viernes, 28 de julio de 2023

La sangre de Santa Águeda, un libro valioso

 La semana pasada, mi amigo Antonio Bechily me envió un libro intitulado La sangre de Santa Águeda, con un subtítulo en el que incluye las tres figuras centrales al que está dedicado: Angiolillo, Betances y Cánovas. Por el peso de cada uno de estos protagonistas en la obra, pienso que el orden al anotarlos en la portada pudo haber sido: Cánovas,  Angiolillo y Betances, pues es alrededor de los dos primeros que se centra el acontecimiento a que nos remite el título.

La obra del autor Frank Fernández fue publicada por la Editorial Universal, de Miami, en 1994. Sin embargo, no conocía este libro ni tenía referencias acerca del autor, a pesar de haber escrito El anarquismo en Cuba (2000), de referencia necesaria para conocer la evolución de esta corriente ideológica no solo en la Isla, sino también en Europa y en el continente americano. Probablemente, la pertenencia del autor a una postura que se opone tanto al capitalismo como al comunismo haya influido en que tenga menos visibilidad, en una época en que los llamados libertarios han perdido espacios en la sociedad a nivel global debido, entre otras razones, al uso de métodos terroristas al enfrentar el poder.

No obstante, encuentro en La sangre de Santa Águeda la obra de un profundo historiador, quien hace aportes analíticos respaldados por una amplia y seria documentación, no solo en torno al tema central que trata –el asesinato del  presidente del gobierno español, Antonio Cánovas del Castillo, en 1897, cometido por el anarquista italiano Michelle Angiolillo–, sino también en torno a los acontecimientos en que ambos personajes estuvieron envueltos y, especialmente, en relación con el destino de  los países en los que aquel acto tuvo repercusión. Igualmente, esclarece muchos aspectos relacionados con la actuación del puertorriqueño Emeterio Betances, reivindicando en muchos aspectos la figura de uno de los más grandes antillanistas del siglo XIX.

El análisis que hace Fernández sobre la evolución política de España a fines del siglo XIX es objetiva, desentraña los resortes, intereses y comportamientos que determinaron el sostenimiento del poder entre dos fuerza políticas que se complementaban: los conservadores y los liberales, sustituyéndose en el gobierno después de la restauración monárquica de 1874, cuando Alfonso XIII  y después la regente María Cristina ocuparon la Corona. Si bien el autor  se centra  en la figura política española mayor de esta época, también valora agudamente el papel desempeñado por Práxedes  Mateo Sagasta –presidente del gobierno español al producirse el desenlace de la guerra con Cuba–, en las motivaciones y pretextos de la intervención de los Estados Unidos en el conflicto y en la pérdida de las posesiones ibéricas en ultramar.

No son desatinados, aunque hipotéticos, los razonamientos del historiador acerca de  una posible terminación diferente de la Guerra de Independencia Cubana, si ­Cánovas no hubiera sido asesinado en agosto de 1897. Esgrime dos razones básicas: probablemente, como político avezado que era, habría aceptado la independencia que exigía el Gobierno de la República en Armas al negarse a aceptar la autonomía tardía que España vino a ofrecer a partir del 1.° de enero de 1898, lo que pudo adelantarse a una intervención estadounidense que su olfato pudo haber detectado antes que nadie. De esta manera, seguramente  España habría perdido la Isla, pero con una compensación de unos 300 millones de dólares a cambio, lo que en un momento se discutió. Asimismo, habría mantenido la posesión de Puerto Rico y Filipinas un mayor tiempo. En segundo lugar, el prestigio de Cánovas ante los gobiernos europeos e inclusive ante el gobierno estadounidense, pudo haber influido en el comportamiento de este país.

Es sumamente interesante el análisis que hace Fernández sobre el momento en que España, ya con Sagasta al frente del Gobierno, intenta salvar la posesión de Cuba otorgándole finalmente un régimen autonómico. El autor valora la sustitución de Valeriano ­Weyler por Ramón Blanco como capitán general  de la Isla, ofrece un perfil objetivo de ambos y destaca la imposibilidad de que pudiera afirmarse un gobierno cubano, presidido por el autonomista José María Gálvez, bajo la tutela del susodicho Blanco. Las protestas en La Habana, la Circular del Ejército Libertador proponiendo la pena de muerte a quienes en sus filas defendieran otra opción que no fuera la independencia y los oídos sordos en España ante quienes, como el político Francisco Pi y Margall, insistían ante el gobierno para que considerara la independencia de Cuba antes que una vergonzosa derrota frente a Estados Unidos, crearon las condiciones favorables no solo para la intervención armada norteamericana, sino para el fin que, además de humillar a España, devino en un Puerto Rico y Filipinas como colonias estadounidenses, así como una Cuba con una independencia moldeada a los intereses del interventor.

