viernes, 5 de enero de 2024

Los Reyes Magos del 6 de enero

 En estos días se recuerda a los Reyes Magos, de los que siempre se hablará porque están afincados en lo más profundo de la cultura cristiana. Sin embargo, la percepción que hoy los niños pueden tener sobre ellos es diferente a la que correspondió a generaciones anteriores. Décadas atrás, aún persistía el encanto infantil de que el buen comportamiento sería premiado en el amanecer de cada 6 de enero, cuando aparecerían los reyes Melchor, Gaspar y Baltazar a introducir subrepticiamente, en alguna esquina de la casa (preferentemente debajo de la almohada) el ansiado juguete que deseábamos.  No siempre coincidía el regalo recibido con el anhelado, muchas veces indicado en una cartica cariñosa a los mejores reyes de los niños, cuando los menores del hogar no relacionábamos la humildad del premio con la pobreza de nuestros padres.

Adoración de los Magos. Leonardo da Vinci, 1491.

En cambio, más allá del valor consustancial al objeto físico en que se representa el quehacer de los adultos y con el que los niños comienzan a ejercer en juego sus oficios, la alegría infantil se desbordaba cada 6 de enero porque, en general, era el único día del año en que se recibían los juguetes. Hoy, cuando las tiendas están repletas de ellos los 365 días del año –excesivamente mostrados en los países más desarrollados desde una motivación comercial– y cuando es frecuente que se complazca al hijo cada vez que levanta la mano hacia uno de los anaqueles donde se exhiben, es difícil sostener el atractivo misterio de que tres hombres barbados atraviesan en camellos llanuras, desiertos, nieve, montañas,  para  hacer realidad el sueño de pilotear aviones de juguetes o abrazar a una princesa en la hermosa muñeca recibida.

Tanto se ha perdido aquella fascinación del 6 de enero, que ahora nos resulta difícil seleccionar el juguete adecuado para regalar. A la hora de elegir, ya no nos preguntamos qué juguete le gustará, sino, qué juguete no tendrá. Tanto se ha abusado de atiborrar a muchos niños con ellos, que la habitación en que viven semeja más una juguetería que un dormitorio. Por momentos, parece que existe una especie de competencia no anunciada entre parientes y amistades, para ver cómo se sobrepasa al hijo del prójimo en el alcance de ese tesoro infantil que, por su exceso, pierde esa condición.

Es verdad que la vida cambia y siglos de civilización han impuesto continuas transformaciones que modifican las costumbres. No podía ser diferente en la asunción de la festividad bíblica del 6 de enero, originada en el mito que cuenta de aquellos tres magos que, guiándose por una estrella milagrosa, arribaron a Belén a bendecir al niño Jesús ­cuando fueron avisados de que en él se cumplía la profecía de la llegada del hijo de Dios. Entonces, los Magos le regalaron oro, incienso y mirra –según el Evangelio de San Mateo–, pero con el tiempo y ya nombrados Melchor, Gaspar y Baltasar, ese día se convirtió en la fecha ideal de regalar juguetes a los niños de la cristiandad.

Que se haya perdido la magia de la existencia de los Reyes Magos no entraña un peligro cognoscitivo, porque, simplemente, se trata de una aprehensión del mito.   En realidad, en la Biblia no aparecen como reyes, ni sus nombres, ni que eran tres, pues solo se les menciona como magos (magós, que en griego significa hombre sabio). Fue posteriormente cuando se fue construyendo el mito y vino a ser hacia el siglo III de nuestra era que se les llama reyes.  El nombre de cada uno se cuenta después, identificándolos como Bithisarea, Melichior y Gathaspa, como se les presenta en una crónica del siglo VIII conocida como Excerpta latina barbari. Ellos serían nuestros Baltasar, Melchor y Gaspar, supuestamente reyes de Arabia o Etiopía, Persia y la India, en ese orden, por lo que siempre se dijo que venían del Oriente.

Seguramente el número de reyes –afirmado por el papa León I en el siglo V– fue determinado por el número de regalos, pues uno llegaría con el oro, otro con el incienso y el tercero con la mirra. Hay una leyenda que alude a un cuarto Rey Mago, un tal Artabán, pero éste llegó tarde a Judea y quedó excluido de la leyenda, lo que da fuerza al refrán que acuñó William Shakespeare: “Mejor tres horas demasiado pronto que un minuto demasiado tarde”.

Lo triste del presente 6 de enero es saber que este año los niños de Belén no están esperando a los Reyes Magos, porque el miedo a los bombardeos cercanos apenas les impulsa a invocar un solo regalo: que termine la guerra para poder jugar en paz.

 

viernes, 15 de diciembre de 2023

Diálogo con el autor de Bienaventurados los perseguidos

 Luis Enrique Alfonso Hernández es el autor de la novela Bienaventurados los perseguidos, publicada recientemente por Classic Subversive. Al leer esta extensa obra, me llamó la atención que el escritor iniciara el camino de las letras con un empeño de esa magnitud (casi 600 páginas), logrando mantener la estructura, coherencia, manejo de los protagonistas, los diálogos, nivel dramático, clímax y desenlace de una obra capaz de complacer las exigencias del lector.

Después, conociendo algunos datos de la biografía de Alfonso Hernández –cubano que actualmente vive en España–, tuve la impresión de que, en el personaje central (Leal) hay una especie de alter ego del autor, por lo que la entrevista que le propuse comienza interesándose en esta correspondencia.


¿Cuánto hay de testimonial en Bienaventurados los perseguidos?

Mucho, recreado literariamente, por supuesto.

¿Hay un motivo extraliterario que te compulsó a escribir Bienaventurados…?

