jueves, 27 de agosto de 2015
viernes, 21 de agosto de 2015
El recuerdo de una habitación (cuento)
Por Gabriel Cartaya
El hombre
es el recuerdo de una habitación, dijo el doctor Carlo Fell y en una tarde
abundante de ron, me pareció mejor que lo del bípedo implume del griego, porque
la ubicación en el ascenso biológico fue remitida a la compleja combinación
cerebro-corazón, donde no puede caber gato por liebre si a cualquier sofista le
da por presentar un ave encuero, con la ocurrencia de que es ese el hombre de
Platón.
Intenté
atrapar la abstracción por los rumbos abiertos del filosofar y quién sabe
cuánto párrafo habríamos armado, si al canto no hubiera estado el professor
Valentín Gutiérrez, quien preguntó: Dígame, Doctor, ¿usted no estará
sobredimensionando la experiencia de un cuarto?
La interrogante dio en el clavo. ¿Era su secreto lo que quería contar el doctor Carlo
Fell? ¿O la circunstancia lo atrapó al descubierto, creándole, por primera
vez, la atmósfera donde destapar una
viva añoranza? Se quedó pensativo, como desembrujando una figuración. Entonces,
aquietando el último tabú, dijo en voz baja: de todos modos, la santa ya está
en el cielo, con lo que cobró aliento para contarlo:
Su nombre
era Gregaria, pero me alcanzaron dos sílabas –Grega- para dejarla en la
memoria. Llegó a Manzanillo con treinta y un
años de estreno, en una de las primaveras más milagrosas del milenio. Tal vez,
por eso, en muchas tardes aparece hasta
en el fondo del vaso de agua. Nada es mejor, para una conquista de mujer, que
un aguacero largo. Ese día iba caminando
bajo la lluvia cuando la vi. Ella apenas se había lloviznado, porque el apretón
de agua la encontró en un atrio vacío. Parecía una gacela acorralada, con el
cuello estirado y la mirada temerosa. Salté a su lado, con las palabras ¡qué
aguacero!, en el lugar donde tenía ¡qué mujer!
| Pablo Picasso. Femme Assise (Jacqueline) |
El desenfado con que cerró la puerta de la habitación no supe
acoplarlo con la confesión aún caliente: en mi alma ha existido un solo hombre,
que pudo engarbullarse con artimañas de mujer, si no le hubiera descorrido un
desenlace inusual: y lo traigo conmigo. Para no herir con un simulacro de
agudeza, dejé a flor de labios la ocurrencia: uno en tu alma, pero ¿y en tu
cuerpo? Es que no la conocía aún y la
evaluaba con el machismo de la tierra, por la prueba de alcanzarme un aguacero
–largo, verdad- para rendirla. La parte final de la confesión me resultó más
inquietante que lo de un solo hombre, porque en ese instante me era igual ser
segundo, sexto o vigésimo, cuando lo perentorio era empezar a ser. Pero en lo
de traerlo consigo flotaba un peligro definible, pues todavía la infidelidad se espantaba
despalmando un machete cerca de los oídos que debían oir. Desmandé, al
vuelo, mi deje natural a lo hipotético:
lo había traído a la ciudad y aprovechando una ausencia temporal, me colaba en
el lecho. Alea jacta est, me animé y ya iba a aflojar el pantalón cuando
me cerró el impulso, abrió la puerta del balcón y respirando un chorro de aire
húmedo exclamó: Dios sabe cuánto lo
quise. Levanté la hipótesis errada y permanecí acechante, mirándola embelesada,
con sus ojos no atentos a la tarde en fuga, ni a los míos buscándola, sino a la
mesa del cuarto donde tenía un neceser
cuadrangular y un búcaro lleno de príncipes negros, salidos del botón al
despuntar el día. Bloqueándola con los ojos, armé la siguiente conjetura: el lo
traigo conmigo anulaba la asistencia física de aquel, trasladando su presencia
al espacio del alma. Esto contribuía a
liberarla del don implícito en el lo traigo, lo que implicaba, en la hipótesis
desmontada, la predisposición adultérica. Disipado el riesgo de los triángulos,
respiré hondo, alabando el campo abierto a poseerla, sin contingencias dañadoras
cuando nos desmandáramos a la cama, donde nos metimos al anochecer.