Sobre otros hechos y alrededor de varias figuras, nos ofrece Fernández un inteligente análisis, sin que su propia ubicación en las filas del anarquismo perjudique la seriedad con que, como verdadero historiador, se posicione frente a los hechos que describe. Además de este extraordinario mérito, tiene este autor la excelsa cualidad de escribir bien, con un estilo ameno que nos atrapa desde el párrafo con que inaugura cada capítulo (cuasi un triller fílmico) hasta la frase final en que culmina este útil ensayo histórico.

 

viernes, 21 de julio de 2023

Ernest Hemingway, entre su vida y su obra

 El mes de julio contiene las dos efemérides vitales que cierran el círculo de la vida de Ernest Hemingway, uno de los escritores más influyentes en la literatura del siglo XX.

Nació el 21 de julio de 1899, en Oak Park, Illinois, y cuando le faltaban 19 días para cumplir 63 años, estando en una casa que había comprado tres años antes en Ketchum, Idaho, se privó de la vida a través de un  disparo de escopeta en el cielo de la boca, como había insinuado a unos amigos entre tragos qué haría cuando su cuerpo no respondiera a los imperativos de sus pasiones.

Según Hemingway "el talento consiste en cómo vive uno la vida".

Sobre cualquier faceta que se elija de la vida y la obra del  escritor estadounidense pueden llenarse varias páginas, pues en una y otra llamó la atención de sus contemporáneos en los dos ámbitos: como escritor, porque la riqueza, dinamismo, calidad y seducción de sus letras fueron premiadas con los más altos lauros literarios, el Pulitzer en 1953 por su novela El viejo y el mar y el Nobel de Literatura, al año siguiente, en reconociendo a toda su obra publicada. Su vida, porque eligió vivir las aventuras que un soldado, pescador, cazador, amante, puede experimentar antes de recrearlas en un protagonista que, tantas veces, fue su alter ego. Él confesó una vez que no era posible describir fielmente lo que siente alguien en el interior de un avión a punto de estrellarse, si no ha tenido esa prueba; claro, él la experimentó cuando, viajando por África, en 1952, tuvo dos accidentes de aviación.

A esa correspondencia entre sus actos y su escritura quiero dedicar una rápida mirada, como homenaje al 124.° aniversario de su nacimiento. Cuando leemos Adiós a las armas conociendo su biografía, identificamos al soldado herido que se enamora locamente de una enfermera. En la realidad, el sufrió graves heridas de metralla en las piernas en julio de 1918 en Italia, mientras participaba como conductor de ambulancias en la Primera Guerra Mundial. En el hospital, se enamoró de la enfermera de la Cruz Roja Agnes von Kurowsky, en un idilio similar al del protagonista de su primera gran novela, aparecida en 1929 cuando estaba casado con su segunda esposa,  Pauline Pfeiffer.

Con Pauline realizó extensos safaris en África durante la década de 1930, lo que se reflejó en obras como Las verdes colinas de África, así como en los cuentos “Las nieves del Kilimanjaro” y “La corta vida feliz de Francis Macomber”. Hasta en la gravedad de aquel Macomber que espera la muerte en medio de la selva, encontramos un referente a sí mismo, cuando enfermó de disentería amebiana en Kenia y tuvieron que evacuarlo de urgencia en un avión hasta Nairobi.

En su novela Por quién doblan las campanas (1940), vertió su experiencia en España, donde viajó en 1937 como corresponsal de guerra en defensa  de la República Española. Volvió en 1938, siendo testigo de la Batalla del Ebro, la última fortaleza republicana, de donde es uno de los últimos periodistas en retirarse. En esta época conoce a la periodista Martha Gellhorn, la que se convierte en su tercera esposa.

Para esta fecha se ha ­desatado la Segunda Guerra Mundial y en ella también el escritor va a tener una participación activa. Estaba en Cuba cuando, en 1941, EE.UU. le declara la guerra a Alemania. Entonces propone al gobierno de la Isla lo que tal vez fue la locura mayor de su vida: que lo ayuden a equipar su barco, el Pilar, con armas que le permitieran emboscar a los submarinos alemanes que se acercaran al Caribe. Por suerte no vio ninguno, pero salió a buscarlos.  

Al final se fue a Europa, al escenario de la guerra. En junio de 1944 participó en el desembarco de Normandía y luego se unió al 22.º Regimiento de Infantería, cuando, bajo el mando del coronel Charles Buck Lanham, se dirigía a París. Por su participación en la liberación de la capital francesa, en 1947 recibió una Estrella de Bronce “por su valentía durante la Segunda Guerra Mundial”. En medio de aquellos acontecimientos bélicos encontró otro premio: a Mary Wells, la que sería su última esposa y la primera en correr a su lado, cuando escuchó el disparo en aquel borroso amanecer de su día postrero.

En la obra literaria de Hemingway, otro tema apasionante es la pesca, ambiente en que el hombre, como en la guerra y la caza, puede experimentar el límite entre la vida y la muerte, entre el valor y la resistencia, frente a una filosofía que él hizo suya: un hombre puede ser destruido, pero no derrotado. En su novela póstuma Islas en el golfo, como en varios de sus cuentos, se entrelazan la ficción y su experiencia como pescador, aunque es en El viejo y el mar donde emerge en toda su belleza esta imbricación entre el escritor y su obra.

