lunes, 18 de abril de 2016

Cómo llegué a Símbolo y color en la Obra de José Martí, de Ivan Schulman

Por Gabriel Cartaya

  Debió ser un día de aquellos años en que estaba comenzado la agitada década de los noventa en Cuba cuando, al yo terminar una conferencia sobre José Martí en la Casa de la Nacioalidad de Bayamo, Cuba, se acercó a mí el distinguido profesor Víctor Montero para comentarme, con mucha generosidad, lo que había disfrutado la disertación.
 Sentí satisfaccion por el halago del viejo profesor, quien entonces ya había rebasado los setenta años, con una exquisita lucidez. Todos reconocían su erudición y gozaba de un enorme prestigio más allá de su entorno provincial.  Había sido fundador de la revista ACENTO en la década de 1940 y mantenía el programa más antiguo de la radio nacional dedicada a la música clásica. Un elogio de aquel hijo ilustre de la ciudad de Bayamo,  despertaba las células del ego al más indiferente hijo de vecino.
    Pero el rumbo más fecundo  que tomó el diálogo de aquella mañana, apareció cuando me preguntó:  –Profesor, ¿usted ha leído Símbolo y color en la obra de José Martí?  Le respondí que aunque tenía referencias sobre el libro,  nunca  lo  había  visto.
 -Comprendo –me dijo–. Es una obra de Ivan Schulman, un norteamericano. Se publicó a principios de la década de 1960, pero se ha perdido de las librerías.
 Entonces comenzó a explicarme los enormes valores de aquella obra, la sapiencia de su autor, para concluir con una frase apodíctica: No se puede entender a José Martí sin haber leído esa obra.
 De manera que con todo lo que yo había leído a Martí desde la infancia, debía encontrame con aquel ejemplar, si quería penetrar en el intrincado bosque de su papelería.  Pero aquel tesoro, me advirtió Montero, era como encontrar una aguja en el pajar bibliográfico cubano.
 Mi interlocutor debió  percibir una angustia muy grande en mis ojos,  para descuidar la vigilancia que montaba sobre aquel privilegiado patrimonio:
  -Yo tengo un ejemplar. Haré una excepción con usted. Se lo voy a prestar.
Dicho y hecho. Lo acompañé hasta su casa, en el centro de la ciudad, y extrajo del rico manantial de su biblioteca la perla escrita que extendió a mis manos. No hay que decir la conmoción que  despertó en mí  la esplendidez con que el profesor me hizo el  préstamo,  que prometí devolver tan pronto llegara a la última página.
 En cuanto entré a mi casa, en Manzanillo, abrí el libro y, como siempre, antes de una lectura detenida, fui saltando entre sus hojas, deteniéndome en una frase, en una palabra, deslumbrándome con los matices multicolores con que los símbolos martianos saltaban a mis ojos. Entonces regresé a la nota preliminar y comencé a leer, como Dios manda. Me adentré en el simbolismo literario, en la teoría simbólica de Martí y comprendí que no había sido exagerada la afirmación del maestro bayamés.
 A duras penas me aparté de las páginas de Símbolo y color…, para atender mi labor de profesor en la Universidad Pedagógica y hacer malabarismos inimaginables para conseguir que mi familia no se acostara sin comer, en aquellos años difíciles que a alguien se le ocurrió llamar ‘período especial’. En fin,  debía interrumpir la lectura con más frecuencia de lo deseado. 
Entonces ocurrió lo inexplicable: llego una tarde a mi apartamento y no encuentro, por ningún lado, el más mínimo rastro de Símbolo y color... Busqué una y cien veces,  no hubo gaveta que no fuera virada al revés, ni esquina sin recibir la más completa inquisición. Pero al libro se lo tragó la tierra. Maldije, grité, amenacé, ante todos los que acostumbraban visitarme. Cuando agoté todas las vías de la racionalidad, fui a casa de un médium, por si en estado de trance lograba que algún espíritu le transmitiera una señal. Pero esta vez el vidente se quedó corto, los amigos juraron inocencia con los dedos cruzados y mi esposa estuvo a un palmo de enloquecer.