Ningún ser nacido ha conseguido las palabras exactas para calificar el
tempo de la dicha. La del hombre total, el sujeto definido en el
recuerdo de una habitación. Hombre en genérico, o mejor, en simbiosis, en ser
uno de dos, hombre y mujer. La summa alegórica se da en el acoplamiento,
en los espasmos de la penetración, en la confusion verbal por la posesión del
sexo intercambiado. Yo no podría contar
la sensación de verla desnudarse con mis manos, perdiéndonos en la boca del
cielo, ovillada a mi cuerpo de cargarla y tenderla en el reino de la sábana
blanca, abierta en pétalos para mí. Todos los nervios, sangre, músculos,
células y poros de los entrantes y salientes de los cuerpos sumados, engarzados
en el delirio de venirse arriba, de venirse abajo, con las palabras, escalofríos, temblores,
suspiros, mordedura, mugidos, torcedura,
ternezas y estiramientos del derramamiento desbravador.
Cuando la respiración volvió a su lugar, percibí el primer ataque de
ese embrujo inapresable que se llama amor. Lo adiviné cuando las yemas de mis
dedos marcaron la ruta tibia de su espalda, antes de doblar las mágicas colinas
hacia los bordes de la gruta humedecida, al asaltarme la duda de la absolutez
de posesión. ¿Será únicamente mía? ¿Alguien más de este mundo podría verla
desnuda, como yo la estaba admirando? Sin cachazas para el recelo, desamarré el nudo de la garganta: ¿Por qué me
dijiste, Grega, que al hombre de tu vida lo traes contigo? Me miró compasiva y
apretó los ojos con la punta de los dedos, como exorcizando una vision de
espíritus en la madrugada. Miró hacia la mesa de noche en penumbras, donde un
rayo de luna bailaba levemente, semejando el capricho de una forma humana en la
tapa del neceser. Entoces dijo, muy despacio: ¿Ves esa caja sobre la mesa,
forrada de lona gris? Es mi marido. Murió hace cinco años y no quise dejarlo en
el cementerio de allá. Y como al fin presiento que no me iré nunca de esta
ciudad, en cuanto amanezca lo llevo al Campo Santo, donde podrá descansar en
paz.
(De mi libro De Ceca en Meca. Editorial Betania, Madrid, 2010).
jueves, 6 de agosto de 2015
viernes, 19 de junio de 2015
En el Día de los Padres
Por Gabriel Cartaya
En homenaje al Día de los Padres, tomo de mi
libro De ceca en meca un cuento que escribí al día siguiente en que uno
de mis grandes amigos, Juan Valentín Gutiérrez, perdió al suyo. Después de
compartir durante años con ambos, en la casa niquereña donde siempre se me
acogió como a uno más de la familia, sentí la necesidad de desahogar la pena
que nos dejaba la ida de Juan Gutiérrez, desde una ilusión que intenta eternizar el encanto de la niñez con la
felicidad del amor paternal.
Cuando unos años más tarde se despidió mi
padre de la vida, al borde de cumplir un siglo con toda la lucidez, su mirada
profunda de iluminarme la reencontré –la encuentro– en la ternura cándida de
esa edad, cuando la imaginación tiene la capacidad inmensa de desconocer la muerte, para que, como en “El último
escondrijo”, nos acompañen siempre los seres que amamos.
