación acuden a los sitios donde con sólo escribir el nombre efemérides se abre una lista de acontecimientos ocurridos “un día como hoy”, como tantos han bautizado el espacio en el que destacan un hecho histórico e, invariablemente, la fecha en que nació o murió una figura relevante.

Aunque la voz latina procede del griego ephemeros (que sólo dura un día), de la que se deriva ‘efímero’, el significado con que acudimos a ella es opuesto, en tanto el suceso ocurrido “un día como hoy” pierde su condición de pasajero al hacerse trascendente. En este camino, busco en el complaciente Google la efemérides del 22 de julio y, entre otros hechos, indica que ese día, en el año 1882, nació en Upper Nyack, Nueva York, el pintor Edward Hopper, a quien debemos recordar como al artista que a través del realismo y expresionismo reflejó ejemplarmente la vida estadounidense posterior a la Primera Guerra Mundial.

Aunque su formación se inició en Nueva York al lado de grandes artistas plásticos –el pintor, grabador y profesor Kenneth Hayes Miller, entre ellos–, su estancia en París en la primera década del sigo XX ejerció una gran influencia en él, especialmente en la experimentación de un lenguaje formal próximo a los impresionistas, si bien se va decantando por propuestas expresivas cuya precisión le va forjando su propio estilo. La visita a España también ejerció un poderoso influjo en él, ­sintiéndose atraído más por Goya –un pintor anterior– que por el cubismo y el arte abstracto que le son contemporáneos, aunque le impactan los europeos Manet, Pissarro, Courbet, Toulouse-Lautrec y otros. Desde entonces, sus cuadros reflejan una preferencia por el tema de la soledad y la combinación de interiores y exteriores, como se ve en Niño y Luna, de 1907.

Al regresar a Estados Unidos, se establece en Nueva York para siempre, y es la ciudad donde desarrolla toda su obra, convirtiéndose en patrimonio de la cultura de su país. Entonces confesó: “Extrañaba la luz de Nueva York, sus espacios destartalados, usados, destruidos por la carcoma. La belleza de París puede asombrar, pero en mi caso, no pudo inspirarme”.

Hacia fines de la Primera Guerra Mundial, ya Hopper era uno de los pintores consagrados en la Gran Manzana, convirtiéndose en un agudo exponente de su vida cotidiana, reflejada en imágenes de un poderoso realismo impactado por la soledad, como observamos en Room en Brooklyn (1933) o en Verano en la ciudad (1950).

Para muchos, es el pintor de la vida estadounidense, al llevar a su obra sus emblemáticos sitios públicos –restaurantes, oficinas, estaciones de medios de transporte, edificios, naturaleza–,  pero descubriendo en ellos la paradógica soledad que puede padecer el ser humano entre la multitud. Cuando miramos Nighthawks, tal vez la más famosa de sus obras, sentimos la impresión de soledad que acompaña a cada una de las cuatro personas que aparecen en la pintura. El cuadro es de 1942, cuando ya Estados Unidos había entrado en la Segunda Guerra Mundial, lo que da más misterio a las tantas banquetas vacías, silenciosas. El pintor confesó después que “inconscientemente, probablemente, estaba pintando la soledad de una gran ciudad”.

No era común que Hooper explicara sus creaciones artísticas. Generalmente, cuando se le preguntaba, respondía: “Toda la respuesta está en el lienzo”. Al pintor y crítico Guy Pène du Bois le dijo que “las pinturas son como venas de algo vivo que nace a partir de que puedes descubrir su presencia”. Pero el historiador de arte Lloyd Goodrich, uno de los que más le ha estudiado, pudo desentrañar que sus obras eran descripciones cuidadosas de un espacio interior difícil de definir, por lo que había dicho: “Pinto lo que no puedo decir”.

Hopper murió en su querida ciudad natal, el 15 de mayo de 1967. Su esposa donó más de tres mil obras suyas al Museo Whitney de Arte Estadounidense. Otras pueden verse en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, en el Museo de Arte Des Moines, en Iowa, en el Instituto de Arte de Chicago y en otros lugares. Quienes se acercan a ellas, encuentran la grandeza del arte y la vida estadounidense. Por ello, cuando escribimos Efemérides del 22 de julio en Google, podemos leer: “En el estado de Nueva York, EE.UU., nace uno de los más avanzados exponentes del arte del realismo americano, el pintor Edgar Hopper, cuyas obras se caracterizarán por captar verazmente el aislamiento, la soledad y la melancolía del siglo XX en Norteamérica”.

Hay otras efemérides en este día, como el nacimiento de un rey de Castilla, en 1478.  Se llamó Felipe I, pero, aunque le llamaron El Hermoso, preferimos en las líneas de hoy rendir homenaje al gran pintor neoyorquino que se hizo universal.

viernes, 15 de julio de 2022

Luis Muñoz Rivera, en el 163 aniversario de su natalicio

 Cuando se menciona al puertorriqueño Luis Muñoz, es común que el nombre se complete con el segundo apellido, por el impacto que tuvo en la historia de ese país la figura de Luis Muñoz Marín,  quien fuera gobernador del Estado Libre Asociado de Puerto Rico entre el 2 de enero de 1949 y el 2 de enero de 1965. Su legado se relaciona con profundos cambios económicos sociales, políticos y culturales en la Isla del Encanto, si bien la relación de dependencia de Estados Unidos adoptara la ambivalencia del “libremente asociado” con que sigue hasta la actualidad.

