jueves, 2 de junio de 2016

Miguel ­Barbarrosa, el médico de José ­Martí en Tampa

Por Gabriel Cartaya

No se sabe mucho sobre el Dr. Miguel Barbarrosa y Márquez, médico cubano que vivió en Ybor City a finales del siglo XIX, durante los años gloriosos en que, en medio del propio crecimiento de este barrio y el de West Tampa, se estuvieron realizando los más grandes esfuerzos por la independencia de Cuba. Decenas de nombres afloran al pensar en aquella época heroica. Cuando se mira en el tiempo hacia este espacio poblado de cubanos, españoles, italianos, estadounidenses,  entregados al completamiento de la independencia americana, el respeto se vuelve admiración.
Y si en alguna conversación ocasional emerge el nombre de José Martí y se recuerdan sus pasos fecundos por las calles de Tampa, inevitablemente se menciona a Carbonell, a Rivero, a Figueredo, a Ruperto y Paulina Pedroso. Muchas veces, el diálogo se enriquece con anécdotas que pasaron de generación en generación y hoy están cuidadas en la escritura. Una de las más repetidas relata el momento en que alguien atentó contra la vida de Martí. Entonces, casi siempre se habla de Paulina, por el desvelo con que ella y su esposo Ruperto  Pedroso le cuidaron en su casa, donde le dieron hospedaje seguro. En medio de esta anécdota, a veces aparece el nombre del médico que le atendió. Así es cuando asiste Emiliano Salcines a la conversación, o alguien que, como él, se apasiona con las huellas de la historia. Allí se recuerda a Barbarrosa, el galeno que atendió a Martí en Ybor City cuando le brindaron una copa de vino que contenía veneno.  
Su nombre era Miguel y, al igual que Martí, nació en La Habana, hacia 1849. En su ciudad natal se graduó de Bachiller en el Instituto de Segunda Enseñanza, donde debió coincidir con alguno de los estudiantes de medicina asesinados en 1871. Al terminar este nivel de estudios se trasladó a Estados Unidos, donde se graduó de doctor en Medicina y Cirugía. Después se mudó a Francia, residiendo un tiempo en París, lugar en que ejerció su profesión.
De París regresó a La Habana, pero volvió a tomar el camino de la emigración, eligiendo a Tampa como destino. Debió ser hacia 1890 que el Dr. Barbarrosa se instala en Ybor City, donde viven algunos miles de cubanos y ya hay decenas de profesionales prestando sus servicios en una comunidad que crece con rapidez. 
Es por la pluma atenta de Martí que conocemos algunos detalles sobre Barbarrosa, por quien llegó a sentir una sincera amistad.
 Considero que Barbarrosa debió conocer a Martí desde la primera visita de éste a la ciudad, en noviembre de 1891. Unos días antes de sufrir el intento de envenenamiento –incidente ocurrido el 16 de diciembre de 1892– le ha escrito desde Cayo Hueso. La carta está fechada el 12 de noviembre de 1892 y le expresa:
“Acaso mi amigo Barbarrosa, y el alma exquisita y ferviente de su compañera, hayan sido injustos, por falta de cartas de agradecimiento, con el viajero cuyas ansias y soledades ha alegrado más de una vez, y muchas veces,  el recuerdo del entusiasmo, de la ternura, de la lealtad, y del amor que he visto en su casa. Se habrán engañado, y allá voy a decírselo, con el cuerpo a medio deshacer, pero con más patria, con un beso en la frente pa. el niño y en la frente pa. la compañera, y con el corazón agradecido y hermano de,  su J. Martí”.
Hay cuatro cartas de Martí a Barbarrosa, que no aparecieron en las diversas ediciones de sus Obras Completas, pero fueron incluidas en el Epistolario que durante años de paciente búsqueda y estudio preparó Luis  García Pascual  y la Editorial de Ciencias Sociales publicó en La Habana, en 1993.  En esas cartas conocemos el hogar de Barbarrosa, a su esposa y pequeño hijo –René–, así como el cariño con que recibían al sensible amigo cuando llegaba de Nueva York o  regresaba de Cayo Hueso.
La segunda carta a Barbarrosa Martí la envía desde Nueva York. Su médico en la gran urbe es el Dr. Miranda, a quien le dio a conocer lo ocurrido en Tampa y le mostró el tratamiento médico prescripto. En esta carta le cuenta con orgullo a Barbarrosa que Miranda “aprobó absolutamente y con gran elogio, toda la medicación de Ud., que continúa él aquí; por cierto que no quiso irse sin su dirección”.
Con suma delicadeza, le cuenta que, aunque sigue convaleciente, ha mejorado. “Yo, ya al trabajo, entre el sofá y la silla: la mente se me ha vuelto a enflorar, de toda la virtud que he visto por ese mar azul, y en lo que toca a Ud. parte mayor: estoy,  por lo que hace a mente, echando chispas, pero le prometo no salir al frío hasta que tenga cuerpo”.
Delicadeza de amigo y de paciente, porque en la virtud encontrada por “ese mar azul”, Barbarrosa tiene “parte mayor”, y debió aconsejarle con mucha fuerza el cuidado de sus pulmones maltrechos, para despertarle la promesa de no salir al frío.
Casa de Ruperto y Paulina Pedroso -Ybor City, Tampa-,
donde el Dr. Barbarrosa atendió a José Martí
La tercera carta es del 18 de febrero de 1893 y la escribe desde Fernandina, de donde seguirá hacia Tampa. “Yo me callaba la sorpresa, pero quiero darme el gusto de saber que los he hecho pensar en mí desde hoy, antes de que me vean, camino del Cayo…”. Se queja porque no lleva consigo un carrito de juego a René,  una siempreviva a la madre y un libro al amigo, y con fino humor se disculpa: “Recíbame mal, si lo merezco, y crea que no tiene amigo más tierno, ni cliente más inútil, que su,                                                                                                                                José Martí”.
La última carta conocida de Martí a Barbarrosa la escribe en Nueva York, el 9 de mayo de 1894, en medio de su incesante ajetreo. En ella le confiesa que lo considera parte de su “íntima familia, de aquella en que sólo entran las almas de absoluta limpieza y desinterés”.
Es una lástima que el epistolario martiano no se haya completado con las cartas que él recibía. Cuánto nos servirían esas epístolas que le fueron escritas para entender la estimación que le rodeó. Las de Barbarrosa deberían estar entre ellas, porque mucho debieron significar a Martí para que le confesara: “De sus cartas sí le he de decir que me fueron un premio muy dulce, en días en que,   con todo el poder de mi humildad y mi moderación echaba acaso las bases de esa cara república de Cuba”.
Si sólo supiéramos del Dr. Miguel Barbarrosa por haber sido destinatario de unas cartas sinceras y hermosas del Apóstol, sería  suficiente para recordarle. Pero cuando apreciamos que contribuyó a su cuidado físico y espiritual y mereció ser visto por Martí como de su familia, comprendemos que esas cualidades debieron corresponderse con una atencióm exquisita, como médico y ciudadano, a la comunidad de Ybor City a fines del siglo XIX. Entonces, en la lista de médicos distinguidos que pasaron por esta ciudad, debe inscribirse también el del Dr. Miguel Barbarrosa. 




