jueves, 13 de agosto de 2020

Recordando a Ivan A. Schulman

 


Con el fallecimiento de Ivan A. Schulman el pasado 3 de agosto, perdimos físicamente al intelectual estadounidense que más aportes ha realizado al estudio de la obra de José Martí. De sus 89 años, dedicó más de sesenta a leer, estudiar, interpretar y explicar –a través de la palabra oral y escrita– los valores imperecederos de la literatura que nos legó uno de los más profundos y legítimos escritores americanos del siglo XIX.

   La vida intelectual de Schulman –quien nació en Nueva York en 1931–, discurrió entre la investigación y la enseñanza universitaria. Siendo estudiante, el profesor Manuel Pedro González lo puso en contacto con los textos martianos y más nunca se separó de ellos. La tesis de doctorado, tutoreada por el señalado preceptor, indicó el talento del joven y derivó en la publicación de un libro que hasta hoy no ha sido superado para entender los símbolos de la escritura martiana y encontrar en ella indicios fundadores del modernismo literario. Aquel libro, Símbolo y color en la obra de José Martí, cuya primera edición correspondió a Gredos, Madrid, en1960, ha sido una fuente imprescindible para los estudiosos sobre el Apóstol cubano.

Conversando con Ivan Sculman en la Universidad
de Tampa, en abril de 2016. Foto: Manuel Portales.

En un escrito que publiqué en esta columna hace más de tres años, comenté mi encuentro con esta obra, la oportunidad de conocer a su autor, merecer un ejemplar dedicado y su amistad. Nos conocimos en 2001, en un curso sobre José Martí organizado por él en la Universidad del Sur de la Florida (USF) y después nos encontramos en otras conferencias en torno al cubano universal. Me permito recordar, también, un viaje suyo a Baracoa, Cuba, donde pudimos conversar durante varias horas. Entonces él vivía en San Agustín y viajó a la Ciudad Primada de la Isla de Cuba a prestar un servicio humanitario relacionado con el apoyo de una iglesia cristiana a un proyecto cultural con jóvenes de aquella intrincada localidad. Yo fui a verlo desde Manzanillo –donde entonces vivía–, pues tuvo la gentileza de avisarme de su llegada allí.

Aunque desde entonces sostuvimos algún intercambio epistolar, no volvimos a encontrarnos hasta 2016, cuando, a pesar de su avanzada edad, asistió a un evento sobre José Martí organizado por la Universidad de Tampa y USF, donde pronunció una aplaudida conferencia e intervino con alto rigor académico en las ofrecidas por otros participantes. De aquellos días quedaron dos entrevistas que le hice, una para La Gaceta y otra, grabada, a la que se puede acceder a través de Youtube (https://www.youtube.com/watch?v=v0a4VMizRxE). 

De ellas quiero rememorar  momentos de su vida y obra: “Mis proyectos más importantes fueron, y han sido la rectificación de la iniciación del modernismo, y la definición del concepto literario y cultural del modernismo en América y la importancia de Martí en la evolución de ese proyecto (…)Pero he escrito y publicado sobre muchos temas hispanoamericanos, desde la Colonia hasta lo contemporáneo, sobre figuras y temas de Cuba, México, Nicaragua, Argentina, Puerto Rico, Chile”, respondió, al ser interpelado sobre su quehacer investigativo y escritural.

Hablamos de sus libros: Símbolo y color… para él uno de los preferidos “porque representa el comienzo de mi carrera como investigador y porque la figura de Manuel Pedro Gónzalez está presente siempre cuando pienso en el libro”, pero también destacó a El Proyecto inconcluso, libro que “representa mis ideas maduras sobre el tema del modernismo y lo que significó para la historia literaria y cultural de Hispanoamérica”. Otros textos, como El modernismo hispanoamericano (1969), Martí, Darío y el modernismo (1974), Martí, Casals y el modernismo (1969) Nuevos asedios al modernismo (1987), así como la gran cantidad de artículos suyos dispersos en publicaciones españolas, hispanoamericanas y estadounidenses, fueron tocados en la conversación tangencialmente, dentro de los temas centrales que estuvieron siempre focalizados por el notable investigador.

Por él supimos de su vida: “Nací en Brooklyn, Nueva York, donde viví y estudié hasta cumplir tres años de estudios universitarios.  Después, en México, California, Missouri, Florida y Puerto Rico (…) De joven deseaba hacer estudios de medicina.  Pero, como mis padres eran de clase media baja, sin mucho dinero, y como me gustó el estudio de las lenguas extranjeras y la literatura, me decidí por una carrera de profesor universitario. La decisión de estudiar la cultura y la literatura hispana se debió al hecho de que gané una beca para terminar mis estudios subgraduados en la Universidad Nacional Autónoma de México”.

Habló de sus constantes viajes y de sus lugares preferidos: México, Cuba, Buenos Aires, Italia y Tailandia, aunque para vivir, el que más le gustó fue Nueva York; y aunque lo atribuyó a  “la actividad cultural de la ciudad”, seguramente el orgullo de ser hijo suyo pesó en la valoración.

Con relación a la predilección por expresiones artísticas, Schulman confesó ser bastante ecléctico y disfrutarlas todas, sin una “preferencia por una manifestación particular”. En cambio, la prioridad de la literatura y la historia era tan evidente en su obra que no requerían interrogación. A su vez, la distinción por sus alumnos, especialmente aquellos a quienes les sirvió de tutor en sus doctorados, ocuparon un espacio muy especial en su  atención. “Tengo discípulos regados por todo el mundo, incluyendo a Tampa”, dijo con una noble sonrisa, llena de sencillez y satisfacción.

