viernes, 21 de agosto de 2015

El recuerdo de una habitación (cuento)

Por Gabriel Cartaya

El hombre es el recuerdo de una habitación, dijo el doctor Carlo Fell y en una tarde abundante de ron, me pareció mejor que lo del bípedo implume del griego, porque la ubicación en el ascenso biológico fue remitida a la compleja combinación cerebro-corazón, donde no puede caber gato por liebre si a cualquier sofista le da por presentar un ave encuero, con la ocurrencia de que es ese el hombre de Platón.
Intenté atrapar la abstracción por los rumbos abiertos del filosofar y quién sabe cuánto párrafo habríamos armado, si al canto no hubiera estado el professor Valentín Gutiérrez, quien preguntó: Dígame, Doctor, ¿usted no estará sobredimensionando la experiencia de un cuarto?
  La interrogante dio en el clavo. ¿Era su  secreto lo que quería contar el doctor Carlo Fell? ¿O la circunstancia lo atrapó al descubierto, creándole, por primera vez,  la atmósfera donde destapar una viva añoranza? Se quedó pensativo, como desembrujando una figuración. Entonces, aquietando el último tabú, dijo en voz baja: de todos modos, la santa ya está en el cielo, con lo que cobró aliento para contarlo:
  Su nombre era Gregaria, pero me alcanzaron dos sílabas –Grega- para dejarla en la memoria. Llegó a Manzanillo con treinta y un años de estreno, en una de las primaveras más milagrosas del milenio. Tal vez, por eso,  en muchas tardes aparece hasta en el fondo del vaso de agua. Nada es mejor, para una conquista de mujer, que un aguacero largo. Ese día  iba caminando bajo la lluvia cuando la vi. Ella apenas se había lloviznado, porque el apretón de agua la encontró en un atrio vacío. Parecía una gacela acorralada, con el cuello estirado y la mirada temerosa. Salté a su lado, con las palabras ¡qué aguacero!, en el lugar donde tenía ¡qué mujer!
Pablo Picasso. Femme Assise (Jacqueline)
  Tres horas después, cuando la lluvia de palabras había sobrevivido a la del agua y me sabía una parte de su vida, caminábamos por la acera mojada, yo ansioso,  nerviosa ella,  a la habitación 322 del Hotel Casa Blanca. Llevo tres días  hospedada, dijo, con el argumento de estar cerrando la compra de una casa en la ciudad. Desde el zaguán traía su nombre, Gregaria todavía, resbalándolo en su estatura mediana, delgada, en la piel arisblanca, en los ojos de mar y el pelo largo tendido a una cuarta de las nalgas redondas, dibujadas hasta la adivinación detrás de la tela negra del vestido; las piernas lisas, sin baches hacia la redondez de los muslos, la curva de las caderas, los entrantes del pubis, los senos de punta detenidos apenas por la tiranía del ajustador, la boca grande, toda Gregaria, fuí envolviéndola de palabras, mirada, deseos, mientras ella abría más pedazos de su camino: que venía de la costa, por la orilla del mar, donde diez años atrás se había casado con amor; que el flechazo tuvo la fuerza de desviarle el rumbo a una escuela normalista donde habría cumplido el sueño infantil de hacerse maestra. Fue más brusco –dijo- que el descarrilamiento de un tren. Pero tal vez yo iba fijándome más en la horma jugosa de su boca que en el sentido de las palabras, porque quedé en la superficie: locuras de juventud, dije. Sí, pero me volvería a descarrilar, contestó, atajándome, cuando ya estábamos en la escalera del hotel.