Último escondrijo
A Valentín Gutiérrez
Estaba amaneciendo y yo estaba allí, por primera vez desamparado, sin
entender por qué las personas mayores no se iban a dormir en una noche tan
larga. En algún momento de la madrugada me aparté de los míos, nunca tan
cabizbajos, para jugar otra vez al escondido con mi papá. Con él no tengo
suerte en el escondrijo, porque siempre me encuentra por el olor. Aunque a él
no le va mejor, pues le descubro en media vuelta la carcajada larga, una risa
explayada que le sale del alma desde que yo nací. ¿Y qué ha pasado esta noche,
que no se quiere reír? ¿O anda escondido muy lejos?
Primero lo voy buscando por el cuarto, que huele a él y a mi mamá.
Todo en la estancia es él, pero nada como la cama, hoyada al medio desde mis
vueltas a carnero –dicen–, pero yo sé
que es de ellos estarse pegaditos
cincuenta y cinco años. Abro el escaparate y sospecho que no debe andar lejos,
porque toda su ropa está en el mismo lugar. Corro al segundo cuarto y nada.
Entonces oigo sus pasos en el patio y me precipito, ¡mírate ahí, papá!, pero la
imagen flota detrás de la mata de mangos y se me escapa entre las hojas verdes.
Quiero seguirle el rastro cuando las pisadas se hacen etéreas y se me aguan los
ojos por una jugarreta que me pierde.
Después, mientras los mayores siguen sin entender, lo voy buscando por
la mar cercana, que es un pez nadando. Con la evasión, nos hemos separado
demasiado, o quién sabe si estaremos perdidos los dos. Por eso voy chiflando
por la orilla, a que salte rapidito a encontrarme. Como no sale a dar conmigo,
se me ocurre una bellacada: simulo estar vomitando para asustarlo, como aquella
vez del trago de aguardiente, con el que quiso enseñar a los amigos la hombría
adelantada de su primogénito. Pero las olas callan, las uva caletas están
inmóviles, entre las rocas no hay señales y los acantilados no me cantan su
voz.
¿Es que se iría a emborrachar?
Él antes no tomaba y trabajaba, de bigornia a chaveta, para que yo
siempre tuviera zapatos nuevos. Un día le dio por jubilarse, porque tenía los
años y necesitaba todo el tiempo para los cuentos que nos guardaba. ¿Pero dónde
te has metido, papá, que no te encuentro? ¿O dónde me he perdido yo, que no me
hayas? ¿Tú no me oyes, viejo? Detrás de los asientos no estás agachado, como
antes, para desternillarte de la risa cuando yo grito un ¡te encontré! Tampoco
te acierto aparruchado entre la puerta y la pared, aplaudiendo con la felicidad
de los ojos mi felicidad de abrazarte.
Entonces paso callado por el arca gris, sin mirar hacia el pequeño
rectángulo de cristal, rodeado de flores rojas, donde no debes esconderte.
Mejor toco en mi pecho sobresaltado, con la misma ansiedad de golpear en la
puerta de casa cuando he llegado tarde. Y apareces, papá, donde siempre vas a
estar, sonriente, amoroso, juguetón.
viernes, 12 de junio de 2015
Esperando en la calle Zapote, la primera novela de Betty Viamontes
Por Gabriel Cartaya
Al dar a conocer la novela Esperando en la calle Zapote, Betty Viamontes irrumpe en el mundo literario con
una propuesta que llama la atención favorablemente. Es una obra de casi 300
páginas y a pesar de la extensión para una obra inaugural, la autora ha
conseguido dosificar el interés y emoción hacia la historia narrada, para que
el lector no sólo llegue hasta el final, sino también quede a la espera de un
incógnito después, identificado con los personajes centrales del drama humano
que plantea.