Básicamente un motivo cubano. No sé si el dolor cubano está fuera o dentro de la Literatura, pero sé que está dentro de la nación adolorida.

Leal, protagonista central de tu novela, es un oficial de la Seguridad del Estado cubana que, estimado hasta por el Primer Secretario, pudo alcanzar y disfrutar de altos cargos en la nomenclatura de la Isla. Sin embargo, termina rompiendo con ese cuerpo y, finalmente, yéndose al exilio. ¿Qué factores de su experiencia y personalidad lo compulsan a esa actuación?

Leal no ocupa altos cargos, es simplemente un operativo de fila de la unidad más selecta en el ámbito más elitista del apparachik, que se codea con los altos cargos de la nomenclatura. Llega a ello por su espíritu aventurero y romanticismo juvenil. En la medida que conoce el intríngulis político de la cúpula de poder sufre un proceso que transita de la decepción, pasando por la repugnancia y repudio, hasta el desprecio y la indiferencia. Deja de creer en la retórica del colectivismo social para centrarse en su familia. No se va a un determinado sitio, se va de Cuba.

En un entorno donde la corrupción se agiganta con la crisis económica, la figura de Isabela representa una naturaleza moral, ética, bondadosa y jovial, profundamente humana, que no concuerda con el medio en que se desenvuelve. ¿Qué significado te propusiste dar a su figura?

Isabel representa la posibilidad de preservar el alma pura bajo cualquier circunstancia. Su historia es muy recurrente, la belleza, el amor y el bien hacer se tornan insoportables para los chapuceros que odian y, por tanto, en blanco de su acecho destructivo.

En un espacio donde se insiste en que la revolución es lo primero y que coadyuvó, incluso, a una fragmentación de las relaciones familiares, ¿hasta dónde tu acento en la familia se propuso contradecir los postulados indicados?

No sólo los postulados indicados por la supuesta revolución cubana, sino las tendencias woke globalitarias, que es sabido ambas tienen en común, en última instancia, una base filo marxista con diferentes grados de sutileza. El debilitamiento de la familia facilita el manejo de la sociedad como una masa desamparada por el grupo de poder, independientemente de la élite que lo ejerce o pretenda ejercer.

Vuelves más de una vez en la novela a 1989. ¿Qué significó para el narrador el fusilamiento del General Ochoa?

En consecuencia, con su generación, esos acontecimientos no significaron un momento culminante sino un punto de partida. Como el detonante que hizo prestar atención. La pérdida de la virginidad.

Creo que tú mismo correspondes a ese grupo de perseguidos bienaventurados en que se inscribe el protagonista de tu novela. ¿Tendrías algo que transmitir en ese sentido?

No creo que en Cuba exista una persona que no haya sido perseguida por un vecino o colega de trabajo envidioso, el chivato que deposita su certidumbre en la creencia de que pertenece a algo superior, un burócrata que ejerce su pequeña cuota de poder o el apparachik llamado a garantizar la sumisión. Es cierto, y triste, que parte de la buenaventura a la que aspiran, me atrevo a decir que la mayoría de los cubanos, radica en la emigración o el exilio; sin embargo, creo que no basta. La gran buenaventura es resultado de la paz interior, durante mucho tiempo lo consideras un cliché, pero lo entiendes cuando lo consigues. Creo recordar que fue el genial Cabrera Infante quien avisó que los cubanos nacemos culpables.

 Me parece muy bien logrado el final que das a tu novela, donde también aciertas en el manejo de los personajes, el argumento y la trama.  ¿Te propusiste dejar al lector imaginar el fin del conflicto en el que se desarrolla la obra?

Gracias. Algo de eso hay, pero no fue un proceso tan imaginativo porque los bienaventurados, incluso los lectores extranjeros, asisten al único final posible, pese a que la novela solo cuenta una parte de la desgracia colectiva.

Te dedicas actualmente a la actividad comercial (como Leal), distante de la literatura. Sin embargo, te das a conocer como escritor con una extensa novela que considero muy bien lograda. ¿Cómo te enfrentaste al oficio de escribir?

Muchas gracias. Llego al exilio a construir otra vez desde cero, con más de cincuenta años, la fortaleza de una familia invencible y una historia que contar. Creía que haber escrito informes de trabajo, tesis o cartas y ser un lector empedernido sería suficiente, más el empeño; sin embargo, nada más comenzar te das cuenta de que por respeto a quien vaya a leerte, te merece un esfuerzo y estudio serio. Me inscribí en la Escuela Tinta Púrpura de la escritora y editora madrileña Covadonga Gonzales Pola. Además, el privilegio del arropamiento de Carmen Capdevila, Tony Gómez y Alberto Sicilia, genial equipo de ClassicSubversive Editions. Gracias a todos ellos tuve la oportunidad de descubrir semejante deleite.

Al terminar esta novela, ¿qué nuevos proyectos literarios tienes?

Otra novela. Leal e Isabela ya en libertad, testigos y cómplices de la deseada transición hacia la democracia en su amada isla, acechada por un extenso y enmarañado enjambre de corrupción, empresas fantasmas y testaferros al servicio de intereses privados de los principales personeros del viejo establishment en componenda con determinadas élites globalitarias. Donde otra vez, quien se sienta reflejado, seguramente será intencional. Pero el narrador no acusa, solo cuenta la repugnancia y el hastío.

viernes, 8 de diciembre de 2023

Cicerón murió por defender la República romana contra la dictadura

 La historia permanentemente nos enseña y, por muy antiguas que sean sus lecciones, siempre la actualidad encuentra asideros útiles en ellas. La frase “aguas pasadas no muelen molino”, no contradice la posibilidad de auxiliarnos en el pasado para entender el comportamiento político del tiempo en que vivimos.

