viernes, 4 de junio de 2021

Diálogo fecundo con la Dra. Kenya Dworkin y Méndez

 

La Dra. Kenya C. Dworkin y Méndez es profesora de Estudios Hispanos en la Universidad Carnegie Mellon, en Pensilvania. Como investigadora, ha realizado aportes significativos en estudios literarios y culturales cubanos, latinos, estadounidenses, judíos y sefardíes. Entre ellos, se destacan sus trabajos sobre los emigrados cubanos y su impacto transnacional en Tampa, especialmente lo relacionado con el teatro cubano en la década de 1920.

Actualmente, entre sus diversas ocupaciones como docente, traductora, investigadora y promotora cultural, también forma parte de un equipo dirigido por la Universidad de Tampa que investiga la obra de José Martí y la emigración en el independentismo cubano. Aprovechando su presencia en nuestra ciudad en estos días, le pedimos una entrevista a la que accedió con su proverbial gentileza.

Aunque no vives en Tampa, ni tus orígenes y desarrollo se relacionan con esta ciudad, cuando vienes aquí te sientes –y te sentimos– como parte de ella. ¿Cómo se inició tu relación con Tampa?

Conversando con Kenya en La Gaceta

Vine a Tampa por primera vez en 1992, a consultar los archivos de la Universidad del Sur de la Florida (USF) cuando escribía mi tesis doctoral sobre la época de la guerra de independencia cubana y cómo se reflejaba el tema de la identidad en la novela de la Isla. Pero la relación íntima con la ciudad y su gente surgió a partir de una visita en 1994, cuando fui invitada a participar en un pequeño simposio organizado en USF sobre los hispanos en los Estados Unidos. Como parte de la actividad, se nos llevó al grupo de investigadores a Ybor City en una gira guiada por dos especialistas en la historia y cultura de la zona, el Dr. Gary Mormino y el entonces Juez Emiliano J. Salcines. Fue durante esa gira y después de escuchar las palabras de Salcines sobre los pasos de José Martí, la contribución de los tabaqueros a la gesta independentista y el teatro popular y musical de la comunidad cubana y española que me di cuenta de que me había topado con algo extraordinario.

 A partir de ese momento, al regresar a Pensilvania donde vivo y trabajo hace casi 28 años, me dediqué a aprender todo lo posible sobre esta comunidad, proyecto que comencé en 1994 y que aún me mantiene ocupada. Pero, mucho más allá de lo académico, al adentrarme en este proyecto me di cuenta que me estaba empezando a sentir tan cómoda con la identidad tampeña, que poco a poco comencé a identificarme más y más, como si fuera nativa del lugar.

La visita de ahora estuvo relacionada con el acto de homenaje que hicimos el pasado 19 de mayo en recordación del 126 aniversario de la muerte de José Martí. El evento lo hicimos coincidir con la inauguración del edificio donde estuvo el Liceo Cubano de Ybor City, donde Martí pronunció importantes discursos.  Asimismo, es el lugar donde los cubanos fundaron su primer teatro. Cómo eres una de las investigadoras que más ha estudiado el teatro hispano en Estados Unidos, ¿podrías hablarnos de obras presentadas en este lugar?

Fue en el Liceo Cubano de Ybor City donde se presentó la primera obra teatral en todo Tampa, en 1887. Fue “Amor de madre,” traducción por Don Ventura de la Vega de un texto francés decimonónico. Varios miembros del elenco que la presentó fueron contratados en Cayo Hueso y después vinieron a Ybor City empleados por el mismo Martínez Ybor a trabajar en su primera fábrica tabaquera. Pero ése fue sólo el comienzo de una larga trayectoria de teatro cubano y español en la ciudad, actividad cultural que siguió vigente hasta la década de los ochenta y noventa del siglo pasado. Existió una estrecha relación entre Cuba y Tampa con respecto al teatro y de Cuba visitaban con mucha frecuencia las más conocidas compañías teatrales, muchas veces completando sus elencos con profesionales y aficionados del arte acá en Ybor City y West Tampa. Estoy pensando en compañías como las de Arquímedes Pous, Blanquita Becerra, Baby-Colina, Roberto “Bolito” Gutiérrez, y Arango-Moreno,   por ejemplo; y en tampeños como Salvador Toledo, Carmen Ramírez, Pilar Ramírez, Ramón Bermúdez, Manuel Aparicio, Alicia Rico y muchos más. Sin embargo, los dos factores más destacados del teatro cubano español aquí en Tampa fueron la existencia de un nutrido número de obras, bufas en su mayoría, escritas por tampeños, obras que muchas veces reflejaban no el escenario habanero, sino el tampeño, con sus correspondientes personajes y situaciones salidas de la realidad tampeña –italianos, ‘cracas’ (angloamericanos sureños de habla inglesa) y afroamericanos–, así como hechos de la Segunda Guerra Mundial, la lucha antifascista, problemas laborales, la guerra en Corea y las relaciones raciales. A eso hay que añadirle que el único proyecto teatral en español patrocinado por el gobierno federal de Estados Unidos durante la depresión económica que arrasó con el país durante la década de los treinta se estableció en Tampa, y no en otras ciudades importantes como Nueva York, San Antonio o Los Ángeles, gracias a la iniciativa de dos individuos tampeños latinos que le escribieron a Washington para describirle a la directora del Proyecto Federal de Teatro la importancia de la actividad teatral de los latinos en Tampa. Para resumir, la historia teatral de los cubanos y españoles en Tampa es un episodio único en la historia de este país, así como un capítulo importantísimo de la rica historia de la emigración de ambos pueblos a las Américas.