Toda la obra se mantiene
dentro en una línea argumental (la separación y reunificación de una
familia), aun cuando dentro del hilo narrativo trasciende
el entorno político-social cerrado y autoritario que crea el ambiente donde se
ven arrojados los personajes. La autora apenas requiere de tramas secundarias
a la primera voz narrativa. Es la madre de tres hijos quien, al quedar en Cuba cuando el esposo sale del
país, cuenta en primera persona un drama donde se entretejen esperanza,
desilusión, pruebas morales y psíquicas, enfrentadas a una circunstancia que le
deja pocos resquicios donde alimentar la ilusion del reencuentro.
Fue una buena solución de Betty Viamontes construir una segunda voz narrativa
dentro del mismo hilo argumental, para que el esposo pudiera
contar no sólo peripecias de su vida, primero en España y después en Estados
Unidos, sino delinear la segunda personalidad que inserta al lector sentimentalmente
a favor de los personajes.
El título tiene una precisión
y efecto que no necesita de un subtítulo que actúe como puente a la novela,
pues la espera de tantos años se identifica cabalmente con la calle donde
viven, y que cobra un simbolismo inusitado al nombrar una fruta en cuya textura,
color y pertenencia hay un reflejo de la nación raigal, por encima de la
tesitura psicológica externa del narrador. Más bien, el subtítulo (Amor y
pérdida en la Cuba de Castro), limita la novela al mundo pre establecido del
tiempo y espacio de la obra, alejándola de la universalidad de un drama –el de
la familia fragmentada por la emigración del padre o la madre– que es tan
antiguo como la constitución de la familia y hoy afecta a millones de personas
en el mundo.
El subtítulo tampoco contribuye
desde una perspectiva estética a la portada, como
no lo hace la indicación de que es “Una Novela”, ambas con mayúscula para mayor
desacierto del
diseño. Tampoco se relaciona el poder simbólico de los sellos de la portada
con el contenido, a pesar de la significación personal que comporten para la
autora. Más bien contradicen la obra, pues de los tres sellos que opacan a la
bandera, dos están festejando acontecimientos ajenos al espíritu de la obra
(uno a la Revolución de Octubre y otro a la ilusión de una zafra de diez
millones). Tal vez, el sello que expresa la ternura maternal hubiera sido
suficiente.
Pero estos elementos externos
a la corporeidad literaria, no quitan fuerza y legitimidad a la novela. Betty Viamontes ha sabido captar una trama que tiene
mucho de autobiográfica y a pesar de derramar lágrimas en el proceso de
creación, supo moderar la voz de la narración literaria para reconstruir una
historia emocionalmente equilibrada, adornando la conducta real de sus
entrañables personajes, con adaptaciones ficcionales requeridas por la
temperatura dramática de la obra. Asimismo, aunque en la interiorización
ideológica de la autora pesan los códigos de haber vivido una historia como la que escribe, supo mantener una prudente distancia
para no aparecer como
juez omnisciente de acontecimientos que le fueron contados o pertenecen a sus
propios recuerdos.
Aunque la novela es escrita
en idioma inglés, en el que la autora ha recibido toda su formación –vivió en Cuba sólo hasta
los 15 años (edad de Tania al término de la novela)–, la traducción al español
por ella misma mantiene un lenguaje claro, sin artificios o excesos
metafóricos, lo que facilita una comunicación cómoda con el lector. Es verdad
que hay giros y frases del
lenguaje que no se corresponden totalmente con determinadas circunstancias
donde ocurren, pero en ningún caso perjudican la comprensión y emoción que se
logran con la lectura.
Un logro de la novela está en
la agudeza con que la autora se cuida de una narración lineal, estrictamente
cronológica, que hubiera caído en el aburrimiento. Aunque hay distintos
momentos donde la retrospectiva la ayuda a reactivar el interés y entender a
los personajes, el climax de este recurso lo refleja en el inicio y cierre de
la novela. El “podía oler la sal del mar y
escuchar las olas rompiendo contra el acero en aquella noche sin luna del mes de abril. Era
1980…”, engarza a la perfección con el desenlace de Esperando en la calle
Zapote, donde se hace realidad la simbiosis literaria de ilusión llevada a
un enriquecido feliz final.