Finalmente, Ivan se mostró preocupado por “lo que está pasando ahora en el mundo, sobre todo, el terrorismo y la violencia racial”. A pesar de ello, se mostró optimista: “Tengo fe en la humanidad.  Mi fe está relacionada con la visión martiana de un mundo de paz y alegría”, declaró, con la suave serenidad de su palabra, visiblemente amorosa.

Ahora nos falta la palabra lúcida y la sonrisa amigable de Ivan, pero nos queda para siempre en la amplia familia martiana y en cada una de las miles de líneas que escribió. En lo personal,  también guardo  su nombre en mi librito Domingos de tanta luz, con las palabras de introito que él le dedicó con tanta generosidad. Como en muchas de sus expresiones encontramos a Martí, al abrir sus libros los reencontramos juntos, alineados con los que aman y construyen, imperecederos guardianes de la dignidad humana.

Gabriel Cartaya, Tampa, 10 de agosto, 2020.

Publicado en La Gaceta, 8.14.20

martes, 4 de agosto de 2020

Saint-Exupéry vive en El principito, a 76 años de su muerte

El 31 de julio de 1944 murió el escritor francés Antoine de Saint-Exupéry, autor francés de El Principito. Ese día, a menos de un año de concluir la Segunda Guerra Mundial, cuando cumplía una misión como piloto de guerra, fue derribado su avión en aguas de Marsella. Entonces el piloto-escritor tenía 44 años y volaba en un P-38 Lightning alineado con las fuerzas antifascistas. Aunque esa acción lo inscribe como un héroe de guerra y un mártir de la lucha contra el fascismo, su nombre es recordado en todo el mundo como escritor, especialmente como creador de uno de los libros más hermosos de todos los tiempos, al que su autor llamó El Principito. 
     Saint-Exupéry no pudo conocer la fama alcanzada por esta obra literaria, pues apenas había sido publicada unos meses antes de su muerte. Fue dada a conocer en Estados Unidos –donde estaba exiliado el escritor– por la Editorial  ­Reynal & Hitchcock. En Francia se publicó por primera vez en 1946, por Éditions Gallimard y a partir de entonces comenzó a extenderse por el mundo la historia maravillosa de El principito, hasta convertirse en uno de los libros más leídos en todo el mundo. 
Aunque Saint-Exupéry había publicado otras obras –Vuelo nocturno (1931)– no era un escritor reconocido. Se formó como piloto en Francia, oficio en el que vivió experiencias sobrecogedoras como el aterrizaje forzoso que tuvo que hacer en el desierto de Sahara, en Libia, cuando realizaba un vuelo hacia Saigón, en 1935. Entonces, junto a un compañero, intentaba romper el récord de tiempo entre París y aquella ciudad, que se premiaba con 150 mil francos. La aventura terminó en el desierto, sin agua y apenas unas uvas y naranjas como alimento. Al cuarto día, casi deshidratados y hambrientos, fueron encontrados por un beduino que los sacó de allí en el lomo de un camello.
     Aquella experiencia, entre otras, son revividas en la historia del piloto que tiene que aterrizar en el desierto a reparar su avión averiado, donde  se le aparece el niño a pedirle que le dibuje una oveja. La tierna amistad con el pequeño que le cuenta sus viajes, desde el diminuto asteroide donde habita hasta los planetas visitados antes de llegar a la Tierra, es pletórica de enseñanzas, belleza y sensibilidad. El amor al ser humano, la libertad, el pensamiento propio, la sencillez y la grandeza humana, emergen de El principito con la naturalidad que sólo alcanzan las cosas verdaderas. 
     El escritor francés también estuvo muy vinculado a Latinoamérica, pues vivió en Argentina un tiempo, siendo en ese país director de la empresa “Aeropostata argentina”. Allí conoció a la salvadoreña Consuelo Suncín, que sería el amor de su vida y con quien contrae matrimonio, a pesar de las tormentosas relaciones que por momentos les alejaron. 
     Pero no es a su vida como piloto, viajero, cronista, cuyas exaltadas vivencias dejó escritas en Tierra de hombres (1939), Piloto de guerra (1942) y Correo del Sur (1928), donde nos remitimos cuando oímos su nombre, sino al imperecedero Principito, un pequeño libro ha encontrado más lectores en el mundo que los clásicos que debemos a Víctor Hugo, Honoré de Balzac, Emile Zola y otros grandes escritores franceses; un libro que ha sido traducido a más de 250 idiomas y dialectos, entre ellos el toba y el totonaco, lenguas indígenas argentina y mexicana respectivamente.
     Hoy se le rinde homenaje a Saint-Exupéry en todo el planeta. Un asteroide descubierto en 1975 lleva su nombre; otro, dado a conocer en 1993, se nombró 46610 Bésidouze (en español B-seis-doce) en recuerdo del imaginario planeta donde habitaba el principito; más tarde se le llamó Petit-Prince a la luna de otro asteroide. En fin, cada nuevo lector de este precioso libro suma su voz a la inmortalidad de su autor. 
     Cuando leí por primera vez esa obra, en una conversación de amigos tuve una expresión exageradamente categórica: No se puede ser buena persona sin haber leído El Principito. Entonces era casi un muchacho y de hombre rectifiqué la afirmación: Se es mejor persona después de haber disfrutado la lectura de El Principito.  
Gracias, Antoine Saint Exupéry, por haber escrito ese pequeño y maravilloso libro antes de que el avión en que volabas se perdiera en tu último asteroide.