Harían falta muchas líneas para recordar al Ernest Hemingway que vivió en Cuba. Por ello les remito al mejor libro sobre este tema: Hemingway en Cuba, del escritor Norberto Fuentes, un recorrido apasionante sobre los años en que el escritor vivió en la Isla, donde sigue siendo un ídolo.

sábado, 15 de julio de 2023

Carta de Ocala, desde “un cesto de luz”

     En diciembre de 2016, escribí en esta columna un artículo titulado “Martí City: el primer sitio con el nombre del Apóstol cubano”, que puede verse en http://gabrielcartaya.blogspot.com/2016/12/ marti-city-el-primer-sitio-conel.html.

    Entonces, visité por primera vez la ciudad de Ocala, gracias a la gentileza de mi amigo Henry Echezabal, quien me invitó a recorrer las calles viejas de la ciudad donde a fines del siglo XIX los cubanos fundaron un barrio al que llamaron Martí City. En el escrito, recordé que el 21 de julio de 1892 llegó aquí el Apóstol cubano –también por vez primera– y el poblado le pareció “un cesto de luz”, seguramente por la abundancia de iluminación en medio de aquel ajetreado verano y por la claridad que encontró en los cubanos que abrieron su corazón al proyecto de patria al que entonces les convocó.

    En este verano de 2023, he encontrado esa luz refulgente a la una de la tarde del 8 de julio, cuando en una sala del hospital AdventHealth el grito del niño al que nombraron William Gabriel anunció su llegada al mundo. La emoción con que sus padres, mi hijo Pedro Gabriel y su esposa Tanya, recibieron a su segundo hijo no fue menor que la experimentada al nacer el primero, ni en mí disminuyó porque nueve nietos le precedieran. En las dos abuelas, tanto la cubana como la nacida en la India, el brillo de los ojos fue otra vez un manantial de ternura al derramarse en el cuerpecito hermoso que en un instante pasó de los brazos conmovidos de una a la otra, felices al abrazar a la madre cuando salió airosa de la prueba que les hizo más visible la edad.

William Gabriel, a los tres días de nacido

    No sé cuántos hijos de cubanos han nacido en Ocala, donde ahora hay más emigrados que en aquellos días cuando Martí llegó a la ciudad. Seguramente, en la última década del siglo XIX nacieron algunos, porque varias familias llegaron de la mayor de las Antillas a trabajar aquí, principalmente en las fábricas de tabaco que entonces intentaron establecerse. Casi todos soñaban con regresar a su patria, por más que este sitio “sereno y frondoso, recuerda a Cuba”, como le escribió Martí a Gonzalo de Quesada al conocer este lugar. Por ello, se entregaron al proyecto de fundar una república como la que les dibujó su mejor visitante.

    Tampoco sé cuántos padres cubanos de los que hoy ven nacer a sus hijos en Ocala sueñan con regresar a su país, de donde no habrían salido si hubieran podido vivir en aquella república de armonía, libertad y progreso, abierta al universo, por la que sus antecesores siguieron el llamado del Apóstol. Pienso en eso caminando por las calles viejas de Ocala, donde observo muchas casas de madera, algunas de estilo bungalow, como las que perduran en Ybor City, West Tampa y también en muchos barrios cubanos que se construyeron a principios del siglo XX, generalmente alrededor de centrales azucareros.

Pedro Gabriel con sus  hijos Stanley y William
 Pero me aparto de las calles en las que un día caminaron José Martí, Serafín Sánchez, Gerardo Castellanos y tantos independentistas cubanos; y vuelvo a la razón de esta visita a Ocala: al nacimiento de mi nieto William Gabriel. Entonces, me sumerjo en la compleja realidad global a la que asistimos, cuando las noticias hablan de crecimiento armamentista y algunos hasta pronostican, ojalá equivocándose, un posible conflicto nuclear; y medito en el orbe en el que vivirán las criaturas que, llegando ahora al mundo, serán los hombres y mujeres del mañana. ¿Los que vivimos hoy, les aseguraremos un futuro de paz donde puedan vivir y seguir construyendo una sociedad cada vez mejor? 

viernes, 7 de julio de 2023

Victoria Amelina, una escritora ucraniana víctima de la guerra

 Desde el inicio de la agresión de Rusia a Ucrania hemos visto imágenes impactantes que muestran la muerte de civiles en el marco de una guerra injustificable. En los últimos días, nos ha conmovido el rostro de Victoria Amelina, una  escritora ucraniana que murió a consecuencia del bombardeo  de los rusos contra un restaurante  en Kramatorsk, una  ciudad ubicada en el este del país invadido. Allí, el pasado 27 de junio perdieron la vida 11 personas –entre ellos tres niños–;  dos periodistas colombianos resultaron heridos, al igual que la joven escritora, quien murió  cinco  días después, al no poder rebasar las lesiones recibidas en aquel brutal ataque.