 







jueves, 12 de mayo de 2016

Hugo Suárez, Maestro de su pueblo

Por Gabriel Cartaya

 El pasado 4 de mayo, en un pequeño pueblo situado en el oriente cubano, se apagó la vida física de un verdadero Maestro. Con más de noventa años, Hugo Suárez se mantenía erguido, sonriente, con un libro en la mano, tan atento a la última noticia editorial como a la voz solícita de cada hijo de Niquero.
 Saludarle al verlo asomar en la puerta de su casa, ha sido común en todo niquereño. Adiós, Maestro; Maestro, ¿cómo está?  brotaron como voces del pueblo, en labios de profesores, pescadores, bodegueros, poetas, camioneros, amas de casa, oficinistas, zapateros. A diario, muchos se detenían un momento, a preguntar la opinión suya sobre la última noticia, o para aclarar un dato, una fecha, una curiosidad de la historia, una anécdota, un nombre olvidado, el origen de un apellido, muchas veces para dirimir una polémica con un vecino, al que se podía regresar con la carta de triunfo: lo ha confirmado Hugo Suárez.
   Otras veces, la visita se extendía a horas de rica conversación, al amparo de su vasta cultura, ya sentados en la pequeña sala, ya de pie al lado de los libreros repletos, hasta salir a la acera a retardar la despedida. Porque a la casa de Hugo Suárez ha llegado  cuanto escritor, historiador, maestro, investigador y, esencialmente, cuanto apasionado lector ha tenido Niquero,  aun de visita, en las últimas cuatro generaciones.
  En este cálido núcleo urbano, ningún preceptor ha tenido un reconocimiento popular tan legítimo como Hugo Suárez. Sin embargo, por esas paradojas que se pierden en el zoon politikón aristotélico, el maestro fue apartado del aula. Ocurrió en la década de 1960, cuando a la dirigencia política municipal  llegaron las primeras ventiscas de una tormenta que azotaría  a las prácticas religiosas de la isla. Suárez ejercía entonces como profesor de Matemáticas en la Secundaria Básica “Arturo Pacheco”, la única del pueblo. Era, y fue siempre, miembro de la Logia Masónica, como lo fueron en su tiempo Carlos Manuel de Céspedes, Antonio Maceo y José Martí, de quienes tanto heredó.
  En aquellos días, cuando ocultarse a rezar fue para muchos creyentes una artimaña protectora del empleo, Suárez no escondió a su Dios. Lo despidieron de la docencia.  Después encontró trabajo en el central azucarero, en el departamento de transporte. Anotar los números de las placas de los camiones que entraban y salían, con pesos y volúmenes de carga, vino a sustituir a los logaritmos, raíces cuadradas y geometrías que el profesor enseñaba, enriquecidas sus lecciones con la reflexión, ética y cultura general que los jóvenes requerían para su formación.
Hoy nadie recuerda el nombre de quienes firmaron aquel despido injusto y dañino, hace ya cinco décadas. Quién sabe el número de firmas similares, repetidas en decenas de municipios del país, que apartaron de las aulas a maestros ejemplares, porque el horario dominical de la iglesia no lo dedicaron al trabajo voluntario, ni desmontaron la imagen de Jesús en las paredes de su hogar. Pero no es necesario hurgar en los archivos, ni prestaría algún servicio saber a quién correspondió informarle al profesor Hugo Suárez que no podía seguir ejerciendo la profesión que tanto amaba.
 Lo que importa saber, lo que sabemos, es que Hugo Suárez siguió siendo Maestro, ahora con mayúscula. Los que entonces fueron sus discípulos –muchos ya jubilados- han contado una y otra vez  a los amigos, a los hijos, a los ­nietos, el orgullo de haber sido discípulos suyos. Los que no asistieron a sus clases, porque crecieron después o llegaron a Niquero cuando ya él no estaba en el aula, fueron en búsqueda de lecciones a su hogar, de donde era común salir con un libro prestado. En esa lista me encuentro, porque llegué a Niquero en 1971, nombrado, con 20 años, profesor de la Secundaria Básica donde Hugo había ya dejado de educar.
 La primera alusión que tuve de Suárez –como cientos de referencias después–  se relaciona con los libros. Todo niquereño al que le recomendaban leer un libro, si no lo encontraba en ninguna parte, se dirigía a la casa del Maestro, como todos le empezaron a llamar. Mi primera tentativa fue con La Tournée de Dios. Mi amigo Valentín Gutiérrez me contó que era para partirse de la risa el finísimo humor con que Enrique Jardiel Poncela  había novelado la llegada final de Dios a la tierra. -¿Pero dónde encuentro ese libro?, le pregunté. Entonces me habló de Hugo, quien había sido su profesor, y me acompañó hasta su casa. Hablamos de Jardiel Poncela, de quien tenía –y me prestó–  La Tournée...,  pero también Amor se escribe sin hache, Espérame en Siberia, vida mía y otros, que después fui buscando y devolviendo, hasta quién sabe cuántas decenas de visitas, libros y autores.
   Más fecundo que entrar a una biblioteca, fue siempre  llegar a casa de Hugo a buscar, devolver un libro, o simplemente a conversar. Porque, en todos los casos, la visita se enriquecía con su comentario agudo sobre el último libro llegado a sus manos, con la vivacidad de su mirada inquisidora y con la sonrisa ampliada de compartir –como verdadero Maestro– el conocimiento sobre los más disímiles campos de la historia, la literatura, la filosofía, la ciencia, y los temas eternos de la indagación humana.
Seguramente en todos los lugares sobresale un educador, cuya certificación y trascendencia desborda los diplomas y nombramientos, al superar los cánones temporales de la norma impuesta.  En Niquero se distingue a Hugo Suárez como Maestro y ganar esa consideración en el lugar donde al hombre le toca vivir –por pequeño que sea– alcanza significado universal.
Que descanse en paz, y llegue a su alma pura el sentimiento de todos los hijos del pueblo que le llamó Maestro.