  El desenfado con que cerró la puerta de la habitación no supe acoplarlo con la confesión aún caliente: en mi alma ha existido un solo hombre, que pudo engarbullarse con artimañas de mujer, si no le hubiera descorrido un desenlace inusual: y lo traigo conmigo. Para no herir con un simulacro de agudeza, dejé a flor de labios la ocurrencia: uno en tu alma, pero ¿y en tu cuerpo?  Es que no la conocía aún y la evaluaba con el machismo de la tierra, por la prueba de alcanzarme un aguacero –largo, verdad- para rendirla. La parte final de la confesión me resultó más inquietante que lo de un solo hombre, porque en ese instante me era igual ser segundo, sexto o vigésimo, cuando lo perentorio era empezar a ser. Pero en lo de traerlo consigo flotaba un peligro definible,  pues todavía la infidelidad se espantaba despalmando un machete cerca de los oídos que debían oir. Desmandé, al vuelo,  mi deje natural a lo hipotético: lo había traído a la ciudad y aprovechando una ausencia temporal, me colaba en el lecho. Alea jacta est, me animé y ya iba a aflojar el pantalón cuando me cerró el impulso, abrió la puerta del balcón y respirando un chorro de aire húmedo exclamó:  Dios sabe cuánto lo quise. Levanté la hipótesis errada y permanecí acechante, mirándola embelesada, con sus ojos no atentos a la tarde en fuga, ni a los míos buscándola, sino a la mesa del cuarto donde tenía  un neceser cuadrangular y un búcaro lleno de príncipes negros, salidos del botón al despuntar el día. Bloqueándola con los ojos, armé la siguiente conjetura: el lo traigo conmigo anulaba la asistencia física de aquel, trasladando su presencia al espacio del alma.  Esto contribuía a liberarla del don implícito en el lo traigo, lo que implicaba, en la hipótesis desmontada, la predisposición adultérica. Disipado el riesgo de los triángulos, respiré hondo, alabando el campo abierto a poseerla, sin contingencias dañadoras cuando nos desmandáramos a la cama, donde nos metimos al anochecer.
  Ningún ser nacido ha conseguido las palabras exactas para calificar el tempo de la dicha. La del hombre total, el sujeto definido en el recuerdo de una habitación. Hombre en genérico, o mejor, en simbiosis, en ser uno de dos, hombre y mujer. La summa alegórica se da en el acoplamiento, en los espasmos de la penetración, en la confusion verbal por la posesión del sexo intercambiado.  Yo no podría contar la sensación de verla desnudarse con mis manos, perdiéndonos en la boca del cielo, ovillada a mi cuerpo de cargarla y tenderla en el reino de la sábana blanca, abierta en pétalos para mí. Todos los nervios, sangre, músculos, células y poros de los entrantes y salientes de los cuerpos sumados, engarzados en el delirio de venirse arriba, de venirse abajo,  con las palabras, escalofríos, temblores, suspiros, mordedura, mugidos,  torcedura, ternezas y estiramientos del derramamiento desbravador.
  Cuando la respiración volvió a su lugar, percibí el primer ataque de ese embrujo inapresable que se llama amor. Lo adiviné cuando las yemas de mis dedos marcaron la ruta tibia de su espalda, antes de doblar las mágicas colinas hacia los bordes de la gruta humedecida, al asaltarme la duda de la absolutez de posesión. ¿Será únicamente mía? ¿Alguien más de este mundo podría verla desnuda, como yo la estaba admirando? Sin cachazas para el recelo,  desamarré el nudo de la garganta: ¿Por qué me dijiste, Grega, que al hombre de tu vida lo traes contigo? Me miró compasiva y apretó los ojos con la punta de los dedos, como exorcizando una vision de espíritus en la madrugada. Miró hacia la mesa de noche en penumbras, donde un rayo de luna bailaba levemente, semejando el capricho de una forma humana en la tapa del neceser. Entoces dijo, muy despacio: ¿Ves esa caja sobre la mesa, forrada de lona gris? Es mi marido. Murió hace cinco años y no quise dejarlo en el cementerio de allá. Y como al fin presiento que no me iré nunca de esta ciudad, en cuanto amanezca lo llevo al Campo Santo, donde podrá descansar en paz.
(De mi libro De Ceca en Meca. Editorial Betania, Madrid, 2010).