Hay tal cúmulo de entrelazamientos entre los acontecimientos históricos más lejanos y los actuales que desoírlos es, cuando menos, imprudente. Uno de ellos lo relaciono con Marco Tulio Cicerón, asesinado  en Roma el 8 de diciembre del año 43 a.n.e. por su enérgica defensa al gobierno republicano establecido, frente a los intentos de imposición de una dictadura, la que finalmente se implantó con la creación de lo que fue el Imperio romano.

Busto de Cicerón, en bronce, en la Biblioteca Mazarine, París

El móvil para asesinar a uno de los más grandes pensadores de su tiempo encuentra en la historia, desde esos días hasta hoy, múltiples repeticiones, avisos y ángulos interpretativos. Llama la atención que uno de los pocos libros que José Martí incluyera en su mochila de campaña al salir para la guerra en Cuba fue una biografía de aquel senador romano. El 16 de abril de 1895,  confiesa en carta a María Mantilla que lleva consigo el libro Vida de Cicerón.

Con aquel libro, adquirido en Cabo Haitiano, llega a la Isla el  11 de abril de 1895, junto a Máximo Gómez y otros cuatro compañeros. ¿Por qué, en tan apretado equipaje, junto a la hamaca, algunos proyectiles, medicinas y un mapa de Cuba, Martí lleva a la guerra una biografía de Cicerón y no un libro sobre táctica militar? La elección debió relacionarse, inobjetablemente, con la preocupación más grande que tenía el líder cubano en el marco de una guerra de la que él fue su genial organizador: defender desde el inicio el carácter democrático que debía asegurar el establecimiento de una república libre,  frente a  líderes militares que pudieran ponerla en peligro por ambición de poder, favorecidos desde la gloria de los triunfos militares. 

El marco en que se produce la muerte de Cicerón implicaba esa misma  contradicción. Los líderes militares, triunfadores en las grandes campañas que extendieron el poderío romano, pugnaban por suplantar una República donde los tribunos, senadores y otros representantes eran electos, por el poder unipersonal concentrado en un dictador militar.  La rivalidad entre unos y otros afloró en el asesinato de Julio César (44 a.c., quien subordinó al Senado y toda la autoridad a su mando. Cicerón era senador y su crítica a César y a su sucesor, Marco Antonio, cuando se daban los primeros pasos por sustituir a la república por el imperio, determinó que fuera una de las víctimas de la purga que persiguió a los defensores de la democracia romana, con todas las contradicciones y debilidades que poseía en el marco de una sociedad esclavista.

El historiador Plutarco nos cuenta el último momento del gran orador, filósofo y político romano: 

“Llevándose, como era su costumbre, la mano izquierda a su mentón, miró fijamente a sus verdugos, sucio del polvo, con el cabello desgreñado y el rostro desencajado por la angustia, de modo que la mayoría se cubrió el rostro en el momento en que Herenio lo degollaba (…) Tenía 64 años. Por orden de Antonio le cortaron la cabeza y las manos con las que había escrito las Filípicas. Una cabeza y unas manos que Antonio ordenó exponer como trofeos, para que todo el mundo en Roma pudiera contemplarlos, sobre el Rostra, la misma tribuna de los oradores desde la que pocos meses antes Cicerón había sido aclamado por la multitud”.

Finalmente, elijo unas palabras de Stefan Zweig sobre Cicerón, porque el escritor pacifista austríaco es también un digno ejemplo de la defensa de la democracia frente al poder de los autócratas. El autor de Fouché seleccionó a Cicerón para el inicio de su obra Momentos estelares de la humanidad, donde dice sobre él:

“Ninguna acusación formulada por el grandioso orador desde esa tribuna contra la brutalidad, contra el delirio de poder, contra la ilegalidad, habla de modo tan elocuente en contra de la eterna injusticia de la violencia como esa cabeza muda de un hombre asesinado. Receloso, el pueblo se aglomera en torno a la profanada Rostra. Abatido, avergonzado, vuelve a apartarse. Nadie se atreve –¡Es una dictadura!– a expresar una sola réplica, pero un espasmo les oprime el corazón. Y, consternados, bajan los ojos ante esa trágica alegoría de su República crucificada”.

Cuánto enseña ese ejemplo, ocurrido hace 2066 años, a estos tiempos en que, en medio de una democracia considerada una de las más avanzadas del mundo, se escuchan discursos populistas que arrastran tras una imagen “salvadora” –arrogantemente cesariana–, la política de una nación civilizada. 

viernes, 1 de diciembre de 2023

Ha llegado diciembre

 Ha llegado diciembre en un abrir y cerrar de ojos, como se dice. ¿Es que las transformaciones impuestas por la revolución tecnológica más acelerada de la historia nos hacen percibir el paso del tiempo a mayor velocidad, o es que con el avance de la edad quisiéramos que los años nos duraran un poco más? A casi todos los adultos nos parece que en los lejanos años de la infancia entre una Navidad y otra discurría un tiempo enorme. Aquellos trescientos sesenta y cinco días que debíamos esperar para la próxima llegada de los Reyes Magos contenían tanta vida que el regreso del regalo navideño se alargaba en  el  tiempo, una magia que   ha desaparecido con los regalos al alcance de la mano, sin adornos seductores, en cada día del año.