 Esperé más de un mes para decirle la verdad al propietario del libro. Me costó mucho trabajo llegar hasta su casa, tocar a su puerta, verlo aparecer.  Como con los tragos amargos,  lo apuré sin rodeos.
 -Vengo a decirle que me robaron el libro.  Se quedó sin palabras. Me miró de arriba a abajo, como preparándose para embestir. Los labios le ­temblaron y sus ojos se achicaron al mirarme de frente. -No lo puedo creer-, es lo único que dijo.  Abrió la puerta y en la aridez de su adiós vi desaparecer los primeros granos de una incipiente amistad.
 Lamenté no haber terminado de leer el libro, pero mucho más percibir que el profesor Montero no creyera en la historia del hurto. Cuando volví a verlo en alguna calle de Bayamo, mi reacción fue cambiar de acera.   Anduve detrás de un ejemplar del libro de Schulman por toda la Isla. A los libreros que se concentraban cerca del Palacio de los Capitanes Generales, en La Habana Vieja, les ofrecí cifras desorbitadas si lograban conseguírmelo.
Pedro Pablo Rodríguez, Gabriel Cartaya e Ivan Schulman
 Cuando ya me estaba acostumbrando a vivir con aquella deuda de honor, me invitaron a un ciclo de conferencias sobre José Martí, en la Universidad del Sur de la Florida.  La carta de invitación estaba firmada por Michael  Conniff, entonces director del Centro de Estudios de América Latina y el Caribe de esa institución. Pero mi mayor alegría,  al llegar,  fue saber que el organizador de aquel evento, allí presente,  era Ivan A. Schulman. Nunca había visto una fotografía suya  e imaginaba que, si vivía, debía tener una edad muy avanzada, porque un libro de tanta sabiduría, publicado cuarenta años atrás, debía pertenecer a la madurez de su autor. Pronto comprendí mi error, cuando él  me comentó haberlo escrito en su primera juventud, con lo que vine a ratificar que los genios, como Martí, dan muestras de su brillantez desde las primeras palabras.
 Al entrar en la sala del evento, pregunté por él y alguien me lo señaló. Estaba en la mesa de presidir. Al oírlo hablar, mi primera impresión se correspondió con la elevada opinión que tenía de su libro. Agradable, locuaz, inteligente, comunicativo, vivaz, ágil, estuvieron entre los primeros adjetivos de mi apreciación. 
 En el primer receso me acerque a él, facilitada mi osadía al apreciar la sonrisa y expresión afectuosa con que saludaba a todos. Al presentarme, no le hablé de mí. Le hablé de Víctor Montero, gracias a la delicadeza con que me dispensó parte de su tiempo para oír la anécdota alrededor de su libro. Le conté, haciendo un esfuerzo de síntesis, quien era el ilustre bayamés y, conmovido por su atención, me atreví a insinuarle la felicidad que recibiría(mos) con un ejemplar.
 Cuando me preguntó a qué dirección podría enviármelo,  sentí el cielo abierto. Pero la sed que despierta la cercanía con la grandeza es insaciable y me atreví a solicitarle una dedicatoria para el martiano que tanto le admiraba. Entonces me dijo,  con una sencillez y bondad sin límites:
-También voy a incluir un ejemplar para ti.
 Antes de las dos semanas, vi que el cartero dejó una pequeña valija en la dirección donde yo me hospedaba. Al ver que procedía de San Agustín, agradecí a todos los dioses por tanta bendición. Abrí el primer ejemplar y leí:  A Víctor Montero, con un saludo cordial de Ivan Schulman.  Y el siguiente, con igual cordialidad, a mi nombre, ambos firmados el 30 de julio de 2001.
Al regresar a Cuba,  fui inmediatamente a Bayamo. Nunca había recorrido sus calles con tanta emoción. Toqué a la puerta de Víctor Montero,  con un nudo en la garganta. Abrió y al responder asombrado a mi saludo, me oyó con toda claridad:
 -Vengo a entregarle un regalo que le envía Ivan Schulman. 
Incrédulo, abrió el libro y en la primera hoja vio su nombre, junto al saludo y la firma.  Me abrazó con lágrimas en los ojos, sin palabras para conjugar los dos sentimientos que pugnaban  por un espacio en la exquisitez de su alma: la recuperación de Símbolo y color en la obra de José Martí,  junto a la corazonada fiel de que alguien en quien confió no le había engañado.   