viernes, 19 de junio de 2015

En el Día de los Padres

Por Gabriel Cartaya

En homenaje al Día de los Padres, tomo de mi libro De ceca en meca un cuento que escribí al día siguiente en que uno de mis grandes amigos, Juan Valentín Gutiérrez, perdió al suyo. Después de compartir durante años con ambos, en la casa niquereña donde siempre se me acogió como a uno más de la familia, sentí la necesidad de desahogar la pena que nos dejaba la ida de Juan Gutiérrez, desde una ilusión que intenta  eternizar el encanto de la niñez con la felicidad del amor paternal.
Cuando unos años más tarde se despidió mi padre de la vida, al borde de cumplir un siglo con toda la lucidez, su mirada profunda de iluminarme la reencontré –la encuentro– en la ternura cándida de esa edad, cuando la imaginación tiene la capacidad inmensa de desconocer  la muerte, para que, como en “El último escondrijo”, nos acompañen siempre los seres que amamos.

Último escondrijo
                                                                                      A Valentín Gutiérrez             

Estaba amaneciendo y yo estaba allí, por primera vez desamparado, sin entender por qué las personas mayores no se iban a dormir en una noche tan larga. En algún momento de la madrugada me aparté de los míos, nunca tan cabizbajos, para jugar otra vez al escondido con mi papá. Con él no tengo suerte en el escondrijo, porque siempre me encuentra por el olor. Aunque a él no le va mejor, pues le descubro en media vuelta la carcajada larga, una risa explayada que le sale del alma desde que yo nací. ¿Y qué ha pasado esta noche, que no se quiere reír? ¿O anda escondido muy lejos?
Primero lo voy buscando por el cuarto, que huele a él y a mi mamá. Todo en la estancia es él, pero nada como la cama, hoyada al medio desde mis vueltas a carnero  –dicen–, pero yo sé que es de ellos estarse  pegaditos cincuenta y cinco años. Abro el escaparate y sospecho que no debe andar lejos, porque toda su ropa está en el mismo lugar. Corro al segundo cuarto y nada. Entonces oigo sus pasos en el patio y me precipito, ¡mírate ahí, papá!, pero la imagen flota detrás de la mata de mangos y se me escapa entre las hojas verdes. Quiero seguirle el rastro cuando las pisadas se hacen etéreas y se me aguan los ojos por una jugarreta que me pierde.
Después, mientras los mayores siguen sin entender, lo voy buscando por la mar cercana, que es un pez nadando. Con la evasión, nos hemos separado demasiado, o quién sabe si estaremos perdidos los dos. Por eso voy chiflando por la orilla, a que salte rapidito a encontrarme. Como no sale a dar conmigo, se me ocurre una bellacada: simulo estar vomitando para asustarlo, como aquella vez del trago de aguardiente, con el que quiso enseñar a los amigos la hombría adelantada de su primogénito. Pero las olas callan, las uva caletas están inmóviles, entre las rocas no hay señales y los acantilados no me cantan su voz.
¿Es que se iría a emborrachar?  Él antes no tomaba y trabajaba, de bigornia a chaveta, para que yo siempre tuviera zapatos nuevos. Un día le dio por jubilarse, porque tenía los años y necesitaba todo el tiempo para los cuentos que nos guardaba. ¿Pero dónde te has metido, papá, que no te encuentro? ¿O dónde me he perdido yo, que no me hayas? ¿Tú no me oyes, viejo? Detrás de los asientos no estás agachado, como antes, para desternillarte de la risa cuando yo grito un ¡te encontré! Tampoco te acierto aparruchado entre la puerta y la pared, aplaudiendo con la felicidad de los ojos mi felicidad de abrazarte.
Entonces paso callado por el arca gris, sin mirar hacia el pequeño rectángulo de cristal, rodeado de flores rojas, donde no debes esconderte. Mejor toco en mi pecho sobresaltado, con la misma ansiedad de golpear en la puerta de casa cuando he llegado tarde. Y apareces, papá, donde siempre vas a estar, sonriente, amoroso, juguetón.