viernes, 24 de julio de 2020

Josefina nos habla de su padre, el poeta Eliseo Diego



En el marco del centenario del poeta cubano Eliseo Diego, La Gaceta ha querido sumarse a los diversos homenajes que se le han ofrecido a uno de los grandes representantes de las letras hispanoamericanas del siglo XX. El autor de En la Calzada de Jesús del Monte nació en La Habana el 2 de julio de 1920 y murió en la ciudad de México el 1.° de marzo de 1994, legando una obra compuesta por  más de 20 libros, entre poemarios, prosa y traducciones. Entre otras distinciones, recibió el Premio Internacional de Literatura Latinoamericana y del Caribe “Juan Rulfo”, que le fue otorgado en 1993.
     Josefina de Diego –Fefé–, hija del poeta y autora del libro El reino del abuelo, quien vive en La Habana, respondió gentilmente a nuestro deseo de entrevistarla para esta publicación.
Ser hija del poeta Eliseo Diego, sobrina de Cintio Vitier y Fina García Marruz, haber crecido en una atmósfera donde la presencia de José Lezama Lima y otros  grandes intelectuales y artistas fue permanente, debe asaltarte constantemente en el recuerdo. Aunque seguramente lo has contado muchas veces, para los lectores de La Gaceta, en Tampa, puede ser la primera vez…
Eliseo Diego junto a sus hijos Constante Alejandro (Rapy),
Josefina de Diego (Fefé) y Eliseo Alberto (Lichy)
 Así es. Como muchos saben, mis padres, mi abuela paterna y nosotros tres (mis dos hermanos y yo) vivimos desde 1953 hasta 1968-69 en una quinta, Villa Berta, en las afueras de La Habana, en Arroyo Naranjo, a unos veinticinco kilómetros de El Vedado, donde vivo ahora, para que se puedan ubicar los lectores de esta entrevista. Era un jardín grande, del tamaño, aproximadamente, de lo que se conoce como “manzana”, cinco mil metros, según consta en la propiedad. Esa quinta era de mis abuelos y ahí vivió mi padre los primeros nueve años de su vida. Durante la crisis de 1929, el negocio de mi abuelo quebró y tuvieron que alquilar la finca y mudarse. Cuando mis padres se casaron, mi madre, Bella García-Marruz, quiso regresar a ese hermoso jardín, porque quería que sus hijos crecieran en el lugar en el que mi padre había sido tan feliz.
Villa Berta era un verdadero parque de diversiones para nosotros, nuestros primos y amigos del barrio. Y también se convirtió en un espacio de reunión de la familia y los amigos de mis padres. Todos los domingos llegaba muy temprano mi abuela materna, Josefina Badía, que era pianista, y nos despertaba tocando el piano que teníamos en la sala, para ella. Venía con nuestros primos, los hijos del hermano médico de mamá, Sergio García-Marruz, ginecólogo y obstetra, que tenía una linda voz de tenor. Más tarde, los tíos Cintio  y Fina, con sus hijos. En ocasiones llegaba el tío Felipe, hermano de mi madre de un primer matrimonio de mi abuelita, con sus hijos y sus músicos (Los Armónicos de Felipe Dulzaides). Y así, domingo tras domingo, el jardín recibía a los amigos: Lezama, el sacerdote navarro Ángel Gaztelu, el músico asturiano Julián Orbón y su esposa Tanguy, los “tíos” Agustín Pi y Octavio Smith, con sus respectivas familias, era una especie de “sub-grupo Orígenes”, como yo le llamo. Y muchos otros visitantes. Mi madre se las agenciaba para que todo el mundo se sintiera bien, a gusto, ella hizo posible que Villa Berta se convirtiera en ese “sitio en que tan bien se estaba”, con su delicadeza, inteligencia y sabiduría. Mi hermano Lichi y yo teníamos dos años cuando nos mudamos para esa quinta, Rapi, cuatro. Y nos fuimos en la adolescencia. Pero para nosotros, todas esas “personas mayores” eran familia, amigos y “tíos”, no los mirábamos como los grandes artistas e intelectuales que eran. Ellos estaban en sus “juegos”, nosotros en los nuestros, ¡mucho más divertidos!, de eso estábamos seguros. Y no todo era literatura y conversaciones “serias”. Recuerdo que ­jugaban al croquet (¡no confundir con criquet!), hacían torneos de ajedrez; abuela Josefina se sentaba al piano y el tío Sergio cantaba; si llegaba Felipe, la fiesta era en grande. Mamá y Fina se sabían  en inglés muchas de aquellas bellísimas canciones de  la década de 1940-1950: “Stars Fell On Alabama”, “The Nearness Of You”, “They Can’t Take That Away From Me”, y Felipe las tocaba  (Fina escribió el libro de poemas Viejas melodías, dedicado a esas canciones y a esos recuerdos). Y papá y Julián cantaban: “Como quieres que una luz / alumbre dos aposentos / como quieres que yo quiera / dos corazones a un tiempo”.
¿Qué determinó que en 1968 la familia se mudara de Villa Berta, ese paraíso de Arroyo Naranjo al que tanto aludió tu padre?
En esta pregunta no me detendré porque siempre me resulta muy doloroso hablar de este tema. En mi libro El reino del abuelo, lo explico muy brevemente. En una larga entrevista que me hizo el escritor cubano Norge Espinosa (“Si hay buen tiempo mañana, iremos a La Habana”, reproducida en el libro La Habana en mí, Ediciones Extramuros, 2019) lo cuento en detalles. Para resumir, tuvimos que abandonar la quinta por razones económicas, no era ese nuestro deseo, pero así tuvo que ser.
¿Qué fue de Villa Berta cuando ustedes la abandonaron, qué es en la actualidad?
Allí hay una empresa del Ministerio de la Agricultura, nada de museo… el jardín no existe, construyeron dos oficinas grandes, quedan la casa y el estudio.
¿Tuvo suficiente  atención en las editoriales cubanas la  obra de Eliseo en las décadas de 1970 y 1980?
Sí. Entre 1958, fecha en que publicó su segundo poemario, –Por los extraños pueblos, y 1966  hubo un silencio, digamos, editorial, porque mi padre nunca dejó de escribir. En ese año salió a la luz El oscuro esplendor. Pero, si te fijas, entre En la Calzada de Jesús del Monte y Por los extraños pueblos transcurrieron nueve años. Él trabajaba mucho sus poemas, no se apuraba por publicar. En esos años que mencionas se publicaron sus libros de cuentos, luego Los días de tu vida (1977). Y así, todos sus libros.
Cuando en 1994 Eliseo Diego murió en México, a los 74 años, ¿estaba viviendo en ese país?