lunes, 9 de mayo de 2016

Converso con la autora de Esperando en la calle Zapote

Betty Viamontes se dio a conocer en el espacio editorial a través de la novela Esperando en la calle Zapote, que tiene mucho de autobiográfica. Sin embargo, la lectura de la obra no es suficiente para descubrir que la autora constituye un vivo ejemplo de los enormes valores con que una persona de procedencia hispana es capaz de insertarse en la sociedad estadounidense, crecer en ella y retribuir con creces los beneficios recibidos.

En Viamontes hay una multiplicidad de comportamientos enaltecedores de la mujer y, en esencia, de la condición humana. Pero en esta entrevista quiero deneterme en algunos que, complementádose, trazan  rasgos sobresalientes que afloran en su obra literaria y extraliteraria. Entre ellos, la fortaleza de los lazos familiares, la tenacidad en el crecimiento profesional, el ingenio en desentrañar la realidad circundante y la sensibilidad en la reinvención literaria de su propia experiencia, motivan las interrogantes que le propongo.

Llegaste a Estados Unidos siendo niña, recuperando entonces la unidad de una familia quehabía sido fragmentada con el exilio. ¿Cómo influyó en tu formación esa experiencia?

Mi madre llegó a este gran país llena de sueños, pero cuando una pareja está separada por tantos años es difícil recomenzar. Quería mucho a mi padre. Él era una persona feliz, de buen corazón, pero afectado por el vicio, y esa es una fuerza destructiva. Me fui de mi casa a los 18 y comencé mi vida con mi esposo.  Meses después nació nuestro hijo. El pasar trabajo, primero cuando mi padre se fue de Cuba, el crecer sin padre, el ser testigo de la vida de sacrificio de mi madre, y después el ser arrancada de todo lo que conocí a los quince años para empezar una nueva vida en un lugar extraño y sin saber el idioma, fueron eventos que me dieron una gran fuerza para luchar. Yo venía de la nada. Mi madre siempre me enseñó sobre las recompensas del esfuerzo y el sacrificio. Esos principios me empujaron a alcanzar nuevas alturas, a nunca dejar que los problemas me definieran. 
Betty con sus padres y hermanos, antes de salir de Cuba
 
          
Procedes de una familia que llegó a Estados Unidos sin recursos económicos, como la mayoría de los inmigrantes. Sin embargo,  alcanzaste una formación universitaria y eres hoy Administradora de Finanzas en el Hospital General de Tampa. ¿Cómo valoras ese ascenso profesional?

Este ascenso fue el resultado de años de sacrificio y perseverancia, trabajando de día, estudiando de noche, durmiendo pocas horas. Quería sacar a mi hijo adelante y ayudar a mis padres. Esas fuerzas me empujaban y también el recuerdo de lo que es no tener nada. También quería viajar por el mundo. Cuando vivía en Cuba sentía que vivía en una cárcel donde no nos dejaban salir. El viajar me da alas y me hace sentir inmensamente libre. He documentado muchos de mis viajes en cuadernos. Mi escritura es parte de todo lo que hago. 
   
 ¿En qué momento tuviste conciencia de que serías la cronista literaria de la historia familiar?