Es que ya estamos en el diciembre del Calendario Gregoriano, el duodécimo mes del año y que, aunque está entre los más largos por contar con 31 días, es tan dinámico como las fiestas y luces que le ­engalanan. Su nombre nace del latín decembris, una derivación de la voz decem, que significaba diez. La razón es que en la medición del tiempo de la antigua Roma, que empezaba en marzo,   diciembre era el décimo mes. A aquel calendario de diez meses, Numa Pompilio  (753-674 a. C.), siendo el segundo rey de Roma, le agregó enero y febrero. Siglos después, en el año 46 a.C., el emperador Julio César introdujo el Calendario Juliano, también dividido en 12 períodos, empezando en marzo. Vino a ser el Gregoriano, originado en España y aprobado por el papa Gregorio XIII en 1582, el que convirtió a diciembre en el mes número 12, último del año.

Al establecerse el Calendario Gregoriano se perdieron diez días, pues se decretó que 
el día siguiente al jueves, 4 de octubre (jueves), sería viernes 15 de octubre de 1582. 

Sin embargo, la palabra diciembre, como la conocemos hoy, no viene a aparecer en el Diccionario de la Lengua Española hasta 1732, cuando el llamado Diccionario de Autoridades –antecesor inmediato de la RAE– lo incluye como “duodécimo mes del año, que tiene 31 días”.

Después de esta breve disquisición, retomamos el motivo de elegir diciembre para estas líneas, que es ver la ciudad engalanada desde el Thanksgiving, con todo el resplandor de sus luces multicolores iluminando sus diversas calles, avenidas, portales, parques, lugares públicos y privados. Es como si el último mes del año modificara no solo el entorno en que vivimos, sino también la mentalidad con que admiramos la naturaleza y la creación humana, enriquecida con una espiritualidad que se expande a lo conocido y lo ignoto, con la esperanza de que el engalanamiento del espacio contribuya a nuestro embellecimiento interior.

Como todo es nacimiento y fin, el año también lo es, por lo que diciembre asume la vejez y terminación del tiempo encerrado en doce meses, por lo que su espera, y despedida para el reinicio de un nuevo ciclo, se asume como cumplimiento y compromiso: lo alcanzado en los últimos doce meses y lo que nos proponemos para el año siguiente. En su asunción, se refleja la diversidad humana en los distintos componentes de la personalidad. Si para el poeta peruano César Vallejo, –cuyo pesimismo llega al verso “diciembre con sus 31 pieles rotas”–, hay un desencanto en cada día de un mes que debió serle doloroso y frío, en Francisco de Quevedo hay un hálito de optimismo pletórico de alegorías cuando escribe: “Cuando llega diciembre y las lluvias abundan/ ellas con las acacias tornan a florecer”. Mientras,  en  la poetisa   colombiana Meira Delmar (1922-2009) hay una alegre nostalgia al “ver llegar las golondrinas/ que con diciembre regresaban”.

Diciembre es un nombre que aparece en títulos de poemas, novelas, filmes, pinturas y en múltiples expresiones de la realización humana, no solo por ser el que contiene la fecha de devoción espiritual más extendida en la civilización cristiana –la Navidad–, seguida del Año Nuevo, enlazando los días festivos más intensos, sino también por la enorme implicación simbólica que atesora.  Por ello, en la sabiduría sintetizada en los refranes también nos encontramos con sus letras, desde su doble percepción, como vemos en el refrán italiano: “Dicembre, dà freddo al corpo ma gioia al cuore (Diciembre da frío al cuerpo, pero regocijo al corazón”).

domingo, 26 de noviembre de 2023

Diego Rivera: Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central

 Como esta página tiene una motivación medularmente histórica –la afirmación de la memoria colectiva– es lógico que las efemérides constituyan una fuente de motivación en la selección del contenido que continuamente compartimos. Esta vez, observamos que el 24 de noviembre de 1957 se produjo la muerte del pintor mexicano Diego Rivera, uno de los artistas mexicanos más reconocidos, esencialmente por ser un pionero del muralismo, movimiento artístico iniciado en México a principios del siglo XX, a partir de pinturas realistas y monumentales creadas en espacios públicos.

Cuando se habla de pintura mural, extendida en el mundo con un fuerte contenido social, se piensa en las figuras fundadoras más relevantes, como David Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco, pero es Diego Rivera quien primero llega a la memoria, tal vez tanto por su obra como por la relación sentimental que sostuvo con  Frida Kahlo, también pintora de renombre universal.

¿Qué decir, en pocas líneas, acerca de una obra tan fructífera como la de Diego Rivera? Sus datos biográficos, desde el  nacimiento en la Ciudad de México el 8 de diciembre de 1886, se inician con un nombre particularmente extenso, como queriendo advertir con el bautizo (Diego María de la Concepción Juan Nepomuceno Estanislao de Rivera y Barrientos Acosta y Rodríguez) que su vida sería abarcadora.


Desde entonces, hasta el deceso en la fecha que conmemoramos, hay en su vida un ascenso hacia el pináculo del arte hispanoamericano y desde este al universal, en el que múltiples obras dan fe de su riqueza estética. Entre su  primer mural, en 1922, al que llamó La creación, en el interior de un anfiteatro en la Universidad Nacional de México, y El Niño del Sputnik, una obra que dejó inconclusa al morir con 70 años,  hay un mural en el que he concentrado la atención de esta página, cuyo título es tan hermoso como la obra:  Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central.

Aunque en otros murales pone el acento en la historia de su país –Epopeya del pueblo mexicano (1929-1935) , por ejemplo–, hay en el Sueño de una tarde… una síntesis de la evolución de México desde la época de la conquista hasta el siglo XX, expuesta a través del rostro de decenas de figuras históricas en cuyo centro se alza una silueta  mítica, La Catrina, un símbolo sobresaliente en el Día de los Muertos y  que Rivera refleja con una estola de plumas, como evocando al dios Quetzalcóatl. La Catrina, en el mural, sostiene con su mano izquierda a un niño en el que Rivera se representa a sí mismo y, curiosamente, entre los rostros que continúan  a su izquierda se destaca el de José Martí, quien es también parte de la historia mexicana y a quien el artista le da un gran relieve, como le otorga a Benito Juárez,  Miguel Hidalgo, José María Morelos y otros próceres de su país.