Uno de tus trabajos relevantes que he leído es el ensayo “La patria que nace de lejos”.  A qué debemos tan significativo título?

El título se debe a varios componentes, todos relacionados con la gesta independentista cubana y el lugar primordial de Tampa en ella. Sin duda, hay que reconocer que fue aquí y en Cayo Hueso que José Martí terminó de radicalizarse gracias a su contacto con los tabaqueros. Claro que es cierto que ya en Nueva York había empezado a idear sobre cómo debía ser la futura Cuba independiente y soberana. Pero lo que encontró cuando llegó a Tampa por primera vez, y luego a Cayo Hueso, él mismo reconoció como una comunidad de emigrados sumamente organizada y comprometida con una Cuba no sólo libre sino también democrática y racialmente equitativa. También, fue aquí donde estableció las bases para el Partido Revolucionario Cubano y de donde se envió el mensaje –dentro de un tabaco– para que iniciara esa última contienda. En fin, la guerra habría de liberarse en Cuba, pero la idea martiana sobre esa futura república se nutrió de forma única aquí, por lo cual digo que la patria nació de lejos, y no sólo en el suelo cubano.

Tus orígenes polaco- judío- cubanos, junto al hecho de haberte desarrollado en una ciudad cosmopolita como Nueva York,  ¿cómo han contribuido a una visión transnacional sobre el emigrado?

Los versos de Martí “Yo vengo de todas partes/ y hacia todas partes voy” me han servido muy bien para ayudarme a acoger mis múltiples orígenes y diversas experiencias. Me siento muy dichosa por haber nacido en Cuba, pero también por haberme criado en una ciudad como Nueva York, una enorme metrópoli que le permite a uno aferrarse a sus raíces y a la vez experimentar tantas otras culturas. A la misma vez, como judía, como hija de un pueblo milenario y diaspórico, he llegado a entender que no es necesariamente el terruño lo que define un pueblo. Más bien, es el pueblo en sí quien define el terruño. Y cuando un pueblo tiene que emigrar, lleva consigo todo lo necesario para reestablecer un sentido de tierra, de patria, de todo lo que lo define, dondequiera que esté.

Estás insertada en el programa de la Universidad de Tampa relacionado con José Martí y el papel de la emigración cubana en Estados Unidos en el independentismo cubano. ¿Qué aportes se están realizando a través de este proyecto?

En estos momentos, los dos directores de la Cátedra de Estudios Martianos en la Universidad de Tampa están a punto de partir para España a consultar materiales periodísticos archivados allá sobre el período del independentismo cubano.

Por otra parte, muy pronto un pequeño equipo de acá, entre los cuales me cuento yo, va a recibir acceso a un conjunto de materiales digitalizados, entre ellos el periódico Patria, para estudiarlos según los distintos enfoques de los integrantes del grupo. También estamos a la espera de recibir noticias sobre una subvención gubernamental que se ha pedido al National Endowment for the Humanities para poder viajar a otros archivos en Nueva York, Houston, Nueva Orleans y otros lugares para consultar y también digitalizar materiales relacionados al proyecto, que culminará en un libro sobre el periodismo cubano en Estados Unidos y otros lugares de la época independentista.

Además del libro, otro producto muy importante de este proyecto será la creación de una página web en que otros podrán consultar todo el material encontrado y diversos proyectos digitales que cuenten y muestren visualmente la rica historia del área y sus más importantes figuras históricas.

Publicado en La Gaceta, Tampa, el 4 de junio de 2021.

 

 

viernes, 28 de mayo de 2021

Ángel de la Guardia Bello, el último compañero de José Martí

El pasado 19 de mayo, realizamos un hermoso acto de recordación a José Martí en el 126 aniversario de su caída en combate. Nos reunimos en el mismo lugar donde él pronunció muchos discursos, aunque los únicos conservados fueron “Con todos y para el bien de todos” y “Los Pinos Nuevos”. Hablaron Emiliano Salcines, Ariel Quintela, Kenya Dworkin y otros; escuchamos versos de Martí en la voz de la cantante Alina Izquierdo, en una atmósfera de alegría porque celebramos la palabra y la vida ejemplar de Martí, no el accidente de la muerte que para él era vía, no término.