Desde que llegué a los Estados Unidos mi madre me dijo que un día yo escribiría su historia. Siempre lo supo. Ella era una persona muy espiritual, como muchos cubanos. Me dijo que cuando yo nací una santera la había dicho que yo sería una escritora famosa. Me daba gracia cuando me lo decía. No creo que alcance a ser famosa como escritora, existen escritores con mucho más talento y entrenamiento que yo. Pero, a veces, las expectativas de nuestros padres influyen en nuestros pasos en la vida. 
    
¿Qué novelas habías leído? ¿Influyó alguna en decidirte por este género?

Gabriel García Marquéz es uno de mis escritores favoritos. Me gustó mucho Cien Años de Soledad. Sin embargo, nada de lo que he leído  influyó especialmente en lo que escribo. Tengo mi propio estilo, y mis letras brotan de muy adentro,  en una lucha constante entre la persona soñadora y la realista que existen dentro de mí.
    
Parecen tener poca relación la escritura de una novela y tu trabajo relacionado con las finanzas. ¿Cómo logras la conexión y desconexión entre esos dos mundos tan distantes?

Mi madre siempre me decía que desde pequeña me destacaba en los números y las letras. Me fascina el proceso creativo. Originalmente quería ser médico, pero soy realista, y cuando salí embarazada a la edad de 18 años me di cuenta de que tendría que estudiar algo que me permitiera trabajar y ocuparme de mi familia. Escogí la contaduría y administración de empresas. Mi espíritu creativo me ayuda a automatizar procesos donde trabajo y a identificar soluciones a problemas complejos. La escritura me conecta a mí misma. Ha sido una constante a través de mi vida. 
   
Recientemente, el gobernador del Estado de la Florida, Rick Scott, te propuso ser miembro de la directiva de Hillsborough Community College,  lo que fue aprobado por el Senado de la Florida.  ¿Cómo esperas ayudar a la comunidad desde esta esfera?

Con el respaldo del Dr. Atwater, presidente de HCC, y sus empleados hemos ayudado a educar a los legisladores sobre las necesidades principales de HCC y el cuerpo estudiantil, lo que nos ha permitido lograr objetivos que conllevarán a continuar la expansión de programas que le permitan a los graduados obtener trabajo. He visitado también algunos de los campus para observar el trabajo y dedicación de los estudiantes y profesores, y actualizarme en los programas principales de cada uno, lo que me ayudará más efectivamente a respaldar al Presidente para que se logren las metas trazadas. A la vez, me he reunido con la jefatura de la fundación de HCC para ofrecer mi ayuda en lo que pueda. En mayo estaré presente en las graduaciones de este año, para así felicitar personalmente a todos los estudiantes que con gran sacrificio y dedicación han logrado completar sus estudios.

¿Cómo ha sido recibida tu novela y qué satisfacciones te ha producido?

Mi novela ha sido recibida muy bien, sobre todo entre los lectores de habla inglesa. Las dos versiones, la de inglés y español tienen 4.7 o más estrellas de un máximo de 5 en Amazon. Se ha vendido en cinco países y fue seleccionada por un club de libros de las Naciones Unidas para su lectura de febrero. He recibido muchas cartas y notas de personas alrededor del mundo que han sido impactadas de manera positiva por esta historia. Algunos que la han leído han comprado otras copias para hijos adultos, con el propósito de que conozcan un fragmento de la historia por la que han pasado los cubanos. 

Imagino que desde salir a la luz Esperando en la calle Zapote, un nuevo proyecto literario andará rondando en tu fértil imaginación. ¿Me equivoco?

La escritura creativa ha sido mi refugio desde los seis años, luego de sufrir una experiencia traumática: llegué de mi escuela justamente a tiempo para detener el intento de suicidio de mi madre. Fue el punto más bajo de su vida, pero luego de tratamiento médico, ella se convirtió en la persona más fuerte y determinada que he visto en mi vida, y la más humana, siempre preocupada por otros, valores que le enseñó a sus hijos.
Su decisión fue la culminación de la frustración, bochorno y maltrato que sufrió luego de muchos viajes a inmigración cuando los oficiales que trabajaban allí le aseguraron que ni ella ni sus hijos pequeños podrían salir de la Isla. Cuando al fin logramos irnos, doce años después que mi padre saliera de Cuba, no me permitieron sacar nada de lo que había escrito, aunque, a mis quince años, aquellas letras no tuvieran valor literario. Comencé a escribir de nuevo al llegar a Estados Unidos. Me gustaba escribir poemas e historias cortas. He seleccionado varias historias y poemas que escribí a través de los años y los estoy revisando con la idea de publicarlos.