Seguramente Rivera, quien estuvo varias veces en La Habana y conocía sobre el tiempo mexicano del poeta cubano –el pintor era amigo de Justo Sierra, quien fue en su juventud amigo de Martí– pudo imaginarse al joven desterrado caminando frente a aquella Alameda Central, conversando enamorado con la hermosa mexicana Remedios de la Peña, con el amigo pintor Manuel Ocaranza, o con Carmen Zayas Bazán al iniciar el noviazgo con la camagüeyana. De todos modos, el realce que en esa obra de  4.17m x 15.67m le da a Martí, justamente el primero a su derecha –detrás tiene a Frida Khalo con una mano sobre su hombro infantil– muestra la admiración que debió tener por el autor de los Versos Sencillos.

También,  el artífice de Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central, sintió una profunda atracción por la ciudad de La Habana, a la que visitó muchas veces. Hay múltiples referencias   a ello, como prueban sus palabras en una entrevista que le hizo Antonio Martínez Bello en 1950: “Yo fui por primera vez a La Habana cuando tenía diez años –es decir, que debió ser alrededor de 1896–. Tuve, pues, la gran suerte de conocer La Habana de calles entoldadas, con volantas ocupadas por bellas damas (…) Más tarde, mucho más, cuando la revolución contra Machado (1933), yendo para Nueva York, desembarqué para ir a almorzar arroz blanco con tasajo y boniato y beber guanábana en refresco, que adoro. Cuando lo hacía acompañado de Frida, mi mujer, oímos unos pistoletazos de automática y pocos momentos después dos chicos entraron, y saludando dijeron: Compañero Rivera, le hemos servido de postre a Magriñat”.

Tal vez fuera una broma, pero en la expresión se nota la complacencia por el ajusticiamiento de Pepito Magriñat, quien había participado en el asesinato de Julio Antonio Mella en México y el mismo que vino a Tampa con el fin de preparar un atentado contra Victoriano Manteiga por ser antimachadista, como lo fue Mella, con quien Rivera tuvo amistad.

De manera que en esos tejidos insondables de la historia que tan profundamente conmovieron la conciencia del pintor mexicano, a quien recordamos en el 66.° aniversario de su desaparición física, una obra como Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central es, más que un sueño, una memoria americana hacia el mejoramiento del universo.

 

 

viernes, 17 de noviembre de 2023

El pensador, en el aniversario de Auguste Rodin

 Mi amigo Alberto Sicilia acaba de regalarme una copia en bronce de El pensador, tal vez la creación más distinguida de Auguste Rodin. Por esos intersticios del azar, recibo la escultura en miniatura (si hay miniaturas para las obras grandes) de manos de un rapsoda –El Poeta fue el nombre inicial que recibió esta obra– y, sorpresivamente, en la misma fecha en que se cumple el 183 aniversario del natalicio del célebre escultor francés, felizmente ocurrido el 12 de noviembre de 1840. A esa concurrencia se agrega que la presente edición de La Gaceta coincide con el 106 aniversario de la muerte del artista, pues su deceso se produjo a los cinco días de haber cumplido 77 años, el 17 de noviembre de 1917.

Ante esta antojadiza sincronía, nada mejor que escribir el agradecimiento en unas líneas que rindan homenaje al artista inmortal, con acento en la escultura de la que recibo una copia, en cuya pequeñez material se concentra su profunda belleza simbólica y espiritual.

Auguste Rodin está inscrito en la historia del arte como un fundador de la escultura moderna, al romper con los moldes tradicionales de un arte que exponía una figuración imitativa de la naturaleza, para abrir paso a una interpretación de la realidad en la que también participara el espectador. 

Aunque desde los 14 años Rodin asistió a la Escuela Imperial Especial de Dibujo y Matemáticas, donde aprendió a modelar y dibujar de memoria bajo técnicas tradicionales, no tuvo éxito las tres veces que intentó entrar a una Escuela de Bellas Artes, lo que lo llevó a completar sus estudios de forma más autodidacta, tanto en anatomía,  modelado escultórico, como en otras disciplinas relacionadas con sus inquietudes artísticas.

Hacia los 15 años ya modelaba con arcilla en el Museo del Louvre y dos años después comienza a participar con esculturas decorativas en la  reconstrucción urbana de París. A los 20 años realiza la primera escultura que se conserva, dedicada a su padre: el Busto de  Jean-Baptiste Rodin, dando paso al estilo neoclásico del que iba a ser uno de sus más grandes exponentes.

Sin embargo, para él su primer gran escultura fue La máscara del hombre de la nariz rota, donde se abre a una estética propia, lo típicamente rodiniano. El salón de París de 1865 la rechazó, como muestra de la resistencia ante lo nuevo. La obra no representaba a una reconocida figura histórica o legendaria, sino a un hombre pobre de un barrio parisino y tuvo que esperar diez años (1875) para ser aceptada por la Academia.

En la década de 1880, época que corresponde a El pensador (incluído en el grupo escultórico bautizado como La puerta del infierno, ya Rodin es un escultor ampliamente reconocido. En este tiempo crea  Los Burgueses de Calais, otro conjunto que se estudia entre sus obras más relevantes. Esta década cierra con la exposición que la Galería Georges Petit le dedicó, con una exposición de treinta y seis esculturas,  junto con setenta lienzos del pintor impresionista Claude Monet,  la que describió Octave Mirbeauión como “un evento colosal, de un aplastante éxito (...) Son ellos los que, en este siglo, encarnan de la forma más gloriosa, de la forma más definitiva, estas dos artes magníficas: la pintura y la escultura”.