Leer Esperando en la calle
Zapote, es adentrarse en el destino de una pareja, una familia, seres
humanos que defienden los valores y el derecho a amar y estar juntos, venciendo
las circunstancias adversas que los empujan a la separación, a la resignación y
el olvido. Es un paradigma re-creado con el poder de la palabra, en una obra
literaria con la que se aprende disfrutando, o se disfruta aprendiendo. Por
eso, al terminar la lectura, cerramos el libro con la sensación de un tiempo
aprovechado.
jueves, 11 de junio de 2015
El sancocho de la razón (cuento)
Por Gabriel Cartaya
La caída de un balde de sancocho cambió el
destino del Dr. J. Loumé. Con 45 años
bien cumplidos, se había convertido en uno de los médicos más prominentes de su
entorno, alcanzando altos reconocimientos en su país y atención en varias
publicaciones especializadas a nivel internacional. Especialista en Ortopedia y
con un alto grado científico, se le respetaba tanto en la consulta del
hospital, como en el aula de la Facultad de Medicina donde ejercía como profesor.
El atardecer que desvió el cauce por donde
avanzaba la vida ordenada del Dr. J. Loumé,
fue un rayo de sol vespertino quien, antes de perderse en la belleza del
golfo, alumbró el cuadro alucinante desde el que brotó una pregunta que se
planteaba por primera vez: ¿Qué hago yo aquí?
Aquí era el lugar donde se le cayó
de la bicicleta el dichoso balde de
sancocho, al reventarse la soga de yarey envejecido que le servía de asa. Dos
meses atrás, un paciente de La Sierra le había regalado un cerdo que, según
dijo, pesaba 120 libras en pie. Eso daría, calculó el científico
mentalmente, unas 90 libras en limpio. Comprar esa cantidad de carne equivalía a unos
1800 pesos, que venían a ser, para él que ganaba un buen salario, tres meses de
trabajo.
Aunque su esposa, también médico, imaginó entusiasmada una tanda de
bistecs para el día siguiente, el Dr. J. Loumé anunció, con el mismo acento de
defender una tesis científica: Necesitamos levantarlo hasta las doscientas
libras.
Al día siguiente regó la noticia entre sus amigos, algunos médicos
como él: Cualquier sancochito que sobre por la casa, me lo guardan. Sabía que
estaba pidiendo peras al olmo, porque donde quedaba un poquito de arroz de la
comida, un rayo de luz alumbraba el almuerzo del día siguiente. Era el día a
día de los años noventa en Cuba, a los que se había llamado, irónicamente,
“período especial”.
A pesar de todo, el querido galeno encontró oídos receptivos, sobre
todo en amigos que trabajaban en gastronomía. A veces tenía que recorrer varios
kilómetros en su bicicleta china, pero había jurado que al cerdo de su casa
nunca lo esperaría el anochecer sin un bocado de alimento.
Esa tarde, después de un día
agotador en el Hospital Clínico
Quirúrgico y de haber impartido una conferencia magistral en la Facultad a un
grupo de médicos, montó en el biciclo radiante de alegría. El administrador de
un restaurante cercano le había llamado, con la noticia de haber recibido una
carreta llena de viandas y que podía
recoger, detrás de la cocina, una gran cantidad de pedazos de yuca y boniatos
inservibles para el comedor. Sin quitarse la única bata blanca, que le cubría
hasta las rodillas y era su lujo, salió a recoger aquella riqueza para su
marrano. La suerte estaba de su lado, porque una cocinera le rellenó la vasija,
con un poco de sopa agria que el esposo no había llegado a recoger.
