viernes, 25 de septiembre de 2026

París sigue siendo una fiesta

                  A Luis Miguel

Cuando Ernest Hemingway escribió París era una fiesta utilizó el verbo en pasado, rememorando la década de 1920, cuando en aquella ciudad fue feliz. Lo escribió más de treinta años después de su encuentro en la Ciudad de la  Luz con escritores como F. Scott Fitzgerald,  Ezra Pound y Gertrude Stein, la que bautizó como generación perdida la de aquellos artistas que, impactados por la Primera Guerra Mundial, comenzaban a realizar su obra en recintos pobres y cafés, en medio de una vida bohemia pletórica de sueños e incertidumbre.


Allí estaban también Pablo Picasso, Luis Buñuel, Salvador Dalí, James Joyce, André Gide y André Breton, quien en 1924 publica el Manifiesto del Surrealismo. Entre los restaurantes que visitaban se mantiene el Polidor, como se aprecia en el filme de Woody Allen Medianoche en París.

En esos artistas relevantes del siglo XX pensé al entrar en ese lugar, en medio del barrio Latino de París, sabiendo que en esa sala, probablemente en la misma mesa, comió y disfrutó una cerveza el autor de París era una fiesta y muchos de aquellos artistas que fundaron el surrealismo pidiendo a la imaginación una explicación que no les ofrecía la realidad. Por ello, allí mismo, el joven Alfred   Jarry había llamado patafísica, frente a la metafísica, a ese desbordamiento imaginativo que explora la anormalidad.

De ello, y de ellos, hablamos en el Polidor, donde restauramos las energías después de un día de caminar y admirar las calles de París. Fue una suerte que nos acompañara el periodista y amigo Luis Miguel Cabrera, nacido en Manzanillo y actualmente radicado en París, donde dirige un noticiero en el canal de televisión France 24. 

En cuatro días en París,  el sol brillante justificó el apelativo de la ciudad, extendido a la iluminación interior de las catedrales, museos, los portentosos edificios donde se adivinan tantos estilos arquitectónicos que marcan los siglos, gustos, riqueza y esplendor. En la iglesia Saint‑Germain‑des‑Prés prevalece el románico, en Notre Dame el gótico, en Versalles el barroco, en la Ópera Garnier el neobarroco  y la arquitectura de hierro en la torre Eiffel, que nos hizo recordar el escrito de José Martí para La Edad de Oro, pues fue inaugurada para la Primera Exposición de Paris, en 1889, la que él describió magistralmente a los niños de América.

Al caminar frente al Arco del Triunfo nos hundimos en la historia: su construcción la pidió Napoleón Bonaparte, embriagado con el triunfo en la batalla de Austerlitz (1806), pero se inaugura  treinta años después,  cuando  el emperador llevaba 15 años muerto y la monarquía restaurada había situado en el trono a Luis Felipe I. Pero allí, nos conmueve más la bóveda que muestra la Tumba del Soldado Desconocido de la Primera Guerra Mundial y la llama eterna que conmemora a los caídos.

Todo es historia en París, todo es arte. Desde el Arco del Triunfo caminamos por la avenida de los Campos Elíseos, disfrutando del arte arquitectónico apreciable en edificios como el Petit y el Grand Palais, con su enorme cubierta de cristal abovedada, hasta llegar a la Plaza de la Concordia, con esquina hacia el Jardín de las Tullerías, donde el verdor y la riqueza multicolor de la naturaleza se hace insuperable. Una vez allí, la mirada  se detiene en los jardines de estilo florentino y el pensamiento en Catalina de Médicis que los mandó a construir en el siglo XVI, una reina de ojos saltones que no gozaba de la belleza del jardín que admiramos y está asociada a la matanza del Día de San  Bartolomé, el 24 de agosto de 1572, cuando fueron asesinados miles de cristianos hugonotes.

Imponente El Louvre, al que no pudimos entrar por estar cerrado ese día, privándonos de ver a La Gioconda, a la Venus de Milo y tantas obras célebres. Pero nos compensó el Museo Orsay, con una de las colecciones más importantes del mundo sobre los impresionistas. Allí, hay que hacer un esfuerzo para separarse del original de Almuerzo sobre la hierba de Édouard Manet, del Baile en el Moulin de la Galette, de Renoir, de las obras de Claude Monet, como sus cinco cuadros de la Serie de Catedrales de Rouen.

Y en medio de todo, atravesando París, la eterna magia de las aguas del río Sena, al que los romanos decían Sequana, nombre de una diosa celta.  Al anochecer montamos en un velero sobre sus aguas y los ojos desfilan entre El ­Louvre, la torre Eiffel, la Catedral de Notre-Dame, sin dilucidar en cuál giro de la mirada la belleza es mayor.

En un momento, me asalta la imagen de Javert, el policía de Los Miserables que persigue a Jean Valjean y creo verlo en uno de los puentes. Les cuento a Luis Miguel, a mi esposa, hijo y sobrina el instante en que el policía no logra resolver el drama entre el deber y la gratitud y se lanza a morir en las aguas de este río. Luis Miguel señala uno de los puentes al que la tradición oral asigna el hecho y hablamos de Víctor Hugo, cuya tumba está cercana. Y seguimos con el Sena y su presencia en la literatura y el arte, eternizado en las obras de Marcel Proust y Albert Camus, en las pinturas impresionistas de Claude Monet y Pierre-Auguste Renoir, en canciones como el tango de Astor Piazolla titulado con el nombre del río.

Pero es París tan grande y hermoso que requeriría más espacio del que permite esta columna. Casi dejaba fuera insistir en un  sitio en que, de obviarlo, no me lo perdonaría mi amigo Leonardo Venta. El edificio de la Ópera de París, Palais u Ópera Garnier, un teatro neobarroco inaugurado en 1875 y considerado uno de los monumentos más entrañables de Francia. Allí, ante tanto esplendor, mencionamos a Alicia Alonso, recordando en voz alta que en 1966, en una de sus salas  majestuosas, la cubana bailó Giselle por primera vez, deslumbrando al auditorio y al mundo.

Todavía en el avión rumbo a Barcelona llevaba en los oídos, en la vista y el corazón las atenciones de Luis Miguel, la belleza de París, la nostalgia de la bohemia cantada por Charles Aznavour: “...y cuando algún pintor, hallaba un comprador y un lienzo le vendía, solíamos gritar con él y pasear alegres por París”. Tarareando la canción que mis amigos me conocen desde siempre, comprendí que si el verbo en pasado no lo encuentro en París, es porque París sigue siendo una fiesta.

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