viernes, 25 de marzo de 2016

El embrujo del primer verdor

Por Gabriel Cartaya
                                                                                                                                            Para Yeyé

  En el preámbulo del sueño, comenté anoche a mi novia –nombre que persiste a los 30 años de casados–, que aún no había elegido el tema del que hoy debía escribir para la columna Líneas de la memoria. Entonces dijo, como para salir del paso: Pues escribe de la primavera, que estamos a 21 de marzo.
  Entonces comprendí que hoy nos levantaríamos con el alba primaveral, inaugurando la estación del año más bendecida de los dioses, mitos, leyendas y esperanzas consagradas a ella en el curso verde de la humanidad.
    El frío del invierno cede al estallido de la luz y la metáfora de la plenitud vuelve a resplandecer, cumpliéndose cada año la alegoría mitológica de los antiguos griegos, cuando Hades permite a la joven Perséfones abandonar una breve temporada el averno donde la mantiene cautiva, para que acompañe a la madre –Deméter, diosa de las cosechas–, momento en que los campos volvían a florecer.
   La primavera es hermosa desde su construcción semántica, al nacer con la suma de las voces primer y verdor. Astronómicamente, su equinoccio se produce entre el 20 y el 21 de marzo en el hemisferio norte, para finalizar con el solsticio de verano el 21 de junio. Mientras, en el hemisferio sur se marca entre el 21 y el 23 de septiembre, extendiéndose hasta el 23 de diciembre. Hay todavía otra región, la intertropical del hemisferio sur, donde la primavera se registra desde el 23 de septiembre hasta el 21 de marzo.
"La primavera" (1479), obra de Sandro Botticelli
  Pero a pesar de sus variaciones espaciales, técnicas, climáticas o circunstanciales, lo cierto es que su impacto ha marcado a todas las culturas, al identificar  esa etapa del año con la renovación, la juventud, el florecimiento, tiempo en que cada quien alcanza a vivir “en la flor de la vida”. Seguramente, no hay otra estación del año con mayor presencia en la literatura, la pintura y en todas las expresiones del arte, que ésta en que el nacimiento del sol se ha desplazado del sudeste al este, para caer a las doce horas hacia el oeste.
  En la mitología de los egipcios, es en primavera cuando Isis consigue resucitar a su esposo Osiris, para que en la luna llena inmediata a su equinoccio pueda embarazarla. También es la estación cuando el pueblo judío se libera de la esclavitud en Egipto, en el mes del Nisán o del “primer brote”,  consagrada en la actualidad a celebrar la Pascua que coincide con la luna llena que sigue al equinoccio,  cuando se incorporó la conmemoración de la resurrección de Cristo, a partir del domingo posterior a esta luna.
  Los celtas guardan un ritual para recibir la primavera, que dice: “Ahora expulso de mí las tinieblas del invierno y del pasado y sólo contemplo lo que tengo ante mí. Me ha llegado el momento de plantar semillas tanto en el plano físico como en el mental y el espiritual”. En la India, la primavera es acogida con la fiesta a que llamam Holi, famosa por la explosión de colores intensos y su variedad de significados: el verde se identifica con la armonía, el rojo con el el amor, mientras el azul es vitalidad y el naranja ­optimismo. En Centroamérica, los rituales mayas de bienvenida a la primavera se mantienen vivos, así como en Perú la fiesta de la primavera incaica goza de una secular tradición.
  Es evidente en todas las culturas la fuerte presencia del advenimiento de la primavera, pero basta con abrir la ventana de nuestra habitación al amanecer, para sentir con el asalto de la luz matinal un aire nuevo, el reverdecer de las hojas que nos rodean, el trinar de los pájaros atentos a la renovación del follaje, el murmullo de la tierra abierta a la siembra, la purificación del agua, toda la naturaleza equilibrando los sentidos en la poética que todas las alegorías de la primavera  expresan en cada renacer.
  Los poetas han sido pródigos ante los encantos y símbolos que nos regala esta temporada. Pablo Neruda, Premio Nobel de Literatura, le dedicó un extenso poema titulado “Oda a la primavera”, que aquí pueden volver a leer:
Primavera
temible,
rosa
loca,
llegarás,
llegas
imperceptible,
apenas
un temblor de ala, un beso
de niebla con jazmines,
el sombrero
lo sabe,
los caballos,
el viento
trae una cara verde
que los árboles icen
y comienzan
las hojas
a mirar con un ojo,
a ver de nuevo el mundo,
se convencen.
Todo está preparado,
el viejo sol supremo,
el agua que habla,
todo,
y entonces
salen todas las faldas
del follaje,
la esmeraldina,
loca
primavera,
luz desencadenada,
yegua verde,
todo
se multiplica,
todo
busca
palpando
una materia...
que repita su forma,

el germen mueve
pequeños pies sagrados,
el hombre
ciñe
el amor de su amada,
y la tierra se llena
de frescura,
de pétalos que caen
como harina,
la tierra 
brilla recién pintada 
mostrando 
su fragancia 
en sus heridas,
los besos de los labios de claveles,
la marea escarlata de la rosa.
Ya está bueno! 
Ahora, 
primavera,
dime para qué sirves
y a quién sirves.
Dime si el olvidado
en su caverna
recibiò tu vista,
si el abogado pobre
en su oficina
vio florecer tus pétalos
sobre la sucia alfombra,
si el minero
de las minas de mi patria
no conociò
más que la primavera negra
del carbòn
o el viento envenenado
del azufre.

Primavera, 
muchacha,
te esperaba!
Toma esta escoba y barre 
el mundo.
Limpia
con este trapo
las fronteras,
sopla
los techos de los hombres,
escarba
el oro
acumulado 
y reparte
los bienes
escondidos,
ayúdame 
cuando 
ya
el 
hombre
esté libre
de miseria,
polvo,
harapos,
deudas,
llagas,
dolores,
cuando
con tus transformadoras manos de hada
y las manos del pueblo,
cuando sobre la tierra
el fuego y el amor
toquen tus bailarines
pies de nácar,
cuando
tú, primavera,
entres
a todas
las casas de los hombres,
te amaré sin pecado,
desordenada dalia,
acacia loca,
amada,
contigo, con tu aroma,
con tu abundancia, sin remordimiento
con tu desnuda nieve
abrasadora,
con tus más desbocados manantiales
sin descartar la dicha
de otros hombres,
con la miel misteriosa
de las abejas diurnas,
sin que los negros tengan
que vivir apartados
de los blancos,
oh primavera
de la noche sin pobres,
sin pobreza,
primavera
fragante,
llegarás,
llegas,
te veo
venir por el camino:
ésta es mi casa,
entra,
tardabas,
era hora,
qué bueno es florecer,
qué trabajo
tan bello:
qué activa 
obrera eres, 
primavera, 
tejedora, 
labriega, 
ordeñadora, 
múltiple abeja,
máquina 
transparente, 
molino de cigarras, 
entra
en todas las casas, 
adelante,
trabajaremos juntos 
en la futura y pura 
fecundidad florida.

viernes, 26 de febrero de 2016

Un ruiseñor y una rosa en la despedida a Harper Lee y Umberto Eco

Por Gabriel Cartaya

Hay un cuento hermoso de Oscar Wilde que se llama “El ruiseñor y la rosa”,  donde un joven estudiante se enamora de la hija de su profesor. Ante su desespero al no encontrar una rosa roja para obsequiarle, un ruiseñor, a costa de su vida, soporta el suplicio de unas espinas para que su sangre diera color a una rosa al frente de su ventana. Pero la presumida joven le rechaza, advirtiéndole que otros le ofrecían mejores regalos.