Mi padre tenía la intención de pasarse un tiempo en México, ya que el premio le proporcionó una tranquilidad económica, por decirlo de alguna manera. Allá vivían mis dos hermanos y tenía grandes y entrañables amigos. Mi madre y yo estábamos con él. Pero la vida decidió otra cosa.
Aunque tu padre confesó ser esencialmente un poeta, su obra escrita en prosa es de una  extraordinaria calidad. ¿En qué género lo veías esforzarse y disfrutar más?
Él revisaba mucho sus escritos, ya fuera poesía, prosa, prosa poética, traducciones, ensayos, era muy meticuloso y exigente. Conservo borradores de sus textos, con sus tachaduras, cambios de palabras. Él mismo los mecanografiaba y cuidaba mucho siempre, no sólo el contenido sino también la forma. Lo de disfrutar más un género por encima de otro, no sabría decirte. Escribía por necesidad, así lo dijo muchas veces, y le gustaba citar a Rilke en sus Cartas a un joven poeta:
“Investigue la causa que le impele a escribir; examine si ella extiende sus raíces en lo más profundo de su corazón.  Confiese si no le sería preciso morir en el supuesto que escribir le estuviera vedado. Esto ante todo: pregúntese en la hora más serena de su noche: ¿debo escribir? Ahonde en sí mismo hacia una profunda respuesta; y si resulta afirmativa, si puede afrontar tan seria pregunta con un fuerte y sencillo ‘debo’, construya entonces su vida según esta necesidad; su vida tiene que ser hasta en su hora más indiferente e insignificante, un signo y testimonio de este impulso”. 
Esa necesidad podía manifestarse en un poema, en un cuento, en un ensayo. Escribía y traducía, también, por placer. Sus traducciones de poetas ingleses y estadounidenses las fue haciendo poco a poco, durante años, con el simple propósito de compartir esos poemas que tanto le gustaban con sus amigos. Creo que la poesía estaba siempre presente. Quisiera citar ahora unas bellas palabras de Rafael Rojas, publicadas quince días después de su muerte, donde explica muy bien, me parece, lo que me estás preguntando.
“(…) Por eso su poesía es una necesidad del orden natural y su escritura es el acto inevitable que testifica esa misión. Era muy poco lo que podía hacer Eliseo contra su propia virtud porque sus lazos con el verso eran casi providenciales” (Nota necrológica publicada en el periódico Siglo XXI, Guadalajara, 16-III-94).
¿Crees que el año del centenario de Eliseo Diego puede impulsar  un redescubrimiento de su poesía?
Pienso que sí. ¡Y ojalá que así sea! Aquí se le quiere y admira muchísimo, me consta, pero por la escasez de papel y otros recursos, sus libros no se encuentran en las librerías. Y un escritor  seguirá vivo mientras exista alguien que lo lea. El otro país donde es muy querido y conocido es México. Pero, por lo general, no se ha divulgado mucho fuera de Cuba. Todos sus ancestros eran españoles: su padre era asturiano y su madre, habanera, era hija de asturiano y catalana. La literatura española, los poetas del Siglo de Oro, Cervantes, los libros de los grandes escritores españoles pueblan los estantes de sus libreros. Pero en España es casi un extraño, al igual que en el resto de América Latina. Aunque también me consta que en esos países, sus poemas y sus escritos han acompañado a varias generaciones de jóvenes peruanos, colombianos, panameños, dominicanos…
Lezama afirmó en la antología ‘Una fiesta innombrable’ que el libro de Eliseo ‘En la Calzada de Jesús del Monte’ constituyó uno de los esplendores de la poesía cubana y de su autor. García Márquez, por su parte, afirmó que tu padre era uno de los  más grandes poetas que hay en la lengua castellana. Unas opiniones tan autorizadas, ¿pudieron influir en que la obra de Eliseo Diego fuera priorizada  en la crítica y academia cubanas?
Lezama escribió varias veces sobre él, siempre de forma muy elogiosa. También lo hicieron Gastón Baquero, Fina, Cintio. Pero creo que la calidad de su poesía, de sus textos en general, se fue abriendo paso, poco a poco, a través de sus libros. Ya en 1958 era una especie de leyenda entre los jóvenes escritores de la época. En una entrevista que su madre tenía celosamente guardada entre sus papeles, Severo Sarduy dice:
Eliseo Diego, sin lugar a dudas, es el mejor poeta cubano. Orígenes es el grupo más trascendente; y la figura más completa es Virgilio Piñera (…) Jamás he visto a Eliseo Diego. He llegado a pensar que es una ficción (Diario de la Marina, diciembre, 1958).
Conocimos a García Márquez en 1975, ya mi padre era un autor reconocido, y esas palabras de Gabriel las dijo durante una visita que mi padre hizo a México en la década de los ochenta del siglo pasado. Fue una pena que no se llegaran a conocer Octavio Paz y mi padre, estaba ya ­concertada una cita para verse en los primeros días de marzo. Al saber la noticia, Paz dijo:
Sólo lo vi una vez, no fui su amigo, pero la muerte era lo único que faltaba a Eliseo Diego para convertirse en leyenda de la poesía latinoamericana.  Fue uno de los buenos poetas, dejó una obra considerable y profunda” (En: Periódico Excelsior, 3 de marzo, 1994, México DF).
En una familia de escritores tan reconocidos, se suma tu nombre con El reino del abuelo. Cómo fue recibido este libro y qué significó para ti y tu familia?
Sé que el libro ha gustado. Comencé a escribirlo en 1991 y su primera edición fue en México, 1993. Se publicó en España y Colombia y aquí se dio a conocer en 2016. Pero he escrito otros libros, uno que me dio mucho placer, Un gato siberian husky (Premio de la Crítica de 2007, junto a otros títulos), un relato para niños. Están ya en imprenta otros dos: Un rumor apenas, que agrupa cuatro conferencias que impartí sobre mi padre y una sobre un texto inédito de mi tía Fina; el otro ¿Y ya no tocan valses de Strauss?, compilación de textos sobre mi familia.
También me he dedicado a la traducción literaria, del inglés al español.
De Cuba, La Habana y tu familia, dime una frase con que las sientes.
Un nombre, el mejor: Villa Berta.
    Muchas gracias.
                                                       Publicado en La Gaceta, Tampa, el 17 y 24 de julio, 2020.