Estas líneas no son, sin embargo, para exaltar nuestro acto, sino para recordar a la única persona que  fue testigo de aquel trágico instante en que cayó del caballo el poeta-soldado en quien mejor se correspondieron la palabra y la acción, con el valor de morir cuando se ha llamado al combate. A su lado, a otro jinete le derriban el caballo, pero logra salir debajo de la balacera a comunicar la tragedia y buscar ayuda para, vivo o muerto, rescatar a quien ya era el Héroe de Dos Ríos.

Ángel de la Guardia Bello

Aquel joven, de 20 años, era Ángel de la Guardia Bello, como si el destino hubiera querido aliviar con el aura de ese nombre el instante postrero del Apóstol. Para ambos era el primer combate y la casualidad puso al lado de Martí a aquel bizoño soldado que escuchó, entre el ruido de los cascos de la caballería, al hombre convocándole con voz emocionada: ¡Joven, vamos a la carga!

Lo sabemos, porque él mismo lo contó, pues no hubo otro testigo para la última frase que Martí expresara a alguien. A Ángel le quedaron dos años, tres meses y dos días para recordarlo. Es el tiempo que sobrevivió, pues el valiente soldado –ya con el grado de Comandante a los 22 años–, murió heroicamente en la toma de Victoria de las Tunas, el 30 de agosto de 1897. Pero lo dejó anotado en un diario incompleto guardado en archivos de esa ciudad y en una carta a su esposa que, fatalmente, no logró conservarse.

Ángel de la Guardia nació el 16 de febrero de 1875 en Jiguaní, provincia del oriente cubano. Su padre eran maestro, camino que él siguió, graduándose de esa noble profesión en la Escuela Elemental Completa para Varones de Manzanillo, ciudad donde empezó a ejercer unos meses antes de reiniciarse la Guerra de Independencia, en febrero de 1895. Inmediatamente después del levantamiento armado, el maestro dejó el aula y se incorporó al Ejército Libertador, a las órdenes del general Bartolomé Masó.

Cuando José Martí y Máximo Gómez llegaron a Dos Ríos, el 12 de mayo de 1895, esperaron en el campamento por la llegada del general manzanillero, quien arriba en la noche del día 18. Entre los soldados de caballería que le acompañaban iba Ángel de la Guardia, quien al día siguiente escuchó los discursos de Masó y Gómez y, con mayor emoción, el de aquel hombre que nunca había visto y a quien señalaban como Presidente. A los pocos minutos, cuando avisaron que se acercaba una columna española y Gómez dio la orden de salir a enfrentarla, lo vio montar con agilidad en su caballo y correr por la sabana hasta llegar al río crecido y atravesarlo. Un instante después, lo oyó llamarle, sin pronunciar su nombre que no llegó a saber, para que le acompañara al combate. Le habría gustado decirle que él era Ángel de la Guardia y que era un honor combatir a su lado. Quién sabe con qué hermosas palabras lo habría anotado en su Diario el sensible escritor.      

Pero la muerte lo impidió y no pudo conocerlo mejor. La guerra continuó y Ángel siguió combatiendo, ganando la experiencia que no tenía en Dos Ríos. Pasó a la tropa del general Antonio Maceo, combatió valerosamente en Peralejo, acompañó a Maceo en toda la invasión hasta occidente, donde le consideraron “el Capitán más valiente de la brigada oriental”. Por su arrojo en una de las últimas acciones de aquella campaña –la batalla de Paso Real de San Diego en Pinar del Río–, le otorgaron el grado de comandante.  Al regresar a Oriente, se incorporó a la tropa de Calixto García. Al frente de un regimiento, estuvo en la primera línea de fuego en la encarnizada batalla por la toma de Victoria de las Tunas. Allí murió heroicamente, con sólo 22 años. Aquel 30 de agosto de 1897, muy cerca de él combatía un jovencito de 18 años que en esa batalla ganó el ascenso a Capitán. Se llamaba José Francisco Martí Zayas-Bazán y era el único hijo del hombre a quien él vio morir en la tragedia de Dos Ríos.

 

 

 

 

viernes, 21 de mayo de 2021

Del Liceo Cubano a la Casa Socarrás

 

   Cuando una tarde del lejano 1885 Vicente Martínez Ybor se paró en una explanada enmarañada al este del poblado de Tampa, sabía que había llegado al lugar donde levantaría su fábrica de tabacos. Y aunque entonces no imaginara que allí estaba al nacer una ciudad que lo honraría con su nombre, le dijo a su amigo Gabino Gutiérrez que enterrara un poste para señalar donde iba la primera construcción y que, caminando hacia el poniente, fuera marcando la calle que hoy es la 7.ª Avenida de Ybor City.