Pensé en la narración del poeta y dramaturgo británico al conocer que la muerte física de la escritora estadounidense Harper Lee y del escritor italiano Umberto Eco ocurrió el mismo día, y que en el acontecimiento se juntaban, con toda la magia de la sincronía jungniana, el ruiseñor a que dio vida eterna la escritora de Alabama y el nombre de la rosa que un nativo del Piamonte italiano hizo imperecedero.


A Harper Lee la acompañó toda la vida el embrujo de haber compartido la niñez con un niño del barrio que, al igual que ella,  se convirtió en uno de los escritores más representativos de su tiempo. Se trata de Truman Capote, vinculado a ella no sólo por los acercamientos y confesiones mutuas desde temprana edad en Monroeville, Alabama,  sino también por la presencia de él en su novela Matar a un ruiseñor, en el servicio de ella durante la investigación que permitió a Capote escribir A sangre fría, o en los continuos alejamientos y silencios cruzados entre ellos.

De alguna manera, aquella concomitancia acompañó a su nombre en la diversidad de escritos que se le dedicaron, muchas veces relegada ante el nombre del escritor que absorvió mayor atención en los titulares y que, de alguna manera, asumió el papel de la joven que en el cuento de Wilde rechaza un amor.

La sincronía, esa condición enigmática que para Carl Gustav Jung es “la simultaneidad de dos sucesos vinculados por el sentido de manera acausal”, estuvo presente en el hecho de que dos muchachos de un pequeño barrio de Alabama, atraídos por la sensibilidad hacia la palabra escrita desde sus juegos, devinieran en dos figuras cumbres de las letras de su tiempo: Harper Lee con la obra citada y Capote con A sangre fría, El arpa de hierba, Desayuno en Tiffany’s y otra gran cantidad de textos.

Sin embargo, aún con la influencia que pudo tener su desatención a la prensa, la simultaneidad de origen y obra con Capote, desplazó la atención hacia la diversidad creativa de su esquivo amigo.

A la hora de partir, otra casualidad se hizo presente, desviando ahora la atención hacia el escritor que la acompañó en el día de la muerte. Porque el viernes, 19 de febrero de 2016, también se despidió de la vida Umberto Eco, el paradigmático novelista de El nombre de la rosa. Ante la noticia de la muerte del escritor y pensador italiano que hizo de la semiótica el centro de su atención discursiva, los medios de comunicación le dieron prioridad.
Es explicable la inclinación mediática hacia Eco a nivel mundial, aun cuando compartió con la escritora estadounidense el impacto de ver trasladar al celuloide –y con mucha suerte– el destino de su obra más impactante. En el caso de Harper Lee, Matar a un ruiseñor (1960) llegó a millones de espectadores en la cinta homónima dirigida por Robert Mulligan,  alcanzando tres premios “Oscar”, mientras El nombre de la rosa, llevada al cine por Jean-Jacques ­Annaud, desató un fervor similar al que ocasinó el ruiseñor, recibiendo el premio “César” de la Academia francesa a la mejor película extranjera y una gran cantidad de laudos internacionales.

Sin embargo, a diferencia de Eco, Harper no fue –no quiso ser–  una figura mediática. Es bien conocida su determinación a no ofrecer entrevistas, a no aparecer en eventos públicos, como si el silencio fuera una exigencia de su espíritu, aún cuando su ruiseñor la desbordara al universo. Hay que recordar que su novela alcanzó enseguida el “Premio Pulitzer”, el más alto que ofrece la literatura estadounidense, al que no llegó su amigo Capote, con toda su fama.  No  alcanzo a entender si su voluntad de inadvertimiento era causal, para que una escritora de un éxito tan rotundo, leída con pasión por millones de personas, haya sido menos atendida por la crítica que cientos de autores con obras que no se le acercan en contenido ni en estilo.

Porque Matar a un ruiseñor es primeramente contenido, con una ficción nacida de la realidad. Es la observación aguda de su entorno, matizado por la desigualdad racial, discriminación de género  y la brutalidad de las distinciones sociales de su tiempo. Pero escrita con una belleza, humor, sensibilidad y humanismo conmovedores. La novela se convirtió en un lección moral y de integridad para la justicia, desde el ejemplo del personaje de Atticus Finch (con mucho del padre de la autora), quien encarna la defensa de la razón por encima del estatus del incriminado.
A pesar de los premios y la apreciación de millones de lectores*, apenas se volvió a saber de Harper Lee en más de medio siglo. Sólo el año pasado hubo una señal editorial suya, cuando de forma casi imprevista salió su libro Ve y pon un centinela.   Y ahora, para decirnos que ha muerto en una humilde residencia para ancianos, muy cerca de donde nació y escribió,  donde tal vez un día soñó ser amada por Truman. Ya adultos y con la fama de sus obras, ella volvió a estar a su lado, ayudándole a acopiar toda la información que necesitaba para su novela A sangre fría, en cuya dedicatoria aparace su nombre, pero relegado a segundo puesto, después del nombre del elegido por el autor. 

Tal vez ahora, en la noticia de la muerte, pasó otra vez a segundo plano, detrás de Umberto Eco, no sólo porque  El Péndulo de Foucalt haya arrastrado más que Ve y pon un centinela, obra tardíamente aparecida de la estadounidense, apenas un año anterior a su muerte. Y porque entre una y otra novela, sólo tres o cuatro artículos suyos fueron vistos de pasada en la prensa, mientras miles de páginas del piamontés universal pasan día a día de mano en mano,  ya como profesor, filósofo, escritor y siempre apasionante conferencista.