Comenzó a pedalear despacio y el aire del atardecer le refrescaba el
rostro. Como guiaba de bajada, no tenía que esforzarse con los pedales. Iba
verdaderamente contento, recordando los primeros días en que subía al hospital,
recién graduado de Medicina. Después pensó en la reciente propuesta para
trabajar en el Instituto de Ortopedia, en la capital. Iba tan pletórico de
sueños, que apenas se dio cuenta que debía detenerse en la intersección, para
ceder el paso a un autobús repleto de gente hasta en los estribos.
Con el frenazo, el asa del balde se reventó y comenzó a rodar hasta
detenerse, acostado, a unos tres metros del doctor. Cuando el cubo chocó contra el pavimento, una
parte del sancocho líquido le salpicó el rostro y una gran cantidad cubrió el
frente de su bata blanca, pero él no tuvo tiempo de reparar en aquel estrago,
concentrando toda su conciencia en la recuperación de tan estimada carga.
Sin pensarlo dos veces y sin mirar hacia un vecindario asomado al
deprimente espectáculo, se lanzó al pavimento a recoger la porción sólida del
sancocho. Involuntariamente, había asumido una posición cuadrúpeda para
agilizar el rescate del botín, desparramado en cinco metros alrededor. Ya iba
por la mitad de la vasija cuando, al levantar la vista por primera vez,
comprendió el inminente peligro que le venía encima. Un perro oscuro, enseñando
los dientes, avanzaba en su dirección. En el primer segundo se puso en guardia
para evitar una mordida, pero al instante comprendió que el interés del can
estaba en la comida.
El instinto del sabueso, en cambio, no le alcanzó para olfatear que se
encontraría con un rival encarnizado, en cuatro patas como él, dispuesto a
defender su legítimo derecho sobre cada pulgada de bazofia. Cuando el perro
gruñó, el médico gruñó más alto, avanzando hacia él. “El sancocho es mío, perro
e’ mierda”, gritó en el instante irracional, atacando al perro injerencista con
ímpetu de miliciano, hasta arrancarle de la garganta el mejor trozo de boniato.
Por el gesto humano de cubrirse el rostro con una mano, el Doctor J.
Loumé se descubrió con la boca abierta, tan abierta como la boca del perro. Fue
exactamente el instante en que, desde lo más profundo de su conciencia
reencontrada, le brotó la espontánea expresión que iluminó el cambio de su
rumbo. Se puso de pie, temblando al reconocerse, visiblemente transfigurado y
le dio una patada al balde de sancocho, con tanta fuerza, que vino a encajarse
en el pescuezo del perro. Entonces gritó tres veces seguidas, para que todos le
oyeran: ¿Qué hago yo aquí?
Nueve meses más tarde, el Dr. J. Loumé se asomó por la
ventanilla del avión que lo llevaba a un Congreso Internacional de Ortopedia,
en Estados Unidos. Mientras veía achicarse la difusa silueta de la isla en el
horizonte, sólo un instante apartó de su mente la imagen de su esposa, los
hijos, la familia y tanta gente querida que dejaba atrás. Fue el segundo fugaz
en que el recuerdo del balde de sancocho le provocó una triste sonrisa de
despedida
jueves, 7 de mayo de 2015
El Día de las Madres
Por Gabriel Cartaya
La consagración de un día del año a rendir homenaje simbólico a un
acontecimiento, deidad, afiliación, personaje u otro motivo, aparece desde los
tiempos remotos en que se registra la historia de la humanidad.
Pero tal vez ninguno sea más extendido que el dedicado a expresar la
veneración que despierta el ser que nos trajo al mundo. Por eso cada muestra de
homenaje a la madre, desde la antigüedad hasta hoy, entraña el motivo de
celebración más universal e inclusivo.
Sin embargo, no existe una fecha común para rendir reverencia al
emblema materno y a través de los tiempos, en diferentes países o regiones, se
ha ido afirmando una fecha propia. Asimismo, han sido diversas las imágenes
para la revelación de este tributo. Los antiguos griegos lo expresaban en el
culto a Rea, madre de Zeus, Poseidón y Hades, mientras los romanos eligieron a
Cibeles, diosa de la madre tierra y símbolo de fertilidad.