lunes, 18 de abril de 2016

Cómo llegué a Símbolo y color en la Obra de José Martí, de Ivan Schulman

Por Gabriel Cartaya

  Debió ser un día de aquellos años en que estaba comenzado la agitada década de los noventa en Cuba cuando, al yo terminar una conferencia sobre José Martí en la Casa de la Nacioalidad de Bayamo, Cuba, se acercó a mí el distinguido profesor Víctor Montero para comentarme, con mucha generosidad, lo que había disfrutado la disertación.
 Sentí satisfaccion por el halago del viejo profesor, quien entonces ya había rebasado los setenta años, con una exquisita lucidez. Todos reconocían su erudición y gozaba de un enorme prestigio más allá de su entorno provincial.  Había sido fundador de la revista ACENTO en la década de 1940 y mantenía el programa más antiguo de la radio nacional dedicada a la música clásica. Un elogio de aquel hijo ilustre de la ciudad de Bayamo,  despertaba las células del ego al más indiferente hijo de vecino.
    Pero el rumbo más fecundo  que tomó el diálogo de aquella mañana, apareció cuando me preguntó:  –Profesor, ¿usted ha leído Símbolo y color en la obra de José Martí?  Le respondí que aunque tenía referencias sobre el libro,  nunca  lo  había  visto.
 -Comprendo –me dijo–. Es una obra de Ivan Schulman, un norteamericano. Se publicó a principios de la década de 1960, pero se ha perdido de las librerías.
 Entonces comenzó a explicarme los enormes valores de aquella obra, la sapiencia de su autor, para concluir con una frase apodíctica: No se puede entender a José Martí sin haber leído esa obra.
 De manera que con todo lo que yo había leído a Martí desde la infancia, debía encontrame con aquel ejemplar, si quería penetrar en el intrincado bosque de su papelería.  Pero aquel tesoro, me advirtió Montero, era como encontrar una aguja en el pajar bibliográfico cubano.
 Mi interlocutor debió  percibir una angustia muy grande en mis ojos,  para descuidar la vigilancia que montaba sobre aquel privilegiado patrimonio:
  -Yo tengo un ejemplar. Haré una excepción con usted. Se lo voy a prestar.
Dicho y hecho. Lo acompañé hasta su casa, en el centro de la ciudad, y extrajo del rico manantial de su biblioteca la perla escrita que extendió a mis manos. No hay que decir la conmoción que  despertó en mí  la esplendidez con que el profesor me hizo el  préstamo,  que prometí devolver tan pronto llegara a la última página.
 En cuanto entré a mi casa, en Manzanillo, abrí el libro y, como siempre, antes de una lectura detenida, fui saltando entre sus hojas, deteniéndome en una frase, en una palabra, deslumbrándome con los matices multicolores con que los símbolos martianos saltaban a mis ojos. Entonces regresé a la nota preliminar y comencé a leer, como Dios manda. Me adentré en el simbolismo literario, en la teoría simbólica de Martí y comprendí que no había sido exagerada la afirmación del maestro bayamés.
 A duras penas me aparté de las páginas de Símbolo y color…, para atender mi labor de profesor en la Universidad Pedagógica y hacer malabarismos inimaginables para conseguir que mi familia no se acostara sin comer, en aquellos años difíciles que a alguien se le ocurrió llamar ‘período especial’. En fin,  debía interrumpir la lectura con más frecuencia de lo deseado. 
Entonces ocurrió lo inexplicable: llego una tarde a mi apartamento y no encuentro, por ningún lado, el más mínimo rastro de Símbolo y color... Busqué una y cien veces,  no hubo gaveta que no fuera virada al revés, ni esquina sin recibir la más completa inquisición. Pero al libro se lo tragó la tierra. Maldije, grité, amenacé, ante todos los que acostumbraban visitarme. Cuando agoté todas las vías de la racionalidad, fui a casa de un médium, por si en estado de trance lograba que algún espíritu le transmitiera una señal. Pero esta vez el vidente se quedó corto, los amigos juraron inocencia con los dedos cruzados y mi esposa estuvo a un palmo de enloquecer.
 Esperé más de un mes para decirle la verdad al propietario del libro. Me costó mucho trabajo llegar hasta su casa, tocar a su puerta, verlo aparecer.  Como con los tragos amargos,  lo apuré sin rodeos.
 -Vengo a decirle que me robaron el libro.  Se quedó sin palabras. Me miró de arriba a abajo, como preparándose para embestir. Los labios le ­temblaron y sus ojos se achicaron al mirarme de frente. -No lo puedo creer-, es lo único que dijo.  Abrió la puerta y en la aridez de su adiós vi desaparecer los primeros granos de una incipiente amistad.
 Lamenté no haber terminado de leer el libro, pero mucho más percibir que el profesor Montero no creyera en la historia del hurto. Cuando volví a verlo en alguna calle de Bayamo, mi reacción fue cambiar de acera.   Anduve detrás de un ejemplar del libro de Schulman por toda la Isla. A los libreros que se concentraban cerca del Palacio de los Capitanes Generales, en La Habana Vieja, les ofrecí cifras desorbitadas si lograban conseguírmelo.
Pedro Pablo Rodríguez, Gabriel Cartaya e Ivan Schulman
 Cuando ya me estaba acostumbrando a vivir con aquella deuda de honor, me invitaron a un ciclo de conferencias sobre José Martí, en la Universidad del Sur de la Florida.  La carta de invitación estaba firmada por Michael  Conniff, entonces director del Centro de Estudios de América Latina y el Caribe de esa institución. Pero mi mayor alegría,  al llegar,  fue saber que el organizador de aquel evento, allí presente,  era Ivan A. Schulman. Nunca había visto una fotografía suya  e imaginaba que, si vivía, debía tener una edad muy avanzada, porque un libro de tanta sabiduría, publicado cuarenta años atrás, debía pertenecer a la madurez de su autor. Pronto comprendí mi error, cuando él  me comentó haberlo escrito en su primera juventud, con lo que vine a ratificar que los genios, como Martí, dan muestras de su brillantez desde las primeras palabras.
 Al entrar en la sala del evento, pregunté por él y alguien me lo señaló. Estaba en la mesa de presidir. Al oírlo hablar, mi primera impresión se correspondió con la elevada opinión que tenía de su libro. Agradable, locuaz, inteligente, comunicativo, vivaz, ágil, estuvieron entre los primeros adjetivos de mi apreciación. 
 En el primer receso me acerque a él, facilitada mi osadía al apreciar la sonrisa y expresión afectuosa con que saludaba a todos. Al presentarme, no le hablé de mí. Le hablé de Víctor Montero, gracias a la delicadeza con que me dispensó parte de su tiempo para oír la anécdota alrededor de su libro. Le conté, haciendo un esfuerzo de síntesis, quien era el ilustre bayamés y, conmovido por su atención, me atreví a insinuarle la felicidad que recibiría(mos) con un ejemplar.
 Cuando me preguntó a qué dirección podría enviármelo,  sentí el cielo abierto. Pero la sed que despierta la cercanía con la grandeza es insaciable y me atreví a solicitarle una dedicatoria para el martiano que tanto le admiraba. Entonces me dijo,  con una sencillez y bondad sin límites:
-También voy a incluir un ejemplar para ti.
 Antes de las dos semanas, vi que el cartero dejó una pequeña valija en la dirección donde yo me hospedaba. Al ver que procedía de San Agustín, agradecí a todos los dioses por tanta bendición. Abrí el primer ejemplar y leí:  A Víctor Montero, con un saludo cordial de Ivan Schulman.  Y el siguiente, con igual cordialidad, a mi nombre, ambos firmados el 30 de julio de 2001.
Al regresar a Cuba,  fui inmediatamente a Bayamo. Nunca había recorrido sus calles con tanta emoción. Toqué a la puerta de Víctor Montero,  con un nudo en la garganta. Abrió y al responder asombrado a mi saludo, me oyó con toda claridad:
 -Vengo a entregarle un regalo que le envía Ivan Schulman. 
Incrédulo, abrió el libro y en la primera hoja vio su nombre, junto al saludo y la firma.  Me abrazó con lágrimas en los ojos, sin palabras para conjugar los dos sentimientos que pugnaban  por un espacio en la exquisitez de su alma: la recuperación de Símbolo y color en la obra de José Martí,  junto a la corazonada fiel de que alguien en quien confió no le había engañado.   