   Más de un siglo y cuarto después, el constructor Ariel Quintela se detuvo en la misma esquina en que lo hiciera el emprendedor valenciano y con similar voluntad y optimismo se dijo que en aquel viejo inmueble que sustituyó a la construcción original, abandonado y ruinoso, renacería una hermosa edificación que llevaría por nombre Casa Socarrás.

Liceo Cubano en Ybor City, donde José Martí dijo los discursos
Con todos y para el bien de todos  y Los Pinos Nuevos

   Entre uno y otro hecho, ¡cuánta historia acumulada! Aquel caserón de madera, al que llegaron las primeras ramas de tabaco de la isla de Cuba en 1886, dos años después se convirtió en el Liceo Cubano. El venerable industrial, al inaugurar su potente edificio de ladrillos donde radicaría El Príncipe de Gales, pensó que los trabajadores de su fábrica de tabacos necesitaban un lugar donde reunirse, distraerse y soñar. Entonces les ofreció aquella casa de madera de dos pisos, que ellos convirtieron en teatro, sala de juegos, lugar de reuniones y, finalmente, en el Liceo Cubano que significó, como ellos decían, un Templo de la Patria.

   Aquel Liceo, en la esquina de la 7.ª Avenida y la Calle 13, se transformó en el centro donde, desde Tampa, los cubanos de la ciudad se unieron en el ideal de una patria libre. Allí, los miembros de la Liga Patriótica Cubana, el Club Ignacio Agramonte y otros, recibieron a José Martí y de sus labios oyeron los discursos “Con todos y para el bien de todos”, “Los Pinos Nuevos” y muchos más que, lamentablemente, no se conservaron. Allí aprobaron las Bases del Partido Revolucionario Cubano y entregaron todas sus fuerzas, talento y entusiasmo en aras de fundar en Cuba una república libre, democrática y justa. Entre ellos, los nombres de Néstor y Eligio Carbonell, Ramón Rivero, Juan Arnao, Carolina Rodríguez, Paulina Pedroso, Esteban Candau, Cornelio Brito, Bruno Roig, Joaquín Granados, y muchos más, emergen en la grandiosa constelación de abanderados hacia un mundo mejor.

   Cuando uno se detiene en esa esquina y mira hacia los cuatro puntos cardinales, piensa en aquel español que, con 67 años, miró a los matorrales arenosos donde pululaban insectos y reptiles y convirtió en realidad el sueño de crear allí un pueblo nuevo. Y, consciente de que un asentamiento humano está incompleto sin un espacio para el arte y la cultura donde se nutre el espíritu, propició a la naciente población la creación de su primer teatro, que fue también escuela.

Casa Socarrás, en el lugar donde estuvo El Liceo Cubano

   Ahora, volviendo la vista hacia los cuatro lados, miramos la ciudad que renace de décadas de abandono. Vemos recién inaugurada la Casa Socarrás, con iluminadas oficinas detrás del amplio portal y confortables apartamentos; oímos, muy cerca, a los constructores afanados en la culminación de la Casa Pedroso, otro edificio revivido y nombrado así en honor al matrimonio que brindó amorosa cobija al Apóstol desterrado. Y, muy cerca, el movimiento de tierra para un edificio nuevo que se llamará José Martí. Seguramente, entre estos bellos edificios, renovados o nuevos, surgirá un espacio donde se cuide la historia y se fomente el arte, la cultura, el espíritu. Ese fue el legado de Martínez Ybor y es lo que legaremos al futuro.

viernes, 30 de abril de 2021

Acerca del impacto del Covid-19 en la cultura

 La pandemia que estamos atravesando hace ya más de un año se refleja en todas las áreas del comportamiento humano, más allá de la crisis sanitaria global que ha provocado. Si al llegar las primeras noticias con la palabra coronavirus ésta no había estado en nuestro vocabulario, hoy no existe un hogar en el mundo donde no haya penetrado y desde los niños hasta los más ancianos la distinguen con una variedad de matices que indican preocupación, temor, resguardo, conocimiento, superstición o responsabilidad. En todos los casos, la voz se integra a la conversación en el idioma de cada pueblo, oyéndose Xīnguān bìngdú entre oriundos de China, ­­Mànshēng zhě  para  cuantiosos  árabes, Kōrōnābhā’irasa en quienes viven en Nepal, Koronawirus los polacos o coronavirus, como escribimos los que hablamos español, inglés, francés, alemán y otros idiomas, cada cual desde su escritura y pronunciación.

   Que la pandemia extendida en el vigésimo año del siglo XXI ha afectado la demografía mundial es una triste realidad, al aumentar significativamente los decesos en una franja de la población más longeva y perder con ella un reservorio de conocimiento. Cuando se menciona la cifra de más de tres millones de muertes, conmueve pensar que una gran parte de quienes han perdido la vida por este virus aún estarían al lado de su familia, transmitiendo a sus descendientes verdades ancestrales.