Con la aparición del cristianismo y su expansión por occidente, se
introdujo el culto a la Virgen María, fijada su celebración el 8 de diciembre,
fecha que algunos países, como
Panamá, han destinado al Día de las
Madres.
Honrar la presencia de la madre fue también una costumbre enraizada
en las culturas que poblaron la
Mesoamérica precolombina. Una de ellas, la azteca, rendía culto a la madre de
su dios Huitzilopochtli, la diosa Coyolxauhqui o Maztli, representada por la
luna. Los aborígenes rendían especial tributo a esta deidad, a la que
consagraban hermosas esculturas en oro y plata, revelando con un esmerado nivel
artístico su profunda veneración a la maternidad.
Actualmente sobreviven muchos elementos autóctonos y comunes en la
celebración del Día de las Madres en Hispanoamérica, a la que sus diferentes
países consagran una fecha específica del calendario anual, sin atender al día
de la semana. México, Guatemala y El
Salvador lo festejan cada 10 de mayo,
mientras Paraguay eligió el 15, Bolivia
el 27 y Nicaragua el 30 de este quinto mes del año.
Otros países, sin embargo, no lo hacen en mayo. Para los argentinos el
tercer domingo de octubre es su Día de las Madres, mientras los costarricenses
decidieron celebrarlo el 5 de agosto.
A los Estados Unidos vino la tradición desde Inglaterra, donde se
aprecia, desde el siglo XVII, la costumbre de llamar Día de la Madre al domingo
libre concedido a los siervos o empleados, para que cada uno pudiera visitar la
suya, en cuya figura se concentra el sentido de la familia.
Seguramente esa raigambre influyó en la iniciativa de la escritora
británica Julia Ward Howe, principal impulsora de una manifestación pacífica en
Boston, en 1872, para reunir a las madres que sufrían por la ausencia de los
hijos que habían sido llamados a servir en el ejército. Aunque las
celebraciones bostonianas no se afincaron en la tradición, resultaron un
antecedente para que en 1907, en Virginia, naciera la propuesta de establecer
un día del año para rendir homenaje a las madres.
Pablo Picasso. Maternidad, 1905
|
A Ana Jarvis, una ama de casa
muy conmovida con la muerte de su mamá, le cupo el mérito de hacerse oír al
desatar una campaña nacional,
dirigiéndose a maestros, religiosos, políticos, abogados y cuantos quisieran
oír, con la propuesta de dedicar un día del año a rendir homenaje a las
madres. Le puso tanto corazón, que su
mensaje fue aprehendido en poco tiempo por toda la nación.
La práctica se hizo tan generalizada, que el 8 de mayo de 1914, el
presidente Woodrow Wilson firmó la proclamación del Día de las Madres como
fiesta nacional, una celebración que a partir de entonces quedó establecida
para el segundo domingo del mes de mayo.
Seguramente, el segundo domingo de mayo de 1915 fue la primera
celebración aguardada del Día de las Madres, por lo que hoy asistimos al
centenario de una de las costumbres más hermosas atesoradas por la humanidad.
La idea cruzó los mares y actualmente unos 40 países festejan el Día
de las Madres en esta fecha.
España, por su parte, lo celebra el primer domingo de mayo e
Inglaterra tiene su “Mothering Sunday”
el cuarto domingo del tiempo de Cuaresma. Pero si tomamos en cuenta los países
que eligieron el segundo domingo de mayo para el Día de las Madres, donde se
incluye a la vasta población china, es esta fecha la más universal para
expresar a cada madre, física o espiritualmente presente, el eterno amor que
merece.
En una frase de la sabiduría hindú encuentro la razón primigenia para
tan justa devoción: “Dios no podía estar en todas partes: por eso le dio
a cada familia una madre”.
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