Victoria Amelina es el nombre con que se conocía a Viktoriya Yuryivna Amelina, de 37 años, autora de dos novelas y un libro infantil.  Una de las dos novelas, Un hogar para Dom, ha sido traducida al español. La autora había  merecido el premio literario  Joseph Conrad y  ser finalista del Concurso de Literatura de la Unión Europea.

Amelina, un modelo de mujer que enfrentó con éxito diversos desafíos, se propuso y logró ser piloto de aviación en un medio en que ese oficio está dominado por hombres y, desde el aire, dio vuelo también a la escritura.

En el momento de su  muerte, inscrita entre los crímenes de guerra cometidos por los agresores, estaba entregada a la defensa de su país desde el frente  al que mejor podía servir: la escritura para la denuncia de los crímenes de guerra perpetrados en su tierra, de los cuales ella misma resultaría una víctima más.  Como investigadora de campo, logró documentar muchos testimonios sobre los crímenes de guerra de Rusia en los territorios liberados del este, sur y norte de Ucrania, incluido Kapitolivka, cerca de Izium, donde encontró el diario del escritor Volodymyr Vakulenko, asesinado por los rusos, logró que se publicara y fuese otro documento que denuncia  esos crímenes.

Amelina  participó activamente en diversas ferias del libro, siendo una de las organizadoras del desarrollado en octubre 2022 en Lviv ­Bookforum, la feria del libro más grande de Ucrania, donde participaron varios autores y periodistas internacionales que mostraron apoyo a la nación atacada.

Según cuenta en El Tiempo Cristina Fuentes La Roche, directora internacional del Hay Festival en Cartagena de Indias, en el que también participó Amelina en enero pasado,  “ella nos contó entonces sobre su libro en proceso, Diario de injusticias de guerra: mirar a las mujeres que miran a la guerra, obra que ­seguramente no llegó a concluir, pero en la que daba vida a mujeres víctimas del desastre bélico”.

La misma autora informa que la escritora ucraniana había creado años atrás  el Festival de Literatura New York, en un pequeño pueblo de ese nombre cerca de Bajmut, lugar que conocemos por los encarnizados combates de esta guerra. Un mes después, sigue contando, Amelina le envió una foto para que viera que la sede de aquel evento literario había sido destruida por los ataques rusos.

Héctor Abad Facioline, uno de los dos periodistas colombianos heridos junto a Victoria, dio a conocer en el periódico  El Tiempo que escribirá un libro dedicado a ella: “Esto ha sido muy triste y duro. Mi editora ayer me envió un poema que escribió Amelina, que se llama Alerta y dice: alerta aérea por todo el país, como si cada vez nos estuvieran ejecutando a todos, pero apuntan solo a uno, al que está al margen. Hoy no fuiste tú, fin de la alerta. El martes pasado sí fue ese tú, sí fue ella, sí fue esa alerta, cayó ese misil, que ya averigüé que es un iskander, un misil ruso”.

Relató que el misil cayó a apenas tres metros de donde ellos se encontraban y una esquirla le dio a Victoria en la cabeza, “ella duró varios días, pero nunca recuperó la conciencia”.

Pero cuánto ayudó la valiente escritora ucraniana, desde su vida y su muerte, a hacer conciencia acerca de una guerra que su nación no provocó, pero en cuya victoria, como su nombre, creía desde el corazón.

 

viernes, 30 de junio de 2023

Pearl Buck, primera estadounidense en recibir el Premio Nobel de Literatura

 Desde el día en que fue establecido por el gobierno sueco el Premio Nobel de Literatura, en 1901, ha sido entregado 115 veces y, de ellos, solo 17 mujeres lo han recibido.

La desproporción numérica no entraña una superioridad masculina en el arte de escribir, mas bien, muestra que en este campo también las féminas han sido desfavorecidas por los instrumentos de raíces patriarcales establecidos en la sociedad, con justicia cada vez más insostenibles.

La primera mujer reconocida con el más alto premio literario a nivel universal fue la sueca Selma Ottilia Lovisa Lagerlöf, en 1909. ­Hispanoamérica   tuvo que esperar hasta 1945, cuando la chilena Gabriela Mistral obtuvo el lauro.

Hoy vamos a recordar, en el 131 aniversario de su natalicio, a  Pearl Comfort Sydenstricker Buck –Buck por su primer esposo–, la primera escritora estadounidense que mereció el Premio Nobel de Literatura, convirtiéndose, en 1938, en la cuarta representante del bello sexo en ostentar el codiciado galardón de la academia sueca.

"No siento necesidad de otra fe que no sea mi fe
en la bondad de los seres humanos". Pearl Buck.