   Lo fácilmente visible del impacto que el coronavirus ha tenido sobre la cultura se relaciona con la pérdida temporal de espacios donde ella se manifiesta. El cierre de teatros, cines, museos, clubes sociales, estadios, festivales, ha afectado su disfrute. La interrupción momentánea de esos espacios no solamente ha privado a millones de personas de una riqueza espiritual que es parte de su modo de vida, sino, también, ha influido negativamente en el proceso de una producción artísticas cuya dinámica se estimula con su consumo. Habría que estudiar hasta dónde el cierre de escenarios donde se realiza el artista, sumado a marcas sicológicas devenidas del enclaustramiento, ha repercutido en el nacimiento de obras destinadas al mercado de la cultura. Ello, sin hablar de quienes han perdido su trabajo por el cierre temporal de las instalaciones donde se desempeñan, o, más dramático aún, de los que han muerto a consecuencia del Covid-19, como los cantantes mexicanos Armando Manzanero y Oscar Chávez, la actriz española Lucía Bosé, el actor canadiense Nick Cordero, por sólo citar algunos ejemplos.

   Asimismo, el cierre de las aulas, aunque sea por un trimestre, ha ejercido una particular conmoción sobre la cultura, no únicamente por el atraso en el aprendizaje que puede suponer esa necesaria medida, sino por los replanteamientos a que obliga, entre ellos las clases a distancia, sustituida la presencia física del maestro por su imagen en una pantalla de televisión. Probablemente el contenido de la lección sea bien transmitido y el estudiante logre aprobar su curso, pero sin la mirada, el gesto, la mano en el hombro, sin esa sensación de complicidad que entraña la trasmisión y aprehensión del conocimiento, el hecho cultural del lazo maestro-alumno queda incompleto.

   También, asistimos a efectos más sutiles que la pandemia provoca en la sociedad y que, a la postre, impactan las costumbres. Entre ellos, creo significativo un elemento atávico relacionado con el tránsito a la muerte y los ritos funerarios con que las diversas culturas lo acompañan. Si bien, hay notables diferencias culturales alrededor de este hecho, es universal el hábito de acompañar al familiar en sus últimos minutos de vida. No creo que ello sufra variación ­porque miles de personas ­hayan ­atravesado por el dolor de no abrazar a un ser amado en el minuto de su despedida final, pero podría influir en el ritual del velorio y el enterramiento, cuando cada vez más personas se inclinan por la cremación, sobrepasando los límites de la cultura heredada.

   Cuando transcurra un tiempo prudente, la Sociología y otras ciencias afines estudiarán la influencia que pudo tener la pandemia actual en determinadas transformaciones de las costumbres y cuyos primeros signos, apurados por la pandemia, comienzan a pugnar en la mentalidad que rodea la convivencia familiar, comunitaria, laboral, educativa, donde se sintetiza la cultura.

 

viernes, 23 de abril de 2021

Un viaje a Nueva York. El puente de Brooklyn (III)

 

   Si antes de caminar por el extenso puente que une a Manhattan con Brooklyn has leído las crónicas que José Martí le dedicara, el disfrute de su impresionante estructura se enriquece con la belleza de una descripción impresionista. Los dos relatos que en los días de su inauguración escribiera el periodista cubano –“El puente de Brooklyn”, La América, Nueva York, junio de 1883 y “Los ingenieros del puente de Brooklyn”, La Nación, Buenos Aires, 18 de agosto de 1883 (incluidas en el tomo 13 de sus Obras Completas)– figuran entre lo más elevado que se ha escrito acerca del proyecto de ingeniería más innovador y audaz de su tiempo. Y cuando rememoras que aquel ­hombre de pequeña estatura,  pobremente vestido para la crudeza del invierno neoyorquino, cruzaba el largo puente dos veces al día –cuando viviendo en Brooklyn trabajaba en Manhattan–, lo andas ahora como junto a él, como si te fuera contando a cada paso los detalles de su armazón, el alma de su engendramiento, el tejido oculto de cada pieza de su engranaje.

   El 24 de mayo de1883, Martí asistió a la inauguración  de aquel puente, junto a una  “muchedumbre premiosa, que lleva el paso de quien va a ver maravilla”. Y el entusiasmo ante la magnitud de aquella cimentación –ahora ante nuestros ojos–, lo expresó con algunas interrogantes: “Y ¿qué raíz ha podido asegurar a tierra esa gigante trabazón, pasmo de los ojos, y burla del aire? ¿qué aguja ha podido coser ordenadamente esos hilos de acero, de 15 1/4 pulgadas de diámetro, y en los extremos anudarlos? ¿quién tendió de torre a torre, sobre 1596 pies de anchura, el primer hilo, 5 mil hilos, 14 mil millas de hilo? ¿quién sacó el agua de sus dominios y cabalgó sobre el aire, y dio al hombre alas?”. Él mismo da las respuestas, detallando el volumen, cimentación, peso y seguridad de cada uno de sus componentes.

