Recientemente, fue publicado por Classic Subversive mi libro Luz al universo, con un subtítulo que avisa su contenido: José Martí desde Leonor. Se trata de una reedición del ya publicado en 2006 por Gente Nueva, La Habana, con correcciones y adiciones del autor y, fundamentalmente, en un formato que posibilita adquirirlo en redes de distribución como Amazón, sea impreso o para leer en dispositivos electrónicos.
El texto, escrito en la década de 1990, se propone
entender las relaciones
entre José Martí y su madre, la canaria Leonor Pérez Cabrera. La comunicación entre
ellos, a veces tensa sin perder la ternura, es la de dos seres profundamente
sensibles, azotados por la distancia y por la entrega de él a un ideal que
privó a los padres, en su pobreza, del apoyo material que esperaron del hijo.
El relato –entre el lenguaje novelado, biográfico e
histórico–, viene a ser un híbrido narrativo que contiene, más que una
clasificación de género literario, una mirada amorosa a esa relación
madre-hijo, siempre conmovedora. Mediante la ficción, el texto arranca de un
instante en que Leonor, en La Habana, está leyendo la carta de despedida que le
envía el hijo desde Montecristi cuando va a salir para la guerra en
Cuba. Aunque entrelaza diálogos posibles e imaginación, todo es biográfico,
historia, vida.
He elegido el inicio y final del texto, como un adelanto para quienes se motiven a leerlo.
000
Nunca sus ojos contuvieron más tristeza premonitoria que aquel día de abril de 1895, a sus sesenta y seis años, cuando, casi apagados, se afanaron en deletrear las líneas de despedida que le envió su hijo desde Montecristi, en vísperas del dramático viaje de entregarlo a la guerra. Repasarlas una y otra vez, mientras crecía la noche, era reconstruir la vieja historia de la relación entre ellos, nacida cuarenta y dos años atrás, en la madrugada del 28 de enero de 1853. Fue el día de su primer y único alumbramiento de varón, a quien bautizó, en sacras ceremonias, con el nombre que le abriría las puertas del universo: José Julián Martí Pérez, quien ahora le pedía, por última vez, la bendición.
Que sin cesar el hijo pensaba en ella, lo había sentido
siempre, aun cuando la cólera del amor materno, enceguecido, lo zahiriera
dolorosamente, en el inútil esfuerzo por apartarlo del sacrificio de su vida.
Lo inesperado de la carta fechada el 25 de marzo en ese
Monte Cristo, como lo nombró Colón al impresionarse con un morro montañoso que
se le pareció al Gólgota, lo justificaba apartando la mente de presentimientos
invasivos, cuando podía legitimar la naturaleza heredada en la raíz canaria,
española, ancestral, telúrica, que dieron savia, desde ella, al ser de él. Nací
de Ud. era, entonces, el develamiento raigal de ambos. Si en Abdala se cumple
la profecía del hijo, ahora ella, Leonor Antonia de la Concepción Micaela Pérez
Cabrera, podría asumirse desde una visión insondable de Espirta: ¿cómo ahogar
en el amor de madre, el amor a la patria?
Convertía la esterilidad del llanto retenido en resignación
participativa, trascendente, ¡porque si nubias son, también son madres! Así, el
gentilicio derivaba en sucesiones incluyentes hacia un horizonte mayor:
nubia-canaria-cubana-humanidad. Entendiéndose, intentaba entenderlo: una vida
que ama el sacrificio.
ooo
El domingo 19 de mayo no salió el sol en la calle habanera
donde ella aliviaba su dolor. Un sofoco adelantado, bajando del mediodía, la
llevó al abanico. Al moverlo, el aire lo traía a él, al lado de los amigos que
se lo obsequiaron donde el único calor fue el de los abrazos. Desde entonces,
solo lo abría en días de cumpleaños, porque desde sus varillas salía la brisa
de su voz. Sintió en la ventisca que no era día de santos y salió a la ventana
buscando claridad. En la calle, repentinamente apenada, las voces se perdían
entre rumores que no alcanzaba a descifrar, mientras sus dueños se apresuraban
a guarecerse de una sorpresiva tolvanera que les envolvió. Sintió que la
llamaban. Era la voz del hijo, su misma voz de la niñez. Fue un sacudimiento,
un temblor que la abrazó en un relámpago que venía del oriente y se detuvo un
instante para que ella lo despidiera. Pero ni a esa hora de soledad, ni nunca,
le diría a nadie que lo vio envuelto en
aquella luz, elevándose, elevándola.
ooo
El libro se encuentra en Amazón. También puede escribir al
autor (cartayalópez@gmail.com o llamarle al 813-849 8113.
Gracias.

No hay comentarios:
Publicar un comentario