Sin embargo, no es una figura muy conocida en Estados Unidos, al menos a nivel popular. Tal vez eso se relacione con la mentalidad del país, donde es más renombrado un millonario mediocre que un exitoso escritor, mientras en Hispanoamérica el nombre de un buen escritor no es ajeno a sus coterráneos. De hecho, todos los colombianos pronuncian el nombre de Gabriel García Márquez como si fuera de su familia, mientras millones de estadounidenses no saben quién fue Pearl Buck –nacida el 26 de junio de 1892  en Hillsboro, Virginia–, a pesar de haber ganado el Premio Pulitzer de Literatura en 1932 con su  obra La buena tierra,  la novela más vendida en Estados Unidos entre 1931 y 1932 y cuando, seis años después, su nombre se publicó en todo el mundo gracias a la fascinación que acompaña al Nobel de Literatura.

No creo que la carencia divulgativa alrededor de Pearl Buck se relacione con el hecho de que viviera casi la mitad de su vida en China, donde adoptó el seudónimo de Sai Chen, ni debido a que el premio de la academia sueca fuera en reconocimiento a una obra que exaltaba, esencialmente, la cultura de esa milenaria nación asiática.

Como hija de misioneros estadounidenses trabajando en China, Pearl pasó casi toda la niñez y adolescencia allí. Al terminar los estudios medios, viajó a Estados Unidos a estudiar en Randolph-Macon Woman’s College, en Lynchburg, Virginia (1911-1914). Al graduarse, volvió a China, donde, en 1917, contrajo matrimonio con el misionero John ­Lossing Buck. Durante esos años y hasta 1935, ella también fue misionera presbiteriana, pero, a su vez, se desempeñó como profesora de Literatura Inglesa en la Universidad de Nanking y en otros centros docentes. En 1935 regresó a Estados Unidos, donde volvió a casarse, esta vez con el editor Richard J. Walsh.

A partir de esta fecha, se consagró a la escritura y realizó una constante labor como defensora de los derechos de la mujer y la igualdad racial. En sus escritos destacó los valores de la cultura asiática, oponiéndose a todo tipo de discriminación hacia ella. 

 En sus obras se refleja esa preocupación por los valores humanos y el derecho de todos a un tratamiento digno, como puede apreciarse en las novelas Viento del este, viento del oeste (1929), La buena tierra (1931) o La estirpe del dragón (1942).

La esencia humanista que defendía Pearl entró en contradicción con la revolución comunista que triunfó en China en 1949, a tal extremo que se le negó volver a esa tierra que tanto amaba. En el período de la llamada Revolución Cultural de Mao Tse-Tung, se le llegó a evaluar de “imperialista cultural estadounidense”. La escritora lo denunció, condenando aquel sistema totalitario, en novelas como Satanás nunca duerme, de 1962.

La dirección comunista china no podía apreciar las palabras con que la Academia Sueca acompañara el premio en 1938: “Por las obras notables que abren el camino a una simpatía humana que trasciende fronteras raciales”.

Prevalece, sin embargo, el contenido de su voz en el estrado sueco: “Soy estadounidense de nacimiento y ascendencia, pero, mi primer conocimiento de la historia, de cómo contar y escribir historias, me llegó en China”. Entonces, al mencionar obras como Todos los hombres son hermanos, de Shi Nai’an, alabó los grandes valores de las novelas clásicas de ese país, porque en ellas, dijo, “el novelista no tenía la tarea de crear arte, sino de hablarle a la gente (...) En China, la tarea del novelista difería de la del artista occidental; a  los agricultores debe hablarles de su tierra, a los ancianos debe hablarles de paz, a las ancianas debe hablarles de sus hijos; y a los jóvenes y mujeres debe hablarles del uno y del otro”.

 Pero la trascendencia de la obra de Pearl no viene solamente de su belleza literaria, sino de su contenido y su propia participación en el mejoramiento de la sociedad en que le tocó vivir.  Escribió sobre diversos temas, incluidos los derechos de la mujer, las culturas asiáticas, la inmigración, la adopción, la obra misional, la guerra, la violencia. En 1949, cofundó Welcome House, Inc., la primera agencia internacional de adopción interracial, junto con James A. Michener, Oscar Hammerstein y Dorothy Hammerstein. En 1967, destinó la mayor parte de sus ganancias –más de 7 millones de dólares– a la Fundación Pearl S. Buck (nombre cambiado a Pearl S. Buck International en 1999) para “abordar la pobreza y la discriminación que enfrentan los niños en los países asiáticos”.

En 1964, abrió el Centro de Oportunidades y el Orfanato en Corea del Sur, y más tarde se abrieron oficinas en Tailandia, Filipinas y Vietnam. Al establecer Opportunity House, Buck dijo: “El propósito es dar a conocer y eliminar las injusticias y los prejuicios que sufren los niños a quienes, debido a su nacimiento, no se les permite disfrutar de los privilegios educativos, sociales, económicos y civiles que normalmente se otorgan a los niños”.