Pero no es de Muñoz Marín, sino de su padre Luis Muñoz Rivera, de quien tratamos en estas líneas, para rendir homenaje a través de ellas al poeta antillano en el 163 aniversario de su nacimiento, felizmente acaecido en Barranquitas, el 17 de julio de 1859. Como el cubano José Martí, fue hijo de españoles y como su contemporáneo se dio a conocer como poeta, orador, periodista y político. En este campo, se destacó en las luchas autonomistas, especialmente con sus publicaciones en el periódico La Democracia, fundado por él en 1890.

En 1893, Muñoz Rivera se casó con Amalia Marín y fue a vivir temporalmente a España, donde siguió vinculado a la labor periodística y poética, pero también atento al destino de su país. Al regresar a su tierra, se enfocó en lograr la obtención de un estado autonómico para la Isla, influyendo en que en 1897 España incluyera a Puerto Rico junto Cuba –tardíamente, claro y como respuesta a la guerra en la mayor de las Antillas– en la concesión de este tipo de gobierno. En el nuevo ordenamiento político, Muñoz Rivera fue designado ministro de Justicia y Gobernación, cargo que desempeñó hasta que en 1898 se produjo la ocupación de la Isla por los Estados Unidos.

Bajo el dominio colonial estadounidense, Muñoz fundó, en 1899, el Partido Federal de Puerto Rico. En ese tiempo, creó el Diario de Puerto Rico, publicación desde la que denunció los errores del gobierno impuesto, especialmente la Ley Foraker, norma judicial aprobada por el Congreso de Estados Unidos para organizar el gobierno civil de la Isla.

En 1901, se mudó a Nueva York, donde comenzó a publicar el periódico bilingüe The Puerto Rico Herald, desde el que defendió un cambio de régimen de gobierno en su patria. En 1904, de regreso a San Juan, fundó con otros líderes autonomistas el Partido Unión de Puerto Rico, por el que fue elegido delegado a la Cámara en 1906 y reelecto dos años después. En 1911, lo nombraron Comisionado Residente en Washington, cargo que ocupó hasta 1916. En ese tiempo se esforzó en pedir a los políticos estadounidenses que eliminaran la llamada Ley Foraker, lo que se consiguió pocos meses después de su muerte, ocurrida en 1916.

Pero más que al político y periodista constante, cuyo legado mayor se realizó a través de su hijo, nos llamó la atención su poesía y específicamente algunos poemas donde él expresa sus sentimientos hacia la isla hermana de Cuba. En general, su obra poética está entretejida en sus preocupaciones sociales y políticas y se ubica en los límites de un realismo de mayor fuerza descriptiva que lírica, más a tono con el Romanticismo heredado que con el Modernismo que entonces afloraba en Hispanoamérica.

Así como se piensa en Muñoz Marín cuando se dice su nombre, también se recuerda más a Lola Rodríguez Tió cuando se acude a la poesía para afirmar la cercanía cubano-puertorriqueña, por los emblemáticos versos  “Cuba y Puerto Rico son/ de un pájaro las dos alas”. Sin embargo, en varias composiciones poéticas de Muñoz Rivera, cuya obra está publicada en varios volúmenes, emerge la patria de Martí, como muestra este poema, correspondiente al 22 de junio de 1907. 

Cuba rebelde

Cuba, el país de las cañas,    
de las selvas seculares,        
de las profundas marismas       
y de las vegas feraces,        
supo arrojar en sus campos      
ardientes lluvias de sangre,    
para afirmar sus derechos      
y salvar sus libertades.        
                                
Cuba, la sílfide indiana        
envuelta en níveos celajes,    
triste como el sol que muere,  
bella como el sol que nace,    
se yergue fiera y altiva        
al sentir en el semblante,      
más que la traza del golpe,    
la ignominia del ultraje.      
                                
Cuba, la tierra bendita        
de los poetas brillantes,      
de las mujeres heroicas        
y de los dulces cantares,      
                                
graba con buril de fuego        
en páginas de diamante          
las fechas de sus victorias    
y los nombres de sus mártires.  
                                
Cuba, la esclava orgullosa,    
alzándose formidable            
con empuje soberano,            
romperá un día su cárcel;      
porque hay plomo en sus
montañas;
porque hay acero en sus
valles,
porque en sus campos hay
pueblo,
porque en sus venas hay
sangre.
 
 

viernes, 1 de julio de 2022

Adiós a la poeta cubana Fina García Marruz

 En el calor del verano caribeño de este 27 de junio, se apagó el corazón casi centenario de una de las poetas más sobresalientes del siglo XX, inscrita con su nombre esplendente –Fina García Marruz– en la hermosa historia de la literatura hispanoamericana, en cuyo sitial femenino la cubana estará siempre acompañada por la mexicana Sor Juana Inés de la Cruz, la chilena Gabriela Mistral y la uruguaya Juana de Ibarbourou, por sólo mencionar algunas.