viernes, 25 de marzo de 2016

El embrujo del primer verdor

Por Gabriel Cartaya
                                                                                                                                            Para Yeyé

  En el preámbulo del sueño, comenté anoche a mi novia –nombre que persiste a los 30 años de casados–, que aún no había elegido el tema del que hoy debía escribir para la columna Líneas de la memoria. Entonces dijo, como para salir del paso: Pues escribe de la primavera, que estamos a 21 de marzo.
  Entonces comprendí que hoy nos levantaríamos con el alba primaveral, inaugurando la estación del año más bendecida de los dioses, mitos, leyendas y esperanzas consagradas a ella en el curso verde de la humanidad.
    El frío del invierno cede al estallido de la luz y la metáfora de la plenitud vuelve a resplandecer, cumpliéndose cada año la alegoría mitológica de los antiguos griegos, cuando Hades permite a la joven Perséfones abandonar una breve temporada el averno donde la mantiene cautiva, para que acompañe a la madre –Deméter, diosa de las cosechas–, momento en que los campos volvían a florecer.
   La primavera es hermosa desde su construcción semántica, al nacer con la suma de las voces primer y verdor. Astronómicamente, su equinoccio se produce entre el 20 y el 21 de marzo en el hemisferio norte, para finalizar con el solsticio de verano el 21 de junio. Mientras, en el hemisferio sur se marca entre el 21 y el 23 de septiembre, extendiéndose hasta el 23 de diciembre. Hay todavía otra región, la intertropical del hemisferio sur, donde la primavera se registra desde el 23 de septiembre hasta el 21 de marzo.
"La primavera" (1479), obra de Sandro Botticelli
  Pero a pesar de sus variaciones espaciales, técnicas, climáticas o circunstanciales, lo cierto es que su impacto ha marcado a todas las culturas, al identificar  esa etapa del año con la renovación, la juventud, el florecimiento, tiempo en que cada quien alcanza a vivir “en la flor de la vida”. Seguramente, no hay otra estación del año con mayor presencia en la literatura, la pintura y en todas las expresiones del arte, que ésta en que el nacimiento del sol se ha desplazado del sudeste al este, para caer a las doce horas hacia el oeste.
  En la mitología de los egipcios, es en primavera cuando Isis consigue resucitar a su esposo Osiris, para que en la luna llena inmediata a su equinoccio pueda embarazarla. También es la estación cuando el pueblo judío se libera de la esclavitud en Egipto, en el mes del Nisán o del “primer brote”,  consagrada en la actualidad a celebrar la Pascua que coincide con la luna llena que sigue al equinoccio,  cuando se incorporó la conmemoración de la resurrección de Cristo, a partir del domingo posterior a esta luna.
  Los celtas guardan un ritual para recibir la primavera, que dice: “Ahora expulso de mí las tinieblas del invierno y del pasado y sólo contemplo lo que tengo ante mí. Me ha llegado el momento de plantar semillas tanto en el plano físico como en el mental y el espiritual”. En la India, la primavera es acogida con la fiesta a que llamam Holi, famosa por la explosión de colores intensos y su variedad de significados: el verde se identifica con la armonía, el rojo con el el amor, mientras el azul es vitalidad y el naranja ­optimismo. En Centroamérica, los rituales mayas de bienvenida a la primavera se mantienen vivos, así como en Perú la fiesta de la primavera incaica goza de una secular tradición.
  Es evidente en todas las culturas la fuerte presencia del advenimiento de la primavera, pero basta con abrir la ventana de nuestra habitación al amanecer, para sentir con el asalto de la luz matinal un aire nuevo, el reverdecer de las hojas que nos rodean, el trinar de los pájaros atentos a la renovación del follaje, el murmullo de la tierra abierta a la siembra, la purificación del agua, toda la naturaleza equilibrando los sentidos en la poética que todas las alegorías de la primavera  expresan en cada renacer.
  Los poetas han sido pródigos ante los encantos y símbolos que nos regala esta temporada. Pablo Neruda, Premio Nobel de Literatura, le dedicó un extenso poema titulado “Oda a la primavera”, que aquí pueden volver a leer:
Primavera
temible,
rosa
loca,
llegarás,
llegas
imperceptible,
apenas
un temblor de ala, un beso
de niebla con jazmines,
el sombrero
lo sabe,
los caballos,
el viento
trae una cara verde
que los árboles icen
y comienzan
las hojas
a mirar con un ojo,
a ver de nuevo el mundo,
se convencen.
Todo está preparado,
el viejo sol supremo,
el agua que habla,
todo,
y entonces
salen todas las faldas
del follaje,
la esmeraldina,
loca
primavera,
luz desencadenada,
yegua verde,
todo
se multiplica,
todo
busca
palpando
una materia...
que repita su forma,