viernes, 12 de junio de 2015

Esperando en la calle Zapote, la primera novela de Betty Viamontes

Por Gabriel Cartaya

Al dar a conocer la novela Esperando en la calle Zapote, Betty Viamontes irrumpe en el mundo literario con una propuesta que llama la aten­ción favorablemente. Es una obra de casi 300 páginas y a pesar de la extensión para una obra inaugural, la autora ha conseguido dosificar el interés y emoción hacia la historia narrada, para que el lector no sólo llegue hasta el final, sino también quede a la espera de un incógnito después, iden­tificado con los personajes centrales del drama humano que plantea.
     Toda la obra se mantiene dentro en una línea argu­mental (la separación y re­unificación de una familia), aun cuando dentro del hilo narrativo trasciende el entorno político-social cerrado y auto­ritario que crea el ambiente donde se ven arrojados los personajes. La autora apenas requiere de tramas secunda­rias a la primera voz narrativa. Es la madre de tres hijos quien, al quedar en Cuba cuando el esposo sale del país, cuenta en primera persona un drama donde se entretejen esperanza, desilusión, pruebas morales y psíquicas, enfrentadas a una circunstancia que le deja pocos resquicios donde alimentar la ilusion del reencuentro.
     Fue una buena solución de Betty Viamontes construir una segunda voz narrativa dentro del mismo hilo argumental, para que el esposo pudiera contar no sólo peripecias de su vida, primero en España y después en Estados Unidos, sino delinear la segunda per­sonalidad que inserta al lector sentimentalmente a favor de los personajes.
     El título tiene una preci­sión y efecto que no necesita de un subtítulo que actúe como puente a la novela, pues la espera de tantos años se identifica cabalmente con la calle donde viven, y que cobra un simbolismo inusitado al nombrar una fruta en cuya tex­tura, color y pertenencia hay un reflejo de la nación raigal, por encima de la tesitura psi­cológica externa del narrador. Más bien, el subtítulo (Amor y pérdida en la Cuba de Castro), limita la novela al mundo pre establecido del tiempo y espa­cio de la obra, alejándola de la universalidad de un drama –el de la familia fragmentada por la emigración del padre o la madre– que es tan antiguo como la constitución de la fa­milia y hoy afecta a millones de personas en el mundo.
     El subtítulo tampoco con­tribuye desde una perspectiva estética a la portada, como no lo hace la indicación de que es “Una Novela”, ambas con mayúscula para mayor desacierto del diseño. Tampoco se relaciona el poder simbóli­co de los sellos de la portada con el contenido, a pesar de la significación personal que comporten para la autora. Más bien contradicen la obra, pues de los tres sellos que opacan a la bandera, dos están feste­jando acontecimientos ajenos al espíritu de la obra (uno a la Revolución de Octubre y otro a la ilusión de una zafra de diez millones). Tal vez, el sello que expresa la ternura maternal hubiera sido suficiente.