   Al adentrarnos en su recorrido, se siente la palabra del cronista decimonónico, advirtiéndonos que “debajo de nuestros pies, todo es tejido, red, blonda de acero: las barras de acero se entrelazan en el pavimento y las paredes que dividen sus cinco anchas vías, con gracia, ligereza y delgadez de hilos; ante nosotros se van levantando, como cortinaje de invisible tela surcada por luengas fajas blancas, las cuatro paredes tirantes que cuelgan de los cuatro cables corvos”.

   Estaba bien entrada la tarde del domingo, 21 de marzo, cuando llegamos a su primer extremo y vimos a decenas de personas, protegiéndose con mascarillas de la pandemia que nos acorrala, dispuestas a caminar por el histórico puente. Por uno de los bordes del carrill destinado a peatones, vemos a muchos jóvenes cruzar raudos en bicicletas, alguno con una goma al aire, desafiando el cielo, mientras otros se detienen en los bordillos a preservar el instante en una fotografía. Entre ellos, adivinamos la ­variedad de culturas que viven y visitan Nueva York, sintiéndose en la capital del mundo. Esa pluralidad humana, junto a la magnificencia de la obra, es muy visible en la descripción que nuestro incorpóreo narrador nos va contando: “(…) en sus cimientos, que muerden la roca en el fondo del río; en sus entrañas, que resguardan y amparan del tiempo y del desgaste moles inmensas, de una margen y otra, este puente colgante de Brooklyn, entre cuyas paredes altísimas de cuerdas de alambre, suspensas –como de diente de un mamut que hubiera podido de una hozada desquiciar un monte–, de cuatro cables luengos, paralelos y ciclópeos, se apiñan hoy como entre tajos vecinos del tope a lo hondo en el corazón de una montaña, hebreos de perfil agudo y ojos ávidos, irlandeses joviales, alemanes carnosos y recios, escoceses sonrosados y fornidos, húngaros bellos, negros lujosos, rusos de ojos que queman, noruegos de pelo rojo, japoneses elegantes, enjutos e indiferentes chinos”.

   Si en el artículo para la revista La América Martí destacó las características del puente, en el destinado al periódico argentino La Nación centró su interés en los ingenieros que lo hicieron posible. Así, al caminar ahora sobre su perdurable superficie, sabemos de John y de ­Washington Roebling, padre e hijo, quienes diseñaron y guiaron cada detalle de esta magna creación. Si bien el escritor exalta la concepción estética del puente  –“Como crece un poema en la mente del bardo genioso, así creció este puente en la mente de Roebling”–, pone énfasis en el valor ético,  moral y servicial que caracterizó a sus edificadores, al informarnos que el padre  “murió de su obra, como mueren todos los espíritus sinceros”, y que el hijo fue también un valiente soldado durante la Guerra Civil: “Blandió el acero doblemente: en sable, sobre los enemigos; sobre los ríos, en puentes”.

   Cuando llegamos al final del pontón, comparto una frase del artículo martiano: “regocija lo inmenso”. Con ese alborozo, culminante de la jornada neoyorquina, nos sentamos a descansar en un pequeño parque donde comienza ­Brooklyn. Entonces, asocio involuntariamente la inmensidad del puente con una metáfora que extiende su significado; un puente donde se junten orillas no separadas por el agua, sino por la intransigencia de la política y la ideología; un puente humano de concordia y pluralidad, incluyente y respetuoso con el credo y expresión de todos, que es el primero de los derechos humanos.

viernes, 16 de abril de 2021

Un viaje a Nueva York (II)

   Cuando salimos del Museo de Arte Moderno, ya al anochecer, supimos que José y Ailicec nos escondían una sorpresa: habían reservado tickets para el mirador “Top of the Rock”, sin decirnos que nos esperaba un elevador en el que ascenderíamos 67 pisos en 42 segundos. Previamente, caminamos hasta el Rockefeller Center, un conjunto de 19 imponentes edificios que van de la calle 48 a la 51, entre la Quinta y la Sexta Avenida de Manhattan. Es un espacio arquitectónico atractivo, donde se enciende cada año el gigantesco Árbol de Navidad de La Gran Manzana, tiene una hermosa pista de patinaje sobre hielo, lujosas tiendas, decoraciones fulgurantes e infinitos encantos. Su edificación, de estilo deco, fue concebida por John D.  Rockefeller en 1930 y culminada por su hijo John Davison en 1939.  Ha sido considerado el proyecto de edificación privado más grande realizado en los tiempos modernos.