Con todo, la gloria es para ambos, maravillosos escritores que crecieron en la segunda mitad del siglo XX y nos acompañan en los sueños del XXI, con una escritura que se propuso desentrañar la complejidad del mundo desde una perspectiva ético-estética enriquecedora.

En el adiós a los dos grandes escritores, agradecemos la mejor sincronía, la juntura de la fuerza y la ternura en la ­cosntrucción de sus símbolos: el ruiseñor sin muerte de Lee, ave migratoria que para los celtas ejemplifica la acción de compartir y cuyo canto también nos acompaña en la noche, junto a la rosa novelada de Umberto Eco, expresión de belleza desde los babilonios y que se une, como en el cuento de Wilde,  al sacfrificio del ruiseñor por la salvación del amor.

* En una encuesta del 2006, los bibliotecarios británicos situaron la obra Matar a un ruiseñor por delante de la Biblia,  significando que es un libro que todo adulto debería leer antes de morir.

miércoles, 30 de diciembre de 2015

La celebración del Año Nuevo

Por Gabriel Cartaya

Si hay una fecha que a todos impresiona, con mayor o menor grado de entusiasmo,  es la llegada de un nuevo año. Se abre un escalón inédito en la corriente de la vida, propicio para mirar al almanaque transitado y establecer las finalidades que deben quedar abiertas a partir del primero de enero. Es común que en las tarjetas de felicitación enviadas y recibidas, en las cartas, en el intercambio oral y en las redes digitales de nuestro tiempo, las felicitaciones se hinchen de múltiples deseos,  entre los que la salud, paz, prosperidad, amor, resultan preponderantes.
Hasta hoy, no existe un patrón universal que unifique la celebración del primero de enero como día de Año Nuevo para todos los pueblos y culturas, aun cuando a los cristianos occidentales nos parezca que al comer las 12 uvas a las 12 de la noche del 31 de diciembre el mundo entero está pendiente de los buenos deseos que anidamos.
Tampoco fue en las culturas occidentals donde comenzó la costumbre, pues 2000 años antes de Cristo ya en Babilonia (hoy Irak) practicaban esta celebración, aunque en una fecha que corresponde al mes de marzo, cuando nace la primavera y se plantan los cultivos para la siguiente cosecha.
En Europa, la celebración del 1.º de enero comienza en el 153 antes de Cristo, por un decreto del Senado Romano. El propósito de la ley no era atemperar el cambio de año a una exigencia agrícola o estacional, sino corregir un calendario que había alejado su sincronía con el sol y, de paso, atender a una exigencia civil: que cada Cónsul asumiera su cargo en esa fecha. El primer mes del año recibió su nombre en honor al primero  de sus dioses (Jano), al que  representaban con doble cara, una mirando al pasado (al año viejo) y otra al futuro (al año nuevo).
Al principio, la Iglesia Católica condenó este festejo, considerándolo pagano, pero pronto se adaptó a la práctica popular, interesada en la conversión de las masas, aunque le encontró una designación atemperada a su prédica al nombrarla “Fiesta de la Circuncisión de Cristo”, asumiendo que en esa fecha hubiera cumplido una semana de nacido.
Gregorio XIII
Pero entonces el calendario oficial era el Juliano, que no ­coincidía exactamente con nuestro primero de enero actual. En realidad, la verdadera celebración del Año Nuevo, exactamente como la celebramos hoy,  comenzó hace solamente 433 años, cuando se instauró el calendario gregoriano, al ser declarado por el papa Gregorio XIII como obligatorio para todos los países católicos. Ese día, se saltaron 10 días del almanaque, pues al 4 de octubre de 1582 le sucedió el día 15 de ese mes.
A partir de entonces, se fue abandonando el recibimiento del nuevo año el  21 de marzo y las naciones europeas incorporaron y llevaron a sus colonias la nueva fecha festiva, tal y como hoy la disfrutamos.
Sin embargo, no todas las culturas iban a asumir la disposición del Papa y continuaron con su propia visión calendaria, acorde a sus propias tradiciones culturales, religiosas e históricas. Por ejemplo, para los chinos el Año Nuevo comienza entre enero y febrero, con la primera luna nueva de acuario; mientras, para los musulmanes el año se inicia con el mes de Muharram, el cual se ajusta a una cronología lunar que puede coincidir con cualquier mes del añalejo gregoriano. Los judíos, por su parte, siguen un calendario hebreo que empieza en el mes de Tisri, con el Rosh Hashaná,  el que se corresponde con  nuestro septiembre u octubre.
También persisten diversas perspectivas para considerar la llegada de un nuevo año. Si nos basamos en el ciclo de las estaciones, la interpretación es astronómica o natural y el año comenzaría hacia el 20 o 21 de marzo,  con el equinoccio en el Norte y el otoño en el Sur, momento en que el sol toca el punto vernal y la rueda de las estaciones reinicia su rotación. Esa fecha, mirada desde la antigüedad, también se corresponde con el año astrológico, porque entre el 20 y el 21 de marzo el sol toca el cero grado de Aries (punto vernal), que es el primer signo del zodíaco y de ahí comienza a  avanzar sobre los signos restantes, determinando el ciclo mensual.
A mí, particularmente, me llama la atención el componente de factura astrológica que propone  considerar Año Nuevo el día del cumpleaños personal. En realidad, es a cada año de estar sobre la tierra que cada uno de nosotros llega a un Año Nuevo. Con ello, se multiplica la fiesta, pues mientras esperamos la celebración del primero de enero con todos los cristianos de este mundo, vamos festejando el cumpleaños de hijos, hermanos, padres, amigos y cuánta gente nos llame a brindar por el maravilloso día en que le fue abierta la luz del universo.