viernes, 10 de julio de 2020

Algunas interrogantes ante una derribada estatua de Colón



Durante los últimos días, hemos visto en la televisión imágenes que muestran el derribo de diversas estatuas, destruidas en segundos frente al aplauso enfebrecido de una multitud. En Estados Unidos, algunas efigies ahora deshechas corresponden a figuras que durante la Guerra Civil se alinearon con las tropas que defendieron la conservación de la esclavitud, cuando el incipiente capitalismo que se abría paso en los estados del norte demandaba la abolición como una necesidad de contar con mano de obra asalariada. Quienes en aquel momento estuvieron en el lado equivocado de la historia, por muy valientes generales que llegaran a ser –mérito de guerra que le hizo merecer de sus obstinados contemporáneos una estatua que los salvara del olvido– están siendo reevaluados por una generación  rebelada contra  continuas  muestras de discriminación racial que prevalecen y cuyas raíces vienen de la esclavitud.
Estatua de Cristóbal Colón, derribada en St. Paul, Minessota
     Es comprensible que una rectificación razonada de la historia enjuicie a aquellos que defendieron la esclavitud, pero la evaluación necesaria y útil requiere interpretar los hechos a la luz de la mentalidad del tiempo en que se produjeron. En el marco de las protestas contra cualquier tipo de rebajamiento de un ser humano por pertenecer a un grupo considerado absurdamente “minoría” –donde la totalidad demográfica es la suma de diversos orígenes–, podría comprenderse la actitud hacia quienes combatieron por preservar la esclavitud.
     Sin embargo, es un extremo que se derribe una estatua de Cristóbal Colón,  el intrépido navegante europeo que unió al viejo continente con el mundo americano. Es verdad que el encuentro supuso el posterior sojuzgamiento y aniquilación de millones de seres humanos en América, pero esa mancha no corresponde al  Almirante, sino a las estructuras dominantes que financiaron su empresa y cuya ambición de riqueza y poder le pasaron la cuenta al propio “descubridor”.
     A la hora de pensar una hipotética evolución de América sin el arribo de Colón, habría que considerar los niveles de desigualdad existentes en sus diferentes regiones, las guerras fratricidas que se sucedían y la existencia de diversas formas de esclavitud que se practicaban.
     Puede mirarse a  Colón como el pionero en el encuentro de dos civilizaciones. Él ni siquiera vaticinó que podría encontrarse con un nuevo continente al tropezar con América cuando iba para la India, ni de llamarle indios a los habitantes de estas tierras por creer que había cumplido el destino para el que enfiló sus naves. Atribuirle el rostro negativo de la conquista y colonización de América, sería como culpar a Einstein de las bombas atómicas que fueron lanzadas sobre Hiroshima y Nagazaki, sólo porque el científico desbrozó el camino hacia la energía nuclear. Colón y Einstein abrieron un camino al desarrollo de la humanidad, aunque su obra fuera también utilizada contra una parte de ella.
     La civilización antigua se erigió con mano de obra esclava. Entonces los esclavos eran blancos, pues la expansión griega y romana esclavizó a millones de hombres en los  pueblos conquistados. Los sitios arquitectónicos hoy venerados en aquellos lugares  –el Partenón, el Coliseo, por sólo citar dos– fueron ­construidos por esclavos.  ¿Habría que derribarlos por ese origen? Porque en la construcción  de la Gran Murralla China murieron miles y miles de hombres sojuzgados, ¿necesitaríamos destruirla para eliminar esa vergüenza? ¿Cuál quedaría en pie de las maravillas de la humanidad? ¿Podríamos seguirle diciendo “maravilla” a una obra levantada con la sangre de tantos seres humanos?
     Está bien revisar la historia y pedirle cuentas para entender el por qué a esta altura de la civilización prevalecen formas de discriminación racial. Pero es entendiendo los procesos que condujeron a su evolución, a base de educación y razonamiento, como vamos a conseguir que el mundo sea mejor cada día. No es condenando a Colón como símbolo del hombre blanco que sojuzgó a América como vamos a eliminar los prejuicios raciales que subsisten. Es verdad que la esclavitud de los africanos que se impuso en el continente en los siglos posteriores al mal llamado “descubrimiento de América”, tuvo en su viaje el primer antecedente, pero lo es también que muchos líderes africanos cazaban como animales a sus propios coterráneos para venderlos como esclavos a los traficantes europeos. Fue una etapa de la historia en verdad cruel, pero la mentalidad de su tiempo legitimaba esa barbarie desde un fundamento económico avalado moralmente por la política y la religión.
     En la historia de la humanidad, el hombre ha sido quien ha aniquilado a más seres humanos. Miremos sólo las guerras mundiales del siglo XX. Los mismos héroes que pululan en estatuas en todo el mundo, cuánto exterminio humano provocaron en nombre de una ideología, religión, orgullo  nacional y, esencialmente, afán de riqueza y poder. Si en aras de una rectificación histórica se aniquilan las imágenes de todo el que tenga en su biografía una hoja sangrienta, ¿cuántas podrían conservarse?
     Desde el nivel de desarrollo que ha alcanzado hoy la humanidad, desde la mentalidad cada vez más inclusiva que  se va abriendo paso a través del ejercicio de la educación, desde una mirada cada vez más comprensiva a todo el que  nos acompaña en el corto viaje por el mundo, es perentorio concentrarse en cuanto hoy lastima al ser humano y educar a todos en la observancia de su plena dignidad.