Sobre la obra que destacamos, Rodin escribió al crítico Marcel Adam: “El pensador tiene una historia. En los días pasados, concebí la idea de La puerta del Infierno. Al frente de la puerta, sentado en una roca, Dante pensando en el plan de su poema. Detrás de él, Ugolino, Francesca, Paolo, todos los personajes de la Divina comedia. Este proyecto no se realizó. Delgado, ascético, Dante, separado del conjunto, no hubiera tenido sentido. Guiado por mi primera inspiración concebí otro pensador, un hombre desnudo, sentado sobre una roca, sus pies dibujados debajo de él, su puño contra su mentón, él soñando. El pensamiento fértil se elabora lentamente por sí mismo dentro de su cerebro. No es más un soñador, es un creador”.

Inicialmente,  esta escultura fue nombrada El poeta, en alusión a Dante.   Vino a ser en la exposición Monet-Rodin de la Galería George Petit en 1889 –ya separada como obra autónoma del conjunto referido–, al exhibirse la figura con sus dimensiones originales, que Rodin dejó de identificarla con ese nombre y la tituló El pensador. La razón del bautizo la dio el mismo creador: “Lo que hace que mi pensador piense es que él piensa no solo con su cerebro, piensa con su ceño fruncido, con sus fosas nasales distendidas y sus labios comprimidos, con cada músculo de sus brazos, espalda y piernas, con su puño apretado y sus dedos de los pies agarrados”.

 La primera fundición en bronce de El pensador se efectuó en 1884. En 1902, el artista decidió agrandar la escultura y alcanzó una altura monumental de 183.6 centímetros x 97, la que se expuso en el Salón de París en 1904. En abril de 1906,  fue instalada frente al Panteón de París y permaneció ahí hasta 1922, cuando fue trasladada al Museo Rodin (en el VII Distrito de París), donde se encuentra en la actualidad. 

El pensador es una de las obras escultóricas más reproducidas en el mundo, tanto, que a mi casa del Beverly Hill  floridano ha llegado la copia que, gentilmente, me ha obsequiado un poeta amigo.

 

 

 

 

 

 

 

 

viernes, 10 de noviembre de 2023

Entrevista al Dr. Antonio Cobo, prestigioso médico forense cubano

 Conocí al doctor en Medicina Antonio Cobo en 1995. Un día, al anochecer, llegó a mi casa de Manzanillo detrás de una noticia que le había dado Joel James, entonces director de la Casa del Caribe de Santiago de Cuba. Yo le había comentado a Joel que el médico forense que hizo la autopsia a José Martí estaba enterrado en el cementerio de Manzanillo, según me había mostrado el único hijo sobreviviente de quien tuvo la responsabilidad de hacer la primera exhumación de los restos del Apóstol.

Entonces el Dr. Cobo, médico forense que entre otros méritos profesionales contaba con el de haber exhumado en el cementerio de Santiago de Cuba los restos del último galeno de Napoleón Bonaparte, salió inmediatamente para la ciudad del Guacanayabo. A las dos horas de conocernos ya estaba armado el plan de trabajo del día siguiente: visitar a Rodolfo Acebal, hijo extramatrimonial de Valencia que llevaba el apellido del padrastro, hacer los trámites requeridos en Medicina Legal y el Gobierno de la ciudad y, con ello, proceder a la exhumación de los restos del Dr. Pablo de Valencia y Forns, cuyo estudio y preparación para su conservación realizó el Dr. Cobo con tanta pericia como pasión.

Antonio Cobo, como tantos especialistas cubanos de enorme prestigio, está viviendo en Miami, donde acaba de publicar dos libros que tuvo la generosidad de enviarme: Memorias de un médico forense y Francois Antommarchi: el médico que lucró con la muerte de Napoleón. Al leerlos, le propuse entrevistarlo para La Gaceta, para que muchos le conozcan cuando visite nuestra ciudad.

Memorias de un médico forense nos trae una muestra de una literatura poco común: la experiencia de un médico con esa especialidad y de una extensa ejecutoria. ¿Qué te motivó a escribir  esta obra?

Mostrar que la medicina forense es algo más que encontrar evidencias criminales en un cadáver como piensan muchos, incluso hasta los propios profesionales de la salud. Fue la manera de hacer llegar lo importante y estimulante que resulta explorar el universo de las Ciencias Forenses atendiendo a las necesidades socio-culturales y científicas de tu entorno, argumentados con los resultados concretos obtenidos en los aspectos socio culturales en la provincia de Santiago de Cuba. 

Cuba tuvo en Fernando Ortiz un pionero en la aplicación de la medicina forense a la antropología, especialmente con su libro La Medicina Legal y la Criminología, ¿te inspiró su obra de alguna manera?

El doctor Ferrando Ortiz Fernández, desde el inicio en nuestra especialidad fue una fuente inspiradora por el estudio de nuestras raíces culturales históricas afrocubanas y la visión criminológica de las mismas, constituye una lectura casi obligada en la práctica forense cubana, por la necesidad de interpretar ciertos comportamientos criminales en determinados ritos religiosos africanos y donde radican sus diferencias. Indudablemente sus aportes contribuyeron a nuestra formación integral, sobre todo en la interpretación de crímenes acompañados con rituales de origen africano.

La práctica médico forense en la región oriental, donde confluyen raíces africanas de orígenes haitiano y jamaicano, debido a su transculturación se hace imprescindible el conocimiento de estos aspectos y donde mejor que de la mano del doctor Ortiz, que mantienen su vigencia por sus aportes antropológicos, resultando ser una fuente de inspiración en la criminalística cubana

En la introducción a tu libro, se describen 18 procederes médico-forenses relevantes de interés local o nacional. ¿Cuál de ellos te resultó más impresionante y por qué?