el germen mueve
pequeños pies sagrados,
el hombre
ciñe
el amor de su amada,
y la tierra se llena
de frescura,
de pétalos que caen
como harina,
la tierra 
brilla recién pintada 
mostrando 
su fragancia 
en sus heridas,
los besos de los labios de claveles,
la marea escarlata de la rosa.
Ya está bueno! 
Ahora, 
primavera,
dime para qué sirves
y a quién sirves.
Dime si el olvidado
en su caverna
recibiò tu vista,
si el abogado pobre
en su oficina
vio florecer tus pétalos
sobre la sucia alfombra,
si el minero
de las minas de mi patria
no conociò
más que la primavera negra
del carbòn
o el viento envenenado
del azufre.

Primavera, 
muchacha,
te esperaba!
Toma esta escoba y barre 
el mundo.
Limpia
con este trapo
las fronteras,
sopla
los techos de los hombres,
escarba
el oro
acumulado 
y reparte
los bienes
escondidos,
ayúdame 
cuando 
ya
el 
hombre
esté libre
de miseria,
polvo,
harapos,
deudas,
llagas,
dolores,
cuando
con tus transformadoras manos de hada
y las manos del pueblo,
cuando sobre la tierra
el fuego y el amor
toquen tus bailarines
pies de nácar,
cuando
tú, primavera,
entres
a todas
las casas de los hombres,
te amaré sin pecado,
desordenada dalia,
acacia loca,
amada,
contigo, con tu aroma,
con tu abundancia, sin remordimiento
con tu desnuda nieve
abrasadora,
con tus más desbocados manantiales
sin descartar la dicha
de otros hombres,
con la miel misteriosa
de las abejas diurnas,
sin que los negros tengan
que vivir apartados
de los blancos,
oh primavera
de la noche sin pobres,
sin pobreza,
primavera
fragante,
llegarás,
llegas,
te veo
venir por el camino:
ésta es mi casa,
entra,
tardabas,
era hora,
qué bueno es florecer,
qué trabajo
tan bello:
qué activa 
obrera eres, 
primavera, 
tejedora, 
labriega, 
ordeñadora, 
múltiple abeja,
máquina 
transparente, 
molino de cigarras, 
entra
en todas las casas, 
adelante,
trabajaremos juntos 
en la futura y pura 
fecundidad florida.

viernes, 26 de febrero de 2016

Un ruiseñor y una rosa en la despedida a Harper Lee y Umberto Eco

Por Gabriel Cartaya

Hay un cuento hermoso de Oscar Wilde que se llama “El ruiseñor y la rosa”,  donde un joven estudiante se enamora de la hija de su profesor. Ante su desespero al no encontrar una rosa roja para obsequiarle, un ruiseñor, a costa de su vida, soporta el suplicio de unas espinas para que su sangre diera color a una rosa al frente de su ventana. Pero la presumida joven le rechaza, advirtiéndole que otros le ofrecían mejores regalos.

Pensé en la narración del poeta y dramaturgo británico al conocer que la muerte física de la escritora estadounidense Harper Lee y del escritor italiano Umberto Eco ocurrió el mismo día, y que en el acontecimiento se juntaban, con toda la magia de la sincronía jungniana, el ruiseñor a que dio vida eterna la escritora de Alabama y el nombre de la rosa que un nativo del Piamonte italiano hizo imperecedero.


A Harper Lee la acompañó toda la vida el embrujo de haber compartido la niñez con un niño del barrio que, al igual que ella,  se convirtió en uno de los escritores más representativos de su tiempo. Se trata de Truman Capote, vinculado a ella no sólo por los acercamientos y confesiones mutuas desde temprana edad en Monroeville, Alabama,  sino también por la presencia de él en su novela Matar a un ruiseñor, en el servicio de ella durante la investigación que permitió a Capote escribir A sangre fría, o en los continuos alejamientos y silencios cruzados entre ellos.