   Nuestra visita fue exclusivamente al “Top of the Rock”, en lo alto del rascacielos Comcast, entre las plantas 67 y 70. Antes de entrar al elevador, nos detuvimos ante la célebre fotografía conocida como “Almuerzo en lo alto de un rascacielos” (1932), en la que once obreros están sentados en una viga a más de 250 pies de altura, comiendo sándwiches y sonriendo plácidamente.  Al subir, una panorámica de 360 grados pone ante nuestros ojos la imagen mirífica de Nueva York. Desde la alucinante altura, parece posible tocar los rascacielos con los dedos, alcanzar el Empire State –considerado por muchos una de las Siete Maravillas del Mundo Moderno–, admirar el  nuevo World Trade Center –donde estuvieron las Torres Gemelas abatidas por el terrorismo–, llegar a ­Brooklyn o adivinar, más al suroeste,  el  monumento que exhibe La Liberté éclairant le monde.

Vista de Nueva York desde el Top of the Rock

   El domingo, 21 de marzo,  iniciamos el paseo en Wall Street, una calle del bajo Manhattan, entre Broadway y el East River. Aunque el nombre remite al pulmón financiero del mundo –la Bolsa de Valores de Nueva York– mi atracción al lugar se relaciona con José Martí, pues allí cerca –en Front Street 120– tuvo su oficina de trabajo durante muchos años y fue, seguramente, el lugar desde el que
 más escribió durante su vida.

   El día antes, mi amigo Orlando Sánchez Soto –uno de los grandes músicos del género jazz y virtuoso del saxofón, quien vive en Nueva York– me había dicho por teléfono que nos veríamos temprano al lado de la escultura de bronce llamada Toro de Wall Street, situada en el parque Bowling Green. Llegó vestido de negro, con una larga barba y un pequeño kipá sobre la cabeza. Sabía que en los últimos años se había convertido al judaísmo, por lo que advertí a mis acompañantes, con cierto orgullo, que estaríamos guiados por un rabino. Pero la gran sorpresa fue su esposa, finalmente la verdadera cicerone de esa espléndida mañana, pues conoce cada rincón histórico de aquel sitio inaugural de Manhattan. Ella, la periodista Carmen María Rodríguez, nos fue mostrando las calles por las que Martí caminó tantas veces para llegar a su oficina. Ya no existe el edificio con la numeración que conocemos, pero en la calle adoquinada se siente como el murmullo de su paso apremiante.

Con Orlando Sánchez y Carmen María
   A continuación, nos encaminamos hacia la esquina de Beaver St. y William St., donde está el restaurante Delmonicos desde hace casi doscientos años. En él, Martí almorzó, tomó más de una vez una copa de vino y nos dejó una crónica –escrita en 1881 al morir John Delmonico, su fundador– donde nos cuenta sobre célebres figuras que habían disfrutado de su distinción:

  “En Delmónico han comido Jenny Lind, la sueca maravillosa; Grant, que después de un banquete recibió a sus visitantes bajo un dosel; Dickens, a quien un vaso de brandy era preparación necesaria para una lectura pública (...) Luís Napoleón, antes de acicalarse con el manto de las abejas, comía allí; (…) y el hijo del zar, y célebres actores, y nobles ingleses, y cuanto en las tres décadas últimas ha llegado a Nueva York de notable y poderoso”.

   Después, llegamos a la Iglesia de la Trasfiguración, en Mott Street, número 25. Carmen, sorpresivamente, se detuvo en aquel sitio para mostrarnos la parroquia donde predicó el Padre Félix Varela. En torno al monumento que eterniza su memoria, hablamos sobre el tiempo neoyorquino del “hombre que nos enseñó a pensar”, como le calificara José de la Luz y Caballero.

 Memorial a Félix Varela en la Iglesia
de la Transfiguración, Manhattan, NY.

   También, nos acercamos al sitio en que George ­Washington fue declarado  primer presidente de la nación –el Federal Hall de Nueva York– y, contemplando la estatua que guarda esa memoria, recordamos unas palabras suyas de aquel 30 de abril de 1789: “(…) juro solemnemente que apoyaré y defenderé la Constitución de los Estados Unidos contra todos los enemigos, extranjeros y domésticos”.

Asimismo, nuestra afable guía nos muestra el edificio del Ayuntamiento, en City Hall Park, el más antiguo del país. Allí, nos confesó la razón para detenernos: “Aquí los cubanos velaron el cadáver de Francisco Vicente Aguilera”. Entonces dedicamos unas palabras al gran bayamés, el hombre más rico del oriente cubano cuando empezó la Guerra de los Diez Años. Fue vicepresidente de la República en Armas y Céspedes lo nombró su Lugarteniente en la región oriental. Murió pobre y con frío en Nueva York, a los 55 años de edad, pidiendo limosnas en las calles para hacer libre a su país. 