Pearl S. Buck murió a los 80 años, el 6 de marzo de 1973 en Danby, Vermont. Fue sepultada en Green Hills Farm, en Perkasie, Pensilvania. Pero su obra, por su riqueza literaria y profundidad humana, es imperecedera.

viernes, 23 de junio de 2023

Entrevista al pintor cubano Yosvany Martínez

El pasado 16 de junio, invitado por Ybor Art Factory, el pintor cubano Yosvany Martínez presentó en Ybor City una  hermosa exposición que incluyó una serie de grabados inspirados en este histórico barrio de la ciudad de Tampa. 

La primera impresión que recibo, al entrar a la sala (1920, 7.ª Avenida)  y saludar al artista, es la especial atención con que los participantes se detienen frente a las obras. Enseguida, al fijar la vista en ellas –donde hay pinturas muy atrayentes– me detengo en los grabados dedicados  a lugares emblemáticos de Ybor City, en los que sobresalen la excelencia y  la belleza con que el artista revive y eterniza espacios y figuras que pertenecen a la historia de esta localidad. Me detengo en el que muestra la escalera del edificio en que estuvo la fábrica de tabacos de Vicente Martínez Ybor, precedida por la imagen de José Martí, reviviendo el instante de la histórica fotografía en que aparece el Apóstol  junto a un grupo de cubanos, el 19 de julio de 1892. Al sentir en la obra de Yosvany la fuerza de la figura sobre el espacio que le circunda, se adivina el mensaje a nivel de símbolo que logra el arte verdadero.

Aunque no estaba prevista una entrevista al creador, al preguntarle si quería responder  unas preguntas para La Gaceta, no solo respondió afirmativamente, sino que mostró satisfacción por la oportunidad que este medio le proporciona para extender a los tampeños un afectuoso saludo, a la par del orgullo por mostrar su obra. Así, sus respuestas cumplen un múltiple propósito al informar, agradecer y enriquecer, en el largo camino de las relaciones culturales entre Cuba y Tampa.

¿Qué te inspiró a realizar una serie de grabados sobre Ybor City?

Me inspiré en la historia. Desde mi llegada a Ybor City quedé impresionado con esta hermosa ciudad, de cómo al pasar de los años respetan el estilo de su arquitectura que, a pesar de la modernidad, mantiene la esencia y el respeto por la tradición. Me inspira saber que nuestro apóstol José Martí caminó por estas calles, donde fue recibido por personas muy queridas y hospitalarias.

Obra de Yosvany Martínez, en la que se reúnen tres
símbolos de la historia de Ybor City: la fábrica de
tabacos de Vicente Martínez Ybor, la escalera donde
fue retratado José Martí y su figura que se agiganta hasta
nuestro tiempo.

¿Qué técnicas y herramientas usas?

Para la realización de esta expo utilicé varias técnicas. La primera me ha dado un sello único, la fibra, de la cual se ha derivado un estilo diferente en la realización de las demás técnicas que domino; por ejemplo, los grabados de Ybor City usando la técnica de la linografía, otra técnica utilizada es la de taco perdido, referente también al grabado. En estas técnicas se utiliza una herramienta llamada gubia, que son unas cuchillas especiales para cortar el linóleo en diferentes grados de profundidad, lo que permite hacer la matriz que luego se imprime en las cartulinas. También pueden apreciar la técnica de óleo sobre lienzo y la escultura, para las que se usan las espátulas y los pinceles.

¿En qué categorías del grabado tienes preferencia?

Niurka Ramírez Peña, artista de la plástica cubana y excelente grabadora, a la cual tengo mucho que agradecer y que fue la persona que me apoyó y motivó, me dijo en una ocasión: “El día que empieces a trabajar y te introduzcas en el mundo del grabado, te va a atrapar de tal manera que jamás vas a poder salir porque lo amarás”; tenía toda la razón. Yo lo veo como algo que crea adicción, es un universo fascinante de creación donde se unen todas las sensaciones y pone a trabajar todos los sentidos.

He sido un artista privilegiado, ya que he podido realizar casi todas las técnicas del grabado y adentrarme en ese universo de las tintas, pigmentos, luces y sombras, la realización de las matrices de grabados es un trabajo minucioso, donde con texturas ya sean incorporándole elementos a las matrices como devastando con instrumentos filosos las planchas de metales se logran diferentes elementos visuales para el pase a la cartulina Es algo mágico porque hasta este momento no se sabe el resultado final, aunque con los años y la experiencia del día a día desde el comienzo uno va jugando con el arte de la creación.