En el servicio médico forense, durante años contaba con no más de cinco a seis médicos y se terminaba el año con más de setecientas autopsias realizadas, por lo que cada médico en particular realizaba un promedio de cien procedimientos anuales. De ellos, escogí efectivamente los más significativos para mí, en las diferentes ramas del derecho en que se desempeña el trabajo médico forense: en lo criminal, el más impresionante por su sadismo extremo fue el desollamiento, desmembramiento y antropofagia ritual de un niño, con fines religiosos.

En lo civil, por lo sui géneris del caso, presentó un conflicto de paternidad de unos gemelos monocigóticos, que uno de ellos fue accidentalmente cambiado después de nacido en la sala de neonatología y que al cabo de diez años fue reconocido por su padre biológico en la vía pública al confundirlo con su gemelo, al cual le había prohibido estar tan lejos de su casa.

En lo referente a lo socio-cultural, el más significativo e impresionante fue el hallazgo, después de una semana de excavación, de un aborigen [protoagricultor] en un sitio que se orientaba al asentamiento arqueológico por la Academia de Ciencias de Cuba. Hasta ese momento no se había encontrado en el país los restos óseos completos correspondientes a esta cultura aborigen que antecedió a los aborígenes agricultores en Cuba (taínos).

En tu labor de investigación de tantos años, ¿qué inconvenientes –si los hubo– te resultaron más desafiantes?

Existieron muchos contratiempos durante años en el trabajo médico forense y desarrollo de la especialidad, con excepción quizás de la capital. A nuestro juicio, por lo siguiente: el servicio médico forense en Cuba, administrativamente le responde a los tribunales de justicia, pero por ley en 1965 pasó a ser atendido por el Ministerio de Salud Pública, cambio que fue considerado como un gran error por especialistas de la época.

El poder judicial tenía ­creadas las instalaciones necesarias y una infraestructura sólida para garantizar el trabajo pericial, en oficinas y consultas equipadas para exámenes genitales dentro de los tribunales, así como la construcción de necrocomios en los cementerios. ¿Qué ocurrió? Al pasar el servicio médico al Ministerio de Salud, estas instalaciones se fueron desvaneciendo con los años por falta de atención administrativa, hasta no existir ninguna en la actualidad. Salud Pública nunca reclamó, ni mostró interés por esos inmuebles y esto ha ocasionado serias dificultades en el desarrollo de la especialidad, acompañado con el deterioro sistemático de algunas actividades médicas, entre otras, las autopsias en cadáveres que presentan signos evidentes de putrefacción y se tienen que realizar al aire libre, en condiciones higiénico sanitarias deplorables. 

Los inconvenientes más significativos estuvieron presentes tanto en el trabajo diario, como para las investigaciones por falta de apoyo económico y de sensibilidad en la mayoría de los funcionarios de salud, quizás por el desconocimiento del universo de esta especialidad o porque no les representaba nada para sus evaluaciones administrativas.

Todo sucedió por lo que explicaba sobre el paso del servicio médico forense a Salud Pública. Siempre ofrecieron resistencia a tener que enfrentar los gastos que este servicio generaba, tanto en la localidad como fuera del municipio. El administrador de salud, quien recibía el producto del trabajo, era quien debía asumir los gastos. Por ello, siempre nos mantuvimos en un limbo administrativo que perturbó el desarrollo de la especialidad, por lo que debíamos de asumir los gastos o sensibilizar a organismos afines para lograr algún objetivo individual o colectivo.

Te refieres en tu libro Memorias de un médico forense al “cálculo de la muerte al aire libre en Cuba”. ¿Qué significa esa expresión?

En cadáveres que son encontrados al aire libre, la pregunta obligada es: ¿qué tiempo lleva el cuerpo en ese sitio? Eso solo es posible por cambios que se van sucediendo en el cadáver relacionados al tiempo de fallecido, en muertes recientes, o sea, con menos de 24 horas estos cambios post mortem son fácilmente identificados por el profesional médico en sentido general. Sin embargo, después de transcurridas las primeras 24 horas al aire libre, estos sufren estos cambios putrefactivos, porque sobre ellos inciden la acción de factores climáticos, geográficos y biológicos [fauna] presente en el lugar. Para poder ofrecer la data o fecha de muerte más acertada, entomólogos y médicos forenses extranjeros realizaron estudios al respecto y confeccionaron sus tablas tanatológicas (cambios post mortem) y entomológicas para el cálculo de la muerte al aire libre en sus respectivos países, que no son tropicales.

Estas tablas fueron sugeridas y utilizadas para el trabajo médico forense en Cuba, por muchos años. Al comenzar nuestro trabajo en 1967, observamos la falta de correlación entre estas tablas sugeridas y los hallazgos post mortem en cadáveres encontrados al aire libre, afectando así la data de muerte y por ende a las investigaciones criminales. Por lo que decidimos, como trabajo de Grado realizar una investigación al respecto, creando tres centros de exposición cadavérica al aire libre por 30 días, por dos años (a partir de 1977) en las provincias de Santiago de Cuba, Guantánamo y Bayamo. Se utilizaron cadáveres reportados sin familiares, ni allegados, describiendo las alteraciones tanatológicas que iban presentando, tomando los datos meteorológicos registrados en el lugar [temperatura, lluvia y humedad relativa], así como recolección de la fauna cadavérica presente, identificadas por entomólogos nacionales. A través de este estudio se pudieron confeccionar las tablas tanatológicas y entomológicas tropicalizadas para el estudio del cálculo de la muerte al aire libre en Cuba.