La primera Navidad de los españoles en América

Por Gabriel Cartaya


Como todos sabemos, el 12 de octubre de 1492 llegó Cristóbal Colón al continente que habría de llamarse América. La fecha del 16 de enero de 1493, día en que el bravo Almirante echa a la alta mar las dos naves sobrevivientes –había perdido la “Santa María”– para regresar a España, es menos citada. Si ahora la llamamos a colación es únicamente para observar que la  Navidad de aquel año encontró a un grupo de españoles brindando, por primera vez, en una playa insólita del Nuevo Mundo.
Recordemos que después de avistar tierra en Guanahani (Bahamas), el navegante siguió al frente de las tres embarcaciones en que comenzaron a “descubrir” las márgenes frondosas del Caribe, pobladas de hombres y mujeres de piel aceituna y pelo lacio, a los que llamaron indios por creer que habían alcanzado los reinos de la India.
Entre el asombro y la ambición de oro, exhaltada al observar el desperdicio de tan rico metal por los nativos, llegaron a las islas mayores. El 28 de octubre se encontraron con la tierra “más hermosa que ojos humanos hubieran visto” y la llamaron Juana, nombre que nunca pudo sustituir a Cuba, como le llamaban sus taínos.
El 6 de diciembre nombraron “La Española” a la isla que hoy comparten Santo Domingo y Haití (entonces Quisqueya, madre de todas las tierras,  para sus dueños originales). El Día de Nochebuena, bordeando la ínsula, encayó la Santa María en un banco de arena. Gracias a las canoas con que los nativos le auxiliaron, pudo salvarse la tripulación. Al día siguiente y gracias al regreso de los navegantes de “La Pinta”  –se había  separado de las otras dos naves en las costas de Cuba, bajo el mando de  Martín Alonso Pinzón–  todos los hombres de Colón estaban juntos en la costa norte del actual Haití, entre la desembocadura del río Guárico y la Punta de Picolet.
Aquel 25 de diciembre de 1492, en aquella desolada franja americana, deslumbrados con la naturaleza radiante del Caribe, impresionados con aquellos hombres que pasaban frente a su vista vestidos con taparrabos y aquellas “indias” paradisíacas casi desnudas, sin saber dónde estaban ni qué sorpresas les esperaban a tantos miles de leguas de sus hogares, aquellos hombres brindaron por la Navidad. Quién sabe si en las despensas del Almirante quedaba una botella de ron cerrero, o si los taínos más avanzados le ofrecieron alguna jícara de jugos fermentados, pero seguramente levantaron algún jarro para brindar por las cosas que más necesitaban en aquel desamparo: que Dios les acompañara, que todos los Santos les cuidaran y, de paso, que las esposas, los hijos, la familia y vecinos, nunca les olvidaran.
En aquel ambiente de heroica investidura, para que los sueños de gloria y fortuna alimentados en Navidad fueran dejando una prueba material, al Almirante se le ocurrió construir la primera fortificación europea en el nuevo continente. Dicho y hecho. Mandó a sus hombres a rescatar toda la madera de la nave encallada y a lomos de canoa juntó todo el material que se necesitaba para emprender una obra de ingeniería civil. En los días siguientes aquellas decenas de marineros, junto a los nativos que seguían a su cacique Guacanagari, edificaron un fuerte que no pudo recibir mejor nombre que el de “Fuerte de la Navidad”.
Una vez asentados en aquella fortificación registrada en lengua castellana, Colón creyó que era la hora de regresar a España, a dar cuenta a sus Majestades, los Reyes Católicos Fernando e Isabel, que gracias a él, el Almirante de la Mar Océana Cristóbal Colón Fontanarossa, sus reinos habían sido extendidos más allá de todo lo conocido por hombre alguno de la tierra. Pero en el informe no podía faltar la noticia de que las nuevas tierras de Su Majestad estaban bien guardadas, pues allá dejó, en el “Fuerte de la Navidad”, a 39 guardianes españoles, mientras él retornara al mundo descubierto con el dictámen de la Corona: (...)que vos el dicho Cristóbal Colon, dempues que hayades descobierto e ganado las dichas islas e Tierra-firme en la dicha Mar Océana, o qualesquier dellas, que seades nuestro Almirante de las dichas islas e Tierra-firme que ansi descobriéredes e ganáredes, e seades Nuestro Almirante e Virrey e Gobernador en ellas”.
Las Navidades del año siguiente, 1493, encontrarían al Almirante otra vez en La Española. Para entonces ya la penetración europea en América estaba marcada por la violencia. Habían muerto algunos cristianos en el enfrentamiento con los aborígenes y le acababan de incendiar su prístina fortificación de madera. En esos días estaba dando los primeros pasos para fundar otro asentamiento más al este, al que llamaría “La Isabela” en consideración a la atrevida Reina. A más de 6 mil kilómetros de su casa y con tan incierto futuro, no creo que las segunda Navidad, lejos de lo suyo,  fueran muy felices para Cristóbal Colón y su cohorte.

viernes, 13 de noviembre de 2015

En defensa de la conversación
Por Gabriel Cartaya


La costumbre de conversar es tan antigua como el hombre. Seguramente en nuestros antepasados homínidos el primer diálogo se produjo frente a la fiera que debían cazar para alimentarse, al transmitirle uno al otro la efectividad de una piedra puntiaguda. Los científicos han encontrado evidencias de que hace más de dos millones de años se produjeron formas de comunicación que entrañaban una enseñanza y que de aquellas proto-lenguas devendría el lenguaje humano.