En la técnica de la linografía, que se realiza dando pequeños y largos cortes, devastando así la superficie de linóleo con unas cuchillas que se llaman gubias, la forma resultante funciona como un cuño, el cual se entinta con unos rodillos, los cuales se cargan con pintura offset, se le pone encima una cartulina y se pasan por una máquina que se le denomina tórculo, dando así una impresión. Este proceso se realiza tantas veces como se quiera hacer la edición. La que más me agrada su realización es la técnica al taco perdido, es utilizando la explicación anterior, pero dándole a cada pase por el tórculo un color donde cada corte en la matriz lleva a un elemento tonal superior al anterior, desde los claros hasta los tonos más oscuros y todo resultante con la misma matriz hasta el último color, donde la matriz es desechada y lo más importante es que cada pase debe tener el mismo encaje de cada color hasta el final. Es una de las técnicas más difíciles de realizar, pero soy amante de los retos. En una ocasión, mi padre me dijo: “Cada vez que te veo trabajar, veo que tú mismo te vas superando, haciendo más difícil la realización de tu obra”.

Esta técnica permite realizar múltiples copias de la misma imagen impresa, generalmente numeradas. ¿Así será con estos grabados sobre Ybor City?, ¿tendremos acceso a ellos?

Sí, es una edición limitada, de la que se hacen muy pocos ejemplares y se desecha la matriz y no se vuelve a realizar. Todas son obras originales, producto de una matriz realizada por el artista. Pudiera hacerse también una o dos ediciones, según decida el artista, una con números naturales y, cuando se agote, realizar otra con números romanos.

Los grabados de Ybor son un conjunto de piezas de colección, ya que es una edición bella y en la cual me esmeré en los más sutiles detalles. Es importante recalcar que los grabados se realizan sobre lámina de linóleo –una goma– y se pican con cuchillas, las cuales deben tener una precisión en el corte y una mano segura para evitar un margen de error que pueda estropear la matriz.

Por supuesto, que todos tendrán acceso a los grabados y es muy importante que personas y amigos de Ybor puedan tener un recuerdo de su estancia y visita a este maravilloso terruño. Para tener acceso a esta colección, los eventos futuros que tendremos alrededor de ellas, y la posibilidad de adquirirlas, yo recomendaría estar en contacto con Ybor Art Factory al  813- 802 5469 y seguir los artículos y promociones que durante este año estaremos haciendo.

¿Tienes previsto hacer otras exhibiciones en Tampa?

Para mí sería un inmenso placer poder seguir trabajando con la ciudad. Nosotros estamos participando en un proyecto llamado Ybor Art Factory que ambiciona promover distintas manifestaciones de arte en la ciudad, incluyendo las bellas artes. Como sabes, este pasado viernes Ybor Art Factory hizo una primera presentación de algunas piezas de la serie “1920 Ybor” y por suerte otras presentaciones están en camino, incluyendo la presentación formal de la serie que tendrá lugar durante la inauguración de la Casa Martí, lo cual es un honor para mí.

¿Qué significado tiene para ti el intercambio cultural entre La Habana y Tampa?

La relación entre Tampa y La Habana tiene una profundidad que sobrepasa cualquier concepto, categorización y proyecto que pueda existir. Estas ciudades, especialmente Ybor City, comparten la misma alma. Para mi estar aquí es como estar en un pedazo de Cuba. Esta serie sobre Ybor City es mi manera de decir eso. Ella nace a partir de mi serie de grabados de La Habana, que fue muy bien recibida por la crítica y tuve el honor de que Eusebio Leal le dedicara las palabras de presentación.

Estas dos series son una especie de historias de la mitología griega en que dos enamorados están destinados a buscarse porque comparten la misma alma. Ybor City y La Habana son esos dos enamorados en esta obra. Son parte de entidades que tienen la dicha de enamorarse y ser felices. ¡Así es, y así deseo que pueda ser por siempre!

Muchas gracias.

viernes, 9 de junio de 2023

Miguel Ángel Asturias, el Premio Nobel de Literatura de Guatemala

 Cuando se alude al número de premios Nobel de literatura hispanoamericanos, generalmente en la conversación aparece el número seis, pues se fija con  mayor facilidad la cifra que el nombre de quienes lo han recibido. Sin embargo, cuando se inquiere por ellos, muchos mencionan a los más recientes: el peruano Mario Vargas LLosa (2010), el mexicano Octavio Paz (1990), el colombiano Gabriel García Márquez (1982). Pablo Neruda, chileno (1971), está siempre en la mente de quienes aman la poesía y su coterránea Gabriela Mistral (1945), por ser la primera en exhibir el prestigioso lauro.

Entonces, muchos interpelados se exprimen el cerebro buscando el número seis, a no ser que se trate de un especialista en literatura o de un guatemalteco con algunas páginas leídas. Por ello traemos a estas líneas, en el 49.° aniversario de su muerte, al escritor Miguel Ángel Asturias, quien al subir al podio sueco el 12 de diciembre de 1967, elevó por primera vez la novela hispanoamericana al reino del Premio Nobel. Aquel día inició el discurso de agradecimiento con las siguientes palabras:

La escritura de Asturias es fiel su palabra: "Toda obra,
cualquiera que sea, literaria, política, científica,
debe estar respaldada por una conducta".
 