En 1995, tuve la oportunidad de estar a tu lado, en el cementerio de Manzanillo, durante la exhumación de los restos del Dr. Pablo de Valencia y Forns, el médico que hizo la autopsia a José Martí. ¿Qué representó aquel trabajo para ti?

Después de leer el dictamen confeccionado por el doctor Pablo A. de Valencia y Forns, sobre su actuación médico forense en Remanganaguas aquel 23 de mayo de 1895, donde se describen las lesiones presentes en el cadáver de Martí. Me preguntaba quién era ese joven galeno, natural de La Habana, de veintitrés años de edad, graduado en España y especializado en práctica forense que en esos tiempos era todo el alcance de la medicina forense en Cuba. Además, su presencia en Santiago de Cuba y que fuera designado con su corta vida pericial a una actuación tan importante para el ejército español como fue exhumar, identificar, realizar el reconocimiento y el embalsamamiento del cadáver de José Martí para su trasladado a la ciudad de Santiago de Cuba, así como su traslado a la ciudad de Manzanillo, después de haber participado en estos acontecimientos.

Me dispuse a conocer más sobre la trayectoria personal y profesional del doctor Pablo Aureliano de Valencia y Forns, y fue entonces que conocí al profesor Gabriel Cartaya, investigador incansable quien me ofreció la ayuda necesaria para poder lograr el objetivo propuesto. Cartaya resueltamente me llevó a conocer al único hijo del doctor Valencia que aún quedaba vivo, el señor Rodolfo Enrique Acebal López.

En el cementerio de Manzanillo: Gabriel Cartaya,
Rodolfo Acebal y el Dr. Antonio Cobo

La visita a Rodolfo fue un encuentro con la historia personal de su padre, su vida familiar y profesional que se desarrolló entre las ciudades de Manzanillo y Pilón. Con toda la información necesaria, se realizaron las coordinaciones pertinentes para que en el centenario de la caída de Martí en Dos Ríos se reparara la bóveda que guardaba sus restos y se realizara la exhumación de sus restos con el objetivo de preservarlos y sellarlos a la perpetuidad en su nicho familiar en el cementerio de Manzanillo. Rodolfo nos acompañó a la identificación de la bóveda de su padre con orgullo y satisfacción reflejados en su rostro. Efectivamente, en aquella pequeña morgue del cementerio de Manzanillo fue un reencuentro con la historia al estructurar la osamenta del doctor Valencia, en ­especial sus manos, lo que no pude evita que, por varios minutos, me trasladara a los momentos vividos por él en Remanganaguas aquel 23 de mayo de 1895, cuando esas manos examinaban el cadáver de nuestro Apóstol. Fue como retroceder en el tiempo. Posteriormente, se develó una tarja en reconocimiento a su participación aquellos hechos históricos.

En el libro François Antommarchi: el médico que lucró con la muerte de Napoleón, ofreces una amplia información acerca de esa figura histórica cuyos restos fueron exhumados por ti en el cementerio de Santiago de Cuba para su estudio y preservación. ¿Qué repercusión tuvo ese trabajo?

En 1994, en el Festival de la Cultura Caribeña realizado en la ciudad de Santiago de Cuba y que fuera dedicado ese año a los países francófonos del Caribe, se buscaron las diferentes manifestaciones culturales francesas y su impronta en la ciudad, identificando, entre otras, el actuar profesional del doctor François Antommarchi, que vivió y murió en Santiago de Cuba.

Se me solicitó realizar la búsqueda de sus restos, su exhumación y preparación para sellarlos a perpetuidad. Después de realizada la preparación de los restos, se esculpió en el mármol de dicha bóveda un escrito en reconocimiento a su desempeño profesional durante su estancia en Cuba, que fue develado por el embajador francés acreditado en el país.

Pienso que el haber realizado la exhumación de los restos mortales del doctor Antommarchi fue la motivación para seguir investigando sobre su vida, en la que pude conocer más sobre su trayectoria profesional hasta llegar a América, así como sus medias verdades sobre todo lo que presumía, la mascarilla mortuoria de Napoleón, la autopsia de Napoleón, entre otros acontecimientos poco éticos que se fue adjudicando para alimentar su ego. Me sentía comprometido en exponer los resultados de la investigación y mostrar cómo este profesional de la medicina lucró con la muerte de Napoleón Bonaparte.

¿Qué satisfacciones te ha producido el largo tiempo dedicado a la medicina forense,  la historia y la antropología?

En estos años dedicados al estudio y práctica de las Ciencias Forenses, interioricé y disfruté todo lo que hice por la especialidad con profunda satisfacción, trabajé con honestidad, disciplina y el amor que ella demanda. Fue una gran fuente de inspiración, experiencias y emociones acumuladas que enriquecieron mi vida profesional. Encontré durante mi vida profesional algunas contradicciones laborales y administrativas por mi personalidad y convicciones, las cuales enfrenté resueltamente. Nunca criterios de terceros apagaron mi fuerza interior, por el contrario, me ayudaron a reafirmarme y fortalecer mi resiliencia como única alternativa para preservar mi intelecto.

En estos momentos, siento haber cumplido con mi legado durante mi vida profesional y experimentar la satisfacción de haber recibido el reconocimiento a mi trabajo por profesionales cubanos destacados, instituciones, colegas, amigos y familiares. Siento, además, la satisfacción familiar de haber inspirado en mis hijas y nietos la vocación por las Ciencias Médicas, en las que se desempeñan hoy. Pretendo conservar la fuerza mental, anímica y espiritual para continuar transmitiendo la motivación hacia las investigaciones médico forenses.