"Conversación en un parque",
obra de Thomas Gainsborough
  En los ya miles de años de civilización humana, la conversación entre las personas ha significado el centro de la vida en sociedad, desde la familia hasta las relaciones universales modernas. Sin embargo, por primera vez, se comienza a desplazar la atención hacia una voz grabada en una máquina. Hasta en reuniones sociales tan propicias para conocernos unos a otros a través del diálogo, como es una fiesta, hoy te encuentras a muchos con el teléfono celular prendido del oído y sólo emiten una frase corta cuando son interpelados por alguien.
      La actitud de prestar mayor  atención a un artefacto que a una persona, la he encontrado al visitar amistades. Alguien de la nueva generación ha estado tan ensimismado con el celular o un IPod, que ni siquiera ha movido el rostro para saludar, mascullando un monosílabo sin levantar la vista. Claro que le corta al visitante la intención de preguntarle cómo está.
 Es verdad que el caudal de información disponible en Internet, en sus redes sociales y en  la telefonía móvil, es asombroso y productivo, si se sabe utilizar. Lo triste es que nos vaya haciendo cada vez más solitarios. Todavía unas décadas atrás la familia se sentaba completa alrededor de la mesa y el diálogo de sobremesa unía a todos. Era común la existencia de un televisor en la sala, donde todos se sentaban a disfrutar determinada programación. Hoy, con el triunfo de la tecnología multiplicada, puede que cada uno de los hijos esté frente a su propio televisor, en su cuarto, la madre con el suyo en el comedor, el padre en otra sala y los abuelos, con el mayor peso de la soledad, sin nadie a quien contarle los tiempos idos.
También es cierto que la vida ha alcanzado una dimension diferente de la velocidad, a partir de la lluvia interminable de oferta digital. Los compromisos de estudio, trabajo y otros deberes se mezclan con el afán constante de actualización tecnológica y el dispositivo que aprendimos a usar ayer es caduco mañana.
Con todo, hay que encontrar el tiempo de conversar. No creo, como Truman Capote, que sean escasas las buenas conversaciones,  “debido a la escasez de posibilidades de que dos transmisores inteligentes se encuentren”. Porque la calidad del diálogo entre dos o más personas no está en el coeficiente de inteligencia y conocimientos de cada interlocutor, sino en la sinceridad con que se mira y se oye al ser humano que siempre tiene algo que decir.
 Hay un libro interesante que pone el índice en el equilibrio posible entre la posibilidad y riqueza de conversar y las amenazas de la digitalización a esta práctica humana. Se llama Conversación, y en él su autor, Theodore Zeldin, considera que la tecnología, en vez de dañarlo, está llamada a ser un estímulo para el diálogo familiar, de amistad, laboral, o amoroso. 
 Este pensador, convencido de que “dos individuos, conversando con honestidad, pueden sentirse inspirados por el sentimiento de que están unidos en una empresa común con el objetivo de inventar un arte de vivir juntos que no se ha intentado antes”, ofrece diez sugerencias interesantes que contribuyen a la conversación:
1. Aunque estemos convencidos de que el otro está totalmente equivocado, en lugar de discutir es aconsejable cambiar hábilmente de conversación. Es absurdo pretender que los demás estén siempre de acuerdo contigo.
2. Nunca hay que interrumpir ni anticiparnos a la historia de nuestro interlocutor. Saber escuchar es la regla dorada del buen conversador.
3. Evitemos poner cara de fatiga durante el discurso de otra persona, así como distraernos con otra cosa mientras está hablando. Cecil B. Hartley mencionaba como los más nocivos “mirar el reloj, leer una carta u hojear un libro”. El equivalente actual sería la irritante costumbre de mirar el móvil.
4. La modestia nos ahorrará muchas antipatías. No hay que exhibir conocimientos, méritos o posesiones que hagan sentir a los demás que se encuentran en inferioridad.
8. Nunca hay que señalar ni corregir los errores en el lenguaje de los demás, aunque sean extranjeros, ya que se sentirán humillados por la observación.
9. No hay que ofrecer asistencia o asesoramiento, a no ser que nos hayan pedido consejo expresamente.
10. El elogio excesivo crea desconfianza.
       Si, como escribió el  lexicógrafo Ludwig Koehler “el habla humana es un secreto, un don divino, un milagro”, por qué desestimamos esta riqueza espiritual cuando nos es regalada cada día su posibilidad.
Publicado en La Gaceta, el 13 de noviembre, 2015