     Pero estos elementos exter­nos a la corporeidad literaria, no quitan fuerza y legitimidad a la novela. Betty Viamontes ha sabido captar una trama que tiene mucho de autobiográfica y a pesar de derramar lágrimas en el proceso de creación, supo moderar la voz de la narra­ción literaria para reconstruir una historia emocionalmente equilibrada, adornando la con­ducta real de sus entrañables personajes, con adaptaciones ficcionales requeridas por la temperatura dramática de la obra. Asimismo, aunque en la interiorización ideológica de la autora pesan los códigos de haber vivido una historia como la que escribe, supo mantener una prudente distancia para no aparecer como juez omnis­ciente de acontecimientos que le fueron contados o pertene­cen a sus propios recuerdos.
     Aunque la novela es escrita en idioma inglés, en el que la autora ha recibido toda su formación –vivió en Cuba sólo hasta los 15 años (edad de Ta­nia al término de la novela)–, la traducción al español por ella misma mantiene un lenguaje claro, sin artificios o excesos metafóricos, lo que facilita una comunicación cómoda con el lector. Es verdad que hay giros y frases del lenguaje que no se corresponden totalmente con determinadas circunstancias donde ocurren, pero en ningún caso perjudican la compren­sión y emoción que se logran con la lectura.
     Un logro de la novela está en la agudeza con que la autora se cuida de una narración lineal, estrictamente cronológica, que hubiera caído en el aburri­miento. Aunque hay distintos momentos donde la retros­pectiva la ayuda a reactivar el interés y entender a los perso­najes, el climax de este recurso lo refleja en el inicio y cierre de la novela. El “podía oler la sal del mar y escuchar las olas rompiendo contra el acero en aquella noche sin luna del mes de abril. Era 1980…”, engarza a la perfección con el desen­lace de Esperando en la calle Zapote, donde se hace realidad la simbiosis literaria de ilusión llevada a un enriquecido feliz final.
     Leer Esperando en la calle Zapote, es adentrarse en el des­tino de una pareja, una familia, seres humanos que defienden los valores y el derecho a amar y estar juntos, venciendo las circunstancias adversas que los empujan a la separación, a la resignación y el olvido. Es un paradigma re-creado con el poder de la palabra, en una obra literaria con la que se aprende disfrutando, o se dis­fruta aprendiendo. Por eso, al terminar la lectura, cerramos el libro con la sensación de un tiempo aprovechado.

jueves, 11 de junio de 2015

El sancocho de la razón (cuento)

