jueves, 24 de agosto de 2017

Un poema de Wifredo Lam

       En la conversación que sostuve con Juan Castillo, el sobrino nieto de Wifredo Lam que atesora una parte de su obra –como vimos en la entrevista publicada en los dos últimos números de La Gaceta–, me habló del único poema conocido del pintor. Ante mi interés en leerlo, tuvo la gentileza de enviármelo.
      Ahora lo comparto con los lectores de esta columna, pues contribuye a conocer más al extraordinario artista cubano y universal.
Nuevo mundo
Luz
al grito que lanzara
el vigía a la una de la madrugada,
una noche de octubre de 1492
responde la voz de Cristóbal Colon:
“Es tierra”
La tierra es maravillosa,
Perpetua viajadora dentro
de un espacio sin límites.
Brotado de los cuatro puntos cardinales,
el hombre se vuelca
hacia el Nuevo Mundo,
cuando Cuba se transforma
en la encrucijada
donde se reúnen todos los bergantes,
amos, proveedores
de esclavas y esclavos.
Mientras se va despoblando
el continente africano,
la España castellana
envía a sus segundones,
sus judíos y sus árabes
–Isabel la Católica expulsa a todos
los convertidos y vacía las prisiones–
para poblar el Nuevo Mundo.
Para que así conquisten su libertad:
libertad de domesticar a los salvajes
y explotarlos hasta la muerte.
Sed de oro, voluntad de potencia
y de independencia.
Más tarde llegaron los demás:
Catalanes, Gallegos… y,
finalmente los Chinos.
Estos son los antepasados
que reclama Wifredo Lam y,
más que nadie,
representa él la herencia
de la convulsión del hombre y de la tierra.
El Nuevo Mundo.
La tierra de Cuba,
durante tanto tiempo aislada
en medio del mar de Caribes,

un mar infestado de tiburones
piratas, esclavos, y rebeldes de toda clase.
En la familia,
se cuenta (por supuesto del lado africano)
que sus antepasados
eran de los más granados:
brujos y reyes. Pero él
primero que afirmó su personalidad,
según memoria de hombre,
fue José Castilla,
denominado Mano Cortada.
Nacido en Las Villas,
en el pueblo de los Remedios,
este mulato, terrateniente
defendió severamente
la dignidad de su vida;
católico por elección
le engañó un europeo,
un español, naturalmente,
que lo llevó ante la justicia
y le hizo perder la causa ante
el tribunal civil, cuando esta había
sido ganada ante el tribunal de la Inquisición.
Furioso por no habérsele hecho justicia,
golpeó a su enemigo con un puñetazo
tan violento que le mató.
El mismo tribunal de la Inquisición
que le había absuelto la primera vez
le condenó entonces,
pero por el último crimen. Se le embargó
la hacienda, la cual sirvió
para crear una plaza y edificar
una iglesia en Los Remedios,
que debía denominarse
la Iglesia de Cristo.
La mayor crueldad del tribunal
consistió en mandar que se le
cortara la mano derecha
por lo que se apodó José Mano Cortada
pero sublevado, huyó tras lo cual,
convertido en cimarrón,
nadie pudo decir que fue del mismo.
Su mestizaje, por el lado español,
databa de la casa llamada
Cabeza de Vaca, de Castilla.
Emigrado de la tierra donde nació
Lam Yam llegará, tras largo viaje,
A San Francisco, California, a México,
y tras México, a Cuba.
Ocurría ello durante
La segunda mitad del siglo XIX.
Con él traía
la memoria de toda clase de paisajes
–siberianos, mongoles, tártaros–:
el drama de Asia y del mar de China.
En sus ojos, salía el sol
de una isla convulsa
que luchaba por la libertad.
Estos fueron sus antepasados quienes,
en complejas circunstancias históricas
se mezclaron para elevar
el grado animal a la temperatura
del drama social universal.
En la mirada eterna del sol,
el flujo y el reflujo de las migraciones
bajo el trópico de Cáncer.
Una mañana de verano,
pletórica de calor y de ruidos
Wifredo
se despierta más tarde que de costumbre
aunque se queda en la cama,
fija la mirada;
De la cocina viene el rumor de palabras
indistintas:
es la familia que está tomando el desayuno.
Del techo
le cae sobre el rostro la negrísima
silueta de un ave con
la cabeza colgando:
un murciélago que está durmiendo
su sueño diario
Para mí, dice, esa figura tenía dos cabezas
En el campo, en la calle, en el jardín,
en el cielo, reina tirano el sol.
No le resiste ningún obstáculo:
no le detiene ni la ventana echada
ni la puerta cerrada de la casa de madera
y se proyectan los rayos de luz,
trocando la habitación
en una linterna mágica,
invirtiendo todas las imágenes que surgen
y desaparecen con la misma
rapidez en la pared y el techo de la alcoba de mi madre.
















Todas esas sombras chinescas
que se devoran unas a otras:
un caballo que pasa, hombres,
una carreta y su rueda forman
un círculo móvil.
De la calle llega el ruido
de todo lo que pasa,
invertido, a la habitación;
un ruido infernal.
Por vez primera,
siento el vértigo de la soledad,
la distancia entre los objetos,
y mi medida.
En este pequeño espacio,
experimento por primera
vez la zozobra de no ser sino
una cosa entre las cosas,
una presencia muda frente
a objetos sin nombre.
Ocurre esto en 1907.
Aquel día fue para mí
el comienzo
del sentimiento del paso de los días,
de una vinculación en la memoria
y de un tiempo que no se detiene.
En aquella habitación
cuyo armario abierto deja ver,
como un hombre decapitado,
los trajes de mi padre,
en su luna se reflejaba
la magia de
las imágenes móviles,
mi propia imagen
y la del murciélago despierto
al vuelo oscilante,
en busca de su sombra.
De esa mañana de 1907,
de la presencia de aquella ave
asustada,
data el primer momento
de mi conciencia de estar aquí.

Publicado en La Gaceta, 8 de agosto, 2017.


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