“Mi  voz llegada de muy lejos, de mi Guatemala natal. Mi voz en el umbral de esta Academia. Es difícil entrar a formar parte de una familia. Y es fácil. Lo saben las estrellas. Las familias de antorchas luminosas. Entrar a formar parte de la familia Nobel”.

Esa voz, que en sus novelas expresó la realidad de su entorno continental, fue la de un poeta y escritor que entonces tenía cumplidos 68 años y publicado Hombres de maíz (1949), para muchos su mejor novela, pero también El señor Presidente (1946), que vino a ser la primera de un ciclo de narraciones en que desde la literatura se condenaba la figura política del dictador  latinoamericano: verbigracia,  El recurso del método (1974), de Alejo Carpentier; Yo el Supremo (1974), de Augusto Roa Bastos; El otoño del patriarca (1975), de Gabriel García Márquez, entre otras. En el caso de Asturias, su Señor Presidente es una condena al gobierno de Manuel Estrada Cabrera, que entre 1898 y 1920 ejerció un poder tiránico en Guatemala.

El propio Asturias, quien nació en Ciudad de Guatemala en 1899, sintió en su hogar la presión de la dictadura de Estrada, pues su padre, de ascendencia española y juez de profesión, perdió el empleo por defender a opositores del régimen. Entonces, la familia se trasladó a Baja Verapaz, donde los abuelos tenían una granja. Este hecho es importante en la vida del futuro escritor, pues le permite conocer a la población indígena de su país, de donde saldría después una de sus primeras obras: Leyendas de Guatemala (1930). Asimismo, tuvo tanta influencia en sus estudios que, al graduarse en La Universidad Nacional de Guatemala de abogado en 1923, su tesis fue titulada “El problema social del indio”.

Como estudiante universitario, Asturias integró el  movimiento revolucionario que generó profundas transformaciones en su país, tanto en el movimiento estudiantil como social, participando incluso en el levantamiento que destronó al gobierno de Estrada. En aquel movimiento, que se le conoce en su país como Generación del 20, él fue uno de los más activos participantes.

Ya recibido de abogado, Asturias viajó a Francia, matriculando Etnología en la Sorbona de Paris. Es la década de 1920 y el joven con vocación literaria se inserta en el movimiento surrealista que allí encabeza André Breton. En el círculo de escritores que le rodea, donde el cubano Alejo Carpentier es uno  de sus más cercanos amigos, su perfil profesional se adentra en la literatura. Aunque escribe poesía y prosa, sigue ahondando en la cultura maya, traduciendo en 1925 el libro sagrado Popol Vuc, obra a la que dedicó cuatro décadas de su vida. En la meca parisina, donde estuvo diez años, fundó la revista Nuevos Tiempos y publicó, en 1930, su obra  Leyendas de Guatemala, su primer libro.

En 1933, regresó a su país, donde continua su obra literaria, pero también ejerce como periodista y funda diversas revistas. A partir de 1946, durante el gobierno de Juan José Arévalo, ocupa diversos cargos diplomáticos que lo llevan a Argentina, Francia y otros países, pero en medio de esta ocupación sigue escribiendo, como apreciamos en sus libros Hombres de maíz, 1949; Viento fuerte, 1950;  El Papa verde, 1954; Los ojos de los enterrados, 1960; Mulata de tal, 1963 y otros. En ellos, Asturias introdujo muchas características del estilo modernista a la literatura hispanoamericana, haciendo originales aportes al uso de la antropología y la lingüística en ese campo. Por ello, es considerado uno de los precursores del boom que vivió la literatura latinoamericana en los años sesenta y de su famoso realismo mágico.

Pero no es un escritor que evade la realidad en que vive, por lo que participa activamente en la vida política de su país. Apoyó tanto al gobierno de Jacobo Arbez que, a su caída con el golpe de estado del coronel Castillo Armas en 1954, este no solo expulsó al escritor de su tierra, sino que también lo despojó de su ciudadanía. Se exilió en Argentina,  en Chile y después en Francia, donde recibió la noticia de haber ganado el Premio Nobel de Literatura de 1967, “por sus logros literarios vivos, fuertemente arraigados en los rasgos nacionales y las tradiciones de los pueblos indígenas de América Latina”. Al año siguiente, el nuevo gobierno guatemalteco, presidido por Julio César Méndez Montenegro, le devolvió la ciudadanía, nombrándolo su embajador en Francia.

Hoy, el Premio Nacional de Literatura de Guatemala lleva su nombre, al igual que el Teatro Nacional y diferentes instituciones de su patria. Es lo justo, porque Asturias   es uno de los guatemaltecos que más ha contribuido no solo a la literatura,  sino también a la reivindicación de la cultura indígena hispanoamericana y, desde ella, a la universal. Como él expresó, al recibir el Nobel: “La evasión es imposible. El hombre. Sus problemas. Un continente que habla. Y que fue escuchado en esta Academia. No nos pidáis genealogías, escuelas, tratados. Os traemos las probabilidades de un mundo”.