Por Gabriel Cartaya

La caída de un balde de sancocho cambió el destino del Dr. J. Loumé.  Con 45 años bien cumplidos, se había convertido en uno de los médicos más prominentes de su entorno, alcanzando altos reconocimientos en su país y atención en varias publicaciones especializadas a nivel internacional. Especialista en Ortopedia y con un alto grado científico, se le respetaba tanto en la consulta del hospital, como en el aula de la Facultad de Medicina donde ejercía como profesor.
El atardecer que desvió el cauce por donde avanzaba la vida ordenada del Dr. J. ­Loumé,   fue un rayo de sol vespertino quien, antes de perderse en la belleza del golfo, alumbró el cuadro alucinante desde el que brotó una pregunta que se planteaba por primera vez: ¿Qué hago yo aquí?
Aquí era el lugar donde se le cayó de  la bicicleta el dichoso balde de sancocho, al reventarse la soga de yarey envejecido que le servía de asa. Dos meses atrás, un paciente de La Sierra le había regalado un cerdo que, según dijo, pesaba 120 libras en pie. Eso daría, ­calculó el  ­científico  mentalmente,   unas 90 libras en limpio. Comprar esa cantidad de carne equivalía a unos 1800 pesos, que venían a ser, para él que ganaba un buen salario, tres meses de trabajo.
Aunque su esposa, también médico, imaginó entusiasmada una tanda de bistecs para el día siguiente, el Dr. J. ­Loumé anunció, con el mismo acento de defender una tesis científica: Necesitamos levantarlo hasta las doscientas libras.
Al día siguiente regó la noticia entre sus amigos, algunos médicos como él: Cualquier sancochito que sobre por la casa, me lo guardan. Sabía que estaba pidiendo peras al olmo, porque donde quedaba un poquito de arroz de la comida, un rayo de luz alumbraba el almuerzo del día siguiente. Era el día a día de los años noventa en Cuba, a los que se había llamado, irónicamente, “período especial”.
A pesar de todo, el querido galeno encontró oídos receptivos, sobre todo en amigos que trabajaban en gastronomía. A veces tenía que recorrer varios kilómetros en su bicicleta china, pero había jurado que al cerdo de su casa nunca lo esperaría el anochecer sin un bocado de alimento.
Esa tarde, después de un día  agotador  en el Hospital Clínico Quirúrgico y de haber impartido una conferencia magistral en la Facultad a un grupo de médicos, montó en el biciclo radiante de alegría. El administrador de un restaurante cercano le había llamado, con la noticia de haber recibido una carreta  llena de viandas y que podía recoger, detrás de la cocina, una gran cantidad de pedazos de yuca y boniatos inservibles para el comedor. Sin quitarse la única bata blanca, que le cubría hasta las rodillas y era su lujo, salió a recoger aquella riqueza para su marrano. La suerte estaba de su lado, porque una cocinera le rellenó la vasija, con un poco de sopa agria que el esposo no había llegado a recoger.
Comenzó a pedalear despacio y el aire del atardecer le refrescaba el rostro. Como guiaba de bajada, no tenía que esforzarse con los pedales. Iba verdaderamente contento, recordando los primeros días en que subía al hospital, recién graduado de Medicina. Después pensó en la reciente propuesta para trabajar en el Instituto de Ortopedia, en la capital. Iba tan pletórico de sueños, que apenas se dio cuenta que debía detenerse en la intersección, para ceder el paso a un autobús repleto de gente hasta en los estribos.
Con el frenazo, el asa del balde se reventó y comenzó a rodar hasta detenerse, acostado, a unos tres metros del doctor.  Cuando el cubo chocó contra el pavimento, una parte del sancocho líquido le salpicó el rostro y una gran cantidad cubrió el frente de su bata blanca, pero él no tuvo tiempo de reparar en aquel estrago, concentrando toda su conciencia en la recuperación de tan estimada carga.
Sin pensarlo dos veces y sin mirar hacia un vecindario asomado al deprimente espectáculo, se lanzó al pavimento a recoger la porción sólida del sancocho. Involuntariamente, había asumido una posición cuadrúpeda para agilizar el rescate del botín, desparramado en cinco metros alrededor. Ya iba por la mitad de la vasija cuando, al levantar la vista por primera vez, comprendió el inminente peligro que le venía encima. Un perro oscuro, enseñando los dientes, avanzaba en su dirección. En el primer segundo se puso en guardia para evitar una mordida, pero al instante comprendió que el interés del can estaba en la comida.
El instinto del sabueso, en cambio, no le alcanzó para olfatear que se encontraría con un rival encarnizado, en cuatro patas como él, dispuesto a defender su legítimo derecho sobre cada pulgada de bazofia. Cuando el perro gruñó, el médico gruñó más alto, avanzando hacia él. “El sancocho es mío, perro e’ mierda”, gritó en el instante irracional, atacando al perro injerencista con ímpetu de miliciano, hasta arrancarle de la garganta el mejor trozo de boniato.
Por el gesto humano de cubrirse el rostro con una mano, el Doctor J. Loumé se descubrió con la boca abierta, tan abierta como la boca del perro. Fue exactamente el instante en que, desde lo más profundo de su conciencia reencontrada, le brotó la espontánea expresión que iluminó el cambio de su rumbo. Se puso de pie, temblando al reconocerse, visiblemente transfigurado y le dio una patada al balde de sancocho, con tanta fuerza, que vino a encajarse en el pescuezo del perro. Entonces gritó tres veces seguidas, para que todos le oyeran: ¿Qué hago yo aquí?

Nueve meses más tarde, el Dr. J. Loumé se asomó por la ventanilla del avión que lo llevaba a un Congreso Internacional de Ortopedia, en Estados Unidos. Mientras veía achicarse la difusa silueta de la isla en el horizonte, sólo un instante apartó de su mente la imagen de su esposa, los hijos, la familia y tanta gente querida que dejaba atrás. Fue el segundo fugaz en que el recuerdo del balde de sancocho le provocó una triste sonrisa de despedida