jueves, 25 de junio de 2020

Wenceslao Gálvez del Monte, un cronista de Tampa



     Hace dos semanas publiqué en esta columna una reseña sobre la segunda sede del Liceo Cubano en Ybor City, escrita en 1896 por Wenceslao Gálvez del Monte.  Fue incluida en su libro Tampa, impresiones de un emigrado, publicado en esta ciudad en 1897. Con ese libro de casi 300 páginas, Gálvez legó a la posteridad una obra de gran riqueza testimonial, con pequeñas  semblanzas sobre personas que vivieron aquí a fines del siglo XIX, lugares significativos de la ciudad, costumbres, hechos históricos, estampas culturales y pasión patriótica de los cubanos en suelo tampeño.
     La lectura de esas líneas provocó que algunas personas me preguntaran por la vida del autor de ese texto, cuya mayor divulgación en Cuba no ha devenido de la  obra mencionada, sino por otro libro que es imprescindible a todos los que se interesan por la historia del béisbol de la Isla, un tema verdaderamente  apasionante entre los cubanos.
     Para complacer a los lectores –entre ellos el crítico deportivo Leonardo Venta– hago una pequeña búsqueda que me depara la primera sorpresa.  Wenceslao Gálvez del Monte fue un buen pelotero cubano, elevado al Salón de la Fama de ese deporte en Cuba en  1946, cuando aún vivía aquel antiguo torpedero del equipo Almendares, a quien tal vez no se había reconocido como el primer historiador del béisbol,  probablemente en el mundo.
     Su tiempo como jugador activo fue breve, pero tuvo su momento de gloria. Sólo participó en las series de 1885 a 1887 –insertadas en su primera década, si consideramos su inicio en 1878–, tiempo en el que  fue líder de los bateadores del Almendares, promediando 375 de average.
     Aunque algunos autores lo señalan como habanero (tal vez por jugar con Almendares),  Gálvez nació en Matanzas, el 20 de enero de 1867, aunque muy joven se trasladó a la capital de la Isla. Allí se destacó enseguida como jugador de pelota, cuando se daban los primeros pasos en la creación de equipos provinciales y competencias entre ellos.
     Sin embargo, es en las letras donde más se destaca Gálvez y por las que alcanza mayor trascendencia. En 1989 aparece su libro Historia del Béisbol en la Isla de Cuba que algunos especialistas consideran el primero de este tema no solamente en Cuba, sino universalmente. Damián L. Delgado-Averhoff, en el artículo “La verdad sobre el primer juego de béisbol en Cuba”, escribió que Gálvez no podía imaginar “el valor que tendría el béisbol en la conformación de la identidad nacional, y mucho menos que una referencia suya, publicada en ese texto, sería canonizada e idolatrada por millares de sus compatriotas a lo largo del tiempo”. Hasta hoy, todos los comentaristas deportivos cubanos, cuando hablan de la historia de este deporte en el país, comienzan mencionando la obra fundacional de este autor.
     En La Habana, Gálvez se rodea de los más grandes poetas y escritores de su tiempo, cultivando la amistad con Julián del Casal y otros intelectuales. Estudió la carrera de leyes en la Universidad de La Habana y aunque ejerció ese oficio un corto tiempo, su pasión por la escritura y la crítica literaria le ocuparon permanentemente, publicando en revistas de la relevancia de El Fígaro y en periódicos deportivos como El Pítcher.  En esta época publicó Esto, lo otro y lo de más allá (La Habana, 1892).
 En 1896, un año después de haber reiniciado la Guerra de Independencia, toma el camino del destierro y elige Tampa como destino. Él mismo cuenta en Tampa, impresiones de un emigrado, la llegada a nuestra ciudad en el Olivette:  “Parecía que el mar se sometía blandamente al barco. A lo lejos,  chispeaban las luces eléctricas…era Port Tampa (…) Apresuradamente tomamos el tren, luego los carritos urbanos y fuimos a parar provisionalmente al hotel Victoria, en Ybor City, propiedad de un señor Montejo (…) El hotel estaba repleto de cubanos”. Desde esa nota hasta la dedicada a Fernando Figueredo, hay  casi 50 reseñas que recogen la impresión del escritor sobre la ciudad, sus barrios, habitantes, figuras sobresalientes,  creencias, actividades, luchas, aspiraciones.
     Al terminarse la Guerra de Independencia regresó a La Habana y en la República ejerció el oficio de fiscal en diferentes provincias del país (Matanzas, Santa Clara, Camagüey y Pinar del Río).  Sin embargo, es en las letras donde ocupa su talento, legándonos decenas de páginas costumbristas, un género que se extiende del siglo XIX a las primeras décadas del XX.  Su libro de la década de 1920 Costumbres, sátiras y observaciones es una muestra de ello, como advirtieron en su tiempo Jorge Mañach y Emilio Roig de Leuchsenring. Aunque Mañach recibió el libro como el de un costumbrista rezagado, a Roig le mereció la siguiente  opinión: “La obra recientemente publicada por el Sr. Wenceslao Gálvez y del Monte, con el título de Costumbres, sátiras y observaciones , contiene algunos que sí pueden considerarse verdaderos artículos de costumbres, pues en esos trabajos periodísticos, ahora reunidos con otros, en volumen, el Sr. Gálvez nos pinta tipos y cosas de la vida habanera de hace medio siglo, recogiendo ya en la edad madura los recuerdos e impresiones de su niñez y su juventud”.
     Ese costumbrismo está presente en la obra de Gálvez sobre Tampa. A través de sus descripciones, matizadas con un fino humor, asistimos a una barbería de la época, a la venta de periódicos, a un puesto de frutas, la llegada del cartero, un bautizo, el alquiler de carruajes y múltiples aspectos de la vida en la ciudad a fines del siglo XIX.
     Gálvez murió en La Habana, en 1951, a la edad de 64 años. En su legado literario se hermanan también Cuba y la ciudad de Tampa, que en muchas de las costumbres narradas no se adivina a cuál de los dos espacios corresponde.