Fina nació en La Habana el 28 de abril de 1923, por lo que sólo le faltaron diez meses para llegar al siglo de vida. Como estuvo publicando poesía 80 años –su primer libro, titulado Poemas, es de 1942– es probablemente una de las escritoras que durante más tiempo pudo asistir a la impresión de  su obra.   Desde aquel ¿De qué, silencio, eres tú silencio? –una antología publicada en 2011  en España–, van casi siete décadas de plena creación poética y ensayística. Entre estas dos fechas y textos, aparecieron  Transfiguración de Jesús en el Monte, Orígenes, La Habana, 1947; Las miradas perdidas 1944-1950, Ucar García, La Habana, 1951; Visitaciones, Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba, La Habana, 1970; Poesías escogidas, Letras Cubanas, La Habana, 1984; Viaje a Nicaragua, con Cintio Vitier, Letras Cubanas, La Habana, 1987; Créditos de Charlot, Ediciones Vigía de la Casa del Escritor, Matanzas, 1990; Los ­Rembrandt de l’Hermitage, La Habana, 1992; Viejas melodías, Caracas, 1993; Nociones elementales y algunas elegías, Caracas, 1994; Habana del centro, La Habana, 1997; Antología poética, La Habana, 1997; Poesía escogida, con Cintio Vitier, Bogotá, 1999 y El instante raro, Pre-Textos, Valencia, 2010.


Tuve la ocasión de conversar con Fina más de una vez, la primera de ellas en Bayamo, en la Casa de la Nacionalidad Cubana, a principios de la década de 1990. Otras veces coincidimos en el Centro de Estudios Martianos, donde fue una permanente colaboradora hasta el final de su vida y, también, pude verla en su hogar un día que llegué a saludar a su esposo, Cintio Vitier. En esas oportunidades, sentí una honda satisfacción al intercambiar unas breves palabras con una de las grandes poetas de nuestro tiempo. Uso la voz poeta y no poetisa, en contra de su confesión de incluirse en la segunda acepción, al reservar la primera para quien “crea un idioma”, como indica la palabra poiesis. De eso habló Fina en una entrevista con la periodista cubana Rosa María Elizalde, incluyendo en la segunda significación a Gabriela Mistral por sus aportes a la lengua española.

Fina ya no está en su casa del Vedado, la que compartió con su Cintio Vitier, al igual que ella miembro de la luminosa cofradía origenista junto a Lezama Lima, Eliseo Diego y otros eminentes arquetipos de la cultura cubana. Fina les sobrevivió a todos y ahora se les reúne en la eternidad.

Leyendo la triste noticia de la desaparición física de Fina, galardonada en 2011 con los premios “Sofia” y el “Federico García Lorca”,  percibo el impacto causado por este acontecimiento en la prensa iberoamericana, consciente de que es un adiós a una de las grandes exponentes de sus letras. Pero, entre todas las palabras dedicadas a ella, me conmueven las de su hijo José María Vitier, que vuelan en el popular Facebook: “Si mi madre hubiera sabido (¿y quién sabrá si lo supo....?) como iba a ser este adiós de la patria a su persona física, de  este cúmulo de emociones y gestos multiplicadas en su honor, la puedo imaginar perfectamente:  estaría abrumada por tantos gestos de amor. Ella estaría, (cualquiera que la conociera bien, lo sabe) incluso “apenada” de recibir tanta atención y mimo, de ser el centro de todas las miradas. Ella que sólo reclamaba para sí la gloria del ‘instante raro’, la majestad del silencio y el color lila de un recuerdo, la plenitud de su pudor, su ligereza ingrávida de un verso que salta como el ‘ave que sin causa está volando’ y canta sin prisa su eternidad para marcharse y volver, ya para siempre,  ‘bramando con las albas”.

Dos poemas de Fina García Marruz

 Ama la superficie casta y triste...

     Sé el que eres.  Píndaro                                                                                                                            

Ama la superficie casta y triste.
Lo profundo es lo que se manifiesta.
La playa lila, el traje aquel, la fiesta
pobre y dichosa de lo que ahora existe

Sé el que eres, que es ser el que tú eras,
al ayer, no al mañana, el tiempo insiste,
sé sabiendo que cuando nada seas
de ti se ha de quedar lo que quisiste.

No mira Dios al que tú sabes que eres
–la luz es ilusión, también locura–
sino la imagen tuya que prefieres,

que lo que amas torna valedera,
y puesto que es así, sólo procura
que tu máscara sea verdadera.

Si mis poemas todos se perdieran


Si mis poemas todos se perdiesen
la pequeña verdad que en ellos brilla
permanecería igual en alguna piedra gris
junto al agua o en una verde yerba.
Si los poemas todos se perdiesen
el fuego seguiría nombrándolos sin fin
limpios de toda escoria y la eterna poesía
volvería bramando, otra vez, con las albas.