jueves, 7 de mayo de 2015

El Día de las Madres

Por Gabriel Cartaya

La consagración de un día del año a rendir homenaje simbólico a un acontecimiento, deidad, afiliación, personaje u otro motivo, aparece desde los tiempos remotos en que se registra la historia de la humanidad.
Pero tal vez ninguno sea más extendido que el dedicado a expresar la veneración que despierta el ser que nos trajo al mundo. Por eso cada muestra de homenaje a la madre, desde la antigüedad hasta hoy, entraña el motivo de celebración más universal e inclusivo.
Sin embargo, no existe una fecha común para rendir reverencia al emblema materno y a través de los tiempos, en diferentes países o regiones, se ha ido afirmando una fecha propia. Asimismo, han sido diversas las imágenes para la revelación de este tributo. Los antiguos griegos lo expresaban en el culto a Rea, madre de Zeus, Poseidón y Hades, mientras los romanos eligieron a Cibeles, diosa de la madre tierra y símbolo de fertilidad.
Con la aparición del cristianismo y su expansión por occidente, se introdujo el culto a la Virgen María, fijada su celebración el 8 de diciembre, fecha que  algunos países, como Panamá,  han ­destinado al Día de las Madres.
Honrar la presencia de la madre fue también una costumbre enraizada en  las culturas que poblaron la Mesoamérica precolombina. Una de ellas, la azteca, rendía culto a la madre de su dios Huitzilopochtli, la diosa Coyolxauhqui o Maztli, representada por la luna. Los aborígenes rendían especial tributo a esta deidad, a la que consagraban hermosas esculturas en oro y plata, revelando con un esmerado nivel artístico su profunda veneración a la maternidad.
Actualmente sobreviven muchos elementos autóctonos y comunes en la celebración del Día de las Madres en Hispanoamérica, a la que sus diferentes países consagran una fecha específica del calendario anual, sin atender al día de la semana.  México, Guatemala y El Salvador  lo festejan cada 10 de mayo, mientras  Paraguay eligió el 15, Bolivia el 27 y Nicaragua el 30 de este quinto mes del año.
Otros países, sin embargo, no lo hacen en mayo. Para los argentinos el tercer domingo de octubre es su Día de las Madres, mientras los costarricenses decidieron celebrarlo el 5 de agosto.
A los Estados Unidos vino la tradición desde Inglaterra, donde se aprecia, desde el siglo XVII, la costumbre de llamar Día de la Madre al domingo libre concedido a los siervos o empleados, para que cada uno pudiera visitar la suya, en cuya figura se concentra el sentido de la familia.
Seguramente esa raigambre influyó en la iniciativa de la escritora británica Julia Ward Howe, principal impulsora de una manifestación pacífica en Boston, en 1872, para reunir a las madres que sufrían por la ausencia de los hijos que habían sido llamados a servir en el ejército. Aunque las celebraciones bostonianas no se afincaron en la tradición, resultaron un antecedente para que en 1907, en Virginia, naciera la propuesta de establecer un día del año para rendir homenaje a las madres. 

Pablo Picasso. Maternidad, 1905


A Ana Jarvis,  una ama de casa muy conmovida con la muerte de su mamá, le cupo el mérito de hacerse oír al desatar  una campaña nacional, dirigiéndose a maestros, religiosos, políticos, abogados y cuantos quisieran oír, con la propuesta de dedicar un día del año a rendir homenaje a las madres.  Le puso tanto corazón, que su mensaje fue aprehendido en poco tiempo por toda la nación.
La práctica se hizo tan generalizada, que el 8 de mayo de 1914, el presidente Woodrow Wilson firmó la proclamación del Día de las Madres como fiesta nacional, una celebración que a partir de entonces quedó establecida para el segundo domingo del mes de mayo.
Seguramente, el segundo domingo de mayo de 1915 fue la primera celebración aguardada del Día de las Madres, por lo que hoy asistimos al centenario de una de las costumbres más hermosas atesoradas por la humanidad.
La idea cruzó los mares y actualmente unos 40 países festejan el Día de las Madres en esta fecha.
España, por su parte, lo celebra el primer domingo de mayo e Inglaterra tiene su  “Mothering Sunday” el cuarto domingo del tiempo de Cuaresma. Pero si tomamos en cuenta los países que eligieron el segundo domingo de mayo para el Día de las Madres, donde se incluye a la vasta población china, es esta fecha la más universal para expresar a cada madre, física o espiritualmente presente, el eterno amor que merece.
En una frase de la sabiduría hindú encuentro la razón primigenia para tan justa devoción: Dios no podía estar en todas partes: por eso le dio a cada familia una madre