lunes, 22 de junio de 2020

El Tropicana de Ybor City nos dice adiós



     Cuando escuchamos las primeras noticias sobre la pandemia que desde China se extendió velozmente al mundo, no presentimos la intensidad de los daños que se nos avecinaban. La ascendente cifra de muertos con que Italia, España y otros países de Europa fueron informando de la catástrofe nos sobrecogió antes de experimentar su llegada a Estados Unidos y su rápida expansión por el país. El confinamiento necesario, el cierre de miles de restaurantes, industrias, escuelas, los millones de desempleados  y,   lo  más  triste, la muerte de tantas personas, con todo su dramatismo,  descolocó la vida que hemos construido alrededor de la familia y el entorno social.
     El golpe cobra una definición palpable y más honda cuando la desaparición  –de persona o lugar–  se produce alrededor nuestro, interrumpiendo una relación a la que hemos estado acostumbrados. En Ybor City ha ocurrido con el cierre del restaurante Tropicana, que a los 57 años de vida anuncia su imposibilidad de sobrevivir al coronavirus.
Ariel Quintela (a la izq., de pie) juntoa trabajadores de Tropicana
     El pasado miércoles sirvió su último almuerzo, como un sentido homenaje a sus trabajadores. La delicia del congrí, pechugas de pollo, picadillo y platanitos maduros fritos indica al olfato y el paladar de los presentes la salud con que perece un emblemático restaurante de la 7.ª Avenida de Ybor City. Alrededor de las mesas la mayor parte de sus trabajadores de los últimos años conversan, sonríen y buscan en el salón una palabra de optimismo con que aliviar la adversa realidad. Algunos, como Boby Caballero, acumulan más de treinta años en ese lugar y cuando a él se le invita a decir unas palabras, expresa con visible emoción que este restaurante ha significado para él familia, bienestar, seguridad, orgullo.
     El nombre Tropicana se incorporó al vocabulario de Ybor City desde 1963, cuando Frank Hipólito lo fundó. Dos años después lo compró Ángel Menéndez “BeBe” y lo trasladó a la acera del frente, que sería su destino. El nuevo dueño lo hizo famoso a base de exquisitos frijoles negros, papas rellenas, picadillo, ropa vieja, croquetas de jaiba y unos desayunos donde el café con leche y las tostadas con mantequilla se hicieron imprescindibles. Al extenderse el olor y la voz agradecida, quienes llegaban a Ybor City comenzaron a visitarle, quedando satisfechos de su servicio los más exigentes tampeños y huéspedes de la ciudad, como el alcalde Dick Greco o el presidente George Busch.
El emblemático restaurante Tropicana, en la 7.ª Ave. de Ybor City
     En la década de 1970, se hizo común la presencia de Roland Manteiga en Tropicana, cuando ya ostentaba la dirección del periódico La Gaceta. Periodista de fino tacto político, encontró en una mesa de Tropicana el lugar ideal para conversar un almuerzo con importantes figuras de la política estadounidense y mundial. La costumbre se impuso y hasta la actualidad existe allí la simbólica mesa, rodeada de fotografías que constituyen trozos de la historia de la ciudad. Ojalá y esa fuerza patrimonial se salve en el nuevo destino que tome ese edificio.
     La familia Menéndez fue dueña del restaurante Tropicana hasta 2016, cuando los inversionistas Jacob Buchman, Joe Capitano, Darryl Schaw y Ariel Quintela lo adquirieron como parte del proyecto de desarrollo de Ybor City. Pero no es el propósito de estas líneas adentrarse en la historia de este sitio, sino destacar el daño inesperado causado por el Covid-19 a la ciudad de Tampa, al interrumpir con sus efectos el funcionamiento de uno de sus restaurantes de valor patrimonial. Y, especialmente, agradecer a sus trabajadores por tantos años de excelente servicio a la ciudad y sus visitantes.
Su último gerente, Gio Peña, nos ha dicho que todo iba bien hasta la llegada de la pandemia. Esa verdad la siento en el rostro de los trabajadores que le rodean: Bobby Caballero, Debby Lozurdo (también con 35 años allí), Mónica Caballero, Susam Skurja, Margie  Smith, James Phylips, Lisa Reverón, Greisy  Arbona.
     El dolor por la pérdida del restaurante es visible en el almuerzo de despedida. Así lo expresó Patrick Manteiga, que en breves palabras recordó el significado de ese lugar para La Gaceta, Ybor City y Tampa. Así lo reconoció Ariel Quintela y finalmente Bobby Caballero, en cuyas palabras se pudo percibir un pesar semejante al que se experimenta cuando muere un ser querido. Porque eso se nos va con el cierre de Tropicana, un lugar querido.