viernes, 6 de noviembre de 2015

En Tampa también habitan los fantasmas

Por Gabriel Cartaya

 Si una fiesta estadounidense tan popular como Halloween tiene en los fantasmas un lujo de representación simbólica, es porque en lo profundo del imaginario colectivo subsiste el impacto que nos han transmitido las historias de seres sobrenaturales, las que desde tiempos inmemoriales nos vienen acompañando.
 No hay ciudad sin ingredientes mitológicos o legendarios y en su constructo tienen un espacio preferente los cuentos de muertos y aparecidos. Siendo maestro de montaña en mi primera juventud, tuve la experiencia de caminar cientos de kilómetros en la Sierra Maestra, Cuba, y en esas travesías escuché decenas de historias relacionadas con esos seres inasibles que habitan la noche. Muchas veces, después de largas conversaciones pobladas de fantasmas, debía transitar un largo camino en la oscuridad, atravesando la curva, el río o frente al árbol, donde alguien había visto la aparición. Lo insólito  es que más de una vez, al pasar por el sitio indicado, el caballo en que montaba tuvo reacciones sorprendentes, como resoplar, poner las orejas de punta, desviarse o incluso negarse a caminar.
Cuando unos años después, en las costas del Guacanayabo, conversaba con hombres de mar, se repetían estas anécdotas, adecuadas a su entorno particular: ahora una mujer  vestida de  blanco  que aparecía en la noche, no montaba a caballo, sino en un bote, y lo mismo podía perder al pescador que iluminarle el camino de regreso.
 Hay un libro excelente que relata decenas de cuentos de  muertos y aparecidos, escrito por el notable historiador y antropólogo cubano Samuel Feijóo. Se llama Mitos y leyendas en Las Villas y entre sus descripciones recuerdo la del taxista que se detiene al anochecer, para llevar a una mujer vestida de blanco que le ha hecho una señal de pare.
 Cuando ella se desmonta frente a la casa que ha apuntado, le pide esperar un segundo, que saldrá a pagarle. Pero pasan algunos minutos, el taxista se inquieta y decide tocar a la puerta. La señora que abre se muestra asombrada con la solicitud, pues a su casa no ha entrado nadie. Entonces, el chofer ve la única fotografía que aparece en la pared y exclama triunfal: -Sí, señora, es la misma joven que está en el retrato. –Es mi hija– respondió la mujer–, hace ocho años murió en un accidente, ¿dónde usted dice que la recogió?
Un taxista de México, años después, le contó un suceso similar al escritor Gabriel García Márquez y no dudo que en muchas ciudades del mundo esté recreada la misma aparición.
Tampa, claro está, tiene sus propios fantasmas. Hay una hermosa mujer rubia que aparece en las noches nebulosas del puente Sunshine Skyway. Muchos han contado que  ha subido a su vehículo y a los pocos instantes desapareció por la ventanilla. Casi siempre ocurre cuando el chofer viaja solo, pero un matrimonio de Sarasota ha contado que les acompañó, sentada en el asiento trasero, donde comenzó a llorar, confesando que el puente le daba mucho miedo. Ambos se miraron asustados y cuando se atrevieron a girar el cuello hacia atrás, el asiento estaba nuevamente vacío. Después recordaron que unos años atrás,  el 27 de diciembre de 1996, en este lugar se produjo un enorme accidente que implicó a una gran cantidad de carros, pero sólo ­murió una mujer rubia. Tal vez la mujer que dejó ensimismado al pescador Tato Palacios en el ­Skyway una madrugada, haciéndole perder la ilusión de que fuera real cuando desapareció en un relámpago de sus ojos, era la misma que montó en el auto del matrimonio sarasotano.
 Es famosa también una hermosa casa a la orilla del mar, en Bradenton Beach, que llevaba años deshabitada cuando fue adquirida por un matrimonio de apellido Thomasson. Pero enseguida comenzaron a observar comportamientos extraños: el sobre que el cartero dejaba en el buzón aparecía en el segundo piso,  se rompían valiosos objetos de vidrio sin nadie tocarlos, las luces que apagaban se volvían a encender. Cuentan que el matrimonio decidió llamar a un médium, a quien el espíritu le transmitió que su nombre era Estrellita y que había muerto en la bahía cuando naufragó el barco en que viajaba desde Boston, ilusionada para casarse. Todavía algunos ancianos del lugar rememoran la historia de una muchacha que venía de Massachusetts a contraer matrimonio y  falleció en el mar cuando estaba casi al llegar a Tampa. Lo curioso es que la recuerdan con el nombre de Little Star.
 El teatro de Tampa, en la calle Franklin, tiene su propio fantasma, que ha sobrevivido a su restauración de 1970. Un proyeccionista llamado Foster Fink Finley murió en su cabina de trabajo, de un ataque al corazón, cuando estaba proyectando una película. Desde entonces, muchos operadores del proyector en esa sala han comentado las cosas raras que ocurren en el lugar: la puerta se abre o se cierra sin que nadie esté cerca, se ha interrumpido la proyección porque un ruido inesperado no dejó oír la terminación del  rollo, determinados objetos se trasladan de lugar sin explicación. Algunos empleados de limpieza, estando solos alrededor de la media noche, han sido tocados en el hombro por detrás. Otros han visto una figura humana moviéndose entre las butacas o han sentido quejidos inexplicables. Nada, que algún espectro ha asistido más de una vez a una película de fantasmas.
 Hay más fantasmas en la ciudad, pero son tantos, que no caben en tan breves cuartillas. De todos modos, si saben de alguno, me lo cuentan a través del email: gcartaya@lagecetanewspaper.com