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viernes, 19 de agosto de 2016

El amor al terruño en el libro Puerto Real del Manzanillo

Por Gabriel Cartaya

  Quien no sienta amor por la tierra donde nació, tal vez nunca  logre amar al lugar donde le lleve el destino, porque el espacio del alma que afirma en la niñez la riqueza del entorno primigenio se cultiva en el hogar congénito y desde el barrio de la infancia se abre a lo universal.
 El libro Puerto Real del Manzanillo, de José Miguel Remón Varela,  me confirma esta creencia, pues el autor que evoca en sus páginas la ciudad en que vino al mundo, no vive en ella desde los 13 años. Sin embargo, cruza en las páginas por sus calles, esquinas, edificaciones, parques, malecón, clubes, como si nunca hubiera estado lejos del paisaje donde tuvo sus primeros asombros,  juegos y amigos. Mucho ha de querer a su familia y a la ciudad de Tampa, donde vive, quien a los 36 años de distancia de los recuerdos que narra ha dedicado tan amoroso y desinteresado empeño en plasmar la riqueza de esa ciudad cubana enclavada en el Golfo del Guacanayabo.      
 El libro, claro está,  contiene un significado especial para los habitantes y descendientes de ese lugar, vivan hoy donde vivan. Esta preciosa obra, enriquecida con 170 postales a color sobre un excelente papel cromado, desborda el interés legítimo de quienes son manzanilleros, porque ese mensaje de amor al terruño original emerge como un referente sentimental al sitio de cada quien, simbolizado en un espacio íntimo que se asume como pueblo de la niñez.
 El autor de Puerto Real de Manzanillo, sin requerir las herramientas metodológicas del historiador, ha incursionado en los momentos más relevantes de los anales de la ciudad, consultando acríticamente una amplia bibliografía, sin la pretensión de una monografía académica,  sino con el interés en situar los acontecimientos que dieron origen y evolución a una ciudad que en las primeras cinco décadas del siglo XX se convirtió en un modelo singular de florecimiento cultural, a pesar de su distancia física de la urbe cosmopolita del país. Asomarse a la riqueza del Grupo Literario de Manzanilo y a la relevancia continental de la revista Orto, dan fe de ello.   
El autor junto a su libro
 La actividad del puerto manzanillero, el desarrollo del comercio y la industria local, el fulgor de sus calles, el eclecticismo arquitectónico, la belleza de sus parques  –especialmente la emblemática glorieta en el Parque Central–, sus parroquias, hoteles, estatuas, litoral, y tantas personas célebres o simplemente cercanas al autor, dan testimonio en este precioso libro, tanto en la escritura como en sus fotografías históricas, del esplendor que alcanzó Manzanilo en la etapa republicana de una isla que pudiera pluralizar el nominativo de Perla del Caribe, pues una de las que la componen –la ciudad del autor– es bien llamada Perla del Guacanayabo.
 Desde lo autoral-personal, emergen los juegos de la infancia, el embrujo ante el campo y el mar, y desde esos recuerdos el libro se abre hacia el tejido social que se expresa en la escuela, en el carnaval, en la vuelta al parque donde ellos y ellas estrenan la adolescencia caminando en sentido inverso para facilitar una mirada, una sonrisa, una ivitación a sentarse en uno de sus bancos, donde nació el amor de tantos. Desde esta focalidad, el comportamiento humano de la ciudad va alcanzando una dimensión ecuménica.
 Naturalmente, Remón Varela ha visitado Manzanillo en los últimos tiempos. Ha indagado en los archivos, conversado con sus historiadores y poetas, con sus pintores y músicos, con la gente del pueblo, y ha percibido con enorme sensibilidad el murmullo que nace del alma de una ciudad que no olvida el esplendor de su belle époque: la ansiedad de recuperar el color y embellecimiento del tiempo en que Benny Moré cantó a su esplendor: Noche de luna de Manzanillo, brillo de plata sobre la mar…
 Es verdad que entonces había ricos y pobres, como puede apreciarse en los censos de la época. Hoy son menos los ricos, pero los pobres se han multiplicado alrededor de los edificios depauperados, cuyo deterioro provoca lástima cuando se compara con el fulgor que muestran en las postales de este libro.
 El autor se propuso “contribuir a rescatar del olvido al Manzanillo de nuestros ancestros”, como dice en el prólogo, lo que logra sobradamente al llamar la atención sobre el pasado floreciente de la ciudad,  sin  convocar tanto al raciocinio que explique las causas de la decadencia, como a la emoción de los sentimientos que impulsen su restauración, para que Manzanillo recupere la belleza que la convirtió en Perla del Guacanayabo.


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