lunes, 8 de junio de 2020

El destino inesperado de George Floyd


Cuando en la tarde del 25 de mayo, George Floyd conversaba con dos amigos en el interior de un auto estacionado en las cercanías de la tienda Cup Foods, en Minneapolis, no podía presentir que estaba viviendo los últimos minutos de su vida, interrumpida por un policía a los 46 años. El guardián, Derek Chauvin, tampoco habría sido capaz de imaginar que su llegada al lugar, ante la llamada a cumplir una misión rutinaria, desencadenaría el final de su profesión y libertad. Uno y otro, sin actos excepcionales que los hubieran dado a conocer más allá de su entorno familiar y laboral cotidiano, se precipitaron sin premeditación hacia un acto que provocó la conmoción social más profunda vivida en la nación estadounidense en las últimas décadas.
     La concurrencia de la casualidad hizo que esa tarde Mike Abumayyaleh no asistiera  a la tienda de su propiedad y quien atendiera a Floyd al llegar a comprar unos cigarrillos fuera un joven desconocido. Al dudar de la legitimidad del billete, quiso que el cliente le devolviera el producto y al no ser complacido llamó a la policía.  En los minutos siguientes se produjo la detención rutinaria,  hasta la inutilización del presunto actor de un hecho delictivo. Ya esposado, boca abajo en el cemento, sin ningún peligro para los defensores del orden, qué pasaría por la mente del oficial Chauvin durante los más de 8 minutos que le mantuvo una rodilla sobre el cuello, aun cuando escuchaba a la víctima desesperada clamando por su necesidad de respirar.
     Todo se hace más inexplicable cuando sabemos que los dos hombres debían conocerse, pues habían coincidido en el mismo lugar de trabajo durante algunos años; el ahora expolicía cuidando del orden en el exterior de un restaurante, mientras el ya difunto cumplía una función similar en su interior. Debieron verse muchas veces, aunque sólo Chauvin puede saber ahora si alguna vez intercambiaron una palabra, un saludo, una sonrisa. Si hubo un mínimo roce, una mala mirada, un gesto antipático que el agente policial guardara en la memoria a la hora de mantener el zapato en su cuello, tal vez no lo sabremos nunca. Pero el hecho de que fuera un hombre blanco quien cometiera un injustificable crimen contra un descendiente de africanos –cuando se han acumulado tantos actos de abuso sobre los seres humanos de piel negra– desató el torbellino de protestas que se extendieron inmediatamente por decenas de ciudades estadounidenses y que, lamentablemente, exceden en muchos casos el propósito reivindicador que las legitima.
     Protestar ante una injusticia es no sólo un derecho de los seres humanos, sino una obligación. “En la mejilla ha de sentir todo hombre verdadero el golpe que reciba cualquier mejilla de hombre”, expresó José Martí en Tampa el 27 de noviembre de 1891 y esas palabras siguen siendo útiles mientras alguien se crea con derecho a interrumpir la respiración de uno de sus semejantes, mucho más grave si el más mínimo móvil racial se aloja en su mentalidad.
Martin Luther King, la figura más emblemática en la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos, optó por la lucha pacífica y sin odios como única vía de conquistar un mundo donde la justicia incluyera a todos los seres humanos, más allá de sus credos o el color de su piel. “Lo que se obtiene con violencia, solamente se puede mantener con violencia”, dijo una vez.  No pedía renunciar a las acciones de protestas, que él encabezó al frente de multitudes. Apelaba a la fuerza moral que imprime a este método de lucha realizarlo sin agredir a otros en sus personas o propiedad.
     Lamentablemente, en las protestas desarrolladas esta vez –justas en tanto enfrentan una conducta policial excesiva y de probable motivación racial– se han realizado actos injustificables de vandalismo, atropellos y ofensas, de tan grave magnitud como el hecho policial que se está condenando. El golpe que haya recibido un agente profesional en el resguardo del orden –sea de origen estadounidense, hispano, afroamericano a asiático– es tan injusto como el trato recibido por Floyd, especialmente si fue dirigido a uno de los policías que no alberga prejuicios raciales.
     Pudo ser casual que fuera Chauvin quien llegó al lugar cuando la policía fue convocada, como pudo concurrir el azar en las decisiones que tomó ­Floyd la tarde del 25 de mayo; pero no es el acaso quien ­determinó el amplio movimiento de protesta  extendido a todos los estados de la nación. Aunque la población afroamericana ha alcanzado enormes logros en el país y su estatus no es comparable con el que enfrentó hasta la década de 1960, hay profundas grietas en el sistema marcadas de racismo, marginación y desconfianza. Muchos ejemplos de maltrato policial hacia personas de piel negra se han venido acumulando en los últimos años y, penosamente, en la actual administración del país se han exacerbado, junto a un mayor rechazo a otras minorías, como la hispana.  El lenguaje de la violencia provoca siempre su incremento y es lo que hemos estado viendo en los últimos días, cuando el discurso del Mandatario ha acudido a ella en sus mensajes, en vez de proclamar una conciliación comprometida con la justicia.
     Ahora, cuando no hemos salido de una pandemia que ha provocado más de cien mil muertes en Estados Unidos, tropezamos con este clima de violencia racial y social ­reactivado con el crimen cometido en Minneapolis. A la enrarecida atmósfera social se suma la política, que en un año de elecciones presidenciales cada partido culpa a su oponente de las fisuras sistémicas en que ambos participan. Para los republicanos no sólo es culpa de los demócratas que en las protestas ocurran actos vandálicos, sino también que un coronavirus haya matado tanta gente. Y claro, para estos es culpa de aquellos. Es triste que en un país civilizado, vanguardia del mundo liberal, institucional y moderno, quepan líderes cuya actitud no coincida con los verdaderos intereses de todos los componentes de la nación.