  De allí fuimos a un restaurante del célebre barrio chino, donde saboreamos algunas exquisiteces de su cocina, conversamos largamente y nos despedimos agradecidos, preparados para caminar, de un lado al otro, el puente que unió a Brooklyn con Nueva York.

viernes, 9 de abril de 2021

Un viaje a Nueva York (I)

 Cuando iba para el aeropuerto de Tampa a tomar el vuelo que me llevaría a Nueva York, junto a mi esposa, un hijo y una sobrina, mi último vástago comentó que no veríamos en el avión a nadie con 4 sombreros en la cabeza, aludiendo a los viajes que hacemos a Cuba, los únicos que me he permitido desde que radico en Estados Unidos. Mi respuesta fue silenciosa: Tampoco me esperan 4 cabezas en Nueva York. Sin embargo, desde la llegada a la Gran Manzana a plena luz de las diez de la mañana, abrigados del aire y de una temperatura a 40 grados, sentí que empezaba a cumplir un sueño de la  juventud derivado de la lectura de “Escenas norteamericanas”, aquellas extraordinarias crónicas en las que José Martí describió sus impresiones sobre la ciudad en que vivió casi 15 años.

  Al detenerme en el Parque Central ante la escultura ecuestre de Martí, recordé las palabras suyas al acercarse en Caracas a la estatua de Bolívar en 1880. También sentí “que se movía, como un padre cuando se le acerca un hijo”. Mirar la efigie de ambos próceres de la independencia americana, muy cerca el uno del otro en el Parque Central de Nueva York, desborda el capital simbólico que guarda el culto a su grandeza histórica, extendiendo el alcance de su significado hispanoamericano a la grandeza continental.

   Cumplido el ritual sagrado, empezamos el recorrido neoyorquino por los grandes tesoros del arte universal que muestra la ciudad, visitando el Museo Metropolitano y el Museo de Arte Moderno, ambos impresionantes por el valor de las obras que exponen. Detenerse, en el primero, en la sala consagrada a la cultura helenística, egipcia, medieval o moderna, es admirar en un instante la síntesis de dos milenios de riqueza estética. Frente a un autoretrato de Rembrand, el de Vincent van Gogh con sombrero de paja, una pintura del Greco, el “Jardín  de Sainte-Adresse” de Monet, la imagen de Gertrude Stein pintada por Picasso, se conmueve el espíritu. 

Y cuando los ojos no se han recuperado del constante asombro frente a la belleza de las obras de arte acabadas de contemplar, entramos al MOMA (Museo de Arte Moderno) y buscamos, ansiosos, “La noche estrellada” de Van Gogh. Pero antes de llegar a ella, en el quinto piso, nos detuvimos con emoción a admirar obras de los mexicanos David Alfaro Siqueiros y Frida Khalo, de los franceses Paul Cezanne,  Marcel Duchamp, Marc Chagal, Paul Gauguin. Asimismo, nos demoramos contemplando “Las señoritas de Avignon”, de 1907, donde Pablo Picasso llevó al lienzo el tema controversial de un prostíbulo y con esa pintura abríó el camino del cubismo.

Pablo Picasso. Las señoritas de Avignon, 1907.

 Finalmente, llegamos a una de las obras más bellas de Van Gogh, “La Noche estrellada”, tal vez la más depurada del posimpresionismo. Me detengo en el círculo amarillo que aparece en su esquina superior derecha, al recordar a algunos críticos que siguen preguntándose si alude al sol o al planeta Venus, lo que será siempre un misterio. Acerco la cámara más allá de lo permitido para una fotografía de un fragmento de la obra, me regañan y me aparto a seguirla mirando, hasta que me llaman mis acompañantes, que ya están en la sala siguiente, deslumbrados con el colorido de una composición del ruso Vasily Kandisky, uno de los precursores del arte abstracto y respetado, también, como crítico de arte. 

   La primera noche en Nueva York la dedicamos a caminar por la famosa calle Broadway, en Manhattan, deteniéndonos en el lugar que se entrecruza con la 7.ª Ave. y que algunos han llamado “centro del universo”, otros “encrucijada del mundo” y los más admirados han llegado a creerle “el corazón del mundo”. Realmente,  es impresionante esa intersección comercial, con los famosos teatros de Broadway cercanos, sus altos edificios pletóricos de luz y con gigantescas pantallas sujetas en sus paredes exteriores, desde donde desfilan incesantemente hermosas imágenes con anuncios, canciones, instrumentos musicales y rostros sonrientes que convocan a disfrutar el paseo por uno de los sitios más espectaculares del mundo.

   Cenamos en un restaurante alrededor de Times Square, del que salimos en una media noche iluminada, a caminar otra vez por Broadway, entre los elevados edificios que, imponentes, simbolizan la dimensión de tanta riqueza. Y en medio de la gran opulencia, vemos a una anciana escuálida salir de unos cartones que ha acomodado, a manera de choza, en medio de la calle concurrida. Nos acercamos y mi esposa le tiende un bocadito que conservó del restaurante. Ella alarga la mano, lo toma y vuelve a desaparecer debajo de su triste techo de cartón. Entre tanta luz, seguramente no logró vernos. A ella tampoco la ven, no saben su nombre, ni desde cuándo tiene hambre, los que caminan fascinados por el exuberante Times Square.