De alguna manera, aquella concomitancia acompañó a su nombre en la diversidad de escritos que se le dedicaron, muchas veces relegada ante el nombre del escritor que absorvió mayor atención en los titulares y que, de alguna manera, asumió el papel de la joven que en el cuento de Wilde rechaza un amor.

La sincronía, esa condición enigmática que para Carl Gustav Jung es “la simultaneidad de dos sucesos vinculados por el sentido de manera acausal”, estuvo presente en el hecho de que dos muchachos de un pequeño barrio de Alabama, atraídos por la sensibilidad hacia la palabra escrita desde sus juegos, devinieran en dos figuras cumbres de las letras de su tiempo: Harper Lee con la obra citada y Capote con A sangre fría, El arpa de hierba, Desayuno en Tiffany’s y otra gran cantidad de textos.

Sin embargo, aún con la influencia que pudo tener su desatención a la prensa, la simultaneidad de origen y obra con Capote, desplazó la atención hacia la diversidad creativa de su esquivo amigo.

A la hora de partir, otra casualidad se hizo presente, desviando ahora la atención hacia el escritor que la acompañó en el día de la muerte. Porque el viernes, 19 de febrero de 2016, también se despidió de la vida Umberto Eco, el paradigmático novelista de El nombre de la rosa. Ante la noticia de la muerte del escritor y pensador italiano que hizo de la semiótica el centro de su atención discursiva, los medios de comunicación le dieron prioridad.
Es explicable la inclinación mediática hacia Eco a nivel mundial, aun cuando compartió con la escritora estadounidense el impacto de ver trasladar al celuloide –y con mucha suerte– el destino de su obra más impactante. En el caso de Harper Lee, Matar a un ruiseñor (1960) llegó a millones de espectadores en la cinta homónima dirigida por Robert Mulligan,  alcanzando tres premios “Oscar”, mientras El nombre de la rosa, llevada al cine por Jean-Jacques ­Annaud, desató un fervor similar al que ocasinó el ruiseñor, recibiendo el premio “César” de la Academia francesa a la mejor película extranjera y una gran cantidad de laudos internacionales.

Sin embargo, a diferencia de Eco, Harper no fue –no quiso ser–  una figura mediática. Es bien conocida su determinación a no ofrecer entrevistas, a no aparecer en eventos públicos, como si el silencio fuera una exigencia de su espíritu, aún cuando su ruiseñor la desbordara al universo. Hay que recordar que su novela alcanzó enseguida el “Premio Pulitzer”, el más alto que ofrece la literatura estadounidense, al que no llegó su amigo Capote, con toda su fama.  No  alcanzo a entender si su voluntad de inadvertimiento era causal, para que una escritora de un éxito tan rotundo, leída con pasión por millones de personas, haya sido menos atendida por la crítica que cientos de autores con obras que no se le acercan en contenido ni en estilo.

Porque Matar a un ruiseñor es primeramente contenido, con una ficción nacida de la realidad. Es la observación aguda de su entorno, matizado por la desigualdad racial, discriminación de género  y la brutalidad de las distinciones sociales de su tiempo. Pero escrita con una belleza, humor, sensibilidad y humanismo conmovedores. La novela se convirtió en un lección moral y de integridad para la justicia, desde el ejemplo del personaje de Atticus Finch (con mucho del padre de la autora), quien encarna la defensa de la razón por encima del estatus del incriminado.
A pesar de los premios y la apreciación de millones de lectores*, apenas se volvió a saber de Harper Lee en más de medio siglo. Sólo el año pasado hubo una señal editorial suya, cuando de forma casi imprevista salió su libro Ve y pon un centinela.   Y ahora, para decirnos que ha muerto en una humilde residencia para ancianos, muy cerca de donde nació y escribió,  donde tal vez un día soñó ser amada por Truman. Ya adultos y con la fama de sus obras, ella volvió a estar a su lado, ayudándole a acopiar toda la información que necesitaba para su novela A sangre fría, en cuya dedicatoria aparace su nombre, pero relegado a segundo puesto, después del nombre del elegido por el autor. 

Tal vez ahora, en la noticia de la muerte, pasó otra vez a segundo plano, detrás de Umberto Eco, no sólo porque  El Péndulo de Foucalt haya arrastrado más que Ve y pon un centinela, obra tardíamente aparecida de la estadounidense, apenas un año anterior a su muerte. Y porque entre una y otra novela, sólo tres o cuatro artículos suyos fueron vistos de pasada en la prensa, mientras miles de páginas del piamontés universal pasan día a día de mano en mano,  ya como profesor, filósofo, escritor y siempre apasionante conferencista.

Con todo, la gloria es para ambos, maravillosos escritores que crecieron en la segunda mitad del siglo XX y nos acompañan en los sueños del XXI, con una escritura que se propuso desentrañar la complejidad del mundo desde una perspectiva ético-estética enriquecedora.

En el adiós a los dos grandes escritores, agradecemos la mejor sincronía, la juntura de la fuerza y la ternura en la ­cosntrucción de sus símbolos: el ruiseñor sin muerte de Lee, ave migratoria que para los celtas ejemplifica la acción de compartir y cuyo canto también nos acompaña en la noche, junto a la rosa novelada de Umberto Eco, expresión de belleza desde los babilonios y que se une, como en el cuento de Wilde,  al sacfrificio del ruiseñor por la salvación del amor.

* En una encuesta del 2006, los bibliotecarios británicos situaron la obra Matar a un ruiseñor por delante de la Biblia,  significando que es un libro que todo adulto debería leer antes de morir.